San elredo de rieval el misterio de cristo



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SAN ELREDO DE RIEVAL

EL MISTERIO DE CRISTO

EN LOS SERMONES LITÚRGICOS

-PRIMERA COLECCIÓN DE CLARAVAL-

(Hna. María José - Hinojo)


  • PRESENTACIÓN GENERAL

    • LOS SERMONES LITÚRGICOS DE SAN ELREDO (pp. 3-4)




- El texto: manuscritos, ediciones y traducciones

- Estructura y contenido

- El género y el estilo

- Las fuentes principales

- La Sagrada Escritura

- La conmemoración litúrgica





  • TEMAS PRINCIPALES (p.12)



  • APROXIMACIÓN AL MISTERIO DE CRISTO

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO PRESENTE EN EL ANTIGUO TESTAMENTO (pp.13-14)

- Promesa y profecía

- Sacramento y representación

- Espera y deseo


EL VERBO SE HIZO CARNE (pp. 14-16)

- Dios y hombre verdadero

- Luz del mundo

- Por nosotros y por nuestra salvación

- Camino a Dios
EL SEÑOR QUE VENDRÁ (p. 17)

- Venida gloriosa de Jesucristo

- Lo veremos tal cual es



  • UNA CLAVE DE LA DOCTRINA ELREDIANA (pp. 18-19)

LA MEDITACIÓN CONTEMPLATIVA Y AFECTIVA



  • EL MISTERIO DE CRISTO EN UNA SELECCIÓN DE TEXTOS BREVES (pp. 20-24)



  • ANÁLISIS DE UNA SECCIÓN MAYOR

SERMÓN 27 EN LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

- Presentación (p.25)

- Esquema del sermón 27 (p.26)

- Texto del sermón 27 (pp. 27-30)

- Comentario al texto (pp. 31-37)



  • SÍNTESIS FINAL (pp. 38-39)



  • ANEXO

  • TEXTO DEL SERMÓN 42 EN EL DÍA DE PENTECOSTÉS (pp. 40-41)

  • COMPENDIO DE LA PRIMERA COLECCIÓN DE CLARAVAL (pp. 42-45)



    • BIBLIOGRAFÍA (p. 46)



E L M I S T E R I O D E C R I S T O

EN LOS SEMONES LITÚRGICOS DE SAN ELREDO DE RIEVAL

- PRIMERA COLECCIÓN DE CLARAVAL -





  • PRESENTACIÓN GENERAL


LOS SERMONES LITÚRGICOS DE SAN ELREDO
A lo largo de sus 24 años como abad (1143-1167), san Elredo dispensó con abundancia la doctrina espiritual a sus hermanos a través de la enseñanza capitular. Ésta se tenía todos los días después del Oficio de Prima, y con frecuencia se comentaba algún capítulo de la Regla. En las grandes solemnidades litúrgicas los Usos de la época prescribían al abad predicar un sermón1. Esto es para Navidad, Epifanía, Pascua, Ascensión, Pentecostés, todas las solemnidades de Santa María, Natividad de San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo, San Benito, Todos los Santos y Dedicación de la Iglesia; también el primer domingo de Adviento y el domingo de Ramos. De aquí nacen los amplios repertorios de sermones litúrgicos que hoy tenemos de nuestros Padres Cistercienses.
Sin embargo, esta actividad de predicación de Elredo fue progresivamente más allá de su comunidad y de las casas cistercienses inglesas, llegando hasta los monjes benedictinos y los canónigos. Walter Daniel, en su biografía de Elredo señala en particular las predicaciones ante las asambleas sinodales y de muchedumbres de pueblo2. En la Primera Colección de Claraval encontramos, por ejemplo, un sermón que Elredo pronunció al clero en el sínodo de Troyes, y sabemos que fue elegido para dar la homilía en la Abadía de Westminster con ocasión del traslado del cuerpo de san Eduardo el Confesor en el año 1166.
Hay que destacar que Elredo no “publicó” sus sermones en sentido propio, a diferencia de san Bernardo y de otros abades cistercienses del siglo XII que revisaron los suyos con cuidado antes de difundirlos. Por este motivo, a excepción de la serie De Oneribus Isaiae dedicada a Gilberto de Foliot, obispo de Londres, todas las demás colecciones de sermones de san Elredo tienen claramente la nota de inconclusas3, e indica que las mismas estaban destinadas al uso interno de Rieval y sus filiales, o a comunidades amigas como Claraval y Reading4.
En este contexto debe situarse el hecho de que varios sermones de nuestro abad nos han llegado con distintas redacciones5 propias de las diferentes colecciones, de las que cada una tiene su contenido particular, su coherencia y su estilo propio. Pero como no hay una verdadera “edición” por parte del autor, estas repeticiones más o menos amplias de los mismos textos nos permiten tener un acceso múltiple y matizado al pensamiento de Elredo y a su oratoria.

