Revista internacional de derecho romano



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ISSN 1989-1970
ridrom@uclm.es






Derecho Romano,
Tradición Romanística y
Ciencias
Histórico-Jurídicas


REVISTA INTERNACIONAL DE DERECHO ROMANO
PARTIDOS POLÍTICOS EN LA REPÚBLICA TARDÍA. DE LOS GRACOS A CÉSAR (133-44 A.C.)

PARTY POLITICS IN THE LATE REPUBLIC. FROM GRACCCHI TO CAESAR (133-44 B.C.)
Armando Torrent

Catedrático de Derecho Romano

Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

Fueron muchos los factores que contribuyeron a la crisis de la República y sucesiva fundación de un nuevo régimen político llamado Principado que habría de durar convencionalmente desde el 27 a. C. hasta el advenimiento de Diocleciano en el 285 d.C. En esta ocasión me voy a fijar en la vertiente política en que se fueron vertebrando los intereses sociales del último siglo republicano, y especialmente la lucha de partidos políticos por emplear una terminología actual que no se corresponde exactamente con la situación política romana de finales de la República, por lo que de antemano advierto el riesgo de explicar con conceptos elaborados en la iuspublicística moderna la realidad política republicana1, aunque con una perspectiva histórica de muy larga visión podría verse la situación de lucha política romana en el s. I a. C. como un remoto antecedente de los partidos políticos modernos. Si hoy los partidos son organizaciones que desde su respectiva posición ideológica tratan de alcanzar el poder, esto mismo podemos verlo a finales de la República. La época que estudiamos ha recibido grandes aportaciones de la ciencia romanística a partir del monumental Derecho público romano de Theodor Mommsen2 de finales del s. XIX, que estimuló el interés por el estudio de este sector del ordenamiento, tarea en la que también tiene un puesto cimero Francesco de Martino3 en el tercer veintenio del s. XX; sí hubiera que citar dos obras esenciales en el campo del derecho público sin duda Mommsen y De Martino tienen un puesto de honor. También contamos con estudios puntuales muy relevantes sobre nuestra materia llevados a cabo por romanistas, historiadores y filólogos; basta recordar los trabajos de Gelzer4, Münzer5, Syme6, Momigliano7, De Sanctis8, Gabba9, Càssola10, Mazzarino11, Berti12 y tantos otros. Entre estos estudiosos y por su atención muy particular a nuestro tema ocupa un lugar destacado Lily Ross Taylor13. Otro factor que ha espoleado últimamente la atención de la romanística por el derecho público ha sido el descubrimiento de la lex Irnitana14 en 1981 con sus primeras ediciones críticas en 1986, que aclaró muchas cuestiones sobre la estructura política y administrativa de las ciudades provinciales.

Tenemos además la suerte que para el período fijado contamos con obras escritas tanto por los autores materiales de los acontecimientos de la época, fundamentalmente César, como otros autores (Polibio, Plutarco) que los vivieron personalmente; éste es el caso de Cicerón que entre los autores latinos es el que mas profundizó en los temas iuspublicísticos, o los conocieron de primerísima mano como Salustio15 cuya obra histórica es interesante para conocer las agitadas condiciones políticas y sociales de esa época, y que como es sabido fue un destacado procesariano. Este factor introduce un plus de incertidumbre porque por estar cercanos todos estos autores a las oligarquías dominantes en cada momento, sus narraciones son parciales precisamente por corresponder a la mentalidad del poder (basta leer a Polibio) y en general estar suscritas por miembros del ordo senatorius o del ordo equester. Sólo los pertenecientes a estas clases sociales, y en especial la nobilitas compuesta por familias que contaban con un cónsul entre sus antepasados16, podían llegar a los máximos cargos republicanos como advirtió Cic. Pro Sest. 97: maximorum ordinum homines quibus patet curia. Un dato también relevante es que el hecho de contar con autores contemporáneos de los hechos a estudiar nos libera de acudir a historiadores posteriores (Veleyo Patérculo, Appiano, Dion Cassio), o a los autores de biografías (Suetonio, Plutarco). De especial interés para el conocimiento de la época que estudiamos son los escritos ciceronianos, tanto sus orationes forenses y sus arengas ante el senado y el pueblo, como sus Epistulae, sin dejar de lado el Commentariolum petitionis escrito hacia el 64 a. C. por su hermano Quinto Mucio para las elecciones del 63 que debió constituir una guía utilísima para Marco. Este opúsculo constituye uun magnífico manual de propaganda electoral, tema bien estudiado por A. Valmaña17 que delinea la propaganda como un fenómeno de comunicación que pretende propagar ideas o doctrinas de un grupo determinado con la intención de persuadir a los demás de la bondad de las mismas o ganar en general adeptos o partidarios.

