Segunda parte del tema 7



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SEGUNDA PARTE DEL TEMA 7
En la primera parte del tema nos hemos ocupado de estudiar cómo el sexismo y androcentrismo existentes en la sociedad se plasman a través de la lengua. En esta parte del tema, nos ocuparemos de las diferencias lingüísticas asociadas a la variable social sexo.

5. El discurso de las mujeres

Los contenidos de esta sección están tomados fundamentalmente de Martín Rojo, Luisa (1996): “Lenguaje y género. Descripción y explicación de la diferencia”, Signos. Teoría y práctica de la educación, págs. 6-17.

5.1. Los rasgos de la lengua de las mujeres
Respecto a la relación entre uso de la lengua y sexo, cabe preguntarse ¿determina el sexo de una persona su forma de hablar (en el plano fónico, morfosintáctico, léxico y conversacional? ¿Existen diferencias entre los discursos de hombres y mujeres? Dicho de otro modo, ¿existe un sociolecto femenino (generolecto ‘genderlect’)? Si existe, ¿qué lo caracteriza? Y ¿cuál es su origen?
Robin Lakoff (1975 y 1982), propuso la existencia de un conjunto de rasgos lingüísticos que aparecerían con mayor frecuencia en el habla de las mujeres.
A) Rasgos, fónicos y léxicos:

-Plano fónico: Por lo que se refiere a las diferencias en la entonación y en la variedad de tonos empleados, Lakoff observa mayor variedad de patrones de entonación en el habla de las mujeres. En el nivel fonológico, se ha señalado en las mujeres un comportamiento más conservador y apegado a la norma (por ejemplo, en dialectos que aspiran la s, las mujeres presentarían un grado de aspiración menor).


-Plano léxico: En lo relativo al vocabulario, Lakoff señala algunas particularidades en las elecciones léxicas y en la frecuencia de aparición de algunos términos (distinciones léxicas, en campos específicos como el color, por ejemplo, términos como magenta, malva, rosa palo, etc; profusión de adjetivos valorativos positivos como adorable, encantador, divino, mono, etc). Lo mismo ocurriría con todos los elementos que sirven para dar énfasis (super, hiper), y de diminutivos y superlativos (como señala Pilar García Mouton 1999:72 faltan, no obstante, estudios específicos serios sobre si realmente es mayor el uso femenino del diminutivo y superlativo).
B) Rasgos discursivos:
De acuerdo con Lakoff, las mujeres utilizan giros y fórmulas de cortesía que sustituyen a las formas imperativas (por ejemplo: “¿no te apetecería ir al cine? o “¿por qué no vamos al cine?” en lugar de “vamos al cine”). Emplean, además, elementos que atenúan sus afirmaciones o que presentan las afirmaciones como si fueran dudas (por ejemplo, modalizadores epistémicos, como “creo que es así”, “quizás/ probablemente, sea así”, “yo diría que ….”, “No sé qué pensarás tú, pero a mí me parece que…” y otras como “viene a ser como si…”). Por último, recurren, a menudo, a preguntas eco (tag questions) (“¿no te parece?”, “¿verdad?”, “¿no crees?”) con las que tratan de asegurarse de que cuentan con la aprobación de su interlocutor. En el nivel discursivo, Lakoff señala que las mujeres citan, con frecuencia, las opiniones de otros individuos o grupos que corroboran y legitiman las propias afirmaciones (citas de autoridad).
Un ejemplo: Observa el siguiente discurso de una mujer que posee un cargo de responsabilidad en una empresa:
(5) “yo creo que sí hay cierto aire diferente, o sea los grupos de trabajo, en los equipos, pues se manejan mejor, parece ser que tenemos más habilidad, eso dicen, en manejar grupos...” (tomado de Gómez el al., 1995).
En este discurso, destacan los recursos para mitigar la afirmación de que las mujeres poseen cualidades positivas que les son propias. Junto al modalizador epistémico “creo”, aparece otro como “parece ser que”, y “eso dicen” que sirven para suprimir la responsabilidad de la locutora (una mujer que desempeña un puesto de responsabilidad en una empresa). El mismo valor atenuador puede descubrirse en la renuncia a presentar a las mujeres como agentes (“se manejan”, en lugar de “las mujeres manejamos mejor los grupos”).
C) El comportamiento conversacional
El discurso femenino tiene carácter relacional, esto es, busca el diálogo con “el otro”. La actitud de cooperación en la conversación (respeto de los turnos de habla, emisiones con función fática, mmmm, claro, ¿sí?, etc.) ha sido señalada por distintos autores como un rasgo que ocupa un lugar central en la interacción femenina (véase, Fishman, 1978: 400).
5.2. Interpretación de los rasgos caracterizadores del habla de las mujeres
¿Cómo se interpretan esos rasgos propios del habla femenina?
Para algunos autores esos rasgos deben interpretarse como ligados a la “imposibilidad de expresar poder” de la mujer; para otros, esos rasgos en realidad expresarían la “cortesía y consideración hacia el oyente” que impregna todo el discurso femenino. Veamos esas dos opiniones:
Según Luisa Martín Rojo, muchos de estos rasgos, y, sobre todo, los rasgos descritos en (B) conforman un estereotipo de habla femenina, no son marcadores de género o marcadores del habla femenina, esto es, no son elementos que definen verdaderamente a un sociolecto femenino. Este estereotipo niega a la mujer la posibilidad de expresarse con fuerza y rotundidad, y favorece una expresión ligada a la falta de criterio propio. Ya Robin Lakoff interpretó esos rasgos de (B) de ese modo: estos rasgos serían un síntoma de la sumisión social y lingüística de la mujer.

