Seguridad para el siglo XXI en la cuenca mediterranea



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3.1.  EL MUNDO ISLÁMICO
El Islam es la fe en Dios y en el Corán como su palabra literal. Un musulmán es aquel que acepta la fe islámica. El mundo del Islam engloba a todos los musulmanes, dondequiera que estén, pues el término se refiere más a la comunidad (Umma) de personas que a un territorio concreto. Tiene connotaciones espirituales y morales no ligadas al territorio.
Musulmán es pues un término más amplio que árabe, palabra ésta utilizada en sustitución, de forma errónea, por la primera. El mundo musulmán se extiende desde Mauritania a las Islas Filipinas y desde Sudán al corazón de la ex URSS. Hay más de 1000 millones de musulmanes, la quinta parte de la población mundial, y es la religión que con más rapidez se extiende por el Planeta.
El Islam, al contrario que el cristianismo, posee un programa completo para regir la sociedad. Mientras que el cristianismo proporciona norma y guía moral, dejando los detalles prácticos a la discreción de la comunidad (dar al Cesar lo que es del Cesar...), el Islam especifica objetivos concretos y las reglas para alcanzarlos, con un programa tan detallado que hace falta toda una vida para llegar a dominarlo.
Junto con la fe en Alá, existe una Ley sagrada para guiar a todos los musulmanes de todas las épocas y lugares. Esa Ley, llamada la Sharia, establece el Islam como fuerza política. Jomeini dijo:"Si el Islam no es política, no es nada".
La vida pública musulmana se desarrolla dentro del marco de los ideales de la Sharia. El acoplamiento de la realidad a la Sharia constituye la clave de la función del Islam en las relaciones humanas. De ahí que este análisis haga hincapié en el papel de la Ley sagrada como fuerza motriz en la política.
3.2.  EL FUNDAMENTALISMO
3.2.1.- Historia
El discurso del fundamentalismo contemporáneo saca su inspiración de los escritos de tres pensadores y activistas de este siglo: Abu Ib al Aela al Mawdudi (muerto en 1979), Sayyid Qutb (muerto en 1966) y el Ayatollah Khumayni (muerto en 1989).
Dejando al margen las peculiares ideas religiosas de estos pensadores, conozcamos sus ideas acerca de la política, el nacionalismo, el liderazgo y la guerra santa.


Sistema político
Para estos pensadores, la característica principal de la democracia es la voluntad de la mayoría y la soberanía del pueblo, mientras la del comunismo es la dictadura del proletariado, o lo que es lo mismo, la de un solo partido. En un sistema islámico, la Shura o consulta mutua es la forma de elegir al líder de una comunidad (el Imán), a los miembros de la asamblea consultiva y al poder ejecutivo del estado.
Afirman que, en una democracia, un pequeño núcleo de personas controla el poder y la riqueza y esconde su objetivo real tras una serie de fachadas políticas y culturales. Todas las clases sociales están controladas por un pequeño número de usureros que poseen las sociedades financieras y los bancos.
Bajo el comunismo, los jefes del partido, actuando en nombre del proletariado, utilizan el poder del estado para desatar el reinado del terror y colocar a la sociedad bajo una estricta vigilancia. La propiedad común significa supremacía del estado, que, a cambio, cae bajo el control del partido. Así, a diferencia de la democracia, aunque no busque exclusivamente la satisfacción de las necesidades materiales, conduce a la depravación y la vacuidad emocional.
Similarmente, el único fin del capitalismo seria prestar dinero a intereses desorbitantes, por lo que el capital, el trabajo, la tierra y el mercado están en manos de usureros judíos.
Para ellos, Dios ha creado todas las cosas y, en consecuencia, es el propietario de su propia creación, incluyendo la riqueza. De ahí, la distinción que hace el Islam entre lo lícito y lo ilícito: reconoce la propiedad privada, restringe su alcance y considera que todos la humanidad comparte la propiedad; el hombre, en nombre de Dios realiza ciertas actividades económicas, ejerciendo su labor productiva de acuerdo con el mandato divino; mientras que el capitalismo está construido sobre la usura y el socialismo en la abolición de la propiedad privada.
El Islam tiene un sistema de solidaridad social, mutuas obligaciones y seguridad, basado en un sistema de impuestos sobre la propiedad, el zakat, que varia entre el 3 y el 20%, cuyo fin es la eliminación de la pobreza.
