Robertaickman



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Fantasías



Correo para el cartero

ROBERTAICKMAN



Éste es un relato muy extraño y muy corriente; es probable que no les asuste. Tiene lugar en un pueblecito inglés que difícilmente podría ser más apacible; su protagonista es un joven que aceptó el poco excitante trabajo de cartero. Pero hay una mujer hermosa, rodeada de misterio y, aparentemente, en apuros. Y ha y misterios dentro de misterios...

El escritor británico Roben Aickman está reconocido como uno de los mejores escritores actuales de historias extrañas. Entre sus más recientes antologías se cuentan Cold Hand in Mine, Painted Devils e Intrusions.

La situación de su hogar había dejado a Robín Breeze totalmente libre para elegir lo que deseara hacer con su vida.

Su padre, el médico, jamás fue particularmente afortunado en su vocación y desde el principio se cuidó muy mucho de influir en Robin para que se le ocurriera la idea de seguir sus pasos. A decir verdad, siempre se refería a la medicina en términos poco respetuosos, por mucho que, tal y como daba por sentado Robin, se mostrara notablemente diestro en aquellos casos que se tomaba en serio. La principal queja conocida y nada original del doctor Breeze era la de que actualmente muy poco le quedaba por hacer al médico aislado y, si a eso se iba, incluso al paciente aislado. La madre de Robin fue una visitante veraniega a la que el solitario y joven médico logró llevar dificultosamente al flirteo. Había pocos visitantes veraniegos en Brusingham, que se encontraba a unos diez kilómetros de la costa. En ese tiempo, el padre de Robin era el médico más joven del lugar. Ahora, cada vez más y más pacientes suyos iban a ser atendidos lejos de allí.

Pese a todo, había logrado encontrar el dinero necesario para mandar a Robin y a su hermana mayor, Nelly, a escuelas privadas del condado, donde se practicaba la segregación de sexos. Poco se les había ofrecido como «guía vocacional». Las opciones seguían totalmente abiertas ante ellos. Nelly no tardó en hallar su sitio ayudando a su madre, dado que los problemas de gobernar la casa crecían año tras año. Nelly podía ver por sí misma que era inestimable, quizá incluso indispensable; y su madre era lo bastante generosa e inteligente como para confirmárselo día a día. De no ser por Nelly, probablemente el sistema de vida familiar se habría derrumbado en un momento. Por lo tanto, Nelly no tenía demasiado interés en pasarse todo el día escribiendo a máquina en una congestionada oficina de las Midlands, o de pasar su vida cauterizando

animales de granja como ayudante de un joven veterinario aficionado a la bebida; por nombrar sólo dos de las opciones que se le ofrecían. Robín no estaba tan decidido. Un día vio un anuncio en el semanario local, una publicación que corría el peligro constante de cerrar definitivamente o ser conquistado por un sindicato nacional y neutralizado, y que el médico recibía por razones profesionales.

El anuncio informaba que Lastingham necesitaba un cartero provisional. Se trataba de algo ligeramente superior a un cartero temporal. No se especificaba con claridad en qué consistía el ofrecimiento, sin duda para economizar en cuanto al número de palabras; pero Robin adivinó que podía tratarse de algo ligeramente especial y fuera de lo corriente.

Lastingham era la comunidad costera y a duras penas si se la podía calificar de pueblo debido a la erosión de los acantilados. Hasta la iglesia había desaparecido, con excepción de su extremo oeste. El doctor Breeze hablaba algunas veces de ataúdes y huesos que emergían del acantilado mientras la iglesia iba derrumbándose, pero Robin y Nelly jamás habían visto ninguno aunque habían ido allí a menudo con sus bicicletas para echar un vistazo. Los habitantes se habían ido mezclando con los de Hobstone y Malí. En los últimos tiempos, las casitas de pescadores y las pequeñas tiendas de Lastingham fueron reemplazadas por casas veraniegas y cabañas baratas para jubilados, repartidas al azar por el paisaje desafiando todo sentido de permanencia con su precariedad. Sin embargo, la única gasolinera que se intentó poner en marcha fracasó casi de inmediato, quizá por falta de capital. Seguía existiendo un puesto para vender helados, frituras y dulces, aunque normalmente estaba cerrado y con el candado puesto. Robin y todo el mundo sabían que, por fin, la oficina de correos había sido declarada como peligrosa; así que todo el correo se gestionaba desde lo que antes era la estación de salvamento.

