Revista Ciencias Sociales 29 /Segundo Semestre 2012 Revista de Ciencias Sociales


EL ESTIGMA Y LA DISCRIMINACIÓN: EL SUFRIMIENTO DE “LAS CHOLAS”



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EL ESTIGMA Y LA DISCRIMINACIÓN: EL SUFRIMIENTO DE “LAS CHOLAS”

En el marco de esta investigación, entendemos que estas mujeres migrantes al llegar a Brasilia, una experiencia completamente nueva, ocupan un espacio en donde no sólo dejan sus marcas como también son marcadas. Pasan a ser un habitante más de una ciudad que cambia y a su vez las transforma, que las “absorve” en diversos grados, intengrándolas, rechazándolas, pero que difícilmente las ignora. Cuando el inmigrante y el nativo se encuentran en la presencia inmediata uno del otro, “ocurre una de las escenas fundamentales de la sociología porque, en muchos casos, esos momentos serán aquellos en que ambos lados enfrentarán directamente las causas y efectos del estigma” (Goffman, 1988:23).

“Cuando estaba esperando Amelia llegar, me quedé sentada en un paradero de ómnibus, sabiendo que en ese ya no paran más. Parece que era uno antiguamente, pero ahora ya no más. Entonces... yo veía las personas pasar caminando y me miraban. Todo el mundo pasaba y miraba, pero nadie me decía nada... Comencé a reir y pensaba, esos brasileros deben estar pensando ‘pobre, esa indígena, ella no sabe que aquí no pasan más ómnibus’ [ríe mucho] ¡Pero claro que yo sé!” (Teresa. Énfasis añadido).

Resulta interesante evaluar qué elementos nos permiten definir quién puede ser de hecho considerado habitant de la ciudad y quién está habilitado a ser llamado de barbare. O sea, quién es que posee la marca del igual y “normal”, y quién carga la marca del diferente y extraño (Vidal, 1996:47). Esto porque interesa comprender cómo ese contacto entre “huésped” (barbare) y “anfitrión” (habitant) se vive, se explica y se siente, se niega y se afirma, se representa y se traduce en el nuevo contexto de interacción.

Para estas migrantes muchas veces el ‘anfitrión’, el considerado ‘normal’ e ‘integrado’ por ellas mismas, puede ser también un jefe que es extranjero. Sin embargo, es alguien que, diferentemente de ellas, recibe otro estatus profesional, posee otras ‘marcas’ visibles que si bien no le inhiben su diferencia frente al ciudadano local, éstas generalmente no lo colocan en situación de inferioridad social, sino por el contrario. Se trata de diferencias que marcan su condición de ser diplomático, alto funcionario de organismos internacionales o familiares de éstos. O sea, tenemos el caso de un diferente por su condición de extranjero y empleador, que recibe a otra diferente y, en ese contexto de interacción laboral, quien recibe pasa a ser un anfitrión para la mujer migrante que establece una relación contractual de servicio para con él. Es la marca de aquel que le concede, por medio de la “visa cortesía”, la posibilidad de estar en Brasilia. Por lo tanto, es un extranjero diferente porque: da, otorga, permite, posibilita y, de cierta forma, compromete.

Tenemos, por lo tanto, de un lado una mujer migrante que sufre por el choque cultural, por el nuevo estilo de vida, por tener que aceptar su identidad profesional durante las 24 horas, ya que vive y trabaja en un ambiente donde es considerada trabajadora doméstica, pero nunca será reconocida en su papel de madre, esposa, amiga, vecina. Y por otro lado, un empleador muchas veces extranjero pero sentido como alguien del lugar por estas migrantes. Pues es quien dicta las normas de trabajo y de convivencia cotidiana, su familia es la que demanda los servicios e interactúa con ellas siempre en la condición de empleada de la familia los siete días de la semana y a toda hora.

