Socialismo pequeñoburgués y socialismo asalariado revolucionario



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Socialismo pequeñoburgués y socialismo asalariado revolucionario

<(antifeudal) termine lo antes posible alcanzando a lo sumo las metas señaladas, nosotros estamos interesados, y esa es nuestra tarea, en que la revolución (socialista) se haga permanente, en que dure el tiempo necesario para que sean desplazadas del poder todas las clases más o menos poderosas [...] Para nosotros no se trata de modificar la propiedad privada, de lo que se trata es de destruirla; no se trata de paliar las contradicciones de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de instaurar una nueva sociedad>> (K. Marx - F. Engels: "Circular del Comité Central de la Liga de los Comunistas" 10 de marzo de 1850". Ed. cit. El subrayado y lo entre paréntesis nuestro).


Introducción

En febrero de 1848 los miembros de la “Liga de los comunistas” liderada por Marx y Engels, manifestaban amenazantes que:



<(incipiente) sociedad capitalista moderna, sin las luchas y los peligros que surgen fatalmente de ellas. Quieren la sociedad actual sin los elementos que la revolucionan y descomponen. Quieren la burguesía sin el proletariado (actuando como fuerza política revolucionaria de clase social explotada). La burguesía, como es natural, se representa el mundo en que ella domina como el mejor de los mundos. El socialismo burgués hace de esta representación consoladora un sistema más o menos completo. Cuando invita al proletariado a llevar a la práctica su sistema y a entrar en la nueva Jerusalén, no hace otra cosa, en el fondo, que inducirle a continuar en la sociedad actual, pero despojándose de la odiosa concepción que se ha formado de ella.

Otra forma de este socialismo, menos sistemática, pero más práctica, intenta apartar a los obreros de todo movimiento revolucionario, demostrándoles que no es tal o cual cambio político el que podrá beneficiarles, sino solamente una trasformación de las condiciones materiales de vida, de las relaciones económicas. Pero por transformación de las condiciones materiales de vida, este socialismo no entiende, en modo alguno, la abolición de las relaciones de producción burguesas —lo cual no es posible más que por vía revolucionaria—, sino que propone únicamente reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesas y que, por tanto no afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo únicamente, en el mejor de los casos, para reducirle a la burguesía los gastos que requiere su dominio y para simplificarle la administración de su Estado.

El socialismo burgués no alcanza su expresión adecuada, sino cuando se convierte en simple figura retórica [engañosa]: ¡Libre cambio [desigual], en interés de la clase obrera! ¡Aranceles protectores [en cada país para competir en mejores condiciones con la burguesía extranjera], en interés de la clase obrera! ¡Prisiones celulares [donde cada celda es ocupada por un solo preso] en interés de la clase obrera! He ahí la última palabra del socialismo burgués.

El socialismo burgués se resume precisamente en esta afirmación: los burgueses son burgueses en interés de la clase obrera. (K. Marx-Federico Engels: “Manifiesto del Partido Comunista” en Paris, junio de 1848. Cap. III aptdo. 2: El Socialismo conservador burgués. Pp. 68. Ed. L’Eina. Barcelona/1989. Lo entre corchetes nuestro. GPM).
Pero en aquellos tiempos, lo cierto es que la burguesía pudo desmentir al Manifiesto con la prueba de la práctica, en eso de que el capitalismo había perdido definitivamente la capacidad…:

<<…de asegurar a su esclavo la existencia ni siquiera en el marco de la esclavitud>> (K. Marx-F. Engels: Op. Cit. Cap. I: Burgueses y proletarios Pp. 49).

Fue este el famoso “mentís” —según ha reconocido Engels— que la historia les dio a él y a otros muchos que depositaron sus esperanzas en los sucesos de 1848. Pero con la crudeza de que jamás podrá hacer gala ningún oportunista —como es el caso en nuestros días— también Engels dio a entender que los límites de la revolución en 1848 estuvieron en la estupidez política que el proletariado europeo demostró no haber podido superar en aquellas circunstancias objetivamente subversivas:



<<…las ingenuas ilusiones y el entusiasmo casi infantil con que saludamos, ante febrero de 1848 la era revolucionaria, se han desvanecido para siempre (…) Ahora ya sabemos el papel que la estupidez desempeña en las revoluciones, y como los miserables saben explotarla (incluyendo sin nombrarlo entre esos miserables a Ferdinand Lassalle)>>. (Carta de Engels a Marx el 13 de febrero de 1862, citada por Fernando Claudin en su obra: “Marx, Engels y la Revolución de 1848” Ed. “Siglo XI” Pp. 415).
De Ferdinand Lassalle a Eduard Bernstein y Max Weber, teóricos precursores del fascismo

