Sobre la conveniencia de incorporar a Rusia y Turquía a la Unión Europea (Noviembre de 2015) Actualización de una propuesta políticamente incorrecta



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Fue estrangulado. O lo hizo él mismo o alguien le ayudó. (Pero) no creo que fuera un suicidio. Esta no es una muerte normal”, contaba esta semana al Guardian Nikolai Glushkov, exsubdirector de Aeroflot y amigo personal de Berezovski. Al igual que su amigo en el año 2000, Glushkov emigró desde Rusia al Reino Unido. Por aquel entonces Berezovsky se había enemistado con Putin -a quien ayudó en un principio a llegar Kremlin- después de que éste intentase elevar la recaudación del Estado aumentando la carga fiscal sobre los oligarcas. Berezovsky, como Jodorkovsky, perdió la guerra: terminó siendo considerado “un criminal fugado” en Rusia y, desde su exilió británico, se convirtió en uno de los más feroces (y más ricos) opositores al Gobierno de Putin.

La traición de los “delfines”



La historia de los oligarcas se escribe con un reguero de asesinatos y luchas fratricidas, a muerte o en los tribunales. De hecho, fue el protegido de Berezovsky, un empresario que con apenas 29 años se hizo con la petrolera Sibneft por sólo 100 millones de dólares llamado Roman Abramovich, quien dio la puntilla al capo en desgracia. Berezovsky atravesaba actualmente graves dificultades económicas tras perder en 2012 un largo proceso legal contra su antiguo amigo y aliado, ahora un poderoso oligarca y propietario del Chelsea, después de afrontar unas deudas de legales de 117 millones de euros. Había acusado a Abramovich de “intimidarle” para que vendiera sus acciones en Sibneft por una “fracción” de su valor real, acusación que rechazó el Tribunal Comercial de Londres. El proceso hundió la reputación de este exmatemático meses después de que su exmujer le abandonase después de protagonizar uno de los divorcios más costosos de la historia de Reino Unido.

Berezovsky se hizo millonario gracias a su habilidad para entrelazar negocios y política. Tras la desintegración de la URSS, erigió uno de los mayores y más diversificados imperios empresariales de Rusia, con intereses en petroleras y medios de comunicación. En medio de la carestía absoluta del final del comunismo, Berezovsky comprendió que el ciudadano soviético de a pie soñaba con dos cosas: un coche y un piso, así que puso en marcha el negocio automovilístico en el país. Amasó una fortuna comprando al Gobierno coches destinados a la exportación que vendía a los rusos a un precio más alto y aprovechó dichas ganancias para obtener influencia política adquiriendo medios. Cuando los rojos amenazaban con llegar al Kremlin en las elecciones de 1996, se lanzó junto, a otros oligarcas, a la arena política. Los empresarios se hicieron cargo de la campaña de Boris Yeltsin a cambio de obtener representación en su gobierno. Gracias a su control de los medios y al aluvión de millones gastados en la campaña, Yeltsin remontó una intención de voto inferior al 10% y retuvo la presidencia. Y su socio Berezovsky rozó la cima de su carrera.

“Nunca he negado que, para una persona rica en Rusia, una inversión en política lo vale todo. (...) Nunca he considerado los medios como un negocio comercial, los veía como una poderosa arma política para la lucha que nos esperaba”, dijo en una entrevista. En la cúspide de su poder, Berezovsky se propuso privatizar la televisión del Estado para mantener su dominio de la escena mediática, que le disputaba Gussinski. Aquello era como privatizar la Plaza Roja. Pero a finales de 1994, el empresario se hizo con la televisión pública por una modesta suma, unos millones de dólares. Después de su meteórico ascenso, se convirtió en segundo de la seguridad del Kremlin y entró a formar parte de la “familia”, como a él le gustaba llamarle, de Yeltsin. Hasta que el cambio de aires que trajo Putin acabó con su buena estrella. “Ninguno (de estos oligarcas) llegó a ser tan poderoso como Berezovsky. Fue el único que intentó derribar a Putin, es un caso único en cierto modo. El resto de la élite empresarial rusa tomó buena nota de lo que le sucedió”, explica Javier Morales, experto en Rusia y Miembro Asociado Senior de St. Antony’s College, de la Universidad de Oxford.

En la investigación sobre el “suicidio” de Berezovsky que ha abierto la Policía británica se escucharán testimonios para averiguar las causas de su muerte, para luego postergar el asunto hasta que se pueda llevar a cabo un interrogatorio más amplio. Tal vez determine que el repentino final del empresario está directamente relacionado con la guerra sucia por el poder que siempre han mantenido los oligarcas. “Hay dos niveles, los padrinos, como Berezovsky, que defienden a los oligarcas, a los ahijados que tienen la propiedad de los negocios, como Abramovich. Los juicios de Londres destaparon todo el entramado: los padrinos pedían más dinero. Cuando Berezovsky se va a Gran Bretaña, Abramovich compra (Sibneft).”, cuenta Marc Garrigasait, analista de Cotizalia. “La lista de oligarcas caídos en desgracia es larga. El mayor ejemplo es Jodorkovsky, que cayó en desgracia por atreverse a no salir del país (cuando se enfrentó con Putin) y todas sus empresas le fueron arrebatadas. Berezovsky o Chernoi, padrino del joven oligarca Deripaska, con quien acabó enfrentándose en juicio, son otros ejemplos. Prokhorov se marchó a EEUU para evitar riesgos. Son empresarios que han comprado equipos, que son inversiones ruinosas, para salvar la vida”. ¿Y Abramovich? Cuando se habla de Abramovich salen a relucir asesinatos por doquier... "dicen que utilizó el asesinato para construir su imperio”.

- Putin: la obsesión por la supervivencia en el seno del Kremlin (Project Syndicate - 4/7/13)

(Por Fiona Hill)

Washington.- El improbable ascenso de Vladimir Putin al pináculo del poder ruso en 1999-2000 fue en parte el resultado de un consenso de elites sobre la importancia de restablecer el orden en el estado ruso después de una década de crisis doméstica y humillación internacional. Su ascenso era improbable, porque Putin no era un político de carrera, sino alguien cuya visión del mundo estaba forjada por su experiencia en la KGB, una institución que operaba más allá del escrutinio público y sin miedo de restricciones legales o de otro tipo.

La visión del mundo de Putin, sin embargo, dista de ser única en Rusia. Desde sus primeros días en el Kremlin, se estableció como un conservador ruso clásico en busca del objetivo de fortalecer al estado ruso.

El principal objetivo de Putin es el de asegurar la supervivencia de Rusia defendiéndola de las amenazas a su integridad territorial, su soberanía política y su identidad nacional. De la misma manera que los oficiales de la KGB se describían a sí mismos como los máximos protectores del estado soviético, Putin cree que él solo es capaz de contrarrestar de manera efectiva las amenazas que enfrenta Rusia. En este sentido, es una persona obsesionada por la supervivencia, que cree que no tiene otra opción que la de ejercer el poder. Y, como oficial de la KGB, transforma a la gente en activos que cumplirán sus objetivos.

