Salarios, Vida Cotidiana y Condiciones de Vida en Bogotá durante la primera mitad del siglo XX



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Salarios, Vida Cotidiana y Condiciones de Vida en Bogotá durante la primera mitad del siglo XX.

María del Pilar López Uribe

del-lope@uniandes.edu.co

Estábamos acostumbrados a la miseria. Los presidentes de la República ganaban $200 mensuales y por la tarde salían a pasear en el atrio de la catedral en charla con sus amigos, como unos buenos alcaldes de villorrio. En las puertas de los cuarteles, los oficiales, sentados en taburetes y cubiertos con enormes sombreros de jipijapa, sucias y largas barbas y con las medias caídas sobre los botines de resorte desbocados, cogían por la mano a la sirvienta que paseaba y la enamoraban tranquilamente. Las mulas de carga movían todo el comercio de importación y exportación por los caminos absurdos que abrieron nuestros abuelos los españoles. Los buques del Magdalena los alumbraba una ahumada linterna y en los vasos de la mesa ponían agua tan turbia, que al poco rato de servida dejaba en el asiento medio dedo de barro. En los riscos de nuestras montañas, y donde no son riscos también, los campesinos negros, indios, blancos y mezclados, trabajaban por medio real al día, no tenían una muda de ropa y aguantaban sus hambres en silencio, esperando la hora en que los reclutaran para las matanzas.



Y todo eso pasó. Se acabó el déficit perpetuo de la tesorería nacional. Hubo dinero. El gobierno inició muchas obras públicas. Más de veinticinco mil individuos han sido movilizados de sus ranchos de miseria a los campamentos de esas obras, donde el trabajo y la soledad les permiten comer y vestirse. Y ha crecido la riqueza pública y se ha transformado todo”1.

Agradecimientos

Quisiera agradecer los comentarios de Decsi Arévalo, Alejandro Gaviria, Salomón Kalmanovitz, José Antonio Ocampo, Fabio Sánchez, Miguel Urrutia y Fabio Zambrano. Todos ellos ayudaron a contribuir y mejorar sustancialmente el trabajo. Igualmente, agradezco a Miguel Espinosa por su infinito apoyo y por ser mi fuente de inspiración; a Loly Gaitán por su compañía en los largos días de archivo y de biblioteca; a Mauricio Ruiz por siempre estar en la mejor disposición para escucharme y discutir conmigo cada nueva idea y a Dianita Quintero y Dianita Güiza por su constante positivismo y colaboración. Por último, quisiera agradecerle a los seres más maravillosos del mundo: mis padres; sin su apoyo, consejos, disciplina y amor no hubiera logrado la mayor parte de los retos a los he me enfrentado. Para ellos y para Miguel es este libro.



Introducción

1. Discursos sobre la degeneración racial, sobre la modernidad y sobre las necesidades de cambio en las costumbres.

2. Cambios y permanencias en la vida cotidiana bogotana.

2.1 La Ciudad.

2.1.1 Los Servicios Públicos.

2.1.1.1. El agua.

2.1.1.2. La luz.

2.1.1.3. El Teléfono.

2.1.2 El Transporte.

2.2 La vida Cotidiana de los Bogotanos.

2.2.1 La Vivienda y los Alquileres.

2.2.2 El Vestido.

2.2.3. La Alimentación.

2.2.4 El Tiempo Libre.

3. Cambio en las condiciones de vida en Bogotá durante la primera mitad del siglo XX.

3.1. Revisión de la literatura.

3.1.1. Evidencia internacional sobre salarios, precios y condiciones de vida.

3.1.2. Evidencia sobre salarios, precios y condiciones de vida en Colombia.

3.2 Fuentes Primarias Cuantitativas.

3.3 El Índice de Precios.

3.4 Los Salarios Reales.

3.5 Las Relaciones de Bienestar.

4. Diferenciales Salariales.

5. Algunos determinantes no monetarios de los cambios en el salario nominal y en las condiciones de vida durante la primera mitad del siglo XX.

5.1 La industrialización.

5.2 Las migraciones rurales-urbanas.

5.3 Las políticas educativas.

Conclusiones.

Introducción

A comienzos del siglo XX, las ciudades colombianas, incluida Bogotá, se habían mantenido al margen de los cambios tecnológicos que las grandes naciones del mundo habían incorporado en sus sociedades y en especial, en su economía. Para ese entonces, el discurso modernizador y la economía capitalista ya habían transformado las ciudades europeas y estaban comenzando a tener gran impacto en las capitales suramericanas. Sin embargo, la capital colombiana seguía manteniendo gran parte de las costumbres y hábitos de la colonia.

