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P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.


SAN LUIS ORIONE

Y LA DIVINA PROVIDENCIA

LIMA – PERÚ

SAN LUIS ORIONE Y LA DIVINA PROVIDENCIA

Nihil Obstat

Padre Ricardo Rebolleda

Vicario Provincial del Perú

Agustino Recoleto

Imprimatur

Mons. José Carmelo Martínez

Obispo de Cajamarca (Perú)

LIMA – PERÚ

ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN

Ambiente social.

Sus padres e infancia.

Voghera. Con los salesianos.

Dudas. En el Seminario.

Custodio. Oratorio festivo San Luis.

Colegio Santa Clara.

Don Orione sacerdote.

Los ermitaños.

La providencia de Dios. La oración.

Vida de pobreza. Los pobres.

Salvación de las almas. El demonio.

Terremotos. Vicario general.

Obediencia a la Iglesia. Visita a Roma.

Viajes a América. Jesús Eucaristía.

La Virgen María. Los santos.

El ángel custodio. Almas del purgatorio.

Carismas sobrenaturales a) Conocimiento

sobrenatural. b) Profecía. c) Multiplicación.

de hostias y alimentos. d) Visiones.

e) Curaciones.

Su muerte. Los funerales.



Beatificación y canonización.
CRONOLOGÍA

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN
San Luis Orione fue un hombre de temperamento fogoso, dinámico, emprendedor, de oratoria fácil y cautivadora. Un hombre de Dios que supo captar las necesidades de los hombres y de la Iglesia y lanzarse con gran confianza en los brazos de la divina providencia para ayudar en la solución de los diferentes problemas, especialmente, de los más pobres y abandonados de la sociedad.
Fundó la Congregación de los hijos de la divina providencia, de las pequeñas hermanas misioneras de la Caridad, de los ermitaños contemplativos, de las contemplativas de Jesús crucificado y del Instituto secular orionita. Fue realmente un hombre de su tiempo, entregado totalmente a Dios y al prójimo. El Papa Juan Pablo II, con motivo del 50 aniversario de su muerte el 12 de marzo de 1990, dijo: Don Orione quiso hacer de Dios el corazón del mundo después de haber hecho de él el corazón de su corazón.
En sus escritos domina lo que se ha llamado el espíritu de papalidad, es decir, su amor al Papa y a la Iglesia. Decía: Somos totalmente del Papa. Hay que llevar a la Iglesia y al Papa a las humildes clases trabajadoras. Y repetía: Almas, almas. Ésta es nuestra vida. Éste es nuestro grito y nuestro programa, toda nuestra alma y nuestro corazón. Su lema: Instaurar todas las cosas en Cristo. Sus amores: Jesús Eucaristía, la Virgen María, las almas y el Papa.
Ojala, aprendamos a conjugar en nuestra vida nuestro compromiso con los pobres con nuestro amor y fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al Papa.

Nota.- Sparpaglione hace referencia al libro del padre Domingo Sparpaglione. Don Orione, Buenos Aires, 1965.

Positio se refiere a Beatificationis et canonizationis servi Dei Aloisii Orione, Positio super virtutibus, tres volúmenes, Roma, 1976.

DOLM nos lleva al libro Don Orione nella luce di Maria, Roma, 1965.

DO al libro Don Luigi Orione e la Piccola Opera della divina provvidenza, Roma, 1958-1994 en cinco volúmenes.

