Salir del abismo Francisco Javier Gutiérrez Rodríguez



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Teatro: Salir del abismo Francisco Javier Gutiérrez Rodríguez

Salir del abismo


de
Francisco Javier Gutiérrez Rodríguez

Me llamo Almudena, tengo diecisiete años. Soy anoréxica. Llevaba varios meses bastante estable, pero acabo de tener una recaída. He venido a esta terapia de grupo a petición de la psicóloga para que os cuente mi experiencia… Sé que la mayoría habéis empezado hace poco y no estoy realmente segura de si conocéis el camino que os queda aún por recorrer. No estoy muy segura de que esto sirva para algo, pero bueno, ya les he contando tantas cosas de mi vida a tanta gente en estos cuatro años, que ya he perdido bastante el pudor y no tengo tanta vergüenza como las primeras veces … En fin, intentaré empezar por el principio…

Habría que remontarse a… Fue en primavera; estaba terminando primero de ESO cuando empecé a adelgazar. Hace ya cuatro años. Yo tenía trece y empecé a adelgazar porque me veía un poco gordita; bueno, estaba bastante rellenita, era pequeña y aún no había desarrollado… y empecé a adelgazar. Primero me empecé a quitar cosas, pero llegó un momento que veía que un día comía y otro día no y me dije: “mira, ya basta, no puedes vivir así” y me acuerdo que el primer día me tomé dos lonchas de jamón de york. Fue por la tarde y eso fue todo lo que comí en todo el día. Al día siguiente, bueno, no desayuné, comer, comí poquito y por la tarde me tomé un trago de estos de yogurt y me dije “¡buah!, con esto ya tengo”, y así dejaba de desayunar, comía poquito y no merendaba ni cenaba y así fue pasando el tiempo… Mis padres al principio no lo notaron porque los dos trabajaban y mi madre solía venir a casa por la tarde y comía en el trabajo. Yo comía con mi padre y mi hermano que es dos años mayor que yo, pero como mi padre tenía poco tiempo, yo me hacía la remolona y apenas probaba bocado. Un poquito sí, para que no sospechara, pero en cuanto se iba dejaba de comer. Como en mi casa no nos solíamos juntar a cenar sino que mi madre preparaba algo y cada uno picaba lo que le apetecía, por ahí no tenía problemas… Pero cuando estaba terminando el curso ya se empezó a notar bastante puesto que había adelgazado doce kilos… Yo era de las que en todo sacaba sobresaliente. Siempre he sido muy exigente conmigo misma y recuerdo perfectamente que aquel final de curso se me hizo larguísimo. No sabía si iba a ser capaz de terminarlo porque cada vez me encontraba con menos fuerzas. Pero acabé muy bien, probablemente viviendo un poco de las rentas… Entonces, mi madre se dio cuanta de que aquella pérdida de peso no era normal y se empezó a meter conmigo “Que yo no estaba bien, que no era normal, que a ver si te vas a volver anoréxica” y yo le contestaba “bah, eso a mí no me pasa”. Pero cuando terminó el curso estaba agotada. Me pasaba el día sentada. Me acuerdo perfectamente de la imagen de estar siempre agarrada a mi padre porque no me tenía ni para mantenerme de pie. Entonces en el mes de julio, después de terminar el curso mis padres empezaron a llevarme a médicos. Primero fui al de cabecera, pero aunque confirmó mi delgadez, no me hizo demasiado caso. Entonces mi madre se empezó a mover y al final acabó llevándome a un psicólogo. Él me habló de esto como de una enfermedad y me lo puso muy crudo. Yo me asusté un poco, pero me dije a mí misma y a mi madre “yo me curo sola, sé perfectamente lo que tengo que hacer”, y lo dejé, fui a dos sesiones y dije “no, paso”, porque veía que no me gustaba, que era odioso y que yo me iba a curar por mí mima, pero claro, del dicho al hecho… Y así estoy que todavía sigo, … y no sé los años que necesitaré para curarme y las cajas de medicinas que me quedan por tomar… si es que algún día me curo…

