Salvo el crepúsculo



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Julio Cortázar
Salvo el crepúsculo

Discurso del no método, método del no discurso, así vamos.

Lo mejor: no empezar, arrimarse por donde se pueda. Ninguna cronología, baraja tan mezclada que no vale la pena. Cuando haya fechas al pie, las pondré. O no. Lugares, nombres. O no. De todas maneras vos también decidirás lo que te dé la gana. La vida: hacer dedo, auto-stop, hitchhiking: ae da o no se da, igual los libros que las carreteras.

Ahí viene uno. Nos lleva, nos deja plantados?

Sans doute avnit-il la fiévre. Mais

peut-étre la fiévre permet-elle de

voir et d'entendre ce

qu'autrement on ne voit et

n'entend pas.

MARGUERITE YOURCENAR, Anna, Soror


BILLET DOUX

Ayer he recibido una carta sobremanera.

Dice que "lo peor es la intolerable, la continua". Y es para

llorar, porque nos queremos, pero ahora se ve que el amor

iba adelante, con las manos gentilmente

para ocultar la hueca suma de nuestros

pronombres.

En un papel demasiado.

En fin, en fin.

Tendré que contestarte, dulcísima penumbra y decirte: Bue-

nos Aires, cuatro de noviembre de mil novecientos cin

cuenta. Así es el tiempo, la muesca de la luna presa en los almanaques, cuatro de.

Y se necesitaba tan poco para organizar el día en su justo

paso, la flor en su exacto linde, el encuentro en la precisa. Ahora bien, lo que se necesitaba.

Sigue a la vuelta, como una moneda, una

alfombra, un irse.

No se culpe a nadie de mi vida).
BACKROUND

Tierra de atrás, literalmente.


Todo vino siempre de la noche, bachground inescapable, madre de mis criaturas diurnas. Mi solo psicoanálisis posible debería cumplirse en la oscuridad, entre las dos y las cuatro de la madrugada -hora impensable para los especialistas. Pero yo sí, yo puedo hacerlo a mediodía y exorcizar a pleno sol los íncubos, de la única manera eficaz: diciéndolos.

Curioso que para decir los íncubos haya tenido que acallarlos a la hora en que vienen al teatro del insomnio. Otras leyes rigen la inmensa casa de aire negro, las fiestas de larvas y empusas, los cómplices de una memoria acorralada por la luz y los reclamos del día y que sólo vuelca sus terciopelos manchados de moho en el escenario

de la duermevela. Pasivo, espectador atado a su butaca de sábanas y almohadas incapaz de toda voluntad de rechazo o de día asimilación, de palabra fijadora. Pero después será el día, Cámara Clara. Después podremos revelar y fijar. No ya lo mismo, pero la fotografía de la escritura es como la fotografía de las cosas: siempre algo diferente para así, a veces, ser lo mismo.

Presencia, ocurrencia de mi Mandala en las altas noches desnudas, las noches desolladas, allí donde otras veces conté corderitos o recorrí escaleras de cifras, de múltiplos y décadas y palindromas y acrósticos, huésped involuntario de las noches que se niegan a estar solas. Manos de inevitable rumbo me han hecho entrar en torbellinos de tiempo, de caras, en el baile de muertos y vivos confundiéndose en una misma fiebre fría mientras lacayos invisibles dan paso a nuevas máscaras y guardan las puertas contra el sueño, contra el único enemigo eficaz de la noche triunfante.

Luché, claro, nadie se entrega así sin apelar a las armas del olvido, a estúpidos corderos saltando una valla, a números de cuatro cifras que disminuirán de siete en siete hasta llegar a cero o recomenzarán si la cuenta no es justa. Quizá vencí alguna vez o la noche fue magnánima; casi siempre tuve que abrir los ojos a la ceniza de un amanecer, buscar una bata fría y ver llegar la fatiga anterior a todo esfuerzo, el sabor a pizarra de un día interminable. No sé vivir sin cansancio, sin dormir; no sé por qué la noche odia mi sueño y lo combate, murciélagos afrontados sobre mi cuerpo desnudo. He inventado cientos de recursos mnemotécnicos, las farmacias me conocen demasiado y también el Chivas Regal. Tal vez no merecía mi mandala, tal vez por eso tardó en llegar. No lo busqué jamás, cómo buscar otro vacío en el vacío; no fue parte de mis lúgubres juegos de defensa, vino como vienen los pájaros a una ventana, una noche estuvo ahí y hubo una pausa irónica, un decirme que entre dos figuras de exhumación nostalgia se interponía una amable construcción geométrica, otro rccuerdo por una vez inofensivo, diagrama regresando de viejas lecturas místicas, de grimorios medievales, de un tantrismo de aficionado, de alguna alfombra iniciática vista en los mercados de Jaipur o de Benarés. Cuántas veces rostros limados por el tiempo o habitaciones de una breve felicidad de infancia se habían dado por un instante, reconstruidos en el escenario fosforescente de los ojos cerrados, para ceder paso a cualquier construcción geométrica nacida de esas luces iniciertas que giran su verde o su púrpura antes de ceder paso a una nueva invención de esa nada siempre más tangible que la vaga penumbra en la ventana. No lo rechacé como rechazaba tantas caras, tantos cuerpos que me devolvían a la rememoración o a la culpa, a veces a la dicha todavía más penosa en su imposibilidad. Le dejé estar, en la caja morada de mis ojos cerrados lo vi muy cerca, inmóvil en su forma definida, no lo reconocí como reconocía tantas formas del recuerdo, tantos recuerdos de formas, no hice nada por alejarlo con un brusco aletazo de los párpados, un giro en la cama buscando una región más fresca de la almohada. Lo dejé estar aunque hubiera podido destruirlo, lo miré como ni miraba las otras criaturas de la noche, le di acaso una sustancia primera, una urdimbre diferente o creí darle lo que ya tenía; algo indccible lo tendió ante mí como una fábrica diferente, un hijo de mi enemiga y a la vez mío, un telón musgoso entre las fiestas sepulcrales y su recurrente testigo.