Así, según Luisa Martín Rojo, por una parte, el sexismo transmitido mediante la lengua común muestra el predominio de una visión masculina de la sociedad (como hemos visto en la primera parte del tema), y, por otra, “los rasgos del estereotipo de habla femenina señalan una exclusión de la mujer de la esfera de poder, no sólo porque socialmente no puede ejercerlo, sino también porque no puede expresarlo lingüísticamente”. Por tanto, según Martín Rojo, un fortalecimiento de la posición social de la mujer entrañaría la atenuación, e incluso desaparición de, al menos, una parte de estos rasgos. También Pilar García Mouton (1999) señala que rasgos como “no dar órdenes, sino pedir o sugerir”, evitando el imperativo, “no ser afirmativa”, “no preguntar directamente”, son rasgos del modo en que las mujeres usan la lengua que provienen de la educación y socialización que se da a las niñas (al igual que lo son el “hablar poco”, “hablar bien (sin palabrotas)”, “no gritar”, etc.), aunque “con la educación, la mujer ha llegado a interiorizar estos patrones educativos y, en muchos casos, se ha convertido en su más acérrima defensora”.


Sin embargo, los rasgos de (C) han recibido otra interpretación (que podría también extenderse según algunos autores al resto de rasgos descritos, y muy en especial a los de (B)). Estos rasgos conversacionales se atribuirían a otra de las propiedades del discurso femenino: la consideración del otro. La consideración del otro se manifiesta en el deseo de no imponerse, y respondería a un deseo de crear y fortalecer los lazos de solidaridad grupal en detrimento de la expresión de la independencia y criterio personal. Estos rasgos, en ese caso, obedecerían a diferencias culturales entre hombres y mujeres.

Los chicos aprenden a usar la lengua para crear y mantener sus jerarquías de dominio; las chicas, en cambio, crean vínculos horizontales a través de sus palabras y negocian las alianzas y el intercambio. Tannen (1986, capítulo 8), sugiere que los hombres y mujeres adultos, durante las conversaciones mixtas, no esperan lo mismo de sus interlocutores por provenir de “subculturas” diferentes que han conformado una concepción distinta de la conversación. La conversación mixta sería un ejemplo equivalente a la comunicación intercultural, lo que explicaría por qué los malentendidos y los conflictos son frecuentes. Según Maltz y Borker (1982), por ejemplo, las respuestas mínimas (“sí, sí”, “claro, claro”, etc.) representarían para las mujeres una manera de asegurar a su interlocutor que se le está prestando atención, mientras que los varones las emplean, generalmente, para manifestar que están de acuerdo con su interlocutor.


Así, para Tannen (1990), existen dos estilos conversacionales diferentes:

1. Un estilo informativo (report talk) propio de los varones, para quienes el habla es un medio de preservar su independencia y de negociar su status dentro de la jerarquía. Entre los medios para la consecución de este objetivo y acaparar su lugar en la conversación figurarían la exhibición de conocimientos y habilidades individuales.

