Rivotorto, cuna de la Orden Franciscana 800 años de historia (1208-2008)



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Fray Tomás Gálvez

Rivotorto, cuna de la Orden Franciscana

800 años de historia (1208-2008)


Por gentileza de www.fratefrancesco.org



Contenido


Rivotorto, cuna de la Orden Franciscana 2

800 años de historia (1208-2008) 2

Contenido 3

I. EN TIEMPOS DE SAN FRANCISCO 4

Conversión de Francisco y de sus dos primeros compañeros 4

Se refugian en Rivotorto. Nuevos compañeros 5

Empiezan a frecuentar La Porciúncula. Primera misión 7

Redacción y aprobación de la Regla 8

Predicación, penitencia, oración y trabajo en Rivotorto 9

II. DESDE SAN FRANCISCO HASTA NUESTROS DÍAS 13

La ermita o eremitorio di Rivotorto (1210-1455) 13

Iglesia de Santa María de Rivotorto o “Maestà de Saccardo” (1455-1586) 14

Iglesia y convento de Rivotorto (1586-1854) 16

La nueva parroquia-santuario de Rivotorto (1847-2008) 19

Siglas 22

Para saber más 22


Nota:


El presente estudio está basado en un trabajo del mismo autor titulado: Cronologia della conversione di Francesco e dei primi compagni, del Convento e della Chiesa di Rivotorto, publicado en: AA.VV., San Francesco e Rivotorto, a cargo de Egidio Canil; Casa Editrice Francescana, Assisi, 2004, pp. 183-225.

© Prohibida su reproducción o difusión parcial o total sin permiso del autor

I. EN TIEMPOS DE SAN FRANCISCO

Conversión de Francisco y de sus dos primeros compañeros


No se puede hablar del VIII Centenario de la Orden Franciscana (1209-2009) sin recordar los 800 años de historia del lugar donde ésta empezó: Rivotorto de Asís. Pero antes, aunque sea brevemente, recordemos que Francisco nació en Asís a principios del año 1182. Joven hijo de comerciantes, vanidoso y muy ambicioso, no sólo de dinero, como su padre­, sino también de gloria y honores. Soñaba grandezas por el camino de las armas, con todo lo que eso supone de pillaje y violencia. Pero sus sueños fracasaron por la derrota del ejército de Asís en Perusa, que le supuso un año de dura prisión, por una dura enfermedad que lo mantuvo en cama durante mucho tiempo. Pero, sobre todo, lo que le hizo cambiar fue la voz del Señor, que le habló en sueños primero en su casa, y luego en Espoleto, cuando ya planeaba una nueva aventura bélica.

El Señor, que ha dicho que para ser los primeros hay que hacerse los últimos, y pequeños para ser grandes, empezó a orientarlo por los caminos agridulces del evangelio: “Francisco –le decía–, si quieres conocer mi voluntad, todo lo que hasta ahora has considerado dulce se te tiene que volver amargo, y lo amargo, dulce”. A partir de ahí se precipitaron los acontecimientos: el encuentro con los leprosos, la visión del crucificado y la invitación a reparar la iglesia de San Damián, imagen de la Iglesia de Jesucristo que entonces, como ahora, amenazaba ruina. La consecuencia fue un áspero enfrentamiento con su padre, que concluyó con el gesto de Francisco de renunciar a todos sus bienes y derechos familiares, delante del Obispo de Asís.

El proceso de su conversión duró relativamente poco, entre el otoño de 1205 y el invierno de 1206, cuando estaba para cumplir los 24 años. Después de “salir del siglo”, como llama él en su Testamento a aquella traumática experiencia, se dedicó durante dos años a reparar San Damián, como oblato de dicha iglesia. Muchas fueron las penalidades: hambre, frío, la dureza de un trabajo al que no estaba acostumbrado, la incomprensión de sus paisanos, las maldiciones de su padre y las sarcásticas burlas de su hermano Ángel. Pero él todo lo sobrellevaba con entereza, y aún tuvo el valor de hacer nuevas renuncias. Un día, al escuchar en Misa el Evangelio de la misión de los apóstoles (Mt, 10), entendió que debía ir por el mundo evangelizando, curando leprosos y saludando con la paz, sin dinero, ni cinto, ni dos túnicas, ni sandalias, ni alforja ni bastón, ni ningún otro apoyo, confiando sólo en el Señor.

