Shakespeare, (a)cerca de la muerte Manuel Palazón Blasco


Y, para que revientes, te hartaré con más comida



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Y, para que revientes, te hartaré con más comida.

(V, III, 45 – 48)


*

Creyendo que había perdido a su amiga, Romeo decidió quedarse en la cripta para siempre, “con las lombrices, tus camareras” (V, III, 108 - 109), y sacudir “el yugo de estrellas nada auspiciosas / de esta carne cansada del mundo” (V, III, 111 – 112).


El Infierno
El Alcaide, el Galán y el Médico observaban a la pobre loca. Uno de sus temas aquí es el infierno:
Hija: No me acuerdo bien. El estribillo decía “Baja, baja”, y lo escribió Gerardo, el profesor de Emilia, ¡menudo es!, fantástico como nadie...pero en el otro mundo verá Dido a Palamón, y dejará de amar a Eneas.

Médico: ¿Qué materia trata? ¡Pobre!

Alcaide: Pues así está todo el día.

Hija: Ahora a lo que te contaba del hechizo: has de llevar una moneda de plata en la punta de la lengua, o no te pasarán a la otra orilla. Entonces, si tienes la suerte de dar con los espíritus de los benditos, ¡será de ver! Nosotras, las doncellas que tenemos el corazón hecho pedazos, roto de amor, acabaremos allí, y no haremos otra cosa en todo el día que coger flores con Proserpina. ¡Ya verás! Le haré un ramillete a Palamón, y entonces me oirá, sí...

Médico: Va desviada, pero está graciosa. Sigamos escuchándola otro poco.

Hija: A veces, ¿sabes?, jugamos, los benditos, a correr al diablo. ¡Uf! En aquel lugar, te digo, llevan una vida de perros...a éstos los queman, a aquéllos los fríen, a esos otros los hierven, y los condenados aúllan y dan diente con diente: ah, sí, los castigos sobrepasan la medida de sus pecados, así que ¡mucho ojito! Si uno enloquece, o se ahorca, o se tira al río, allá que va...¡que Júpiter nos tenga en su gloria!...y lo ponen en un perol que calientan con grasa de usurero, en medio de un millón de rateros, y se cuece como un tocino, despacio, hasta el final de los tiempos.

Médico: ¡Lo que acuña esa cabecita!

Hija: Los señoritos y cortesanos que han dejado embarazada a alguna doncella tienen allí su sitio. Los colocan de pie, con el fuego hasta el ombligo y hielo desde la cintura hasta el corazón: así la parte que ha ofendido se abrasa, y se enfría la que ha burlado. Verdaderamente, una penitencia excesiva, para semejante bobada. Créeme, antes, por librarse, se casaría uno con una bruja leprosa, te lo aseguro.

Médico: ¡Continúa aún con sus fantasías! Pero no lleva la locura injertada: padece, creo yo, una honda, espesísima melancolía.

Hija: ¡Da vergüenza oír chillar juntas a la señora orgullosa y a la orgullosa villana! Estaría feo de mi parte si dijese que resulta entretenido mirarlas. Una se queja del humo, la otra del fuego, ésta se lamenta, “¡Ay, quién me mandaba hacerlo detrás del tapiz!”, y luego gime, mientras aquélla maldice a su galán, y el quiosco de su jardín.

[Canta.]

Yo nunca te engañaré, lo saben mi estrella y mi hado...” [Vase.]


(Los dos nobles parientes, IV, III, 11 – 57)

“Afondado cinco brazas yace tu padre.”


Ariel inventa el final (pero es fabuloso) más poético. Poético, digo, porque el mar obra en el Rey de Nápoles, ahogado, mudando todas sus partes “en algo rico y extraño”, fabricando coral con sus huesos, perlas con sus ojos, como el poeta obra en el mundo, con su palabra.
(La Tempestad, I, II, 399 – 407)

Muertas fingidas


Prólogo
Fingen la muerte, adrede, Julieta, para ganar al amigo, y Hero, para recuperar su honra, en Mucho ruido y pocas nueces, y Hermíone, para castigar y corregir al marido, en su Cuento de invierno, y Helena, para remediar su matrimonio. Ellas, con otras que los suyos creían acabadas (la Thaisa de Pericles) resucitan con mucho teatro. Sólo fracasa en su escena Julieta.
Hero
*

Han infamado a Hero en su boda. Claudio declaró solemnemente que cerraba para ella “las puertas del amor”, y la novia se desmayó.


Don Juan: Venga, vámonos. Estas cosas, saliendo a la luz,

Le han sofocado el espíritu.
(IV, I, 112 – 113)
Beatrice daba voces. “¡Muerta, creo! ¡Socorro, tío!” (IV, I, 114) Leonato, el padre, se contentaba. La “pesada mano” del Destino, según lloriqueaba, serviría de sudario con que cubrir su vergüenza (IV, I, 117 – 119). La “historia” de su desgracia “está impresa en su sangre” (IV, I, 124).
Leonato: No vivas, Hero, no abras los ojos,

Que, si yo pensase que no ibas a morir deprisa,

Si pensase que tu espíritu es más fuerte que tus vergüenzas,

Yo mismo, en la retaguardia de los reproches,

Atentaría contra tu vida.