Robin dejó el semanario local sobre una caja de vidrio que contenía los especímenes de su padre, montó en su bicicleta y se marchó sin decirle ni una palabra a nadie.

Como han llegado a descubrir muchos de los que han ejercido ese trabajo, la ronda postal era mucho más interesante de lo que podrían suponer los no iniciados. La amenaza que pesaba sobre Robin, y que convertía su ocupación laboral en algo permanentemente provisional, consistía en que los avances tecnológicos podían hacer que en cualquier instante la entrega se efectuara mediante una impersonal camioneta desde Corby, Nuneaton o algún otro lugar todavía más remoto. Que el reparto se efectuara desde tales sitios alteraría todas las direcciones postales volviéndolas absolutamente engañosas. Que Robin tuviera su propia bicicleta podía servir de algo, aunque quizá fuera esperar demasiado. Al llegar Robin, se le dijo que un cartero jubilado iría con él para enseñarle

los lugares. A Robin no le quedaba más remedio que llevar su bicicleta de la mano, dado que el anciano ya estaba más allá de la edad en que le fuera posible montar en cualquier cosa. El cartero jubilado también resultó ser un pescador jubilado, y siempre estaba hablando del mar y del mercado del pueblo, que llevaba ya largo tiempo cerrado.

Se encontraban en una región de caminos sin cuidar, límites vecinales nada definidos y azarosas estructuras que se unían en ángulos nada coordinados.

Robin señaló una casita que se encontraba bastante lejos, justo donde el terreno empezaba a ceder. El camino que llevaba hasta ella sólo había sido cuidado en el tiempo de su creación; indudablemente, en el período de las granjas dedicadas a criar gallinas posterior a la primera guerra mundial.

—¿Qué hay desea, señor Burnsall?

—Ahí no hay correo —dijo el viejo cartero y pescador.

Se estaba frotando la rodilla izquierda con su mano derecha. Tenía que inclinarse mucho para conseguirlo.

—¿Quiere decir que la casa está vacía?

—No está vacía, pero no hay correo.

—¿Quién vive ahí exactamente?

—Ahí vive la señorita Fearon. Dicen que es bastante bonita. Linda como un pájaro. Pero no recibe correo.

—¿La ha visto alguna vez, señor Burnsall? —No puedo decir que la haya visto, Robin. —¿Cómo sabe la gente que existe?

—¡Echa una buena mirada! —dijo el viejo cartero con paciencia, aunque no se encontraba en una posición adecuada para señalar.

Robin, tal y como se le había enseñado, examinó el lugar con mayor atención que antes. De la distante chimenea de la casa se alzaba un hilo de humo. Robin pensó que no lo habría visto de no haber estado el día tan claro y porque no soplaba el viento.

—A la señorita Fearon le gusta estar caliente. Siempre es igual, tanto en invierno como en verano.

—Las mujeres son así —dijo Robin, sonriendo.

—Algunas mujeres, Robin —respondió el viejo cartero, que se había puesto derecho por fin.

—Espero poder echarle un vistazo a la señorita Fearon. Quizá podría visitarla con una Caja de Navidad cuando llegue el momento adecuado.

—No hacemos eso con gente como la señorita Fearon. No reciben correo, así que no están obligados a nada.

—¿Tiene nombre la casa? —preguntó Robin.

—No lo tiene —replicó el viejo cartero—. ¿Por qué debería tenerlo? —Para entregar el carbón —sugirió Robin, que todavía no se tomaba el asunto demasiado en serio.

—Si es que lo quema... Quizá sale de noche y coge un poco de turba.

—No sabía que hubiera turba aquí —dijo Robin, aunque había pasado toda su vida a unos diez kilómetros de distancia solamente.