Los intentos por implementar un sistema de producción económico basado en el capitalismo industrial y que pretendían restarle participación a la agricultura dentro de la economía nacional, se remontan al período radical y a las élites liberales del siglo XIX. En aquél momento, los discursos políticos indicaban una resignación frente a la posibilidad de progreso, relacionados principalmente con la raza y su baja capacidad intelectual. Sin embargo, durante el Olimpo radical se empezaron a buscar formas de impulsar las aspiraciones de fomento industrial a través de lo que ellos consideraban que era una de las causas del atraso del país: el sistema de enseñanza. De igual forma, se hicieron infructuosos intentos por reducir las barreras comerciales existentes desde el régimen colonial.

Posteriormente, durante la hegemonía conservadora, se intentó avanzar en esta iniciativa. En la exposición de motivos ante el parlamento de la ley 39 de 1903, el entonces ministro de Instrucción Pública, Antonio Jose Uribe, insistió en que el sistema de enseñanza era parte del origen de las guerras civiles que el país había sufrido y atacó la herencia colonial de los letrados recalcando la necesidad de obreros cualificados.2 Esta necesidad de trabajadores calificados, que para aquél entonces era bastante deficiente, se daba por parte de una nueva élite que buscaba acelerar el incipiente desarrollo industrial que el país hasta ahora comenzaba.

No obstante, no era suficiente con generar obreros más capacitados. Tal como Castro-Gómez lo plantea, esta nueva élite también buscaba acabar con las tradiciones coloniales que diferenciaban a la sociedad de acuerdo a sus grupos étnicos y así buscar nuevos sistemas de representación y diferenciación acorde con ese capitalismo industrial que querían implementar y que para ese entonces ya había transformado parte del mundo exterior3. Este nuevo sistema de representación debía basarse en los elementos que regían al nuevo sistema-mundo moderno y a la producción capitalista de bienes. Este cambio obligaba a las nuevas élites a darle una mayor importancia a aspectos económicos, lo que implicaba un rompimiento con ese pasado colonial en el que predominaba el linaje. El nuevo sistema de representación debía estar ligado a una sociedad de clases basado en el ingreso.

Sin embargo, la implementación de este nuevo sistema económico capitalista conllevaba paralelamente, tal como Uribe lo menciona, al surgimiento de una clase obrera, cuyo control debía estar en manos de las clases altas. Para aplicar este control era necesario racionalizar el espacio urbano y a su vez, generar cambios en las costumbres y en las prácticas sociales del pueblo, con el fin de romper con los hábitos coloniales y generar una nueva identificación con los planteamientos de la modernidad y el capitalismo. Esto se materializó, por ejemplo, en los barrios obreros cuyo “objetivo era producir un ambiente urbano en el que los trabajadores se sintieran parte de ese proyecto de industrialización haciendo suyos los objetivos de la biopolítica estatal”4.

La idea era que los individuos, pertenecientes tanto a la élite como a la clase obrera, se reconocieran como “objetos modernos” a partir de las diferentes obras de infraestructura y de los nuevos bienes de consumo que estaban relacionados con la modernización5. No obstante, este reconocimiento coexistía con una estructura de dominio, que más que relacionado con la estructura colonial estaba ligado a aspectos económicos y monetarios. De esta manera, todos los proyectos modernizadores tuvieron un efecto paralelo pero externo, dado por los salarios. El ingreso que la clase obrera obtenía podía no ser suficiente para materializar ese nuevo estereotipo moderno, lo que en últimas terminó agrandando la brecha entre la élite y la clase obrera, pues el primer grupo alcanzó a satisfacer las nuevas necesidades de consumo dadas por la implementación industrial y la apertura del país hacía mercados de importación, mientras que el segundo grupo, al pretender identificarse con ese “objeto moderno”, pudo generar nuevas necesidades que no se pudieron concretar en la realidad. Éstas no se pudieron consolidar por las restricciones presupuestales a las que estaban ligados, lo que iría más allá de los argumentos tradicionales que plantean una resistencia al cambio de las tradiciones coloniales, como generalmente se argumenta6.

