San martín de porres el médico de dios



Descargar 333.28 Kb.
Página1/6
Fecha de conversión16.08.2018
Tamaño333.28 Kb.
  1   2   3   4   5   6


P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.

SAN MARTÍN DE PORRES

EL MÉDICO DE DIOS


LIMA – PERÚ



SAN MARTÍN DE PORRES - EL MÉDICO DE DIOS

Nihil Obstat

P. Ignacio Reinares

Vicario Provincial del Perú

Agustino Recoleto

Imprimatur

Mons. José Carmelo Martínez

Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R.

LIMA – PERÚ
ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN
Ambiente social.

Padres de fray Martín.

Infancia. Vida Conventual.

El diablo. Algunas virtudes

1.- Humildad. 2.- Penitencia.

3.- Caridad.

a) Con los hombres.

b) Con los animales.

4.- Amistad. 5.- Alegría.

Amor a Jesús Eucaristía.

Amor a la Virgen María.

Los ángeles. Dones místicos.



  1. Éxtasis y levitación.

  2. Bilocación. c) Agilidad.

  1. Sutileza. e) Luces o resplandores sobrenaturales.

  1. Invisibilidad. g) Perfume sobrenatural.

  1. Profecía. i) Discernimiento de espíritus.

  1. Don de curaciones.

Milagros en la naturaleza.

Última enfermedad y muerte.

Más milagros. El traslado.

Reflexiones. Oración y poesía.


CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

En este libro queremos proclamar ante el mundo las maravillas que Dios ha hecho en la vida de san Martin de Porres, el santo peruano universal, patrón de la justicia social. Este santo mulato, era hermano donado, ni siquiera lego, en la Comunidad de su convento dominico de Lima, pero llego al más alto grado de santidad.


Sus carismas eran la admiración de cuantos lo conocían. Tenía el don de sutileza, pasando a través de las paredes y puertas cerradas; el don de bilocación para estar, a la vez, en lugares lejanos; el don de la agilidad para trasladarse en un instante a sitios distantes; el don de luces y resplandores sobrenaturales; el del perfume sobrenatural, discernimiento de espíritus, conocimiento de cosas ocultas y, muy en especial, el don curación.
Era muy humilde y servicial con todos. Y a todos atendía como enfermero de la Comunidad, preocupándose especialmente de los pobres (españoles, indios o negros), a quienes sanaba y daba limosnas. Pero también era caritativo, curando a los animales enfermos, que traía de la calle al convento. Los animales le obedecían y él consiguió que, en distintas ocasiones, pudieran comer juntos, sin pelear, perros, gatos y ratones.
Podríamos decir que fray Martín era el médico de Dios para todos. Y todos lo querían, desde las más altas autoridades hasta los más pobres de los pobres. Por eso, nosotros debemos sentirnos orgullosos de este hermano nuestro que nos espera en el cielo y a quien podemos acudir en todas nuestras necesidades del cuerpo y del alma, sabiendo que nos atenderá con humildad, caridad y alegría, como lo hacía siempre.

_______________

Nota.- La mayoría de los textos de los testigos están tomados del Proceso de beatificación de fray Martín de Porres, editado por el Secretariado Martín de Porres de Palencia en España, y contiene los Procesos de los años 1660, 1664 y 1671. Lo citaremos como Proceso.

También citamos los volúmenes del Archivo secreto del Vaticano, que están en el fondo de la Sagrada Congregación de Ritos y que corresponden a los números entre 1280 y 1293. Lo citaremos como Archivo vaticano.

Nos hemos permitido cambiar algunas palabras del texto original para hacer más inteligible la lectura, sin cambiar el sentido.

AMBIENTE SOCIAL
La ciudad de Lima, llamada ciudad de los Reyes, era la capital del virreinato del Perú y fue fundada por Francisco Pizarro el 18 de enero de 1535, a dos leguas del mar, donde está el puerto del Callao. La plaza Mayor se llamaba también plaza de armas; porque, en tiempo de guerra o de peligro, se reunían allí los encomenderos armados, al grito de ¡A las armas, a las armas! Esta plaza era y todavía lo es, el corazón de la ciudad.
El mismo año de la fundación se creó la parroquia del Sagrario, adjunta a la catedral. Después se erigió la parroquia de san Sebastián (1554); santa Ana (1570); Santiago del Cercado (1571); la de san Marcelo (1573); la de Nuestra Señora de Atocha (1614) y la de san Lázaro hacia 1626. Todas ellas existían en tiempo de nuestro santo.

