Rey, Reyes y la introducción de la lógica matemática en España



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3. La matemática española en el siglo XIX

Comenzaré con una visión retrospectiva.

En la primera mitad del siglo XVIII nuestra matemática no está a un buen nivel. De hecho, el primer texto editado en España en que se usa el cálculo infinitesimal posiblemente sea Observaciones astronómicas y físicas, de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, publicado en 17482, aunque poco después el cálculo ya se trata con entidad propia en el Curso militar de matemáticas (1753), del capitán Pedro Padilla. No obstante, habrá que esperar todavía unos años más hasta que se presente didácticamente en los Elementos de Matemáticas (1772), de Benito Bails, donde también se introduce la notación de Leibniz. Además de Bails, Agustín de Pedrayes, Juan Justo García, Tadeo Lope y Aguilar, José Chaix, José Mariano Vallejo y Gabriel Císcar y Císcar, son algunos de nuestros mejores matemáticos de las últimas décadas del XVIII y principios del XIX.

Ciertamente en ese último período existe un buen ambiente de renovación científica, pero que es paralizado bruscamente por la Guerra de la Independencia. Sin embargo, la finalización de la contienda tampoco supone la vuelta a la situación anterior, por lo que la etapa de 1808 a 1833 es llamada período de catástrofe. Mientras la matemática europea de entonces experimenta un gran desarrollo, uno de los problemas que a nosotros más nos ocupa es el uso del sistema métrico decimal, y no existen otras publicaciones matemáticas que las destinadas a la enseñanza o a la técnica (principalmente a las obras públicas y a la construcción de ferrocarriles). De hecho, prácticamente nuestra única actividad matemática reseñable en ese tiempo es la formación de ingenieros militares.

Las principales figuras de esos años son algunos de los ya mencionados anteriormente, pero cuya obra podría decirse que se encuentra básicamente encuadrada en el XVIII; con la excepción de Vallejo (1779-1846), que cabría encajar plenamente en el XIX, y al que habría que añadir Fernando García San Pedro (1796-1854), dedicado a la formación de militares, Francisco Travesedo (1768-1861), que sería catedrático de Cálculo sublime en la Universidad Central ([7]) y acaso algún otro.

En el segundo tercio de siglo empiezan a crearse nuevas instituciones educativas y científicas, como las Escuelas de Ingenieros (civiles), las Escuelas Normales, los Institutos de Segunda Enseñanza, la Real Academia de Ciencias de Madrid… Asimismo se emprenden importantes reformas en la enseñanza, que en lo referente a las ciencias suponen, entre otras, el establecimiento de la licenciatura en Ciencias y su doctorado (Plan Pidal, 1845) y la creación de las Facultades de Ciencias (con tres secciones), que resultan de la separación de las Facultades de Filosofía y Letras en dos: Filosofía y Letras y Ciencias (Ley Moyano, 1857). En esta etapa, entre los matemáticos más originales se encuentran, además de los anteriores, Echegaray (1832-1916), que ya despunta al final de este periodo, y que mantendrá su magisterio hasta principios del siglo XX, y Juan Cortázar (1809-1873), catedrático de Álgebra superior y Geometría analítica en la Universidad de Madrid (él, junto a Travesedo, son los dos únicos catedráticos de Matemáticas de los quince que hay en Ciencias en 1851 entre todas las universidades españolas).

Con la Revolución de 1868 toma cuerpo nuestra recuperación científica, aunque en las últimas décadas del siglo siguen haciéndose evidentes el atraso económico del país y el grado de incultura de la sociedad española (el analfabetismo, por ejemplo, es entonces de alrededor del setenta por ciento, frente a menos del cincuenta por ciento de Francia). Hacia 1875 nuestra matemática, en concreto, se encuentra como con medio siglo de retraso con respecto a la europea más desarrollada, pero empiezan a cobrar un cierto impulso la traducción y adaptación de textos extranjeros -sobre todo franceses-, y nuestros mejores matemáticos se esfuerzan por presentar algunas de las nuevas -aunque en ocasiones, ya desfasadas- teorías. En esta etapa, en las universidades de Barcelona, Madrid y Zaragoza, que son las únicas en las que pueden estudiarse Ciencias Físico-Matemáticas, se inicia una mayor actividad, y sus profesores comienzan a hacerse un hueco entre los militares e ingenieros, que han sido hasta entonces los protagonistas de nuestra modesta matemática.

En esa labor destacan, entre otros, Eduardo León, José Ríus, Simón Archilla, Lauro Clariana, Miguel Ortega, José Ruiz Castizo, José María Villafañe, Andrés Irueste…; y, por encima de todos, José Echegaray, Zoel García de Galdeano, Eduardo Torroja y Ventura Reyes: los llamados sembradores.

El notable impulso de renovación científica que tiene lugar a finales del siglo XIX, no puede sin embargo ser considerado como un hecho aislado, sino que, a mi juicio ([6]), debe encuadrarse en el marco más amplio de una regeneración nacional: la Generación del 98, aunque esta denominación suela asociarse tan solo a su importante repercusión literaria.

En 1900 se crea el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, en 1907 la Junta para la ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y en 1908 la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (estas dos últimas con una sección correspondiente a las Ciencias Exactas). Se establece así el caldo de cultivo adecuado para el nacimiento, en 1911, de la Sociedad Matemática Española, que preside Echegaray. Pero ésta ya es otra historia…




4. José María Rey y Heredia


Los datos biográficos de José María Rey y Heredia, de los que aquí haré un breve resumen, están recogidos en su mayor parte en el prólogo de su libro Curso de Psicología y Lógica, de dos volúmenes, escrito conjuntamente con Pedro Felipe Monlau3 y publicado en 1849 ([4]).

Rey nace en Córdoba en 1818, ingresa en el Seminario a la edad de quince años y permanece allí once años, en los últimos de los cuales da clase de filosofía y francés a los estudiantes más jóvenes; aunque finalmente no se ordena sacerdote. Luego ejerce como profesor de Lógica en el Instituto de Ciudad Real, en 1846 obtiene el grado de Bachiller en Filosofía4 y es nombrado catedrático del Instituto de Noviciado (hoy Cardenal Cisneros), en Madrid.

En ese instituto conoce a Acisclo Fernández-Vallín Bustillo5 (1825-1895), catedrático de Matemáticas, quien le introduce en el conocimiento de los números complejos. Rey continúa su carrera y obtiene los títulos académicos de Bachiller en Jurisprudencia (1852), Licenciado en Jurisprudencia (1854) y Licenciado en Filosofía y Letras (1857).

De salud débil, fallece en 1861 y el ayuntamiento de Córdoba le dedica una calle tras su temprana desaparición.


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