Walter Daniel, al hablar de las obras de san Elredo, menciona una colección de 200 sermones; hoy en día, gracias al trabajo del padre Gaetano Raciti que en las últimas décadas ha identificado una serie de sermones litúrgicos pertenecientes a Elredo6, se conocen un total de 183. Estos sermones se encuentran distribuidos en cinco colecciones:


- Primera Colección de Claraval, compuesta de 28 sermones.

Fue publicada casi enteramente por B.Tissier en 1662. Este texto fue tomado por J. P. Migne para la Patrología Latina t.195 publicada en 1855.

La edición crítica e íntegra de esta colección se encuentra en Corpus Christianorum, Continuatio Mediaevalis7 IIA, Turnhout-Brepols, 1989, con los números 1 a 28.

Está traducida al castellano en Padres Cistercienses t.12 y en Biblioteca Cisterciense t.24 y t.25 (ver más detalles en la presentación general de esta colección).


- Segunda Colección de Claraval, formada por 18 sermones.

Esta serie fue descubierta en 1982 y la edición crítica ha sido publicada en CCCM IIA, Turnhout-Brepols, 1989, con los números 29 a 46.

No hay traducción al castellano de esta colección (espera ser publicada en Biblioteca Cisterciense).

- Colección de Durham, que consta de 32 sermones.

24 sermones de esta colección fueron editados por C. H. Talbot en 1952, son los llamados “Sermones inéditos”, y de allí están traducidos al castellano en Padres Cistercienses t.5 “Homilías Litúrgicas”, Azul, 1979.

La edición crítica de esta colección ha sido publicada en CCCM IIB, Turnhout-Brepols, 2001, con los números 47 a 78.


- Un sermón aislado de Elredo (“En la Anunciación del Señor”) ha sido hallado por el P. Raciti en una compilación de obras realizada por Mateo de Rieval en el siglo XIII8, y se encuentra editado en CCCM IIB, Turnhout-Brepols, 2001, con el número 79.
- Colección de Lincoln, compuesta de 5 sermones.

Ha sido descubierta en 1981 y publicada en CCCM IIB, Turnhout-Brepols, 2001, con los números 80 a 84.

- Colección de Reading-Cluny, formada por 99 sermones.

Esta colección fue compuesta más o menos en el mismo tiempo que la Primera Colección de Claraval. Proviene de la comunidad de Reading y luego pasó a la biblioteca de Cluny. Fue descubierta en 1983 y aún no ha sido editada (espera serlo en CCCM IIC).




LA PRIMERA COLECCIÓN DE CLARAVAL
El texto: manuscritos, ediciones y traducciones
La tradición directa de esta colección está representada por dos manuscritos muy próximos al original:

A TROYES, Biblioteca municipal, 910, segunda mitad del siglo XII, proviene de la Biblioteca de Claraval. Es el único que nos ha transmitido la colección completa y el único también en indicar el nombre del autor. Esta colección ha sido formada sin duda poco después de la muerte de Elredo, a pedido de la comunidad de Claraval.