Había en la ciudad una casa de jesuitas, y conventos de mercedarios, dominicos, agustinos y franciscanos. En aquel tiempo la Iglesia dominaba totalmente el ambiente cultural. Fundó la universidad de san Marcos en 1551 y los Colegios mayores de san Felipe y san Marcos (1575), san Martín (1582), Colegio Seminario (1594), Colegio máximo de san Pablo de los jesuitas en 1570 y el Colegio mayor de san Ildefonso (1612). El de los agustinos y el de los franciscanos se fundaron en 1614. En 1626, los mercedarios fundaron el Colegio mayor de san Pedro Nolasco; y los dominicos el Colegio máximo de santo Tomás en 1645.


En cuanto a conventos de religiosas, estaban los de la Encarnación de agustinas, fundado en 1561; el de clarisas de la Concepción hacia 1573; el de bernardas en 1584; de las Carmelitas descalzas de san José en 1602. El de santa Clara en 1604 y de dominicas de santa Catalina hacia 1624.
Por otra parte, la Iglesia fundó los primeros hospitales: el de san Andrés para españoles en 1559; el de santa Ana para indios en 1550; el de san Cosme y san Damián para españolas en 1559; el del Espíritu Santo para navegantes en 1573; el de san Lázaro para llagados y leprosos en 1563; el de san Diego para convalecientes españoles en 1594; el de san Pedro para clérigos pobres en 1594 y el de Nuestra Señora de Atocha para niños expósitos hacia 1600. Como vemos, los negros, la mayoría esclavos, no tenían hospital propio y, precisamen­te por esto, la obra de san Martín con ellos fue extraordinaria.
Lima, como ciudad, según el censo que mandó hacer el virrey marqués de Mon­tesclaros en 1613 tenía una población de 25.454 habitantes. De ellos, 9.616 eran españoles o criollos (españoles nacidos en Perú); 1.978 indígenas; 10.386 negros y 744 mulatos. El resto eran orientales o mestizos de distintas razas1.
En cuanto al número de religiosos, dice el cronista fray Buenaventura Salinas y Córdova, que eran unos 894 religiosos, 300 clérigos y 824 religiosas2.
En aquellos tiempos de fines de siglo XVI y principios del XVII, en que vivió san Martín, Lima era una ciudad próspera. Había muchos mercaderes, cerca de doscientos, dedicados a vender ropa de Castilla, de México y de la China. Los dueños de pulperías eran más de doscientos y así otros mercaderes de vino y de otros alimentos. También eran numerosos los trabajadores de las distintas profesiones. El cronista mercedario fray Martín de Murúa dice: Cosas de regalos, de dulces y conservas las hay en gran multitud por las calles y las tiendas de la misma manera que en Sevilla3.
En cuanto a los habitantes, había una marcada diferencia de razas. En el primer rango y con todos los derechos, estaban los españoles o criollos. Después venían los que eran libres de distintas razas (indígenas, mulatos, etc.) y, por último los esclavos, casi exclusivamente negros.
La ciudad creció espectacularmente debido a su prosperidad comercial y a la actividad minera. Hacia 1630, según fray Buenaventura Salinas y Córdova en su Memorial de las historias del Nuevo Mundo, ya había 40.000 habitantes en Lima, de los cuales unos 20.000 negros, la mayoría todavía esclavos.
Evidentemente, la situación de los esclavos era muy dura. Algunos amos les otorgaban la libertad, cuando ya estaban viejos o enfermos, para evitar los gastos de su curación. Pero no faltaron buenos amos que les quisieron recompensar, dándoles la libertad. Normalmente, los esclavos solían vivir en la parte posterior de las casas de sus amos, en unos galpones, cuyas puertas se aseguraban por la noche con candados. Muchos esclavos trabajaban en los campos, pero otros estaban en las ciudades. Las negras solían hacer las tareas de la casa, pero también vendían por la calle buñuelos, chicha, requesones, leche, etc.
