Santa eulalia



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Oriente y occidente unidos por el cine. España con alta fiebre productora
MARY G.

SANTA EULALIA
Difícilmente podía suponer el italiano Marco Bellocchio lo atinado de su afirmación cuando titulaba, en 1967, su segunda película “China está cerca” (Cina è Vicina). Aunque no lo fuera en el sentido político-marxista presumible en la época. En un área bien distinta: la de la creación cinematográfica. No sólo era China la que se nos acercaba. Otros países de su entorno lo hacían también. Ahora ya es­tán aquí, en bloques cada año más compactos y sustanciosos: Japón, India, Irán, Turquía, Camboya, Hong Kong, Taiwan, etc., disputando los más ambicionados premios de los festivales del ramo y arrancando aplausos del hemisferio occidental, meridiano tras meridiano. Eso, con obras realizadas, indistintamente, en sus propios lares, con cargo a presupuestos nacionales, con participación internacional o con obras, por último, producidas en suelo europeo o americano.
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n esta temporada permanecen en cartel, sin que parezca hacerles mella el constante fluir de estrenos, tres films que corresponden a diferentes puntos de partida: la producción local directa, del chino Zhang Yimou, “Keep Cool” (Ten Calma) y “El Sabor de las Cerezas”, del iraní Abbas Kiarostami, am­bos ya conocidos por anteriores películas, como: “Sorgo Rojo”, “Semilla de Crisantemo”, “La Linterna Roja”, “Qiu Ju, una mujer China”, “La Joya de Shangai”, del primero; y “A través de los Olivos”, del segundo.


La tercera en la cita, “La Tormenta de Hielo”, del taiwanés Ang Lee, de quien he­mos visto “El Banquete de Bodas”, “Comer, Beber, Hom­­bre, Mujer” y “Sentido y Sensibilidad”, encierra ma­yor trascendencia. Es la más relevante y se ha realizado en Estados Unidos.
A manera de complemento, me voy a permitir comentar que el cine del continente asiático y de sus islas adyacentes no trata, ahora, ha­bi­tual­mente, de exponer vivencias par­ticulares de sus razas o pueblos, ni singularidad costumbrista o hechos his­tóricos extraídos de documentos de su remoto lírico o dramático pasado. A ese res­pecto, nos vienen a las mentes cintas me­morables, fir­madas por ilustres cineastas de generaciones idas, entre otros Shohei Imamura, Chen Kaige, Nagisa Oshima, Kenji Mizoguchi, Hou Hsiao Hsien y el genial Akira Kurosawa, a quien se llamó el “Emperador”.
Los sucesos en que inter­venían, o que provocaban, samu­rais, poderosos y ambiciosos jefes, implacables y belicosos clanes; las tradiciones de los nativos, humildes pescadores o cultivadores de los arrozales; los relatos le­gendarios, épicos o trágicos; los ritos marciales y religiosos, enmarcados en la solemnidad de un ritmo lentísimo, el brillante despliegue visual y el fondo de sonoro tintineo, propio de las composiciones orientales o los suntuosos ropajes de los emperadores y los nobles, ceden ante la presión de temas actuales especialmente “made in” USA: crisis de la autoridad, ruptura entre generaciones, liberalización de las relaciones sen­timentales y amorosas en- tre hombre-mujer, hombre-hom­bre y mujer-mujer; traumas ocasionados por la falta de empleo, por las guerras contemporáneas, persecución, soledad urbana, incomprensión cultural, etc., constituyen ya materia de los guiones más comunes. Este catálogo argumental se ha impuesto en nuestros días. Además de un vértigo gestual y verbal descarado e irrespetuoso, el uso del tejano, la mini-falda y el cuero negro como vestuario, formas de alimentación cafeteril y rápida, etc.

En “Keep Cool”, una comedia de alto voltaje, está in­troducido el “look” y el desenvuelto o informal com­portamiento de hombres y mujeres jóvenes de cualquier lugar. No se recomienda a menores de 18 años, porque el humor aquí no está reñido con la violencia. Digamos que se trata de un humor, a ratos, sin disminuir su eficacia, negro. No afecta al resultado el ser chino. La cuestión étnica no invalida la extrema tensión ni la punzante mordacidad.