Excepto por su insistencia en la prohibición de la obtención de intereses directos, un sistema económico islámico sería una forma ilustrada de capitalismo, en el que existe un sistema corrector de las diferencias.

Como consecuencia de sus ideas acerca del monoteismo y de la soberanía del pueblo resulta la instauración del Islam como sistema político.


Nacionalismo
Condenan el nacionalismo en el sentido occidental. Sostienen que la grandeza del Islam consiste en su universalidad, por lo que lo disocian de la raza, color o idioma. Solo distinguen entre el Partido de Dios, Hizd Allah, y el de Satán, Hizb al Shaytan, por lo que los hombres se clasifican únicamente en creyentes o no creyentes, monoteístas y politeístas. El sentido nacionalista no lo justifica el Corán, sino que además, el Profeta lo combatió para facilitar el camino de la universalidad del Islam, llegando, uno de los autores antes citados, a llamar seres humanos "inferiores y brutos" a los que adoptan la ideología nacionalista. Rechazan incluso el nacionalismo árabe.
Liderazgo y guerra santa
No es extraño que el tema del liderazgo atrajera su máxima atención, pues comprendieron que son los lideres de la sociedad los que deciden su sistema de valores. Esto significa que, el seguimiento de la Ley sagrada por los fieles y su moral dependerá, en gran medida, de la conducta de sus gobernantes. De ahí que, la tarea de un partido islámico revolucionario y de la comunidad en general será la de arrancar el poder a los gobiernos idólatras y a sus representantes. Por tanto debe formarse un grupo, armado con la fe y con poder material para vencer a sus enemigos. Por esto consideran que la Jihad o guerra santa es una de las más valiosas contribuciones teóricas del Islam, cuyo fin es la imposición de la Sharia.
Finalmente preconizaron la creación de un "Partido Revolucionario Internacional" que extienda la Jihad contra todos los gobiernos no islámicos.
En resumen, estos pensadores articularon una teoría islámica nueva y establecieron el moderno discurso de una variedad de organizaciones islámicas de carácter político. Para ellos, el cambio había de ser total y revolucionario. No veían posibilidad de coexistencia entre el Islam y otros sistemas políticos, por lo que la Jihad debía hacerse a todo el mundo (a los sistemas, no a las personas), por el carácter universal del Islam, comenzando de cero. No serían válidos los cambios graduales o enmiendas parciales. La sociedad completa debía ser remodelada a imagen y espíritu del Islam.
Se opusieron y combatieron los conceptos occidentales de democracia, socialismo y nacionalismo. Su línea de argumentación excluía incluso el menor parecido entre el Islam y cualquier otro sistema. Para ellos, las similitudes aparentes eran accidentales y no merecían un estudio comparativo del que se pudieran extraer frutos.
Pero, la historia reciente del fundamentalismo no sería la misma sin el triunfo de la revolución en Irán. A la muerte del ayatolá Jomeini, el mundo esperaba que este país evolucionase hacia posiciones más moderadas. Esta presunción se basaba en que, su sucesor, Alí Akbar Rafsanjani se había opuesto a la línea dura, por lo que pondría fin a la revolución y volvería a situar a Irán entre los países prooccidentales. (Es curioso que, el hecho de no usar barba Rafsanjani, llevara a muchos a creer que estaba en contra del pensamiento imperante en Irán, cuando al parecer, la causa de su aspecto está motivada por una alopecia).
Pero la realidad fue otra, Rafsanjani no quiso o no pudo hacer frente a los fanáticos que detentaban el estado, ejercían el poder en la calle y disponían de milicias armadas. Aún más, su salida fue hacia adelante: envió a los Hezbolás al Líbano para combatir con Israel; financió el movimiento Hamas en la Franja de Gaza; y dirigió sus esfuerzos contra Egipto, bastión del mundo árabe, apoyando al movimiento Jihad, pensando que su caída arrastraría la de los otros estados del Magreb.
La agitación en Argelia y Egipto está totalmente sustentada por Irán. Para ello, utiliza a Sudán, donde en 1989, el General Omar Hassan Bachir dio un golpe de estado, con el apoyo económico de Irán, que le permitió hacerse con el poder. La fuerza política en Sudán la detenta el Frente Islámico Nacional, dirigido por Hassan Turabi, ideólogo y predicador con enorme influencia en todo el mundo islámico, que dispone de cien mil militantes pagados por Teherán.