El concepto de “objeto-sujeto moderno” que Castro Gómez ha sugerido para Bogotá durante la primera mitad del siglo XX está ligado a las definiciones cambiantes de “necesidades” y “expectativas” que Thompson ha planteado para el contexto de la Inglaterra en el siglo XVIII7. Los fuertes cambios estructurales que se presentaron en Inglaterra durante ese siglo generaron cambios en las “necesidades” de los individuos, lo que a su vez iban restándole importancia al poder de las “expectativas” consuetudinarias. Este cambio en las “necesidades” y este aumento en la importancia de las “expectativas” materiales (que se contrarresta con una pérdida de importancia en la valoración que se hace de las satisfacciones culturales tradicionales) crecían paralelamente a medida que la idea de “objeto-sujeto moderno” era más evidente en los individuos.

Sin embargo, no se puede decir con certeza, a diferencia de lo que plantea Castro-Gómez, que primero se escenificó simbólicamente el capitalismo moderno y luego se implementó con “éxito” por medio de un estado que intentaba convertirse en capitalista8. Las restricciones presupuestales de los individuos pudieron obligarlos a mantener sus antiguos modos de vida y así imposibilitarlos a adoptar el capitalismo moderno dentro de su cotidianidad.

Si bien la exposición industrial de 1910 pudo escenificar un “capitalismo imaginario” que anunciaba y preparaba las subjetividades del capitalismo real9, las condiciones materiales de ese capitalismo real sólo se dieron tiempo después y peor aún, sólo pudieron ser aprovechadas por aquellos que contaban con los recursos necesarios para materializar la identificación con ese nuevo estilo de vida capitalista que se estaba intentando implementar. El sistema capitalista está ligado a la aparición de nuevas y cambiantes necesidades de consumo que implican nuevos o mayores gastos que no pueden ser aprovechados por todos los individuos de una sociedad. Así, a pesar de la existencia de un hábitat moderno, de unas mejores condiciones higiénicas y de la creación de formas alternativas de diversión, la conversión del capitalismo imaginario al real no se pudo dar de manera homogénea ni completa en la sociedad bogotana durante la primera mitad del siglo XX. Aquello individuos que no pudieron avanzar económicamente al mismo ritmo que el Estado estaba intentando imponer, quedaron rezagados bajo un manto híbrido entre la estructura colonial y la estructura moderna, a la cual algunos querían pertenecer.

Esto afectó negativamente las diferencias en las condiciones de vida, pues mientras unos grupos pudieron ampliar su conjunto de posibilidades de consumo y así satisfacer sus nuevas necesidades; otros grupos quedaron estancados e imposibilitados frente a estas nuevas posibilidades. Lo anterior generó un mayor distanciamiento y una mayor segregación en la estructura de clases que se estaba consolidando.

Quizá esa imposibilidad económica de acceder a las condiciones materiales relacionadas con el consumo y los modos de vida capitalista fue lo que retrasó la identificación completa de la sociedad como sujetos modernos durante la primera mitad del siglo XX, lo que iría más allá de la resistencia impuesta por los individuos que se negaban a romper con el pasado y la tradición colonial.

El proceso de modernización y el sistema capitalista que la élite colombiana quiso implementar desde comienzo del siglo XX, requería cambios en las necesidades de consumo y en las formas de vida y costumbres del “pueblo”, lo que implicaba nuevos o mayores gastos. Este proyecto no se pudo implementar con éxito en las clases de ingresos bajos durante la primera mitad del siglo XX pues ellos siguieron manteniendo sus tradicionales hábitos. Esta investigación plantea que una de las causas de este fracaso fueron las restricciones presupuestales y el estancamiento en las condiciones de vida de los grupos sociales de ingresos bajos, lo que los pudo obligar a mantener sus antiguos modos de vida y a su vez les impidió adoptar el capitalismo moderno dentro de su cotidianidad.


  1. Discursos sobre la degeneración racial, sobre la modernidad y sobre las necesidades de cambio en las costumbres.

Desde la época de la independencia, las élites y los intelectuales intentaron asociar el atraso de Colombia y su incapacidad para convertirse en un país civilizado con el problema racial. Las clasificaciones que por entonces se hacían ubicaban a la “raza blanca” en la cúspide de la pirámide. La raíz del problema nacional y la imposibilidad intelectual de los colombianos estaban ligadas al concepto de “raza”.