(IV, I, 125 – 129)


Beatrice la defendía, pero Leonato veía “confirmada, confirmada” su deshonra.
--¿Iban los dos príncipes a mentir? ¿Mentiría Claudio,

Que la quería tanto…? (…)

…¡Apartémonos de ella! [Hence from her!] ¡Dejadla morir!
(IV, I, 152 - 156)
Fray Francisco, entonces, estudiándola más despacio, la juzgó inocente:
Fray Francisco: …Llamadme bobo,

No os fiéis de mis lecturas ni de mis observaciones,

Las cuales, con el sello de lo experimental, garantizan

El tenor de mi libro; no os fiéis de mi edad,

De mi reverencia, de mi vocación, de mi divinidad,

Si esta dulce dama no yace aquí, sin culpa,

Por algún mordiente error.

Leonato: Padre, no puede ser.


(IV, I, 166 – 172)
Hero alcanzó a decir que no conocía a ningún hombre más allá de lo que permitía su “modestia de doncella”. Leonato, perplejo, no decidía si su hija era santa o golfa, y se dejó aconsejar por fray Francisco. Publicarían el tránsito de Hero, su entierro apresurado y discreto (IV, I, 202 – 210). Acaso Claudio, arrepentido, viendo su error, la echaría de menos.

--Venid, señora, morid para vivir: el día de vuestra boda



Quizás no sufra más que una prolongación.

(IV, I, 255 – 256)


*

Se descubrió entonces el engaño, que Borracho, jaleado por el bastardo Juan, sólo había manoseado en el balcón a una Hero fabulosa, y que, con tal de que Claudio se imaginase cornudo, trasteaba con el nombre de su prometida.

--Castigadme, señor –le pedía Claudio a Leonato—severamente, que mis celos idiotas acabaron con la dulce Hero.
Leonato impuso a Claudio dos penitencias. Primero, esa noche, en el velorio de su hija, pregonaría su virtud sin tacha. Después, a la mañana, tomaría por esposa a una sobrina suya que era “casi la copia de mi niña muerta” (V, I, 293 – 302).
*

Hero acudió a su boda bisada velada, y mientras prologaban los síes se desarrebozó:


Claudio: …Dulce doncella, dejad que vea vuestro rostro.

Leonato: No, no lo veréis, hasta que no hayáis tomado su mano



Ante este fraile, y jurado que os casaréis con ella.

Claudio: Dadme la mano: ante este santo fraile,



Soy vuestro marido, si es que os gusto.

Hero: Mirad que, cuando vivía, era yo vuestra otra esposa:



[Quítase la máscara.]

Que, cuando vos amabais, erais mi otro marido.

Claudio: ¡Otra Hero!

Hero: No hay nada más cierto:

Una Hero murió infamada, pero yo vivo,

Y, con la misma seguridad con que vivo, soy doncella.
(V, IV, 55 – 64)
Hermíone
Leontes, el rey de Sicilia, puteó, celoso, a Hermíone, su mujer. Lo enteraron, primero, de la muerte de su hijo, el pequeño Mamilio, y luego de la de Hermíone:
--…la reina, la reina,

La criatura más dulce y preciosa, está muerta…

(…)

Digo que está muerta, y lo juraré. Si mi palabra, o mis votos,

No prevalecen con vos, id y mirad: si podéis llevar

Tintura, o lustre, a sus labios, a sus ojos,

Si podéis darle calor, o hacer que aliente, os serviré

Como haría con los dioses.
(III, II, 199 – 200; 203 - 207)
--...Te lo ruego, llévame

Hasta los cadáveres de mi reina y de mi hijo:

Levantaremos una tumba para ambos, y en la lápida

Podrán leerse las causas de su muerte, para

Nuestra perpetua vergüenza. Yo visitaré a diario

La capilla donde yazgan, y las lágrimas que derrame sobre ellos

Serán todo mi recreo. Mientras la naturaleza

Me permita seguir con este ejercicio, doy mi palabra

Que así lo haré. Ven, y condúceme

Hasta mi tristeza.
(III, III, 234 ss.)
Pasará dieciséis años en esta penitencia.
*

Paulina custodiaba, en una “galería” (V, III, 10), una figura de la “apariencia muerta” (“her dead likeness” [V, III, 15]) de doña Hermíone, su señora.


