Shakespeare, (a)cerca de la muerte Manuel Palazón Blasco


Cuando yo se lo negué, enfermaron y murieron…



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Cuando yo se lo negué, enfermaron y murieron…

(El mercader de Venecia, III, IV, 69 – 71)


Lear
“¡Aullad, aullad, aullad, aullad!” (V, III, 255) “Ella se ha ido para siempre.” (V, III, 257) “Cordelia, Cordelia, quédate un poco.” (V, III, 269)
--…Ay, ya no vendrás más.

Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca.

Por favor, desabrochad este botón. Gracias, señor.

Oh, oh, oh, oh.

¿Veis esto? ¡Miradla: mirad, sus labios,

Mirad ahí, mirad ahí! [Muere]


(V, III, 306 - 309)
Su duelo por la pérdida de su hija Cordelia acaba a Lear.
Otelo
Otelo, antes de suicidarse, pide que, cuando cuenten su historia, hablen…
--…De uno que no amó sabiamente, sino demasiado bien;

De uno que no celaba fácilmente, pero que, una vez agitado,

Quedó perplejo en extremo…

(Otelo, V, II, 342 – 344)


Ahogados
Prólogo


Sola Ofelia: Shakespeare no trae otros anegados principales. Los demás ahogamientos son fantásticos, o se amagan.

Sebastián y Viola


* En Noche de Reyes Viola y Sebastián, gemelos huérfanos, se perdieron el uno al otro en una tormenta en el mar.
*

Viola: ¿Qué país, amigos, es éste?

Capitán: Esto es Iliria, mi señora.

Viola: Y ¿qué hago yo en Iliria?



Mi hermano está en el Elíseo.

Pero quizás no se haya ahogado. ¿Qué pensáis vosotros, marineros?

Capitán: La suerte ha querido que vos os salvarais.

Viola: ¡Ay, mi pobre hermano! Entonces tal vez la suerte haya obrado igual con él.

Capitán: Cierto, señora, y, por consolaros con la suerte,



Sabed con seguridad que, después de que nuestra nave se partiera en dos,

Mientras vos y este puñado de hombres afortunados

Os cogíais de nuestra barca a la deriva, pude ver cómo vuestro hermano,

Con gran providencia en medio del peligro, se amarraba

(El coraje y la esperanza le enseñaron la práctica)

A un fuerte mástil que vivía en el mar,

Donde, lo mismo que Arión a lomos del delfín,

Lo vi conversando con las olas

Hasta que se perdió en el horizonte.

Viola: Por decirme esto, aquí tenéis oro:



Mi propio libramiento despliega mi esperanza,

Y tu historia sirve a ésta de autoridad…

(I, II, 1 – 20)


* Han rescatado en otra playa a Sebastián, y llora a su hermana: “Ella se ha ahogado, señor, en agua salada, aunque parece que yo ahogo su memoria de nuevo con mis lágrimas” (II, I, 29 – 31).
Otro hermano más famoso, Laertes, recibe la noticia de la muerte de Ofelia utilizando el mismo donaire:
Laertes: Ay, entonces, ¿ahogada?

Reina: Ahogada, ahogada.

Laertes: Te has hartado de beber agua, pobre Ofelia,

Conque me prohíbo las lágrimas…
(IV, VII, 182 – 185)
*

Sola en el mundo, Viola entró a servir, de “eunuco” (I, II, 56), al Duque Osorio, y se enamoró de él, y lo enamoró luego muy despacio, ganando la parte de “la reina de su fantasía” (V, I, 387). Mientras tanto la Condesa Olivia se perdía por Sebastián. Ahí nace otra comedia de errores que termina en doble boda y con el reencuentro feliz de los dos mellizos.


Pericles
Shakespeare se detiene en la mudanza del héroe. Pericles ha perdido sus naves, los marineros, la fortuna, el rumbo. Fue náufrago nuevo, tronado, en camisa, desorientado. Todos sus pensamientos daban con la muerte (II, Prólogo y II, I, 1 – 11). Pericles ha perdido lo que fue y tiene que reconstruir su identidad: “Lo que he sido lo he olvidado, ya no lo sé; / pero la necesidad me enseña a pensar en lo que soy ahora” (II, I, 71 – 72). Tampoco sabe dónde se encuentra. Esta playa vale por cualquier playa. “Oídme, señor; ¿sabéis dónde os halláis?” / “No muy bien” (II, I, 95 – 96). Tres graciosos pescadores le dieron abrigo y sopa, y sacaron en las redes su “armadura enrobinada” (II, I, 118). Era su “herencia” (II, I, 122). Con eso empezaba a recomponerse. Era otra vez hijo de su padre, y caballero (averiado) (II, I, 132 – 133; 137 – 138).
--Gracias, Fortuna, pues después de todas tus cruces,

me das todavía algo con lo que repararme;

y, aunque era mía, parte de mi herencia,

que mi difunto padre me legara…

(II, I, 120 – 123)


Machacón, insiste en la importancia de la armadura:
--Te lo agradezco; mi naufragio, ahora, no me parece grave,

Pues tengo aquí lo que mi padre me dejó en su testamento.

(…)

Él me amaba bien,

Y por amor suyo deseo tenerla.
(II, I, 132 – 133; 137 – 138)
El mar lava, literal y figuradamente, al héroe, lo extravía y le devuelve, luego, lo que era, su nombre.
Katherine Hamlett
En el “decimoséptimo año” del reinado de Isabel, Reina de Hadas, el diecisiete de diciembre de 1579, en las orillas del Avon, en Tiddington, muy cerquita de Stratford, fue hallada (“inventa”) Katherine Hamlett (¡nota su apellido!), “muerta y ahogada” (“mortua et submersa”). Dicen solamente en inglés de la muchacha que era “spinster”, lo cual puede significar su oficio de hilandera o su condición de soltera, o solterona. Investigaron el caso, por si su muerte había sido “se offendendo”. El 11 de febrero de 1580 resolvieron que “se había ahogado por un infortunio, y que su muerte no fue otra ni sucedió de ningún otro modo” (“per infortunium submessa fuit, et non aliter nec alio modo ad mortem suam devenit”). Pasó (eso estableció la sentencia) que yendo a coger agua del río con un “balde”, resbaló en la orilla y cayó, y se ahogó. Conocería William Shakespeare, seguro, curiosísimo, el suceso de su vecina.
La muerte dudosa de Katherine Hamlett adelanta la de Ofelia de varias maneras.
Ofelia
Rey: ¿Y ahora qué es ese ruido?

Reina: Corren las penas una a la zaga de la otra,



Pisándose los talones. Tu hermana se ha ahogado, Laertes.

Laertes: ¡Ahogada! Oh, ¿dónde?



Reina: ¿Conoces aquel sauce que se desmaya sobre el riachuelo,

Mirándose las hojas escarchadas en el agua?

Pues con ellas se hizo Ofelia fantásticas guirnaldas,

De flor del cuclillo, ortiga muerta, mayas, y esas orquídeas alargadas

A las que los zagales descarados dan un nombre grosero

Y que nuestras frías muchachas llaman dedos de muerto.

Quiso subirse al árbol, para colgar de sus perchas encorvadas

Su corona de flores, y una rama celosa se quebró,

Y abajo se fueron ella y sus hierbas,

Cayendo en el arroyo llorón. Se le abrieron los vestidos

Y la sostuvieron un ratito que pasó cantando pedazos de viejas letras,

Como quien ya no puede con sus pesares.

¡Parecía una sirena, oriunda del agua,

Su señora! No pudo terminar el romance,

Porque al poco la ropa, empapada,

Arrastró a la desgraciada a una muerte de barro.

Laertes: Ay, entonces, ¿ahogada?

Reina: Ahogada, ahogada.


(Hamlet, IV, VII, 161 – 183)
En otro lugar he estudiado muy despacio la muerte de Ofelia. Allí miro en las flores con que arma sus “fantásticas guirnaldas”, y hago a la pobreta hada de las fuentes, ondina. “Ninfa”, la llamaba su príncipe, y Hamlet la conocía. Una náyade que no aprendió a nadar.

La Hija del Alcaide


Galán: ¡Ay, señor! ¿Dónde está vuestra hija?

Alcaide: ¿Por qué lo preguntáis?

Galán: ¡Ah, señor! ¿Hace mucho que no la veis?

Amigo 2º: ¡Trae el gesto desencajado!

Alcaide: Esta mañana.

Galán: ¿Y estaba bien? ¿Con salud? Señor,



¿Durmió algo?

Amigo 1º: Son preguntas extrañas.

Alcaide: No creo que se encontrase muy bien, ahora

Que me lo recordáis: hoy mismo

Le hice algunas preguntas, y me contestó

Muy lejos de lo que era, con palabras tan infantiles,

Tan bobas, que parecía tonta,

Una inocente, y me enfadé mucho.

Pero ¿le ha pasado algo, señor?

Galán: Me da mucha lástima,



Pero vos tenéis que saberlo, y más vale que os lo diga yo

Que otro que la ame menos.

Alcaide: ¿Y bien, señor?

Amigo 1º: ¿No está bien?

Amigo 2º: ¿Tiene algo?

Galán: No, señores, no está bien:

La verdad es que está loca.

Amigo 1º: ¡No puede ser!

Galán: Creedme, lo vais a ver enseguida.

Alcaide: Yo empezaba a sospechar



Lo que me decís. ¡Quieran los dioses darle descanso!

Esto viene del amor que le tenía a Palamón,

O del temor de que su fuga trajese mi ruina,

O de las dos cosas.

Galán: Es muy probable.

Alcaide: Pero ¿a qué vienen estas prisas, señor?

Galán: Ahora os lo cuento. Me hallaba yo pescando



En el lago, a las espaldas del palacio,

En la orilla opuesta, en un juncal espeso,

Pendiente de mi deporte,

Cuando oí a alguien y, atento,

Agucé las orejas. Pude entonces percibir

Que alguien cantaba, y sería, por la voz,

Niño o mujer. Dejé la caña,

Me acerqué al lugar, pero todavía no supe

Quién hablaba, que los juncos y las altas hierbas

Me lo ocultaban. Allí me quedé, agachado,

Escuchando la canción, y en eso,

Mirando por un claro que los pescadores habían cortado,

Vi que era vuestra hija.

Alcaide: Proseguid, señor, os lo ruego.

Galán: Cantó muchas cosas, pero sin ningún sentido. Sólo oí

Que repetía esto a menudo: “Palamón se ha ido,

Se ha metido en el bosque a coger moras,

Mañana lo encontraré.”

Amigo 1º: ¡Pobrecilla!

Galán: “Los grilletes lo traicionarán, y caerá en sus manos.

Y yo ¿qué haré entonces? Juntaré una cuadrilla,

Cien muchachas de ojos negros, tan enamoradas como yo,

Tocarán sus peinados con guirnaldas de narcisos,

Sus labios parecerán cerezas, sus mejillas rosas damasquinas,

Y bailaremos un aire antiguo ante el Duque,

Solicitando su perdón.” Luego habló de vos, señor:

Diciendo que mañana por la mañana iríais al degüello,

Y que tenía que recoger flores para vuestro entierro,

Y dejar la casa aseada para el velorio. Después cantó aquello

De “Sauce, sauce, sauce”, y, entre unas cosas y otras,

Suspiraba siempre, “Palamón, Palamón”,

Y “Palamón era un mozo muy alto”. El agua



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