A los esclavos no se les permitía llevar armas, a no ser que fueran escolta de sus amos. Si trabajaban de leñadores, hierberos o arrieros, podían llevar un cuchillo. Pero, de otro modo, si llevaban armas, eran severamente castigados. La principal razón era que, al ser tan numerosos, mucho más que los españoles, estos temían que algún día pudieran levantarse en armas. Si no lo hicieron fue, porque al ser de diferentes naciones y lenguas, no se entendían entre sí y eran frecuentemente enemigos.
Los mulatos eran en 1613, en Lima, 744. Según estudios, solían tener inclinaciones a ser zapateros, sastres, herreros, pulperos, barberos y otros oficios que no les gustaban a los criollos. Mientras que las mulatas, preferían ser vendedoras por las calles de la capital de fruta, chicha y otras cosas 4.
Muchos mulatos eran libres, a no ser que hubieran nacido de madre esclava. Los mulatos libres eran vasallos del rey de España, pagaban tributo a la Corona y, al igual que los mestizos (de españoles e indias), tenían aceptación entre los españoles, aunque se les consideraba de rango inferior. Incluso en las leyes eclesiásticas, a los negros, indios, mulatos y mestizos no se les consideraba maduros para llegar al sacerdocio. Por eso, fray Martín sólo pudo ser religioso, pero “no de misa”.
Por otra parte, el ambiente en general era bastante religioso. En muchos hogares cristianos se rezaba el rosario diariamente. El cronista jesuita Bernabé Cobo dice en su libro La fundación de Lima que se notaba la piedad en la reverencia y respeto con que se tratan las cosas sagradas; la riqueza, ornato y majestad con que se sirve el culto divino; la reverencia a los sacerdotes, el gusto y aprecio con que se oye la divina palabra y la afición a todo género de virtud en que siempre se hallan personas muy aprovechadas, no sólo del estado eclesiástico sino también muchos seglares, que pueden ser maestros de vida espiritual y perfecta5.
Y, a pesar de la esclavitud, que era aceptada normalmente en todo el mundo, y de otros excesos que existieron, en el Perú vivieron varios santos en tiempos de fray Martín: santa Rosa de Lima, san Juan Macías, santo Toribio de Mogrovejo, san Francisco Solano, la beata sor Ana de los Ángeles Monteagudo y santa Mariana de Jesús Paredes de Quito, que perteneció al virreinato del Perú; más ocho siervos de Dios y veinte venerables. Realmente, un récord extraordinario. Y, a pesar de que en Lima, como en todas partes, había santos y pecadores, prácticamente no se conoció el pecado del suicidio, del aborto o de la blasfemia.
PADRES DE FRAY MARTÍN
Su madre era una negra libre nacida en Panamá, llamada Ana Velásquez. Era lo que se denominaba negra ladina, porque hablaba y entendía el español. También era negra criolla por haber nacido en las Indias. Probablemente, tomó el apellido del amo que la liberó.
Su padre se llamaba Juan de Porras. La señora Ana Contero declara en el Proceso que fue un caballero de mucha nobleza y virtud y muy querido y estimado de todas las personas que lo trataban6.
Había nacido en Burgos, España, y pertenecía a la Orden de Alcántara, una Orden ecuestre y militar que le daba derecho a vestir jubón, pantaloncillo y calzas negras con botas, capa y gorrilla del mismo color, además de una cruz verde bordada en el pecho y otra en el lado izquierdo de la capa.