En esta línea, entendemos que en la interacción de una conversación –entre lo que Goffman denomina como “contactos mixtos”, en el intercambio de miradas, en los silencios, se reafirman prenociones tanto de un lado como del otro–. Quien carga el peso de un estigma (marcas en su propio cuerpo, formas de hablar y expresarse), o sea, aquel que se siente en condición inferior o de diferencia con relación al “otro”, experimenta un estar “en exhibición” en una escena que le causa fuerte sensación de no saber aquello que los otros están realmente pensando de él. O, incluso, puede responder anticipadamente a través de una capa defensiva que le otorga un cierto bienestar o sensación de “dominio” de la situación (Goffman, 1988:22-26).

La presencia del otro que juzgamos como diferente, nos coloca de inmediato frente a un espejo que constantemente está proyectando nuestra capacidad de aceptar nuevas formas de alteridad. Esto tanto desde el punto de vista del que recibe como del que llega. Significa decir que, la capacidad de aceptar otras formas de vida es colocada a prueba no sólo para el habitante local, sino también para el propio sujeto migrante que llega y pasa a ser o sentirse diferente a los demás, sean estos los habitantes del lugar que le acoge o aquellos dejados para atrás.

“Allá en Perú, en Lima, las personas discriminan. Nos miran mal a los que venimos del interior, que somos campesinos. Por ejemplo, cuando voy a visitar mi familia, quedo muy nerviosa en el aeropuerto al llegar a Lima. No me sucede eso en Brasil, aquí no, pero allá, parece que el policía peruano a quien debo entregar los documentos me mirase como diciendo ‘vamos a ver... aquí viene esta cholita’. Ellos discriminan mucho”. (Teresa. En negritas: énfasis de la entrevistada. En cursivas: énfasis añadidos).

Puede entenderse que tanto en el caso del barbare como del habitant, al depararse con lo que Goffman denomina de “contactos mixtos”, van a interactuar en función de la significación atribuída a la situación. Los significados que toda acción, todo acto de interacción, poseen para un individuo son resultado de procesos de interacción previos (lo ya vivido) y de la interpretación propia (self interaction, manipulación de significados), también formada en el contexto de interacción (Blumer, 1998). Entendemos que Goffman piensa un ser humano activo (agente), que lleva adelante estrategias para (sobre)vivir con sus recursos, debilidades y posibilidades contextuales: “frente a los otros somos vulnerables a que sus palabras y gestos traspasen nuestras barreras psíquicas (...) pero, también tenemos recursos para hacer vulnerables a los otros” (Goffman, 1983:4). Significa, por lo tanto, que esa presencia corporal en la nueva ciudad entre los “contactos mixtos” no sólo ofrece riesgos, sino también posibilidades de acción.

“Nuestra lengua es el quechua, entre nosotros aquí [Brasília] hablamos siempre quechua. Cuando llegamos por primera vez a Lima, hace años, sentía mucha vergueza de hablar porque las personas me miraban de una forma... yo sabía que era porque estaba hablando mal. Después sí, con el tiempo me acostumbré a hablar el castellano. (...)Yo intento mantener mi lengua, siempre hablé quechua con mis hijas. Ellas entienden todo, pero no les gusta hablar, me responden siempre en castellano. Creo que sienten verguenza, porque los “cholos” somos muy discriminados en Lima. Aquí [Brasilia] no tanto, no siento tanta verguenza cuando preciso hablar portugués, quedo nerviosa sí, pero, no me siento tan mal así como me sucedió al inicio allá” (Teresa).

El problema de la discriminación y el racismo en Perú, entre los propios peruanos, se constituye en uno de los más graves conflictos sociales. Para Cardoso de Oliveira (2000), el problema social de la discriminación dentro de las fronteras del propio país, es un elemento que debe ser llevado en cuenta en la dinámica del proceso identitario. Esta discriminación dentro de Perú con “las cholas”, hace que muchas de las migrantes entrevistadas manifestasen sentirse más aceptadas en Brasilia que en Lima. Entendemos que la discriminación que pueden sufrir en Brasilia pasa más por una cuestión de relación de trabajo, donde ellas sienten mucho más el estigma por ser trabajadoras domésticas, que por la condición de ser inmigrantes.

“La señora casi no habla conmigo, la verdad que es una vida de mucha soledad. Siento que ella me discrimina bastante, así como los hijos, sólo me hablan cuando están saliendo de la casa que dicen ‘chau Teresa’, es todo lo que me hablan” (Teresa).