De todos modos hay que dejar claro que las narraciones de los autores del s. I a. C. eran algo parciales en cuanto estando centrado el campo de batalla política en la lucha entre optimates (conservadores, miembros de la aristocaracia senatorial), y populares (la parte mayoritaria de la ciudadanía agrupada en las asambleas populares: comitia tributa y concilia plebis18), no se recatan de mostrar sus simpatías por la causa de la nobilitas19. Esta visión es característica de los autores republicanos y hay que llegar al Imperio para encontrar autores como Petronio, Marcial y Juvenal para ver expresados los sentimientos y el pensamiento político de las clases bajas de la sociedad romana20. En la carrera política cada noble dependía de su familia y se apoyaba en sus relaciones de sangre, amigos (según Ross Taylor21 el sustituto de los partidos políticos era la amicitia), matrimonio, adopciones; su base popular en Roma estaba en la clientela y sus adictos, en las comunidades itálicas y extraitálicas de las que eran patroni22 y donde extraían auxiliares y fieles subalternos a quienes colocaban en los servicios del Estado, o simplemente tenían lazos de hospitalidad con los prohombres de las ciudades itálicas23, y así lo destaca Cic.24. Señala Ross Taylor que la nobleza romana encontraba en los líderes municipales (aunque los consideraban en un plano inferior a los patricios) igual conservadurismo que el que ellos representaban en la política romana. Esto implicaba que para mantener los nobles los contactos con sus amigos con la aristocracia municipal y con los clientes, debían tener una elaborada organización25. Sobre todo los grandes líderes romanos, tanto optimates como populares encontraban apoyo en sus viejos soldados muchos de ellos heredados de sus antepasados. También los clientes26 proveían a la nobilitas con su asistencia en la lucha política, clientes a veces utilizados para crear situaciones de violencia juramentándose para apoyar a su líder, aunque el apoyo juramentado mas importante fue el del ejército profesional que alcanzó una fuerza extraordinaria a partir de Mario, y el ejército constituyó una de las bases fundamentales de César para alcanzar el poder, además de contar con el apoyo del proletariado urbano de Roma y de los equites.

Un romano esperaba de sus amigos no solo apoyo en las elecciones sino ayuda en los peligros de la vida pública. Las agrupaciones aglutinadas difusamente en torno a un ideario político (los populares en contra de la nobilitas tardo-republicana dominante y corrupta), y próximamente a un personaje mas o menos carismático y a unos fuertes intereses sociales y económicos se llamaban factiones y mas frecuentemente partes, aunque factio parece tener un sentido peyorativo como recuerda Augusto RG I,1: annos undeviginti natus exercitum privato consilio et privata impensa comparavi, per quem rem publicam a dominatione factiones oppressam in libertatem vindicavi27. Factio28 por tanto, de significar originariamente un grupo de amigos, y por ello presumiendo una actuación honesta, pasó a tener un tinte partidista en contra de los intereses de otros grupos29, e incluso agrupación para fines turbios30; Cic.31 denomina factiones a las bandas de acusadores en los proceso penales. En realidad factio apuntaba a los grupos de nobles romanos que se disputaban el poder, y éste es el sentido que le da Cic. Rep. 3,23: est factio sed vocantur illi optimates, con lo que en prinicipio factio significaba los distintos grupos de la nobilitas que se disputaban el acceso al poder. Los nobles romanos que desde muy jóvenes se preparaban para la vida política con prácticas de dicción y elocuencia a cargo de maestros griegos, debían tener también experiencia militar hasta llegar al consulado que se alcanzaba a los 43 años. Las familias nobles que se acrecentaban por medio de adopciones y matrimonios dependían también de los grupos de amigos que heredaban de una generación a otra; obviamente no sólo heredaban amigos sino también enemigos. Y es muy sintomático que los grandes jefes de la factio popularis procedían de la nobleza aristocrática o del ordo equester: Mario, César. A partir del s. IV a. C. es cierto que las familias plebeyas en la medida que iban alcanzando magistraturass y sacerdocios (el primer pontifex maximus plebeyo fue Tiberio Coruncanio en el 254 a. C.), defendían igualmente el orden constituído, y así se entiende, como dice De Martino32 que la nobilitas se dirigiera a practicar una política conservadora y cauta, preocupada de no comprometer la solidez de sus propias posiciones.