La organización sigue el plan del año litúrgico, pero con dos excepciones: un sermón para el Adviento ha sido atribuido a los Ramos (en contradicción con las indicaciones formales del texto) y un sermón para la Asunción de la Virgen María ha sido trascripto entre los de Todos los Santos.

La colección comprende 27 piezas, copiadas por un solo escriba y rematadas por un triple “Amén” al final del último sermón para Todos los Santos. A partir de un documento conservado en Claraval, se ha añadido un nuevo sermón: una predicación ante los clérigos de Troyes9.
C LINCOLN, Biblioteca catedral, 240, mitad del siglo XII, proviene probablemente de una abadía cisterciense del norte de Inglaterra, y perteneció en el siglo XV a los benedictinos de Durham. En él se encuentran sólo siete sermones de la primera colección de Claraval.
Nueve sermones de la primera colección de Claraval se encuentran en redacciones diferentes en otras colecciones elredianas10 y sirven como testigos de la tradición indirecta.

Las ediciones de esta colección fueron mencionadas más arriba, pero haremos ahora algunas precisiones:



B.TISSIER, Bibliotheca Patrum Cisterciensium t.5, Bono-Fonte, 1662, ha seguido el manuscrito A pero omitiendo los sermones 15, 16 y 28. El sermón para el Adviento está bajo el título de sermón para los Ramos y el sermón marial ha sido puesto al final de la colección.
J. P. MIGNE, Patrología Latina (PL) t.195, París 1855, ha tomado el texto de Tissier.
G. RACITI, Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis IIA, Turnhout- Brepols, 1989, ha realizado la edición crítica de la colección completa, es decir incluyendo los sermones 15, 16 (que es un corto fragmento para la fiesta de San Pedro y San Pablo) y 28. El Sermón para el Adviento y el de la Asunción de la Virgen María han sido reubicados.
Las traducciones que tenemos al español siguen cada una un texto diferente:

PADRES CISTERCIENSES (PPCC) t.12, Caminar con Cristo, Azul, 1986, traduce el texto de PL t.195.

BIBLIOTECA CISTERCIENSE (BC) t.24 y t.25, Sermones Litúrgicos Primera Colección de Claraval, Monte Carmelo, Burgos, 2008, traduce el texto de CCCM IIA

Conviene tener presente la concordancia en la numeración de los sermones aquí estudiados, ya que -de acuerdo con lo mencionado más arriba- hay algunas diferencias entre la edición crítica (CCCM IIA) del P. Gaetano Raciti y la Patrología Latina (PL 195) de Migne, y esta diferencia se encuentra también en las dos traducciones de que disponemos en español:




PL 195 CCCM IIA

(PPCC 12) (BC 24)


1 1

(10) 2


2 3

3 4


4 5

5 6


6 7

7 8


8 9

9 10


10 (2)

11 11


12 12

13 13


14 14
PL 195 CCCM IIA

(PPCC 12) (BC 25)


- 15

- 16


15 17

16 18


17 19

18 20


(25) 21

19 22


20 23

21 24


22 25

23 26


24 27

25 (21)


- 28

En este trabajo: Para las referencias del número de sermón y de párrafo se ha seguido Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis (CCCM IIA), que es la que se encuentra también en Biblioteca Cisterciense (BC) 24 y 25.

Para las citas de los textos se han ido cotejando las dos traducciones disponibles con la edición crítica, prefiriendo una u otra o una combinación de ambas.