Fronteras para adentro, Putin se concentró el año pasado en lidiar con sus oponentes -cooptando a algunos e intimidando a otros al transformar los sistemas legal y penal rusos en instrumentos mochos de represión-. En el exterior, tomó medidas para mitigar las repercusiones en Rusia de una serie de sacudidas políticas y económicas externas.

En Oriente Medio, Putin ve amenazas genuinas a la supervivencia del estado ruso provenientes de los partidos islamistas que llegaron al poder en países musulmanes predominantemente sunitas tras las revoluciones de la Primavera Árabe. Esos partidos les quitaron el equilibrio del poder regional a los gobiernos seculares, y Putin culpa a Estados Unidos por darles poder a través de sus intentos de imponer la democracia en la región.



Dada la experiencia de Rusia con grupos militantes autóctonos que buscan apoyo de los extremistas árabes, Putin cree que la estabilidad doméstica de Rusia exige líderes fuertes en Oriente Medio que puedan tener a los extremistas bajo control -y con quienes él pueda tratar directamente-. Esto ayuda a explicar por qué la política de Putin para Oriente Medio descansa en relaciones estrechas con el presidente sirio Bashar al-Assad, Irán e Israel. Esos tres países comparten -aunque por diferentes razones- la preocupación de Rusia frente a los nuevos gobiernos de inspiración religiosa en Oriente Medio.

Mientras tanto, la economía global sigue planteando riesgos para el estado ruso. Desde que llegó al poder por primera vez, Putin intentó cimentar el status de Rusia y su postura global sobre la base de un desempeño económico superior. Como destacó el propio Putin en algunos discursos, cree que la Unión Soviética, al avocarse a una guerra de armamentos económicamente desastrosa con Estados Unidos, libró la batalla equivocada contra Occidente durante la Guerra Fría.



En la opinión de Putin, la Unión Soviética colapsó bajo el peso de sus deudas. De manera que la supervivencia del estado ruso depende de su fortaleza fiscal y económica, que también garantiza su soberanía.

En los años 2000, en gran medida gracias a los altos precios del petróleo, Putin canceló las deudas del estado. Acopió enormes reservas de moneda extranjera, lo que le sirvió para amortiguar el golpe de la crisis económica global de 2008. Cuando los precios del petróleo subieron entre 2000 y 2008, Putin gobernó durante un período de rápido crecimiento del PBI que colocó a Rusia camino a convertirse en la quinta mayor economía del mundo.

El crecimiento económico sustituyó al poderío militar como el indicador más importante de éxito de Rusia y le valió un lugar en el llamado grupo BRICS de las principales economías emergentes del mundo, junto con Brasil, India, China y Sudáfrica. El crecimiento de Rusia generó empleos, hizo crecer los ingresos y contribuyó a una década de estabilidad interna.

El futuro parece mucho menos halagüeño. La economía se ha desacelerado. La mayoría de los economistas hoy cree que Rusia no puede mantener un crecimiento anual del PBI a una tasa superior al 2% sin otra alza sostenida de los precios del petróleo. Pero un crecimiento del 2% (una tasa respetable para una economía avanzada) representaría un golpe importante al status de Rusia y al prestigio personal de Putin, y podría poner en peligro la estabilidad doméstica si se pierden empleos en sectores industriales críticos.

Putin está perplejo respecto de cómo contrarrestar la amenaza planteada por un crecimiento lento. Su principal propuesta hasta el momento ha sido una “Unión Euroasiática” -una versión ampliada de la actual unión aduanera entre Rusia, Bielorrusia y Kazajstán-. Esto ofrecería una plataforma para restablecer el comercio, el transporte y otros vínculos entre los ex países soviéticos y así ganar mercados regionales para los productos rusos, garantizar los empleos rusos y reafirmar la influencia política rusa en su viejo vecindario.



Sin embargo, al querer ejercer una posición de influencia en las economías y la política de los países adyacentes, Rusia corre el riesgo de generar tensiones políticas con la Unión Europea. En noviembre, en su cumbre de “Asociación Oriental” en Vilnius, la UE decidirá si proceder o no con un Acuerdo de Asociación con Ucrania. Putin lo ve como una amenaza a los intereses económicos de Rusia, porque es improbable que Ucrania se sume a su Unión Euroasiática si está alineada con la UE -y la Unión Euroasiática no representará demasiado sin Ucrania.

El foco estatista y la actitud de supervivencia de Putin a la hora de lidiar con las amenazas que enfrenta Rusia parecen retrotraerlo a antiguas formulaciones que lo enfrentaron a Estados Unidos y Occidente. En Siria, Putin está atascado detrás de Assad mientras éste masacra a sus ciudadanos. En su propio vecindario, Putin lidera la recreación de una versión atenuada de la Unión Soviética, cuyo éxito o fracaso hoy dependen de decisiones tomadas en Kiev, Bruselas o Vilnius, y no en Moscú. En ambos casos, Putin corre el riesgo de provocar la ira de otros y que esto resulte más contraproducente para Rusia.

(Fiona Hill, a senior fellow at the Brookings Institution, is the author, with Clifford Gaddy, of Mr. Putin: Operative in the Kremlin)

- El fin de la fiesta de los mercados en ascenso (Project Syndicate - 30/8/13)

(Por Ricardo Hausmann)

Cambridge.- El entusiasmo por los mercados en ascenso ha ido esfumándose este año y no sólo por los recortes previstos de la Reserva Federal de los Estados Unidos en sus compras de activos en gran escala. Los valores y los bonos de los mercados en ascenso han bajado en el año transcurrido y su crecimiento económico se está aminorando. Para ver por qué, resulta útil entender cómo llegamos a la situación actual.



Entre 2003 y 2011, el PIB en precios corrientes aumentó un 35 por ciento acumulativo en los Estados Unidos y un 32 por ciento, un 36 por ciento y un 49 por ciento en Gran Bretaña, el Japón y Alemania, respectivamente, todos ellos calculados en dólares de los EEUU. En el mismo período, el PIB nominal experimentó el vertiginoso aumento de un 348 por ciento en el Brasil, un 346 por ciento en China, un 331 por ciento en Rusia y un 203 por ciento en la India, también en dólares de los EEUU.

Y no fueron sólo esos así llamados países BRIC los que experimentaron el auge. La producción de Kazajstán aumentó más de un 500 por ciento, mientras que Indonesia, Nigeria, Etiopía, Rwanda, Ucrania, Chile, Colombia, Rumania y Vietnam crecieron más de un 200 por ciento cada uno. Eso significa que las ventas por término medio, en dólares de los EEUU, hechas por los supermercados, las empresas de refrescos, los grandes almacenes, las empresas de telecomunicaciones, las tiendas de informática y los vendedores de motos chinas aumentaron en tasas comparables en esos países. Tiene sentido que las empresas se trasladen a donde hay auge de las ventas en dólares y que los gestores de activos pongan dinero donde el crecimiento del PIB en dólares es más rápido.

