Si escalo el cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro



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DESCENDER A LOS INFIERNOS: ITINERARIO PARA EL ENCUENTRO CON DIOS O LAS MORADAS DELA MARGINACIÓN.


"Si escalo el cielo, allí estás tú,

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro"
(Salmo 138)

INTRODUCCIÓN.-

El Salmo que encabeza nuestras reflexiones, sobre todo la segunda frase "si me acuesto en el abismo, allí te encuentro", enuncia una de las vías privilegiadas para encontrarse con el Dios de Jesucristo.


Efectivamente, el Salmo apunta dos vías para el encuentro con Dios. Una bien conocida, la del ascenso, la de la escalada de la mística; otra, no menos importante, la del descenso y el abajamiento, la de la kénosis y el acostarse en el abismo.
Este Salmo 138 que principia de manera preciosa "Señor, tú me sondeas y me conoces", no se queda en un preciosismo intimista estático, sino que enseguida habla de dinamismo, de itinerario, incluso de conflicto. "Distingues mi camino y mi descanso", "todas mis sendas te son familiares", "mira si mi camino se desvía", "guíame por el camino eterno"... y sobre todo "si me acuesto en el abismo, allí te encuentro".
Acostarse en el abismo nos habla bien a las claras de ese abandono abismal pero confiada, de una cierta pérdida de pie pero al mismo tiempo de la certeza de que en los abismos nos aguarda el abrazo de Dios y no un "piñazo" descomunal. Acostarse en el abismo significa también adentrarnos experiencialmente en la dinámica de la propia revelación de Dios. Si Jesucristo es la mejor "fotografía" de Dios, la plasmada en infinitos pixeles, qué duda cabe que el descenso señala una peculiar forma de autoidentificación de Dios; ese Dios que se encarna, que se hace uno de tantos, que se pone a la cola de los pecadores, Dios, en suma, que sólo puede ascender para sentarse cómodamente a la derecha del Padre porque previamente descendió a los infiernos. ¡Vana pretensión la nuestra tantas veces, aspirar a contemplar el rostro de Dios cara a cara, sin habernos comprometido a seguirlo en el abajamiento! ¡Pretender encontrarnos con él, sin haberlo descubierto en tantos rostros de los habitantes de los abismos!
De nuevo, "si me acuesto en el abismo, allí estás tú..." nos recuerda en su estructura lingüística que se trata de un condicional: si me duermo en "pikolín", allí no estás tú.

Si me quitan el sueño otras cosas que no sean los dolores de los pobrecillos, allí no estás tú.


Acostarse es por tanto abajarse, pero no de cualquier manera. Como quien va a dormir, como quien se confía, y hace como cuando nos vamos a la cama, se entrega, baja todas las defensas y se hace vulnerable a Dios y las necesidades de los más pequeños. Por eso, el camino del descenso está vedado a los listos y listas, enterados y sabidillas. Supone adentrarse en las entrañas maternales del buen Dios. Y curiosa, paradójica y escandalosamente -esas tres palabras clave son el "password", el código de acceso de Dios- el Altísimo sólo puede ser atisbado sin confusiones ni falsas proyecciones humanas en las bajuras y en los bajísimos: en los pobres, en los pequeños, en los feos y en los tontos.
A estas alturas no hace falta explicar qué es lo que entiendo por abismo. Aquellos lugares de desesperanza, de sufrimiento insoportable, de injusticia flagrante, de impotencia rabiosa, de dolor, de muerte, de cruz. Lugares naturales para desesperar que, sin embargo, desde esa presencia habitada por Dios son auténticos vergeles frondosos y rebosantes de razones para esperar. De nuevo, lo curioso, lo paradójico y lo escandaloso de Dios. Por eso, no hay salvación del alma, no cabe plenitud, no hay forma alguna de realización humana que no pase por salir al encuentro de los abismos. No es que nuestra bajada a los dolores ajenos salve a los que allí habitan de nada, no es que nuestro descenso a las grutas del sufrimiento aporte automática o necesariamente soluciones. Sin embargo, sí nos dignifica. Hay que recordar que es el apaleado al borde del camino de Jericó quien dignificó al samaritano que se atrevió a perder el camino y no al revés. Sólo acostándonos en el abismo podemos encontrarnos con el Dios que nos dignifica.
Sólo nos pueden santificar quienes tienen fuerza sacramental para hacerlo: los pobres y los pequeños. Por eso, al tiempo que experimentamos con muchísima frecuencia que los pobres no son buenos por el hecho de ser pobres, que nos gastan y nos disgustan, que nos cansan, que nos queman y enfadan, al mismo tiempo nos retroalimentan y santifican, porque son un auténtico sacramento de Dios y, en cuanto sacramento, fuente inagotable de gracia. ¿No será tal vez la gracia sencillamente la fuerza contagiosa de Dios en la desgracia? Por ello, sólo puedo estar a tiro de la gracia de Dios en la medida en que me hago vulnerable al dolor del mundo y me acerco a las desgracias.
La pista para el itinerario de este encuentro con Dios nos la brinda un trocito del Evangelio de Juan, en el capítulo primero, cuando van los amiguetes del Bautista, se encuentran con Jesús y le espetan: "Maestro, ¿dónde moras?". Pregunta sin doctrina, ni ideología, algo así como "Tú, ¿de qué vas?". La respuesta del Señor en idéntica línea: "Venid y lo veréis". Pues bien, el itinerario del abajamiento para encontrarnos con Dios nos lo indica el comentario del Evangelista: "Fueron, lo vieron y se quedaron." En esos tres verbos he sintetizado unas reflexiones acerca de lo que ha sido mi propio recorrido de descubrimiento de Dios en las bajuras, en los infiernos del mundo de la marginación infantil y juvenil. Ello nos conduce a varios momentos, varias moradas en lenguaje teresiano.

II.- "FUERON" O LA MORADA DE LA ETICA.-
Acostarse en el abismo requiere como punto de partida un deseo seguido de una resolución. El deseo presupone capacidad de conmoción, inquietud y búsqueda. El "fueron" es la respuesta alternativa a la propuesta de una cómoda instalación en lo real. Supone rechazar la falacia de que "lo que hay es lo único que puede haber", en todos los órdenes.
Esta primera morada exige capacidad de cuestionarse, sentido crítico con uno mismo y con el entorno. La triste realidad de un mundo divido entre los que comemos y los que son comidos, entre los que tenemos y los excluidos, exige una impedimenta moral que pase por recuperar desde el abajamiento a los abismos dos imperativos morales irrenunciables en la experiencia humana y religiosa. Uno, el imperativo categórico kantiano, para entendernos no utilizar nunca al ser humano como medio para nada. Y el otro, menos conocido, es el imperativo de la disidencia; saber decir "no": no pactar nunca con aquello que sea indigno, injusto o innoble. Imperativo categórico e imperativo de la disidencia como prerrequisitos para que podamos hacer la experiencia del Dios de Jesús en la primera etapa del camino.
Este ir, este ponerse en marcha exige mojarse: implicarse, complicarse y replicar. Jesús no suele curar por telepatía, toca, moja, enjuga... porque de lo contrario podríamos quedarnos en el ámbito del idealismo más ingenuo e inoperante. El Dios de Cristo nos anima a hacer la experiencia de ser más que de estar, de vivir como auténticos compañeros de camino más que como meros coexistentes.
La ventaja que tiene esta primera morada del abajamiento es que vale cualquier punto de partida. No distingue de etiquetas o filiaciones. Apela a lo sustantivo, relegando todo lo adjetivo. Los discípulos sólo empiezan a discutir cuando pierden el paso y el ritmo del Nazareno. Cuando las urgencias del Maestro los reclaman no hay espacio para discusiones de café y ombligo. Cuando hay auténtica prisa no hay disputa y Juan cede el paso a Pedro antes de entrar al sepulcro.
Esta primera etapa de abajamiento nos pide también algo que nos resultará chocante. Nos exige ser extravagantes y anormales. Incluso los religiosos y religiosas nos hemos acostumbrado a convivir con un Dios "light", posmoderno y convencional. Nos quitamos nuestros hábitos y capisayos, nos parecemos más a la gente "normal". Somos demasiado normales y convencionales. Por eso la experiencia del Dios de Jesús desde los abismos pasa por

la extravagancia y la anormalidad. Naturalmente no estamos hablando del esnobismo o la frivolidad. Extravagar es vagar en los límites, andar a tientas en los linderos de la realidad, en las fronteras en que se juega la vida y la suerte de muchísimos seres humanos. De ahí que descender a los abismos nos hará, de nuevo curiosa, paradójica y escandalosamente, más marginales pero menos sectarios; el abismo nos transforma, nos ayuda a incluir no a excluir, nos anima a vivir en los límites pero sin excomulgar a nadie, a tener las cosas bien claras pero evitando dogmatizar.


Este momento ético suscita el lenguaje del compromiso, de la opción por... que acaban con frecuencia en malas conciencias cronificadas o teologías de la liberación seguidas por via satélite sin compromisos reales y efectivos con las pobrezas que están al lado. En último término reducir el abajamiento y el encuentro a una mera voluntarista experiencia ética suponen un reduccionismo que impiden degustar manjares espirituales harto más suculentos. Para ello se exige romper todas las varas de medir, como hace Jesús con los fariseos. Nos medimos, según particulares adscripciones ideológicas, cuán santos somos, o cuán comprometidos, o cuán realizados...Por eso, aún siendo condición necesaria, no es suficiente para descubrir un rostro de Dios más nítido y perfilado en la bajura.

III.- "VIERON" O LA MORADA DE LA ESTÉTICA.
Este segundo momento que, naturalmente, presupone el anterior es eminentemente contemplativo. Contemplar es mirar en profundidad, descubrir lo que hay más allá de las apariencias, desenmascarar los engaños estructurales, superar los prejuicios de las pintas, bucear en las entrañas de la realidad, estar "al loro" de por dónde va caminando Dios. Supone sobre todo desarrollar el sentido del olfato. Oler a Dios donde aparentemente otros sólo huelen a podrida. Este andar olisqueando a Dios exige hacerlo luego “olible” a los demás. El "vieron" requiere desarrollar la capacidad para descubrir los "guiños cómplices" que nos hace Dios desde la realidad de los más pobres. "No el mucho saber harta y satisface el ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente". Es disfrutar de lo que nos rodea. Es la capacidad del mismo Jesús para el maravillamiento contemplativo: "mujer que grande es tu fe", "y se admiró de la fe de aquel hombre..."
Desde estas claves se hace posible ir transmitiendo los recados que Dios nos va dejando debajo de las piedras, como en el juego de la gymkana infantil. La experiencia del mundo de la marginación nos indica que Dios sigue hablando, sin trompetas ni relámpagos, en un susurro... y desde abajo, siempre desde abajo... leyendo el lenguaje cifrado en el que Dios habla y que traducen de maravilla los pobres.
Es en este proceso de lectura creyente de la realidad donde surge el TU. Desaparecen los estereotipos y dejamos de hablar de drogadictos y prostitutas y empezamos a poner rostros e historias personales: El Pulgas, la Chata... Es a esta preciosa realidad a la que se refiere el Obispo Pedro Casaldaliga cuando dice: "Al final de mis días quiero presentarme pobre ante el Padre, con las manos vacías pero con el corazón lleno de nombres".

IV.- "SE QUEDARON" O LA MORADA DE LA ERÓTICA.

Hemos moralizado tanto el evangelio que nos hemos quedado sin lo mejor: su dimensión erótica, la del dejarse enamorar. "Fueron, lo vieron y se quedaron". Y se quedaron. Superados los dos momentos anteriores, o mejor fundidos con ellos, se nos presenta este tercera morada. Implica un cambio de "chip" importante. No todo el mundo es capaz de hacerlo. Aquí se encuentra la clave de algunos quemes o deserciones de los abismos.


Si a la invitación de Jesús, "venid y lo veréis", no hubiera seguido un ir, un ver, pero, sobre todo, un enamorarse de la realidad, no habríamos hecho absolutamente nada. Jesús mismo y su universo de valores se les hizo querible. No se quedaron porque sí, ni por compromiso ni por opción. Se quedaron lisa y llanamente porque estaban a gusto. Eso podemos afirmar desde el mundo de la marginación: nos hemos encontrado con Dios y estamos muy a gusto. En definitiva, implica un nuevo modo un tanto peculiar de evangelizar... no a través de virtudes, sino de pecados (¿!)... Efectivamente, evangelizar por envidia... la envidia de "qué sentido descubren a su vida en medio del abismo", del "mirad cómo se aman aunque sean tan distintos" etc., etc., etc.
La erótica del evangelio implica además algo elemental pero olvidado: no se trata de querer al otro, no se trata de apostar por los pobres... fundamentalmente la cuestión es dejarnos querer por ellos. El amor recibido es mucho más exigente que el amor dado. El amor dado es siempre un amor posesivo y controlado. El amor recibido es ciego. Por eso Jesús no sólo toca, también se deja tocar. Jesús quiere y se deja querer. Más arriesgado y apasionante que querer es dejarse querer por los pequeños.
Sólo desde esta morada de los abismos podemos rescatar a los pobres de las cuadrículas en que los situamos en nuestros Planes Pastorales, o liberarlos de la liturgia en que los tenemos secuestrados (ojo! algunas oraciones de los fieles...! ¿Qué decir de la cancioncita cantada tan a la ligera: "...compartiendo con ellos techo y pan..."?, para las más de las veces... !ni compartir ni techo ni compartir pan! Olvidamos, con perdón de los liturgistas, que en la liturgia no cantamos nosotros a Dios, sino que es Dios precisamente quien nos canta a nosotros y nos invita a eso, a compartir techo y a compartir pan.
Antes de abandonar esta morada, conviene echar un vistazo a nuestro alrededor para descubrir en ella a muchos silenciosos moradores, hombres y mujeres anónimos, mártires de callado amor en la cabecera de enfermos recalcitrantes, abuelillos, en tiempo de prórroga de paternidad, atendiendo a esos niños cuyos padres se extraviaron por tortuosos caminos...todos ellos habitantes de este abismo, frágiles titanes de divino amor, con la fuerza de la debilidad, y con la única riqueza de esa red enmarañada de relaciones personales tejida a base de paciencia, ternura y más paciencia y más ternura...
Rehúye de esta morada cuanto separe de la fraternidad que allana y alisa y suponga jerarquización y competencia que distancian y excluyen. Es aquí a la intemperie donde se descubre en su desnudez solidaria el "sólo Dios basta". También desde aquí cambia la perspectiva del Reino de Dios y hasta de la propia Iglesia. El Reino ya no es una conquista sino una humilde colaboración, no es una empresa sino un servicio hecho por inútiles y chapuceros de Dios. Ya sabéis que al cielo sólo se podrá entrar, agachados y a cuatro patas, y tras decir a San Pedro el "santo y seña": "siervo inútil soy". Los que vayan estirados, con galones y curricula se quedarán en la puerta.


V.- LA GARANTÍA DE EL O LA MORADA ESCATOLOGICA.
Después del "se quedaron" el evangelista no dice más. En nuestro atrevimiento añadimos algo -también hay "un apéndice al evangelio de Juan ¿no?-. No siempre estamos en disposición de disfrutar la erótica del Evangelio. La realidad es dura y muerde con frecuencia. Demasiados fracasos, muchas muertes tempranas, impotencia y rabia de continuo ante lo evitable...
Además de querer y dejarnos querer es preciso empezar a soñar. hay un sueño opio que es adormidera de conciencias, y hay otro sueño motor, dinámico, vital y transformador. Los sueños son siempre antesala de algo mejor, anticipo de una realidad manifiestamente mejorable. Solamente transformamos lo que previamente fuimos capaces de soñar. No podemos dejarnos castrar la capacidad para soñar.
De nuevo curiosa, paradójica y escandalosamente, desde los lugares naturales para el insomnio reivindicamos el derecho a soñar, y proclamamos que los lugares naturales para desesperar son precisamente los semilleros de fructífera esperanza. Creemos profundamente en el sueño y afirmamos que no se puede creer en el Dios de Jesucristo si al tiempo no se hace un profundo acto de fe en el ser humano. No se puede afirmar la bondad de Dios negándosela al ser humano, su imagen.
E. Bloch ha reflejado lo que experimentamos muchas veces en el terreno de los sueños. Habla bellamente de la "esperanza enlutada". Ciertamente es esperanza porque el curso de la historia va en inevitable ascenso -aunque sea en zig-zag-, pero también es enlutada porque hay demasiado fracaso humano, demasiada barbaridad, pero vuelve a ser esperanza porque a pesar de lo que vemos descubrimos un mundo y una historia habitadas por El.
Por ello, en esta última morada del abismo, cuando todo parece perdido, se nos aparece el Dios que renace de las cenizas, que hace posible lo imposible, que resucita muertos... el Dios que reivindica la historia de los vencidos, de los perdedores... El Dios insobornable, defensor de los pobres, razón última de nuestra esperanza y certeza de que con su ayuda las causas perdidas empiezan a estarlo bastante menos.
Personalmente, cuando abandonan las fuerzas y ni siquiera el “piloto automático” funciona para tirar para adelante, viene a mi el recuerdo de una cita del evangelio preciosa y vivificante (cf.Lucas 5,1-11). Los discípulos llevaban horas y horas de brega. No consiguen ni un solo pez. En la orilla les esperan sus esposas e hijos con hambre perruna de días. Los discípulos amarran abatidos, avergonzados, solo deseosos de desaparecer de la faz de la tierra. Se abre paso Jesús y se acerca a ellos. No parece el mejor momento para consejos no pedidos, pero el Maestro no entiende de agendas ni de buenas razones. Les invita a volver mar adentro y echar las redes. Las palabrotas de Pedro se oían en toda la lonja. Un carpintero que no tiene ni idea de pesca se pone a decirles, ¡a ellos, pescadores de toda la vida!, lo que tienen que hacer. Al final escampa. El bruto de Pedro intuye que hay alguna carta oculta en la mirada profunda del Maestro. Renegando, de mal humor y con alguna palabra subida de tono que el censor del evangelio no se ha atrevido a incorporar, al final Pedro regruñe: “Está bien, está bien… En tu nombre y por tu palabra volveremos a echar las redes”. El resto es bien conocido: fueron, echaron las redes y pescaron en abundancia. Dios regala su gracia cuando más necesitamos y cuando menos lo esperamos. No reclama mucho convencimiento, ni buenas razones, solo un poquito de confianza, quizá un tanto de humildad (de la verdadera la que se alcanza por la efectiva experiencia de humillación y no por actos prometeicos de voluntarismo).
Termino. El descenso a los abismos reclama de nosotros ser como los niños, los tontos y los borrachos. Por eso, pedimos al buen Dios de los Abismos y a Nuestra Señora de las Bajuras, un poco más de candor infantil, un poco menos de sentido común para no sentirnos incómodos en la extravagancia, y buena disposición para beber unos sorbitos de más de Espíritu Santo... ah!... y todo ello sazonado con unas chispitas de buen humor.

Laus Deo!


José Luis Segovia Bernabé



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