Doce años después de estos acontecimientos, Ferdinand Lassalle adhirió a la causa de los obreros y de los sindicatos, acción que impulsó en ese movimiento como colaborador desde 1860, donde destacó por ser uno de los creadores de la Asociación de trabajadores de Alemania conocida por sus siglas ADAV (Allgemeiner Deutscher Arbeiter-Verein), organización que tuvo su origen en 1863, cuando contradictoriamente, su política se inclinó a favor de las ideas predominantes en el reino de los junkers (señores feudales de Prusia), que propendían a unificar la nación alemana dirigida por el estadista y político alemán Otto Von Bismarck, apodado “canciller de hierro” por su firme determinación conservadora de crear un sistema de alianzas proclives a unificar Alemania en un Estado imperial de carácter autoritario y antiparlamentario. Al colocarse como partidario de tales procederes, Lassalle se vio enfrentado a su amigo Marx, que apoyaba a los grupos laborales en contra de la Prusia feudal.


A raíz de una serie de declaraciones públicas hechas por Lassalle en 1863-1864, Marx y Engels consideraron con creciente sospecha la agitación de este hombre entre los asalariados alemanes. Su conocido discurso pronunciado en Ronsdorf el 22 de mayo de 1864, recibió un sostenido aplauso de los oportunistas y fue lo que impulsó en él una campaña para la edificación de su “Asociación de los Trabajadores”. Allí su realpolitik no dudó en mostrar todo tipo de elogios al rey de Prusia, por entonces Guillermo I. Por su parte, Eduard Bernstein que cambió radicalmente sus antiguos puntos de vista sobre Lassalle, en 1922 escribió con relación a ese obsecuente discurso que “es imposible servir a dos señores” —en este caso a la monarquía feudal y a la clase obrera—, y que el esfuerzo para modular la propia lengua con fines de producir un efecto deseado sobre las “cabezas” de los súbditos alemanes, le indujo en realidad a esgrimir un tono completamente retrógrado y cesarista. “Este discurso”, sentenció Bernstein, “fue una doble proclamación del cesarismo: cesarismo en las filas del partido y cesarismo en la política del partido”.
Así las cosas, gracias a oportunistas políticos de la talla de Lassalle, la historia ha demostrado que la burguesía pudo forjar su libertad económica —es decir, el dominio de sus relaciones de propiedad— coqueteando con la nobleza en las estructuras políticas de la sociedad conservadora feudal que le precedió. El proletariado, en cambio, no logra hacer prevalecer las relaciones sociales suyas propias sin eliminar en ellas a la propiedad privada burguesa y a sus respectivos Estados nacionales. Precisamente porqué la forma específicamente obrera de libertad política, niega de hecho toda propiedad económica privada. O sea, que a diferencia de la burguesía, que conquistó el poder político después de minar durante años el poder económico de la nobleza, el proletariado no puede comenzar a revolucionar la base económica de la sociedad capitalista, si antes no logra destruir sus instituciones políticas. Las revoluciones del proletariado son, pues, intentos políticos siempre económicamente prematuros, donde cada derrota es, ni más ni menos que la expresión política de un todavía insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas. Así, en cada fracaso de la clase obrera está la conciencia de sus propios límites; pero en el necesario esfuerzo de autocrítica política teórica, se prepara su capacidad futura de hacer cada vez menos prematuro su proyecto de conquistar la emancipación humana universal, sin privilegios políticos para nadie:

<>. (K. Marx: “El 18 Brumario de Napoleón Bonaparte” Cap. I).
¿Puede la estupidez política del proletariado juzgarse, al margen de las condiciones embrutecedoras de vida y de trabajo a las que ha venido siendo sometido por aquél capitalismo temprano hasta hoy, incluyendo naturalmente las limitaciones de su vida política? Para contestar a esta pregunta, otra vez aparece el problema de la división social entre teoría y práctica. Por ejemplo, al describir los efectos del proceso laboral de transformación técnica y social a que los simples artesanos medievales fueron sometidos por la burguesía incipiente, comenzando por la cooperación en el trabajo, que se divide en distintas y sucesivas operaciones a cargo de otros tantos obreros, hasta la aplicación del maquinismo industrial que les limita y sustituye cada vez más, Marx dice que…:

