SÍntesis de la historia militar de nicaragua



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SÍNTESIS DE LA HISTORIA MILITAR DE NICARAGUA

De las guerras intertribales precolombinas al Ejército de Nicaragua (antes de 1523 a 2005)

PRÓLOGO

Al surgir como entidad política, adscrita a las Provincias Unidas del Centro de América en 1824, Nicaragua debía aportar 192 soldados al Ejército Federal, además de crear uno propio. Pero, en la práctica, nunca lo tuvo con sentido de nación. Lo que había dado hasta la independencia era la milicia colonial, surgida en la segunda mitad del siglo XVIII como fuerza estratégica del imperio español para contrarrestar las agresiones del imperialismo inglés. Más aún, la falta de conformación estatal en el Istmo obedeció a la ausencia de un proceso independentista sostenido bélicamente, como en otros países latinoamericanos. En nuestros nacientes países no se dio una guerra declarada contra la metrópoli, ni se levantó un ejército con un firme sentido político. Por tanto, tampoco se promovió un caudillismo trascendente. Francisco Morazán (1742-1842) entró de lleno en la historia seis años después de la proclamación de independencia en Guatemala, la cual se había producido en 1821 como resultado de los hechos de México y en forma pacífica.

El vacío de poder que significó la independencia no pudo ser llenado. De ahí que Nicaragua haya presentado, antes de la conformación de su Ejército Nacional en los años 90 del siglo XX, doce fuerzas armadas distintas. A saber:

1) las bandas al mando de caudillos feudales entre 1821 y 1854;

2) el ejército filibustero, que disponía del armamento más avanzado de la época y encabezaba el mercenario esclavista William Walker, de 1855 a 1857;

3) el Ejército patriótico coyunturalmente organizado por la unión de los partidos en pugna, de 1856 1858;

4) el Ejército del patriciado progresista, aun regido por el patriarcalismo, de 1859 a 1893;

5) el Ejército al servicio de la Dictadura Militar Reformista de 1893 a 1909;

6) el Ejército partidario de la Segunda República Conservadora de 1912 a 1926, vinculado al final a la Constabularia norteamericana;

7) el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua fundado por Augusto C. Sandino, el 2 de septiembre de 1927 como resistencia guerrillera;

8) la Guardia Nacional, creada al margen de la Constitución el 22 de diciembre del mismo año, en el contexto de la guerra civil y que, a partir de 1933, se transformaría en expresión armada de la Dictadura Somocista, hasta su disolución en julio de 1979;

9) el Ejército clandestino y guerrillero del FSLN de 1961 a 1979;

10) el Ejército como parte de la fusión Estado-Partido entre 1979 y 1990, año que iniciaría un proceso de profesionalidad y apartidismo;

11) la Resistencia o Contra subsidiada por los Estados Unidos, en el contexto de la Guerra Fría, de 1982 a 1990.

El anterior esquema, aunque remontado a las luchas intertribales de nuestros aborígenes, es el que desarrolla el Teniente Coronel de Infantería DEM MSc. Francisco Barbosa Miranda en la presente síntesis que hacía mucha falta, revela la acuciosidad de su autor y prestigia a la institución castrense de Nicaragua.

Doctor Jorge Eduardo Arellano



Introducción

En gran medida, la historia de Nicaragua ha sido la historia de las guerras, fenómeno cíclico que han estado presente en los diferentes periodos históricos. Hoy los nicaragüenses pretenden romperlo para que impere para siempre la paz en nuestro país. El pasado no se puede cambiar, pero su comprensión nos puede ayudar a construir un futuro mejor. En este sentido se hace necesaria la investigación y el estudio de la historia militar de Nicaragua de forma objetiva, dejando a un lado los intereses políticos partidistas, que desgraciadamente han caracterizado a nuestra incipiente historiografía nacional.

Principalmente, la historia de Nicaragua ha sido escrita desde la perspectiva económica, política y social, por lo que el análisis desde el punto de vista de la historia militar con enfoque científico ha permanecido ausente.

La historia nacional y militar hay que escribirla sin apasionamiento y subjetividad, con responsabilidad ética, profesional y con un sentido constructivo de nación para que sea útil en la educación de la sociedad.