La lucha política en el s. I a. C. estaba polarizada en primer lugar entre los propios optimates; entre ellos están documentadas encarnizadas luchas por alcanzar el poder (ejemplo característico fue la lucha entre pompeyanos y cesarianos que dio lugar a una de las última grandes guerra civiles republicanas; la última fué la entablada entre Augusto y Marco Antonio); problema complicado por hacer entrar en liza a los populares como medio para alzarse con el poder. La gran diferencia entre estos grupos estribaba en que los primeros se esforzaban por mantener los intereses de la oligarquia, mientras que las grandes figuras que adoptaban métodos populares, aún con un cierto populismo (incluso los Graco33, aunque sin duda tenían una clarividencia política de la que carecían sus comtemporáneos), buscaban su supremacía personal; mas adelante un factor –entre otros- desencadenante de la crisis de la República fue la aparición de grandes comandantes militares apoyados incondicionalmente por sus soldados que pretendían ponerse por encima del Estado. Ejemplo de lo que vengo diciendo fue la actuación de Julio César que pudo contar tanto con la plebe romana a la que sus tribunos habían presentado leyes populares, como también con unas legiones experimentadas y leales a su jefe. Y no es que hubieran grandes diferencias en la concepción del Estado romano de ambas factiones que no renegaban del ordenamiento republicano, sino de los modos de aplicar el poder rebelándose tanto una factio de la nobilitas como obviamente los populares contra la corrupción y luchas civiles en la primera mitad del s. I a. C. Pero así como el grupo de nobles poderosos tenía una estabilidad mas o menos eficaz, la oposición, y así lo reconoce Sal., estaba poco organizada y no había un partido popular que hubiera tenido cierta continuidad tal como en nuestros días estamos acostumbrados a ver en la contienda política; pero tanto en Roma como en la actualidad la meta fundamental que se proponen los partidos políticos es alcanzar el poder para aplicar su programa.



¿Existieron realmente partidos políticos en esta época en el sentido moderno de grupos que pugnaban por la alternancia en el poder siguiendo métodos democráticos? La tesis afirmativa está subyacente en Mommen, fiel a la ideología liberal de su época, pero la existencia de partidos políticos ha sido negada por la historiografía romanística durante el s. XX34, que si bien admiten una antítesis entre optimates y populares35 no cree que la lucha implicase una confrontación entre partidos con programas, idearios particulares y organizaciones estables; todos los autores admiten –como no podía ser de otro modo- la lucha política, pero esta lucha respondía más bien a factores de orden sociológico en la que es obvio que había subyacente unas ciertas diferencias de clases sociales, y la confrontación entre grandes personalidades a cuyo alrededor se formaban grandes alianzas36 aglutinando círculos amplios de amigos y clientes. Pero es un intento demasiado simplificador reducir la lucha política a las ambiciones de grandes personajes. Estas explicaciones han sido acusadas de basarse ante todo en prejuicios sociológicos, pero no parece menos sociológica la crítica de De Martino37 que achaca a quellas explicaciones negadoras de los partidos políticos no haber tenido en cuenta el caracter sustancialmente clasista de las luchas políticas que no pueden explicarse simplemente como conflicto de personalidades, porque detrás de los grandes personajes, aunque estuvieran imbuídos de alcanzar gloria personal y no estar guiados por elevadas convicciones democráticas, fueran estos líderes aptos o ineficaces, estaban las masas populares con su peso y el peso de sus reivindicaciones sociales y económicas38, concluyendo De Martino que en la vida de la sociedad romana los motivos de clase se proclamaban abiertamente y no enmascarados bajo ideales, y si no existían partidos existían sin embargo grandes movimientoos que se determ¡minaban sobre la base de de intereses de clase para promover las reivindicaciones populares, o para defender el orden existente que no era otro sino el predominio de la aristocracia en el caso de los optimates. No creo que resida en una sola cuestión la base de los partidos políticos en la Roma de la primera mitad del s. I a. C., que mas bien está en una conjunción de todas la motivaciones contempladas, porque dejando aparte a los optimates que con el velo de defensa del gobierno tradicional de la República pretendían mantener su visión y disfrute exclusivo del poder político y económico, también debemos contar con la presencia de líderes brillantes con grandes masas que les apoyaban esperando encontrar mejores condiciones de vida. Tampoco creo que las aspiraciones económicas –con ser importantes- fueran las únicas que inspiraban la lucha política, porque las masas romanas también estaban cansadas de las estériles luchas civiles y los períodos de acción y reacción que habían seguido a la dictadura silana39.

