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Róbinson Rojas, “Estos mataron a Kennedy”, Ediciones Arco, 1964









ROBINSON ROJAS
¡Estos mataron

a Kennedy!


Reportaje a un golpe de estado

EDICIONES ARCO

Santiago de Chile

Es propiedad.

Derechos reservados para todos los países.

Inscripción Nº 29328


1a. Edición

2 de Noviembre de 1964


Impreso y hecho en Chile.

Hispano Suiza Ltda. - Santa Isabel, 0174

Santiago-Chile.
DEDICATORIA
A la pequeña legión de periodistas latino­americanos y norteamericanos, anónimos en su mayoría, que cada día son humillados, son ofendidos y hasta torturados moralmente, porque están empeñados en una peligrosa ta­rea: descubrir la verdad.

ADVERTENCIA DEL AUTOR

Este libro fue escrito en enero de 1964. Su demora de nueve meses para encontrar editor, es la historia de un pe­regrinaje contra el miedo a revelar la verdad. Cuando el 28 de septiembre, la Comisión Warren hacía conocer el resulta­do de sus "investigaciones", "ESTOS MATARON A KEN­NEDY" recién iba a entrar en prensa. Para su autor, no hubo novedades en lo que el Informe Warren afirmaba, por lo tan­to, este libro no ha cambiado ni una sola frase desde su gé­nesis en enero de 1964. Y no hubo novedades, porque ¡el au­tor ¡sabía qué diría el Informe Warren! Y lo sabía, porque la Comisión Warren, al revés de lo que todo el mundo cree, no se reunió para "descubrir" quienes realmente mataron a Ken­nedy, sino para "demostrar" que Oswald lo hizo solo, y que en él terminaba todo. La Comisión Warren, en definitiva, sólo terminó el trabajo que el pequeño gángster Jack Ruby inició el 24 de noviembre, al asesinar a Oswald.

Bueno resulta que ustedes se enteren de la declaración del más notable ideólogo liberal contemporáneo, sir Bertrand Russell, al conocer el Informe Warren:

"El asesinato del Presidente norteamericano afecta la paz del mundo. Una conspiración para matarlo tendría graves con­secuencias. Sólo por esta razón, la Comisión Warren tenía que explicar las desconcertantes anomalías ocurridas en el asesinato; y posteriormente, con todos los recursos de la Casa Blanca, el FBI, el Servicio Secreto, la policía de Dallas, la CIA y otras agencias gubernamentales a disposición de la Comi­sión, su informe fracasa evidentemente en despejar las dudas sobre la verdad original del asesinato. Hemos visto alteración de evidencia médica, tres versiones oficiales contradictorias del asesinato, la circulación de la descripción de Oswáld más de 20 minutos antes que fuera muerto Tippit ¡como asesino de Tippit!, informe fabricado por las autoridades de Dallas, tes­tigos presenciales ignorados, mentiras sobre el número de ba­las, un desfile de distorsiones y evidencias fabricadas. La Co­misión Warren está en sí misma compuesta de hombres tan relacionados con las agencias de investigación de los Estados Unidos, que son inaceptables para formar jurados".


R. R., octubre de 1964.

PROLOGO
Pasará mucho tiempo sin que el mundo pueda saber a ciencia cierta “quiénes mataron a Kennedy”.

Pero la interrogante de la multitud debe ser satisfecha por investigadores responsables que de alguna manera, den al mundo una respuesta exacta frente a un hecho histórico de tan vastas proyecciones en el futuro inmediato de nuestro tiempo.

Alguien que conversó con Kennedy, días antes que una ba­la asesina le destruyera el rostro y le cegara la vida, nos con­taba que ninguna fotografía había logrado trasmitir la ima­gen verdadera del Presidente, que era alto de figura esbelta, de mirada azul y profunda con su pupila misteriosamente di­latada, que parecía un poderoso lente humano proyectado ha­cia el porvenir del mundo. Su pelo rojo rebelde parecía dar un marco soberbio a su rostro que se caracterizaba por una mandíbula poderosa y firme.