Pero el viejo cartero ya había conversado demasiado esta mañana y se encontraba a unos cuantos metros de él, volviendo a su hogar, mientras Robin seguía mirando. Si Robin deseaba realmente echarle una mirada a la hermosa señorita Fearon, al menos el anciano le había insinuado una posible hora para ello. Mientras seguía la corpulenta silueta del anciano, casi le pareció sentir una oleada de virilidad en su interior que se agitaba. Podía ser una sensación bastante difícil de dominar, y en ello estaban de acuerdo todos los educadores.

Particularmente difícil resultaba la decisión de si el proyecto nocturno valía la pena de verdad. Dos solitarios trayectos de diez kilómetros en su bicicleta por entre la niebla; una larga y fría espera; lo obviamente poco digno de confianza que era el relato del anciano (que éste, además, había definido claramente como una serie de suposiciones) y, por encima de todo, lo extremadamente improbable que era acertar con la noche o noches adecuadas. Hasta el momento presente Robin ni tan siquiera le había planteado a su padre la inevitable escena de la llave.

En cierto modo, resultaría mucho más inteligente, al menos como punto de partida, acercarse a la casita a plena luz del día; pero a Robin le frenaba la prominencia oficial de su cargo. Era casi seguro que habría murmuraciones si se daban cuenta de que el cartero se encontraba en esas horas tan perceptiblemente lejos de su ronda de reparto. La gente podía quejarse con bastante justicia de que con ello se había retrasado frívolamente la entrega de sus cartas y paquetes; y eso podía ser sólo el comienzo. En segundo lugar, Robin no deseaba que la ocupante de la casa sospechara que sus únicas intenciones eran espiar y fisgonear. En tercer lugar, si es que Robin pensaba ser honesto consigo mismo, lo cierto es que no sentía ni la más mínima inclinación a que de pronto le saltaran encima. ¿Qué defensa podía oponer a ello? ¿Qué excusa?

Los problemas, si su destino es éste, a menudo se resuelven por sí mismos con más efectividad de lo que nos es posible a nosotros. Después de que Robin llevara en su trabajo sólo siete semanas y media, apareció un paquete dirigido sencillamente a la «señorita Rosetta Fearon». Era un cuestionario de las autoridades del censo y todo el mundo acabaría recibiendo uno más pronto o más tarde. El anciano, que había acompañado por doquier a Robin durante toda su primera semana, veía de este modo que acertaba en tres asuntos muy importantes: el nombre, el sexo y, al parecer, el estado civil. Por lo tanto, había razones para suponer que probablemente también acertara en el cuarto y más importante de los puntos. Robin sintió hervir en su interior una nueva oleada de confianza. Por otro lado, ese mismo nombre, «Rosetta», sugería la imagen de una persona mayor. El doctor Breeze había llevado una vez a sus hijos para que vieran la Piedra Rosetta, clave de tantos asuntos. Estaba bastante cerca del Colegio Real de Cirujanos, en Lincoln's Inn Fields, que había sido el objetivo primario de la excursión. Al mismo tiempo,

habían visto el busto esculpido de Julio César, que había sido trasladado hacía ya tiempo.

—Nunca recibe nada —le confirmó la joven señora Truslove. que se encargaba de dirigir a media jornada la oficina temporal de correos.

Lo cierto era que en el papel oficial no había otra dirección más precisa que «Lastingham». El anciano también parecía haber acertado en cuanto a que la casa carecía de nombre. Pero las autoridades del censo sabían que el departamento de investigación de la oficina de correos era digno de confianza. Todo el mundo lo sabe.

Cuando llegó al lugar, Robin vio de inmediato que el nombre de la casa, sencillamente, se había desprendido. Era muy posible que las letras todavía pudieran encontrarse entre la abundante hierba. Todas las ventanas que Robin podía ver, tanto en la planta como en el piso de arriba, tenían las cortinas corridas. Vaciló antes de internarse por entre la maleza hasta la parte trasera de la casa, allí donde el salón daba al mar. El familiar hilo de humo que brotaba de la familiar chimenea se recortaba con un débil color verde o verde amarillento contra el azul del cielo y no tardaba en perderse. Robin se dio cuenta de que ese humo mal podía ser el del carbón, seguro y digno de confianza. No sabía de qué color era el humo de la turba. Aparte de eso, no había ni la menor señal de que la pequeña propiedad estuviera habitada. Robin había dejado cuidadosamente apoyada su bicicleta en el seto medio abandonado antes de dar un firme empujón a la puerta. Ahora tenía el paquete entre las manos.