Podríamos inclinarnos por interpretar esos asombrosos resultados de los mercados en ascenso como consecuencia del crecimiento en la cantidad de cosas reales que esas economías producen, pero sería en gran medida erróneo. Piénsese en el Brasil. Sólo el 11 por ciento del crecimiento de su PIB nominal, que superó el de China entre 2003 y 2011, se debió al aumento de la producción real (ajustado para tener en cuenta la inflación). El 89 por ciento restante fue consecuencia de un aumento del 222 por ciento de los precios en dólares en ese período, pues los precios en moneda local aumentaron más rápidamente que los precios en los EEUU y la tasa de cambio se apreció.

Algunos de los precios que aumentaron fueron los de los productos básicos que exporta el Brasil, lo que se reflejó en un 40 por ciento de beneficio en la relación de intercambio (el precio de las exportaciones comparado con el de las importaciones) del país, por lo que los mismos volúmenes de exportaciones equivalieron a más dólares.

Rusia pasó por una experiencia algo similar. El aumento real de la producción explica sólo el 12,5 por ciento del aumento del valor en dólares de los EEUU del PIB nominal en el período 2003-2011, mientras que el resto es atribuible al aumento de los precios del petróleo, que mejoró la relación de intercambio de Rusia en un 125 por ciento, y a una apreciación real del 56 por ciento del rublo frente al dólar.

En cambio, el crecimiento real de China fue tres veces el del Brasil y Rusia, pero su relación de intercambio se deterioró, en realidad, en un 26 por ciento, porque sus exportaciones de productos manufacturados resultaron más baratas, mientras que sus importaciones de productos básicos se encarecieron. El porcentaje del crecimiento real en el crecimiento del PIB nominal en dólares de los EEUU de los principales países en ascenso fue del 20 por ciento.

Los tres fenómenos que impulsaron el PIB nominal -aumentos de la producción real, un aumento en el precio relativo de las exportaciones y una apreciación del tipo de cambio real- no son independientes unos de otros. Los países que crecen más rápidamente suelen experimentar una apreciación del tipo de cambio real, fenómeno conocido como efecto Balassa-Samuelson. Los países cuya relación de intercambio mejora suelen crecer también más rápidamente y experimentar una apreciación del tipo de cambio real al desarrollarse la economía gracias al gasto interno de unos ingresos mayores por exportación y a que los dólares sean relativamente más abundantes (y, por tanto, más baratos).

Los tipos de cambio reales pueden apreciarse también por los aumentos de las entradas de capitales, que reflejan el entusiasmo de los inversores extranjeros con las perspectivas del país de que se trate. Por ejemplo, de 2003 a 2011 las entradas de capitales en Turquía aumentaron casi un ocho por ciento del PIB, lo que explica en parte el aumento del 70 por ciento de los precios en dólares. La apreciación real podría ser también consecuencia de políticas macroeconómicas incoherentes que sitúen al país en una posición peligrosa, como en la Argentina y en Venezuela.

La distinción entre esos fenómenos dispares y relacionados es importante, porque algunos son claramente insostenibles. En general, las mejoras de la relación de intercambio y las entradas de capitales no continúan permanentemente: o se estabilizan o con el tiempo se invierte su dirección.

De hecho, la relación de intercambio no suele tener una tendencia a largo plazo y revela una muy pronunciada vuelta hacia la media. Si bien los precios del petróleo, los metales y los alimentos aumentaron en muy gran medida después de 2003 y en algún momento entre 2008 y 2011alcanzaron niveles sin precedentes, nadie espera aumentos similares de los precios en el futuro. El debate estriba en si los precios se mantendrán más o menos como están o bajarán, como ya lo han hecho los de los alimentos, los metales y el carbón.

Lo mismo se puede decir de las entradas de capitales y la presión al alza que ejercen sobre el tipo de cambio real. Al fin y al cabo, los inversores extranjeros llevan su dinero al país porque esperan poder sacar de él mucho más dinero en el futuro; cuando eso ocurre, el crecimiento suele aminorarse, si no desplomarse, como ocurrió en España, Portugal, Grecia e Irlanda.

En algunos países -como, por ejemplo, China, Tailandia, Corea del Sur y Vietnam- el crecimiento nominal del PIB se debió en gran medida al crecimiento real. Además, según el Atlas de complejidad económica, de próxima publicación, esas economías empezaron a fabricar productos más complejos, fenómeno precursor de un crecimiento sostenible. Angola, Etiopía, Ghana y Nigeria también tuvieron un muy importante crecimiento real, pero el PIB nominal fue impulsado por unos grandes efectos resultantes de la relación de intercambio y una apreciación real.

Sin embargo, en el caso de la mayoría de los países con mercados en ascenso el crecimiento del PIB nominal en el período 2003-2011 fue consecuencia de mejoras en la relación de intercambio, de las entradas de capitales y de la apreciación real. Esos procesos de vuelta hacia la media invierten la situación, por lo que no es probable que vuelvan a producirse pronto los boyantes resultados del pasado.

En la mayoría de los países, el valor del crecimiento del PIB en dólares de los EEUU excedió en gran medida lo que sería de esperar como consecuencia del crecimiento real y de un suplemento apreciable correspondiente al efecto Balassa-Samuelson. La misma dinámica que en los años buenos infló el valor del crecimiento del PIB en dólares en el caso de esos países funcionará ahora en la dirección opuesta: unos precios estables o menores de las exportaciones reducirán el crecimiento real y harán que las divisas dejen de apreciarse o incluso se debiliten en términos reales. No es de extrañar que se haya acabado la fiesta.

(Ricardo Hausmann, a former minister of planning of Venezuela and former Chief Economist of the Inter-American Development Bank, is a professor of economics at Harvard University…)

- El Jano ruso (Project Syndicate - 19/9/13)

(Por Robert Skidelsky)

Londres.- Rusia muestra dos caras opuestas al mundo: una amenazadora y otra benigna. Ahora las dos se han combinado casi inesperadamente para desalentar una desastrosa intervención militar en Siria de los Estados Unidos y, probablemente, de otras potencias occidentales.

La situación interna rusa sigue siendo lamentable. Con el colapso de la economía planificada en 1991, Rusia se mostró más como un país con un desarrollo insuficiente que uno desarrollado, incapaz de vender gran parte de sus productos en mercados no cautivos.

Así pues, Rusia retrocedió a ser una economía basada en materias primas, que vende principalmente energía, mientras que sus talentosos científicos y técnicos buscaron empleos en el extranjero y su vida intelectual decayó. Rusia también está asolada por la corrupción, lo que ahuyenta la inversión extranjera y cuesta al país miles de millones de dólares cada año.