Estructura y contenido
Esta colección está formada por 28 sermones en los que están representadas catorce fiestas litúrgicas: al comienzo del año en el primer domingo de Adviento y al comienzo de la Semana Santa en el domingo de Ramos; cinco fiestas del Señor: Anunciación, Navidad, Epifanía, Pascua y Ascensión; tres fiestas de la Virgen María: Natividad, Purificación y Asunción y las fiestas de San Benito, de la Natividad de San Juan Bautista, de San Pedro y San Pablo y de Todos los Santos.
La disposición de los sermones sigue el plan del año litúrgico y el contenido de la colección es el siguiente:
2 sermones en el Adviento del Señor ( 1 - 2 )

1 sermón en la Natividad del Señor ( 3 )

1 sermón en la Manifestación del Señor ( 4 )

1 sermón en la Purificación de Santa María ( 5 )

3 sermones en el Natalicio de San Benito ( 6 - 7 - 8 )

1 sermón en la Anunciación del Señor ( 9 )

1 sermón en el domingo de Ramos ( 10 )

2 sermones en el día santo de Pascua ( 11 - 12 )

1 sermón en la Ascensión del Señor ( 13 )

1 sermón en la Natividad de San Juan Bautista ( 14 )

4 sermones en el Natalicio de los Santos Pedro y Pablo ( 15 - 16 - 17 - 18 )

3 sermones en la Asunción de Santa María ( 19 - 20 - 21 )

3 sermones en la Natividad de Santa María ( 22 - 23 - 24 )

3 sermones en la festividad de Todos los Santos ( 25 - 26 - 27 )

1 sermón al clero en el sínodo de Troyes11 ( 28 )

Una breve presentación de cada sermón se encuentra en “Anexo” (pp. 42 a 45).



El género y el estilo

Dentro de la literatura monástica, el sermón es el género más cultivado, y lo es por dos motivos, uno patrístico y otro pastoral12. Enraizado en toda la tradición homilética antigua, el sermón es al mismo tiempo un elemento de la observancia monástica como ya hemos mencionado.


En la predicación de san Elredo se destaca como una unidad vital la lectura y meditación de la Palabra de Dios que revela el Misterio de Cristo (lectio divina), la celebración litúrgica que actualiza ese Misterio y la enseñanza del abad que prolonga y completa la inserción personal y comunitaria en Él. Así dice, por ejemplo, al inicio del sermón en el Domingo de Ramos:
Aunque la realidad misma de este día, que todos los cristianos celebran con tanta devoción y tan intensamente, basta para mover nuestros corazones a la devoción, tanto por la lectura de la Pasión del Señor como por la memoria de nuestra salvación, no obstante debemos ofrecer el servicio de nuestra palabra. Así, en efecto, tenemos determinado para que no nos falte ningún medio con el cual se puedan inflamar nuestras almas en el amor de Dios (10,1).

En estos sermones el lenguaje de Elredo es sencillo y familiar, nos parece estar escuchándolo hablar a sus monjes en el capítulo de Rieval. Su predicación tiene una clara finalidad pedagógica y mistagógica, él “parte” el pan de la Palabra de Dios exponiendo los misterios que la liturgia celebra (cf. 5,1-3 y 10,1) para “edificar a los oyentes”. Por eso acomoda su palabra a la condición de su auditorio (14,1) adaptándose a los más sencillos (cf. 4,3) para que todos reciban el alimento espiritual. Como sabemos, al sermón capitular asistían también los hermanos legos (cf. 13,8 y 8,11).


