Shakespeare, (a)cerca de la muerte Manuel Palazón Blasco


Y el pecho leal del tórtolo Descansa en la eternidad



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Y el pecho leal del tórtolo

Descansa en la eternidad.

No dejaron posteridad,

Pero no por su incapacidad,

Sino porque su matrimonio fue de castidad.

(56 – 61)

Shakespeare hace que se termine el Ave Fénix, que decía en su mito original la inmortalidad y, para los cristianos, a su señor resucitado.

Suertes del cuerpo y del alma
Prólogo
Body and soul. ¿Qué pasa luego? ¿Qué hay detrás? ¿Qué se hace de nuestro cuerpo, de nuestra alma?

Epitafio
Los muertos se quedan muy expuestos. Si escribes, e importan tus palabras, los lectores, tus mayores aficionados, caerán como hienas sobre tu carne y sobre tu verbo. William Shakespeare intentó defenderse inscribiendo una fórmula mágica, profiláctica, sobre su tumba. Está enterrado en la iglesia de la Santísima Trinidad de Strattford, en el coro, cerca de la pared septentrional. Ahí lees:


Mi buen amigo, por amor de Jesús, guárdate

de hurgar en el polvo que aquí se encierra:

bendito sea el hombre que respete estas piedras,

y maldito sea quien menee mis huesos.
Pero estos ripios (en inglés riman torpemente) son, casi seguro, apócrifos.
“‘tis too horrible…”
Claudio, cagón, putearía a su hermana, virgen cabezona, dándosela a don Ángelo, antiguo puritano convertido a la fornicación, con tal de salvar su pellejo. Que la muerte es cosa que da miedo: “Death is a fearful thing” (III, I, 115).
--¡Sí, pero ¡morir, e ir no sabemos dónde,

Yacer en la más fría obstrucción, y pudrirse!

¡Ver cómo estos cálidos movimientos se convierten

En un terrón amasado; cómo el placentero espíritu

Se baña en abrasadores ríos, o residir

En alguna espantosa región de costilludo hielo;

Hallarse prisionero de los invisibles vientos

Y empujado con implacable violencia aquí y allá

Suspendido en el aire; o estar peor que los peores

De aquéllos que el pensamiento, sin ley e inseguro,

Imagina aullando…! ¡Es demasiado horrible!

La vida mundana más fatigosa y odiosa

Que los años, los dolores, la penuria y la cárcel

Puedan concebir en la naturaleza, es un paraíso

Al lado de lo que tememos en la muerte.
(Medida por medida, III, I, 117 – 131)
“’Tis too horrible.” Claudio adivina horrorosos los futuros del cuerpo y del alma después de la muerte.
Noticias del Más Allá
Pisan las tablas de sus teatros otros fantasmas, pero el del Viejo Hamlet es el más famoso, y el que dibuja más despacio.
Hamlet no sabe si es ánima buena o mala, se santigua. Por si fuera la sombra verdadera de su padre lo saluda diciendo su nombre y todos sus títulos, y pide que le dé la razón de su visita, que le diga qué ha hecho que salga de entre los muertos:

Hamlet: ¡Que los ángeles y los ministros de la gracia nos defiendan!



Ya seas espíritu saludable o condenado demonio,

Ya traigas contigo aires del cielo o vientos del infierno,

Ya sean tus intenciones torcidas o caritativas,

Vienes bajo una forma tan cuestionable

Que te hablaré. Te llamaré Hamlet,

Rey, padre, señor de los daneses. Oh, contéstame.

No dejes que estalle lleno de ignorancia, y dime

Por qué tus huesos canonizados, encerrados en su ataúd en la muerte,

Han roto en pedazos su mortaja, por qué el sepulcro

Donde te vimos enterrado en silencio

Ha abierto sus ponderosas mandíbulas de mármol

Para arrojarte de nuevo al mundo. ¿Qué querrá decir esto,

Que tú, cuerpo muerto, armado de nuevo con todo tu acero,

Visites así otra vez los reflejos de la luna

Volviendo espantosa la noche y haciendo que en nosotros, pobres juguetes de la naturaleza,

Tiemble nuestra disposición tan horrorosamente,

Con pensamientos que traspasan los límites del alma?