En esta dirección, todavía se carece de una obra sintetizadora, objetiva, organizada y sistemática de la historia militar nicaragüense. Desde hace mucho tiempo algunos intelectuales extranjeros y nacionales, historiadores y otros especialistas han abordado los aspectos militares de Nicaragua de forma dispersa, tradicional y generalmente descriptiva; también han divulgado algunas tesis equivocadas que se han mantenido como verdades y que no han contribuido al conocimiento real de nuestra historia. Otra debilidad de la historiografía nacional sobre las guerras ha sido la omisión de la región del Caribe. Por lo que en la actualidad es de mucha importancia iniciar y desarrollar esta investigación científica de la historia militar de forma que contribuya a que las generaciones presentes y futuras de nicaragüenses conozcan y recojan las experiencias negativas y positivas del desarrollo militar y de las guerras de nuestra historia.

Esta síntesis de la historia militar de Nicaragua tiene como base de contenido teórico las ciencias históricas y militares universales aplicadas al análisis de la realidad objetiva de los hechos y fenómenos militares ocurridos en nuestro territorio, desde los primeros pobladores hasta el presente. Se habla de un tiempo prolongado, de más de dos mil años, lo que obliga a destacar lo más relevante de la época precolombina y colonial, como las guerras intertribales y su resistencia ante el conquistador español; el proceso de lucha independentista, el violento periodo de la anarquía donde surgieron ejércitos de facciones dirigidos por caudillos, rebeliones, guerras civiles internas y entre las recién independizadas provincias de Centroamérica; así como, la formación de los ejércitos locales surgidos de revueltas militares y los ejércitos institucionales que se caracterizaron por su partidarismo desde el siglo diecinueve hasta finales del siglo veinte. Además, se abordan los movimientos guerrilleros que se convirtieron en ejércitos casi regulares hasta el proceso de despartidización y formación del primer ejército de carácter nacional y apartidista de Nicaragua: el ejército actual.

Sobre esta base, el presente trabajo tiene el objetivo de compartir un breve esbozo de la historia militar de Nicaragua para motivar a los lectores a profundizar su estudio, ya que la historia militar nicaragüense es un tema muy amplio, bastante desconocido, tergiversado y con muchos mitos generalmente aceptados, porque hemos optado por la renuncia a la réplica de esos argumentos y a la falta de una permanente investigación histórica.

Historia militar precolombina y colonial: antes de 1523 hasta 1821

El historiador norteamericano Ph. D. Richard Millet, autor de la excelente obra Guardianes de la Dinastía, cita al historiador nicaragüense Sofonías Salvatierra, quien afirma que: "La historia militar nicaragüense se inicia en 1523 con una batalla entre el ejército invasor del conquistador español, Gil González, y un ejército indígena dirigido por Diriangén". Pero, en las investigaciones realizadas sobre la historia de Nicaragua en la época precolombina se conoce que los indígenas nicaragüenses desde antes de la llegada de los españoles tenían una estructura social con carácter de organización militar y realizaban las guerras internas por diferentes causas, lo que les había permitido construir armas rudimentarias, ejercitar tácticas de guerra en sus combates y fundamentar espiritualmente la esencia y concepciones de las guerras que formaban parte de su vida, lo cual tenía gran influencia en su cultura y tradiciones guerreras.

Con la llegada de los conquistadores españoles, se produjo el fin de las guerras intertribales porque las contradicciones entre ellos desaparecieron. A partir de este momento, el enemigo común fue el conquistador español. Fue en este período que se inició la resistencia indígena, donde fue reflejado claramente el espíritu rebelde y aguerrido de los grupos étnicos que poblaban el territorio de Nicaragua. Debido a estas razones, no se puede tomar como inicio de la historia militar nicaragüense el año de 1523. Aunque, sus orígenes hay que ubicarlos mucho tiempo antes. Según los datos existentes, se menciona que desde el año 350 a.C. se asentaron en el territorio nacional las primeras inmigraciones indígenas que empezaron a desarrollar sus luchas internas.

Las guerras intertribales

El territorio de lo que es hoy Nicaragua, antes y a la llegada de los conquistadores españoles, se encontraba habitado por cuatro pueblos, de origen, costumbres e idiomas diferentes, pero similares en el arte de la guerra. Según Tomás Ayón: "Estos pueblos eran: los niquiranos, los choroteganos, los chontales y los caribisis". Para estos pueblos, la guerra era sagrada y las causas principales religiosas y territoriales, relacionadas con su cosmovisión, tradición y cultura. La guerra para el indígena era el medio fundamental para obtener prisioneros que posteriormente eran ofrecidos en sacrificio a los dioses. Hay que destacar que la práctica de sacrificios humanos y antropófaga era eminentemente religiosa y ritual. Solamente se realizaba con los prisioneros de guerra, como señala Jorge Eduardo Arellano: "Consistía en un acto de comunión, no de simple canibalismo; con solemnidad y respeto". Otra creencia importante que tiene que ver con la guerra es la relación que se establece con el más allá, donde se plantea que la guerra era sagrada, ya que los muertos recibían el premio eterno al lograr la purificación y la ocupación de un lugar al lado de los teotes o dioses.