Otro era el Kennedy débil y "encogido" que nos lograba proyectar la radiofoto. Así tampoco las Agencias Noticiosas fueron capaces de entregarnos, en sus lacónicos cables, su ver­dadero pensamiento.

Todo esto quizás produjo una falta de contacto espiritual entre nuestra generación y el mensaje que —sin duda algu­na— trajo John F. Kennedy al mundo de nuestros días.

En una hora de profundas transformaciones, cuando los viejos valores jugaban sus descuentos, en el país más podero­so del mundo, aparecía un gobernante diferente.

Los E.E.U.U., vencedores de dos guerras mundiales, pare­cían los llamados a conservar por mucho tiempo el liderazgo del mundo occidental. Los que derrotaron a Europa lograban a través de un Plan Marshall hacer florecer de nuevo la vida en el viejo continente. Mantenían poderosos ejércitos en todo el mundo y un cordón de acero, de proyectiles y cohetes, guar­daba las fronteras de su influencia de la otra parte de la hu­manidad socialista. Mientras mantuvo el monopolio del se­creto atómico, controló a su antojo la paz y la guerra, en pe­ligrosos ensayos en Corea y en el Viet-Nam.

Sin embargo, ciegos a las realidades objetivas de la his­toria, trataron de ignorar las realidades dramáticas del inte­rior de su país, las temibles desigualdades entre blancos y ne­gros, las criminales incursiones del Ku Klux Klan, el sombrío temor de la maffia y la sorda rebeldía de los 17.000.000 de norteamericanos que según las propias palabras de Kennedy, quedan cada día sin almorzar.

Todos estos factores, unidos al hecho de que la historia camina hacia adelante, hicieron que los E.E.U.U. fuera per­diendo sus condiciones de líder occidental. Y tal vez, el hecho más grave de la pérdida de su influencia mundial no esté en su desventaja en la conquista del espacio, sino en el hecho de no haber entendido a tiempo que tenían el deber de conquistar al hombre de la tierra y sobre todo, ganar la confianza y no el rencor de esta familia de 200.000.000 de seres humanos que pueblan la América Latina.

No fue un hecho casual el recibimiento que hicieron los pueblos a Nixon en su gira por nuestro continente como tam­poco fue producto de la casualidad, el triunfo de la revolu­ción cubana, ocurrido en vísperas del término del último go­bierno republicano de los E.E.U.U.

En este cuadro que abría la pendiente de la declinación norteamericana, entró en escena un hombre de la talla de Kennedy.

Llegó al poder para tratar de recuperar el prestigio per­dido de su país en el mundo y para ello impulsó el desarrollo de la cohetería experimental hasta alcanzar un nivel pareci­do al de la Unión Soviética y cuando lo hubo logrado, firma el tratado de proscripción de los experimentos nucleares y desafía al mundo proponiendo que sea un ruso y un norte­americano juntos los que lleguen a la luna; capta el drama de los millones de negros discriminados y formula su reforma a la ley de igualdad de derechos civiles; habla en una con­centración multitudinaria de negros y logra transformar el rostro sombrío de los preteridos en una mirada de esperan­za; formula un plan ambicioso para la América Latina y tra­ta de transformar el imperialismo en una alianza de pueblos para el progreso.

Toda esta lucha la realiza con un coraje que logramos apreciar sólo después de su muerte, cuando conocimos su afán por abrirse camino en un medio hostil que, desde aden­tro, trataba de frenar sus impulsos revolucionarios.

Sólo ahora, sabemos cuan grande fue la batalla librada por él y como sus enemigos lo combatieron desde la sombra, hasta acabar con su vida.

Este libro trata de descifrar el enigma de nuestro tiem­po, de señalar las fronteras que separaban a Kennedy de los sectores reaccionarios de su país que deseaban perpetuar la vergüenza de la desintegración racial, el negocio de la guerra, la explotación del imperialismo. El inmenso poder de los 1.000 norteamericanos que controlan toda la maquinaria económica de los Estados Unidos y que no estaban dispuestos a ceder en las conquistas alcanzadas por los círculos financie­ros que ahogan el alma norteamericana vy detienen el pro­greso de muchos pueblos de la tierra.