El buzón no se encontraba junto a la puerta sino al lado de la entrada principal. Tenía forma de caja y parecía tener bastante capacidad: estaba construido dentro de los ladrillos y sólo podría ser quitado en bloque con una palanqueta. La tapa era anormalmente ancha. En todas partes los carteros suelen sufrir por la pequeñez de dichos orificios, e igualmente sufre la correspondencia que manejan.

Dado que se trataba de una ocasión casi solemne, comparable quizá con el intervenir de testigo en un testamento, Robin apartó la tapa con su mano izquierda, pensando insertar el comunicado oficial dentro del buzón con la derecha. Pero apenas hubo tocado la tapa, algo blanco surgió del interior y cayó a los pies de Robin.

Era una carta, doblada apretadamente sobre sí misma con franca habilidad. Estaba temerariamente dirigida «Al cartero». Robin metió de nuevo los saludos de las autoridades del censo dentro de su bolsa y procedió a leerla. Quizá fuera a recibir instrucciones especiales en lo concerniente a la entrega del correo. La carta estaba escrita con una letra bastante grande y perfectamente legible:



Me ha ocurrido algo extraño. Descubro que estoy casada con alguien a quien no conozco. Un hombre, quiero decir. Su nombre es Paul. Es

bueno conmigo y en cierto modo soy feliz, pero tengo la sensación de que debería relacionarme con usted. Sólo pequeños mensajes de vez en cuando. ¿Le importa? Nada más, en nombre de Dios. Eso debe prometérmelo. Quiero que me lo prometa por escrito.

rosetta. rosetta fearon

Robín examinó tan bien como pudo el mecanismo mediante el cual había sido expelida la misiva. La tapa del buzón resultó no estar unida a la parte superior, sino que giraba sobre un eje situado más abajo que posibilitaba colocar una carta en tal posición que, con un poco de buena suerte, caería hacia fuera nada más se tocara la tapa. La señorita Fearon había sido lo bastante afortunada como para que la casa hubiera sido construida de ese modo. O quizá fue ella quien lo adaptó de esta manera.

Robin sacó de su bolsillo un impreso de Entrega Imposible. Luego sacó su lápiz oficial del interior de su gorra y escribió: «Lo prometo. Volveré la semana próxima. EL CARTERO». Siempre le habían dicho que firmara así y que no diera jamás su nombre real. Metió el impreso dentro de la casa y comprendió que podía estar justo ante el umbral de un romance; aunque, como empezaba a parecerle ahora, ese romance fuera con una mujer casada.

Su corazón se había reunido con las alondras que colmaban el cielo. Empezó a canturrear «Más cerca de Ti, Dios mío», el himno especial de su madre. Las olas se estrellaban contra los acantilados con un nuevo impulso.

No fue hasta haber montado en su bicicleta y haber partido cuando se dio cuenta de que el cuestionario de la señorita Fearon seguía en su bolsa. Lo correcto hubiera sido regresar, pero con sólo eso conseguiría atraer sobre él más chismorrees que con todo lo hecho hasta ahora. Metió el cuestionario en el bolsillo de su chaqueta, junto con el resto de impresos. Después de todo, pensó, seguía siendo un aprendiz.

—Está sonriendo —dijo la señora Truslove cuando volvió a la oficina temporal de correos.

En parte, se trataba de una exclamación de sorpresa y de una acusación.

Esa noche, en su habitación, Robin leyó una y otra vez la extraña carta de Rosetta Fearon, y terminó por depositarla bajo su almohada. Por la mañana el estado del papel le hizo comprender que no podía hacer eso con la misma carta cada noche. No importaba. Habría más cartas. Estaba tan seguro de ello como si se lo hubieran garantizado personalmente.

Robin no hizo intento alguno de apresurar las cosas. Tenía ante él un camino largo y traicionero, pero se dio cuenta de que al precipitarse podía perderlo todo. No dijo nada a nadie; ni a la señora Truslove ni a su

padre o su madre, ni a Nelly, que era la segunda voz de su madre, y que últimamente empezaba a ser la primera de forma cada vez más notable. El viejo cartero y pescador tenía el cuerpo envarado por el lumbago. Bob Stuff, el mejor amigo de Robin, se había ido a Stockport para vender seguros a domicilio. Además, Robin no le habría contado a Bob algo semejante y Bob tampoco se lo habría contado a Robin.

Los siete días pasaron más pronto o más tarde y Robin se encontró una vez más apoyando su bicicleta en el descuidado seto, pero esta vez el timbre tintineaba impulsado por el temblor de su jinete. El problema era la fría lluvia de finales de abril, que empapaba y lo dejaba todo helado. Robin llevaba el impermeable de lona oficial que, o bien había sobrevivido a los carteros anteriores, o bien había sido encontrado en la estación de salvamento después de su evacuación. La señora Truslove nunca parecía saber exactamente cuál de las dos cosas era cierta.

Robin recogió la segunda carta y se quedó inmóvil, sosteniéndola entre sus dedos. La casa no le ofrecía protección alguna: no tenía baranda o porche, ni tan siquiera poseía alero. Ese día, todas las alondras estaban ocultas en sus agujeros. Las olas gemían arañando los acantilados.

No es cruel, en absoluto, pero no puedo encontrarme n gusto con él. Es un perfecto desconocido. A menudo no logro entender lo que dice y eso parece entristecerle. Pero no me siento desgraciada. Siempre hay algo bueno en todo, y existen muchas compensaciones. Gracias por escribir. Por favor, manténgase en contacto conmigo. Nada más que eso, sean cuales sean las circunstancias. Me parece que no soy libre. Comprométase solemnemente a ello. Suya

rosetta


Las palabras fueron haciéndose borrosas a medida que Robin las leía, intentando protegerse los ojos del agua con un viejo pañuelo. Antes de que hubiera terminado con ella, la carta se había convertido prácticamente en pulpa. Además, el acto de leer requiere dos o tres veces más tiempo del normal cuando llueve, incluso cuando la lluvia es ligera.

Robin tampoco tenía refugio alguno en el cual escribir su réplica o meditarla. La lluvia goteaba de la circunferencia de su gorra. Cogió otro impreso y garrapateó un apresurado «Me comprometo. Volveré como siempre. EL CARTERO», tras lo cual metió el húmedo papel dentro del buzón.

En otras circunstancias, quizá hubiera intentado expresarse de forma más calurosa; aunque incluso entonces la expresión «Tu Cartero» habría sonado con toda seguridad de un modo impropiamente navideño y se le había advertido indirectamente contra tal tipo de relaciones. En ese instante, Robin se dio cuenta de que hasta el momento no se le había dado nada para entregar por segunda vez en esa remota casita.

Y, en realidad, aún faltaba por entregar la primera comunicación. Robin supuso que la había perdido. Debía reconocer que pensaba en

eso sólo en los momentos más inadecuados. Pero, probablemente, el no entregar un cuestionario no representaría gran cosa para la señorita Fearon o sus oscuros sentimientos.

La tercera carta, expelida debidamente del buzón una semana después, decía:



No puedo negar que a veces es agradable. ¡Si supiera más de él! Desearía confiarme a él sin reserva alguna, pero eso es imposible. ¿Comprende qué le estoy diciendo, Cartero? A menudo le veo luchando consigo mismo. No entiendo cómo entró en mi vida. Acepte estas confidencias pero no espere nada más. Debo guardarle fidelidad, ¿no es cierto? Lo ha jurado. Suya

R.

El clima volvía a estar dominado por los céfiros y Robin cedió a un impulso repentino. «Soy su más sincero amigo», escribió, sin añadir nada más y, limitándose a la inicial, firmó «C.».