Desde mediados del siglo XIX, y con mayor fuerza desde los primero años del siglo XX, existió un deseo por parte del Estado colombiano “progresista” de transformar la dotación racial y las prácticas sociales del pueblo10. La experiencia europea y el nuevo proceso de “reacomodamiento” que estaba surgiendo en la sociedad occidental inquietaron a la élite política nacional, que se empezó a apropiar de este discurso.

La antigua “representación del pueblo” ligada al aspecto biológico y étnico empezó a cambiar con las nuevas “reformas sociales” que la misma sociedad occidental fue impulsando. De la misma manera, el papel del Estado dentro de esta polémica sobre la degeneración de la raza empezó a ser más activa. Las transformaciones que se estaban presentando en el contexto internacional, con la Primera Guerra Mundial y la revolución Mexicana y Bolchevique, cambiaron la visión tradicional de las élites políticas e intelectuales colombianas, que buscaron evolucionar en la misma vía que los acontecimientos de la época y que las nuevas fuerzas y sujetos que esta corriente de “modernidad” estaba trayendo.

Con esta coyuntura, el Estado debía cambiar su campo de acción, y así, empezar a tener una mayor preocupación por los aspectos “sociales” y por conseguir una mayor participación del “pueblo” en la economía y la política nacional; lo que iba en dirección opuesta a la tradicional ideología racista.

Miguel Jiménez López, un médico conservador de la década de los veinte, planteó como la “degeneración”, que es el resultado de la mezcla entre españoles, amerindios y africanos, era la principal causa de las enfermedades sociales. No sólo el individuo como ser particular estaba degenerado por los estigmas físicos y las enfermedades mentales; el colectivo también se había degenerado como consecuencia, entre otras, de las variaciones climáticas, la desnutrición, la ausencia de normas higiénicas, la falta de educación, la debilidad moral y la pigmentación de la piel. Otro causante de este proceso degenerativo era la pobreza material, que se materializaba en el pueblo como el principal obstáculo del desarrollo. Jiménez López proponía verdaderas “reformas sociales” enfocadas principalmente a cambiar la base racial del pueblo colombiano. En este sentido buscó implementar políticas de inmigración de mano de obra europea, lo que finalmente no se consolidó11. Esta necesidad de cambiar la base racial del pueblo colombiano por uno de raza blanca europea estaba relacionada con la necesidad de separar al pueblo de sus “costumbres” y de sus tradicionales “formas de vida”, las que eran vistas como emanaciones enfermizas de la raza nacional.

Los planteamientos de Jiménez López se discutieron numerosas veces durante las dos primeras décadas del siglo XX. La polémica sobre la decadencia racial se congregó particularmente en 1920 durante un ciclo de conferencias llamado “Los problemas raciales en Colombia”. En ella también participó Luís López de Mesa, ministro de relaciones exteriores entre 1938 y 1942, quien planteó que la degeneración de la raza se debía principalmente a la “miseria del pueblo” ligada a los aspectos de mugre, falta de alimentos y de higiene y moral. En su trabajo titulado El Factor Étnico, López de Mesa sugiere las consecuencias catastróficas de mezclas de indígenas y africanos para la el espíritu y la riqueza del país, pues la mezcla de “sangres empobrecidas y de culturas inferiores” generaría individuos inadaptables y débiles mentalmente que impedirían el avance hacía la “civilización”12. Él consideraba que uno de los grandes problemas del país era la formación de una raza y su cultura. Para solucionar esto, López de Mesa recomendaba seleccionar ciertas razas europeas que ya fueran “cultas y creadoras de riqueza” para que ayudaran a corregir los defectos del carácter del colombiano13. Proponía la creación de un ideal de raza, en donde se le debía hacer entender al pueblo que era más que raza o que un grupo que ocupaba un territorio, y que por el contrario, era una cultura y “el espíritu que una nación va informando con el tiempo e introducciones con caracteres peculiares suyos en el cauce gigantesco de la historia universal”14. De igual forma, insiste en la necesidad de impulsar la industria según las posibilidades y en instruir a los campesinos y aldeanos en el uso más eficiente de la tierra.