--…Pero aquí está: preparaos

Para ver la vida fingida con tanta viveza

Como el sueño finge a la muerte…
(V, III, 18 – 20)
Descorrió entonces la cortina, y descubrió la imagen de la Reina. Maravilló al Rey verla envejecida (V, III, 27 – 29). Le pareció que respiraba, y que movía los ojos. “Nos vemos burlados por el arte” (V, III, 63 – 68). Quiso besarla (V, III, 80), pero Paulina lo detuvo: la pintura estaba fresca aún, estropearía sus labios. Podía hacer, dijo ahora, que la estatua se moviese, y descendiese, y tomase a Leontes de la mano (V, III, 87 – 89). Eso hizo Hermíone, revelando que era de carne y hueso, y abrazó al Rey, y lo perdonó, y bendijo a su hija Perdita, de la cual la habían separado tantos años atrás.
Julieta
Guiada por fray Lorenzo Julieta se hizo la muerta para esquivar su matrimonio con Paris y dejarse robar por Romeo, pero la mala pata torció la comedia. Romeo ha creído su muerte verdadera, y la ha buscado en ella. Cuando Julieta vuelve en sí ha perdido al amigo.
Thaisa
A Thaisa la reanimó Cerimón, médico prodigioso, en Éfeso. Thaisa se puso de abadesa en el templo de Diana, y la diosa, en un sueño, avisó a Pericles. Poco a poco fueron reconociéndose los esposos, en la voz, en sus cuentos, por sus gestos, por sus prendas.
Pericles: ...Haréis bien, dioses,

Si cuando toque sus labios

Me disuelvo y no se me ve más. ¡Oh, ven, te sepultaré

Por segunda vez, pero ahora en mis brazos!
(Pericles, V, III, 41 – 44)
Helena
Despechada por Beltrán, Helena contrahizo su muerte: se había terminado cuando iba de palmera a Santiago. Aseguraban su final “el rector del lugar” y otras “confirmaciones particulares” (IV, III, 45 – 60).
Ahora la comedia estaba liadísima. Pero Diana sabía:
--Muerta y todo, su niño le da patadas.

Conque he aquí mi acertijo: una, que había muerto, vive,

Y ahora ved qué quiero decir.
Entra la Viuda con Helena.
Rey: ¿No hay aquí algún exorcista

Que tuerce el oficio más verdadero de mis ojos?

Helena: No, mi buen señor:



No veis sino la sombra de una esposa:

El nombre, y no la cosa.

Beltrán: Lo uno y lo otro. ¡Oh, perdón!


(Bien está lo que bien acaba, V, III, 296 – 302)

Como dice el título, “bien está lo que bien acaba”.


Morir, dormir;

Dormir, tal vez soñar…2
La muerte como sueño
*

El muerto parece que duerme (pero no, no). El dormido finge la muerte: el sueño es un ensayo de la muerte. La palabra barroca de Shakespeare asemeja, cuando no iguala, los dos estados, y juega en los borrosos márgenes que los separan.


*

“Morir, dormir…; / dormir, tal vez soñar…” (III, I, 64 – 65) Morir, cavila Hamlet, aprensivo, vale dormir, pero (ah, “sí, he ahí el impedimento” [III, I, 65]) si sueñan los muertos, ¿qué sueños terribles soñarán?


(En Hamlet)
*

El Duque, disfrazado, para consolar a Claudio, condenado a muerte, le pedía que razonase “así con la vida” (III, I, 6):


--Tu mejor descanso lo encuentras en el sueño

Y a menudo lo provocas, y, sin embargo, miras horrorizada

Tu muerte, que no es otra cosa.
(II, I, 17 - 19)
(En Medida por medida)
*

Cleopatra buscará “una vida mejor” (V, II, 2) con su muerte, “que pone fin a todos los demás actos”, “que pone grilletes a los accidentes, y echa cerrojos al cambio, / que duerme[which sleeps]…” (V, II, 5 – 7).


Marco Antonio: …Mi espíritu se va,

No puedo más.

Cleopatra: El más noble de los hombres, ¿puede morir?



¿Es que no me quieres? ¿Tendré que habitar

En este torpe mundo, que en tu ausencia

No es mejor que una pocilga? ¡Ay, mirad, mis mujeres:

La corona de la tierra se derrite. [Antonio muere.]

¿Mi señor?

¡Ay, se ha secado la guirnalda de la guerra,

Ha caído el norte de los soldados: los mozos y las mozas

Valen tanto ahora como los hombres. Lo extraordinario se ha ido,

Y no queda nada notable

Bajo la luna, nuestra visitadora! [Se desmaya.]

Charmiana: ¡Ay, el silencio…! ¡Señora!

Iras: También ella ha muerto, nuestra soberana.

Charmiana: ¡Reina!

Iras: ¡Señora!

Charmiana: ¡Ay, señora, señora, señora!

Iras: Egipto real:

¡Emperatriz!