AMBIENTE SOCIAL
Don Orione nace en 1872. En 1870 había tenido lugar la guerra franco-prusiana y la toma de Roma por los seguidores de Garibaldi. De este modo se consumaba la unificación de Italia y la pérdida de los Estados Pontificios. El padre de don Orione había sido garibaldino y anticlerical.
Por estas mismas fechas (1870) se celebraba el concilio Vaticano I con la aprobación del dogma de la infalibilidad pontificia. El Papa se sentía prisionero de los garibaldinos en el Vaticano y recién en 1929 se solucionó la llamada Cuestión romana con el surgimiento del Estado independiente del Vaticano.
Por otra parte, en los primeros años del siglo XX se reavivó la cuestión modernista, con numerosas desviaciones de la doctrina oficial de la Iglesia. Don Orione, llevado de su celo apostólico, tomó contacto con algunos eclesiásticos modernistas apartados de la Iglesia y consiguió que algunos de ellos volvieran al redil, al igual que muchos grandes pecadores y hasta masones. Su grito de batalla era: Almas, almas. Quería la salvación de las almas por amor a Jesucristo. Su amor a la Iglesia y al Papa fueron extraordinarios y lo mismo a la jerarquía eclesiástica. Y, sobre todo, a Jesús Eucaristía y a la Virgen María.
Él vivió los horrores de la primera guerra mundial y del comienzo de la segunda. Y, como agradecimiento por el fin de la primera guerra y de la vuelta a casa de los soldados tortoneses, fundó el gran santuario de la Virgen de la Guardia en Tortona.