Irán proporciona a Sudán unos 300 millones de dólares anuales en hidrocarburos de forma gratuita y le ha suministrado unos 35 millones en material de guerra soviético, capturado a Irak durante la guerra, a la vez que le ha abierto un crédito de 300.000 millones para la adquisición de armas chinas.
En Sudán existen unos quince campos de entrenamiento para terroristas, donde existen consejeros cubanos, vietnamitas y palestinos que entrenan a jóvenes voluntarios reclutados en todo el mundo musulmán, proporcionándoles además pasaportes, armas y los fondos necesarios. Estos jóvenes actúan fundamentalmente en Argelia y Egipto.
También actúan con base en Sudán muyahidines, antiguos combatientes afganos, que apoyan al FIS argelino y a la Jihad de Egipto.
Una dificultad añadida es que, estos movimientos reciben fondos de 108 emiratos árabes y Arabia Saudí, que buscan tener así tranquila a la opinión de sus propios países. Con estos fondos se construyen mezquitas, se mantienen escuelas coránicas y obras caritativas y, de forma clandestina, se organiza el aparato militar.
Y si la influencia de Irán no es mayor, es por el hecho de ser persas, por lo que sus movimientos en pro de la religión se confunden con el deseo de hegemonía sobre los árabes.
Pese a que el fundamentalismo islámico se extiende por todo el mundo musulmán, y por consiguiente árabe de manera más o menos uniforme, las causas que lo provocan y las circunstancias en que se desarrolla son diferentes en cada caso. Por ello, no resulta fácil dar una visión general de ellas y, desde luego, imposible sin hacer excepciones a la regla.
Sin embargo, pueden destacarse trece razones comunes que han propiciado su desarrollo espectacular y que están ligadas a la crisis que sufre el mundo islámico y en especial el árabe:
Problema de identidad creado por la dominación colonial
El mundo árabe tiene un pasado imperial, que comenzó a la vez que la expansión de su religión y que, en todo momento, fue unido a ella. Su decadencia y su humillación por Occidente, es consecuencia, según ellos, del abandono de la práctica del Islam.
La decadencia llegó a su punto álgido con la colonización europea que, a diferencia de la otomana, también islámica pero tolerante, enfrentó a su sociedad con un orden de valores diferentes que nunca llegó a entender, y del que la proclamación de la separación entre el orden temporal y el espiritual fue paradigma.
Los colonizadores introdujeron formas modernas en lo administrativo, pero no en lo político, privando a los propios habitantes de los beneficios de la democracia y autogobierno, lo cual justifica en la conciencia colectiva de estos pueblos, la desconfianza y rechazo de la democracia occidental.
Con la independencia, comenzó un período en el que, los nuevos estados buscaron reconstruir lo destruido, dislocado o suprimido por el enemigo común, rechazando lo que consideraron ser características del colonizador, que dio paso a otro de maduración, en el que tampoco tuvieron una idea clara de lo que buscaban, mas bien conocían lo que detestaban.
El resultado es que, desde los años ochenta, los estados del Norte de Africa viven en lo que podríamos llamar "crisis de identidad".
Factor añadido fue que, ya en esos años, más del 75% de la población no había conocido la lucha por la independencia ni por ideales, por lo que la búsqueda de la identidad era y es una necesidad acuciante entre la juventud, que no puede identificarse con los sueños de sus mayores.
Ruptura independentista
En el Magreb no existían iglesias ni sacerdotes, pero sí interpretadores de la Ley, los ulemas, quienes indicaban al pueblo si el poder actuaba de acuerdo con la Ley, y lo podía deslegitimar en caso negativo.
El equilibrio tradicional en los países islámicos se basaba pues, en que el soberano tenía el poder político, pero su conducta era controlada por los religiosos, que económicamente eran independientes.
Desde la independencia política y tras la colonización, la religión se utiliza para reforzar la personalidad de los pueblos y asentar el poder político, por lo que es necesario controlarla.
Se crearon ministerios para el culto, que pagan y controlan las mezquitas, y los ulemas perdieron la independencia económica, llegado a ser, de alguna manera, funcionarios del estado, con lo que se ha roto el equilibrio, quedando el poder en manos de dictaduras sin ningún control, que utilizan a la religión para sus designios.