… Bueno mejor sigo… Nos marchamos de vacaciones con el firme propósito de recuperarme. Tenía a mis padres encima y tenía que comer y de hecho aquel verano cogí peso, tres o cuatro kilos, y todos tan contentos, pero cuando llegó septiembre empecé de nuevo a reducir la comida. Veía que me iba a volver a poner otra vez como una foca y no me apetecía nada en absoluto… Empecé segundo; yo nunca había llevado un bocadillo ni al colegio ni al instituto, pero ese año le dije a mi madre: “Mira mamá, es que no me apetece ir recién comida al instituto. Es muy pesado. Prefiero llevarme un bocadillo”. Así que por la mañana me tomaba un vasito de leche y me llevaba el bocadillo, y claro, ahí se quedaba el bocadillo, en mitad del camino… Y al principio, me acuerdo que incluso el vaso de leche tampoco lo quería. Yo en teoría delante de mi madre me lo tomaba, pero si podía evitarlo lo evitaba. Si estaba en mi habitación le decía a mi madre “tráeme el vaso de leche que no me da tiempo” y cuando se iba lo tiraba al lavabo o a veces no tenía más remedio que tomármelo y me lo tomaba, pero en cuanto podía lo echaba. Todavía no tenía facilidad para vomitar, pero entonces yo ya veía que mi madre me controlaba bastante el tema de la comida y fue cuando empecé a recurrir al vómito. Al principio te empiezas a meter los dedos, aún no tienes facilidad. Pero después de un día y otro y otro, que ya era vomitar seis u ocho veces al día. Entonces te vas convirtiendo poco a poco en una experta. Ahora mismo por ejemplo lo controlo perfectamente. Hay gente que dice: “¿pero cómo puedes?” Pero el caso es que después de comer normal me bebo un vaso de agua y lo echo todo sin el mayor esfuerzo. Incluso ahora el problema es que hay veces que sin proponérmelo me viene la arcada, y es venirme aquí y decir lo tengo que echar porque no me lo voy a tragar. Y eso es lo malo que ahora tengo unos ardores de estómago que me matan, tengo una hernia de hiato y se pasa mal, y eso por no hablar de los dientes. Se me picaron todos y me los tuvieron que empastar y después echarme como un protector del esmalte porque lo tengo hecho una pena… Y lo peor es que todavía no puedo decir que esto se haya acabado e ignoro las secuelas que me puedan quedar. Sólo sé que falta mucho, muchísimo… … No podía comer nada, nada. Sí me comía una galleta pensaba “¡jo tía!, es que ya con esto me he pasado”. Y cuando salía con mis amigos tenía que comer algo, porque la gente ya sabe de lo que va el tema y te controla y tienes que comer. Pero claro, te están hablando y tú estás pensando que no deberías haber comido. Me sentía culpable, y la verdad es que me sigo sintiendo culpable. A las navidades les tengo pánico, porque todo son comidas bastante copiosas. Y si un día comes piensas “jo, tía, hoy he comido; mañana ya no puedo” … Me sigo comiendo mucho la cabeza… Pero se me ha ido el hilo…

… En vista de que había vuelto a perder todo el peso que había recuperado en el verano, e incluso un poco más, a mi madre le hablaron del “Niño Jesús” Empecé allí las terapias … a finales de noviembre. Ahí tenía que ir todos los días a terapia, me controlaban el peso y anatómicamente, me hacían pruebas de corazón, de estómago y de todo tipo, porque cuando vomitas sueles tener carencia de potasio y entonces puedes tener arritmias. Empecé con las terapias, pero me requerían mucho tiempo, y yo a lo que no estaba dispuesta era a perder clase. Así que después de un par de meses empecé a ir sólo a las revisiones y seguí yendo cada cinco o seis meses y cada vez me volvían a hacer pruebas de todo.

Al poco tiempo de la primera revisión –ya estaba en tercero– fue cuando me ingresaron por primera vez porque veían que me iba. Estuve ingresada quince días y esa fue una de las peores experiencias de mi vida. Me diagnosticaron desnutrición, aunque, psicológicamente estaba hecha una mierda. Yo estaba que me iba. Es que no podía aguantar. Los médicos le explicaron a mis padres que hay un límite en la anorexia a partir del cual te puedes ir en cualquier momento, pero no ya de desnutrición, sino… de cualquier cosa… Que te ingresen es lo peor que te puede pasar, porque vale, te recuperan, pero en el hospital todo el mundo te dice que la vida es muy bonita, te… estructuran la vida de tal forma que una vez que sales no sabes vivir sin esa estructura: te levantas, vas a talleres, te dan de comer una dieta perfectamente estudiada para que engordes lo justo. Te programan todo, pero de tal forma, que sales del hospital y te das cuenta verdaderamente que de puertas para fuera tienes una vida a la que te tienes que enfrentar tú sola… y no puedes… Yo lo pasé bastante mal, porque vi que la vida no era como me dijeron… Ahora sé perfectamente que estuve bastante cerca de cascarla… En esos momentos te planteas bastante cosas de la vida, como que merece la pena seguir “palante”, quisieras ser fuerte aunque sabes perfectamente que no lo eres… Además, no creo que llegues a asimilar nunca esa posibilidad. Piensas que no te va a pasar. “¿Cómo me voy a morir? Yo tengo mucha suerte para eso”… Cuando me incorporé a clases empecé a tener problemas con el curso. Era la primera vez en mi vida que me había pasado. Afortunadamente, tenía buen nivel y entre todos me ayudaron a que terminara bien. Pero ya no era de las mejores de la clase. Aprobé, sí, pero un poco sin pena ni gloria y eso para mí era casi como si hubiera suspendido…