SUS PADRES E INFANCIA
Sus padres se llamaban Víctor Orione y Carolina Feltri. Nos refiere don Orione: El año 1848 pasaron por Pontecurone los soldados que iban a la guerra. Un grupo se quedó en el pueblo y fueron a comer a un restaurante donde mi madre era camarera. Al ver a la joven, algunos soldados se permitieron dirigirle algunas palabras un poco libres. Ella le dio una bofetada al más cercano y continuó su tarea... Después le dijeron que este soldado se llamaba Vittorio D´Urione (Víctor Orione). Mi padre estuvo ocho años de soldado y, al regresar a Tortona, fue a Pontecurone a ver a aquella camarera, si todavía estaba libre, pensando entre sí: “Esa joven debe ser buena” 1.
Se casaron el 11 de febrero de 1858 en la iglesia colegiata de Santo María de la Asunción en Pontecurone. Él tenía 33 años y ella 25. Tuvieron cuatro hijos: Benedetto, nacido en 1859. Luigi nacido en 1864 y que murió al año siguiente; Alberto, nacido en 1868 y Giovanni Luigi (Juan Luis), nuestro santo.
Luis Orione nació el 23 de junio de 1872 en Pontecurone, un pueblo situado a mitad del camino entre Voghera y Tortona en el confín de la provincia de Alejandría en Italia. Fue bautizado en la iglesia de Santa María de la Asunción al día siguiente de su nacimiento, el 24 de junio, fiesta de san Juan Bautista. Por eso, en el bautismo le pusieron el nombre de Juan Luis. Juan por san Juan Bautista y Luis por su hermano fallecido y por san Luis Gonzaga. Estos dos santos fueron durante toda su vida sus dos principales patronos.
Sus padres vivían en Pontecurone. Ambos eran pobres y trabajadores. El papá era pavimentador de calles y más bien anticlerical, aunque de buen corazón. La casa era una pobre casa de alquiler en la parte rústica de la villa del ministro Urbano Ratazzi. El señor Urbano Ratazzi pasaba frecuentemente sus vacaciones en Pontecurone y la mamá de Luis ayudaba a la familia del ministro en las labores del hogar.
La educación de los hijos quedó confiada al cuidado de la madre, que los educó en el trabajo y la piedad. Les hacía rezar en la mañana y en la tarde y les recomendaba la frecuencia de los sacramentos.
En la vida de piedad de Luis tuvieron también mucha influencia los dos sacerdotes de la parroquia de Pontecurone, Don Francesco Milanese y el canónigo Michele Cattaneo. De este último dirá: Yo quería ser religioso caritativo como el canónigo Cattaneo 2.
Recibió la confirmación el 26 de octubre de 1879 en la parroquia de Santa María de la Asunción de manos del obispo Monseñor Capelli. Su primera confesión y comunión la recibió en la parroquia de San Juan y él decía que ese día el Señor le concedió la gracia que le había pedido. Decía: Entonces tenía ocho años y, cuanto más me hago viejo, más siento que Jesús me concedió esa gracia. Pero no se sabe qué es lo que pidió.
De niño era travieso. Un día, siendo ya anciano, mostraba un ángulo de la plaza de su pueblo donde su madre le dio unas palmadas por no obedecer y decía santas palmadas 3.
A veces hacía de titiritero, abría las cortinas de la ventana y comenzaba a ofrecer un espectáculo gratuito con sus títeres a los niños que pasaban por allí, haciéndoles reír.
Desde muy niño manifestó señales de piedad y llevaba flores al altar de la Virgen de la parroquia. Otro detalle es que tenía mucha compasión con los pobres y enfermos. A sus compañeros les decía: Si venís a la iglesia conmigo, después os regalo bolitas para jugar.
El padre Domingo Sparpaglione declaró que, siendo jovencito, le había regalado un paraguas a un pobre que encontró por la calle de Tortona durante un día de lluvia, un paraguas casi nuevo que ese mismo día le había dado su madre.
Él manifestó: Mis padres, durante 15 años, fueron porteros de la familia de Urbano Ratazzi. El ministro se había casado con una princesa. Los nuevos señores que sucedieron a la muerte del ministro, tenían una niña y en verano venían a pasar las vacaciones a Pontecurone. Yo y mi hermano íbamos a jugar con la niña. Los señores, para agradar a la niña, nos invitaban a comer con ellos y la buena de mi madre nos había educado tan bien que nos ponían de ejemplo en aquella casa. Ni siquiera mirábamos el plato de los otros 4.
Mi madre me ponía a mí, que soy el cuarto, la ropa del primero, que tenía 13 años. Y esos vestidos los había puesto ya a los anteriores... Ella sabía aprovechar toda la ropa vieja para hacer vestidos. Mi madre se levantaba a las tres de la mañana para trabajar y hacía de padre y madre, porque mi padre estaba lejos trabajando en Monferrato. Ella traía hierba, afilaba la hoz sin llevarla al afilador y hacía tela con el huso. Hasta arreglaba los cuchillos rotos. Y no compraba cosas nuevas sino por necesidad.
Para enseñarme a no despreciar el pan, me contaba que Jesús bajó del caballo para recoger un pedazo de pan del suelo. En el Evangelio no está este hecho, es una leyenda, pero hace ocho o nueve años lo leí en los evangelios apócrifos 5.
Para enseñarme a rezar con fe, me contaba este ejemplo: Había una anciana que, cuando iba a la iglesia, se ponía en un rinconcito para rezar. Ninguno sabía lo que decía. Una vez el párroco salió a dar un paseo por el campo y vio sobre su casa una especie de fuego misterioso. Se fue hacia allí y, al acercarse, vio a aquella viejecita en la cama, moribunda, que esperaba al sacerdote para recibir los últimos sacramentos. Entonces el párroco, reconociéndola como la que rezaba siempre con mucho recogimiento en un rincón de la iglesia, le preguntó qué decía al Señor. Y la viejecita contesto: “Yo no sé oraciones, no sé leer ni escribir. Quedé huérfana de niña y una bisabuela me enseñó a decir, pasando las cuentas del rosario: “Zueco para aquí y zueco para allá (socl in sa, socl in la). Yo no sé lo que quieren decir esas palabras, pero creo que son las que el sacerdote dice al Señor en la misa, cuando habla en latín. Y cuando necesito alguna gracia, las repito muchas veces con fe y no ceso hasta que me escucha” 6.
Cuando era niño, mi madre me repetía: “Luis, ven a coger hierba y en la feria de San Desiderio de Castelnuovo te compraré zapatos”. Y yo, con mi hoz, iba por los bordes de los caminos a coger hierba. Otras veces me decía: “Luis, vete a coger la leña y en la feria de San Desiderio te compraré zapatos”. Y yo, descalzo, iba con mis zuecos de madera por la rivera del Curone y recogía ramas secas. Otras veces me decía: “Luis, ven a espigar y después me hablaba de la mágica feria de San Desiderio. Yo suspiraba por la fecha y cada cierto tiempo le preguntaba cuándo era la feria. Por fin llegó la bendita feria y me llevó a Castelnuovo con mis zuecos de madera. Me compró los zapatos y me los puso, poniendo los zuecos en el saco. Aquellos zapatos eran el premio de tantos esfuerzos. Pero cuando llegamos fuera de Castelnuovo, me dijo mi madre: “Mira, Luis, si llevas los zapatos nuevos hasta Pontecurone, se gastarán. Será mejor que te los quites y te los pones para andar a la iglesia durante la fiesta”. Y así regresé a Pontecurone con los zapatos nuevos a la espalda y los pies descalzos 7.
De los 10 a los 13 años (1883-1886) ayudó a su padre en su trabajo de empedrador o pavimentador de calles, sobre todo, en la zona de Monteferrato. Los sábados después del trabajo de la semana, solía ir a una iglesia, haciendo a pie varios kilómetros para confesarse y así poder comulgar.
Dice: Mi padre tenía un ayudante que se golpeó en un dedo y comenzó a blasfemar. Yo, que también ayudaba a mi padre, me espanté de esas palabras y me fui corriendo a la iglesia de San Juan, metí las manos en el agua bendita y, con ella, me lavé la boca 8.
En otra ocasión, tenía ya 13 años, un ayudante de mi padre, que era de Biellese, blasfemaba de vez en cuando y fui también corriendo a la iglesia para lavarme la boca con agua bendita y pedirle al Señor que no me hiciera nunca blasfemar 9.
Cuando llegaba el mes de mayo, yo iba a la parroquia donde habían preparado un bello altar con ramos de flores blancas; y en las horas libres iba a ese altar a rezar a la Virgen para que me hiciera sacerdote como era mi deseo desde niño 10.
Él amó siempre mucho a su madre y solía repetir: ¡Qué buena era mi madre Carolina! 11.
Cuando su madre quedó viuda y anciana sin nadie que la cuidara, la llevó a la Casa Madre de Tortona hasta su muerte. Otro tanto hizo con la madre del canónigo Perduca. En las diversas casas de la Congregación fueron atendidos bastantes padres de los religiosos que estaban en necesidad 12.
Su padre murió en enero de 1892, ya convertido en un buen católico.