Como consecuencia, en estos países ha surgido la "cultura del motín", una deslegitimación de los políticos desde instancias religiosas, ante la dificultad del pueblo de hacer sentir su pensamiento y necesidades por cauces legales organizados.
Impacto modernizador
La industrialización acelerada y la urbanización descontrolada supusieron también una grave crisis cultural. La copia mimética de modelos occidentales no ha funcionado. Sus secuelas han sido el desarraigo y el desconcierto.
El modelo de desarrollo económico, adoptado tras la independencia por Argelia, tuvo un carácter populista y político, más parecido a una revolución que una respuesta económica. El resultado no fue la creación de una clase media, que heredara a la francesa, ya que las ideas del momento no lo permitían y su deseo de rompimiento con el pasado era más fuerte que en ninguna otra parte.
En Marruecos, en cambio, los valores liberales económicos concurrieron con los intereses de la clase comerciante y financiera en mantener la monarquía y en el desarrollo de una agricultura moderna, lo que les evitó algunos de los inconvenientes que sufrió Argelia.

En Túnez, la posición socialista y dirigista adoptada por Burghuiba se agotó, en términos políticos y económicos y fue sustituida en el año 1969.


Un inconveniente de carácter general fue que ninguno consiguió romper con la orientación de sus economías hacia la exportación a las potencias colonizadoras.
El resultado de todo ello fue la aparición de modelos económicos desequilibrados que se agotaron con rapidez y que no han sido capaces de hacer frente a la demanda de sus poblaciones cada vez más numerosas. No dispusieron de población laboral capacitada: faltaron totalmente los técnicos de nivel medio, a la vez que había unos índices de analfabetismo altísimos (Marruecos 89%, Argelia 88% y Túnez 76%). Los técnicos europeos abandonaron estos países, especialmente Argelia, a la vez que lo hacía la inversión extranjera.
En estas circunstancias, la solución pasaba por la planificación y la financiación del estado.
La limitación de recursos obligó a la concentración del esfuerzo en algunos sectores: en Marruecos, con la explotación de fosfatos aún en su inicio, la inversión se centró en la agricultura de exportación, lo que con el tiempo ha demostrado ser una ventaja en su lucha contra el fundamentalismo, al no favorecer la concentración de masas desheredadas en la ciudades; Túnez tuvo problemas similares, y solamente, en los años sesenta, cuando comenzó sus exportaciones de crudo y fosfatos, pudo desarrollar su industria, especialmente textiles; Argelia, por el contrario, contó desde el principio con sus enormes reservas de hidrocarburos, en explotación por Francia desde los años cuarenta, lo que le permitió financiar el proceso de industrialización.
En Argelia se primó la industria pesada con olvido de la de consumo, pensando en que los beneficios del petróleo compensarían su falta, al poder importarlos desde Europa.
Los errores estructurales de estas economías se pusieron de manifiesto al fluctuar los precios del crudo y decaer las exportaciones a Europa. Entonces, estos países trataron de diversificar sus economías, pero los factores políticos siguieron primando sobre los económicos, dificultando de forma decisiva la iniciativa privada. Así, declinaba la actividad económica, a la vez que la población urbana inactiva aumentaba y la tasa de crecimiento demográfico era una de las mayores del mundo.
El resultado es una población insatisfecha en clara oposición a sus gobiernos y a Occidente, que busca la solución a sus problemas allí donde se la ofrecen, en las Mezquitas.
Desafección ante regímenes corruptos y carentes de apoyo popular
En algunos casos, la falta de legitimidad de los gobiernos, que no responden a las aspiraciones de los pueblos respectivos y con quien no consiguen conectar después de treinta años de independencia, ha ocasionado la aversión de los musulmanes hacia la política. Buscan la legitimidad en la religión, con la que identifican su pasado.
Polarización de la protesta contra las minorías dirigentes
Así ocurre en Irak, en Siria, Egipto o en Argelia. En este último país, los fundamentalistas se hubieran llegado a imponer por las urnas, si no se hubiera interrumpido el proceso electoral.
Utilidad del fundamentalismo para el poder
En ocasiones, en la medida en la que le ha ofrecido legitimidad e incluso contenido ideológico, las autoridades políticas han utilizado a la religión: lo hizo Sadat cuando accedió a la Presidencia para oponerse al nasserismo prosoviético; lo hizo Argelia, al comienzo de los ochenta, para oponerse al izquierdismo de los universitarios.