<potencias intelectuales del proceso material de la producción [contenidas en la maquinaria], se les contrapongan [a cada obrero] como propiedad ajena y poder que los domina. Este proceso de escisión [entre teoría y práctica) comienza en la cooperación simple [entendida como una división del trabajo productivo asalariado en distintas y sucesivas tareas individuales cada vez más simples y rápidas], donde los propietarios de los medios de producción frente a los obreros individuales, representan la unidad y la voluntad [ajenas] que hacen al cuerpo social [colectivo] del trabajo [explotado]. Se desarrolla en la manufactura, la cual mutila al trabajador haciendo de él un obrero parcial [ejecutor reiterativo de un mismo y constante movimiento corporal]. Esta división del trabajo entre los obreros se consuma en la gran industria que separa del trabajo físico a la ciencia [incorporada a los medios de trabajo], como potencia productiva autónoma que le compele a servir al capital [representado en la maquinaria] (…) La reflexión y la imaginación están sujetas a error, pero el hábito de mover la mano o el pie [repetida y constantemente de la misma forma], no dependen de la una ni del otro movimiento. Se podría decir así, que en lo tocante a las manufacturas su poder consiste en desembarazarse de su espíritu, de tal manera que se puede […] considerar al taller como una máquina cuyas partes constitutivas son seres humanos [realizando las tareas más simples dictadas por la maquinaria]. Es un hecho que a mediados del Siglo XVIII, algunas manufacturas para ejecutar ciertas operaciones —que pese a su sencillez constituían secretos industriales—, preferían emplear obreros medio idiotas>>. (K. Marx: “El Capital” Libro I Cap. XII aptdo. 5: “El carácter capitalista de la manufactura”. El subrayado y lo entre corchetes nuestros).
Pues bien, esa inducida idiotez de la clase obrera en Alemania, empleada por la burguesía empresarial en los procesos de producción material semi-mecanizada, se ha trasladado a la vida política facilitada por la más moderna “democracia”, donde el pueblo no delibera ni gobierna sino que es gobernado por representantes políticos preparados ad hoc para ello en los aparatos ideológicos del Estado burgués, electos en sucesivos comicios periódicos. Teniendo en cuenta esta experiencia política —similar a la de Alemania en 1860 y coetánea a la del Risorgimento italiano, Antonio Gramsci concluyó en que toda revolución proletaria en aquellos momentos, pasaba por resolver el problema de la separación entre teoría y práctica al interior del movimiento de la clase obrera subalterna, pero que la dificultad para superar este divorcio entre los hombres de accióny los hombres de la pluma, no era tanto un hecho atribuible a la presunta incapacidad de los intelectuales revolucionarios para hacerse entender por el pueblo, sino al insuficiente desarrollo cultural de las clase subalterna, fuertemente condicionada por la insuficiente fuerza productiva del trabajo en ese momento de la historia de la acumulación capitalista y, al mismo tiempo, consecuentemente por reflejos ideológicos contradictorios entre una estructura económica laboral corporativa y feudal en franco trance de disolución, y otra sustituta puramente capitalista que aún no acababa de imponerse por completo:

<169> Unidad de la teoría y de la práctica. El trabajador medio opera prácticamente, pero no tiene una clara conciencia teórica de este operar-conocer el mundo; incluso su conciencia teórica puede estar “históricamente” en contraste con su operar. O sea, él tendrá dos conciencias teóricas, una implícita en su operar y que realmente lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica del mundo [durante la producción], y otra “explícita” y superficial que ha heredado del pasado. La posición práctico-teórica, en tal caso, no puede dejar de volverse “política”, o sea, cuestión de “hegemonía” [que determina optar por una de las dos conciencias]. La conciencia de formar parte de la fuerza hegemónica (o sea la conciencia política) de teoría y práctica, es la primera fase de una ulterior y progresiva “autoconciencia”, o sea, de unificación de la práctica y la teoría. Tampoco la unidad de teoría y práctica es un dato de hecho mecánico, sino un devenir histórico, que tiene su fase elemental y primitiva en el sentido de “distinción”, de “alejamiento”, de “independencia” [en el proceso hegemónico de optar entre esas dos conciencias]. He ahí por qué en otra parte señalé que el desarrollo del concepto-hecho de hegemonía, representó un gran progreso “filosófico” además de político-práctico.