La posibilidad de sentirse discriminadas por los habitantes locales, por el hecho de ellas ser extranjeras, de hablar diferente y tener trazos indígenas, por ejemplo, aparentemente no lo han sufrido mucho. A simple vista eso puede ser constatado como un punto pacífico, pero toma otra figura bastante opuesta cuando analizamos la situación y entendemos que lo anterior puede ser explicado, en cierta medida, por la poca participación de ellas en actividades fuera del trabajo debido al poco tiempo libre disponible y, sobre todo, entendemos que esta percepción resulta del contrapunto que hacen con las situaciones de discriminación anteriormente sufridas en su país de origen cuando llegaron del interior a vivir a Lima. La marca del sufrimiento por ser discriminadas dentro del propio país, por el hecho de ser consideradas “cholas”, afecta la interpretación que hacen del presente vivido y las situaciones de discriminación.

“Aquí en América Latina, las personas que tienen la posibilidad de casarse con alguien de una clase superior, con un trabajo mejor y, por lo tanto, mejoran de posición, esas se sienten como si fuesen reinas y los otros [las empleadas] los vasallos. Son muy clasistas... clasifican a las personas” (Carmen).

Observemos que Carmen comienza hablando de “las personas” y poco a poco pasa a hablar de un contrapunto femenino que hace alusión directa a la figura de “la señora” con quien ellas interactúan más en el contexto laboral. Podemos afirmar que en su presente en Brasilia se sienten menos “cholas” y bastante más anónimas o menos estigmatizadas desde ese punto de vista. Sin embargo, la situación de confinamiento en que viven, el sentimiento de estar aisladas, así como el vacío de honra y falta de estima social que sufren por su profesión, afecta mucho la forma en que ellas ‘leen’ su entorno y caracterizan a los otros y las otras con quienes interactúan.



LA CONSTRUCCIÓN DE LOS/AS OTROS/AS

La alteridad es una categoría fundamental del pensamiento humano, pues, de acuerdo con Beauvoir (1976:18), ninguna colectividad irá jamás definirse como tal sin de inmediato apuntar para el Otro. Este otro, así como su propio self, tendrán siempre alguna(s) cualidad(es) que los particulariza, algún adjetivo para nombrarla(s) y que, muchas veces, acaba tornándose un estigma. O sea, una marca característica que los incluye (“nosotros”) o los excluye de un determinado grupo (“ellos/as”) o categoría.

“El término ‘categoría’ es perfectamente abstracto y puede ser aplicado a cualquier agregado, en este caso a personas con un estigma particular. Gran parte de aquellos que se incluyen en determinada categoría de estigma pueden referirse a la totalidad de los miembros por el término ‘grupo’ o un equivalente, como ‘nosotros’ o ‘nuestra gente’. De igual forma, los que están fuera de la categoría pueden designar los que están dentro de ella en términos grupales” (Goffman, 1988:32).

El otro con relación al nosotros, o al yo, puede por momentos ser aquel que hace parte de nuestro grupo de referencia. No siempre el otro es el que es completamente diferente y extraño. Significa que, en nuestra investigación, no siempre el otro será el ciudadano local (habitante de Brasilia), o los empleadores con quien se establecen relaciones más verticales que de pares.

“Nosotras, como extranjeras que somos, tenemos que aguantar bastante cosa, callar la boca en muchas ocasiones, cosa que no ocurriría se ellos hubieran contratado una empleada brasilera. Las brasileras... ellas sí, van a quejarse caso no respeten sus horarios, no van a quedarse calladas. Además, también yo siento miedo de cambiar de empleo. Mismo que ya me sucedió en el trabajo anterior de no tener un buen salario, cuando uno se acostumbra a la relación con la familia, a los hábitos de ellos, se siente miedo de cambiar. Porque uno vive en la casa, entonces nunca se sabe cómo será esa relación con ellos, cómo uno va a ser tratada” (Diana).