Existencia de graves desigualdades económicas y sociales
Allí donde la corrupción es norma, coexisten la más extrema pobreza con la opulencia descarada. La falta de trabajo, de educación, de servicios esenciales y de vivienda lleva a la desesperación a las masas que temen que la política actual no solucionará sus dificultades en un futuro previsible.
Por otro lado, el musulmán se considera más miembro de la comunidad religiosa que de una nación concreta, por lo que le escandaliza la falta de solidaridad entre países, como Kuwait (18.000 & de renta, contra 200 & en Mauritania).
Ausencia de democracia
Al faltar la democracia, no existen canales de participación de la población en la cosa pública, y la represión de la oposición favorece a los fundamentalistas, quienes disponen de las mezquitas como lugar de reunión y del púlpito como tribuna.
La falta de solución al problema palestino
El mundo árabe siempre ha sentido la expulsión del pueblo palestino de su territorio, como una de las afrentas más sangrantes, de la que responsabliliza a los occidentales. El apoyo de occidente a Israel se ve como una prueba más de los sentimientos antiárabes de americanos y europeos. Las sucesivas derrotas infligidas por Israel a sus vecinos provocaron graves frustraciones y propiciaron la aparición de grupos de fanáticos fundamentalistas que practican el terrorismo como arma política, al ser privados de otras.
A esto, hay que sumar lo ocurrido recientemente en Bosnia Hercegovina, donde consideran que tanto agresores como mediadores son cristianos y los agredidos musulmanes.
Apoyo a los grupos fundamentalistas desde terceros países
No es conveniente olvidar que, la política de países occidentales y musulmanes ha utilizado en ocasiones a los fundamentalistas, cuando así ha convenido a sus intereses.
Estados Unidos y otros países europeos apoyaron a los mujahidines afganos contra el invasor soviético.También es conocido el apoyo de Arabia Saudí a algunos grupos del Magreb.
El triunfo de la revolución iraní
El triunfo de la revolución islámica en Irán afirmó el carácter del Islam como libertador y su imagen combativa anticolonial y antioccidental. Esta sensación resultó reforzada por la derrota del gigante norteamericano, en el caso de los rehenes de Teherán.
El apoyo que Estados Unidos había dado a la "revolución blanca" del Sha, de carácter laico y modernizador, derrotada por Jomeini, fomentó la reacción antioccidental y la confianza en que por la religión se podía alcanzar el resurgir de sus ambiciones.
La Guerra del Golfo y la destrucción de Irak
Si bien Irak atacó a un país musulmán, éste era rico e insolidario, orientado a Occidente, en tanto en cuanto lograba inmensas rentas de sus exportaciones de crudo, que no compartía con sus hermanos musulmanes. La derrota de Irak alentó los sentimientos antioccidentales entre las masas árabes, pese al desconcierto creado por el apoyo de Arabia Saudí a Occidente y el fracaso de Sadam Husseim después de la bravuconería mostrada, pues a medio plazo, el mundo árabe lo ha percibido como una nueva humillación colectiva por parte de Occidente, que ha contribuido al aumento del fundamentalismo.
Influencia de la actitud de Occidente
Occidente, de forma indirecta, ha apoyado a la expansión del fundamentalismo, al mantener unas relaciones Norte Sur injustas, que dan lugar a un dominio económico, político, cultural e informativo, contra el que reacciona el mundo intelectual y político árabe.
A Occidente se le culpa de una agresión continua y premeditada a sus valores religiosos y culturales al detentar la información e imponer sus reglas de mercado, sus costumbres, etc.
La combinación de todos estos factores ha propiciado el nacimiento de numerosos grupos fundamentalistas, que pueden ser varios centenares, aproximadamente el 80% sunnitas y el resto, de chiitas, repartidos por Líbano, Irak, Arabia Saudí y Países del Golfo.
No podemos olvidar, como antes se apuntó, el apoyo indirecto a la causa, que los EEUU han hecho a través del apoyo a Afganistán en su lucha contra la URSS. Se calcula que los grupos guerrilleros afganos recibieron en la década de los ochenta unos tres mil millones de dólares, canalizados por el International Banc of Credit and Comerce, posteriormente clausurado por sus actividades poco ortodoxas. Acabada esta guerra, gran número de estos guerrilleros entrenados y armados se desplazaron a Sudán, constituyendo el grupo de los llamados "afganos" que actúan contra Egipto y Argelia y se refugian en aquel país. Según Jack Blum, ex investigador del Senado de los EEUU, adiestró a los muyahidines en terrorismo, en 1990 los abandonó y dejó atrás una banda armada de musulmanes extremistas antioccidentales, ardiendo en deseos de vengarse de su antiguo patrón.