Sin embargo, en los nuevos desarrollos del materialismo histórico, la profundización del concepto de unidad entre la teoría y la práctica no está más que aún en su fase inicial: todavía existen residuos de mecanicismo. Se habla aun de la teoría como “complemento” de la práctica, casi como accesorio, etc. Pienso que también en este caso la cuestión debe ser planteada históricamente, o sea, como un aspecto de la cuestión de los intelectuales. La autoconciencia [del proletariado como resultado de su opción política hegemónica entre las dos conciencias], significa históricamente creación de una vanguardia de intelectuales; “una masa” no se distingue y no se hace “independientemente” sin organizarse y no hay organización sin intelectuales, o sea sin organizadores y dirigentes. Pero este proceso de creación de los intelectuales, es largo y difícil como se ha visto en otras partes. Y durante mucho tiempo, o sea, hasta que la “masa” de los intelectuales no alcance una cierta amplitud, esto es, hasta que las grandes masas no alcancen un cierto nivel de cultura, [la teoría] aparece siempre como una separación entre los intelectuales (o algunos de ellos, o un grupo de ellos) y las grandes masas: de ahí la impresión de “accesorio y complementario”. El insistir en la “práctica”, o sea, después de haber, en la “unidad” afirmada, no distinguido sino separado la práctica de la teoría (operación puramente mecánica), significa históricamente, que la fase histórica es aun relativamente elemental, es todavía la fase económico-corporativa [prerrevolucionaria], en la que se transforma el cuadro general de la “estructura” [todavía vigente]>>. (Antonio Gramsci: “Cuadernos de la Cárcel”. Vol. 3 Cuaderno 8. 1931-1932. Miscelánea y apuntes de filosofía III. Ed. Era/1985. Parágrafo 169 Pp. 300. El subrayado y lo entre corchetes nuestro. GPM).
La burguesía temerosa de que el proceso revolucionario entre los años 48 y 50 acabara no solo con la nobleza parasitaria, sino también con ella misma, en el oeste de Alemania se alió con la Prusia feudal en contra el proletariado. No obstante, por imperativo de las mismas fuerzas económicas, la reacción oligárquico-feudal dirigente del Estado, no podía menos que hacerse cargo de las aspiraciones de la revolución burguesa, apoyando políticamente el desarrollo del capital con gran beneficio para los capitalistas renanos y sajones. Este nuevo cuadro de situación política se presentó cuando todavía en Alemania no había hecho pie el modo de producción capitalista puro basado en el plusvalor relativo. Marx entendió por Plusvalor o ganancia absoluta, la que se obtiene aumentando el tiempo de la jornada de labor, mientras que la plusvalía relativa es la que se produce a instancias de la mayor productividad por unidad de tiempo empleado con tal fin, que al reducir el tiempo de trabajo necesario de la jornada de labor equivalente al salario, aumenta el tiempo de trabajo restante convertido de tal modo en ganancia capitalista. Así las cosas en el plano económico europeo, entre los “hombres de acción” prevaleció un talante político enfrentado al utopismo revolucionario. Mientras que durante la revolución predominó entre el proletariado la crítica radical de la propiedad privada, tras el fracaso de ese intento se acentuó la tendencia del movimiento a buscar mejoras dentro del capitalismo. En claro contraste con aquél carácter político-trágico e intransigente de los comunistas utópicos, forjado en la desesperación de la miseria de las masas que encendía los ideales más extremos, empezaron a predominar los “hombres de acción” tragicómicos que pusieron la lucha al servicio de la negociación y el compromiso con la burguesía. Hasta la derrota del 48 todavía gravitaban en el movimiento obrero las antiguas tradiciones heredadas de las guildas (corporaciones gremiales artesanas de la Edad Media tardía), que habían trasmitido a los proletarios modernos la experiencia de la lucha colectivai.
Estabilizar históricamente al artesanado dentro del capitalismo incipiente, por un lado, y conciliar los intereses del capital y del trabajo a instancias de los sindicatos por el otro, fueron los sueños que arrullaron muchos dirigentes políticos del proletariado tras la derrota de 1848. En la obra de Marx no había lugar para semejantes ensoñaciones. De ahí que desde 1862 en que publicó su “Contribución a la Crítica de la Economía Política”, la FILOSOFÍA de Marx fue sistemáticamente ignorada cuando no tergiversada por los círculos intelectuales al interior mismo del movimiento político de la clase obrera en su época. Poco después de editada esa obra, en carta dirigida a Kugelmann el 28 de diciembre de ese año, Marx revela de modo dramático las tendencias hostiles que se insinuaban ya contra la FILOSOFÍA del Materialismo Histórico:

<>. (K. Marx: Carta a Kugelmann (28/12/1862. Ver en Pp. 19).
En vida de Marx, fuera de Alemania y Rusia, su doctrina económica permaneció desconocida en Europa, tanto por parte de especialistas como por el gran público. Según relata R. Morgan en The German Socialdemocrats and de First Internationalcitado por Jean Barrot y Dennis Authier tras publicarse en 1867, el Libro I de “El Capital” tuvo poca influencia. Sus escasos lectores (August Bebel esperó dos años para leerlo y Karl Liebnekcht había leído menos de 15 páginas después de recibirlo), lo valoraron como una teoría “científica” de la explotación capitalista. Pero al no extraer las consecuencias políticas de la Ley General de la Acumulación Capitalista que esa obra revela, siguieron interpretando el movimiento del capital desde la perspectiva tradicional de “una injusta distribución de la riqueza”, cuyo máximo exponente del momento en Alemania era Lassalle, que líderes como Garibaldi en Italia evidenciaron respecto al partido de los Moderados de Cavour. Hasta bien entrado el siglo XX es lícito hablar del culto por el Lassalleismo. A través suyo —de su pacto con Bismark— la burguesía pudo evitar la constitución de un bloque político histórico del proletariado, al impedir que la FILOSOFÍA de la praxis se funda con el movimiento obrero. Consultando la correspondencia de Marx, es dable advertir que su pensamiento económico pasó al movimiento obrero por el filtro de Lassalle. Todos los testimonio de la época dan fe de que este impostor del movimiento obrero consiguió eclipsar la figura de Marx, usurpando su pensamiento para difundirlo totalmente desnaturalizado. Posiblemente ese haya sido uno de los puntos de su pacto implícito con el gobierno de Bismark. Múltiples signos dan testimonio de un culto oficial por Lassalle. En 1865 la esposa de Marx decía sobre este personaje lo siguiente:

<> (H. M. Enzensberger: “Conversaciones con Marx y Engels” Tomo I).
Por un lado, la FILOSOFÍA de Lassalle no consistía en una crítica del capitalismo en su globalidad, sino sólo en su vertiente liberal del “Laisse faire (dejar hacer). Para Lassalle los males del capitalismo no estaban en la producción sino en la circulación de la riqueza, no en la propiedad privada de los medios de producción, sino del abuso que de ella hacían los capitalistas a instancias de la libertad irrestricta en la esfera del intercambio. Pensaba que bajo el régimen irrestricto de la oferta y la demanda, el progreso material de los trabajadores se vuelve imposible, porque cualquier aumento de los salarios reales por encima del nivel de subsistencia, provoca tal presión de la oferta de trabajo sobre la demanda que los hace descender nuevamente a ese mínimo o por debajo de él. Tal es, en esencia, lo que Lassalle dio a conocer al mundo como “ley de bronce de los salarios”. Un razonamiento de sentido común fácil de digerir. La solución consistía, pues, en "emancipar” a los trabajadores excedentes convirtiéndoles en ser ellos mismos sus propios patrones a instancias del régimen de cooperativas, subvencionadas con crédito oficial a cargo del Estado, para que los trabajadores en activo pudieran negociar sus salarios en mejores condiciones, a través de los sindicatos bajo arbitraje estatal…
Fuertemente amarrado a la FILOSOFÍA hegeliana, que bajo el capitalismo concibió al Estado no como un instrumento político de la burguesía en su rol de clase dominante —tal como vino sucediendo en la historia con los distintos Estados clasistas desde el esclavismo—, sino como una autoridad “independiente” y, por tanto, proclive a regimentar el funcionamiento de la sociedad de acuerdo con la “idea” de racionalidad y justicia por encima de cualquier interés particular, Lassalle veía al Estado feudal de su época como un ente apartado de su verdadero fin clasista realmente existente, que podía ser conducido por el camino correcto mediante el sufragio universal. Conclusión: que según su discurso la reforma de la sociedad era posible a través de la reforma del Estado por medio de los comicios, dejando intacta la propiedad privada. Tal fue la FILOSOFÍA que el Lassalleismo convirtió en cosa de “sentido común” dentro del movimiento obrero internacionalii.
De hecho, cuando en 1869 se constituye el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán (SDAP) durante el Congreso de Eisenach, su programa considerado literalmente no es, en modo alguno, marxista. Los vestigios lassalleanos de los que está impregnado (Estado popular libre, producto integral del trabajo, créditos públicos para las cooperativas de producción), son los mismos que Marx criticaría seis años más tarde en el momento de la fusión de ese partido con los lassalleanos en Gotha compartiendo el mismo programa criticado por Marx. Por otra parte, el programa de Eisenach también estuvo en la línea democrático-burguesa: reivindicaciones de “libertad política” y de un “Estado democrático”. Es en este surco abierto en el SDAP por “marxistas” como Wilhelm Liebnektch y August Bebel, donde la burguesía logró sembrar la semilla del policlasismo, para que los trabajadores alemanes acepten la tontería estratégica de un “socialismo” basado en la mutua “tolerancia” entre clases históricamente antagónicas, y en la coexistencia entre el proletariado y la pequeñoburguesía en el seno de un mismo partido.
Desde el último cuarto del siglo XIX, prevaleció en Alemania una práctica social, donde la burguesía en general encontró su entusiasta justificación, en el creciente nivel de vida coyuntural del proletariado y, en el consecuente apoyo electoral que había venido recibiendo desde que, en 1890, el Estado alemán les legalizó cubriéndoles de prestigio político y prebendas, de modo que los burócratas del Partido Socialdemócrata en ese país se fueron creyendo el cuento de una estrategia socialista por simple trans-crecimiento del capitalismo. Todavía en 1913, la correspondencia entre Marx y Engels fue deliberadamente manipulada por Víctor Adler, Eduard Bernstein y August Bebel, de modo especial en los pasajes que tratan sobre Lassalle y Liebnekcht, duramente criticados por Marx en diversas ocasiones. Así, a despecho de las intenciones de Marx y Engels, la común aceptación de la táctica electoral terminó sirviendo a la estrategia burguesa de reforma de la sociedad civil y del Estado a instancias del sufragio universal. Para ellos, no se trataba ya de destruir al Estado burgués como primera tarea para la construcción del socialismo, sino de administrar los intereses de la burguesía en nombre de la clase obrera, hasta el momento en que el capital pueda ser pacíficamente socializado, desde el Estado como representante de los intereses generales en nombre de la “voluntad popular”iii. Con semejante apoyo político de un ingenuo proletariado momentáneamente comprado por el movimiento expansivo del capital, a los dirigentes del SPD cómodamente instalados en los aparatos del Estado burgués alemán, ya no les bastaba con hacer pasar las tesis de Lassalle por marxismo, sino que necesitaban desprenderse de él para afirmarse en una nueva teoría que legitimara su práctica oportunista.
Ese es el cometido histórico que vino a cumplir Eduard Bernstein. Observando que el nivel de vida obrero acompañaba en su ascenso a las ganancias de los capitalistas, Bernstein sacó la peregrina conclusión de que las “coalisiones de empresas”, los truts y los cárteles, terminaron por trastocar las condiciones objetivas del capitalismo de libre competencia estudiadas por Marx, lo cual presuntamente desvirtuaba por completo la teoría política de clases como medio para llegar al socialismo. De este modo, el pensamiento de Bernstein se puso al servicio de esos nuevos “hombres de acción” convertidos en gestores del capital, para cortar todo vínculo orgánico con la molesta teoría revolucionaria. En estas circunstancias fue Rosa Luxemburgo al frente de la fracción “espartaquista” dentro del SPD quien, desde principios del Siglo XX intentó infructuosamente desmontar el edificio político que los reformistas socialdemócratas habían venido construyendo en los dominios del capital. Sólo tuvo éxito en el campo teórico:

<< ¿Cuál es, aparentemente, la característica principal de esta práctica? Cierta hostilidad para con la “teoría”. Esto es natural, puesto que nuestra “teoría”, es decir, los principios del socialismo científico, imponen limitaciones claramente definidas a la actividad práctica: en lo que hace a los objetivos de dicha actividad, los medios para alcanzar dichos objetivos y el método empleado en dicha actividad. Es bastante natural que la gente que persigue resultados “prácticos” inmediatos quiera liberarse de tales limitaciones e independizar su práctica de nuestra “teoría”.

Sin embargo, cada vez que se trata de aplicar este método, la realidad se encarga de refutarlo. El socialismo de Estado, el socialismo agrario, la política de compensación, el problema del ejército, fueron todas derrotas para el oportunismo. Está claro que si esta corriente desea subsistir debe tratar de destruir los principios de nuestra teoría y elaborar una teoría propia. El libro de Bernstein apunta precisamente en esa dirección. Es por eso Max Shippel (1859-1928): revisionista de derecha en la socialdemocracia alemana; defendía el expansionismo, la política agresiva y el imperialismo alemanes que en Stuttgart todos los elementos oportunistas de nuestro partido se agruparon inmediatamente en torno a la bandera de Bernstein. Si las corrientes oportunistas en la actividad práctica de nuestro partido son un fenómeno enteramente natural que puede explicarse a la luz de las circunstancias especiales en que se desenvuelve nuestra actividad, la teoría de Bernstein es un intento no menos natural de agrupar dichas corrientes en una expresión teórica general, un intento de elaborar sus propias premisas teóricas y romper con el socialismo científico. Es por eso que en la publicación de las ideas de Bernstein debe reconocerse una prueba histórica para el oportunismo y su primera legitimación científica>>. (Rosa Luxemburgo: “Reforma o revolución” Segunda parte Cap. V: El oportunismo en la teoría y en la práctica. Pp. 91-92.
En el marco de la concepción gramsciana de la práctica política y siguiendo bis a bis estas palabras de Rosa, se hace patente que la FILOSOFÍA de Bernstein es la adaptación del lassallenismo a la etapa monopolista del capitalismoiv. Destruir el marxismo como FILOSOFÍA de la praxis para impedir la unión entre la teoría revolucionaria y la práctica política en el movimiento obrero, es decir, la conformación de un bloque histórico proletario. Tal fue el primer cometido de Bernstein y su gente. El segundo cometido de Bernstein derivado del primero, consistió en poner su FILOSOFÍA al servicio del movimiento político del capital, ofreciéndola para que sirviera de vínculo ideológico entre el proletariado y la burguesía a nivel internacional, para la conformación del bloque histórico de dominación que ellos, la Segunda Internacional, se encargarían de hegemonizar y dirigir. Una FILOSOFÍA que, con tal cometido, reemplazaba la idea marxista de la lucha de clases por su contraria, basada en la colaboración entre capitalistas y obreros; una FILOSOFÍA que no necesitaba demostrar teóricamente nada porque no era más que el reflejo directo en la conciencia del proletariado, de una realidad tangible: la que ofrecía el proceso de la acumulación del capital basado en el plusvalor relativo. De ahí que en "Las Premisas del Socialismo y las Tareas de la Socialdemocracia, Bernstein" escribiera con total desenfado lo siguiente:

<trabaja al contrario sin cesar en elevar al trabajador de la condición social de un proletario a la de un burgués y generalizar de ese modo la burguesía o la realidad burguesa. No quiere poner en el lugar de la sociedad burguesa una sociedad proletaria, sino en lugar del orden social capitalista un orden social socialista>>. (Citado por Iring Fetscher en: "El Marxismo. Su historia en documentos". Ed. Zero, S.A./1976 Pp. 190).
En lo que respecta a la relación entre el movimiento obrero y el Estado, Bernstein se mantuvo también en la línea de los lassalleanos al sostener que, como producto de las luchas obreras y populares, el Estado capitalista ha mutado su naturaleza originalmente represora para pasar a ser el "Estado del pueblo":

<

En la práctica, bajo el influjo de las luchas de los movimientos obreros, se ha impuesto en los partidos socialdemócratas otra valoración del Estado. Aquí, efectivamente, ha ganado terreno la idea de un Estado del pueblo, que no es el instrumento de las clases y capas superiores, sino que recibe su carácter de la gran mayoría del pueblo gracias al derecho de voto general e igualitario. En este sentido, Lassalle, en las frases antes citadas, y a pesar de algunas exageraciones, se ha adelantado acertadamente a la historia, tal como nosotros podemos abarcarla desde nuestra perspectiva>>. (Ibíd. Ed. cit. Pp. 29).
Esto lo dijo Bernstein en 1922, tres o cuatro años después de que sus "hombres de acción" en el SPD a cargo del "Estado del Pueblo" procedieran a ordenar el aniquilamiento de miles de obreros revolucionarios que desde los “Consejos de obreros y soldados” quisieron unir la teoría con la práctica revolucionaria, negándose a aceptar las condiciones de los nuevos administradores políticos del capital en nombre del socialismo. Desde noviembre de 1918 a febrero de 1919, los muertos en toda Alemania superaron a los de las dos revoluciones Rusas juntas, la de febrero y la de octubre de 1917. Según reseña Gilbert Badia en su "Historia de la Alemania Contemporánea" (citado por Jean Barrot y Dennis Authier. Op. cit.). El aplastamiento militar de la "Segunda República de los Consejos" en Baviera (abril-mayo de 1919), corrió a cargo de futuros dirigentes nazis como Heinrich Himmler, Rudolph Hess y Von Epp.
Tras el aniquilamiento de la revolución de 1918-19, haciendo suya la definición de Bernstein, el célebre sociólogo burgués Max Weber, calificará a la Socialdemocracia como <>, rindiéndole sincero y agradecido homenaje. La disciplina que Weber elogió en la socialdemocracia remite, sin duda, al "buen sentido" gramsciano. Fue el resultado de un proceso en el que a instancias del "transformismo" operado en la conciencia de buena parte de los intelectuales y militantes más radicales del movimiento obrero alemán en los momentos de calma, la burguesía de ese país consiguió finalmente hacer prevalecer en el "sentido común" de los trabajadores alemanes, el prejuicio burgués de que el Estado moderno pertenece a todo el pueblo y que éste sólo gobierna a través de sus representantes elegidos por sufragio universal. Esto permite explicar el hecho de que el proletariado alemán —por vía de la disciplina comicial adquirida durante años de hábito elector para integrar la institución del parlamento—, durante la revolución de 1918 abdicara el poder revolucionario que detentaba desde los Consejos de obreros y soldados, en favor de la Constituyente dominada por los burócratas pro burgueses de la fracción socialdemócrata de derecha. Marx y Engels en sus artículos publicados por el New York Daily Tribune, subrayaron el papel relevante de la pequeña burguesía en su propensión oportunista a reemplazar la acción revolucionaria por la retórica vacua de su cobardía política:

<<La pequeña burguesía tiene la mayor importancia en todo Estado moderno y en todas las revoluciones modernas. Es particularmente importante en Alemania, donde en el curso de las recientes luchas ha desempeñado casi siempre el papel decisivo. (F. Engels en: “Revolution et contre-révolution en Allemagne”). Teniendo en cuenta la inmadurez del proletariado para convertirse de inmediato en fuerza hegemónica, la perspectiva de continuidad de la revolución —paso del “primer acto” al “segundo acto”— en que se colocaban Marx y Engels, era difícilmente concebible en el caso alemán sin una etapa de dominación de la pequeñoburguesía (socialdemócrata). Por eso la Circular del Comité Central de la Liga de los Comunistas en marzo de 1850, formuló la siguiente perspectiva estratégica: “El papel de traición que los liberales burgueses alemanes desempeñaron respecto al pueblo en 1848, lo desempeñarán en la próxima revolución los pequeñoburgueses demócratas, que ocupan hoy en la oposición el mismo lugar que ocupaban los liberales burgueses antes de 1848. Y a continuación Marx y Engels definieron cual debiera ser la política del proletariado “durante el período de superioridad (de los pequeñoburgueses socialdemócratas) sobre las demás clases dominantes y sobre el proletariado”. Tesis que Engels reafirmó en 1852: “La experiencia revolucionaria práctica de 1848-1849 confirma la conclusión a la que llegaban las reflexiones teóricas: la democracia de los pequeñoburgueses debe, a su vez, pasar por el gobierno antes de que la clase obrera comunista pueda instalarse en el poder de modo permanente y destruir el sistema de esclavitud de los asalariados bajo el yugo de la burguesía en su conjunto” (“Circular del Comité Central de la Liga de los Comunistas. Cita de Fernando Claudín en: “Marx-Engels y la Revolución de 1848” E. Siglo XXI/1985 Cap. III Aptdo. 2 Pp. 272-273. Cfr. con versión digitalizada).