Kennedy estaba contra ellos y el autor de este libro a través de sus páginas, nos va mostrando en un lenguaje rudo la magnitud del poder del dólar acumulado y la impotente batalla de un hombre por conseguir que su país cumpla un rol histórico en función del interés superior de la humanidad y no del mezquino interés del negocio y del dinero.

Kennedy vivió para dar un testimonio distinto y murió combatiendo; de aquí nace nuestro respeto y admiración por su figura gigante.

De aquí nace también, nuestra indignación por su ase­sinato frío y calculado, realizado por aquéllos que creen que su poder es eterno y que pueden seguir deteniendo el curso de la historia con la mano.

La mano asesina que detuvo la vida del presidente már­tir está metida en cada nación de la historia de nuestro con­tinente; ayer, derrocando presidentes democráticos, alentando dictaduras criminales, protegiendo a las naciones privilegia­das, apretando el gatillo contra multitudes indefensas, sacri­ficando pueblos y haciendo más dura la explotación del im­perialismo.

El mundo exige que se haga luz sobre este hecho que cu­brirá de vergüenza a muchas generaciones de norteamerica­nos, luz que aún está lejos, pero que contribuye a acercarla a nuestros días el valeroso testimonio en defensa de los verdaderos valores humanos que hace el autor de este libro en su vigorosa denuncia de los asesinos de Kennedy.


Patricio Hurtado Pereira

Alberto Jerez Horta

PROLOGO PARA LATINOAMERICANOS

América Latina es la región más mal informada acerca de los Estados Unidos. Nos ocurre lo que a la empleada do­méstica, cuyo mundo es el fondo de la casa. Ella sabe algu­nos detalles íntimos del patrón, pero no conoce cómo se ga­na la vida de verdad, y por qué consigue llegar con tanto di­nero a la casa. América Latina también vive en el "patio de atrás" de Estados Unidos, y no conoce cuál es el verdadero oficio, no del pueblo de Estados Unidos, porque los oficios de los pueblos son todos iguales, sino cuál es la profesión del "gran patrón": los que gobiernan el gobierno de Estados Unidos.

Por eso, no habrá sorpresa cuando, por ejemplo, la Co­misión Presidencial de Investigación norteamericana, diga en un futuro próximo:

"Hemos llegado a la siguiente conclusión: Primero... Oswald, actuando en la soledad de su desequilibrio mental, fue realmente el asesino del Presidente John Kennedy; se­gundo… Ruby, por su parte, también actuó solo en su pa­pel de ejecutor de Oswald; tercero... Oswald y Ruby no se conocían entre sí; y cuarto... no hay prueba de una conspi­ración, ni extranjera ni doméstica, para deshacerse de Ken­nedy".

Esta es la conclusión que ya se señala como final, de la comisión especial que preside el Pdte. de la Corte Suprema de los Estados Unidos, Earl Warren. En 1942, Warren fue elegi­do gobernador de California. Diez años más tarde, W. M. Keck, de la Superior Oil, y Jack Smith, rico empresario en negocios de petróleo, dijeron que la industria petrolera ha­bía financiado la campaña de Earl Warren.

Sin embargo, en la conclusión final que se ve venir, de cuatro puntos, hay cuatro falsedades; primero... Oswald no actuó solo; al revés, fue alquilado para el trabajo; segun­do... Ruby mató a Oswald para "cerrar el caso"; tercero... Oswald y Ruby se conocían y hay testimonios; y cuatro... hay muchas pruebas de que Kennedy murió víctima de una conspiración. Y todo eso, lo voy a demostrar en este reportaje.

Y este reportaje tiene forma de libro, porque América Latina está mal informada sobre Estados Unidos, porque los medios de difusión de nuestra América Latina (Chile inclui­do) dicen la verdad sólo a medias. No hay "pureza de infor­mación" en nuestra región, porque los medios de difusión, en su mayoría están comprometidos. Y los que no están com­prometidos, sufren la ineludible presión de medios políticos y económicos, cuya mecánica de actuación es ésta: o dicen lo que nosotros queremos o les retiramos los avisos con que fi­nancian su existencia; o dicen lo que queremos, o nuestra "influencia política" la dedicaremos a hundirlos. (Recuer­den que en Chile las concesiones de radio, por ejemplo, son facultad exclusiva del Ejecutivo).