En la estructura social indígena se podía observar cuatro niveles, en primer lugar, los nobles: caciques, consejo de ancianos, capitanes principales, sacerdotes, funcionarios del mercado, orfebres; en segundo lugar, la plebe: guerreros, comerciantes, agricultores, cazadores, pescadores, artesanos, prostitutas, mendigos; en tercer lugar, los esclavos y en cuarto lugar, los cautivos de guerra.

El sistema de gobierno de los indígenas se practicaba de dos formas: unas tribus eran regidas por un Consejo de Ancianos respetables, electos por el pueblo, y que a su vez elegían a un capitán para la guerra. Los deberes que a éste se imponían eran muy estrictos. De tanto respeto gozaba la autoridad de los ancianos, que no había peligro de usurpaciones por parte del Capitán General. Si éste no cumplía con sus deberes o si infundía sospechas de traición, se le quitaba la vida según Oviedo y Valdés. Otras formas era que las tribus se gobernaban por una monarquía moderada. Ejercían el poder supremo los caciques, llamados teytes, quienes debían reunir asambleas populares, a las cuales se les daba el nombre de Monexico.

La táctica militar indígena era simple y se correspondía con los objetivos del combate desde el punto de vista ofensivo o defensivo: la captura de prisioneros para esclavizarlos y ofrecerlos en sacrificio, desalojarlos del territorio o aniquilarlos. La ofensiva era la principal acción combativa de los indígenas y por eso se preparaban desde su niñez en el arte de la guerra; generalmente los caciques proponían al Monexico la declaración de guerra y cuando ésta se aprobaba se daba a conocer a través de un pregón o anunciador. El cacique no marchaba al frente en los combates, se designaba un capitán de guerra que era escogido entre los hombres más valientes y con mayor experiencia, pero la planificación y preparación de los combates tenía una gran importancia, ya que se explicaba la forma de realización de éstos, utilizándose incluso mapas rústicos de piel de venado donde estaban señalados los límites territoriales que dominaban los distintos grupos indígenas.

Existían dos tipos de ataques: el frontal donde el guerrero combatía hasta la muerte y el ataque por la retaguardia, utilizando la distracción del enemigo. Durante el combate frontal, era difícil la captura del guerrero, ya que si era herido, éste combatía hasta la muerte, y si era de gravedad y quedaba en el campo de batalla, era difícil capturarlo, porque su lugar era ocupado por otro guerrero, ya fuera uno menos experimentado o un joven en busca de la gloria militar de capturar un prisionero. Otra de las tácticas utilizadas por los indígenas eran las acciones de distracción del oponente para realizar los ataques por la retaguardia, generalmente los combates se iniciaban a la distancia del alcance de los dardos y las flechas como preparación para introducirse en el combate frontal, que continuaba con lanzas, espadas o macanas.

El orden combativo de los grupos de guerreros estaba organizado en líneas: en la primera línea los guerreros más experimentados, en la segunda línea los guerreros con cierta experiencia y en la tercera línea los guerreros jóvenes. La defensa se reducía a la protección de los territorios o poblados a partir de sus límites. Se designaban a los jóvenes guerreros para ejercer la vigilancia y evitar los ataques por sorpresa.

Los indígenas no conocían el hierro. Sus armas eran rudimentarias, elaboradas de piedra y madera, las cuales se dividían en armas ofensivas y defensivas. Entre las armas ofensivas encontramos: saetas de pedernales y huesos de pescados en las puntas, arcos de madera y flechas con puntas de huesos, lanzas con puntas de huesos afilados, macanas que les adaptaban obsidiana, espadas de madera con pequeños dientes de pedernal en ambos lados. Las armas defensivas eran escudos de maderas forrados con plumas o algodón, llamados jubones por los españoles y los yelmos o cascos.