(IV, XV, 58 – 71)
Pero por ahora la pérdida del amigo sólo la ha desmayado.
Luego se dará a la muerte, y a César le parece, contemplándola, que Cleopatra “se parece al sueño [“she looks like sleep”], / como si quisiera atrapar a otro Antonio / con el poderoso trabajo de su gracia” (V, II, 344 – 346).
(En Antonio y Cleopatra)

Bellas durmientes

El príncipe y Blancanieves, o la Bella Durmiente
Venus observa el aborrecimiento en el gesto de Adonis, y se desmaya. “El tonto, creyendo que está muerta / abofetea suavemente sus pálidas mejillas hasta que enrojecen” (467 – 468). Ella yace ahora tendida sobre la hierba, como muerta, “hasta que su aliento vuelva a inspirarle vida” (473 – 474).
Él le retuerce la nariz, le abofetea las mejillas,

Le dobla los dedos, le aprieta con fuerza las muñecas,

Le frota los labios…de mil maneras busca

Reparar la herida que ha abierto su inclemencia:

La besa, y ella adrede

No se despierta, para que la bese aún.
(475 – 480)
Venus es una Blancanieves, una Zarzarrosa, coqueta, Adonis un príncipe a lo ridículo, torpón, algo bruto.

La mirada de Tarquino (Lucrecia)


Entró Tarquino con la falcata, amolada, en la mano. Sintió algún escrúpulo: “la humanidad” aborrecería “este acto / que ensuciará y manchará el modesto vestido del amor, blanco como la nieve” (195 – 196). Su “acto” era “negro” (226). “Miró su cama, todavía inmaculada” (366). “Su rosada mejilla reposaba sobre su mano de lirio, / robando a la almohada el beso que por ley merecía” (386 – 387). La otra mano yacía “sobre el cobertor verde, y, allí, su blancura perfecta / parecía una margarita de abril en la hierba, / y su sudor de perla el rocío de la noche”. Los “hilos de oro” de su cabello “jugaban con su aliento” (400). Sus pechos parecían “globos de marfil rodeados de azul” (407). Tarquino “admiró” luego “sus venas de azur, su piel de alabastro, / sus labios de coral, los hoyuelos de sus mejillas blancas como la nieve” (418 – 420).

Ahora la mano de él,


“Humeando, orgullosa, marchó para plantar sus estandartes

En su pecho desnudo, el corazón de su tierra,

Y las venas azules que hacían su centinela, al ver como las escalaba aquella mano,

Dejaron sus redondas torres desoladas y pálidas.


Acudiendo entonces al silencioso gabinete

Donde descansaba su gobernadora, su señora,

Le dicen que la tienen cercada horrorosamente,

Y la asustan con la confusión de sus gritos.


(437 – 445)
La violación de Lucrecia comienza ahí, en los ojos encendidos, pringosos, de Tarquino, en su cobarde mano.

La mirada de Yáquimo (Imógena)


En alguna taberna de su suave destierro italiano Póstumo, fanfarrón, subió a Imógena, su esposa, al altar de Diana. “Podéis llevarla como vuestra en el título, pero sabéis que pájaros extraños vienen a posarse a los estanques vecinos” (I, V, 85 – 86). Eso le contestó Yáquimo, burlador del país, que hizo con él una “apuesta” (I, V, 107), un “pacto” (I, V, 162), un “trato” (I, V, 164): iría él, “ladrón taimado” y “cortesano cumplido” (I, V, 89 – 90), y con dos fintas, una zambullida, y alguna otra treta de esgrima la pincharía con su florete (I, V, 100 – 102), y traería, si podía, “testimonio suficiente de que he disfrutado de la parte del cuerpo más preciosa de vuestra amiga” (I, V, 145 – 146). Póstumo apostó, confiado.
Yáquimo pasó la mar. Primero ganó la confianza de Imógena, diciéndole que venía de parte de Póstumo. Luego la tentó, poniendo a su maridito de amador fácil y de putero. Como ella no cedía, y hasta iba a acusarlo delante de su padre de su asalto, él se disculpó, que sólo venía a comprobar su fidelidad, y le pidió que guardase esa noche en su habitación un arcón muy valioso que traía. Así, escondido en el arcón, se coló en el cuarto de Imógena mientras dormía. Salió luego, y no la tocó, pero anotó con cuidado en su libreta la calidad de los muebles, una figura de “la casta Diana, bañándose” (II, IV, 82), y otras de “dos Cupidos guiñones” (II, IV, 89), y las historias que contaban sus tapices, y le quitó la pulsera, y espió otras cosas más privadas:
--Cantan los grillos, y los sentidos del hombre, agotados,

Se reparan con el descanso. Nuestro Tarquino también

Entró así, de puntillas, en el cuarto de Lucrecia, antes de despertar

A la casta, y dejarla herida. Citerea,

¡Pintas bravísima en tu lecho! ¡Pareces un lirio fresco!

¡Y eres más blanca que las sábanas que te cubren! ¡Si pudiera tocarla!

¡O darle un beso, un beso nada más! Tus dos rubíes sin parangón

Se rozan exquisitamente...y es su aliento

Lo que llena de perfume la cámara: la llama de la lámpara

Se inclina hacia ella, y entreabriría sus párpados

Por espiar las luminarias que encierran, y que ahora se ocultan

Tras estas cortinas, con sus encajes blancos y azules,

La tintura misma del cielo. Pero a lo mío.