Desde esa noche mi mandala acude a mi llamdo apenas se encienden las primeras luces dc la farándula, y aunque el sueño no venga co é y su presencia dure un tiempo que no sabría medir, detrás queda la noche desnuda y rabiosa mordiendo en esa tela invulnerable, luchando por rasgarla y poner de este lado los primeros visitantes, los previsibles y por eso más horribles consecuencias de la dicha muerta, de un árbol en flor en el atardecer de un verano argentino, de la sonrisa de una mujer que vive una vida ya para siempre vedada a mi ternura, de un muerto que jugó conmigo sus últimos juegos de cartas sobre una sábana de hospital.

Mi mandala es eso, un simplísimo mandala que nace acaso de una combinación imaginaria de elementos, tiene la forma ovalada del recinto de mis ojos cerrados, lo cubre sin dejar espacios, en un primer plano vertical que reposa mi visión. Ni siquiera su fondo se distingue del color entre morado y púrpura que fue siempre el color del insomnio, el teatro de los desentierros y las autopsias de la memoria; se lo diría de un terciopelo mate en el que se inacriben dos triángulos entrecruzádos como en tanto pentáculo de hechicería. En el rombo que define la oposición de sus líneas anaranjadas hay un ojo que me mira sin mirarme, nunca he tenido que devolverle la mirada aunque su pupila esté clavada en mí; un ojo como el Udyat de los egipcios, el iris intensamente verde y la pupila blanca como yeso, sin pestañas ni párpados, perfectamentc plano, trazado sobre la tela viva por un pincel que no pretende la imitación de un ojo. Puedo distraerme, mirar hacia la ventana o buscar el vaso de agua en la penumbra; puedo alejar a mi mandala con una simple flexión de la voluntad, o convocar una imagen elegida por mí contra la voluntad de la noche; me bastará la primera señal del contraataque, el deslizamiento de lo elegido hacia lo impuesto para que mi mandala vuelva a tenderse entre el asedio de la noche y mi recinto invulnerable. Nos quedaremos así, seremos eso, y el sueño llegará desde su puerta invisible, borrándonos en ese instante que nadie ha podido nunca conocer.

Es entonces cuando empezará la verdadera sumersión, la que acato porque la sé de veras mía y no el turbio producto de la fatiga diurna y del eyo. Mi mandala separa la servidumbre de la revelación, la duermevela revanchista de los mensajes raigales. La noche onírica es mi verdadera noche; como en el insomnio, nada puedo hacer para impedir ese flujo que invade y somete, pero los sueños Sueños Son, sin que la conciencia pueda escogerlos, mientras que la parafernalia del insomnio juega turbiamente con las culpabilidades de la vigilia, las propone en una interminable ceremonia masoquista. Mi mandala separa las torpezas del insomnio del puro territorio que tiende sus puentes de contacto; y si lo llamo mandala es por eso, porque toda entrega a un mandala abre paso a una totalidad sin mediaciones, nos entrega a nosotros mismos, nos devuelve a lo que no alcanzamos a ser antes o después. Sé que los sueños pueden traerme el horror como la delicia, llevarme al descubrimiento o extraviarme en un laberinto sin término; pero también sé que soy lo que sueño y que sueño lo que soy. despierto sólo me conozco a medias, y el insomnio juega turbiamente con ese conocimiento envuelto en ilusiones; mi mandala me ayuda a caer en mí mismo, a colgar la conciencia allí donde colgué mi ropa al acostarme.

Si hablo de eso es porque al despertar arrastro conmigo jirones de sueños pidiendo escritura, y porque desde siempre he sabido que esa escritura -poemas, cuentos, novelas- era la sola fijación que me ha sido dada para no disolverme en ése que bebe su café matinal y sale a la calle para empezar un nuevo día. Nada tengo en contra de mi vida diurna, pero no es por ella que escribo. Desde muy temprano pasé de la escritura a la vida, del sueño a la vigilia. La vida aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda profunda de la vida. En todo caso así es como siempre busqué o acepté hacer frente a mi trabajo diurno de escritura, de fijación que es también reconstitución. Así ha ido naciendo todo esto.

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Sí, y más atrás, siempre, lo que nadie habrá dicho mejor que Ricardo E. Molinari en Analecta:
Mi cuerpo ha amado el viento y unos días hermosos

de Sudamérica.

Dónde andarán con sus pies mordidos, con mi cara

sola. (Los días mueren en el cielo,

como los peces sedientos, igual que la piel gris sobre

los seres,

sobre la boca que se destruyó amando).