El estilo es directo, afable y cordial. Se dirige a sus hermanos a quienes conoce, educa y corrige con amor. Así podemos imaginarnos algo de esa comunidad numerosa y heterogénea que era Rieval.
Piensen cómo Dios los ha traído aquí de lugares tan diversos, y de qué diversas costumbres. Algunos de ustedes cuando estaban en el mundo, ¿qué eran por su semejanza sino un león, que despreciaba por su soberbia y riquezas a los demás y se creía más que ellos? Alguno de ustedes ¿no era como un lobo cuando vivía de rapiña y estudiaba cómo podía robar las cosas de otro? (...) ¡Qué hermoso es ver que algunos de ustedes que en el mundo eran tan sabios, tan poderosos, tan soberbios y astutos ahora sean tan simples e ignorantes como si no supieran nada! (1,33.36).
Cada uno ha recibido el propio don de Dios, éste uno, aquél otro. Uno puede ofrecer más trabajo, otro vigilias, otro ayuno, otro oración, otro lectio o meditación (...) Que no se quejen, pues, nuestros hermanos legos que no salmodian y velan como los monjes. Que no se quejen los monjes de que no trabajan como los hermanos legos (8,9.11).
Y conocer el corazón compasivo de este padre abad que fue san Elredo.
¡Cómo me gusta ver que el Señor de la Majestad se muestra en las acciones corporales y en los afectos humanos, no al modo de los fuertes, sino al modo de los débiles! ¡Cuánto me conforta esto en mi debilidad! (...) Así pues, si viere que mi hermano, de cuya alma y cuerpo he de cuidar -pues no amo a todo el hombre si descuido alguno de ellos-, si viera que padece necesidad, sea por la aspereza de los alimentos, de los trabajos o de las vigilias, si le viera, digo, que sufre en el cuerpo o es tentado es el espíritu (...), si le viera pues, así afligido y tuviera bienes de este mundo y le cierro mis entrañas, ¿cómo permanecerá el amor de Dios en mí? (3,33.34).
Gran persecución es tener cuidado de todos, sufrir por todos, entristecerse cuando uno está triste, temer cuando uno es tentado. Qué insoportable es también la tentación que a veces nos sucede, cuando alguno de los que alimentamos y protegemos y amamos como a nuestras entrañas (nutrimus et custodimos et amamus quasi visceras nostra), es vencido por el diablo hasta tal punto que se separa de nosotros, o que lleve una vida tan depravada y perdida que nos es necesario apartarlo de nosotros. Si ustedes, que son hermanos, sienten el dolor y una gran tristeza cuando ocurren tales cosas, ¿cuánta tristeza piensan que no tendremos nosotros, que somos hermanos y padres y custodios, que hemos recibido el encargo de dar cuenta de ellos? (26,18-19).

Las fuentes principales
En estos sermones, como en las demás obras de san Elredo, se nota la influencia de la doctrina de san Agustín, asimilada e incorporada a su propia doctrina espiritual. También, aunque en menor medida, encontramos reminiscencias de otros Padres. En particular de san Gregorio Magno, de san León Magno y de Orígenes en algunos sermones. Recordemos que “entre los monjes medievales, el manejo asiduo de la Escritura va inseparablemente unido a la lectura de los Padres que la comentaron”13, y así encontramos su huella en la exégesis bíblica posterior.
Junto a esta tradición patrística, Elredo ha recibido también la enseñanza de san Bernardo. Si bien no se dio por un trato personal, los escritos de Bernardo estaban muy difundidos y sin duda se hallaban en Rieval que era fundación de Claraval. La meditación de Elredo en estos sermones sigue a la escuela claravalense, aunque con acentos propios y personales.
Teniendo esto presente, podemos afirmar que la fuente viva en que bebe san Elredo y de la cual brota su palabra es la Sagrada Escritura, la liturgia y su propia experiencia del misterio de Dios.

La Sagrada Escritura
En cada festividad litúrgica el misterio celebrado es desvelado a la luz de la Palabra de Dios, frecuentemente de aquella misma que se proclama en la liturgia del día.

Por lo general, a partir de uno o de dos pasajes de la Escritura, Elredo forma la urdimbre y la trama de su meditación, en la que irá entretejiendo hilos diversos de imágenes bíblicas y sentimientos que nos van implicando en ella de forma muy personal.