En “El Sabor de la s Cerezas”, la contemporaneidad no impide que el drama se desarrolle conforme a una construcción fiel al estilo narrativo oriental. Sobre una historia básica se combinan y enlazan sucesivos elementos y diálogos que aportan opiniones variadas. Fase a fase se va gestando y madurando una reflexión profunda sobre el valor de la vida, según la entienden diferentes personas, dirigida a un individuo empeñado en perderla.
Aunque alejadas de las tramas de antaño, ninguna de estas obras oculta su procedencia.
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n cambio, “La Tormenta de Hielo” ha hecho saltar a Ang Lee de las coordenadas de su cuna y piel. Tuvo éxito en la prueba de una adaptación europea, de la novela británica del siglo XIX, “Sentido y Sensibilidad” de Jane Austen. Ahora se ha embarcado en una operación más audaz, el análisis, aséptico diría, de los modos y las reacciones que experimenta la sociedad estadounidense, elevada al papel de modelo mundial. Se sitúa en un año clave, 1973, el de la caída en desgracia de Nixon, tras el escándalo del Watergate. Fecha en la cual otros trastornos, además de la controvertida guerra de Vietnam, se enredan en un estallido sin precedentes de discrepancia nacional, vecinal y personal, y cuajan, para terminar, en un temporal de frío intenso, la mayor helada caída en Connecticut, que recuerdan los habitantes de dicho Estado. La definición de los personajes determina el tiempo y la justificación de cuanto ocurre y proporciona los datos imprescindibles para entender la tensión y el desplome de los estructuras fundamentales, la política y administrativa del gobierno y la más entrañable, del hogar, de la familia, que subraya, para colmo, el desorden climático. Con tal contundencia se presentan los acontecimientos y sus resultados que nadie diría que es un extranjero, incluso de otro continente, quien ha pintado escenas de semejante vigor, con tanta tensión y conocimiento de la intimidad estadounidense.


Tenía razón Bellocchio: Chi­na, y con ella Asia, está cer­ca. No me atrevo a asegurarlo, pero presiento que la hazaña de Lee podría ser una punta de lanza, la primera onda de un movimiento es­pontáneo de convergencia de la Humanidad, Oriente y Occidente, propiciado por el séptimo Arte.
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CINE

emas europeos:



de héroes a parados
Aparte de lo que pueda significar, inmediatamente o en un futuro, esa afinidad o compenetración de pueblos antes muy distanciados, Eu­ropa sigue apreciando historias y amores heroicos, contados con refinado estilo, como el de “El húsar sobre el tejado”, de Jean-Paul Rappeneau (director de la última y prestigiosa versión de “Cyrano de Bergerac”), don­de la figura destacada es un valiente patriota italiano, partidario de la unidad de su país, tormento de los enemigos austríacos que le persiguen, y que sirve, al tiempo, de caballero andante a una dama aristocrática francesa, recorriendo, sin temor, con ella, una comarca asolada por una epidemia de peste.
En asuntos más actuales, los referidos a los parados en­cuentran, de cuando en cuando, un director que simpatiza con ellos. La mayoría, británicos. Alguno serio, como Mark Herman, en “Tocando el Viento”, que se remonta a los obligados cierres de mi­nas de carbón en el Reino Unido durante el Gobierno de Margareth Thatcher. Cierres que van a implicar el final de una banda de música. Otros, más recientes, con ganas de broma, como Peter Cattaneo, en “Full Monty”, y Stefan Schwartz, en “Como pez en el agua”. En el primer título, se desarrolla una mínima anécdota protagonizada por unos mineros cuya em­presa reduce empleos y que resuelven ganar algunos bi­lletes en plan espectáculo de “strip-tease” masculino; en el último, se urde una mayúscula incongruencia, pues nunca unos tipos sin trabajo contradicen más su si­tuación ya que Dylan (Dan Futterman) y Jez (Stuart Townsend) no descansan un segundo, ideando ocupaciones y llevándolas a cabo, lo cual, por ser pícaros rematados, les permite conseguir millones de libras, pero, en algún caso, les conduce a la cárcel. Aunque no llega la sangre al río y su buen corazón termina convirtiéndoles en Robin Hoods de nuevo cuño.
El sabor de la catástrofe
Estados Unidos también tie­ne sus fidelidades a cubierto. Una de ellas, las catás­trofes. En ese capítulo, “Ti­tanic” ex­plota, con una do­tación enorme de efectos, minuciosidad y un coste de 30.000 millones de pesetas, el más famoso hundimiento de transatlántico habido en este planeta. Ocurrió en abril de 1912. El mismo año se realizó un do­cumental mudo, que dejó a las multitudes sensibilizadas hasta nuestros días. Posteriormente se ha repetido sie­te veces la filmación del choque de aquella masa flotante, orgullo de sus constructores, con el traidor iceberg. La más reciente se debe a James Cameron, quien peca por exceso de detalles. Por ejemplo, nos obliga a ser testigos de la caída, prácticamente, pieza a pieza, de la vajilla de un gigantesco aparador. De ahí que la cinta se alargue en un metraje extra, gratuito. En medio del estropicio y del helado Océano hay secuencias de amor y odio, devoción y patetismo a raudales.
Actividad febril española
España, cuya producción da muestras de inaudita salud, exhibe, entre múltiples ofertas, la segunda entrega de Alejandro Amenábar, “Abre los Ojos”, un ejercicio curioso, no desdeñable, pero en­gañador, que le acredita co­mo el hábil técnico que ya se intuía en “Tesis”; la tercera, de Juanma Bajo Ulloa, “Airbag”, de la cual se elogia su gamberrismo; “La Camarera del Titanic”, de Bigas Luna, retirado de antiguos desmadres eróticos y romántico, por una vez; “Carne Trémula”, de Pedro Almodóvar, colmada de las pasiones desbordantes de costumbre; “El Color de las Nubes”, de Mario Camus, noble historia de niños y adultos que se prestan ayuda mutua en sus respectivas dificultades; “Fa­milia”, discreta ópera prima de Fernando León; “Perdita Durango”, de Alex de la Iglesia, un drama de atrocidades y violencia. “Las Ra­tas”, título con el que Antonio Giménez Rico vuelve a dar versión cinematográfica correcta a una novela de Miguel Delibes, después de las adaptaciones de “Retrato de Familia” y “El Disputado Voto del Señor Cayo”, del mismo autor castellano. De novela nacional también se ha nutrido Gerardo Herrero, quien cuenta, discretamente, andanzas de periodistas en la guerra de Bosnia, partiendo de “Territorio Comanche”, y con el mismo título, de Arturo Pérez Reverte. Una producción francoespañola, “La Mujer del Astronauta”, desperdicia una aceptable idea cómica, que no tiene fuerzas para ascender, por falta de la continuidad chistosa adecuada, a pesar de los esfuerzos denodados de Victoria Abril.
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a pieza más completa e interesante, estrenada esta temporada, con sello español, es “Cosas que dejé en La Habana”, donde Manuel Gu­tiérrez Aragón revela las penalidades, inseguridades, discriminaciones, humillaciones que sufren los emigrantes cubanos en España, a través de tres hermanas jóvenes, ve­nidas de la penuria de la isla, a instalarse en casa de un pariente que vive en Madrid. Gutiérrez Aragón articula las maniobras de unos tipos, humanizados, dispensándonos de tópicos; entre ellos se encuentra el inevitable pícaro emigrante, interpretado certeramente por Jorge Pe­rugorría; algunos españoles aprovechados de las desgracias ajenas y otros y otras, que buscan ventajas o satisfacciones del género que sean. El director de “Habla, Mudita”, “Maravillas”, “La Mitad del Cielo”, etc., se expresa sin melodramatismo, no engaña, no minimiza, ni destruye. Cuenta con equilibrio: donde hay aristas, con ellas y donde no, con comprensión, sin estridencias. El reparto, entre actores y actrices cubanos y españoles, responde a las medidas de sus personajes y al clima sentimental que conviene a esta película honesta, templada con dosis de humor y poesía.


Sombras nada más
Para los cinéfilos al ciento por ciento, José Luis Guerín ha montado una pequeña película, 80 minutos de re­cons­trucción de las filmaciones de un aficionado francés, Gérard Fleury, que vivió de 1877 a 1930. Su muerte, inexplicada, acaeció en el lago Le Thuit, mientras buscaba la luz adecuada para un rodaje. El material que dejó, en blanco y negro, parcialmente inutilizable por el deterioro causado por la humedad, entre otros culpables, al celuloide, contiene escenas familiares y simples: saludos, bailes en el jardín, excursiones, niños que se bañan, que co­rren; jovencitas meciéndose sobre un columpio, calles solitarias, el parque, el río, el lago, las montañas, etc. Se titula “Tren de Sombras” y no es otra cosa que el paso de unas imágenes, apenas entrevistas, pero un tanto manipuladas, del tipo de las cintas primitivas de los Lumière.



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