Dónde andará mi cara, aquella otra, que alguien tuvo

entre sus manos

mirándola como a un río asustado.

Mi cuerpo ha querido su sangre y mi alma ha visitado

algunos muertos,

igual que a una fuente, donde veces llega la tarde

con un lirio.

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CRÓNICA PARA CESAR

Y levantarás una gran ciudadY los puentes de la gran ciudad alcanzarán a otras ciudadescomo la peste de las ratas cae sobre otras ratas y otros hombres

Todo lo que en tu ciudad esté vivo proclamará tu nombre

y te verás honrado

alabado y honrado

y tú mismo dirás tu nombre como si te miraras al espejo

porque ya no distinguirás entre los adoradores y el ídolo
Probablemente serás feliz

como todo hombre con mujer como todo hombre con ciudad

probablemente serás hermoso

como todo ídolo con piedra en la frente

como todo león con su aro de fuego corriendo por la arena
y levantarás una torre

y protegerás un circo

y darás nombre al séptimo hijo de las familias trabajadoras

No importa que en la sombra crezcan los hongos rosados

si el humo de las fábricas escribe tus iniciales en lo alto
El círculo de tiza sc cerrará

y en las cavernas de la noche acabarán de pintar

las imágenes protectoras
De hoy en adelante serás el sumo sacerdote

de mañana en mañana el oficiante de ti mismo


Y levantarás una gran ciudad

como las hormigas diligentes exaltan sus pequeños

montículos

y harás venir la semilla de Rumania y el papel de Canadá

Habrá una loca alegría en las efemérides

y en el retorno de los equipos victoriosos


Todo esto no pasará de los límites de tu cuarto

pero levantarás una gran ciudad

de mediodía a medianoche

una ciudad corazón una ciudad memoria una ciudad infamia

La ciudad del hombre crecerá en el hombre de la ciudad
y se protegerán los unos de los otros

las sombras de las sombras

los perros de los perros

los niños de los niños

aunque las mujeres sigan tendidas contra los hombres

y clamen los pacífista en las esquinas

Creo que morirás creyendo

que has levatado una ciudad

Creo que has levantado una ciudad

Creo en ti

en la ciudad

Entonces sí

ahora que creo

entonces sé que has levantado una cidad


Ave César

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-El Héroe

-A un Dios Desconocido

-Para escuchar con audífonos

EL HÉROE


Con los ojos muy abiertos,

el corazón entre las manos

y los bolsillos llenos de palomas

mira el fondo del tiempo.

Ve su propio deseo,luces altas,

guirnaldas, flechas verdes, torres

de donde caen cabelleras

y nacen las espléndidas batallas.

Corre, el fervor lo embiste,

es su antorcha y su propio palafrén,

busca la entrada a la ciudad,

enarbola el futuro, clama como los vientos

Todv está ahí, la calle abierta

y a la distancia el espejeo,

la inexplicable cercanía de lo que no alcanza

y cree alcanzar, y corre.

No es necesario un tropezón ni una estocada

los cuerpos caen por su propio peso,

los ojos reconocen un momento

la verdad de la sombra.

Todavía se yergue,

todavía en su puño late el halcón de acero.

En las piedras rebota la clamante pregunta

del hombre por fin solo a la llegada.

Después es titubeo,

sospecha de que el fin no es el comienzo;

y al fondo de la calle

que parecía tan hermosa

no hay más que un árbol seco

un abanico roto.

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A UN DIOS DESCONOCIDO

Quienquiera seas

no vengas ya.

Los dientes del tigre se han mezclado a la semilla,

llueve un fuego contiuuo sobre los cascos protectores,

ya no se sabe cuándo acabarán las muecas,

el desgaste de un tiempo hecho pedazos.

Obedeciéndote hemos caído.

-La torre subía enhiesta, las mujeres

llevaban cascabeles en las piernas, se gustaba

un vino fuerte, perfumado. Nuevas rutas

se abrían como muslos a la alegre codicia,

a las carenas insaciables. !Gloria!

La torre desafiaba las medidas prudentes,

tal una fiesta de estrategos

era su propia guirnalda.

El oro, el tiempo, los destinos,

el pensar, la violenta caricia, los tratados,

las agonías, las carreras, los tributos,

rodaban como dados, con sus puntos de fuego.

Quienquiera seas, no vengas ya.

La crónica es la fábula para estos ojos tímidos

de cristales focales y bifocales, polaroid, antihalo

para estas manos con escamas dé cold-cream.

Obedeciéndote hemos caído.

-Los profesores obstinados hacen gestos de rata,

vomitan Gorgias, patesís, anfictionías Duns Scoto,

concilios, cánones, jeringas, skaldas, trébedes,

qué descansada vida, los derechos del hombre, Ossian,Raimundo Lulio, Pico, Farinata, Mío Cid, el peine para que Melisendra peine sus cabellos.

Es así: preservar los legados, adorarte en tus obras,

eternizarte, a ti el relámpago.

Hacer de tu viviente rabia un apotegma,

codificar tu libre carcajada.

Quienquiera seas

no vengas ya.

-La ficcion cara de haina, cómo se cuelga de su mono

el reloj que puntual nos saca de la cama.

Venga usted a laa dos, venga a las cuatro,

desgraciadamente tenemos tantos compromisos.