Esta debilidad subyacente ha estado oculta por altos precios energéticos, que a lo largo de los catorce años de gobierno del presidente Vladimir Putin ha permitido a Rusia combinar las características de una cleptocracia con el crecimiento suficiente del ingreso per cápita para sofocar el disentimiento y crear una clase media obsesionada por las compras. La acumulación de reservas generadas por las industrias del gas y el petróleo se pueden usar para desarrollar la infraestructura tan necesaria. Sin embargo, aunque el Kremlin no se cansa de hablar de diversificación, Rusia sigue siendo una economía que tiene un perfil más latinoamericano que occidental.

La política rusa es igualmente desalentadora. Si la política exterior occidental tiene un principio rector es la promoción de los derechos humanos. Esto no ha influenciado en lo más mínimo las políticas internas o exteriores del gobierno ruso. En cambio, bajo el credo de “democracia administrada” Putin ha establecido una dictadura suave en la que se usa flagrantemente la ley con fines políticos, y cuando la ley es insuficiente, el Estado recurre al asesinato.

En cuanto a los derechos humanos que se valoran especialmente en el Occidente actual -por ejemplo, de los que disienten y de las minorías, incluidas las minorías sexuales-Rusia parece estar en una onda totalmente diferente. Se acosa a las ONG independientes y se les llama “agentes extranjeros.” Putin ha atraído a las fuerzas más reaccionarias de Rusia al restringir los derechos de los homosexuales con legislación que en Occidente dejo de usarse hace mucho tiempo.

La decisión de permitir que el líder de la oposición, Alexei Navalny, participara en las recientes elecciones para alcalde de Moscú fue una acción positiva hacia un sistema más abierto, pero los cálculos políticos detrás de ella y la probabilidad de la manipulación de los votos para evitar una segunda vuelta frente a su victorioso oponente no son prueba de una conversión paulina hacia la democracia. El régimen de Putin está situado en una zona entre la dictadura y la democracia, para la que la ciencia política occidental no ha encontrado una definición adecuada.

No obstante, la indiferencia de Rusia hacia los derechos humanos es una fuente de fortaleza, no de debilidad. El problema de la agenda de los derechos humanos es que sus seguidores se vuelven impetuosos, mientras que la política exterior rusa muestra las virtudes de una discreción conservadora. El realismo que comparte con China, es por ende un contrapeso importante al impulso inmoderado de Occidente de entrometerse en asuntos internos de países que no se ajustan a sus estándares proclamados.

El caso de Siria es un buen ejemplo. No hay duda de que se usaron armas químicas para asesinar a cientos de civiles en suburbios de Damasco el 21 de agosto. Se tienen aún que aclarar todos los hechos –tal vez nunca se haga. Sin embargo, es probable aunque no seguro que el régimen del presidente Bashar al-Assad usó gas sarín.

No obstante, en un artículo reciente en un diario, Putin planteó la pregunta que sin duda se le ha ocurrido a otros: ¿cuáles fueron los motivos que impulsaron al régimen a usar armas químicas en medio de la atención internacional? Putin sugirió que el ataque pudo haber sido una “provocación” de los oponentes de Assad. No digo que esté seguro de la respuesta, pero como en cualquier investigación penal, los motivos de los posibles sospechosos son siempre un buen punto de partida. ¿Quién saldría beneficiado?

Es cierto que los rusos tienden a hacer teorías conspiradoras, lo que es común en países con una estructura de poder opaca. Pero también es cierto que el Estado sirio no está centralizado en la presidencia como Egipto durante el gobierno del anterior presidente, Hosni Mubarak. Aunque se desechara la tesis de la “provocación” de Putin, es posible que los ataques químicos los provocaran elementos criminales en el ejército sirio, cuya culpabilidad no será aceptada por Assad, pues querría preservar su propia posición.

Por supuesto, Putin podría saber de qué habla. Muchos rusos piensan que los atentados de septiembre de 1999 en un edificio de departamentos, en los que murieron casi 30 personas, fueron planeados por elementos de las propias fuerzas de seguridad rusas con el fin de provocar represalias contra los chechenos e impulsar a Putin a la presidencia sobre el apoyo de una guerra popular. A la fecha no se sabe con certeza quién estuvo detrás de los ataques.

La cuestión es que en sistemas políticos tan oscuros como el de Siria -o Rusia- nadie sabe realmente quién controla qué. Es increíble que los sucesores políticos de aquellos que lanzaron sin reparos la invasión a Irak, bajo evidencias falsas de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva, estuvieran tan ansiosos de verse atrapados en otra espiral de sangre.

Dichos actores han estado a salvo de esta locura, al menos temporalmente, debido a la propuesta de Putin de poner las armas químicas de Siria bajo supervisión internacional y después destruirlas por completo. Hay obstáculos prácticos importantes para lograr esto, y la propuesta de Rusia, que ahora ha adoptado el presidente estadounidense, Barack Obama no satisface las exigencias de castigo de Occidente. Sin embargo, logró interrumpir el impulso de una intervención militar.



Naturalmente, estas maniobras están influenciadas por cálculos geopolíticos. Rusia respalda a los gobiernos chiítas de Irán y Siria con el fin de afianzar su propia posición en Medio Oriente frente a los dirigentes sunitas apoyados por los Estados Unidos en Arabia Saudita y los Estados del Golfo, que son una menor amenaza para Israel. Pero, como están las cosas, se puede decir que Putin ha salvado a Obama de cometer un error que podría haber destruido su presidencia. Bien podría esperar una recompensa política por ello. Sin embargo, es improbable que la obtenga.

(Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords…)