VOGHERA
Su decisión de ser franciscano se debió a la simpatía de un hermano limosnero que iba a Pontecurone. A veces el religioso le pedía a su madre que le dejase a Luisito para que lo acompañara a pedir por las casas del pueblo.
El 1 de septiembre de 1885, acompañado por una persona de confianza de sus padres, hizo a pie los cuatro kilómetros desde Pontecurone al convento franciscano de Voghera. Llegado al convento, le dio al acompañante el poco dinero que le quedaba después de comprar un libro de devoción, algunos rosarios y algunas imágenes. Y dice: Así entré al convento sin dinero, porque quería ser un fraile de verdad 13.
En sus estudios se dio cuenta de que sus compañeros estaban mejor preparados y debió esforzarse mucho para ponerse a su nivel. Por eso, por las noches pasaba parte del tiempo estudiando y rezando a la Virgen para que le hiciera entender las materias de la clase.
En 1886, durante la procesión eucarística del Jueves Santo, se sintió mal y perdió el conocimiento. Al volver en sí, estaba ya en la cama, rodeado de algunos sacerdotes que temían por su vida. Tenía mucha fiebre y temblaba. Era una fuerte pulmonía doble. Llamaron a sus padres. Su padre estuvo junto a él lleno de dolor y su madre lloraba. Sus gemidos se oían desde la hospedería, porque no podía subir a verlo por causa de la clausura.
Recuerdo que los frailes iban a visitarme y al irse decían algunas palabras que yo entendía como que debía prepararme para la muerte. Un día, un hermano laico llevó a mi habitación una cesta con paños para vestirme apenas falleciera. Para ellos estaba prácticamente muerto, pero yo entendía todo 14.
Se repuso contra toda previsión. Y esto sucedió después de haber tenido un sueño.
Refiere: En cierto momento me encontré como fuera de mí. No sé si despierto o dormido. No sé si tenía los ojos abiertos o cerrados. Me parecía tenerlos abiertos. Y vi la pared de mi habitación que desaparecía y apareció una fila de jóvenes sacerdotes, todos con sobrepelliz blanco, blanquísimo, como la nieve, y eran todos jóvenes 15.
Después del sueño, se curó. Durante muchos años pensó qué significaría aquel sueño. Con el tiempo comprendió que eran los jóvenes sacerdotes de su propia Congregación. Sin embargo, volviendo a los franciscanos, pensaron que tenía poca salud y lo despidieron, considerando que no valía para llevar la vida austera franciscana.
Lloró al despedirse de sus compañeros y siempre guardó en su corazón un buen recuerdo el convento y de los compañeros de Voghera. En 1928 tuvo don Orione la gracia de poder adquirir el convento de Voghera, del que tantos recuerdos tenía, para su propia Congregación. No se olvidaba de que él había dado su nombre para ser inscrito en la Tercera Orden de San Francisco.