Quién mató a Cock Robín? Por no usar

los antisudorales, sí señora.
Por lo demás la bomba H, el peine con música,

los detergentes, el violín eléctrico,

alivian el pasaje de la hora. No es tan mala

la sala de la espera: tapizada.

-Consuelos, joven antropólogo? Surtidos:

usted los ve, los prueba y se los lleva.

La torre subía enhiesta,

pero aquí hay Dramamina.


Quienquiera seas no vengas ya.

Te escupiríamos, basura, fabricado

a nuestra imagen

de nilón y de orlón, Iahvé, Dios mío.



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PARA ESCUCHAR CON AUDÍFONOS
Un técnico me lo explicó; pero no comprendí mucho. Cuando se cacucha un disco con audífonos (no todos los discos, pero sí justamente los que no deberían hacer eso), ocurre que en la fracción de segundo que precede al primer sonido se alcanza a percibir, debilísimamente, ese primer sonido que va a resonar un instante después con toda su fuerza. A veces uno no se cuenta, pero cuando se está esperando uc cuarteto de cuerdas o un madrigal o un lied, el casi impeceptible pre-eco no tiene nada de agradable. Un eco que se respete debe venir después, no antes, qué clase eco es ése. Estoy escuchando las Variaciones Reales d Orlando Gibbons, y entre una y otra, justamente allí en esa breve noche de los oídos que se preparan a la nueva irrupción del sonido, un lejanísimo acorde o las primeras notas de la melodía se inscriben en una udición como microbiána, algo que nada tiene que ver con lo que va a empezar medio segundo después y que sin embargo es su parodia, su burla infinitesimal. Elizabeth Schumann va a cantar Du bist die Ruh, hay ese aire habitado de todo fondo de disco por perfecto que sea y que nos pone en un estado de tensa espera, de dedicación total e eso que va a empezar, y entonces desde el ultrafondo del silencio alcanzamos horriblemete a oír una voz de bacteria o de robot que inframínimamente canta Du bist, se corta, hay todavía una fracción de silencio, y la voz de la cantante surge con toda su fuerza, Du bist die Ruh de veras.

(El ejemplo es pésimo, porque antes de que la soprano empiece a cantar hay un preludio de piano, y son las dos o tres notas iniciales del piano las que nos llegan por esa vía subliminal de que hablo; pero como ya se habra entendido (por compartido, supongo) lo que digo, no vale la pena cambiar el ejemplo por otro más atinado; pienso que esta enfermedad fonográfica es ya bien conocida y padecida por todos).

Mi amigo el técnico me explicó que este pre-eco que hasta ese momento me había parecido inconcebible era resultado de esas cosas que pasan cuando hay toda clase de circuitos, feedbacks, alimentación electrónica y otros vocabularios ad-hoc. Lo que yo entendía ppr pre-eco, y que en buena y sana lógica tempral me parecía imposible, resultó ser algo perfectamente comprensible para mi amigo, aunque yo seguí sin entenderlo y poco me importó. Una vez más un misterio era explicado de que antes de que usted empiece a canta el disco contiene ya el comienzo de su canto, pero resulta que nos es así, usted empezó a partir del silencio y el pre-eco no es más que un retardo mecánico que se pre-graba con relación a, etc. Lo que no impide que cuando en el negro y cóncavo universo de los audífonos estamos esperando el arranque de un cuarteto de Mozart, los cuatro grillitos que se mandan la instantánea parodia un décimo de segundo antes nos caen más bien atravesados, y nadie entiende cómo las compañías no han resuelto un problema que no parece insoluble ni mucho menos a la luz de todo lo que sus técnicos llevan resuelto desde el día en que Thomas Alva Edison se acercó a la corneta y dijo, para siempre, Mary had a little lamb.

Si me acuerdo de esto (porque me fastidia cada vez que escucho uno de esos discos en que los pre-ecos son tan exasperantes como los ronroneos de Glenn Gould mientras toca el piano) es sobre todo porque en estos últimos años les he tomado un gran cariño a lo audífonos. Me llegaron muy tarde, y durante mucho tiempo los creí un mero recurso ocasional, enclave momentaneo para librar a parientes o vecinos de mis preferencias en materia de Varese, Nono, Lutoslavsik o Carl Anderson, músicos más bien resonantes después de las diez de la noche. Y hay que decir que al principio el mero hecho de calzármelos en las orejas me molestaba, me ofendía; el aro ciñendo la cabeza, el cable enredándose en los hombros y los brazos, no poder ir a buscar un trago, sentirse bruscamente tan aislado del exterior, envuelto en un silencio fosforescente que no es el silencio de las casas y las cosas.

Nunca se sabe cuándo se dan los grandes saltos; de golpe me gusto escuchar jazz y música de cámara con los audífonos. Hasta ese momento había tenido una alta idea de mis altoparlantes Rogers, adquiridos en Londres después de una sabihonda disertación de un empleado de Imhof que me había vendido un Beomaster pero no le gustaban los altoparlantes de esa marca (tenía razón), pero ahora empecé a darme cuenta de que el sonido abierto era menos perfecto, menos sutil que su paso directo del audífono al oído. Incluso lo malo, es decir el pre-eco en algunos discos, probaba una acuidad más extrema de la reproducción sonora; ya no me molestaba el leve peso en la cabeza, la prisión psicológica y los eventuales enredos del cable.