Entonces, con este cuadro general, el latinoamericano no puede entender qué clase de complot podría haber derro­cado a Kennedy, asesinándolo.

Sospechan del problema racial, de los negros. Pero el latinoamericano se sorprendería de saber que el problema ra­cial, es problema meramente electoral... no reviste grave­dad, como para constituir causa de asesinato de un presiden­te. (Ni siquiera Lincoln fue asesinado por esa causa). En Estados Unidos hay un máximo de 20 millones de negros. De ellos, un máximo de cinco millones constituyen fuerza labo­ral. Como actualmente en ese país hay cerca de siete millones de cesantes... la igualdad de derechos para ser empleados, no afecta en nada el cuadro actual de la economía yanqui.

La rebelión de los negros, alentada por John Fitzgerald Kennedy, es sólo una herramienta secundaria de otra gran re­belión intentada por el presidente asesinado: la rebelión del Gobierno de Estados Unidos contra los poderes económicos que siempre lo dominaron... y le dieron órdenes. Y en ese fondo oscuro de la vida norteamericana, se gestó la muerte del presidente.

Ustedes no podrán encontrar una coordinación entre es­tos hechos: invasión de Guatemala en 1954 y doblaje del ne­gocio en las grandes casas comerciales de Boston. Entrada de Estados Unidos a la primera Guerra Mundial, y doblaje de las ganancias de los bancos de la casa Morgan en Nueva York. Revolución en Cuba, y liquidación de las ganancias de grandes compañías de Chicago y Nueva York. Asesinato del presidente Kennedy y la renovación de las actividades del petróleo, con súbita confianza en el nuevo gobierno.

La coordinación entre esos hechos, se las voy a contar en el transcurso de este reportaje.

La realidad económica de Estados Unidos es ésta: la acromegalia fabulosa de los negocios privados, ha creado im­perios particulares económicos, con este resultado: ¡no más de mil personas tienen en sus manos todas las riquezas natu­rales de ese país de 200 millones de habitantes, y tienen en sus manos la explotación de esas riquezas naturales. Y las ganancias son para esos mil, no para todo el pueblo yanqui. Entonces, esos mil norteamericanos gobiernan Estados Uni­dos, porque tienen en su cerco de dólares al Congreso Nacio­nal y a la Corte Suprema, y a los gobiernos de los estados!

Contra esos mil norteamericanos, estaba luchando John Kennedy... y estaba a punto de ganar. Le bastaba ser reele­gido en 1964. Y todo indicaba que así ocurriría. Es decir, por primera vez en 80 años, el pueblo yanqui iba a cobrar lo que era suyo, a costa de las ganancias increíbles de mil norteamericanos.

Así, la conspiración del 22 de noviembre, tendría que haber nacido en Nueva York, llegado a Washington, y reali­zarse en Dallas. La conspiración de los mil norteamericanos. Esa conspiración necesita todo este libro para ser explicada.
Róbinson Rojas

Santiago de Chile, enero de 1964.

PRIMERA PARTE

"Ellos"
"Dile que el mucho dinero ha asesinado hombres

y los ha dejado muertos años antes de su entierro;

y que la búsqueda del lucro más allá de sim­ples necesidades

ha convertido a hombres bastante buenos,

algunas veces, en gusanos secos y retorcidos"
(el pueblo, sí; de Carl Sandburg)

El automóvil negro, Lincoln, de seis asientos, con estruc­tura a prueba de balas, corría suavemente, a 25 kilóme­tros por hora. El hombre colorín sonreía a algunas personas que lo saludaban desde el borde de la acera. Muy pocas per­sonas. La mujer a su lado, morena y hermosa, también son­reía. El hombre del asiento de adelante levantaba una mano, saludando. A su lado, otra mujer también reía. La mujer se volvió y dijo al hombre colorín:

—Señor Presidente... ellos no pueden hacerlo creer que no hay gente aquí en Dallas, ahora, que lo quiere y lo apre­cia.