CON LOS SALESIANOS
El 4 de octubre de 1886 entró al Oratorio de don Bosco en Valdocco (Turín). Con los salesianos estuvo hasta agosto de 1889, tres años, siguiendo los estudios con total normalidad. En el Oratorio había en ese momento seiscientos jóvenes entre estudiantes y obreros. Durante este tiempo se inscribió en la Compañía de la Inmaculada y en la del Santísimo Sacramento. Hizo voto de castidad a los pies de María Auxiliadora con el permiso de don Rúa a los 13 años.
Durante toda su vida guardó un recuerdo inolvidable por don Bosco y los salesianos. Y cuando don Bosco fue canonizado, él levantó en Fano el primer santuario dedicado a él.
Cuando entró en los salesianos tuvo la suerte de confesarse con don Bosco, que normalmente sólo confesaba a los mayores, pues ya era anciano. En su primera confesión con él había escrito en tres cuadernos todos sus pecados. Empezó a leerlos y el santo le dijo: Dame todos tus pecados. Él le entregó sus cuadernos escritos. El santo le dijo: “No pienses más en lo que has escrito, todo está perdonado. Vive alegre y no mires al pasado”. Tenía 15 años y me sonrió como sólo él sabía sonreír. Me levanté con el alma llena de una alegría tan grande que después, en mi vida, no sé si haya tenido otra igual 16.
Durante la última enfermedad de don Bosco, Luisito fue uno de los cinco jóvenes que ofrecieron a Dios su vida por la curación de don Bosco.
Al día siguiente de la muerte de don Bosco, su cuerpo fue llevado a la iglesia de San Francisco de Sales, donde estuvo expuesto todo el día. Vinieron a visitarlo miles y miles de personas, de Moncalieri, de Vercelli, y de tantos otros lugares.
Habían puesto a tres jóvenes para que pudieran tocar el cuerpo del santo con los objetos que traían los fieles para tenerlos como reliquias. A mí me vino a la mente la idea de que, si tocaba con pedazos de pan el cuerpo de don Bosco, después podía hacerlos comer a los enfermos para curarlos. Y como tenía la llave del comedor, tomé pan y con un cuchillo me puse a cortarlo en pedacitos, pero me di un corte que cortó el dedo hasta el hueso. Sentí dolor y vi la sangre correr. Me asusté pensando que, si me faltaba el índice, no podría llegar a ser sacerdote y tomé el dedo que colgaba y corrí a la iglesia y toqué el cuerpo de don Bosco; y la sangre se cortó y la herida se cerró. La cicatriz se ve todavía hoy 17.

DUDAS
Después del cuarto curso del Gimnasio fui a Valsalice para los Ejercicios Espirituales que precedían a la petición de entrada al noviciado salesiano. Tenía dudas sobre mi vocación salesiana y pensaba que esa idea era como una tentación del demonio y la combatí con todas las fuerzas.