Me acordé de los lejanísimos tiempos en qpe asistí al nacimiento de la radio en la Argentina, de loo primeros receptores con piedra de galena y lo que llamábamos "teléfonos", no demasiado diferentes de los audífonos actuales salvo el peso. También en materia de radio los primeros altoparlantes eran menos fieles que los "teléfonos", aunque no tardaron en eliminarlos totalmente porque no se podía pretender que toda la familia escuchara el partido de fútbol con otros tantos artefactos en la cabeza. Quién iba a decirnos que sesenta años más tarde los audífonos volverían a imponese en el mundo del disco, y que de paso -horresco referens- servirían para escuchar radio en su forma más estúpida y alienante como nos es dado presenciar en las calles y las plazas donde gentes nos pasan al lado comoo zombies desde una dimensión diferente y hostil, burbujas de desprecio o rencor o simplemente idiotez o moda y por ahí, andá a saber, uno que otro justificadamente separado del montón, no juzgable, no culpable.

Nomenclaturas acaso significativas: los altavoces también se llaman altoparlantes en español, y los idiomas que conozco se sirven de la misma imagen: loudspeaker, haut parleur. En cambio los audífonos que entre nosotros empezaron por llamarse "teléfonos" y después auriculares" llegan al inglés bajo la forma de earphones

y al francés como casques d'écoute. Hay algo más sutil y refinado en estas vacilaciones y variantes basta advertir que en el caso de los altavoces, se tiende a centrar su función en la palabra más que en la música (parlante/speaker/parleur), mientras que los audífonos tienen un espectro semántico más amplio, son el término más sofisticado de la reproducción sonora.

Me fascina que la mujer que está a mi lado escuche discos con audífonos, que su rostro refleje sin que ella lo sepa todo lo que está sucediendo en esa pequeña noche interior, en esa intimidad total de la música y sus oídos. Si también yo estoy escuchando, las reacciones que veo en su boca o sus ojos son explicables , cuando sólo ella lo hace hay algo de fascinante en esos pasajes, esas transformaciones instantáneas de la expresión, esos leves gestos de las manos que convierten ritmos y sonidos en movimientos gestuales, música en teatro, melodía en escultura animada. Por momentos me olvido de la realidad, y los audífonps en su cabeza me parecen los electrodos de un nuevo Frankenstein llevando la chispa vital a una imagen de cera, animádola poco a poco, haciéndola salir de la inmovilidad con que creemos escuchar la música y que no es tal para un observador exterior. Ese rostro de mujer se vuelve una luna reflejando la luz ajena, luz cambiante que hace pasar por sus valles y sus colinas un incesante juego de matices, de velos, de ligeras sonrisas o de breves lluvias de tristeza. Luna de la música, última consecuencia erótica de un remoto, complejo proceso casi inconcebible.

Casi inconcebible? Escucho desde los audífonos la grabación de un cuarteto de Bartok, y siento desde lo más hondo un puro contacto con esa música que se cumple en su tiempo propio y simultáneamente en el mío. Pero después, pensando en el disco que duerme ya en su estante junto con tantos otros, empiezo a imaginar decursos, puentes, etapas, y es el vértigo frente a ese proceso cuyo término he sido una vez más hace unos minutos. Imposible describirlo -o meramente seguirlo- en todos sus pasos, pero acaso se pueden ver las eminencias, los picos del complejísimo gráfico. Principia por un músico húngaro que inventa, transmuta y comunica una estructura sonora bajo la forma de un cuarteto dc cuerdas. A travéa de mecaniamos sensoriales y estéticos, y de la técnica de su transcripción inteligible, esa estructura se cifra en el papel pentagramado que un día será leído y escogido por cuatro instrumentistas; operando a la inversa el proceso de creación, estos músicos transmutarán los signos de la partitura en materia sonora. A partir de ese retorno a la fuente original, el camino se proyectará hacia adelante; múltiples fenómenos físicos nacidos de violines y violoncellos convertirán los signos musicales en elementos acústicoa que serán captados por un micrófono y trsnsformados en impulsos eléctricos; estos serán a su vez covertidos en vibraciones mecánicas que impresionarán una placa fonográfica de la que saldrá el disco que ahora duerme en su estante. Por su parte el disco ha sido objeto de una lectura mecánica, provocando las vibraciones de un diamante en el surco (ese momento es el más prodigioso en el plano material, el más inconcebible en términos no científicos), y entra ahora en juego un sistema electrónico de traducción de los impulsos a señales acústicas, su devolución al campo del sonido a través de altavoces o de audífonos más allá de los cuales los oídos están eeperando en su condición de micrófonos para a su vez comunicar los signos sonoros a un laboratorio central del que en el fondo no tenemos la menor idea útil pero que hace media hora me ha dado el cuarteto de Bela Bartok en el otro vertiginoso extremo de ese recorrido que a pocos se les ocurre imaginar mientras escuchan discos como si fuera la cosa más sencilla de este mundo.

