Se hizo en todo como nosotros ignacio falgueras salinas



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SE HIZO EN TODO COMO NOSOTROS

IGNACIO FALGUERAS SALINAS



Introducción 1

 I.- «Se hizo» 2

II.- «Semejante»  4

III.- «En todo» 11

III.A.- Criterio negativo para entender el «se hizo semejante» a nosotros 11

III.B.- Criterio positivo del asemejarse de Cristo a nosotros 14

III.C.- El sentido preciso del «se hizo en todo como nosotros» 21

III. C. 1) Las tentaciones del demonio 22

III.C. 2) Las tentaciones del mundo 24

III.C. 3) La gran tentación final 25

IV. CONCLUSIÓN 29

NOTAS 33



Introducción


He aquí uno de los puntos doctrinales claves de la Cristología, y en el que, por desgracia, tropiezan hoy algunos. En realidad, no existe ningún texto revelado que diga exacta y literalmente lo que enuncia el título de esta investigación, sino que se trata de una proposición que se suele deducir de lo que se nos revela en varios pasajes del Segundo y último Testamento. Empezaré por presentar los textos principales.

 

Rom 8, 3-4: “Pues lo que era imposible a la Ley, en cuanto que estaba debilitada por la carne, [lo hizo] Dios enviando a su propio Hijo en una carne semejante a la carne pecadora, y, por causa del pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la Ley fuera llevada a cumplimiento en nosotros, que no caminamos según la carne, sino según el Espíritu [90].



 

Fil 2, 6-8: “el cual, siendo de condición divina, no consideró como botín el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a si mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz[91].

 

Heb 2, 17-18: “Por eso debió asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en las cosas que se refieren a Dios, para expiar los pecados del pueblo, pues en aquello que padeció, siendo él mismo tentado, puede ayudar a los que son tentados[92].



 

Heb 4, 15: “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que fue tentado en todo a semejanza [nuestra], excepto en el pecado [93].

             

 

 



 

Estos textos afirman que Cristo, como pontífice o mediador capaz de compadecerse de nuestras debilidades, para cumplir con su misión de mediación, hubo de asemejarse a nosotros, haciéndose semejante incluso a nuestra carne de pecado y siendo tentado en todo a semejanza nuestra, menos en el pecado. No dicen que se hiciera igual a nosotros, sino que se hizo semejante en todo a sus hermanos; y dicen que se hizo semejante a nuestra carne de pecado, pero sin tener pecado. Por tanto, conviene investigar con finura el sentido y la medida en que Cristo se hizo semejante a nosotros. A ese fin, consideraré una a una las tres palabras clave de la sentencia que preside este escrito: «se hizo», «semejante» y «en todo», dedicando mayor atención sobre todo a la última, que es la que puede dar lugar a malentendidos.


 I.- «Se hizo»


Lo primero que conviene notar es que el «se hizo» le conviene a la persona de Cristo según su ser humano, y esto lo distingue de cualquier otro hombre: los demás somos hombres, Él se hizo hombre. El Verbo, en su naturaleza divina, nunca hubo de hacerse nada, pues en Dios no existe el devenir o llegar a ser. Sin embargo, de Él es del único del que se puede decir que «descendió del cielo»[94] al hacerse hombre, lo cual implica que su persona no era humana, sino divina, que el ser concebido no era para Él un comienzo absoluto, sino sólo relativo, y que ese comienzo relativo era un bajar (o descender) de condición, de manera que con toda razón se nos dice: “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14), señalando el punto terminal de su descenso.

 

Como es patente, al hacerse hombre, Cristo se hizo semejante a nosotros asumiendo una naturaleza humana, pues lo que tenemos todos los hombres en común es la naturaleza o índole. Ahora bien, en todo hombre –como en toda criatura– han de distinguirse su ser y su esencia, de manera que, al hacerse hombre, nuestro Señor tomó el ser y la esencia humanos. Precisamente, lo primero que se indica cuando se afirma que el Verbo se hizo hombre es, como ya he dicho, que tomó el ser humano, lo más alto de nuestra naturaleza: Cristo se hizo de una vez y para siempre semejante a nosotros en su ser humano. Lo mismo habría de decirse de la esencia humana, sólo que en este punto aparecen algunas diferencias. Por haberlos hechos Suyos, el ser y la esencia humanos de Cristo fueron sobreelevados a la mayor perfección posible, más alta que los de cualquier otra criatura, no sólo real, sino posible, ya que en ellos era la persona del Verbo la que existía y obraba. Pero, para acercarse más a nosotros, Cristo quiso que, desde el primer instante, su esencia humana, que era perfecta, se fuera desplegando en forma semejante a la nuestra, en un descender esencial temporalizado, que tuvo un límite, es decir, que no duró para siempre, porque llegada al límite comenzó un ascenso para arrastrar consigo a toda la cautividad de los creyentes en Él[95].