Tampoco la existencia de partidos políticos organizados quiere decir que Roma fuera una democracia perfecta40 pues el sistema de votación y las mismas campañas electorales estaban muy expuestos a fraudes41, además de que el poder estaba en manos de unas pocas familias de la nobilitas; si examinamos los Fasti consulares en el s. III a. C. desde el momento inicial de la I Guerra Púnica (264) hasta el final de la II (201) solo aparecen once homines novi42 sin antecedentes consulares. La información de Cic.43 (homo novus que luchó denodaddamente por alcanzar la categoría consular lograda en el 63 a. C.) contraponiendo la libertas republicana a la tiranía de época monárquica, parece una contraposición excesiva en cuanto apunta a que la monarquía era un ordenamiento autoritario fundado sobre la mera voluntad del rey frente al régimen republicano que sería un sistema legal. No voy a entrar en la disputa si el poder en la República se concentraba en el senado, en los magistrados o en las asambleas populares44, o si Roma fue una auténtica democracia en el sentido ateniense que no lo fue nunca45, aunque sí hay que decir que indudablemente se hicieron grandes intentos para lograr metas democráticas mas amplias. En este contexto hay que insertar la aparición de partidos o corrientes políticas con distintas visiones del imperium de los magistrados, de la influencia de la auctoritas senatorial, de la pretendida autonomía de las asambleas populares, lucha que arranca desde la primera época republicana con la instauración de la provocatio ad populum (es muy dusosa su instauración desde el mismo a. 509 a.C.).



Los hitos sucesivos de esta lucha podemos verlos en primer lugar en las XII Tab. del 450 a. C. con su pretensión de isonomía, el acceso de los plebeyos a las magistratura desde las leyes Licinias del 367, la inversión de la auctoritas senatus con las leges Publiliae Philonis del 339, las reformas democráticas de Apio Claudio en el 312 a. C., la equiparación de los plebiscitos a las leyes en el 286, y sobre todo las reformas inicadas por los hermanos Graco entre el 133 y 123 a. C. Ciertamente que en Roma no todos los hombres eran iguales en derechos pues existía la esclavitud, no votaban las mujeres, e incluso entre los hombres libres tampoco había igualdad pues tenían mayores derechos los que tenían mayor patrimonio, lo que había provocado grandes luchas entre patricios y plebeyos durante los primeros siglos republicanos, pero estas luchas solo empiezan a adquirir auténtico valor político a partir del tribunado de Tiberio Graco en el 13346, que prima facie se presentaba como lucha contra la corrupción de la República que al decir de Sal.47 había comenzado con la caída de Cartago cuando queda Roma como única potencia hegemónica en el Mediterráneo. Aunque la República formalmente era democrática, en la práctica había muchos filtros incluso entre los cives Romani clasificados según categorías de riqueza para formar parte de las asambleas, teniendo poco o nulo valor el voto de las últimas clases del ordenamiento centuriado. En realidad el problema político de la República se centra en ir quitando poder a la nobilitas, pero nunca se logró un sistema plenamente democrático48; por un lado el poder del magistrado presidente del comicio y el voto censitario difuminaba el voto de los ciudadanos; además la auctoritas senatorial representaba un duro filtro que permitía conservar el poder a la minoría aristocrática, fuera ésta patricia o patricio-plebeya después de la fusión como consecuencia de las leges Liciniae-Sextiae, porque también la nueva nobilitas siguió siendo muy celosa de sus privilegios49. Y así y todo hay que decir que la constitución romana se caracteriza por esfuerzos gigantescos hacia la consecución de metas democráticas a través de sucesivas reformas de los comicios, via iniciada por el gran censor del 312 a. C. Apio Claudio Ciego50, y la limitación del imperium de los magistrados por medio de la provocatio ad populum51. Dentro de estas metas democráticas debemos situar la lex Hortensia de plebiscitis52 del 287 a. C., consecuencia de una secesión plebeya al Ianícolo, consiguiendo de los comicios la aprobación (Gell. 15,27,4) ut eo iure, quod plebs statuisset, omnes Quirites tenerentur53., produciendose la exaequatio legubis: equiparación de las leges publicae comiciales a los plebiscita.