Cuando estaba terminando tercero empecé a ir al psicólogo de la Seguridad Social, pero muy mal, era como muy distante y no me sentía cómoda. Como no conectes con el psicólogo no te abres a él y no hay nada que hacer. Además, no me trataba siempre el mismo psicólogo. Cada día uno distinto … y eso sí que no puede ser… Así es que al poco tiempo lo dejé también. Después fui a una psicoanalista. Pero tampoco me gustó porque ella buscaba el problema y yo quería una solución… Yo tenía anorexia. A mí no me interesaba demasiado de dónde venía, de cómo había influido el papel de mi madre, de cómo me habían criado, … me daba igual, yo quería una solución… Yo llegaba a la consulta, me tumbaba en el diván y tenía que hablar de lo primero que se me ocurriera, y a veces llegaba allí y me tiraba veinte minutos así y ella esperando a que yo hablara de algo y yo le decía: “pero pregúnteme y yo le contesto”. Pues no. Tenía que ser como ella decía. Además, al principio tenía que ir dos veces por semana y era un pastón lo que cobraba y encima no veía que fuera a ninguna parte. Así que fui unos tres meses y lo dejé. Yo seguía tomando medicación que me habían mandado en el Niño Jesús… Después he seguido yendo a otros psicólogos, aunque por diversas razones nunca he durado demasiado. Ahora ya llevo casi seis meses con Rosario y me parece que por una vez estoy encontrando un camino interesante. No es que me sienta curada, pero al menos estoy aprendiendo a aceptarme a mí misma y a los demás, especialmente a mi madre, como realmente somos… Y es que he tenido una relación con mi madre en estos años bastante… no sé cómo decirlo, … convulsiva podría ser la palabra…



Yo he sentido como mi madre se veía absolutamente impotente; cómo veía que su hija se iba, porque cuando salí del hospital había engordado cuatro o cinco kilos, pero, al regresar a casa, en seguida los perdí, además que era kilo por semana. Y no es que tuviera problemas para comer, no, porque hambre he pasado muchísima, pero claro, era mas poderoso el hecho de no querer engordar. No quería volver a pasar… por todas esas humillaciones de cuando la gente me miraba como la gordita empollona… Y por supuesto que la gente me veía hecha un asco, pero yo me veía bien; … llega un punto que no te ves gorda, pero tampoco te ves delgada, te ves normal y lo que no quieres es engordar. Después, llega otro momento que sí, te ves verdaderamente hecha un asco, pero aun así tienes miedo a engordar, porque no quieres verte gorda. Yo no me quería ver gorda para nada. Me daba muchísimo miedo a … no sé, … a ir por paseando y encontrarme con alguien de los que te llamaban gorda de pequeña, porque sabía que estaba delgada y se me iban a quedar mirando. A veces me alegraba de que me dijeran: “estas delgada” o “estás hecha un asco”. Cuanto más me dijeran que estaba hecha un asco, mejor; yo no lo vería como un insulto, sino como algo guay: “jo tía, estoy delgada”. Sin embargo, la gente te lo dice como diciendo: “pero engorda porque estás hecha una mierda”; pero a mí me gustaba. Cuanto más me lo dijeran, mejor… Ahora ya no; ya no me gusta que digan que estoy hecha un asco. Ahora lo paso mal con eso de las curvas, porque yo empecé a adelgazar en pleno desarrollo. Yo tenía más pecho antes que ahora. Además, se me quitó la regla durante más de un año, luego me vino otro año, y se me retiró de nuevo unos meses y ahora la tengo muy irregular: tengo retrasos de quince días o puede que en un mes la tenga tres veces… A mí siempre me habían dicho, que con la regla te aparecen las curvas, y eso al principio no me gustaba mucho; me gustaba mi cuerpo de niña, todo recto. Pero al empezar a desarrollarme me fui estilizando, sí, pero empezaron a aparecer las dichosas curvas y a mí eso no me gustaba. Ahora ya no, claro, cuando me quiero arreglar un poco para salir y me pongo una falda o cualquier vestido con pinzas tengo verdaderos problemas para que me siente bien. Tengo a mi madre haciendo horas extras que si metiendo por aquí, o por allá. Y lo peor es que he jodido bastante la percha y esto ya no hay quien lo arregle. Ya me han dicho que me olvide, porque aunque también me han dicho que si recuperara el peso ideal algo sí se notaría, ya nunca voy a poder tener el cuerpo que hubiera tenido si no me hubiera pasado todo esto en esta edad tan crítica… Vamos que si tengo dinero, lo primero silicona. La verdad es que estoy bastante acomplejada por ese tema. Me queda una especie de resentimiento conmigo misma, por algo que dependía de mí, y… lo he fastidiado. Pero bueno, tampoco me voy a pegar un tiro. Sólo me queda mirarme al espejo y pensar: “¡qué buena estoy!” ¿Qué voy a hacer? No puedo hacer nada. Además, te vas dando cuenta con el tiempo, que un cuerpo bonito no es lo más importante, aunque para que vamos a engañarnos, me jode no tenerlo… Pero al principio me gustaba estar delgada, me sentía bien con mi cuerpo. Me veía guapa. Lo que pasa es que un buen día me miré al espejo y me di cuenta de que se había desdibujado la alegría de mi rostro, y sentí de golpe que lo había perdido todo, que no tenía nada. Eso fue justamente hace dos años, cuando yo tenía quince, en el segundo trimestre de cuarto…

Me ingresaron otra vez porque había marcado un nuevo mínimo de peso, treinta y nueve kilos… El primer trimestre me había costado muchísimo seguir el ritmo de la clases y ya en navidades me di cuenta de que me pasaba las horas estudiando y no me servía porque no me enteraba de nada. Estaba como ausente, me faltaba algo vital, no sé como explicarlo, la alegría, las ganas de vivir, las ganas de seguir enfrentándome a mi familia, a los médicos, a todo el mundo… Ahora después de lo que he pasado, todavía lo paso mal, y eso que me había recuperado bastante, hasta ahora que he vuelto a recaer y es algo que es muy difícil explicar el porqué sigue una obsesionada con el peso cuando sabes perfectamente las consecuencias que ha tenido y que puede tener para ti misma. Sin saber porqué me sube una angustia por el pecho y siento unas terribles ganas de llorar. Llorar he llorado como nadie. Después me siento mejor, pero siempre me queda un regusto amargo… Estuve ingresada unos diez días. Después, seguí yendo a las terapias al hospital todas las tardes. Además, que allí me subieron las dosis de todas las medicinas un montón y me daba mucho sueño y aunque seguí yendo al instituto, era más que nada por no estar todo el día en casa con mi madre que se había pedido una excedencia para poder ocuparse más de mí. Yo ya sabía que tenía el curso perdido, pero pensé que si sacaba alguna me vendría bien aunque tuviera que repetir todo el curso; tampoco tenía edad para trabajar y buscar algo para distraerme. Además, los médicos me habían dicho que era bueno que tuviera la mente ocupada, que no podía estar todo el día en mi casa, porque además, me pasaría muchísimo tiempo con mi madre, que es la persona con la que más he chocado… Mi madre siempre me ha influido mucho. Si ella me dice ponte eso o ponte lo otro o “no me gusta como vas”, aunque a mí me guste, al final siempre acabo haciéndola caso y me cambio, porque no quiero que piense que voy fea. Cuando me enfado con ella me dice: “suelta de una vez lo que tiene de­n­tro y di lo tengas que decir”. Casi siempre he optado por callarme, pero alguna vez no he podido contenerme y he terminado diciendo cosas que no debería haberle dicho. Es la persona que más está contigo, la que más detrás está… y no es que me lleve mal con ella, no, pero queda mucho resentimiento. No sé, y a mi me molestan muchas cosas que hace mi madre, el que esté tan pendiente de mí…

… Me tocó repetir cuarto el curso pasado. Todo el mundo se apresuraba a quitarle importancia, como queriendo decir que aunque hubiera perdido un curso, si eso servía para curarme, se podía dar por bien empleado… (Los recuerdos comienzan a acudir como una bola de nieve) Lo malo es que he perdido un curso y todavía no me he curado, como me repite mi madre, cuando la angustia la sobrepasa, y eso me duele como una punzada. Un día me lo dijo y yo no me pude contener y le dije que me dejara en paz, y ella siguió, y siguió y no sé cómo pero acabé mandándola a la mierda. Y se puso a llorar y yo también y aquello parecía un valle de lágrimas… Me acuerdo de una imagen de ese curso: estaba yo en mi habitación echada y en esto que veo a mi madre de repente sacudiéndome diciendo: “Almudena despierta, Almudena despierta”. Y yo la sentía y la miraba con los ojos muy abiertos, pero incapaz de moverme y de articular palabra. Es como si me hubiera visto muerta desde sus ojos… Siento que además de hacerme mucho daño a mi misma, a ella la he destrozado la vida… Y aunque hemos tenido discusiones muy fuertes, estoy convencida de que yo daría lo que fuera por mi madre… Es la persona que más quiero en esta vida y a la que más daño he hecho…

(PAUSA. Se serena) El año pasado fue uno de los mejores. He conocido a las tres personas que más me han ayudado a salir de este bache y seguramente me he recuperado bastante gracias a ellas. Una de ellas se encuentra aquí con vosotros: es Rosario, la psicóloga. Las otras dos son: Mª Luisa que es la mejor amiga que he tenido nunca y Manuel, un compañero de instituto con el que llevo saliendo desde noviembre y que me ha hecho sentirme tan bien como no me había sentido nunca antes. A Mª Luisa le he contado todo lo que no he sido capaz de contar a nadie, barbaridades que he hecho de las que me avergüenzo con sólo pensarlas. Ellos me ha ayudado tanto a salir del abismo que ahora me siento fatal porque seguramente los he defraudado… Si he venido aquí y os cuento todo esto es en buena medida por ellos, bueno por ellos y también por mi madre…



Manuel me quiere y me acepta con lo mío y eso es mucho por su parte, aunque yo con él de esto no me hablo. Dice mi madre que debo hacerlo y él muchas veces cuando ve que estoy triste me pregunta: “¿qué te pasa?” Y yo les respondo: “No me pasa nada” y él insiste de nuevo. Pero es normal, hay cosas que no las puede entender: si un día de estos me levanto y me veo un poco gorda, ¿cómo se lo voy a decir? Me diría: “No seas tonta, no estás gorda”. Eso lo sé yo también, pero una cosa son los razonamientos lógicos y otra muy distinta los sentimientos. Hay muchas cosas que él no puede arreglar… A veces, simplemente estoy triste y no me apetece trasmitirle a él la tristeza; pero él insiste en preguntarme qué me pasa… y yo suelo responderle: “no lo vas a entender”, pero él no piensa que es por eso, sino que es por él. Entonces, claro, se preocupa… Poca gente sabe lo que es realmente la anorexia. La mayoría piensa que es un par de kilos fuera, que engordas y se arregla todo, pero yo creo que lo de adelgazar es simplemente un síntoma, una forma de escapar, pero verdaderamente es un problema psicológico, es como una depresión, y a partir de ahí empieza todo lo demás. Te encuentras mal contigo misma, pierdes la autoestima, y él no puede saber lo que es esto. Algunas veces le he dicho: “no sabes en lo que estás metiendo. Yo no soy como crees… Tengo como una doble vida y tú sólo conoces la mitad”. Pero él ya se busca sus fuentes y ha hablado con mis amigas. Yo de eso me he enterado ahora. Él sabe mucho más por otras personas que por mí misma. El otro día me dijo: “Sé perfectamente lo que es la anorexia, sé que es problema muy serio que puede que dure mucho tiempo, (se emociona) pero yo voy a estar a tu lado”. Me pareció una frase de película. Creo que sólo se puede amar así en las películas. Si es verdad lo que dijo, yo le amo muy poco en relación a lo que me ama él a mí.