Los indígenas concebían que el espíritu guerrero y la valentía eran formas de lograr prestigio en las tribus y escalar posiciones en la estructuración militar de la sociedad. Toda esa cosmovisión de la importancia de la guerra generó el desarrollo de una táctica militar indígena y una tradición guerrera que a la llegada de los conquistadores españoles, se convirtió en la táctica de resistencia.

La resistencia indígena ante la conquista y colonización (1523-1550)

Con la llegada de los españoles en 1523 al territorio de la Nicaragua de hoy, se inició la resistencia indígena. Sin embargo, en la historiografía universal sobre el periodo de la conquista y colonización de Centroamérica, y particularmente de Nicaragua, se exponen principalmente dos tesis contradictorias.

Por un lado, se señala que los pacíficos indígenas aceptaron la superioridad europea y se sometieron a su mando sin mayores problemas. Por otro, como lo afirma Jaime Wheelock, en su obra Raíces Indígenas de la Lucha Anticolonialista en Nicaragua: "Esa historia dio comienzo con una encarnizada lucha del indio contra el colonialista español mantenida luego durante los tres siglos que duró la dominación peninsular...".

Las investigaciones, nuevos estudios e interpretaciones de lo narrado por los cronistas españoles, ha permitido profundizar en el conocimiento de esa realidad histórica, generalmente tergiversada. Además, se observa en la historiografía nicaragüense que cuando se estudia este período se omite la región del Caribe de Nicaragua, donde siempre los grupos indígenas ofrecieron una tenaz resistencia que tuvo como resultado el que jamás fueran sojuzgados por el poder español.

Los ataques de los caciques Diriangén y Nicaragua se constituyeron en las primeras acciones combativas organizadas y desarrolladas en la historia de Nicaragua contra un invasor extranjero y tienen una gran importancia, porque no sólo expresan el espíritu guerrero del indígena y su decisión de no aceptar el sometimiento ante el conquistador, sino que, a partir de estos ataques, la concepción táctica militar del indígena cambió radicalmente.

El ataque de Diriangén demostró en principio la decisión de no aceptar la imposición de una cultura y religión extraña, sumado al valor de enfrentarse a un enemigo desconocido, dotado de un animal desconocido y de armas de fuego que, como señala en su obra Notas Sobre las Causas de las Derrotas Indígenas, el historiador guatemalteco, Carlos Samayoa: "Por arte de magia, daban muerte a distancia, en la luz o en la sombra, con fragores y velocidades que sólo podían compararse con las del mismo rayo", por lo que la derrota militar de los indígenas fue una realidad producto de: la superioridad del armamento, de la preparación militar de los españoles, de la mejor organización y de la táctica de guerra que emplearon.

En el combate el aspecto psicológico jugó un papel importante, ya que el indígena tenía pavor al ruido y poder de aniquilamiento de las armas, así como a la figura de los caballos. No obstante, debido a los ataques de los indígenas y al temor de perder todo el oro que habían reunido, Gil González decidió regresar a Panamá, por lo que organizó su columna de marcha en forma compacta, lo que le permitiría rechazar cualquier ataque, ya que por su experiencia militar, tuvo la sospecha que podía ser atacado en su viaje de regreso.

El cacique Nicaragua, al conocer del ataque de Diriangén a Gil González y el retorno de paso por sus tierras, decidió atacar a los españoles, quienes al recibir el ataque indígena lograron movilizar rápidamente la caballería y los medios de fuego más potentes, hasta conformar una estructura de defensa circular que les permitió enfrentar de forma más efectiva la ofensiva indígena. En el combate cuerpo a cuerpo los indígenas estaban en desventaja, ya que luchaban casi desnudos con una protección ligera a diferencia de los españoles, que utilizaban como armas defensivas la rodela, que era una especie de escudo redondo y pequeño y la coraza de hierro que protegía al soldado en su pecho. Los conquistadores españoles utilizaron armas ofensivas: la lanza, de asta larga y de hierro agudo, templado en uno de sus extremos; la espada de doble filo para el combate cuerpo a cuerpo, utilizada para decapitar al enemigo; la ballesta, arma diseñada para lanzar flechas que alcanzaban una distancia de cincuenta metros. Las armas de fuego de los conquistadores eran: el arcabuz, la escopeta, la espingarda, que era una especie de cañón de artillería liviano. Los indígenas, en cambio, utilizaban armas de piedra y madera, vestidos con ropas ligeras que no protegían su cuerpo del poder destructivo de las armas enemigas.