Cata bien la habitación: lo apuntaré todo:

Este y aquel cuadro, la ventana, allí, y

Los adornos de su cama, los tapices, con sus figuras,

Sí, ésa, y ésa, y la historia que relatan.

¡Ah, pero alguna nota natural sobre su cuerpo,

Con la que enriquecer mi inventorio, dará un testimonio

Más fiable que el de mil simples muebles.

¡Oh, sueño, mono repetidor de la muerte, apodérate de ella,

Y que sus sentidos no estén más despiertos

Que el monumento de una capilla. Dame, dame...

[Le quita la pulsera.]



Qué fácil...no ha sido el nudo gordiano.

Es mía, otra prueba que enloquecerá

A su señor tanto como su conciencia. Y, en su seno izquierdo,

Un lunar de cinco puntas, como los estambres carmesíes

Del cáliz de la vellorita. Este vale

Tendrá más fuerza que ninguna ley: un secreto

Que lo obligará a creer que he abierto su cerrojo, llevándome conmigo

El tesoro de su honra. Nada más...¿para qué?

¿Y qué falta me hace escribir nada, si todo lo guardo sellado

Bajo llave en mi memoria? Ha estado leyendo hasta tarde

La historia de Tereo: aquí ha doblado la página,

Donde Filomela se rindió. Tengo de sobra:

Me volveré a meter en el arca, y echaré el pestillo...
(II, II, 11 – 47)
Yáquimo, otro mirón, violó, en muchos sentidos, a Imógena. Se coló en su habitación. Soñó que él era Tarquino, y ella Lucrecia, que él era Tereo, y ella Filomela. La espió, dormida. Aspiró su dulce aliento. Se fijó en el lunar estrellado de su seno izquierdo (y en sus ensoñaciones, que relató luego a su marido, lo besó). Quiso tocarla, besar también sus labios…Si no lo hizo (“Pero a lo mío.” [II, II, 23]) fue porque prevaleció en él el orgulloso jugador.
(En Cymbelino)

La mirada de Otelo (Desdémona)


Entra Otelo, torcido por los celos, a matar a Desdémona, que dormía, con una lámpara.
Otelo: ¡Ésta es la causa, ésta es la causa, por mi alma!

No me dejéis que os la nombre, castas estrellas:

Ésta es la causa. Mas no derramaré su sangre,

Ni señalaré a cuchillo su piel, más blanca que la nieve

Y suave como el monumental alabastro:

Sin embargo, debe morir, o engañará a otros hombres.

¡Apaga la luz, y luego apaga la luz!

Si mato tu candela, flamígero ministro,

Puedo restaurar tu luz de nuevo,

Si me arrepintiese. Pero una vez que haya apagado tu luz,

Boceto artero de la naturaleza más excelente,

No habrá calor prometeo

Que pueda volver a encenderla: cuando haya arrancado la rosa,

No podré devolverle su savia vital,

Y habrá, por fuerza, de marchitarse. Antes te oleré en el rosal:

¡Oh, balsámico aliento, casi persuades

A la Justicia para que quiebre su espada! Una vez más, una vez más:

Que sea así cuando estés muerta, y te mataré,

Y te amaré aún luego. Una vez más, y ésta es la última.

[Huele, y luego la besa.]

Nunca tanta dulzura fue tan fatal. Ahora tengo que llorar:

Pero son lágrimas crueles. Esta pena es celestial,

Castiga donde ama. Se despierta.


(V, II, 1 – 22)
Otelo mira a Desdémona dormida, pero, cuando la mate, no se atreverá a mirarla (“¡Apaga la luz, y luego apaga la luz!”). Huele, mientras duerme, su “balsámico aliento”, una vez, y otra, y otra, y, si después de la muerte conserva aún sus gracias, todavía la amará, y la besa en los labios.

La mirada de Romeo (Julieta)



Estudió Romeo a Julieta, y vio que tenía los rubores maravillosos que él le había conocido después del amor, y creyó que la Muerte (es macho) la había hecho su concubina, y se gozaba con ella ( Romeo y Julieta, V, III, 91 – 104).

Tálamos nupciales, lechos

de muerte
*****

La cama, teatro del amor y del matrimonio, sirve también para desposarse con la muerte.


*****

Otelo ha ordenado a Desdémona que se acueste, y que Emilia, su camarera, la deje sola. Desdémona recela, va a cantar la canción de los sauces…


Emilia: He puesto esas sábanas que me pedisteis en la cama.

Desdémona: Ya no se me da nada. A fe, ¡qué cosas tan tontas nos ocupan!



Si muero antes que tú, te lo ruego, amortájame

En una de estas mismas sábanas.

Emilia: Vamos, vamos, no digáis esas cosas.


(IV, III, 20 – 23)
Ya ha conocido Desdémona las sospechas de su marido. Ahora, puteada, con miedo, amenazada, pide tiempo:
Otelo: ...Estás en tu lecho de muerte.

Desdémona: ¿Yo? ...Pero ¡no, morir, todavía no!