2. Un estilo relacional (rapport talk) propio de las mujeres en el que se suceden las marcas de solidaridad. Las estrategias conversacionales se orientan, en este caso, al establecimiento de conexiones y a la negociación de la relación. El énfasis recae en la exhibición de similitudes y en la aportación de experiencias comparables. Entre los medios para la consecución de este objetivo, figuran las estrategias de la cortesía positiva, el suministro de datos privados, etc.

Ahora bien, la pregunta es ¿cuál es el factor que desencadena la aparición de estilos y subculturas tan distintos? Las diferencias culturales no surgen de forma espontánea. Habría que preguntarse por qué niñas y niños desarrollan valores tan distintos. Y aquí las respuestas posibles son numerosas:




  1. su diferente socialización (explicación muy arraigada hoy en el feminismo de la igualdad)

Por ejemplo, en relación a los rasgos de (A), en concreto, al uso del diminutivo como caracterizador del habla femenina, Pilar García Mouton señala que no conviene olvidar que la expresión de las emociones se valora positivamente en la mujer –mientras que tradicionalmente se ha reprimido en el hombre—y que el diminutivo, como han señalado distintos lingüistas, cumple en la mayoría de los casos una función afectiva.


  1. su diferente esencia (argumento arraigado en el discurso sexista, pero también en algunos desarrollos del feminismo de la diferencia)




  1. la existencia de relaciones de poder entre ambos sexos que se manifiestan en la conversación (Martín Rojo). La conversación no es una actividad en la que se dé la igualdad de oportunidades.

West y Zimmerman (1983) comprobaron cómo en conversaciones mixtas varón-mujer algunos varones eliminan a las mujeres del campo conversacional. Utilizan prolongados turnos de intervención e incluso rompen el sistema de turnos, con irrupciones constantes del discurso de su interlocutora para mantenerse en el uso exclusivo de la palabra. Sobre la base de un análisis detallado de las conversaciones de tres parejas heterosexuales, Fishman (1983) sostiene que se da una desproporción en la participación femenina en las conversaciones entre ambos sexos, en las que, gracias al empleo de mínimas respuestas estimulantes (p. ejemplo: “mmmhmm...”), a la formulación de preguntas y a la atención prestada, éstas ayudan a los varones a desarrollar sus temas. Los varones, en cambio, no colaboraron, en la muestra recogida, con sus compañeras, de forma que los intentos que ellas hacían para desarrollar sus propios temas rápidamente tendían a quedar fuera de lugar ante la falta de respuesta de los varones. Las interrupciones y el control de los temas señalan con claridad quién es el participante que domina en estas parejas que reproducen un patrón similar al de otras claramente estratificadas, como médico/ paciente, jefe/ empleado.1
Martín Rojo defiende que la diferencia de objetivos y exigencias conversacionales que se plantean ambos géneros no puede desvincularse de la posición social que ocupan hombres y mujeres (los varones podrían y tendrían que competir, mientras que las mujeres, relegadas a  posiciones secundarias, quedan al margen de la competición y desarrollan una subcultura defensiva presidida por la solidaridad).
Los estudios sociolingüísticos recientes muestran la desaparición de algunos de los rasgos que integraban el estereotipo de habla femenina, especialmente el rechazo a asumir la posición de agente de las acciones y la atenuación de las afirmaciones. Esta desaparición está en conexión con el fortalecimiento de la posición social de la mujer, hecho que refuerza una explicación de las diferencias lingüísticas observadas basada en las diferencias de poder entre hombres y mujeres: si estas diferencias se equilibran, las diferencias lingüísticas entre los géneros dejarán de perfilarse con claridad (véase Martín Rojo, 1995). Sin embargo, se mantienen los aspectos relacionales del discurso femenino, especialmente la consideración del interlocutor por medio de procedimientos diversos. El mantenimiento de este aspecto relacional puede explicarse mediante un argumento esencialista, siempre muy controvertido, que considere “el cuidado y la atención al otro” como un rasgo esencialmente femenino, pero puede también explicarse como una positivación de un rasgo que fue originado en una estructura de dominación social pero que, una vez superada dicha estructura, se convierte en un rasgo definidor de identidad. Esta postura, vinculada al feminismo de la diferencia (somos iguales en derechos, pero somos diferentes), se encuentra hoy con mucha frecuencia entre mujeres que han fortalecido su posición social.