Hay que destacar que los indígenas de nuestro territorio no consideraron a los españoles como dioses, a diferencia de otros grupos en América. Sobre esto el historiador Antonio Esgueva en su artículo sobre la rebeldía indígena nicaragüense publicado en la Revista Encuentro número veinte, señala: "No se da en Nicaragua el fenómeno de considerar a los españoles como seres superiores o teotes…". Incluso agrega: "Oviedo nos presenta a Diriangén diciendo que los españoles no eran más valientes que él".

Era evidente que los conquistadores españoles pertenecían a una organización social, económica, política y militar más avanzada. En general, los españoles conocían el desarrollo de la ciencia militar europea, acumulaban la experiencia de siete siglos de lucha contra los árabes. Además, de la superioridad de las armas de fuego, con un gran poder de aniquilamiento a larga distancia; el uso de las ballestas, espadas de hierro, la utilización del caballo, que era un animal desconocido para el indígena.

Por otra parte, la resistencia indígena en la costa Caribe de Nicaragua fue más tardía. Los españoles, por las condiciones geográficas inhóspitas, iniciaron la colonización de Centroamérica por el Pacifico, aunque, organizaron varias expediciones para penetrar en las regiones llamadas Taguzgalpa y Tologalpa, que correspondían a la costa Caribe de Honduras y Nicaragua respectivamente. Pero estas expediciones fracasaron porque los indígenas las combatieron hasta aniquilarlas, según Jaime Incer:

"En 1527 los indios asaltaron Villa Hermosa…poco después las minas de Santa María de Buena Esperanza, en el río Segovia…indudablemente el espíritu indómito de las tribus que vivían a la entrada de las montañas fue la causa de la poca intención mostrada por los españoles en la conquista de tan apartadas regiones".

En los primeros años del siglo XVII, se continuó con una serie de expediciones de parte de la Corona española sin resultados favorables, coincidiendo además, con el cambio genético y social que se fue generando en las etnias que llegaron a conformar a los misquitos y zambos misquitos, constituyéndose a finales de este siglo en el grupo indígena más poderoso a partir de su relación con los piratas holandeses, franceses y principalmente ingleses. Estos acentuaron sus características guerreras y los abastecieron de armas de fuego para combatir a los españoles y sojuzgar a las demás etnias minoritarias.

El corto tiempo de veintisiete años que duró la conquista de Nicaragua fue un período de mayor violencia y crueldad, ejercida por los invasores españoles contra los pueblos indígenas protonicaragüenses. Aquí sobresalen como las más sangrientas gobernaciones las de Pedrarias Dávila y Rodrigo de Contreras. El doctor Jaime Incer en su libro Viajes, Rutas y Encuentros 1502-1538 cita al geógrafo David R. Radell, quien afirma que: "En un estudio sobre la población aborígen de Nicaragua, también estimó en un millón la cifra que tenía el país al comenzar la conquista. Esta se redujo a solo 10,000 en los siguientes sesenta años…". A la par de la resistencia nativa se agudizaron las contradicciones entre los intereses de la Corona y de los conquistadores.

La conquista del continente americano se realizó en una época en que en Europa se desarrollaba un proceso de modernización de los ejércitos como instituciones profesionales, pero los conquistadores llegados a estas tierras pertenecían a las clases bajas españolas y no a esos ejércitos regulares. Eran particulares, aventureros que buscaban una mejor posición económica y social, en las huestes indianas del siglo XVI. Los conquistadores arribaron en busca de riquezas, sin importarles la utilización de formas o medios criminales para obtenerlas.

El 16 de marzo de 1527, la Corona española por real cédula nombró Gobernador y Capitán General de Nicaragua a Pedrarias Dávila, pero sus primeros años de gobierno se vieron complicados por la resistencia de los chorotegas. En una cédula real del 2 de octubre de 1528, se informa que: "En algunos lugares cercanos a las ciudades de León y Granada hay cierta gobernación de caciques que se llaman chorotegas que hasta ahora nunca han querido servir a los cristianos y que demás de no querer servir se han alzado y muerto muchos cristianos y enviándoles a desafiar a ciertos requerimientos, no han querido cumplir...". Lo que demuestra la tenaz resistencia que desde los inicios de la colonización las tribus aborígenes realizaron contra las huestes conquistadoras, que se imponían a través de la muerte y la tortura. En este sentido coincidimos con los planteamientos de Jaime Wheelock en su obra Raíces Indígenas de la Lucha Anticolonialista, donde señala: "La resistencia había tomado la forma de una ofensiva generalizada contra el opresor. Pedrarias decidió hundir en el horror a la población de Nicaragua". La situación de la recién nombrada Provincia de Nicaragua era de permanente violencia y zozobra.