Otelo: Sí, enseguida...
(V, II, 51 – 52)
(En Otelo)
*****

Pensándose separada de Romeo, su marido nuevo, Julieta suspira:


--Ven, cuerda, ven, tía: iré a mi lecho conyugal,

Y que la Muerte, en lugar de Romeo, me desvirgue.
(III, II, 136 – 137)
“…I’ll to my wedding bed,

And death, not Romeo, take my maidenhead.”


Antes que casarse con París, Julieta pide que armen su “tálamo nupcial” (“the bridal bed”) “en el apagado monumento donde yace Tibaldo” (III, V, 200 – 201).
(En Romeo y Julieta)
*****

Guiderio, viendo a Imógena (en hábito de varón), que parece muerta, dice:


-- No, él duerme, nada más.

Y si se ha ido, hará de su sepultura una cama:

Las hadas rondarán su tumba,

Y los gusanos no acudirán a ti.
(Cymbelino, IV, II, 215 – 218)


“a thing like death”3
Julieta
Fray Lorenzo, que alcahueteaba entre Romeo y Julieta, halló un remedio a su mala suerte:
Fray Lorenzo: …Entonces tal vez quieras sufrir

Algo parecido a la muerte, para burlar esta desgracia,



Y te encararás con la Muerte misma para escapar de ella.
(IV, I, 73 – 75)
“Then it is likely thou wilt undertake / a thing like death…”
El miércoles por la noche, la víspera de sus bodas forzadas con París, Julieta buscaría la soledad y, acostándose en la cama, apuraría este “licor destilado”…
--…Y enseguida correrá por tus venas

Un humor frío y soporífero, y ningún pulso

Guardará su progreso natural, cesando,

Ningún calor, ningún aliento darán testimonio de que vives,

Las rosas de tus labios y de tus mejillas se apagarán, convirtiéndose

En pálidas cenizas, las ventanas de tus ojos se cerrarán

Como cuando la muerte clausura el día de la vida.

Todas tus partes, incapaces de gobernar sus movimientos,

Parecerán rígidas, y entumecidas, y frías, como la muerte.

Así, con el aspecto prestado de la muerte encogida

Continuarás cuarenta y dos horas,

Y luego despertarás como de un dulce sueño.

Ahora, cuando el novio venga a la mañana

A levantarte de la cama, ahí estarás tú, muerta:

Entonces, siguiendo las costumbres de nuestro país,

con tu mejor vestido, metida en un ataúd abierto,

Te llevarán en andas hasta la cripta antigua

Donde reposan todos los Capuleto.
(IV, I, 94 – 112)
Todos creyeron muerta a Julieta. El engaño, pensado para socorrer a los enamorados, habría traído un final de comedia, pero alcanzó a Romeo, y fue trágico.
(En Romeo y Julieta)
Imógena
*

En Cymbellino la Reina Bruja buscaba una poción fatal. Con ella envenenaría a Pisanio, sujeto demasiado seguro de Imógena, y a la muchacha, si no “doblaba su humor” y se casaba con su hijo (I, VI, 78 – 82), y a su esposo, el rey Cymbelino, al que aborrecía, mucho más despacio, con disimulo (V, V, 49 – 56). Pero Cornelio, su farmacéutico, no se fiaba de ella, y preparó una droga sin “peligro”: sólo provocaba “la apariencia de la muerte” (“show of death”), “encerrando los espíritus un tiempo” para luego reavivarlos más frescos que antes (I, VI, 39 – 42).


Pisanio recibió el frasco como si fuera un “cordial” que había “redimido al rey” de la muerte “cinco veces” (I, VI, 62 – 64), y Pisanio se lo entregó a Imógena, para que la aliviase de los trabajos que iba a pasar, huida (III, IV, 189 – 193).
*

Imógena, travestida, halló refugio en una cueva de Gales, entre trogloditas (pero eran príncipes). Agotada, tomó la “droga” (IV, II, 38).


Entra Arvirago con Imógena, muerta, en brazos.
Arvirago: Ha muerto el pajarillo

Que tanto nos alegraba.

(…)


Belario: (…) ¿Cómo lo encontrasteis?

Arvirago: Rígido, como lo ves.



Sonriendo así, como si una mosca lo hubiera adormecido con sus cómicas cosquillas,

Y no como si hubiese recibido el dardo de la muerte: su mejilla derecha

Reposaba en una almohada.

Guiderio: ¿Dónde?

Arvirago: Tendido en el suelo,

Con los brazos cruzados así. Yo pensé que dormía, y me quité

Las botas claveteadas, pues su grosería

Respondía a mis pasos con demasiado ruido.
(IV, II, 197 – 198; 209 – 215)
(En Cimbelino)
Thaisa
Thaisa movió con la tempestad y se acabó en el parto de su hija.
Marinero Primero: Señor, hemos de echar a vuestra reina por la borda: la mar va alta, el viento ruge, y ni la una ni el otro se sosegarán hasta que vaciemos la nave de sus muertos.

Pericles: Es superstición vuestra.