- El interés estadounidense por Merkel (Project Syndicate - 28/10/13)
(Por Karl-Theodor zu Guttenberg)
Berlín.- Los alemanes solían decir en broma que el gusto de la canciller Angela Merkel por la comunicación a través de mensajes de texto señalaba el fin efectivo de la historiografía tradicional. Pues bien, parece que al menos las agencias estadounidenses de espionaje se han preocupado por llevar un cuidadoso registro de estas comunicaciones reservadas, tanto en Berlín como en otras capitales del mundo.
Por desgracia, el presidente estadounidense Barack Obama y su gobierno todavía no han comprendido la magnitud y la gravedad del daño que esto causa a la credibilidad de Estados Unidos entre sus aliados europeos. El problema más grave no es el espionaje entre países (algo que todos hacen), sino el alcance de los programas estadounidenses de recolección de inteligencia y la actitud de Estados Unidos hacia sus aliados.
Los aliados transatlánticos ya han tenido divergencias en asuntos tales como el cambio climático, la cárcel de Guantánamo y la Guerra de Irak; estas revelaron el surgimiento de una incomprensión entre las partes, que es producto a veces de profundas diferencias respecto de los mejores modos de lograr ciertos objetivos compartidos. Pero la crisis de las escuchas telefónicas y las otras incómodas revelaciones del ex contratista de inteligencia estadounidense Edward J. Snowden son señales de un problema más profundo: una crisis de desconfianza mutua que amenaza con abrir una enorme grieta entre ambas orillas del Atlántico, justo cuando Estados Unidos y Europa necesitan más que nunca estrechar su cooperación en asuntos políticos, económicos y de seguridad.
Probablemente nada perjudique tanto las relaciones cordiales entre estados democráticos como una conducta que atente contra el prestigio interno de un aliado. Cuando hace unos meses el escándalo de la NSA sacudió a Europa, fue Merkel la que salió a tratar de calmar las aguas. Precisamente por eso, las presuntas escuchas de las que fue objeto su teléfono celular la afectan de modo particular en lo personal y en lo político.
Entre 2009 y 2011 me desempeñé en el gobierno de Merkel; debo admitir que entonces fui bastante descuidado en el uso de dispositivos de comunicación móviles. Claro que en principio, siempre se debe dar por sentado que las comunicaciones de un gobierno serán objeto de espionaje por parte de servicios de inteligencia de otros países. Pero una cosa es que lo hagan Rusia o China y otra muy diferente que lo haga un aliado que ha insistido reiteradamente en la importancia de profundizar la amistad y la cooperación entre ambos lados del Atlántico.
La personalidad de Obama contribuye a complicar las cosas. Es difícil recordar otro presidente estadounidense con un grado tal de desconexión personal respecto de otros jefes de estado. Cuando estalló el escándalo, en vez de comunicarse directamente con un país amigo, Obama optó por mantener perfil bajo y hacer que el secretario de prensa de la Casa Blanca, Jay Carney, emitiera una incómoda declaración según la cual el gobierno de Estados Unidos “no vigila” y “no vigilará” las comunicaciones de Merkel. Claro que no hace falta mucha perspicacia para reconocer en ella un torpe intento de no admitir que los servicios de inteligencia estadounidenses vigilaron a Merkel en el pasado.
Parece que el gobierno de Obama omitió hacerse algunas preguntas básicas. ¿Cómo se justifica el espionaje a una mandataria que se encuentra entre los aliados más cercanos de Estados Unidos en la OTAN y en la misión a Afganistán, a la que se invitó al Jardín de las Rosas de la Casa Blanca para condecorarla con la Medalla Presidencial de la Libertad, el máximo galardón que Estados Unidos puede dar a un extranjero?
Además, Merkel no fue la única. ¿Cómo puede el gobierno de Obama justificar el espionaje a un aliado (Francia) que se esforzó por ganarse la confianza de Estados Unidos proveyéndole de un muy necesario apoyo militar y político en Libia y Siria? El presidente francés, François Hollande, ha de sentirse defraudado, no solamente por el hecho de que Estados Unidos lo espiara, sino también porque, con toda probabilidad, sus propios servicios de inteligencia no le avisaron de la súbita decisión de Obama de someter al Congreso estadounidense el uso de la fuerza militar en Siria.
Por último, ¿cómo puede Obama explicar a la Unión Europea (a cuya delegación en Washington, DC, también se le plantaron micrófonos) que es crucial comenzar negociaciones francas, serias y de amplio alcance para la firma de un Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión? Importantes personalidades europeas ya han alzado sus voces para exigir una suspensión de las tratativas (entre ellas, el presidente del Parlamento Europeo y el líder de los socialdemócratas alemanes, que se apresta a formar coalición de gobierno con Merkel). Cualquier demora o fracaso en la profundización de la integración económica transatlántica puede provocar un costo económico de varios cientos de miles de millones de dólares (por no hablar del daño incalculable para la credibilidad de Estados Unidos en Europa).
Últimamente se habla mucho de los riesgos que supone una nueva era de aislacionismo y falta de liderazgo estadounidense en el mundo. Pero es importante señalar que la posible retirada estadounidense de los asuntos globales no sería el único factor causante: lo mismo puede derivarse de un uso imprudente del poder duro y el poder blando en la escena internacional por parte de Estados Unidos.
Habrá que discutir opciones para reparar el desastre de la NSA. Francia y Alemania quieren crear un sistema común de inteligencia con Estados Unidos, pero es probable que esta idea sea difícil de implementar, sobre todo habida cuenta de que no siempre es posible controlar totalmente a los diversos servicios de espionaje que operan en el mundo. Como primera medida, Obama debe redescubrir las grandes dotes comunicativas que lo catapultaron a la Casa Blanca. Desde el punto de vista de la diplomacia pública, su manejo del escándalo de las escuchas fue un fiasco. Para contener los daños y comenzar la muy necesaria recreación de confianza, Obama debe enviar un pedido de disculpas creíble a Merkel, a sus otros aliados occidentales y a los ciudadanos de cada uno de los países implicados.
En el contexto político estadounidense, los mea culpa (especialmente, cuando van dirigidos a un gobierno extranjero) suelen verse como signo de debilidad. Pero en el caso del escándalo de la NSA, la única solución viable para dar vuelta la página es que Obama haga un pedido de disculpas inequívoco. Por desgracia, el tiempo para hacerlo y que en Europa se interprete como un gesto auténticamente conciliador (y como un signo de fortaleza y convicción reales por parte de Estados Unidos) se agota.
(Karl-Theodor zu Guttenberg has served as Germany’s defense minister and minister of economics and technology. © Gisela Schenker)

- Nuevo estancamiento de Rusia (Project Syndicate - 16/11/13)

(Por Sergei Guriev)

París.- A principios de noviembre, el gobierno ruso dio a conocer su última previsión macroeconómica. No debe de haber sido una decisión fácil: mientras que el presidente Vladimir Putin y su gobierno hicieron campaña en 2012 con la promesa de que la economía rusa crecería entre 5% y 6% por año durante su mandato de seis años, ahora se espera que la tasa de crecimiento apenas promedie el 2,8% de 2013 a 2020.

El ministro de Desarrollo Económico, Alexei Ulyukaev, explícitamente admitió que alcanzar los objetivos planteados por Putin “llevará más tiempo”. En algunos casos, eso significa mucho más tiempo. Por ejemplo, en mayo de 2012, Putin prometió aumentar la productividad laboral de Rusia en un 50% para 2018; la perspectiva actual no prevé este desenlace ni siquiera en 2025.

Para los observadores independientes, el pronóstico lúgubre del ministerio no es una sorpresa. A juzgar por los bajos precios bursátiles y los altos niveles de salida de capitales, los inversores ya apostaban a que no habría altas tasas de crecimiento. Ahora Putin y el primer ministro Dmitry Medvedev también son pesimistas. Medvedev, que públicamente había pronosticado un crecimiento anual del 5% en enero, les dijo a inversores extranjeros en octubre que la tasa de crecimiento de este año no superaría el 2%.



Con anterioridad, el gobierno culpaba a la desaceleración global por los problemas económicos del país. Hoy, ese argumento tiene poco sentido. La economía global -y la economía estadounidense, en particular- está creciendo más rápido de lo esperado, y los precios del petróleo mundiales están por encima de 100 dólares el barril.