Estábamos ya en la antevíspera de la clausura de los Ejercicios. Me encontraba agitadísimo. ¿Qué podrían decir mis compañeros y en especial don Rúa, don Barberis y los otros Superiores? Si de hecho había alguien seguro de su vocación salesiana, ése siempre había sido yo. Quise consultar el caso con don Bosco, cuya tumba estaba en medio del jardín que se veía abajo. La última noche aguardé a que todos durmiesen; sigilosamente me levanté y descendí.
Toda la noche permanecí junto a la tumba del padre amado, llorando y rezando. Y quedamos de acuerdo de esta manera: si verdaderamente debía entrar en el Seminario, se verificarían tres señales.
Primera señal: Entrar en el Seminario sin hacer la solicitud por escrito. En aquellos tiempos, especialmente, era imposible. Bien, juré que no haría el pedido, y no lo hice. Lo buscarían en vano en los archivos de la diócesis de Tortona.
Fui de Valsalice a mi casa, suspendiendo momentáneamente la solicitud para el noviciado salesiano. Cuando mi párroco lo supo, sin más me fijó una plaza en el Seminario de la diócesis. Al mismo tiempo me presentó un formulario para la solicitud oficial para que la copiase y firmara. Había insistido, al menos, una docena de veces. Pero yo, duro, contemporizaba diciendo que aún necesitaba pensarlo. Hasta que por fin, el párroco perdió la paciencia y me llevó a presencia del obispo.


  • Éste —dijo el párroco— es el muchacho de quien tanto le hablé, Excelencia, pero no quiere decidirse a hacer la solicitud.




  • Y yo lo acepto sin ella —dijo el señor obispo tranquilamente.


Por lo tanto, la primera señal ya estaba dada.

Segunda señal: Nunca me dejaría tomar la medida del hábito. Si igualmente me lo hicieran, era índice que debía entrar en el Seminario.
En aquellos días de vacaciones había dado lecciones particulares al hijo de una señora vecina. Como compensación, ésta dijo a mi madre que quería regalarme la primera sotana que hubiera de vestir al ingreso al Seminario.
Me rogaba hacerme tomar o mandarle las medidas. Pero no hubo medio o manera para que pudieran medirme. Con todo, debo confesar que en esto tuve un poco la complicidad de mi padre. Por motivos suyos particulares, no sentía placer que esa señora me hiciese el primer hábito talar. El hecho fue que después de quince o más días, la vecina pareció darse por vencida y no me molestó en adelante. Yo, muy contento, pensaba ya en una “señal” fallida, cuando me llevaron a casa el hábito nuevo, flamante, ejecutado a la perfección, aún sin haberme tomado las medidas.
Mientras tanto se aproximaba el día de ingresar al Seminario, que era el 15 de octubre, fiesta de santa Teresa. Pese a que dos de las tres señales se habían hecho realidad, no quería decidirme. La última noche que pasé en casa, en vez de dormir, no hice más que llorar. Hasta que me adormecí y soñé. ¡Y qué hermoso sueño! Lo veo como si fuese ayer. Me parecía estar en el Oratorio de Valdocco, en el patio de los alumnos del cuarto curso, ubicado entre el departamento de pequeñas habitaciones de don Bosco y el por aquel entonces llamado “Palacio Audisio”. Pero no era ya nuestro polvoriento patio. Se había transformado en un jardín, todo guarnecido de perfumadas y cándidas azucenas.

En el centro había una verde montañita. Quise subir hasta su cima para gozar más todavía de aquel espectáculo y, cuando me encontré allí, de pronto, imprevistamente, se abre el azul del cielo y desciende don Bosco en persona. Tenía desplegado entre los brazos un hábito talar: aquel mismo de la famosa señora. En un instante me lo colocó.
Don Bosco no dijo una sola palabra: solamente me miró con dulcísima sonrisa. Esa misma que tantísimas veces me había infundido serenidad y alegría cuando a él había recurrido con el alma llena de inquietudes. Desperté anegado en lágrimas, pero era un llanto reparador: por fin estaba plenamente seguro que Dios me quería para el Seminario.



La tercera señal: La conversión de mi padre. Mi padre era un hombre de la mejor pasta del mundo, pero de esos liberalones crecidos a lo ministro Rattazzi. Con todo, dejaba que mi madre, una santa, fuese a la iglesia cuando quisiera y me llevara también a mi (después del Señor, a ella debo verdaderamente mi vocación). Y bien, con mi ingreso en el Seminario también mi padre se transformó en un cristiano práctico 18.



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