Es importante anotar que el verdadero apellido de su padre es Porras y no Porres. Todos los testigos del Proceso de 1660 llaman a fray Martín con el apellido de Porras.


De las firmas de fray Martín que se conocen, una aparece en el libro de profesiones del convento de Santo Domingo, el 2 de junio de 1603, y la otra en un documento del Archivo nacional del Perú, correspondiente a los años 1635-1636. En ambos casos, el santo firma: Hermano fray Martín de Porras7.
Sólo a partir de 1686 aparecen ya algunos llamándolo Porres. Su misma sobrina Catalina de Porras, lo llama en el Proceso Martín de Porras. Este parece ser su verdadero apellido, aunque el apellido Porres parece ser que era originario del mismo tronco familiar español.
Sabemos que Martín tenía una hermana, llamada Juana de Porras. Ella se casó en Guayaquil (Ecuador) en primeras nupcias. De este matrimonio tuvo a su hija Catalina de Porras, sobrina del santo. Después se casó en segundas nupcias en Lima con Agustín Galán. Catalina se casó en Lima con Melchor González hacia 1636 y, después, en segundas nupcias con Melchor Beltrán, boticario, quien vivía todavía en 1660, cuando Catalina declaró en el Proceso sobre su tío fray Martín.
INFANCIA
Martín nació en Lima. No se sabe exactamente el día. Algunos dicen que podría ser el 11 de noviembre, fiesta de san Martín de Tours, pero pudiera ser el 9 de diciembre, día de su bautismo, o unos días antes, del año 1579. Su casa estaba frente a la iglesia del hospital del Espíritu Santo8. Lo bautizaron en la iglesia de san Sebastián de Lima. La partida dice literalmente: Miércoles 9 de diciembre de mil quinientos setenta y nueve, bautizaron a Martín, hijo de padre no conocido, y de Ana Velásquez, horra. Fueron padrinos Juan de Briviesca y Ana de Escarcena y fírmélo. Antonio Polanco.
Aquí se dice de madre horra, que quiere decir libre. Y de padre no conocido; pues, al vivir en concubinato, Don Juan de Porras podía ser menospreciado y verse obstaculizado en sus aspiraciones personales. Cuando Martín tenía unos ocho años y su hermana Juana seis, su padre consiguió trabajo en Guayaquil (Ecuador) y, dejando a Ana Velásquez en Lima, se llevó a sus dos hijos con él.
Su primo segundo, Andrés Marcos de Miranda, dice en el Proceso: Estando este testigo en la ciudad de Guayaquil, llegó a ella el dicho Don Juan de Porras y llevaba en su compañía al dicho fray Martín y a otra hermana suya nombrada Juana de Porras. Y habiéndolo visto el capitán Diego Marcos de Miranda, padre de este testigo y tío del dicho don Juan de Porras, le preguntó que para qué venía cargado con aquellos dos mulatos. Le dijo que eran hijos suyos, que los había tenido en Ana Velásquez y que así los había de sustentar y alimentar, como lo hizo hasta que se vino a esta ciudad de Lima, trayendo consigo al dicho fray Martín y dejando en poder del padre de este testigo a la dicha Juana de Porras, quien se casó en la dicha ciudad de Guayaquil9.

En Guayaquil estuvieron cuatro años. Y, cuando don Juan fue nombrado gobernador de Panamá, tuvo que venir a Lima a recibir el cargo de manos del conde de Villar. Entonces, dejando a su hija Juana en Guayaquil, decidió traerse a Lima con su madre a Martín. Fray Francisco Velasco Carabantes declara: Era el dicho Don Juan de calificada nobleza y fue presidente y gobernador de la Real Audiencia de la ciudad de Panamá10.

Martín tenía ya 12 años y quedó al cargo de su madre que lo crió con mucho cuidado y santo temor de Dios, pues era buena cristiana y guardó la fe católica hasta que murió11. Su madre estaba empleada en casa de la familia de Isabel García Michel y allí vivió Martín hasta los 15 años. Vivían en el barrio de Malambo, predominantemente de gente pobre. Al poco tiempo de llegar de Ecuador, en 1591, con sus doce años, recibió la confirmación de manos del santo arzobispo Toribio de Mogrovejo en la catedral.
La hija de la casa donde vivía, Francisca Vélez Michel, dice en el Proceso que, ya desde entonces, Martín daba muestras de ser muy obediente y fervoroso. Algunas veces, le pedía a la dueña de casa pedazos de vela para alumbrarse por la noche y, yendo a observar lo que hacía, lo vio hincado de rodillas, con las manos y ojos levantados al cielo, en oración y contemplación12.
El testigo Velasco Carabantes refiere que el siervo de Dios, en su niñez, se apartó de los juegos pueriles y divertimentos que estos tienen y que las mañanas las empleaba en ayudar a misa en la iglesia de san Lázaro, viceparroquia del curato y feligresía de esta santa iglesia metropolitana; y las tardes en otros santos ejercicios13.
También afirma que supo por boca de doña Francisca Vélez que en el contiguo jardín de la casona plantó Martín, entre otras plantas, un árbol de limón que dura y permanece (año 1679) y le llaman el limón de fray Martín, y que dicho árbol todo el año estaba con fruto sazonado, siendo así que los demás no dan más que una vez al año14.
Para aprender a ganarse la vida, entró a servir en la tienda del boticario Mateo Pastor, quien le enseñó el uso los medicamentos. Y, como en aquellos tiempos, las boticas eran como puestos de primeros auxilios, también pudo aprender a remediar los dolores de los pacientes que allí acudían, tomando un aprendizaje que le será muy útil para ser enfermero. Se adiestró en el oficio de barbero y aprendió a hacer sangrías a los enfermos, sacar muelas, hacer purgas, suturas, poner ventosas, aplicar ungüentos y otros trabajos para curar enfermos.