—No... seguro ...

El automóvil inmenso siguió su marcha, en una curva, pa­ra enfrentar un paso a nivel. Un tipo en camisa subió a un banco frente a la caravana y levantó un letrero escrito con es­malte negro. "Señor Kennedy, lo desprecio a usted, por sus ideas socialistas". Después sonó un disparo. Kennedy se llevó la mano a la garganta y quedó como paralizado. El hombre de adelante se volvió, afirmándose en su brazo izquierdo.

—Dios mío... nos van a matar a todos —gritó el hom­bre, que se llama John Connally, y se encogió. Una bala lo había herido en la espalda.

—Oh, Dios mío... ellos han muerto a mi marido... Jack... Jack —gritó la mujer morena y se inclinó hacia Kennedy, que comenzaba a curvarse hacia adelante. Un tercer disparo le dio en la espalda y rodó hacia el piso del automóvil Lincoln. La mujer gritó "Ayúdeme... ayúdeme... ellos lo mataron"... hacia el agente de servicio secreto que iba a su lado. El agente se lanzó sobre el auto gritando: "Salgamos de aquí y vamos al hospital". Cubrió a Jacqueline Kennedy con su cuerpo.

Viernes 22 de noviembre de 1963. Hora: 12 horas y 31 mi­nutos.

Así ocurrió la escena, de cinco segundos de duración, de acuerdo al testimonio del propio gobernador de Texas, John Connally, y los films de la escena, rodados por aficionados.

¿Quién asesinó al presidente John Fitzgerald Kennedy? La mujer Jacqueline Bouvier, esposa del presidente, gritó de­sesperada: "Ellos han muerto a mi marido". ¿Quiénes son "ellos"?

Este reportaje intentará dibujarlos. Intentará explicar la identidad de "ellos", los que regalaron el cadáver de su pa­dre, en el día de su tercer cumpleaños, al niño John Kenne­dy, hijo.

El autor de este reportaje, es el único periodista chileno que llegó a Estados Unidos, el sábado 23 de noviembre, a cubrir los sucesos desencadenados por el asesinato de John Kennedy. Este periodista, especialista en asuntos internacio­nales, tiene una vasta experiencia respecto a Estados Unidos, ya que ha viajado, en los últimos cuatro años, cuatro veces a eses país, en misiones periodísticas.



"Ellos"
—Oh, Dios mío... ellos han muerto a mi marido... Jack... Jack.

El alarido desesperado de Jacqueline Bouvier, cuyo ves­tido rosado comenzaba a mancharse con la sangre de su es­poso, resume toda una historia... que, en cuatro líneas, es este párrafo del diario Courtant, de Hartford, Conn:



"El irónico paralelo entre el increíble suceso de ayer en Dallas y el asesinato del presidente Kennedy, ofrece evidencia fresca en el sentido de que existe una enfermedad en la socie­dad americana".

¿Qué enfermedad? La enfermedad provocada por "ellos".

Ya que éste es un caso policial, porque envuelve un su­ceso criminal, acudamos al lenguaje policial: la enfermedad de la sociedad norteamericana, provocada por "ellos", la lla­maremos LA MAFFIA.

Pero la maffia no es el grupo grotesco y sonoro, com­puesto por los inmigrantes italianos —Costello, Anastasia, Lu­ciano, Valachi, Capone y aun Sinatra—. Estos son el segundo nivel de la maffia. Digamos los mayordomos, o los capataces. La maffia tiene dos niveles en Estados Unidos: el gran dine­ro y el pequeño dinero.