El pronóstico del ministerio responde muy claramente el eterno interrogante de “a quién echarle la culpa”: la desaceleración refleja los propios “problemas internos” de Rusia. La perspectiva básica del ministerio supone que el precio del petróleo -la principal exportación de Rusia- aumentará 9% por año en términos reales en los próximos 17 años, o más de tres veces el pronóstico para el crecimiento anual del PBI de Rusia.

Una semana después de que se diera a conocer la proyección del ministerio, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) -el principal inversor extranjero directo de Rusia- hizo lo propio y recortó su pronóstico de crecimiento para Rusia a 1,3% en 2013 y 2,5% en 2014. La opinión del BERD fue inclusive más contundente: la desaceleración es el resultado de la falta de una reforma estructural del gobierno ruso. Una mala gobernancia, un régimen de derecho débil y el ataque a la competencia por parte de las compañías estatales minan el clima de negocios de Rusia y causan la fuga de capitales.

La elite gobernante de Rusia entiende muy bien que las reformas son necesarias; de hecho, la era Putin-Medvedev, que hoy va por su año número 14, no ha tenido pocos programas de reforma. En 2008, por ejemplo, Aleh Tsyvinski y yo elogiamos al entonces presidente Medvedev por su compromiso aparentemente creíble con la implementación de los cambios que necesita la economía de Rusia. Pero la presidencia de un mandato de Medvedev -al igual que las administraciones de Putin antes y desde entonces- no cumplió con esas promesas.

La renuencia del gobierno ruso a combatir la corrupción y fortalecer las instituciones legales del país refleja un equilibrio político perverso -y a la vez estable-. En 2010, Tsyvinski y yo predijimos un “escenario 70-80” en Rusia en los próximos años: conforme los precios del petróleo, que se habían hundido hasta alcanzar 40 dólares por barril, se recuperaran y superaran los 70-80 dólares por barril, Rusia regresaría al estancamiento de los años 1970 y 1980.

Como era de esperar, el crecimiento del PBI de 2010 a 2012, aunque promedió un respetable 4%, fue impulsado por la recuperación post-crisis y el mayor incremento de los precios del petróleo a 100 dólares por barril. Ahora todos estos factores cortoplacistas se han agotado, y ha comenzado un período de estancamiento similar a la era de Brezhnev.

La elite política de Rusia entiende que la economía puede crecer un 5-6% anual. El problema es que las reformas necesarias para alcanzar ese crecimiento -lucha contra la corrupción, protección de los derechos de la propiedad, privatización e integración a la economía global- amenazan directamente la capacidad de la elite de permanecer en el poder y obtener réditos. Para quienes están en el poder, una porción grande de una torta que se achica es preferible a ninguna porción de una torta que crece, que es lo que la mayoría de la elite actual recibiría en un sistema legal justo con reglas claras y una implementación predecible.

Visto en este contexto, el pronóstico sombrío para el crecimiento difundido por el ministerio en noviembre sorprende y a la vez es bien recibido. Por lo menos, las autoridades merecen un elogio por admitir sinceramente que las promesas de Putin son imposibles de cumplir, en lugar de seguir ignorando, endulzando o desviando la atención de la evidencia.

El creciente realismo del discurso interno -y público- del gobierno no es una cuestión menor. Finalmente conduce, por ejemplo, a la discusión tan necesaria de los recortes presupuestarios. Lo que esto –y, en términos más generales, la nueva honestidad de los funcionarios- significa para el futuro político de Vladimir Putin todavía está por verse.

(Sergei Guriev, a visiting professor of economics at Sciences Po, is Professor of Economics and former Rector at the New Economic School in Moscow)

- Las batallas perdidas de la UE en el Este (El Confidencial - 5/12/13)
(Por Daniel Iriarte)

¿Está la Unión Europea perdiendo relevancia en sus fronteras orientales? De la crisis de Ucrania a la inestabilidad política en el Cáucaso, pasando por el languideciente proceso de adhesión de Turquía, la UE experimenta toda una serie de dificultades que cuestionan la potencia del soft power europeo en su flanco derecho. “Se debe sobre todo a la crisis económica. Cuando se pierde potencia económica, también se pierde capacidad de influencia”, explica a El Confidencial el profesor Yalim Eralp, antiguo embajador turco en Bruselas, Washington y otros países, y en la actualidad analista del Centro de Tendencias Políticas Globales de Estambul (GPOT).

En Ucrania, el rechazo por parte del Gobierno a firmar un acuerdo de libre comercio con la UE ha lanzado a miles de personas a las calles, que ahora piden la dimisión del presidente. “Ucrania, debido a sus condiciones geopolíticas, siempre ha estado tratando de equilibrar su posición entre los dos principales centros de política regional, la UE y la Federación Rusa. Ahora se está enfrentando de nuevo a una situación difícil, que sin embargo era predecible dadas las experiencias históricas”, comenta a este diario la ucraniana Alla Hurska, analista del Centro Internacional de Estudios Políticos de Kiev.

“Dado que la UE rara vez habla con una sola voz, y su política hacia la Federación Rusa está fragmentada en un acercamiento individual de cada estado, que un solo país pueda conducir a un choque con Rusia por Ucrania no suena plausible. Por otra parte, no debería excluirse la posibilidad de negociaciones trilaterales entre Ucrania, Rusia y la Unión Europea”, comenta Hurska. Para esta analista, los posibles resultados de la crisis actual son tres: que el presidente Víktor Yanukóvich se mantenga en su postura de “esperar y ver”, para evitar el desgaste y tratar de ser reelegido en las elecciones presidenciales de 2015; que disuelva el Ejecutivo para ganar tiempo; o, más improbable, que recurra a la violencia contra los manifestantes, algo improbable a no ser que las acciones de estos ganen asimismo en agresividad.

“Tal y como Euromaydan (la Plaza de la Independencia de Kiev, rebautizada así por los manifestantes tras su ocupación) ha mostrado, unas relaciones cordiales potenciales con la UE son todavía vistas por muchos ucranianos como una vía hacia una Ucrania próspera, democrática y verdaderamente independiente”, dice Hurska. “Sin embargo, se puede argumentar que, en caso de una falta de medidas decisivas por parte de la UE, el resultado final podría ser similar al de la Revolución Naranja, cuando, tras ser abandonados solos frente a frente con Rusia, la mayoría de los ucranianos optaron por Yanukóvich como respuesta a la política inefectiva conducida por el expresidente Víctor Yuschenko. Por lo tanto, para que muchos ucranianos no pierdan la fe en la UE, se requiere apoyo institucional y financiero”, dice.



Estos son los frentes de batalla

Ucrania no es sino uno de los múltiples teatros en los que la UE rivaliza con Rusia. “Con un rápido crecimiento económico, un resurgimiento de sus ambiciones imperiales y la realpolitik como el modelo de comportamiento que rige el proceso de toma de decisiones del Kremlin, el espacio postsoviético se ha convertido en un campo de batalla por la influencia entre la Unión Europea y la Federación Rusa. Entre los países más importantes por los que se lucha yo distinguiría los siguientes: Moldavia, Georgia, Ucrania y Serbia, entre los estados balcánicos”, afirma el analista polaco Sergey Suhankin.