LA VIDA CONVENTUAL
A los quince años, en 1594, pensó entregar su vida el servicio de Dios y de los demás, deseando ingresar al convento de Santo Domingo. Su madre no se opuso a su vocación y ella misma lo llevó a presentarlo ante el Prior. De acuerdo a las normas establecidas, no podía acceder a ser sacerdote ni hermano lego, por ser mulato y quedó sólo como hermano donado, algo así como sirviente de la Comunidad para hacer los servicios más humildes.

Cuando Martín tenía 17 años, en 1596, regresó a Lima su padre desde Panamá. Y se enteró que su hijo estaba en el convento en calidad de donado. Su orgullo de español importante le hizo sentirse mal y acudió a hablar con el Superior a ver si podía mejorar la situación de su hijo. Habló con el provincial fray Salvador de Rivera, pero se le explicó que, aparte de las normas establecidas en los capítulos provinciales, estaba la oposición rotunda del mismo Martín a cambiar la situación. Su humildad le hacía querer seguir siendo el último de los últimos y así se sentía feliz de servir a todos.


Este suceso lo refiere así fray Jacome de Acuña: He oído decir a religiosos antiguos de aquel tiempo que pretendiendo el padre de dicho siervo de Dios que le diesen a éste, capilla y escapulario, como a religioso lego, el siervo de Dios con profundísima humildad lo resistió, pidiendo le diesen sólo el hábito de donado que tenía y que en él le admitiesen en la religión, que para quien era él, era una honra muy grande15.
Es interesante anotar que, en aquel tiempo, el convento de santo Domingo era uno de los más grandes de América. Tenía entre 230 y 250 religiosos16. Según el cronista franciscano fray Buenaventura de Salinas y Córdova, daba de limosna a los pobres diariamente 246 panes pequeños de a cuartillo en la portería. Todos los domingos reparten 15 carneros crudos para 50 casas de mujeres pobres españolas, fuera de cocidos y aderezados que cada día se reparten a los pobres que comen en la portería, que todos juntos hacen cada semana 21 carneros. Además de esto, se añade para los pobres toda la carne que dejan los religiosos en el comedor y los pedazos de pan, que de ordinario llenan dos canastas grandes. Y las Cuaresmas, los viernes y sábados, reparten mucho pescado, guarancos, frejoles (alubias)... con que sustentan a los pobres17.
Con esto nos podemos ya dar una idea del inmenso trabajo que había en el convento con tantos religiosos que atender y tantos pobres que alimentar, ayudar y curar. Por supuesto que eran varios los hermanos religiosos no sacerdotes; pero, desde el principio, Martín se distinguió entre ellos por su humildad, servicialidad y alegría. Sus principales ocupaciones eran hacer de portero, ropero, barbero, boticario y enfermero, aparte de limpiar, tocar la campana y ayudar a misa todos los días. Así estuvo, llevando una vida ejemplar durante 9 años. Y, al ver su buen comportamiento, los Superiores lo admitieron a la profesión religiosa perpetua. Tenía 24 años.
El texto literal del libro de profesiones del convento dice así: El 2 de junio de 1603 hizo donación de sí a este convento para todos los días de su vida el hermano Martín de Porras, mulato, hijo de Juan de Porras, natural de Burgos y de Ana Velásquez, negra libre. Nació en esta ciudad y prometió este día obediencia para toda su vida a los Priores y Prelados de este convento en manos del padre fray Alonso de Sea, Superior de él, y juntamente hizo voto de castidad y pobreza, porque así fue su voluntad. Fueron testigos el padre fray Pedro de la Serna, maestro de novicios, y el padre fray Luis Cornejo y otros muchos religiosos; y firmólo de su nombre. Fray Alonso de Sea, Prior. Hermano Martín de Porras.
Martín, según declara el sacerdote Baltasar de la Torre, era de diminuta figura y pequeña estatura18, pero ante los ojos de Dios era un gigante y fue creciendo de día en día hasta su muerte, llegando a la plenitud de Dios en Cristo (Col 2, 10).