El gran dinero, es el corazón, el cerebro y el hígado de la maffia. Está compuesta por los gigantescos consorcios cuyo pulso está en Wall Street, y la sangre corre por todo el mun­do —petróleo, que es la gran sangre del gran dinero; el ace­ro, que son los huesos del esqueleto de la maffia; y la manu­facturera General Motors, que tiene 8 mil millones de dóla­res solamente en bienes inmuebles. Los grandes negocios de Estados Unidos, manejados por los 306 millonarios de ese país (cifra del Internal Revenue Service, de fecha 8 marzo 1965), son la maffia. La maffia del gran dinero, que en la mayoría de los últimos cien años ha gobernado la política internacional de Estados Unidos —a través de la Standard Oil de Nueva Jersey (Rockefeller), o de la United Fruit Company y el First National Bank (casa Morgan) —, y también la política económica nacional —derechos exclusivos de Gene­ral Motors, con alguna asociación esporádica con las compa­ñías petroleras de la costa oeste, y frecuente acuerdo con la industria del acero.

El segundo nivel, el pequeño dinero, lo constituye la maffia que usted conoce, y que de vez en cuando aparece en los diarios, para saciar el deseo de escándalo de los lectores. Usted sabe, el crimen vende mucho como noticia. Pero hay crímenes que venden por partida doble. Por ejemplo el de Kennedy: vendió los diarios y espacios radiales y televisados periodísticos en todo el mundo; y además, constituyó la fir­ma de un contrato por la libertad de acción de mil norteame­ricanos.

La maffia del pequeño dinero, son los gangsters que con­trolan el juego ilegal, la prostitución, el tráfico de drogas en los colegios norteamericanos... y algunos políticos. Todo eso, en la medida en que los patrones de estos capataces —el gran dinero—, lo considera adecuado.

Pero todo esto es el paisaje general de "ellos". Vamos a mirarlos de cerca... y para eso, tenemos que reaprender his­toria. Sí, porque ocurre que el asesinato del presidente Ken­nedy fue historia, historia de verdad... como la primera gue­rra mundial, o la segunda, o la creación de la República de Panamá, o como la elección de Eisenhower. En fin, todo eso que uno aprende en el liceo, como misterioso desplazarse de la existencia de los hombres a través del tiempo. Vamos a descubrir, a través de la historia, la presencia de "ellos". El grupo del gran dinero, por supuesto, que no abre heridas en sus víctimas para sacarles sangre, sino para extraerles petró­leo... o tal vez cobre... o quizás hierro... estaño… o plá­tanos... o asesinar al único presidente que trató de destruir­la...



Aprendiendo historia
El día 2 de abril de 1917, el presidente de Estados Uni­dos, Woodrow Wilson, habló ante el Congreso, y dijo, en par­te: "Es un deber penoso y opresivo, caballeros del Congreso, el que me he impuesto al dirigirme a ustedes. Hay, puede ser, muchos meses de tremendo esfuerzo y sacrificio delante de nosotros. Es un hecho aterrador dirigir este grande y pací­fico país a la guerra, a la más terrible y desastrosa de todas las guerras. La civilización misma parece estar en la balanza. Pe­ro el derecho es más precioso que la paz, y nosotros debemos luchar por las cosas que siempre hemos llevado más cerca de nuestros corazones, por la democracia, por el derecho de aquellos que se someten a la autoridad para tener una voz en sus propios gobiernos, por los derechos y las libertades de las naciones pequeñas, por un dominio universal del derecho de aquellos pueblos libres, que traiga paz y seguridad a todas las naciones, y haga al mundo, por fin, libre".

Estados Unidos había entrado a la guerra mundial. Ocho millones de personas murieron. Veintiún millones quedaron heridos. Doscientos mil millones de dólares se gastaron en la Primera Guerra Mundial. El First National Bank, de J. P. Morgan, ganó en la venta de armas 363 miillones de dólares. Una suma tres veces superior fue concedida, por la misma ca­sa Morgan, como empréstito "para recuperación".

En julio de 1919, en Saint Louis, la conciencia del pre­sidente Wilson se hizo insoportable, dijo: "La guerra fue una guerra industrial y comercial".

¿Qué quería decir esto? Era la presencia de "ellos". El grupo del gran dinero.

¿Pueden "ellos" empujar a un gigantesco país como Esta­dos Unidos a la guerra?... Pueden. Y lo demostró el senador Gerald Nye, en la primavera de 1935, cuando se iniciaron las investigaciones senatoriales sobre la industria de las mu­niciones y los métodos para preservar la neutralidad de Es­tados Unidos en guerras extranjeras. Gerald Nye citó a de­clarar a J. P. Morgan a su comisión.

Después, el senador Nye habló de los "créditos de Mor­gan" y de su poder en el Departamento de Estado, y conclu­yó diciendo:

"Y es así como fuimos a la Guerra. No lo hicimos para salvar el régimen democrático en el mundo, siino para evitar un pánico financiero".

La conclusión final de la Comisión Nye fue que ningún otro factor ha sido tan poderoso en la entrada de Estados Unidos a la guerra, como "la presión de los banqueros sobre el gobierno a fin de que se permitiese la concesión de crédi­tos ilimitados a los aliados".

Los créditos los concedió la casa Morgan.

El historiador Walter Millis, afirma: "La industria y la finanza, encabezados por la Casa Morgan, se empeñaron en crear la red económica que llevó continuamente a complicar­se más y más en una alianza económica con los aliados, y, en consecuencia, a colocarse más y más cerca de la guerra con Alemania".

Las armas las vendió la casa Morgan. Pero al contado. 363 millones de dólares. Y también vendió secretos militares a los ingleses en 1915, antes de que Estados Unidos entrara a la guerra.

Y después de la victoria, había que recoger bien los di­videndos. Miembro de la Comisión de Reparaciones, por los Estados Unidos, en el Tratado de Versalles, fue nombrado Thomas Lamont... alto ejecutivo de la Casa Morgan.

Pero falta un detalle: el general John Pershing, jefe su­premo de las fuerzas norteamericanas en la guerra era uno de los mayores accionistas de la casa Morgan. Este es el mismo general que, en 1916, invadió México, al mando del ejército norteamericano. Detrás de él llegaron la Standard Oil y la Shell, que explotarían el petróleo mexicano hasta 1938, cuan­do fue nacionalizado.

Así actúa el grupo del gran dinero, en forma limpia y efectiva. Tan limpia y efectiva como una faena de asesinato.

Y el grupo del gran dinero, que controla a ratos —ratos históricos, de largos años— el gobierno de Estados Unidos y compra a algunos políticos de ese país, no tiene patria. Pero tiene bandera: la bandera es blanca, con un signo en el cen­tro: U$S.

Al comienzo de la segunda guerra mundial ocurrió una desinteligencia entre el grupo del gran dinero y el Departa­mento de Estado. En verdad, la desinteligencia venía de an­tes, porque gobernaba Estados Unidos Franklin Délano Roosevelt, hombre difícil de comprar o de chantajear por la Ge­neral Motors o la Standard Oil de Nueva Jersey. Ocurre que el grupo del gran dinero no quería la guerra, porque sus in­tereses financieros estaban vinculados a los miembros japo­neses y alemanes de esa honorable sociedad. Es decir, los contrincantes en la lucha por la democracia, que al final, re­sultó doblaje de riqueza para el grupo.

El ejército de Estados Unidos necesitaba tanques para combatir las hordas nazis en África, sobre todo. La General Motors se negó a fabricarlos. Nadie la acusó de traición. Es miembro de la honorable sociedad, y la honorable sociedad controla bien... muy bien, los medios de información en los Estados Unidos.

En plena guerra, el senador Harry Truman, denunció a dos gigantes de la maffia del gran dinero: a la Standard Oil de Nueva Jersey y la Casa Dupont de Nemours. Era la Co­misión senatorial para investigar la Defensa Nacional. La de­nuncia era así:

La Standard Oil de Nueva Jersey tenía compromisos de exclusividad con los trusts alemanes, controlados por Adolfo Hitler. El compromiso era que la Standard Oil no podía en­tregar a ningún país beligerante con Alemania nazi, las fór­mulas del caucho sintético y otros implementos para la fa­bricación de tanques pesados. Pues bien, el 8 de dioiembre de 1941, Estados Unidos entró a la guerra, y la Standard Oil de Nueva Jersey se negó a entregar las fórmulas al gobierno de Estados Unidos. Las fórmulas que servían a los nazis pa­ra matar a miles de soldados aliados. Pero los ejecutivos de la Standard Oil (Rockefeller), no fueron fusilados por trai­dores. Se les aplicó una multa... de 500 mil dólares (el in­greso anual de la casa Rockefeller era de 4 mil millones de dólares, en esa fecha).