Esta nueva y más radical forma de vida llamó enseguida la atención de algunos paisanos. Una noche Bernardo de Quintavalle invitó a Francisco a cenar y a dormir en su casa, y le reveló su deseo de seguirle. Por la mañana temprano fueron a buscar canónigo Don Pedro Cattani, que tenía la misma intención, y se dirigieron a la iglesia de San Nicolás, para consultar el Evangelio. El sacerdote ayudó a Francisco a encontrar los tres textos evangélicos que buscaba: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” (Mt 19, 21); “No llevéis nada para el camino” (Lc 9, 3); “Quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo” (Lc 9, 23). Una vez leídos, Francisco exclamó: ·”Esta será nuestra Regla; id y poned en práctica el consejo del Señor”.

Bernardo, que era muy rico, y Pedro, que lo era menos, vendieron todos sus bienes y fueron a repartir el dinero entre pobres y enfermos, hospitales, iglesias y monasterios. El gesto tocó el corazón de otro canónico muy avaro, Don Silvestre, que acabaría uniéndose al grupo dos o tres años más tarde. Tras haberse despojado de todo, Bernardo y Pedro vistieron como Francisco y se marcharon con él. Era el 16 de abril de 1208. El santo recuerda aquel día en su Testamento, con estas palabras: “Y los que venían a abrazar esta vida, repartían a los pobres todo lo que podían tener, y se contentaban con una sola túnica, remendada por dentro y por fuera, la cuerda y los calzones. Y no queríamos tener más”.

Se refugian en Rivotorto. Nuevos compañeros


Cuenta el Anónimo de Perusa y la Leyenda de los Tres Compañeros que los tres encontraron en la llanura la iglesita abandonada de La Porciúncula, y construyeron allí una choza donde vivir “algunas veces”. Y, según el primer biógrafo oficial, fray Tomás de Celano, allí nació la Orden. Pero tales afirmaciones chocan con el testimonio no menos autorizado de otras fuentes primitivas. Ante todo, es el mismo Celano quien dice que Francisco, “después de cambiar su ropa de seglar, y de haber reparado dicha iglesia [San Damián], se trasladó a otro lugar cerca de Asís, y se puso a reparar una segunda iglesia en ruinas, casi derruida” (1Cel 21). Esta segunda morada, después de San Damián y antes de la Porciúncula, no podía ser sino Rivotorto, que dista apenas un kilómetro del lugar donde estuvo la iglesia de San Pedro de la Espina, la segunda restaurada por él. Y el mismo biógrafo afirma que Francisco “se recogía con sus compañeros en un lugar cerca de Asís, llamado Rivotorto” (1Cel 42).

La Leyenda versificada de Julián de Spira (LV 13) describe el lugar como una casita cubierta de forraje sobre frágiles troncos a punto de hundirse. San Buenaventura lo llama “tugurio abandonado” (LM 4,3), y el fraile asisano Francisco Bartoli de Asís, que vivió en la Porciúncula en las primeras décadas del siglo XIV, llama expresamente a Rivotorto: “primus locus”, el primer lugar de los Hermanos Menores1. La Franceschina, florilegio del siglo XV escrito por el observante Giacomo Oddi, guardián de la Porciúncula2, explica que Francisco y los suyos se refugiaron “en la llanura de Asís, en un bosquecillo, en un lugar muy solitario junto a un riachuelo llamado Rigo torto, donde no tenían casa ni iglesia, tan sólo una cabañita hecha de ramas”. Allí se resguardaban de las tormentas, pues, como solía decir Francisco, “antes se sube al cielo desde las chabolas que desde los palacios” (1Cel 42).

Ocho días después” (LP 5), es decir, el 23 de abril, un joven pueblerino de 18 años, llamado Gil, se agregó al grupo de Francisco, “que vivía en Rivotorto con los dos hermanos que entonces tenía” (AP 14; LP 55) 3. Y al llegar a la leprosería, “donde entonces vivía Francisco con fray Bernardo de Quintavalle y fray Pedro Cattani, retirado en un tugurio abandonado llamado Rivotorto y dedicado al ayuno y la oración”, no sabiendo el camino se encomendó al Señor y llegó enseguida. El santo lo recibió contento y lo invitó a alegrarse, por haber sido llamado a servir como caballero no ya al emperador, sino a Dios mismo. Luego lo presentó a los otros y “los cuatro se sintieron invadidos por un extraordinario gozo espiritual” (cf. Vita fr. Aegidii, 3C 32, AP 14).