3.2.2  Concepto del fundamentalismo
Si tuviéramos que resumir en pocas palabras la esencia del fundamentalismo, diríamos que es la conversión de la Ley Sagrada en una ideología política.

Los fundamentalistas musulmanes están convencidos de la validez de la Sharia y la intentan vivir al pie de la letra, sin preocuparlas que haya sido escrita hace mil años.


Para la mentalidad fundamentalista, la Ley, elaborada en los primeros siglos del Islam, requiere una actualización solamente para acoplarla a las circunstancias nuevas: la imprenta, los seguros, el tabaco, el café, los tampones higiénicos, etc, pero lo que la ley dice y establece permanece inmutable. Afirman que los preceptos fundamentales ya existen en la ley, mientras que los que hay que elaborar son de tipo menor, como el código de la circulación y los comerciales.
Dan por sentado que la fortaleza de la Umma en la época premoderna provenía del cumplimiento de la Sharia; por el contrario, ven la debilidad actual como consecuencia del abandono de la ley. Ello implica que, los fundamentalistas son partidarios de la aplicación de todo tipo de preceptos. Y la lista de éstos es larga: prohibición del alcohol, del pago de intereses, del juego, de la música, de las representaciones humanas y de la mezcla de sexos; les provoca gran consternación cualquier muestra de erotismo público; abogan por la aplicación estricta de las leyes de la familia, incluyendo el matrimonio, divorcio y las herencias, los bienes de manos muertas, el ayuno del Ramadán, los impuestos para obras de caridad y el derecho penal. Quieren leyes que garanticen a los trabajadores el tiempo libre para la oración, la ejecución de los apóstatas, la limitación de los cargos políticos y militares a los musulmanes, juntas de revisión que aseguren la armonía de las nuevas leyes con la Sharia. Son partidarios del uso de las lenguas islámicas y del alfabeto árabe, así como del apoyo económico a las mezquitas y escuelas islámicas y de la solidaridad panislámica.
El fundamentalismo se ha dado siempre, especialmente cuando la sociedad islámica se ha sentido en crisis. De hecho, es estas situaciones de dificultad cuando, en cualquier religión, florece la máxima espiritualidad, cuando las transformaciones de la sociedad y los cambios culturales amenazan la base cultural y tradicional en la que viven.
El fundamentalismo es un fenómeno que se da en todos los países islámicos, desde Oriente a Occidente, no está limitado al mundo árabe. Por otra parte, no tiene un origen único, del que posteriormente se haya diseminado por toda la Umma, sino que ha surgido de forma policéntrica, respondiendo a las frustraciones particulares de cada pueblo, en respuesta a su particular situación, aunque luego se hayan producido contactos entre grupos de unos y otros países, favorecidos por la expansión de los medios de comunicación.
Los movimientos más importantes de nuestros días son: Los Hermanos Musulmanes nacidos en Egipto en 1928, que posteriormente se han extendido a todo el mundo árabe, especialmente a Sudán, la Jihad egipcia y el Frente Islámico de Salvación de Argelia.
El credo de los Hermanos Musulmanes solo admite como constitución política al Corán, su objetivo es Alá, la lucha su camino y la muerte al servicio de Dios el mayor de sus deseos.
La filosofía de estos grupos se caracteriza por la confusión entre estado y religión, lo que les da el derecho de deponer al que no gobierna de acuerdo con el Corán. Esto hace pensar que no es la religión la que busca el poder, sino que hay grupos que buscan el poder utilizando a la religión.
El fundamentalismo puede que naciera siendo un elemento de autoafirmación espiritual, que pudo derivar posteriormente a una ideología de protesta contra las injusticias y que, finalmente, ha conducido a la movilización revolucionaria para la toma del poder.
En los países que triunfe, podrá proporcionar la base ideológica jurídica para el estado, pero la aportación del fundamentalismo al campo económico es escasa, dadas las contradicciones entre la teología y las realidades del mundo actual, por lo que tendrá que superar graves dificultades en ese aspecto.
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