“Georgia es tal vez el más susceptible al dominio y las amenazas de Rusia, por la débil posición económica del país, la gran dependencia de ingresos de sus trabajadores emigrantes en Rusia, la oposición interna pro-rusa a la elite gobernante, y las dificultades relacionadas con la situación de (las regiones separatistas de) Abjasia y Osetia del Sur”, comenta a El Confidencial. En cambio, “Serbia va a seguir con una política exterior orientada a la UE, pero existe una dependencia respecto a Rusia, tanto en términos de seguridad energética como tomando en cuenta un fuerte sentimiento pro-ruso, y la falta de asistencia institucional y financiera por parte de la UE, si llegara a convertirse en una realidad, podrían erosionar la influencia europea sobre los esfuerzos de Belgrado”, dice.



La orientación de Moldavia es similar, también proeuropea, aunque Rusia ha tratado de influir en el país a través de sanciones económicas y del estatus de la región separatista de Transnistria. Una forma de castigar a un díscolo Gobierno moldavo podría ser a través de las sanciones a los numerosos trabajadores moldavos en Rusia, aunque Suhankin no cree que vaya a ocurrir, puesto que eso requeriría recurrir a inmigrantes de Asia Central, lo que provocaría nuevas tensiones.

Turquía: la puerta vuelve a abrirse

¿Y Turquía? El cacareado proceso de adhesión, prácticamente moribundo en los últimos años, parece haberse visto revitalizado en los últimos meses con la apertura de un nuevo capítulo de la negociación, y con un cambio de tono por parte de los líderes europeos, especialmente los de Francia. Ayer, el Ministro de Exteriores turco, Ahmet Davutoglu, anunció que la UE eliminará los visados para los ciudadanos turcos en un plazo de tres años y medio. La negociación ha durado más de dos años, y se ha logrado sólo después de que Turquía aceptase a cambio firmar un acuerdo de readmisión de inmigrantes que penetren en suelo europeo a través de territorio turco.

Sin embargo, el interés turco por la UE es cada vez menor: apenas un 44% de los ciudadanos considera la entrada en la Unión Europea como algo positivo, frente a un 48% el año pasado, y un sorprendente 73% en 2004, de acuerdo con una encuesta financiada por el German Marshall Fund y publicada en septiembre. Un 38% considera que Turquía debería actuar de forma totalmente independiente, mientras que un 21% opina que debe cooperar con la UE en temas internacionales, y sólo un 39% considera esencial a la OTAN.

“En gran medida, Turquía sigue considerando a la Unión Europea como una opción, aunque la gente está enfadada porque nos ha hecho la vida más difícil. Pero la UE sigue siendo un centro de atracción para los turcos”, explica el exembajador Eralp. “A través de nuestra historia, la construcción de nuestra democracia se ha basado en el modelo europeo. Uno no ve mucha esperanza democrática en nuestros vecinos del Este”, señala.

La eliminación de visados para los turcos “es tal vez una posibilidad real, porque Turquía se ha vuelto más rica. Ahora hay europeos que vienen a trabajar aquí, especialmente desde Grecia. Una vez que esto se establezca, ya no habrá turcos entrando en Europa ilegalmente”, asegura Eralp.

¿Una alternativa a la OTAN?

Sin embargo, algunas tensiones persisten. El martes, varios miembros del Parlamento Europeo calificaron al primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, de “irresponsable” por su propuesta de meter a Turquía en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), el organismo fundado por China y Rusia como alternativa a la OTAN. En su reciente visita a Moscú, Erdogan pidió al presidente Vladimir Putin que trabaje para que Turquía sea admitida en la OCS y “allane el camino para que Turquía se libre de la inconveniencia de la Unión Europea”. A su regreso a Ankara, el primer ministro turco dejó claro que la cosa iba en serio.

La mayoría de los expertos coinciden en que esta iniciativa provocará más de un quebradero de cabeza. “No creo que sea viable. Es un organismo totalmente diferente”, dice Eralp, quien, no obstante, matiza que no puede ponerse en el lugar del primer ministro turco a la hora de explicar los motivos por los que Erdogan insiste en seguir adelante. El exembajador tampoco cree que Rusia pueda convertirse en una alternativa para Turquía. “Es muy difícil, porque Turquía es un miembro de la OTAN que continúa siendo muy importante”, indica. “Eso no significa que no vaya a haber cooperación con Rusia, pero no hasta el punto de convertirse en una relación estratégica”, asegura.



Creciente interés por el Cáucaso

Además, la Unión Europea ha mostrado un creciente interés en la región del Cáucaso, azotada por la inestabilidad. La creciente explotación de las reservas energéticas de Azerbaiyán ha convertido a este país en el nuevo socio energético privilegiado de la UE, a pesar de su pobre expediente de derechos humanos y garantías democráticas. Del mismo modo, Bakú ha utilizado gran parte de las divisas generadas por estos recursos para rearmarse de cara a un posible conflicto bélico con la vecina Armenia, que ocupa un 20% de su territorio (si se incluye la región de Nagorno-Karabaj, por la que ambos países libraron una sangrienta guerra en los años 90). En cambio, Armenia, y cada vez más Georgia, parecen ser crecientemente susceptibles a los dictados rusos.

“Tal y como han mostrado los sucesos de la guerra ruso-georgiana (de 2008), la UE no está lista para enfrentarse a Rusia en asuntos regionales, lo que permite a esta actuar libremente y sin miedo a encontrar ningún acto de contrapeso. Por lo tanto, Rusia podría llevar a cabo acciones provocadoras y descongelar conflictos actualmente congelados, para hacer a Georgia más dócil y dispuesta a aceptar la posición rusa”, indica Suhankin. Este analista, sin embargo, no cree que una nueva guerra armenio-azerí vaya a tener lugar. “Otro conflicto potencial entre Armenia y Azerbaiyán es improbable que vaya a escalar en un futuro próximo, debido sobre todo al hecho de que Azerbaiyán está muy motivado a cooperar con Turquía, mientras que Armenia ha expresado su voluntad de hacerlo con Rusia. Y dada la creciente cooperación entre Turquía y Rusia, ambos estados se inclinarán por mantenerse fuera del conflicto”, comenta.

De modo que la recuperación de la influencia pasa por la mejora de los indicadores económicos de la UE. Al fin y al cabo, señala el profesor Eralp, “los eventos de Ucrania muestran que Europa todavía es un polo de atracción para muchos”.

- Putin el peronista (Project Syndicate - 11/12/13)

(Por Nina L. Khrushcheva)

Moscú.- Se ha comparado al presidente ruso Vladimir Putin con muchos autócratas del pasado, como por ejemplo Joseph Stalin, Leonid Brezhnev y el chileno Augusto Pinochet, por nombrar algunos. Sin embargo, tras casi 14 años en el poder, quizá la comparación más adecuada sea con una mezcla transgénero entre el ex líder argentino Juan Perón y su legendaria esposa Eva (“Evita”).