EL DIABLO
En la vida de san Martín como en la de todos los grandes santos, se manifestaba el espíritu del mal, que no podía permanecer indiferente ante tanto bien que realizaba y tantas almas que llevaba al cielo. El demonio, con el permiso de Dios, lo tentaba y él aprovechaba esos sufrimientos para ofrecérselos al Señor y así ganar más almas para Él.
El capitán Juan de Guarnido certifica en el Proceso que fue público y notorio que, de ordinario, tenía grandes luchas con el demonio y que, la noche que murió el dicho siervo de Dios, se dijo en el convento que habían entrado en su celda los religiosos a verle, entendiendo que se moría, y que habían oído que estaba luchando con el demonio, a quien le decía: “Quita, maldito, vete de aquí, que no me han de vencer tus amenazas”19.
El mismo testigo asegura que había en el convento una escalera que bajaba de uno de los claustros altos a la enfermería, la cual, ordinariamente, estaba cerrada y, si alguna vez la abrían, no pasaba persona por ella que no caía o se lastimaba. En una ocasión, yendo subiendo por la escalera el venerable hermano fray Martín de Porras, que iba en socorro de un religioso enfermo, con un brasero de candela en la mano y alguna ropa a deshoras de la noche, había encontrado en un rincón de aquella escalera al demonio y le había preguntado qué hacía allí y le había respondido que en aquel paso tenía sus ganancias con los que pasaban por él. Y diciéndole que se fuese a sus profundas cavernas malditas, no lo había querido hacer.
Entonces, se había quitado el cinto que llevaba puesto y le había dado con él diciéndole muchas palabras. El demonio se había ido y fray Martín había hecho en aquel lugar dos cruces, que vio este testigo en la pared. Y que el dicho venerable hermano, después de lo referido, mandó hacer una cruz de madera de la altura de una vara y media y la puso en el mismo lugar y sitio donde había hecho las de carbón. Y, desde entonces, hubo pasaje por la dicha escalera sin que sucediese mal alguno a ninguna persona de las que pasaban por ella20.
El sargento Francisco de la Torre, que estuvo hospedado en la celda de Fray Martín, declara que el siervo de Dios le llevaba de comer y de cenar con mucha caridad. Una noche, habiéndose recogido en la celda... vio que vino el dicho siervo de Dios a la celda y se encerró por dentro; y sin hablar palabra a este testigo, estuvo en la primera pieza de la celda y le oyó este testigo decir enojado, como hablando con alguna persona: “¿Para qué has entrado aquí? ¿Qué tienes que buscar? ¡Vete!”. Y así otras palabras injuriosas que le decía…
Este testigo se extrañó de que el dicho siervo de Dios se enojase de aquella suerte por ser como era muy pacífico y humilde en su condición y trato, y salió a querer ver a la puerta de la dicha alcoba con quién reñía. Y en ese instante, vio al dicho siervo de Dios que lo traían rodando por la celda y dándole muchos golpes sin que se pudiese ver quién era ni tampoco ver bulto alguno. Y luego vio este testigo que la celda ardía y también las alcobas en que estaba guardada la ropa de los enfermos; y este testigo estuvo con no­table turbación y miedo. Entonces, viendo el siervo de Dios arder el dicho fuego empezó a dar voces, llamando para que le socorriese… Y ambos, cada uno por su parte, empezaron a apagar el fuego y lo apagaron en efecto...
Después, este testigo se fue a recoger sin preguntar cosa alguna, porque quedó despavorido y espantado, y en toda la noche no pudo este testigo dormir ni sosegar del miedo tan grande que recibió. Y, estando pensando en ello, oyó las tres de la madrugada, y se levantó el siervo de Dios de la tarima en que estaba recostado; en la cual tenía una piedra por cabecera y una calavera al lado, y se fue a tocar el Alba, como tenía por costumbre…
Y luego se levantó este testigo a ver el daño que había causado el fuego y, mirando la parte y lugar por donde lo había apagado, no halló cosa alguna ni señal ni aún con olor de humo, por lo que quedó con más temor y espanto; mayormente, cuando había visto arder patentemente dicho fuego. Y quedó presumiendo que aquello no podía haberlo hecho si no es el demonio, perseguidor de los siervos de Dios21.



Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal