Shakespeare, (a)cerca de la muerte Manuel Palazón Blasco


Le llegaba hasta las rodillas; rodeaba sus trenzas



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Le llegaba hasta las rodillas; rodeaba sus trenzas


Una corona de hojas de espadaña y, en torno suyo,

Nadaban mil flores de agua dulce, de todos los colores:

Mirándola, me pareció la hermosa ninfa

Que guarda la laguna, o la mismísima Iris,

Recién bajada del cielo. Formaba aros

Con las cañas que crecían a su lado, y les recitaba

Poesías lindísimas: “Así amarraríamos nuestro amor”, o

Esto podrás desatarlo, pero no a mí”, y otras muchas.



Ahí se echaba a llorar, y cantaba de nuevo, y suspiraba,

Y con el mismo aliento sonreía y se besaba las manos.

Amigo 2º: ¡Ay, qué pena!

Galán: Fui hacia ella,

Y nada más verme se tiró al agua; la rescaté

Y la llevé hasta la orilla, pero otra vez

Se me escapó, y salió corriendo hacia la ciudad

Como si le fueran detrás los perros, y, creedme,

La perdí. Al rato vi que tres o cuatro

La sujetaban como podían. A uno lo reconocí:

Era vuestro hermano. Allí quedó,

Y cayó al suelo, forcejeando para que no se la llevaran. Con ellos la dejé

Y he venido hasta aquí para contároslo. Aquí están.

(IV, I, 32 – 103)


Como Ofelia la Hija del Alcaide busca el alivio del fondo de las aguas dulces florida, y diciendo su doble pasión en versos blancos y en canciones (una, la del sauce, es la última de Desdémona [Otelo, IV, III, 24 – 28; 39 – 56]) que la repetían. Pero aquí, en lugar del río poderoso y rápido, que roba suavemente a Ofelia, hay un almarjal de aguas estancadas, tan lento, tan flojo, que no puede devorar a esta otra hija, a esta otra novia, y la pobrecilla no alcanza la muerte trágica, exquisita, preciosa, de la primera. Su suerte es ridícula, de entremés.
(En Los dos nobles parientes)
Thaisa
Los marineros exigieron a Pericles que echase por la borda el cadáver aparente de su esposa, Thaisa, o el océano los hundiría.
Pericles: …ni tengo tiempo

De darte, consagrada, a tu tumba, sino que debo, enseguida,

Arrojarte, en un ataúd improvisado, al fondo legamoso de los mares,

Donde tendrás, en lugar de monumento para tus huesos

Y lámparas perpetuas, los regüeldos de la ballena

Y el murmullo del agua, que cubrirán tu cadáver,

Y yacerás entre simples conchas.
(Pericles, III, I, 58 – 64)

“Full fadom five…”


*****

La tempestad es mágica, teatral. La ha escrito (es su autor) Próspero, y Ariel la ha dirigido.
*****

La primera escena trae el naufragio fantástico de la nave capitana. El bueno de Gonzalo suspira: “Ahora daría yo mil estadios de mar por un acre de tierra baldía, de brezos, de retamas, de aliagas y malas hierbas. ¡Háganse las voluntades del cielo! Pero preferiría una muerte seca” (I, I, 64 – 67).


*****

Pero los verdaderos náufragos son el Mago y su hija Miranda:


Próspero: …nos subieron con prisas en una barca,

Nos adentraron en la mar algunas leguas, y allí prepararon

El esqueleto podrido de un bote, sin aparejos,

Sin jarcias, ni vela, ni mástil; hasta las ratas

Lo habían abandonado por instinto: en él nos echaron.

A nuestros llantos el mar contestaba rugiendo, y los suspiros

Que lanzábamos al viento éste, compadecido, nos los devolvía

Muy crecidos, haciéndonos, sin quererlo, mucho daño.

Miranda: ¡Ay, cuánto trabajo



Tuve que daros yo en aquel trance!

Próspero: Al revés, fuiste mi querubín,



Todo mi amparo. Tú sonreías,

Infundida de fortaleza por el cielo,

Mientras que yo iba vistiendo de lágrimas el mar,

Y gemía, agobiado por mi carga7; fue tu sonrisa

La que me dio estómago para soportar

Todo lo que siguiera.

Miranda: ¿Cómo alcanzamos la costa?

Próspero: Por divina Providencia.

Teníamos algo de comida, y un poco de agua, que

Un noble napolitano, Gonzalo,

A quien habían puesto a la cabeza de esta empresa,

Por caridad nos dio, junto con

Ricos vestidos, ropa blanca, provisiones y demás cosas necesarias8,

Que nos han valido mucho desde entonces. También, por gentileza,

Sabiendo cómo amaba yo mis libros, me abasteció,

Sacándolos de mi propia biblioteca, de volúmenes que

Aprecio por encima de mi ducado.
(I, II, 144 – 168)
*****

Ahora Miranda ha contemplado esta otra tempestad y se compadece de las “pobres almas” (I, II, 9) que transportaba aquel “bravo bajel” (I, II, 6) “roto en pedazos” (I, II, 8): “¡Ay, sus lamentos han golpeado con sus nudillos / en las puertas mismas de mi corazón!” (I, II, 8 – 9)


Miranda: Si con vuestra Arte, mi padre bienamado, habéis

Puesto a bramar estas salvajes aguas, amansadlas.


(I, II, 1 – 2)
Su padre la consuela:
Próspero: Serénate,

No tengas miedo: dile a tu corazón piadoso

Que no ha habido daño alguno.

Miranda: ¡Oh, qué día aciago!

Próspero: Ningún daño.


(I, II, 13 – 15)
Pide luego a su hija que se seque las lágrimas:
Próspero: El espantoso espectáculo del naufragio, que ha estremecido

Las cuerdas mismas de tu compasión

Lo he ordenado yo con tanto cuidado,

Haciendo provisión de mi Arte, que no ya sus almas,

No, ni un pelo siquiera ha perdido

Ninguna de las criaturas que has oído chillar,

Las del bajel que has visto irse a pique.


(I, II, 26 – 32)
Duerme entonces a Miranda, y llama a Ariel, su estupendo ministro:
Próspero: ¿Has representado, espíritu,

La tempestad que te encargué, punto por punto?



Ariel: En todos sus artículos.

Abordé la nave del rey; ahora en su rostro,

Luego en sus costillas, en el castillo de popa, en todos los camarotes,

Inflamé el asombro: a veces me dividía

Incendiando varios lugares; el mastelero,

Las vergas, el bauprés, yo los prendía por separado,

Y después juntaba las hogueras. Los relámpagos de Júpiter, precursores

De los tremendos truenos, no hubieran sido de tanto momento,

Ni tan espantosos; el fuego y los crujidos

De aquel bramadero sulfuroso parecían poner cerco

Al poderoso Neptuno: temblaban sus bragadas olas,

Ah, sí, y su temido tridente vacilaba.



Próspero: ¡Mi bravo espíritu!

¿Quién fue tan firme, tan constante, que este caos

No infectara su razón?

Ariel: No hubo un alma

Que no padeciera la fiebre de los locos, o mostrara

Maneras del desesperado. Todos, menos los marineros,

Se arrojaron a la espumosa salmuera, y abandonaron el bajel,

Que entonces ardía conmigo.
(I, II, 193 – 212)
Próspero: ¡Ah, ése es mi espíritu!

Pero, ¿no estaba próxima la orilla?



Ariel: Muy cerca, amo.

Próspero: Pero ¿están a salvo, Ariel?

Ariel: No han perdido un pelo,

Ni han sufrido el menos estropicio sus trajes,

Que parecen más nuevos que antes, y, tal como me lo pediste,

Los he dispersado en compañías por la isla.

Al hijo del rey lo he sacado a una playa, aparte;

Y lo he dejado enfriando el aire con sus suspiros,

En un ángulo remoto de la isla, sentado,

Los brazos anudados así, tristemente.



Próspero: De la nave real,

Y de la marinería, di cómo has dispuesto,

Así como del resto de la flota.
Ariel: En buen puerto, segura,

Está la nave real, en el abrigo de aguas profundas adonde una vez

Me mandaste ir una medianoche a recoger rocío

De las siempre turbulentas Bermudas: ahí la he escondido.

A los marineros los he arrumado debajo de las escotillas:

Con un hechizo que he añadido a sus trabajos,

Los he dejado dormidos: y en cuanto al resto de la flota,

Después de dispersarla he vuelto a reunir sus naves,

Y flotan en el Mediterráneo,

Donde han puesto triste rumbo a casa, a Nápoles:

Suponen que vieron hundirse la nave del rey

Y que pereció su alteza.



Próspero: Ariel, has cumplido mis órdenes

Exactamente.


(I, II, 215 – 238)
*****

El rey de Nápoles creía haber perdido a su hijo (II, I, 105):


--Oh, tú, mi heredero

De Nápoles y de Milán, ¿qué extraño pez

Se ha almorzado contigo?
(II, I, 107 – 109)
*****

Tras el naufragio de cuento Fernando, el príncipe de Nápoles, conoce (pero es cruel invención del Rey Mago de esa isla maravillosa, el primero de los trabajos que tiene que terminar para ganar la mano de Miranda), oyendo la letra de “la canción de Ariel”, la suerte de su padre:

En el fondo del mar, a cinco brazas, yace

Tu padre. De sus huesos se fabrica el coral,

Ésas de ahí son perlas, pero fueron sus ojos:

No hay parte alguna, que pueda disolverse,

Que el mar no mude en algo riquísimo y extraño.

Ninfas marinas tocan por él todas las horas

A muerto. Tan, talán. ¿No las oyes? Ahora

Las oigo yo: tan, doblan las campanas, talán.
(La Tempestad, I, II, 399 – 407)
Botánica
Flores nupciales que fueron funerales
Ofelia
Hamlet espía el entierro de una muchacha que había tenido, decían todas las señales, una muerte dudosa.
Hamlet: ¿Qué? ¿La bella Ofelia?

Reina: Dulces flores para la flor más dulce. Adiós.



Hubiese querido que fueras la esposa de mi Hamlet,

Soñaba con engalanar con flores tu lecho nupcial, dulce muchacha,

Y mírame, derramándolas sobre tu tumba.
(V, I, 235 – 239)
“Sweets to the sweet.”

Julieta
Fray Lorenzo pidió que arrojasen el romero que iba a bendecir la boda de Julieta sobre su “hermoso cadáver” de Julieta “y, como ordena la costumbre, / la llevaran a la iglesia en sus mejores galas” (IV, V, 79 – 81). El padre de la Novia de la Muerte mandó: “Que todas las cosas que ordenamos para la fiesta, / muden de oficio y sirvan para negros funerales” (IV, V, 84 – 85).


“maiden flowers / strewments”
Catalina de Aragón se moría. Antes, apañó sus funerales:

--...Decidle que, muriendo, lo bendigo,



Como así es. Se me borra la vista. Adiós,

Mi señor. Griffith, adiós. No, Paciencia,

Todavía no debéis dejarme. Llevadme a la cama,

Llamad a mis mujeres. Cuando me muera, mi buena muchacha,

Haced que me usen con honor: derramad sobre mí

Flores virginales, por que todo el mundo sepa



Que fui una casta esposa hasta la tumba: embalsamadme,

Y luego me ponéis la mortaja; aunque me hayan quitado la corona, quiero

Que me enterréis como a una reina, hija de reyes.

No puedo más.
(IV, II, 163 ss.)
Las “flores virginales” (“maiden flowers”) que pide que derramen sobre su cuerpo son las que derramaron sobre Ofelia (“maiden strewments”, Hamlet, V, I, 226), y que el mezquino sacerdote que oficiaba sus funerales juzgaba poco apropiadas. Señalan la castidad de la mujer que se ha acabado.

Funerales rústicos de Imógena y Cloten


Los príncipes secretos, cavernícolas, lloraban a aquel muchacho (Imógena travestida) que se les había muerto:
Arvirago: Con las flores más bellas,

En tanto dure el verano, y yo esté aquí, Fidel,

Perfumaré tu triste sepultura; no te faltará

La flor que más se asemeja a tu rostro, la pálida vellorita, ni

La campanilla azulada como tus venas, no, ni

La hoja del escaramujo, cuya dulzura

Sólo superaba tu aliento. El petirrojo querrá,

Con su piadoso pico (...

...) traértelos,

Sí, y el velloso musgo además. Luego, cuando no queden flores,

Guardaremos tu cadáver del invierno...

Guiderio: Por favor, termina,



Y no juegues con palabras afeminadas con algo

Tan serio. Enterrémoslo,

Y no aplacemos con nuestra admiración

Lo que toca hacer ya. ¡A cavar!…
(IV, II, 197 – 198; 209 - 233)
A su lado enterraron a Cloten, el idiota, descabezado.
--Aquí van unas pocas flores, pero hacia la medianoche traeré más:

La hierba mojada con el frío rocío de la noche

Hace la mejor ofrenda para las tumbas: echadlas sobre sus rostros.

Fuisteis como flores, ahora marchitas: también se secarán

Estos ramilletes que derramamos sobre vosotros.
(IV, II, 283 – 287)
Recitaron una elegía y, terminados los obsequios, se fueron.
(En Cymbelino)
Papá
Entra Ofelia “distraída”9, “tocando un laúd, en cabellos, cantando”10. Pronto se acuerda de su padre, cuyo cuerpo han dado a la tierra sin ninguna consideración, a hurtadillas, clandestinamente.

Ofelia: ¿Decíais algo? No, os lo ruego, oídme:



[canta] Se ha muerto y se ha ido, señora,

Se ha muerto y se ha ido.

La hierba de almohada

Y a los pies una piedra.



¡Ja, ja!

Reina: No, pero Ofelia...

Ofelia: Os lo ruego, oídme:

[canta] El sudario, blanco como la nieve serrana...
Entra el rey.
Reina: ¿Ay! Mirad esto, mi señor.

Ofelia: [canta] Cubierto de dulces flores

Que no cayeron sobre la fosa

Regadas con llanto sincero de amor.


(IV, V, 28 – 36)
El Rey acierta con algunas de las razones de la locura de Ofelia:

--Esto lo trae la ponzoña de una pena muy honda: surge

Todo de la muerte de su padre. (…)

(…)

Primero le matan al padre,



Luego se va vuestro hijo, el autor violentísimo

De su justo destierro… (…)

Y en cuanto al bueno de Polonio, lo enterramos con prisas

Y vergüenza, a escondidas.
(IV, V, 75 – 84)
Y sí, Ofelia continúa con uno de los temas de su locura:
Ofelia [canta]: Se lo llevaron en andas, con el sudario quitado.

¡Al nono, nono, nono, al nono!

Y regaron la tumba con su llanto...

(IV, V, 164 – 165)

Una canción fúnebre
El Duque Orsino, enamorado triste, pide “un poco de música”, “aquella canción vieja y antigua que oímos anoche” (II, IV, 1 – 3). Buscaron a “Feste, el bufón” (II, IV, 11). Era una canción “vieja y sencilla”. “Las solteronas y las mujeres que hacen punto al sol, / y las doncellas libres que tejen su hijo con huesos / suelen cantarla: es verdad que es tonta, / y juega con la inocencia del amor, / como en la edad antigua” (II, IV, 43 – 48). Era una canción fúnebre:
Ven, muerte, ven,

Y que me entierren bajo algún ciprés triste…

Fuera, aliento, fuera,

Que me ha matado una doncella hermosa y cruel:

Prepara

Mi mortaja blanca, adornada de tejo.
Mi parte de muerte nadie la compartirá

Tan verdadero.
Que no derramen sobre mi negra caja

Ni una flor, ni una dulce flor.



Que ningún amigo, que ningún amigo salude

Mi pobre cadáver, donde vayan a echar mis huesos,

Ahorraremos así mil, mil suspiros.

Enterradme donde

La amiga triste y verdadera no pueda encontrar jamás mi tumba,

Para llorar sobre ella.
(Noche de reyes, II, 51 – 66)

Mortajas hechas de flores

Ofelia
Reina: ¿Conoces aquel sauce que se desmaya sobre el riachuelo,

Mirándose las hojas escarchadas en el agua?

Pues con ellas se hizo Ofelia fantásticas guirnaldas,

De flor del cuclillo, ortiga muerta, mayas, y esas orquídeas alargadas

A las que los zagales descarados dan un nombre grosero

Y que nuestras frías muchachas llaman dedos de muerto.

Quiso subirse al árbol, para colgar de sus perchas encorvadas

Su corona de flores, y una rama celosa se quebró,

Y abajo se fueron ella y sus hierbas,

Cayendo en el arroyo llorón. Se le abrieron los vestidos

Y la sostuvieron un ratito que pasó cantando pedazos de viejas letras,

Como quien ya no puede con sus pesares.

¡Parecía una sirena, oriunda del agua,

Su señora! No pudo terminar el romance,

Porque al poco la ropa, empapada,

Arrastró a la desgraciada a una muerte de barro.


(IV, VII, 165 – 182)
Notas del traductor
Ofelia se toca con flores que dicen mucho de sus pasiones.
*

El sauce blanco es “un árbol triste, del cual, aquéllos que han perdido a su amor, fabrican las guirnaldas de su duelo”11. “Las llevan los amantes abandonados.”12
En La tercera parte de El rey Enrique VI doña Bona dice, desdeñosa: “Dile [al rey Eduardo] que, en la esperanza de su pronta viudez / llevaré por él la guirnalda del sauce” (III, III, 227 – 228).
En El mercader de Venecia (V, I, 9 – 12) Lorenzo, en duelo amoroso, verbal, con su mujer, Jessica, pinta así a Dido, abandonada por Eneas:
-- En una noche así

Paseaba Dido con una rama de sauce en la mano

Por las salvajes orillas del mar, y pedía que los vientos

Le trajeran a su amigo de nuevo a Cartago.


Desdémona, en su penúltima escena, dice a Emilia:

--Mi madre tenía una doncella llamada Bárbara,

Que estaba enamorada, y el hombre que amaba se volvió loco

Y la abandonó. Ella sabía una canción de un sauce,

Muy antigua, pero expresaba su fortuna

Y murió cantándola.
(Otelo, IV, III, 24 – 28)
Y luego (IV, III, 39 – 56) la canta. La suerte de esa Bárbara parece la de Ofelia. También, la de la muchacha protagonista de la canción del Sauce, que teje una guirnalda con las verdes ramas de un sauce para llorar a su falso amigo.
La Hija del Alcaide, otra pobrecita, una Ofelia “a lo ridículo”, no canta otra cosa, metida en el pantano, que aquello de “Sauce, sauce, sauce” (Los dos nobles parientes, IV, I, 80).
El sauce llorón o de Babilonia (o Desmayo) es el del Salmo 137. Los judíos, para llorar su cautiverio, acordándose de Sión, colgaban sus arpas del árbol, a orillas del río de Babilonia.
*

A la flor del cuclillo (Lychnis Flos-cuculi) la llama Shakespeare flor de cuervo, y se dice también, en inglés, clavel silvestre de los pantanos o del cuco, Guillermo silvestre y petirrojo harapiento. Indica, quizás, el desaliento.13
*

“Nettles” puede dar la ortiga cuyas hojas tienen unos “dientecillos muy agudos, cubiertos de un vello que pica” (Aut), y que Shakespeare suele asociar al dolor, a la esterilidad, a la traición.14
Cordelia, de generala de los franceses, buscaba a su padre. Al antiguo rey Lear lo han visto, le dicen, ido,

--...cantando,



Con una corona de fumiterra rancia y malas hierbas,

Bardana, cicuta, ortigas, flor del cuco,

Cizaña y otras plantas perezosas que crecen

En nuestros campos de pan.
(IV, IV, 2 – 6)
Lear y Ofelia comparten la condición y el traje.
O acaso sea el Lamium album, la ortiga muerta, de flores blancas o purpúreas, que crían los humedales.15
*

Las mayas tienen el mismo nombre de las niñas bonitas que tal vez clavaban en tiempos antiguos, borrosos, a una cruz de mayo.


*

Groseras son esas orquídeas que en castellano también se llaman campañones de perro o satiriones.


*

He trasladado la diadema de hierbas como “corona de flores” (“weeds coronet”: con la misma palabra, weeds, nombran el luto de la viuda).


*

La edición en Folio dice: “There with fantastic garlands did she come / Of crow-flowers, nettles, daisies, and long purples…” (IV, VII, 167 – 168) “Hasta allí se llegó con fantásticas guirnaldas, / de flor del cuclillo, ortiga muerta, mayas, y esas orquídeas alargadas…” Ofelia traía las guirnaldas hechas, y quiso colgarlas en las ramas del sauce. Pero Edward Capell16 prefiere (y lo sigue Jenkins) la segunda edición en cuarto (Q2): “Therewith fantastic garlands did she make / Of crow-flowers, nettles, daisies, and long purples…” (IV, VII, 167 – 168) “Pues con ellas se hizo Ofelia fantásticas guirnaldas, / De flor del cuclillo, ortiga muerta, mayas, y esas orquídeas alargadas…” Ofelia quiere tejer, con las ramas del sauce, las flores que ha cogido, para “hacer” la guirnalda, y el accidente se produce cuando intenta adornar el árbol con ellas.
La Hija del Alcaide
La Hija del Alcaide, tarada por los trabajos de sus penas, buscaba terminarlas en la albufera. Su vestido, como el de Ofelia, era de extraña novia, y valía su mortaja:



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