Cuando entro en mi audífono

cuando las manos lo calzan en la cabeza con cuidado porque tengo una cabeza delicada

y además y sobre todo los audífonos son delicados,

es curioso que la impresión sea la contraria,

soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la

cabeza a una noche diferente, a una oscuridad a otra.

afuera nada parece haber cambiado, el salón con sus lámparas,

Carol que lee un libro de Virginia Woolf en el sillón de enfrente,

los cigarrillos, Flanelle que juega con una pelota de

papel, lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más.

y ya nada es lo mismo porque el silencio del afuera

amortiguado por los aros de caucho que las manos ajustan

cede un silencio diferente, un silencio interior, el planetario flotante de la sangre, la caverna del cráneo, los oídos abriéndose a otra

escucha y apenas puesto el disco ese silencio como de viva espera,un terciopelo de silencio, un tacto de silencio, algo que tienede flotación intergaláxica, de música de esferas, un silencioque es un jadeo silencio,un silencioso frote de grillos estelares,una concentración de espera (apenas dos, cuatro segundos), ya la agujacorre por el silencio previo y lo concentraen una felpa negra (a veces roja o verde), un silencio fosfenohasta que estalla la primera nota o un acordetambién adentro, de mi lado, la música en el centro del cráneo de cristalque vi en el British Museum, que contenía el cosmos centelleanteen lo más hondo de la transparencia, asíla música no viene del audífono, es com si surgiera de mí mismo, soy mi oyente,espacio puro en el que late el ritmoy urde la melodía su progresiva telaraña en pleno centro de la gruta negra. Cómo no pensar, después, que de alguna manera la poesía es la palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento. podemos abstraernos con un cuento o con una novela, vivirlos en un plano que es más suyo que nuestro en el tiempo de lectura, pero el sistema de comunicación se mantiene ligado al de la vida circundante, la información por más estética, elíptica, simbólica que se vuelva. En cambio el poema comunica el poema, y no quiere ni puede comunicar otra cosa. Su razón de nacer y de ser lo vuelve interiorización de una interioridad, exactamente como los audífonos que eliminan el puente de fuera hacia adentro y viceversa para crear un estado exclusivamente interno, presencia y vivencia de la música que parece venir desde lo hondo de la caverna negra. Nadie lo vió mejor que Rainer María Rilke en el primero de los sonetos a Orfeo: O Orpheus singt! o Hoher Baum im Ohr! Orfeo canta. !Oh, alto árbol en el oído!

Árbol interior: la primera maraña instantánea de un cuarteto de Brahms o de Lutoslavski, dándose en todo su follaje. Y Rilke cerrará un soneto con una imagen que acendra esa certidumbre de creación interior, cuando intuye por qué las fieras acuden al canto del dios, y dice a Orfeo:

da shufst du ihnen Tempel im GehÖr

y les alzaste un templo en el oído.
Orfeo es la música, no el poema, pero los audífonos catalizan esas "similitudes amigas"de que hablaba Valéry. Si audífonos materiales hacen llegar la música desde adentro, el poema es en sí mismo un audífono del verbo; sus impulsos pasan de la palabra impresa a los ojos y desde ahí alzan el altísimo árbol en el oído interior.

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vem navio

vai navio

vir navio

ver navio

ver nao ver

vir nao vir

vir nao ver

ver nao vir

ver navios

(Haroldo de Campos,Fome de Forma)

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*DE EDADES Y TIEMPOS


El sentimiento de la poesía en la infancia: me gustaría saber más, pero temo caer en las extrapolaciones a la inversa, recordar obligadamente desde el hic et nunc que deforma casi siempre el pasado (Proust incluido, mal que le pese a los ingenuos).

Hay cosas que vuelven a ráfagas, que alcanzan a reproducir durante un segundo las vivencias profundas, acríticas del niño: sentirme a cuatro patas bajo las plantaciones de tomates o de maíz del jardín de Bánfield, rey de mi reino, mirando los insectos sin intermediarios entomológicos, oliendo como me es imposible oler hoy la tierra mojada, las hojas, las flores. Si de esa revivencia paso a las lecturas, veo sobre todo las páginas de EL Tesoro de la Juventud (dividido en secciones, y entre ellas El libro de la Poosía que abarcaba un enorme espectro desde la antigüedad hasta el modernismo). Mezcla inseparable, Olegario Andrade, Longfellow, Milton, Gaspar Núñez de Arce, Edgar Allan Poe, Sully Prudhomme, Victor Hugo, Rubén Darío, Lamartine, Bécquer, José María de Heredia... Una sola cosa segura: la preferencia -forzada por la del antólogo- por la poesía rimada y ritmada, tempranísimo descubrimiento del soneto, de las décimas, de las octavas reales. Y una facilidad inquietante (no para mí, para mi madre que imaginaba plagios disimulados) a la hora de escribir poemas perfectamcnte medidos y de impecables rimas, por lo demás siguifying nothing más allá de la cursilería romántica de un niño frente a amores imaginarios y cumpleaños dc tías o de maestras.

Otra ráfaga: recuerdo haber amado un eco interno en una elegía escrita después de la lectura de El Cuervo, sin sospechar que eso se llamaba aliteración:

Pobre poeta, desdichado Poe !

Y un final de soneto, escrito después de haber visto Buenos Aires de noche, desde el balcón de un décimo piso:

Y la ciudad parece asi, dormida,

Una pradera nocturnal, florida

Por un millón de blancas margaritas.

Bonito no? Nocturnal... el pibe ya no le tenía miedo a las palabras, aunque todavía no supiera qué hace con ellas.