A principios de los años cuarenta, el coronel Juan Perón, Ministro de Guerra y Secretario del Trabajo, era una “eminencia gris” para los gobernantes de Argentina. Antes de la caída del comunismo en 1989, el coronel Putin también era notoriamente gris, era un funcionario dedicado de la KGB encargado de propagar desinformación y de reclutar agentes soviéticos y extranjeros en Alemania Oriental.

En la Secretaría del Trabajo, Perón puso en marcha reformas sociales, incluidos beneficios para los pobres. Aunque su motivación pueda haber sido, al menos en parte, un deseo de justicia social, Perón efectivamente estaba sobornando a los beneficiarios para que apoyaran su propia ascensión al poder y la riqueza. Con su hermosa y abierta esposa -“una mujer del pueblo”- a su lado, en 1946 Perón logró convencer a los electores de que como presidente haría cambios fundamentales en el país.

Cumplió su palabra. El gobierno de Perón nacionalizó bancos y ferrocarriles, aumentó el salario mínimo y mejoró los niveles de vida, redujo la deuda nacional (al menos por un tiempo) y reactivó la economía. Argentina dejó de depender tanto del comercio exterior aunque el cambio hacia la autarquía a la larga socavó el crecimiento y condujo a que el país perdiera su posición entre los más ricos del mundo.

Durante este período, Perón también limitó la libertad de expresión, las elecciones libres y otros aspectos esenciales de la democracia. Él y su emotiva esposa hablaban públicamente en contra de las injusticias de la burguesía y del lujo mientras que en secreto reunían una fortuna personal. Finalmente, Perón fue depuesto en 1955, tres años después de la muerte de Evita, su mayor propagandista.



Igual que Perón medio siglo antes, Putin prometió en 2000 limitar el capitalismo descontrolado que se había desatado en la administración de su predecesor, Boris Yeltsin. Se comprometió a restaurar la dignidad de un país que acababa de perder su imperio y que sufrió una severa contracción económica durante los primeros años de la transición post-comunista.

Putin volvió a nacionalizar, o mejor dicho, puso bajo control del Kremlin, el petróleo, el gas y otras industrias que se habían privatizado en los años noventa. Gracias a los elevados precios mundiales de la energía pudo pagar los salarios atrasados y las pensiones que el gobierno de Yeltsin, con problemas de liquidez, debía a los mineros, ferrocarrileros y maestros. Como en el caso de Perón, se sobornó a los ciudadanos para que apoyaran al régimen.

Sin embargo, cuando los ingresos del petróleo y el gas comenzaron a fluir a las arcas del Estado, Putin empezó a llenarse los bolsillos. Su riqueza personal -incluidos palacios, yates, relojes y automóviles- se calcula entre 40 y 70 mil millones de dólares. Aunque él insiste en que su riqueza no solo consiste de dinero y valores, sino de la confianza de su pueblo, pocos rusos tienen la duda de que sea uno de los hombres más ricos del mundo.

Como en el caso del matrimonio Perón, la presidencia de Putin comenzó bien. El público amaba al nuevo hombre fuerte que mostraba el poder de Rusia en el extranjero, castigaba a los oligarcas “deshonestos” de la era de Yeltsin, restringía a los medios “irresponsables” y recentralizaba el poder.



Hasta hace poco, las semejanzas de Putin y Evita no eran tan obvias (aunque sus tratamientos regulares de botox le han dado la apariencia que ella tenía después de embalsamada. Pero el parecido se hace cada vez más evidente. Sus apasionados “mensajes para los que sufren” tenían el mismo atractivo entre los pobres de Argentina que el que tiene la arrogancia machista de Putin entre la mayoría de los rusos, sobre todo del interior del país y las ciudades de provincia.

Evita y Putin comparten también una faceta mezquina. Evita arruinaba la vida de cualquiera que pusiera en duda su imagen de “madrina” de Argentina. Putin se venga de cualquiera -ya sea el oligarca prisionero político Mikhail Khodorkovsky, miembros del grupo de rock Pussy Riot o ciudadanos comunes y corrientes que se sumen a las protestas contra el Kremlin- que desafíen su estatus de “padre de la nación”. Tal vez no sea coincidencia que esté aumentando la fuga de capitales y que aproximadamente 300,000 rusos -entre ellos los que tienen mejor educación- salgan del país cada año.

Ahora Ucrania, donde la decisión del presidente Viktor Yanukóvich de no firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea ha movilizado a millones de opositores, representa el momento de la verdad para Rusia. Si bien muchos apoyan el “Euromaidan”, muchos otros insisten en que Ucrania debe mantener vínculos estrechos con Rusia. Putin, que desempeñó el papel de titiritero en la decisión de Yanukovich de mantener a su país dentro de la órbita rusa, culpa con hipocresía a fuerzas externas de la crisis política en Ucrania.

No obstante, mientras más se burle el mundo del exhibicionismo de Putin, más apoyo obtiene de los rusos que desean un retorno a su estatus de superpotencia. De forma parecida, cuando Evita estaba muriendo de cáncer, por todo Buenos Aires aparecieron grafiti que decían “¡Viva el cáncer!” Pero mucho siguieron idolatrándola por ayudar a los pobres, independientemente de lo interesada que se había vuelto. La misma mezcla de burla y adoración caracteriza también la era de Putin.

Los últimos años de Perón podrían ofrecer un paralelo preocupante. Regresó al poder en 1973, 18 años después de su derrocamiento y trajo el cuerpo embalsamado de Evita para que los argentinos le mostraran nuevamente su adoración. Murió al año siguiente y dejó el gobierno en manos de su tercera esposa, Isabel, cuya mala administración de la economía provocó violencia guerrillera y un golpe militar en menos de dos años.



Con todo, actualmente según el académico en temas de América Latina, Michael Cohen, “la mayoría de la sociedad argentina es peronista…Perón creó un Estado de bienestar del que se beneficia la clase media actual”. De forma similar, la mayoría de los rusos aprueban la versión de capitalismo de Estado de Rusia y muchos aprecian su generosidad.

Yo solía creer que la caída de Putin sería parecida al fin súbito y sangriento de Lavrenti Beria, el poderoso jefe de seguridad de Stalin, que fue ejecutado por el sistema arbitrario de justicia que él mismo había contribuido a crear. Ahora, debido a la dependencia de la mayoría de los rusos de las dádivas del Estado, parece más probable que cuando el líder ruso finalmente deje su cargo, el putinismo, al igual que el peronismo, sobrevivirá y tendrá una extraña media vida durante décadas.

(Nina L. Khrushcheva is a professor in the Graduate Program of International Affairs at the New School in New York, and a senior fellow at the World Policy Institute, where she directs the Russia Project. She previously taught at Columbia University’s School of International and Public Affairs…)

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