Marinero Primero: Perdonadnos, señor, pero esto ha sido observado por nosotros muy a menudo en el mar, y somos fuertes en nuestras costumbres. Así, rendídnosla con la mayor brevedad, que tenemos que echarla por la borda de inmediato.

Pericles: Como creáis conveniente. ¡La reina más desgraciada!


(III, I, 47 – 54)
Encerraron a Thaisa en un “cofre” calafateado con estopa y brea (III, I, 70 – 71) y lo echaron al mar, el cual lo depositó suavemente en una playa de Éfeso. Lo llevaron a la casa, o botica, de Cerimón, médico prodigioso.
Cerimón mandó que lo abriesen. Observaron “un perfume delicado”, dulcísimo (III, II, 61 – 63). Descubrieron el “cadáver”, cosa que les pareció “extrañísima”. Estaba “amortajado con ropa de estado, y embalsamado, y atesoraba varios saquitos de especias”, y “un pasaporte además” (III, II, 65 – 68) que decía las señas de la dueña.
Cerimón: …Esto ha ocurrido esta noche.

Caballero Primero: Lo más seguro, señor.

Cerimón: No, con toda certeza, esta noche,

Pues ¡contemplad su frescura! Tuvieron demasiada prisa

Quienes la arrojaron al mar. Encended un fuego dentro,

Traedme todas mis cajas, las que guardo en mi armario.

La muerte puede usurpar su poder a la naturaleza muchas horas,

Y, sin embargo, la llama de la vida prenderá de nuevo

En los espíritus, que estaban sofocados.
(III, II, 79 – 86)
Cerimón ordenó que tocasen la viola, alguna “música callada y triste” (III, II, 90 – 93), y supo que aquella “reina” viviría.
Cerimón: La naturaleza despierta en ella un cálido aliento.

No ha estado en este trance más de cinco horas.

¡Mirad cómo comienza de nuevo a florecer, y a cobrar vida!

Caballero Primero: Los cielos, a través de vos, aumentan nuestra maravilla,



Y establecen vuestra fama para siempre.

Cerimón: ¡Está viva!



Mirad, sus párpados, los estuches que guardaban

Las celestiales joyas que Pericles había perdido

Comienzan a descorrer sus cortinas de oro.

Los diamantes, del lustre más preciado,

Aparecen para doblar las riquezas del mundo. Vive,

Y haznos llorar, oyendo tu suerte, hermosa criatura,

Y rarísima.
(III, II, 94 – 106)
(En Pericles)
Actas de la muerte de Cordelia
Edmundo y Goneril han enviado a un verdugo a las mazmorras, a ahorcar a Cordelia. Entra Lear, con Cordelia en brazos.
Lear: ¡Aullad, aullad, aullad, aullad! ¡Ay, sois hombres de piedra!

Si yo tuviera vuestras lenguas y vuestros ojos haría tal uso de ellos

Que la bóveda del cielo se quebraría. Ella se ha ido para siempre.

Yo sé cuándo está uno muerto y cuándo vive.

Y ella está tan muerta como el polvo. [la deja en el suelo]

Dejadme un espejo:

Si su aliento nubla o empaña su luna,

Es que vive.

(...)


Estas plumas se agitan: vive: si fuera así,

Ello redimiría todas las penas

Que he padecido hasta ahora.

(...)


Podría haberla salvado. Ahora se ha ido para siempre.

Cordelia, Cordelia, quédate un poco. ¿Eh?

¿Qué dices? Siempre tuvo la voz dulce,

Bonica, gentil, cosa excelente en una mujer.

(...)

Y mi pobre tonta ahorcada... ¡No, no, no le queda vida!



¿Cómo es que viven un perro, un caballo, una rata,

Y tú no respiras? Ay, ya no vendrás más.

Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca.

Por favor, desabrochad este botón. Gracias, señor.

Oh, oh, oh, oh.

¿Veis esto? ¡Miradla: mirad, sus labios,

Mirad ahí, mirad ahí! [Muere]
(V, III, 255 ss.)
Es el último trabajo del Viejo Rey, el que lo termina: certificar la muerte de su hija. Usa un espejo, unas plumas. Le parece que habla. No. No respira. Se ha ido. No vendrá “nunca, nunca, nunca, nunca, nunca”. Ese botón que pide que desabrochen, ¿es suyo, que lo ahoga? ¿O de Cordelia, por ver si se reanima aún? No sirve: “Oh, oh, oh, oh.” Vigila sus labios, pero por mucho que los mira no dan indicio de vida…
(En El Rey Lear)