Por eso podemos decir que cada sermón es como un tapiz de vivos y variados colores en el que contemplamos el Misterio de Cristo -al que se unen la Virgen María y los Santos en sus festividades- y que es al mismo tiempo como un espejo en el que cada uno puede verse reflejado.
Nuestro abad entiende toda la Sagrada Escritura, tal como la concebían los Padres y toda la tradición monástica, como historia de la salvación. Ésta se inicia en el antiguo testamento, se cumple en el nuevo y se continúa en la Iglesia y en cada fiel hasta su consumación escatológica. Por eso va a buscar siempre a Cristo “oculto” en las Escrituras (11,28) y nos hará ver “cómo concuerdan los dos testamentos... el evangelio en la profecía y la profecía en el evangelio” (4,16)14.

En su exégesis va a usar el método de los cuatro sentidos de la Escritura15, como él mismo nos dice con la imagen de la rueda que vio el profeta Ezequiel16: “Aquella rueda significa la Sagrada Escritura. Y esta rueda tiene cuatro caras, y unas veces nos fijamos en una sola de ellas, otras en dos, otras en tres y otras en cuatro. Su primera cara es la historia, la segunda la moralidad, la tercera la alegoría, la cuarta la anagogía, es decir, el sentido de las cosas superiores” (2,2). Sin embargo, no se ciñe estrictamente a estas categorías, e indaga sobre todo en el sentido literal y en el espiritual, como lo dice a veces explícitamente (cf. 4,17; 11,4.28; 13,8; 21,3-4).


Durante la primera mitad del siglo XII se van definiendo tres tendencias a partir de este método exegético: una en el estudio histórico, crítico y filológico de la Biblia, otra en la línea del sentido alegórico desarrollando una consideración especulativa y dogmática de los misterios de la fe, y nuestros Padres, siguiendo a san Bernardo, darán la prioridad al sentido tropológico o moral con una reflexión más subjetiva y de experiencia del misterio de Dios, dando inicio así a una espiritualidad.

En estos sermones, Elredo va a utilizar también los recursos que eran habituales en los predicadores medievales para extraer del texto sagrado un sentido oculto:

- La etimología de las palabras y de los nombres, para lo cual se servían del trabajo realizado por san Isidoro de Sevilla y san Jerónimo17. Por ejemplo: los “hebreos” que significa transilientes, lat. (S. Jerónimo, Nom. 35) son los que pasan de las obras y vicios de la carne (1,56 y 10,13) y “Betania”, que significa “casa de la obediencia” (S. Jerónimo, Nom. 60), es Abraham y el corazón obediente a los mandatos de Dios (2,15 y 13,20).
- El uso del ejemplo como ilustración y medio de persuasión, es tomado de la misma Sagrada Escritura o de la naturaleza. Así se nos presenta el ejemplo de los pastores del relato evangélico, que pasan la noche custodiando sus rebaños18 y a los que debemos imitar vigilando nuestros pensamientos y acciones (3,17-18); la tórtola y la paloma, que son aves que arrullan y nunca cantan,

significan las lágrimas y gemidos con los que nos purificamos (5,23); el cabrito por su mal olor significa la lujuria, y el cordero la inocencia (1,34 cf. 9,13).

- También va a utilizar el simbolismo de los números. Por ejemplo, el número tres: las tres jornadas de camino para ofrecer sacrificios al Señor19 son los tres primeros grados de humildad que enseña san Benito (6,22-27) o los tres grupos de catorce generaciones en la genealogía de nuestro Señor20 son tres grados de ascenso hasta Dios (24,10) y el número cuarenta que tiene “profundos misterios” (5,20 y 13,5-8).
La conmemoración litúrgica
Queremos destacar el aspecto litúrgico-sacramental que caracteriza a estos sermones.

En su meditación, Elredo parte de la festividad litúrgica que la Iglesia celebra y de la Palabra de Dios que en ella resuena, haciendo uso también de antífonas, responsorios y otros elementos propios de la liturgia. Así, por ejemplo, en un pasaje va a comentar esos versos que todavía hoy cantamos en nuestra liturgia del domingo de Ramos: “Al entrar el Señor en la ciudad santa, los niños hebreos con palmas en las manos proclamaban la resurrección de la Vida, y gritaban: Hosanna en las alturas” (10,12-15).


También nos llaman la atención sus referencias al Bautismo (5,15.18.22; 12,10.31; 23,1; 28,13-14, a la Eucaristía (3,39-40; 9,1; 10,9; 11,6-7.10-12.29.31; 12,26-27; 28,13-14.23) y a la Confesión (1,7; 5,15.18.22).
Sin embargo, lo más significativo es el sentido de actualización y de contacto real con nuestro Señor que nos ofrece la conmemoración de sus misterios, y que Elredo pondrá de relieve.

Él nos invita a alegrarnos en el Señor, porque sólo “es un verdadero gozo el gozo de la salvación” (3,14) que se actualiza en el “hoy” de la liturgia (3,14; 9,3.6; 24,1-2;...)21.


Cada festividad que la Iglesia celebra es lugar privilegiado de encuentro con el Señor. Nuestro autor va a hablar de una “visita” del Señor a su familia, con la cual nos alimenta y conforta en el camino de nuestra peregrinación preparándonos para el día de la “gran visita” (cf. 25,18-23).
Unas veces nos visita por medio de algunos de sus siervos, otras por medio de muchos, otras por medio de su amadísima Madre, y lo que es más, otras por sí mismo. ¿Pues qué son estas festividades de los santos, que celebramos con tanta frecuencia, sino visitas que nos hace nuestro Señor y con las que nos conforta? (26,1 cf. 20,1).
Sabemos que con el término “visita”, Elredo designa una experiencia fuerte de la gracia divina ligada a la conversión y al progreso espiritual (cf. 4,30 y Spec II, cap. VII-XIII), y es revelador que aquí lo aplica a la conmemoración litúrgica de los misterios del Señor, de la Virgen María y de los Santos.

Después de su Ascensión, Jesús, nuestro Señor y Salvador, se ha alejado de nosotros con su presencia corporal, pero según su divinidad y por la acción de su gracia está siempre con nosotros como lo ha prometido “hasta el fin del mundo”22 (9,1 y 13,25), y se hace presente de manera particular cuando recordamos sus misterios.


En un texto que se repite en dos sermones diferentes, podemos ver cómo la acción litúrgica va restaurando la semejanza perdida en nuestras facultades (memoria, razón y voluntad) corrompidas por el pecado23. Si la Sagrada Escritura nos recuerda las maravillas que Dios, en Cristo, ha obrado a favor nuestro, por su “amorosa providencia” (pie providit) la liturgia las “representa con algunas acciones espirituales”. Al hacerlas así presentes y actuales24 -despertando nuestra memoria y reavivando nuestro fervor- interiorizamos la vida misma de Cristo.
Como nos convenía tener siempre presente el bien que nos había hecho con su presencia corporal, y como sabía que nuestra memoria está corrompida por el olvido, el entendimiento por el error, el deseo por la codicia, ha provisto piadosamente que no sólo se nos recuerden sus beneficios en la Escritura, sino que se representen (repraesentarentur) con algunas acciones espirituales. Por eso, cuando entregó a sus discípulos el sacramento de su cuerpo y de su sangre les dijo: Hagan esto en memoria mía. Por esta razón, hermanos, han sido instituidas estas festividades en la Iglesia para que por lo que representamos (repraesentamus) de su nacimiento, o de su pasión, resurrección y ascensión, esté siempre fresca en nuestra memoria aquella admirable piedad, aquella admirable suavidad y aquella admirable caridad que nos manifestó en todas estas cosas (9,1-2 y 26,2-3).
Esta “repraesentatio” tiene su fundamento en el mandamiento de nuestro Señor a sus discípulos: “Hagan esto es memoria mía”25. De esta manera toda la liturgia participa de la gracia de la “presencia real” de Cristo en la Eucaristía que es al mismo tiempo “memorial”.

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