Algunos políticos colombianos compartían este discurso. Uno de ellos era Rafael Reyes quien en 1919 instaba a que en Colombia se incentivara la inmigración de ciertos países (incluida la japonesa) y se prohibiera la entrada de chinos e hindúes, “razas que han sido degeneradas por el servilismo”15. En general, se mantenía la preocupación por la idea de la “pureza de la sangre” que había sido traído desde el siglo XVI por los conquistadores españoles16. Laureano Gómez también planteó su preocupación por la debilidad de la “cultura colombiana”, mezcla de españoles, de africanos y de indígenas americanos, la cual era vista como “un producto artificial, una frágil planta de invernadero, que requiere cuidado y atención inteligente, minuto tras minuto, para que no sucumba a las condiciones adversas”17. Reclamaba el desaprovechamiento de los recursos naturales con los que contaba el país por la incapacidad y bruteza de su pueblo18. Para eso proponía la intervención del Estado, con el fin de servir de guía en el uso más adecuado de los recursos.

El discurso de la decadencia racial tuvo contradictores en los planteamientos de Simón Araujo y Calixto Torres. Ellos no veían en las características biológicas de los colombianos la causa de sus deficiencias en la capacidad intelectual sino que, por el contrario, éstas recaían sobre el mal manejo del Estado. Para conseguir que el pueblo prosperara intelectual y moralmente, era necesaria la intervención del Estado en obras de infraestructura, de sanidad, de educación y de industrialización. Parte de la situación crítica por la que estaba atravesando el pueblo se debía al deterioro del medio ambiente y de la alimentación. En especial, el alcoholismo y el chichismo eran consideradas prácticas alimenticias “insanas” que ayudaban al empeoramiento de la raza. Bajo esta mirada, era necesario cambiar las bases alimenticias del pueblo para obtener el progreso material y social de la nación.

Jorge Bejarano presentó una visión mucho más optimista del pueblo colombiano. Él planteó que éste ya no estaba condenado al atraso por sus características biológicas y climáticas, sino que las posibilidades de progreso ahora podían estar ligadas a las características sociopolíticas de la sociedad y que estas deficiencias podían ser corregidas. Todo estaba en manos del Estado, quien ante tanta indiferencia había permitido mantener las “prácticas sociales populares” que habían terminado alterando las características biológicas y morales del pueblo, entre otras el sostenimiento de ciertos “vicios” como el consumo de alcohol y de las malas costumbres alimenticias. Las costumbres tradicionales enfermaban al pueblo y a su vez impedían la consolidación de una “raza sana”. En una conferencia dictada en 1936, Bejarano planteó la influencia que el vestido y el calzado podían tener sobre la personalidad y la salud del individuo y sus efectos sobre la economía nacional. Reiteradamente se comparaba con países desarrollados como Inglaterra y Francia, que habían implantado el uso obligatorio del uniforme y de los zapatos en la vida cotidiana de los individuos19. Sin embargo, se resaltó que los pobres y las clases obreras no habían querido implementar el uso del calzado y del vestido porque no tenían recursos suficientes para generar este gasto20. Pese a esto, se insistía en que las prendas de vestir iban a tener una fuerte influencia social, que iban a marcar diferencias sociales y a tener repercusiones en los vicios alcohólicos:

El obrero o la sirvienta que visten con decencia, está absolutamente demostrado que no vuelven a entrar a la chichería, porque ya ese vestido les da cierto nivel social y cierta personalidad bien distintas del medio que predomina en la taberna donde se expende el licor que ha perseguido por tanto tiempo a nuestras razas del altiplano”21.

Igualmente, en esta conferencia se resaltó la necesidad de cambiar las costumbres higiénicas del pueblo con el fin de evitar infecciones, especialmente las gastro-intestinales. Estas infecciones eran las que más preocupaban al Estado, por sus fatales consecuencias “sobre la raza, el individuo y la economía nacional”. El Estado debía intervenir, pues de manera agregada el país se veía perjudicado por las malas costumbres higiénicas y por la forma de vestir del pueblo, lo que afectaba negativamente la economía nacional y a su vez impedía el desarrollo del país. La intervención del Estado en este asunto quedó en evidencia cuando en 1936, el alcalde de Bogotá, Jorge Eliecer Gaitán, prohibió el uso de la ruana y las alpargatas en los choferes del transporte público de la ciudad22.

Es así como se da el cambio de un discurso basado en la dotación biológica a uno basado en las condiciones del ambiente y de los comportamientos de los sujetos. Bajo esta nueva visión, el desarrollo se conseguiría a través de la implementación de reformas que permitieran cambiar los aspectos que impedían el progreso moral y material. Principalmente, lo relacionado con el cambio de la indumentaria de uso común de los obreros (la ruana, las alpargatas y el sombrero), con el cambio de las prácticas alimenticias (más carne y más granos) y con la eliminación total del consumo de la chicha y las chicherías.