La Muerte y la Doncella


Prólogo
¿Es chico o chica? La Muerte, digo. Para los celtas sus fúnebres ministras, sus recaderas, eran amables, cariñosas, barqueras que te remaban hasta la Isla Blanca, mágica, en el poniente, en los márgenes del mundo. En otras naciones te transportan ángeles capones. En España baja a veces a acompañarte el mismísimo Cristo, desclavado (que muero porque no muero, anhelos de Teresa). O te abre la portería su madre, doña María. Si viene la Muerte en persona, es siempre hembra. Deliciosa, encantadora (Ven, muerte, tan escondida, / que no te sienta venir, / porque el placer de morir, / pudiera darme la vida..., con estos versos la solicitaba san Juan de la Cruz, y la buscan, tatuados y barbudos, los legionarios). O será la Flaca: descarnada y fea. O es una costurera antigua, que corta con los dientes los hilos que te sujetan a este lado.
Ocurre al contrario en el universo mítico de los anglosajones, donde la Muerte es galán alto, huesudo, ojeroso, poderoso, vacilón. Pero no siempre, no siempre. En ca Shakespeare la Muerte es el Novio, o el Violador, de Julieta, de Cleopatra, de doña Constanza, de Adonis (efebo capón, o maricón), pero Marco Antonio y Claudio la rondarán (de palabra, y éste segundo con la boca chica) soñándola hembra.
Esto te lo cuento en castellano, conque la Muerte, gramaticalmente, sale femenina. Será faena tuya, trabajo que te exijo, mudarle el género cuando toque, representarte entonces a un señor, acordarte de que esta Muerte tiene bigote, va barbada y empalmada, es cojonuda.

La Muerte y Marco Antonio


Marco Antonio corteja a la Muerte, que para él es hembra. El amor lo había hecho cobarde una vez, ésta no:
--…Ven, mi reina,

Todavía corre la savia por el árbol. La próxima vez que luche

Haré que la Muerte se enamore de mí, pues combatiré

También su pestilente guadaña.
(III, XIII, 191 – 194)
En su hora penúltima dirá:
--…Seré

Novio en mi muerte, y correré hacia ella

Como al lecho de una amante.
(IV, XIV, 99 – 101)
(En Antonio y Cleopatra)
La Muerte y Claudio
A Claudio, condenado a muerte, lo ha conformado el Duque con razones de mucho peso. Todo era nada.
Claudio: Humildemente os doy las gracias.

Si suplicase por mi vida, me parecería que busco morir,

Y, si busco la muerte, encontraré la vida. Que venga, entonces.
(III, I, 41 - 43)
A su hermana Isabella, que puede ganar su perdón si deja que Ángelo la pierda, le dice, primero (antes de acobardarse):
--…Si tengo que morir

Iré al encuentro de la oscuridad como de una novia

Y la estrecharé en mis brazos.
(III, I, 82 – 84)
(En Medida por medida)
La Muerte y Adonis
El jabalí (que es, lo entendió Ted Hughes, el aspecto terrible de Venus) hace aquí la parte de la Muerte, que cubrirá a Adonis, afeminado.
“Would thou wert as I am, and I a man.” “Ojalá fueras tú lo que yo soy, y yo un hombre” (369). Para montarlo, dice. Venus se sueña varón armado, y sueña a Adonis muchacha.
Adonis apunta, fatal, que no conocerá otro amor que el del jabalí (409 – 410). Venus imaginó al cochino montés espantada. Nunca envaina los colmillos, y continuamente los amola, como un carnicero antes de la matanza (617 – 618). Cava sepulcros con su hocico (622).
La víspera de la cacería a los ojos de Venus “se presenta” una “imagen” del jabalí, rabioso, y, bajo sus “afilados colmillos”, otra, yaciente, de Adonis, “todo manchado de sanguaza: / su sangre, derramada sobre las flores frescas, / hace que se marchiten y agachen, llenas de dolor” (661 – 666).
A la mañana Venus “espió” primero, miedosa, al cochino montés. Tenía el hocico, “espumoso, tintado todo de rojo, / como si hubiesen mezclado leche con sangre” (900 – 903). La baba del monstruo vale su semen (que también dicen lecha). Luego halló a Adonis. La “ancha herida” que la bestia ha “cavado” en su “tierno costado” (1052 – 1053) (pero esto es eufemismo, o sinécdoque por cercanía) es la de una virgen violada, y la sangre la bandera de su desgracia.
De hecho Venus piensa así la escena de la muerte de su tibio amigo. Cuando vio que Adonis corría hacia él, lanza en mano, “el enamorado puerco” quiso detenerlo con un beso, “y, hocicando en su costado (…) / le hundió sin darse cuenta el colmillo en su blanda ingle” (111 – 116). Venus envidió ahí las “verrojas” del bruto. De haberlas tenido “lo habría matado yo antes con mis besos” (117 – 118).
(En Venus y Adonis)
La Muerte y Julieta
*

Romeo y Julieta se prendaron en un baile con mojiganga, en el palacete de los Capuleto. Luego vino la escena famosa del balcón: ahí se dijeron, muy en privado, quitándose apellidos, el amor que se tenían. Por atajar se casaron apurados, y a hurtadillas.


*

La noche de bodas (clandestina también) Romeo tardaba, y en su habitación de soltera, asomada al huerto, aguardaba Julieta.


--¡Ay! He comprado la mansión del amor,


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