Ese otro para estas mujeres, también pueden ser otras migrantes en situaciones semejantes, provenientes de Perú o de otros países61, o “las brasileras” a quienes poco conocen. La propia familia dejada en el país de origen puede convertirse por momentos en el “otro” con quien las migrantes se contraponen por las diferencias en los valores, creencias que surgen como consecuencia de los cambios que van experimentando durante el proceso migratorio y con quienes mantienen contacto a través de diversos medios de comunicación.

Observamos inclusive durante las entrevistas que aparece un sujeto masculino como un “otro” al cual se contraponen; o sea, un otro más abstracto al que las migrantes hacen referencia en muchas oportunidades como “los hombres” y, de cierta manera, lo reconfiguran en la relación que establecen a partir de los relatos: la nueva vivencia les permite el proceder a dar nuevos significados a las interacciones masculino-femenino, mantenidas antes del proceso migratorio. Qué sucederá caso alguna de ellas regrese, es algo que no puede ser determinado desde estas instancias de vida que ellas tienen en Brasilia.

“Yo como mujer espero que el hombre que está a mi lado pueda decir tambiém ‘mira yo estoy aquí, para apoyarte, defenderte...’ simplemente me he sentido muy sola... pues no he visto ese hombre a mi lado, que me defienda... simplemente he quedado sola, para defenderme... y me pregunto... ¡puxa vida!62.. ¿soy hombre o soy mujer? [ríe]” (Eloisa).

“Los hombres son muy dominantes, creo que aún más aquí, en esta región... Aquí en América del Sur... pero también en América Central...” (Diana).

En esta línea de pensamiento, observamos que, “una categoría puede funcionar en el sentido de favorecer entre sus miembros las relaciones de formación de grupo, pero, sin que en su conjunto total se constituya un grupo (...)” (Goffman, 1988:33). Además, siguiendo el pensamiento de Goffman, y tomando en cuenta la ambivalencia del vínculo que las migrantes pueden establecer con el grupo de otras migrantes, con grupos dejados en las comunidades de origen o con la propia familia, es comprensible que puedan ocurrir oscilaciones en el apoyo, en la identificación y participación en el mismo.

“Hace pocos días me llamó Amelia y me dijo ‘¿te vas en septiembre?’ Yo fui bien sincera, le dije que estaba cansada de todo esto... Ella me sugirió, ‘no, vamos a buscar juntas otro empleo’. Pero... como ya te dije, yo ya no quiero más esta vida para mí. Después de algunos días, Amelia vuelve a llamarme, y toca en el mismo asunto. Para resumir, yo terminé la conversación diciendo ‘nadie puede ser feliz lejos de su familia, lejos de sus hijos’, y le conté todos mis proyectos que pienso llevar adelante retornando a Perú. Sinceramente, creo que eso la deja furiosa, siempre está diciéndome la misma cosa ‘espera, espera dos años más, regresando, podemos trabajar juntas, ¿no vas a olvidarte de mí? ¿No?’” (Carmen).

En otra instancia de nuestra conversación, Carmen nos expresaba:

“Me cansé, sí me cansé de en mi tiempo de descanso estar siempre con ellas [otras migrantes]. Sólo se habla de trabajo, de la familia, de la nostalgia, y eso cansa... me he quedado más por mi lado, me gusta leer y a veces me quedo acostada leyendo, descanso un poco y no estoy siempre en la misma” (Carmen).

Este tipo de situaciones provoca los denominados “ciclos de incorporación” (Goffman, 1988:47) en los que tanto se aceptan oportunidades de participación en el grupo, como también pueden recharzarse y luego volver a aceptarlas. Inclusive, agrega el autor, “habrá oscilaciones correpondientes en las creencias sobre la naturaleza del propio grupo y sobre la naturaleza de los normales”63 (ibidem). Podemos agregar, que hay oscilaciones sobre cómo ellas se ven a sí mismas –mujeres, migrantes, madres, esposas, amigas, empleadas– capaces de salir adelante, pero también, por momentos cansadas por no ver alternativas a su situación presente. Estas formas diversas que una misma migrante tiene de auto-interacción producen cambios en sus formas de ser y estar con los otros y otras.