Centrándonos en el último siglo de la República y por resumir de algún modo la situación política, hay que decir que siguiendo los caminos trazados por Mario y Sila los jefes militares posteriores conculcando constantemente la legalidad republicana van acercándose cada vez más a un poder pesonal. Abatidas las leyes conservadoras silanas el poder se lo reparten Gneo Pompeyo Magno y Licinio Craso que habían conducido guerras victoriosas. En el 70 a. C. ambos se presentan con sus tropas ante Roma y son elegidos cónsules. A partir del 66 una lex Gabinia de bello piratico otorga a Pompeyo un imperium proconsulare por tres años sobre todos los mares y regiones litorales para combatir a los piratas del Mediterráneo, guerra que acabó en seis meses, y en el 66 una lex Manilia le pone al frente de la guerra contra Mitrídates con el derecho de declarar guerras y concluir tratados otorgándole el mando de Asia, Bitinia y Cilicia. Mientras tanto Craso permanecía en Roma, y en el 62 un valeroso y ambicioso jefe militar, Julio César, partía para Hispania cuyo gobierno le había sido confiado por el Senado. En enero del 61 Pompeyo retorna de Asia y licencia sus ejércitos, pero el Senado y la factio popularis se oponen a aprobar lo realizado por Pompeyo en Asia como también a la distribución de tierras entre sus veteranos, surgiendo un acuerdo secreto en el 59 entre Pompeyo, César y Craso (primer triumvirato) para repartirse el poder. También en el 59 una lex Vatinia de provinciae Caesaris confería a César por un período de cinco años el gobierno de la Galia Cisalpina y la Iliria. En el 56 se hace público el acuerdo secreto del 59 entre aquellos hombres que recogían la mayor suma de prestigio personal pero que se repartían el gobierno de la República como cosa propia54. En ese año Craso obtiene el gobierno de Siria (donde murió en el 53), y a César se le prorrogaba por otro quinquenio el gobierno de la Galia y de Iliria. En el 52 Pompeyo se hace nombrar consul sine conlega acumulando consulado y proconsulado conculcando la distinción imperium domi-imperium militiae que se había respetado escrupulosamente durante la República. Durante estos años Pompeyo que se había erigido en paladín de los optimates propone una serie de leyes con el apoyo del Senado contra César, que marcha sobre Roma. El Senado amenazado, aprueba un senatusconsultum ultimum poniendo en manos de Pompeyo la defensa de la República encendiéndose una guerra civil de la que sale vencedor Julio César, que en el año 48 con la batalla de Farsalia derrota definitivamente a Pompeyo.



Entre Pompeyo y César estaban ya ínsitos los nuevos cambios constitucionales; como ya he dicho en otra parte55 Pompeyo con una ciertas idea de principado, de un princeps (idea que había sido apuntada por Cic.) que moderara la Roma republicana siguiendo los esquemas de la vieja oligarquía; César acaso con una difusa visión monárquica que no podía explicitar por el odium regni de la tradición republicana. Indudablemente ambos aspiraban a implantar nuevas formas de gobierno56 que si por un lado iban adelantando el inevitable fin de la República57, por otro son una demostración indudable que detrás de estos movimientos tenían que haber grupos o partidos políticos sustentadores de programas confrontados, aristocrático el de Pompeyo, reformador el de César. Entre los años 48 y 44 en que cae asesinado, César gobernó con gran habilidad ejerciendo una suma de poderes mucho mayor que el que habían tenido los magistrados republicanos ordinarios, apareciendo como una especie de jefe del partido democrático (populares) contra la nobilitas senatorial cuyo campeón había sido Pompeyo. A todo esto hay que añadir que cuando con la victoria sobre los cartagineses que finalizaba la II Guerra Púnica Roma se hace dueña del Mediterráneo, se empieza a formar una nueva clase social de comerciantes, banqueros, navieros, contratistas públicos (publicani) que en conjunto pasaron a llamarse ordo equester, aliados en sus intereses mercantiles con la nobilitas republicana, ordo equester que cuando con Cayo Graco mediante una lex Acilia repetundarum (también llamada Lex Sempronio iudiciaria) del 123 a. C. entra a formar parte de los jurados en los nuevos procesos criminales, se convirtió a su vez en grupo social de gran influencia política, aliado de la nobilitas. Pero antes de los Graco no parece haber habido una fiera lucha partidista; Polibio, un girego ilustrado que vivió muchos años en Roma a mediados del s. II a. C. llegando a formar parte del culto círculo de los Escipiones, no cuenta nada al respecto58.
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