Di, ¿por qué esto? ¿A qué vienes? ¿Qué tenemos que hacer?
(I, IV, 39 – 57)
El Fantasma aparta a su hijo para responderle. Confirma su nombre, dice la causa de sus trabajos, y se calla, para no espantarlo, “los secretos de [su] prisión”.
Fantasma: Yo soy el espíritu de tu padre,

Destinado durante cierto término a errar en la noche

Y confinado durante el día en el fuego, donde ayuno,

Hasta que los horribles crímenes cometidos en mis días naturales

Sean quemados y purgados. Si no me hubieran prohibido

Contar los secretos de mi prisión

Podría revelar un cuento cuya palabra más ligera

Laceraría tu alma, congelaría tu sangre moza,

Haría que tus ojos se salieran como estrellas de sus esferas,

Separaría tus anudados y combinados rizos

Y cada pelo particular se te pondría de punta

Como las púas del inquieto puercoespín.

Pero este pregón eternal no debe ser

Para oídos de carne y hueso.
(I, V, 9 – 22)
Lo que hay al otro lado es, entonces, misterio tremendo, sueño que desasosiega a los hombres, continente de oscuras geografías, y que Hamlet rima en monólogo famoso:
Hamlet: Ser, o no ser, ésa es la cuestión…

(…)

…Morir…dormir,

Nada más, y, con un sueño, decir que terminamos

Las penas y las mil servidumbres naturales

Que hereda la carne: es una consumación

Que uno debe anhelar devotamente. Morir, dormir…

Dormir, tal vez soñar…sí, he ahí el impedimento:

Pues, en ese sueño mortal, los sueños que vendrán

Cuando nos hayamos deshecho de estos trabajos mortales

A la fuerza nos detienen…He ahí la aprensión

Que hace que alarguemos una vida tan calamitosa.

Porque ¿quién iba a tolerar los latigazos y las burlas del tiempo,

La ofensa del opresor, la contumelia del orgulloso,

Los dolores del amor despreciado, los retrasos de la justicia,

La insolencia del oficio, y los desdenes

Que el paciente mérito recibe de quien nada vale,

Cuando uno podría saldar todas sus deudas

Con una daga desnuda? ¿Quién iba a cargar fardos,

Gruñir y sudar, llevando una vida fatigosa,

Si no fuera porque el horror a algo después de la muerte,

A ese país no descubierto de cuyas fronteras

Ningún viajero regresa, confunde nuestra voluntad,

Y hace que prefiramos soportar nuestros males

Antes que volar hacia otros que no conocemos?
(III, I, 56; 60 – 82)

Maneras de muertes de Cleopatra


Cleopatra imagina varias muertes, ninguna decorosa: todas las prefiere antes que verse paseada encima de una carreta, en Roma.

--…Prefiero antes que una zanja en Egipto

Sea mi amable fosa, prefiero antes que me echen desnuda

En el lodo del Nilo, y que las moscas de río

Me vuelvan abominable; prefiero antes

Que las altas pirámides de mi país me sirvan de patíbulo

Y que me cuelguen de ellas con cadenas.
(V, II, 57 - 62)
A pesar de sus decididas palabras, Cleopatra escogerá una muerte más dulce, que no disuena de su calidad, y no la afea, la mordedura del áspid.
Visión y pensamiento de Catalina
Ahora tienen a Catalina emparedada en Kimmalton (IV, I, 34 – 35). Agotada por su mala suerte, pide música y, acunada por ella, se duerme, y tiene una “visión”. Entran seis “personajes” vestidos de blanco, con guirnaldas de laureles en las cabezas, y máscaras de oro en los rostros, y ramas de laurel, o palmas, en las manos. Saludan primero a Catalina, bailan luego, y la coronan con las guirnaldas, haciéndole “reverendas cortesías”. Entonces, “como si fuera por inspiración, ella muestra (en su sueño) signos de alegría, y eleva las manos al cielo. Luego, bailando, se desvanecen, llevándose las guirnaldas. La música continúa.”
Catalina: Espíritus de paz, ¿dónde estáis? ¿Os habéis ido?

¿Y me habéis dejado aquí, detrás, en esta miseria?

Griffith: Señora, estamos aquí.

Catalina: No os llamo a vosotros.

¿No habéis visto a nadie entrar mientras yo dormía?

Griffith: A nadie, señora.