Bajo esta misma línea, Lucas Caballero presentó sus planteamientos. Al igual que sus contemporáneos, Caballero planteó la necesidad de ampliar las acciones del Estado a través de Instituciones y de políticas basadas en el discurso de modernidad que ya habían sido implementados en la sociedad occidental. Esta nueva nación dirigida hacia el progreso debía concentrar sus objetivos en la “transformación de las prácticas sociales populares y de las formas de vida de los trabajadores”. Para esto se requerían políticas de higiene pública, campañas de temperancia, propaganda masiva, acción coercitiva del Estado y mejoras en la instrucción pública.

Era claro que debía haber una transformación en las prácticas sociales populares. Sin embargo, en lugar de integrar lo “tradicional” con lo “moderno”, lo que se intentó implementar fue una política que acabara con las formas de vida hereditarias del pueblo. Esto era necesario pues iba en contravía con el ideal de eficiencia para el progreso material, biológico y moral que los saberes modernos predicaban y con los nuevos proyectos de industrialización que el Estado estaba impulsando.

El surgimiento del proceso de industrialización y la necesidad de avances económicos del país se veían afectados por el estado de “degeneración” del pueblo y por su incapacidad laboral. De esta forma, las nuevas ideas de industria moderna relacionadas con el trabajo asalariado exigían disciplinar a los trabajadores por parte de los empresarios y del Estado y por medio de la organización del tiempo no laboral. La importancia que el uso del tiempo libre estaba adquiriendo estaba ligada a temores de la élite. Por un lado, se preocupaban por aquellos espacios de diversión, como las chicherías o las plazas de mercado en donde se desarrollaban prácticas sociales populares que podían generar desordenes laborales. Por otro lado, existía intranquilidad sobre la utilización del tiempo de ocio de los trabajadores, es decir, el tiempo utilizado en recreación y entretenimiento. Por ejemplo, el tiempo dedicado al consumo de alcohol era un período dedicado a actividades improductivas y un desperdicio en términos económicos, pues no se estaba generando valor en el sentido capitalista del término.

De esta manera, todos los elementos que caracterizaban la vida del trabajador, como la alimentación, los espacios de socialización, el uso del espacio público, el consumo de alcohol y los juegos estaban relacionados y unificados alrededor de las prácticas populares. Así, el proceso de industrialización, la constitución del mercado laboral y la ampliación de los circuitos comerciales necesariamente implicaba una crítica a las formas que los trabajadores hacían parte de la dinámica económica y social de la ciudad23. Existía una necesidad de implantar las características de una economía capitalista e industrializada, por ejemplo consolidando un mercado interno y expandiendo la producción, la demanda y el consumo; lo que iba en contravía con las prácticas populares tradicionales como las chicherías, donde se generaba una economía cerrada a nuevos intercambios y a estas nuevas formas capitalistas que intentaban ser predominantes. La visión moral biológica que planteaban los médicos y que era compartida por las élites del gobierno argumentaba que las diferencias sociales existentes se debían a la falta de competitividad de los obreros dentro de la lucha por la supervivencia24.

La literatura de la época muestra un cambio en su mirada hacía el avance y el progreso. En un comienzo se pensó que los colombianos estaban condenados al atraso por la raza de su pueblo. Bajo esta mirada, Colombia nunca hubiera podido ser un país moderno y desarrollado. Posteriormente, empezaron a surgir nuevos pensamientos y tendencias sobre el tema. Si había una salida, pero el Estado debía intervenir para poder llegar a ella. La razón del estancamiento se empezó a ligar con las condiciones del medio ambiente y con el comportamiento de los sujetos. El campo de acción del Estado debía ampliarse. Por un lado, a través de sus instituciones debía implementar un discurso de modernidad que se vería reflejado en obras de infraestructura y en políticas de sanidad, educación e industrialización.

Por otro lado, el Estado debía comprometerse a solucionar el segundo obstáculo: el comportamiento de los sujetos. Las reformas que se debían implementar para resolver este problema debían tener como objetivo el cambio “de las prácticas sociales populares y de las formas de vida de los trabajadores”. Éstas hacían referencia al cambio de la indumentaria de uso común, de las prácticas alimenticias y de la abolición de vicios, como la chicha. El camino hacia la modernidad y el progreso no sólo estaba conectado con una mayor inversión del Estado. También se necesitaba cambiar las costumbres y hábitos del pueblo para poder prosperar.



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