6. Bibliografía para ampliar

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7. Apéndice. El género de los sustantivos en español

género21. Los sustantivos en español pueden ser masculinos o femeninos. Cuando el sustantivo designa seres animados, lo más habitual es que exista una forma específica para cada uno de los dos géneros gramaticales, en correspondencia con la distinción biológica de sexos, bien por el uso de desinencias o sufijos distintivos de género añadidos a una misma raíz, como ocurre en gato/gata, profesor/profesora, nene/nena, conde/condesa, zar/zarina; bien por el uso de palabras de distinta raíz según el sexo del referente (heteronimia), como ocurre en hombre/mujer, caballo/yegua, yerno/nuera; no obstante, son muchos los casos en que existe una forma única, válida para referirse a seres de uno u otro sexo: es el caso de los llamados «sustantivos comunes en cuanto al género» (→ a) y de los llamados «sustantivos epicenos» (→ b). Si el referente del sustantivo es inanimado, lo normal es que sea solo masculino (cuadro, césped, día) o solo femenino (mesa, pared, libido), aunque existe un grupo de sustantivos que poseen ambos géneros, los denominados tradicionalmente «sustantivos ambiguos en cuanto al género» (→ c).

a) Sustantivos comunes en cuanto al género. Son los que, designando seres animados, tienen una sola forma, la misma para los dos géneros gramaticales. En cada enunciado concreto, el género del sustantivo, que se corresponde con el sexo del referente, lo señalan los determinantes y adjetivos con variación genérica: el/la pianista; ese/esa psiquiatra; un buen/una buena profesional. Los sustantivos comunes se comportan, en este sentido, de forma análoga a los adjetivos de una sola terminación, como feliz, dócil, confortable, etc., que se aplican, sin cambiar de forma, a sustantivos tanto masculinos como femeninos: un padre/una madre feliz, un perro/una perra dócil, un sillón/una silla confortable.

b) Sustantivos epicenos. Son los que, designando seres animados, tienen una forma única, a la que corresponde un solo género gramatical, para referirse, indistintamente, a individuos de uno u otro sexo. En este caso, el género gramatical es independiente del sexo del referente. Hay epicenos masculinos (personaje, vástago, tiburón, lince) y epicenos femeninos (persona, víctima, hormiga, perdiz). La concordancia debe establecerse siempre en función del género gramatical del sustantivo epiceno, y no en función del sexo del referente; así, debe decirse La víctima, un hombre joven, fue trasladada al hospital más cercano, y no La víctima, un hombre joven, fue trasladado al hospital más cercano. En el caso de los epicenos de animal, se añade la especificación macho o hembra cuando se desea hacer explícito el sexo del referente: «La orca macho permanece cerca de la rompiente [...], zarandeada por las aguas de color verdoso» (Bojorge Aventura [Arg. 1992]).



c) Sustantivos ambiguos en cuanto al género. Son los que, designando normalmente seres inanimados, admiten su uso en uno u otro género, sin que ello implique cambios de significado: el/la armazón, el/la dracma, el/la mar, el/la vodka. Normalmente la elección de uno u otro género va asociada a diferencias de registro o de nivel de lengua, o tiene que ver con preferencias dialectales, sectoriales o personales. No deben confundirse los sustantivos ambiguos en cuanto al género con los casos en que el empleo de una misma palabra en masculino o en femenino implica cambios de significado: el cólera (‘enfermedad’) o la cólera (‘ira’); el editorial (‘artículo de fondo no firmado’) o la editorial (‘casa editora’). De entre los sustantivos ambiguos, tan solo ánade y cobaya designan seres animados.

1 En general, como señala García Mouton, las mujeres son hablantes más cooperativas y corteses que los hombres; respetan más los turnos de habla, ofrecen apoyos conversacionales y cuando intervienen en el turno de habla del otro, no es para cortar su discurso, sino para completarlo. Este último comportamiento, que resulta habitual en una conversación entre mujeres, no suele darse en la conversación mixta, ya que el discurso masculino no admite este tipo de solapamiento y lo interpreta como una intromisión.



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