CONCLUSIÓN

Como cualquier ciudad, Brasilia ofrece oportunidades, en mayor o menor grado, de ser recorrida, de ser vivida. Sin embargo, para el caso de muchas de estas migrantes, al vivir y trabajar en un mismo local, “pierden” la instancia que el resto de los trabajadores poseen de volver para casa diariamente, de trasladarse de barrio, y ocupar espacios donde puedan asumir otros papeles sociales diferentes de aquel de ser trabajadora doméstica. Las formas de interacción son reducidas y establecidas casi exclusivamente en el contexto de una relación laboral, podríamos decir, las 24 horas. Eso no es insignificante cuando buscamos comprender de qué maneras y sobre cuáles particularidades se establecen las significaciones de ‘mis’ situaciones de vida y las del ‘otro’.

El lugar que ellas hoy ocupan, así como el que podrán ocupar en el futuro, se construye en relación a personas, espacios, funciones en la familia y en la sociedad en general. Ese lugar se explica y se relata mucho en relación al dominio masculino y al del trabajo, sea de forma implícita o explícita. Nótese que el espacio del trabajo y la relación con lo masculino son, generalmente, vividos como los dominios de la autoridad, y se constituyen como sus pontos fuertes de referencia, inclusive viviendo lejos de “figuras” familiares que tanto marcaron sus vidas. Aquí entramos en otro aspecto importante, no sólo de las reconfiguraciones de lo masculino o femenino en sí, sino de las relaciones. De los lazos que se restablecen desde y en la experiencia de la migración y que tensionan las formas de relaciones anteriores que aún mantienen los que quedaron en el lugar de origen. Eso otorga la posibilidad de comprender que también ‘lo que quedó allá en la tierra’ se hace presente y constante en el ‘aquí migrante’ y debe ser cotidianamente negociado.

También el lugar de ser mujeres proveedoras del sustento material para sus familias, se conforma en función de los proyectos para cuando dejen de ser trabajadoras domésticas, cuando cambien de vida, siempre con muchas dudas sobre qué será de ellas. Hoy son ellas que cuidan y sirven a los otros, mañana ¿será que habrá alguien para cuidar de ellas?

Podemos decir que viven el presente marcado por una actitud sacrificial muy fuerte alimentada por los sueños de que un día a través de sus hijos que quedaron en Perú y estudian, o del dinero que economizan para en un futuro invertir, puedan deshacerse de esta identidad profesional (trabajadoras domésticas) que les provoca un sentimiento de vacío de honra y falta de estima social. Sentimiento que no sólo es producto de la interacción con esos otros y otras que encuentran durante de su proceso migratorio. Se trata de un sentimiento que también refleja mucho de cada una de ellas, por la experiencia de discriminación sufrida a lo largo de sus historias de vida.

Es por todo esto que, durante esta experiencia migratoria, las migrantes van tomando mayor conciencia de las diferencias entre ellas y los “otros”; diferencias que identifican en el ámbito de las interacciones cotidianas como estigmas que las marcan a ellas y a los demás. Hablamos de una toma mayor de conciencia de tales diferencias, porque el propio proceso de migración, el hecho de tomar distancia con su cultura de origen, sus grupos de referencias y sus afectos, así como el contacto con una nueva cultura y nuevos valores, van produciendo cambios en lo que ellas consideran como “otros y otras”.

O sea, los empleadores (autoridad), el padre o marido dejado en el país de origen (autoridad que en algunos caso va cambiando el ‘peso’ que tienen en sus vidas), las otras migrantes (relación de pares), los ciudadanos locales de Brasilia, la familia en general (a quien ellas debían explicaciones, pero ahora ya no tanto), los hijos (con quien establecen ya no sólo relación de cuidado y protección como también sentimientos contradictorios por ser las únicas proveedoras del sustento material), y, finalmente “los hombres” como categoria abstracta mencionada de forma recurrente durante las entrevistas a quienes ellas parecen contraponerse buscando encontrar y delimitar su lugar como mujeres.

Son mujeres que sueñan, toman decisiones –siempre que les sea posible–. Son migrantes y sobrevivientes que viven para servir y luchan para un día vivir sus propias historias, ya no más la de los otros. Estos otros y otras que siempre serán parte de sus vidas y de sus historias.



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