Las alondras cantaban siguiendo los latidos de su cuerpo; las olas susurraban. Todo parecía tentarle para que echara una mirada, pero Robin tenía que volver a su ronda. Ni esta semana ni la anterior había tenido ninguna obligación laboral para venir hasta aquí, a no ser que fuera para entregar con retraso la comunicación original que, probablemente, había desaparecido para siempre.

Antes de montar en su bicicleta, Robin examinó el reverso de la carta. La semana anterior le había sido imposible hacerlo ya que la carta se había derretido mientras la leía. Ahora, Robin vio que no había nada más escrito en ella. El que esto fuera o no una prueba de que su relación avanzaba resultaba difícil de averiguar; pero siempre se puede albergar alguna esperanza mientras nos quede aliento y esa mañana, mientras se alejaba pedaleando, a Robin le quedaba mucho aliento en su interior.

Pronto los días empezaron a prolongarse de forma maravillosa y Lastingham se llenó de visitantes veraniegos en tal cantidad que Brusingham jamás podría igualarla. Cada vez había más colas ante el pequeño edificio de los lavabos públicos, delante del pintoresco y diminuto café, bajo el letrero NIÑOS PERDIDOS y alrededor de la estación de autobuses en miniatura. Los coches estaban aparcados hasta llegar al borde del acantilado, sin hacer caso del aviso fijado por el Consejo Parroquial y sin prestar atención al testimonio que ofrecían la iglesia en ruinas y la oficina de correos abandonada. Los hombres discutían por doquier dónde se hallaba la gasolinera más próxima; cuál era la más barata y cuál se encontraba aún en condiciones de ofrecer sus servicios. Las mujeres empezaban a sufrir por el hogar y anhelaban el regreso. Los niños se enfadaban y tenían rabietas, campando por todo el lugar. Las alondras volaban más alto que nunca. Las olas lamían eróticamente los acantilados.

Quizá Robín hubiera podido olvidar a Rosetta Fearon. Habría sido fácil suponer que escogería entre las jóvenes y las señoras tendidas en el paseo de chilla; descartando antes, naturalmente, su uniforme. Él y Nelly habían visitado ocasionalmente Lastingham durante otros veranos, pero eso era muy distinto de ver el lugar día a día. El problema era que demasiados visitantes estaban allí sólo para un día, como lamentaba incesantemente el Consejo Parroquial. Si tenía que mantener algún tipo de relación romántica, Robín tendría que viajar constantemente a Stroud Green, a Smethwick o a Chorlton-on-Medlock. Y, sencillamente, eso no podía permitírselo. Por el momento, tampoco le resultaba posible emigrar para el resto de su vida a uno de esos lugares, por muy apasionante que pudiera resultarle tal perspectiva. Rosetta Fearon se encontraba ahí mismo y, hasta cierto punto, incluso podía decir que se hallaba incluida en su ronda.

Robín empezó a percibir entre la multitud ociosa a una mujer que siempre llevaba un vestido veraniego, distinto cada día, y que cada día la hacía parecer más y más hermosa. A veces el vestido era suelto y a menudo lucía en su cabeza un sombrero graciosamente ladeado. Tenía una cabellera perfecta. Su tez también lo era, quizá porque el sombrero la resguardaba de los peores efectos del sol. Andaba de manera ágil y alegre, y sus zapatos y sus tobillos eran tal y como Robín jamás había soñado que pudieran existir. Para poner un ejemplo, no eran uno de los atractivos de su madre, que él recordara, y era dudoso que lo hubieran sido alguna vez. Nelly tenía piernas de ciclista.

Ninguna mujer semejante vendría a Lastingham para una visita; ni tan siquiera para quedarse una semana entera. Robín jamás habría supuesto tal cosa. Apenas la distinguió Robín pensó que era Rosetta Fearon.

Eso fue dos días después de que hubiera recibido la tercera carta de la señorita Fearon. De las afirmaciones que había hecho el viejo cartero y pescador siempre había faltado una por confirmar. ¿Y ahora? ¡ Ah, el viejo y amable cartero y pescador! ¡Sal de los dos elementos en partes iguales! Era una pena que, según la señora Truslove, el pobre anciano ahora estuviera aquejado también de urticaria. Ella se preguntaba qué iba a ser de él, viviendo completamente solo.

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