Catalina: ¿No? ¿No visteis siquiera cómo una tropa bendita

Me invitaba a un banquete? Sus rostros, resplandecientes,

Me iluminaban como mil soles.

Me prometieron felicidad eterna,

Y me trajeron guirnaldas, Griffith, que me parece

Que no soy digna aún de llevar, pero pronto las llevaré, estoy segura.

Griffith: Me alegra muchísimo, señora, que sueños tan buenos



Se adueñen de vuestra fantasía.
(IV, II, 83 – 94)
Luego, sin embargo, parece descreer de ese cielo y, más terrenal, anuncia casi con indiferencia el día en que “viva con los gusanos, y mi pobre nombre / se vea desterrado del reino” (IV, II, 126 – 127), y encomienda al Rey el cuidado de su hija María.
(El rey Enrique VIII)
La muerte según Julieta, según Romeo
*

Romeo y Julieta imaginan la muerte como pudridero, lugar donde se descompondrán, muy despacio, estropeándose, sus hermosos cuerpos.


*

Si su cura alcahuete inventa su remedio, y la junta todavía con Romeo, Julieta se atreverá a mucho:


Julieta: ¡Ah! Ordenadme que salte, antes que casarme con París,

De las almenas de aquella torre;

Que ande como ladrona, que me esconda

Entre serpientes. Encadenadme con osos rugientes,

O encerradme, de noche, en un osario,

Y que me cubran los huesos ruidosos de los muertos,

Miembros hediondos, amarillas, descarnadas calaveras.

O pedidme que me meta en algún sepulcro reciente,

Y me oculte bajo la mortaja de su inquilino,

Todas estas cosas que, sólo diciéndolas, me han hecho temblar,

Las haré sin ningún miedo ni duda alguna,

Para vivir inmaculada, desposada a mi dulce amor.
(IV, I, 76 – 88)
Algunas de esas cosas, las más macabras, son precisamente las que ha pensado fray Lorenzo.
*

“Ésta, mi escena aciaga, debo interpretarla sola. / Ven, cáliz” (IV, III, 19 – 20). Ahí vaciló Julieta, aprensiva:
--¿Y si, cuando yazga en la tumba,

Despierto antes de que Romeo

Venga a redimirme? ¡Un punto terrible!

¿No me sofocaré en la cripta,

Cuya boca nauseabunda no penetra el aire fresco,

Y moriré ahogada, si Romeo se demora?
O, si vivo, ¿no es lo más probable

Que la tremenda fantasía de la muerte y la noche,

Sumadas al terror del lugar,

El panteón familar, un receptáculo antiguo,

Donde, desde hace muchos cientos de años, se amontonan

Los huesos de todos mis antepasados,

Donde Tibaldo, el sanguinario, verde todavía,

Se pudre en su sudario, donde, según dicen,

A ciertas horas de la noche pasean los espíritus...?

¡Ay, ay! ¿No es lo más probable que yo,

Si madrugo, con aquellos olores viciados,

Y oyendo gemidos como los que lanza la mandrágora cuando la desarraigan,

Ruidos que enloquecen a los vivos...?

¡Oh! Si despierto, ¿no me distraeré,

Rodeada de todos esos espantos,

Y me pondré a jugar, tarada, con los esqueletos de mis abuelos,

Y desamortajaré al desfigurado Tibaldo?

¿Y así, enfurecida, con el hueso enorme de algún pariente,

Usándolo como porra, no me romperé los sesos, desesperada?

¡Oh, mira! ¡Parece que veo el fantasma de mi primo,

Persigue a Romeo, porque lo pinchó

Con su estoque! ¡Quieto, Tibaldo, quieto!

Romeo, Romeo, Romeo, ¡he aquí mi cáliz! ¡Te lo brindo!
(IV, III, 30 ss.)
Era la cripta, sí, un “nido / de muerte, contagios y sueños antinaturales” (V, III, 151 – 152).

*

Las postas se extraviaron, la carta del fraile no alcanzó a Romeo, y éste creyó verdadera, irreparable, la muerte de su amiga. Compró en Mantua, en una botica miserable, un dracma de ponzoña y corrió al cementerio de Verona a visitar a Julieta.


--Tú, detestable estómago, tú, vientre de la muerte,

Que te has empachado con el bocado más sabroso de la tierra,

Abriré así, forzándolas, tus agusanadas mandíbulas,



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