 

De manera que lo que se dice del Verbo («se hizo carne») ha de ser dicho en un sentido paralelo de Su esencia humana, pues también en ella Él «se hizo» como nosotros. Y a este hacerse esencial, desarrollado en el tiempo, es al que se refieren principalmente los textos antes mencionados, y resumidos en la sentencia «se hizo semejante en todo a nosotros». Al respecto, es imprescindible, ante todo, subrayar que «se hizo» (genómenos) significa que no era en todo como nosotros, sino que llegó a ser a semejanza nuestra por libre decisión de su voluntad humana (obediente a su voluntad divina). Cristo era perfectus homo[96], no sólo en el sentido de que no le faltaba nada de lo humano, sino en el de que era hombre plenamente[97], cosa que nosotros no somos, ni seremos sin Él.

 

Que Cristo fuera, incluso como viador, hombre perfecto nos lo dice precisamente la Carta a los Hebreos, que es la misma que nos informa de que debió hacerse en todo semejante a nosotros. En efecto, las palabras del juramento de Dios posterior a la ley: “juró el Señor y no se arrepentirá, tú eres sacerdote para siempre” (7, 21), consagran al Hijo perfecto para siempre[98]. Y dado que el verdadero sacrificio es la obediencia[99], Cristo es sacerdote desde el primer momento de su existencia humana, según nos enseña el Espíritu Santo en otro pasaje de la misma carta a los Hebreos: “por eso, entrando en el mundo dijo: sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo idóneo, holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron; entonces dije: He aquí que vengo –en el comienzo del libro está escrito de mí– para hacer, oh Dios, tu voluntad” (10, 5). Además, ese sumo sacerdocio fue recibido por Cristo de aquel que le dijo: “Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy” (5, 5), por lo tanto lo recibió por ser el Hijo de Dios encarnado. Según todo lo anterior, Cristo fue consagrado sacerdote desde el primer instante de la encarnación. La resurrección no hizo, pues, más que manifestar definitivamente lo que había estado oculto durante la vida terrena del Cristo bajo el velo de su carne. Y porque era el sacerdote santificador cuyo sacrificio iba a salvar a cuantos pecadores se acogieran a Él, “tal nos convenía que fuera: santo, inocente, incontaminado, separado de los pecadores y encumbrado por encima de los cielos” (7, 26). Todos esos atributos nos convenía que los tuviera el mediador, y los tenía connaturalmente, de manera que el encumbramiento por encima de los cielos y la separación respecto de los pecadores no son posteriores a la encarnación más que en su manifestación, puesto que desde el principio era esplendor de la gloria e impronta de la substancia del Padre (1, 2-4).



 

Esta plena perfección abarca, naturalmente, a toda la naturaleza humana de Cristo, incluida su esencia. Que Jesús, en cuanto hombre, no fuera, sino que se hiciera como nosotros en su esencia se puede colegir, por ejemplo, de sus palabras: “y vosotros no lo habéis conocido, en cambio yo lo conozco [al Padre], y si dijere que no lo conozco, sería semejante a vosotros, un mentiroso, pero le conozco y guardo su palabra” (Jn 8, 55). No sólo los judíos, tampoco nosotros conocemos por nosotros mismos al Padre, como cabe deducir del dato revelado en el Primer Testamento según el cual ningún mortal puede ver a Dios y permanecer con vida[100]. Cristo, sin embargo, veía a Dios permanentemente: “nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien Él lo quisiere revelar” (Mt 11, 27)[101]; pues “a Dios nadie lo ha visto nunca, el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, Él es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18)[102]. Más aún, Cristo conoce al Padre como el Padre lo conoce a Él (Jn 10, 15), es decir, con conocimiento perfecto e inalterable, sin ceses, aumentos ni disminuciones, de manera que, sólo a Cristo, Dios y hombre, se puede aplicar estrictamente el “veía siempre al Señor delante de mí, porque está a mi derecha para que no vacile” (Hech 2, 25; Sal 15, 8). Ahora bien, si el cuerpo de Cristo no moría al ver al Padre, se debía a que no era de suyo un cuerpo morituro ni mortal, sino asumido e inmortal.

 

A esto se podría objetar que, según Rom 8, 3, Cristo fue enviado por el Padre en la semejanza de la carne de pecado, por tanto no «se habría hecho», sino que «habría sido hecho»[103], de entrada, a semejanza del hombre caído[104]. Sin embargo, los otros tres textos nos cercioran de que en éste se habla de la misión encomendada por el Padre a Cristo, no de que su naturaleza humana hubiera sido asumida con déficit alguno. En efecto, en Fil 2, 7 se dice de Jesucristo que Él se hizo semejante a los hombres; en Heb 2, 17 es Jesús el que debió asemejarse a sus hermanos; y en Heb 4, 15 es Jesús, Hijo de Dios, el que fue tentado en todo a semejanza, menos en el pecado. Por tanto, la semejanza a la carne de pecado no es dotacional, sino libremente elegida y operada por el Verbo según su naturaleza humana, en cumplimiento de la misión recibida del Padre.


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