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*UN BUEN PROGRAMA

POeta


Antipoeta

Culto


Anticulto

Animal metafísico

cargado de congojas

Animal espontáneo sangrando sus problemas

Vicente Huidobro, Altazor
*POLICRONÍAS

Es increíble que hace doce años

cumplí cincuenta, nada menos.

Cómo podía ser tan viejo

hace doce años?

Ya pronto serán trece desde el día

en que cumplí cincuenta. No parece

posible. El cielo es más y más azul,

y vos más y más linda.

No son acaso pruebas

de que algo anda estropeado en los relojes?

El tabaco y el whisky se pasean

por mi cuarto, les gusta

estar conmigo. Sin embargo

es increíble pensar que hace doce años

cumplí dos veces veinticinco.

Cuando tu mano viaja por mi pelo

sé que busca las canas, vagamente

asombrada. Hay diez o doce,

tendrás un premio si las encontrás.

Voy a empezar a leer todos los clásicos

que me perdí de viejo. Hay que apurarse,

esto no te lo dan de arriba, falta poco

para cumplir trece años desde

que cumplí los cincuenta.

A los catorce pienso

que voy a tener miedo,

catorce es una cifra

que no me gusta nada

para decirte la verdad.

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*ANDELE

Como una carretilla de pedruscos

cayéndole en la espalda, vomitándole

su peso insoportable,

así le cae el tiempo a cada despertar.

Se quedó atrás, seguro, ya no puede

equiparar las cosas y los días,

cuando consigue contestar las cartas

y alarga el brazo hacia ese libro o ese disco

suena el teléfono: a las nueve esta noche,

llegaron compañeros con noticias,

tenés que estar sin falta, viejo,

o es Claudine que reclama su salida o su almohada,

o Roberto con depre, hay que ayudarlo,

o simplemente las camisas sucias

amontonándose en la bañadera

como los diarios, las revistas, y ese

ensayo de Foueault, y la novela

de Eriea Jong y esos poemas

de Sigifredo sin hablar de mil

trescientos grosso modo libros discos y películas,

más el deseo subrepticio de releer Tristram Shandy,

Zama, La Vida Breve, el Quíjote, Sandokán,

y escuchar otra vez todo Mahler o Delius

todo Chopin todo Alban Berg,

y en la cinemateca Metrópolis, King Kong,

La Barquera Maria, La Edad de oro -Carajo,

la carretilla de la vida

con carga para cinco décadas,

con sed de viñedos enteros, con amores

que inevitablemente superponen

tres, cinco, siete mundos

que debieran latir cnnsecutivos

y en cambio se combaten simultáneos

en lo que llaman poligamia y que tan sólo

es el miedo a perder tantas ventanas

sobre tantos paisajes, la esperanza

de un borizonte entero-

2)

Hablo de mí, cualquiera se da cuenta,



pero ya llevo tiempo (siempre. tiempo)

sabiendo que en el mí estás vos también,

y entonces:

No nos alcanza el tiempo,

o nosotros a él,

nos quedamos atrás por correr demasiado,

ya no nos basta el día

para vivir apenas media hora.

El futuro se escinde, Maquiavelo:

el más lejano tiene un nombre, muerte,

y el otro, el inmediato, carretilla.

Cómo puede vivirse en un presente

apedreado de lejos? No te queda

más que fingir capacidad de aguante:

agenda hora por hora, la memoria

almacenando en marzo los pagarés de junio,

la coferencia prometida,

el viaje a Costa Rica, la planilla de impuestos,

Laura que llega el doce,

un hotel para Ernesto,

no olvidarse de ver al oftalmólogo,

se acabó el detergente,

habrá que reurrirse

con los que llegan fugitivos

de Urvguay y Argentina,

darle una mano a esa chiquita

que no conoce a nadie en Amsterdam,

buscarle algún laburo a Pedro Sáenz,

escucharle su historia a Paula Flores

que necesita repetir y repetir

cómo acabaron con su hijo en Santa Fe.

Así se te va el hoy

en nombre de mañana o de pasado,

así perdés el centro

en una despiadada excentración

a veces útil, claro,

útil para algún otro, y está bien.

Pero vos, de este lado de tu tiempo,

cómo vivís, poeta?,

cuánta nafta te queda para el viaje

que querías tan lleno de gaviotas?

4)

No se me queje, amigo,



las cosas son así y no hay vuelta.

Métale a este poema tan prosaico

que unos comprenderán y otros tu abuela,

dése al menos el gusto

de la sinceridad y al mismo tiempo

conteste esa llamada, sí, de acuerdo,

el jueves a las cuatro, de acuerdo, amigo Ariel.

hay que hacer algo por los refugiados.

5)

Pero pasa que el tipo es un poeta



y un cronopio a sus horas,

que a cada vuelta de la esquina

le salta encima el tigre azul,

un nuevo laberinto que reclama

ser relato o novela o viaje a lslandia

(ha de ser tan translúcida la alborada en Islandia,

se dice el pobre punto en un café de barrio).

Le debe cartas necesarias a Ana Svensson,

le debe un cuarto de hora a Eduardo, y un paseo

a Cristina, como el otro

murió debiéndole a Esculapio un gallo,

como Chénier en la guillotina,

tanta vida esperándolo, y el tiempo

de un triángulo de fierro solamente

y ya la nada. Así, el absurdo

de que el deseo se adelante

sin que puedas seguirlo, pies de plomo

la recurrente pesadilla diurna

del que quiere avanzar y lo detiene

el pegajoso cazamoscas del deber.


la rémora del diario

con las noticias de Santiago mar de sangre,

con la muerte de Paco en la Argentina,

con la muerte de Orlando, con la muerte

y la necesidad de denunciar la muerte

cuando es la sucia negación,cuando se llama

Pinochet y López Rega y Henry Kissinger.

(Escribiremos otro día el poema,

vayamos ahora a la reunión, juntemos unos pesos,

llegaron compañeros con noticias,

tenés que estar sin falta, viejo).

6)

.Vendrán y te dirán (ya mismo, en esta página)



sucio individualista,

tu obligación es darte sin protestas,

escribir para el hoy para el mañana

sin noatalgias de Chaucer o Rig Veda,

sin darle tiempo a Raymond Chandler o Duke Ellington,basta de babosadas de pequeñoburgués,

hay que luchar contra la alienación ya mismo,

dejate de pavadas,

elegí entre el trabajo partidario

o cantarle a Gardel.

7)

Dirás, ya sé, que es lamentarse al cuete,



y tendrás la razón más objetiva.

Pero no es para vos que escribo este prosema

lo hago pensando en elque arrima el hombro

mientras se acuerda de Rubén Darío

o silba un blues de Big Bill Broonzy.

Así era Roque Dalton, que ojalá

me mirara escribir por sobre el hombro

con su sonrisa pajarera,

sus gestos de cachorro, la segura

bella inseguridad del que ha elegido

guardar la fuerza para la ternura

y tiernamente gobernar su fuerza.

Así era el Che con sus poemas de bolsillo,

su Jack London llenándole el vivac

de buscadores de oro y esquimales,

y eran también así

los muchachos nocturnos que en La Habana

me pidieron hablar, Marcia Leiseca

llevándome en la sombra hasta un balcón

donde dos o tres manos apretaron la mía

y bocas invisibles me dijeron amigo,

cuando allá donde estamos nos dan tregua,

nos hacen bien tus cuentos de cronopios,

nomás queríamos decírtelo, hasta pronto-

8)

Esto va derivando hacia otra cosa,



es tiempo de ajustarse el cinturón:

zona de turbulencia.

=========

A ver ustedes, con la mano en el corazón

díganme, digan si no es hora que

nos juguemos la piel a cara o ceca

para que el pueblo saque la sortija,

antes que suenen las sirenas y el

caballo ciego empiece de nuevo.

Julio Huasi, Increíble de la suerte.

=========

*NOCTURNO

Tengo esta noche las manos negras, el corazón sudado corrio después de luchar hasta el olvido con los ciempiés del humo.

Todo ha quedado allá, las botellas, el barco,

no se si me querían y si esperabarr verme.

En el diario tirado sobre la cama dice encuentros

diplomáticos,

una sangría exploratoria, lo batió alegremente en cuatro sets.

Un bosque altísimo rodea esta casa en el centro de la ciudad,

yo sé, siento que un ciego está muriéndose en las cercanías.

Mi mujer sube y baja una pequeña escalera

como un capitán de navío que desconfía de las estrellas.

Hay una taza de leche, papeles, las once de la noche.

Afuera parece como si multitudes de caballos se acercaran a la ventana que tengo a mi espalda.

=========

*APPEL REJETE

Patio de la prisión de Santé

No es la previsión del filo que me apartará de mí mismo,ni la sospecha científicamente desmentida del después.

Lo que venga vendrá,y no vendrá nada, y es mucho.
Pero que toda la raza esté durmiendo a esta hora,

que el patio al alba con paredes y paredes

no contenga más que a los infames testigos

que callarán el ruido dulce de mi sangre,

que no haya verdaderamente un hombre ni un árbol,ni siquiera luz en la ventana

porque no habrá ventanas,

que esto vaya a ocurrir entre sombras furtivas y miradas al suelo mientras mi raza duerme cerca de este pedazo de sí misma.

No, no es la previsión del boca abajo, el ímfimo terror que me reventará los nervios como látigos

en esa eternidad en que el triángulo desciende,

ni la sospechaa de que todo puede no acabar ahí,

ni el grito que su sola cuenta me abrirá estúpidamente la boca.

Pienso en tambores enlutados

en una procesión penitencial entre dos olas grises

de puños y de bocas vomitando mi nombre,

en ojos como lenguas, en uñas como perros,

la raza ahí, y el sol, infatigable espectador de espectadores,y poder ser valiente para algunos, y creer que ese balcón cerrado guarda una lástima y un rezo, unido en la irrisión y la blasfemia,

sangre de sangres, víctima de víctimas,

despedazado por mí mismo en cien mil manos.

No este trance de sorda madrugada,

este cuello desnudo para nadie.

=========

*PARA LEER EN FORMA INTERROGATIVA

Has visto

verdaderamente has visto

la nieve los astros los pasos afelpados de la brisa

Has tocado

de verdad has tocado

el plato el pan la cara de esa mujer que tanto amás

Has vivido

como un golpe en la frente

el instante el jadeo la caída la fuga

Has sabido

con cada poro de la piel sabido

que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón

había que tiraelos

había que llorarlos

había que inventarlos otra vez.

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