Ansioso por poner en práctica la misión de los apóstoles, Francisco dividió “enseguida” el grupo en dos parejas: Bernardo y Pedro se quedaron en Asís –o marcharon a otra región–, mientras él y Gil emprendían el camino de Ancona (3C 32-33, AP 15). La experiencia duró unos días y fue, humanamente, un fracaso. Para Francisco, en cambio, fue un recorrido glorioso, por las penalidades y persecuciones sufridas. De regreso en Asís, “al cabo de pocos días” se unieron al grupo otros tres asisanos: Sabatino, Morico y Juan de Capella (3C, AP 17, LM II, 4).

Al principio era Francisco quien mendigaba por todos, mas viendo que le resultaba cada vez más pesado y que no salía de ellos echarle una mano, los invitó a no avergonzarse de pedir y a seguir el ejemplo del Señor y de su Madre pobrecilla, anunciándoles que llegaría un tiempo en que muchos nobles y sabios se sentirían orgullosos de hacerlo. Al ser pocos, los empezó a mandar de uno en uno por las aldeas y castillos del condado, y ellos cada vez regresaban más contentos, presumiendo de haber recogido más que los otros (2C 71.74, LP 3).

La vergüenza estaba más que justificada; sus padres y parientes no querían ni verlos, y todos se burlaban y los tenían por locos, por haber dejado sus bienes para vivir de limosna. Incluso el obispo Guido I, con quien se aconsejaba con frecuencia Francisco, le hizo notar la excesiva aspereza de su vida; mas él replicaba que la riqueza es fuente de conflictos y peleas que impiden el amor a Dios y al prójimo (3C 35, AP 17).

Cuenta fray Julián de Spira (LV 17,4) que cuando “ya gozaba de la feliz compañía de seis hermanos, siete con él”, Francisco les enseñaba a caminar en pobreza y sencillez de vida (cf. 1C 26), animándoles a imitar a Cristo despojado de todo lo terreno. Por lecho tenían “un poco de paja cubierta con algún paño muy basto y roto, y por almohada un tronco de madera o una piedra. Y eso era, según ellos, sus colchones” (VP, 65). Eran sencillos, inocentes y puros, e ignoraban la doblez. Vivían unánimes en la fe y concordes en los propósitos y costumbres, en la caridad, en la práctica de las virtudes, en la piedad y en los pensamientos (1C 46).

Según Ubertino de Casale el cuidado de los leprosos fue una de las primeras ocupaciones de fray Gil4, lo que significa que ya desde el principio acudían al hospital cercano. Fr. Francesco Bartoli decía haber leído algunas bulas papales dirigidas al “hospital de los leprosos, en el lugar donde el bienaventurado Francisco dio comienzo a la primera Orden” (De Indulgentia, 2), y en sendas bulas del 7 de julio de 1290 el Papa franciscano concede indulgencias a la “iglesia o capilla de Santa María Magdalena del hospital de leprosos pobres de la Regla5.

Como no conocían el rezo del Oficio litúrgico, Francisco les enseñó “a cantar el Padre nuestro según una melodía religiosa, no sólo en los momentos prescritos, sino a todas las horas”, y a decir la oración que él solía recitar: “Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que están en el mundo entero, y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido el mundo” (1C 45.47; Test.). A falta de libros, su oración era más mental que vocal, “hojeando sin cesar el libro de la cruz de Cristo”, como hacía Francisco (LP IV, 3). Según la Franceschina, el santo plantó en medio del tugurio una cruz de madera, y prescribió que se dijeran tres padrenuestros en cada hora litúrgica, se oyera misa cada día y se dedicaran más a la contemplación que a la oración recitada6.

Francisco recibió del Señor una gran fe en los sacerdotes, a los que respetaba y quería, sin querer reparar en sus pecados, “porque en ellos reconozco al Hijo de Dios, y son mis señores”, y porque nada veía en este mundo del Hijo de Dios, sino su cuerpo y sangre “que ellos reciben, y ellos solamente administran a los demás” (Test.). Por dicho motivo, “de acuerdo con la doctrina de los santos Padres”, se confesaban con cualquier sacerdote, con el mayor respeto (Spira 27,4). De hecho, solían hacerlo con un cura secular de vida poco ejemplar, sin dar oídos a lo que les contaban de él. Este u otro sacerdote dijo un día a uno del grupo que no fuera hipócrita, y éste se convenció de que lo era de verdad, porque, según decía: “un sacerdote no puede mentir” (1C 46).


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