… Esto es como un vacío, es como un abismo, ves que te vas cayendo y nadie te echa una soga, que caes, caes, caes y que se te escapa todo de las manos… Pasa como el tiempo. Es como mucho tiempo, muchas tensiones; es como enlaces, como si tuvieras todo el cuerpo lleno de nudos y … se te fueran rompiendo. Se me pone todo el cuerpo, así como a una temperatura muy alta. No sé, joder, … es que hay veces que, me da la sensación de que … no he hecho nada en la vida y que he perdido mucho tiempo (en un hilo de voz) y que no voy a llegar nunca a donde verdaderamente quiero … Primero estaba a gusto conmigo misma … y también quería ser algo importante en la vida… Me agobia mucho el hecho de que no voy a conseguir estudiar lo que yo quiera, aunque en realidad el problema es que no sé lo que quiero estudiar y me jode cantidad que todos mis compañeros lo tengan tan claro… y yo no tenga ni idea de lo que voy a ser. Además, todos dan por hecho que soy muy lista, que lo llevo todo al día, que yo voy a ser en la vida lo que quiera. Mis padres los que más. Y yo les quiero demostrar que no, que no tiene porqué ser así, que voy a poder aspirar a lo que yo me proponga, pero no tengo porqué conseguirlo. Yo siempre en mi casa he sido la hija modelo. “Tú es que sacas muy buenas notas. Mira a tu hermano. Le cuesta mucho estudiar. Pero tú vas a ser lo que quieras en la vida”. Pero ahora, que estoy sacando menos nota, me dicen: “tú tranquila, que no pasa nada”. Pero esto no concuerda con el “vas a ser lo que quieras en la vida”… Me estáis dando a entender que os estoy decepcionando, porque no estoy llegando a lo que siempre habías pensado que yo iba a llegar, y eso a mí me frustra mucho. Además, yo siempre era la hija modelo, la más simpática, la más abierta, la que siempre ha conseguido lo que quiere, la mejor hija. Siempre que me habéis mandado algo lo he hecho sin rechistar y… puede que todo sea producto de mi imaginación, y que verdaderamente no me exijáis tanto, pero como yo no estoy contenta conmigo misma, pienso que tampoco vosotros estáis contentos conmigo y eso (en un hilo de voz) me duele… Es que, joder, “hija, has perdido un año y no te has curado” o, “llevas ya mucho tiempo, ya es hora de que… ¿es que no te das cuenta de que va pasando la vida y a ti se te escapa todo”, o “tienes novio, tienes que estar contenta”… Con mis padres yo tengo una angustia aquí metida que hay veces que no puedo ni respirar… Es como si el propio oxígeno te comiera. No puedes hacer nada y me da por… empezar a dar patadas, y a lo mejor me entra una locura y no controlo nada, es una sensación de que no controlas absolutamente nada en tu vida. Te tiras delante del libro tantas horas y horas y no puedes hacer nada… No, no, no has avanzado. A lo mejor te propones no comer tal cosa y acabas comiendo, o te pones otro tipo de objetivos y no los consigues y eso te da una sensación de que no controlas nada y dices, si no tengo control sobre mí misma ¿sobre qué voy a tener control, si lo único que podía controlar en mi vida es mi propio cuerpo?… En el tema del sexo, por ejemplo, lo llevo muy mal. Muchas veces me da miedo quedarme a solas con Manuel, por si se me plantea una situación que yo no quiero y no sé decir que no a tiempo. O, yo que sé, … creo que no estoy preparada para afrontar la edad que tengo. Muchas amigas ya dan pasos en la relación con sus novios que yo ni remotamente estoy preparada para dar… Creo que todavía soy como una niña pequeña por dentro y no afronto cosas de la vida que tendría que afrontar… Pero… al mismo tiempo me planteo muchas cosas del futuro. Tengo amigas que saben que tienen que afrontar una carrera, que quieren ser algo en la vida, que de mayores tienen que llevar una casa, una familia, pero yo veo lo que les cuesta a mis padres ganar el dinero y pienso: “Joder, ahora vivo muy bien, pero ¿quién me dice a mi que yo voy a vivir igual de bien, que no voy a tener éxito en la vida, que no voy a llegar a fin de mes, que no voy a conseguir lo que yo quiera?”… El futuro me preocupa demasiado, quizá sea porque yo siempre soy muy negativa. Otras amigas me dicen “buah, yo voy a seguir estudiando y cuando llegue el momento de preocuparme ya me preocuparé”. Pero a mí me agobia muchísimo…

Y eso es todo. Espero simplemente que mi experiencia sirva para que no caigáis en los errores que yo he cometido… y si alguno de vosotros o de vosotras ha empezado ya con esto, me gustaría trasmitiros que yo no pierdo la esperanza en poder llevar una vida más o menos normal, y que aunque sea muy duro, si tenéis al lado a personas que os quieran de verdad, siempre se puede aspirar a salir del abismo que es la anorexia.



Gracias por escucharme.



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