La colonia y la resistencia indígena (1550-1821)

La experiencia adquirida por los indígenas en las primeras derrotas militares de la guerra de resistencia les permitió cambiar sus concepciones del objetivo de la guerra. Ahora ésta era uno de los medios principales de respuesta a la opresión que, además, se complementó ingeniosamente con la utilización de diversas formas de lucha, tales como: la sublevación, el motín, el sabotaje, las emboscadas, el ataque a los pueblos, la huida, la negativa a pagar tributos, el aborto, la negación para concebir hijos por las indias, entre otras.

Durante el siglo XVI, la responsabilidad militar recayó en las huestes conquistadoras, que eran formadas con soldados por Orden Real y soldados de asiento voluntario. Después que la hueste conquistadora cumplía su misión, las funciones militares eran asumidas por los encomenderos, pero en el siglo siguiente, ante la decadencia económica de ese sector, fue necesario organizar las milicias voluntarias que eran pagadas por la Real Hacienda. Primero fueron llamados a filas sólo los españoles, pero a mediados del siglo XVII fueron reclutados mestizos, mulatos y negros libres. Esta situación motivó el envío al territorio americano de fuerzas expedicionarias que estaban mejor instruidas y organizadas.

Desde la perspectiva española, y de la historia oficial predominante hasta hoy, tanto el periodo de la conquista como la época colonial se han resaltado como un encuentro de culturas en una situación de paz relativa, obviando la realidad histórica de los hechos que demuestran que fue un choque violento de civilizaciones, con el resultado impositivo de una sobre otra, con un elevado costo en destrucción de vidas humanas, principalmente de los aborígenes, que de forma permanente se opusieron al dominio del invasor.

Entre las sublevaciones más conocidas de la época colonial se destacaron la del partido de Sutiava en 1681 que lo habían agregado al de León a fin de controlar los repartimientos. También una sublevación importante fue la de Sébaco en 1693, situado en la parte central de la Provincia, que se había convertido en la línea de avanzada para combatir y detener a los caribes y miskitos de la costa oriental. A inicios del siglo XVIII, se produjo la sublevación del pueblo de Sutiava en 1725 y otros barrios indígenas como El Laborío, que resistieron por el término de mes y medio; la respuesta de la milicia real fue de una mayor represión. Otra importante manifestación de rebeldía fue la de los aborígenes de la tribu de los boacos, jefeados por el cacique Yarrince, lucha que se generalizó hacía los valles de Chontales y Matagalpa.

Por otra parte, la lucha permanente entre los españoles y los indios miskitos se incrementó a mediados del siglo XVII y en el siglo XVIII. La ofensiva miskita generalizada por el ataque a los poblados españoles coincidió con el apoyo inglés, para su expansión como etnia dominante en la región jamás sometida por los conquistadores españoles.

En la época colonial, para la guerra contra los indígenas fueron creadas las Compañías de Conquista, que defendían la frontera española, atacaban y aniquilaban a los indios; y también a los negros que huían de la esclavitud. Otros medios para mantener el orden interno y la defensa ante el enemigo exterior, eran las milicias urbanas de los pueblos y las guarniciones como la del Castillo de Río San Juan.

Las fuerzas militares coloniales, después de su precaria situación en el siglo XVII, incrementaron sus fuerzas y armamento a finales del siglo XVIII. Para esta época las milicias de las regiones sometidas habían abierto sus filas a los ladinos de los pueblos, aunque éstos no podían obtener grados superiores a capitán. Además, se mejoró la organización del sistema defensivo en el territorio, como afirma Germán Romero: "En 1758 había en la Provincia un regimiento de caballería y cuatro regimientos de infantería…".

La resistencia indígena en Nicaragua fue una lucha armada, acompañada de otras modalidades violentas y pacificas, que de forma permanente se realizó por los aborígenes como respuesta a la crueldad y explotación de los conquistadores y autoridades coloniales. A pesar de la superioridad militar española, esta rebeldía históricamente demostrada por el indígena nicaragüense, elimina cualquier tesis de la paz colonial y deja al descubierto cómo el ejemplo de la lucha indígena contra el opresor marca la conciencia combativa de los pueblos de Nicaragua en busca de justicia y libertad.

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