La Casa Dupont de Nemours, la otra acusada por el ira­cundo Harry Truman, tenía enlaces financieros con la Im­perial Chemical Industries, de Inglaterra; la I. G. Farbenindustries, de Alemania nazi, y la Mitsui, del Japón. No pasó nada.

En el año 1942, la Anaconda de Montana, para salir de material de segunda categoría, vendió cobre de mala cali­dad... al Departamento de Guerra. Los implementos béli­cos fabricados con este cobre, causaron la muerte de miles de soldados noteamericanos, antes de tomar contacto con el enemigo.

Pero los culpables de este "descuido", no fueron encar­celados. Ni siquiera enjuiciados. Es que resulta que la Ana­conda Copper Mining es una de las 445 empresas de Mor­gan. Y Morgan es miembro de la honorable sociedad. De la maffia del gran dinero. El gran jefe, John Pierpont Morgan Segundo, falleció en 1943. En 1940, antes de entrar a la guerra (y vender material de mala calidad para las tropas de su propio país), las 445 firmas de la casa Morgan confesaban un capital de 30.200 millones de dólares. En 1946, el capi­tal era de 74 mil millones de dólares, ¿quién puede acusar de algo a un miembro tan hábil de la honorable sociedad? Du­plicado el capital con sólo una guerra mundial de por medio.

En 1939, el grupo del gran capital estuvo a punto de co­meter un terrible error: dar la cara. Los Morgan, los Rockefeller y los Dupont estaban tan desesperados porque Roosevelt era totalmente antinazi, es decir, contrario al gran socio comercial, que pensaron en un golpe de estado... Un golpe de estado, derrocar a Roosevelt. Agentes de la Bolsa de Nue­va York hablaron con el general de división Smedley Butler, y le ofrecieron tres millones de dólares por encabezar el gol­pe de estado. Butler dijo no. Butler no identificó a los impli­cados.

Butler tenía restos de conciencia. Porque él era "general de los Estados Unidos", y sin embargo, como lo confesó años después, estaba al servicio de "ellos", y no de su patria. Esta es parte de su confesión:

"Pertenecí 33 años a la Infantería de Marina, y duran­te casi todo ese tiempo no fui más que un gángster a sueldo de los grandes consorcios de Wall Street y de los banqueros. Fui un matón del capitalismo. Colaboré en la purificación de Nicaragua, desde 1900 hasta 1912 para beneficio de la casa bancaria de los hermanos Brown. Llevé la luz a la Repúbli­ca Dominicana, en 1916, para defender los intereses azucare­ros norteamericanos. En 1927, en China, colaboré para que la Standard Oil no fuera molestada".

¿Y los periodistas norteamericanos? Ellos no pueden ha­blar. La maffia del gran dinero se ocupa de ellos. Por lo me­nos de los patrones de los periodistas. Un ejemplo:

La investigación de los monopolios de la energía eléc­trica, en la época de Roosevelt, descubrió que esa industria destinaba 25 millones de dólares anuales para coimas entre los periodistas. Hoy, la suma es mayor, aseguran entendidos.

Entonces, los diarios norteamericanos razonan como "ellos". Los traidores a la patria no son la Standard Oil ni la Anaconda, tampoco la Dupont, o la General Motors. Los traidores son Harry Truman, por ejemplo, o Roosevelt... y se les bautiza, comunistas.

Un traidor y un comunista reciente, para el grupo, era John Kennedy. Pero de nueva hechura: con poder, como ellos. Había que eliminarlo... pero... no nos adelantemos a los hechos. Estamos recién conociendo el rostro histórico de "ellos": la maffia del gran dinero.

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