Desde Bebel y Liebnekcht hasta Helmut Kool, pasando por Friedrich Ebert y Gustav Noske —el "perro sangriento de la Revolución Alemana" que ordenó el asesinato de Liebnekcht y de Rosa Luxemburgo junto a miles de militantes spartaquistas entre enero y febrero de 1919—, la socialdemocracia no ha hecho más que consolidar el "matiz" de la ideología democrática y el frente policlasista que de la mano de estos corruptos "hombres de acción" desde la Segunda Internacional en adelante, condujo directamente al fascismo en Europa. La forma en que el capitalismo alemán logró sobreponerse a la energía revolucionaria del proletariado en ese país, ha demostrado la importancia decisiva de la teoría en los resultados de la práctica política. Se impone aquí evocar el pasaje de Lenin en su obra "Que hacer” donde se refiere a la importancia de la teoría, paradójicamente a propósito de unas observaciones hechas por Engels en 1874 sobre este asunto. Replicando a los oportunistas del POSDR, Lenin apeló a unas palabras de Marx en su Crítica del Programa de Gotha con las que censuraba <> el eclecticismo imperante en el flamante SPD surgido de la unión entre lassalleanos y "marxistas" que acabaron siendo unos oportunistas:



<no hagáis "concesiones" teóricas. Este era el pensamiento de Marx, ¡y he aquí que entre nosotros hay gentes que en su nombre tratan de aminorar la importancia de la teoría!

Sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario. Nunca se insistirá lo bastante sobre esta idea en un tiempo en que a la prédica en boga del oportunismo va unido un apasionamiento por las formas más estrechas de la actividad práctica>>. (V. I. Lenin: "Que Hacer” Cap. I: d) "Engels sobre la importancia de la lucha teórica". El subrayado nuestro).
Inmediatamente, Lenin señala la preeminencia que debe tener la lucha teórica, sobre todo para un partido en formación. Pueden observarse aquí las coincidencias entre Lenin y Gramsci en cuanto a que:

<Y, para la socialdemocracia rusa, la importancia de la teoría es mayor aun (...) por el hecho de que nuestro partido sólo ha comenzado a formarse, sólo ha empezado a elaborar su fisonomía, y dista mucho de haber ajustado sus cuentas con las otras tendencias del pensamiento revolucionario, que amenazan con desviar el movimiento del camino justo. (...) En estas condiciones, un error "sin importancia" a primera vista, puede causar los más desastrosos efectos, y sólo gente miope puede encontrar inoportunas o superfluas las discusiones fraccionales y la delimitación rigurosa de los matices. De la consolidación de tal o cual "matiz" puede depender el porvenir de la socialdemocracia rusa por años y años>> (V.I. Lenin ibid.)
Estas palabras de Lenin evocan asimismo la lucha de los primeros marxistas contra el socialismo utópico y sentimental, En tal sentido, las causas del fracaso de Rosa Luxemburgo en su lucha política de principios de siglo contra el oportunismo reformista, habrá que ir a buscarlas también a los orígenes de la socialdemocracia alemana. Porque bien es cierto que tras las sucesivas derrotas del 48 y del 71 las consecuencias políticas de la inevitable integración económica de los obreros al capital era un coste que había que aceptar. Pero no es tan seguro que, aun así, la fortaleza del capital hubiera resistido el seismo de su crisis finisecular, de no ser porque ya antes los fundadores del materialismo histórico no fueron acompañados en la tarea de darle a la FILOSOFÍA del proletariado una práctica acorde con ella, aunque sea minoritaria; porque sus discípulos de mayor valía, los más inteligentes y abnegados incluida Rosa, han hecho escuela en el error de insistir en su compromiso militante con organizaciones políticas obreras de masas pero irremisiblemente reaccionarias, contribuyendo desde entonces a mantener la teoría revolucionaria secuestrada por una práctica reformista:

<[Rosa] descuidó los momentos de ruptura. Rechazó el atacar frontalmente al Estado de noviembre (como anteriormente al SPD) porque los obreros ocupaban dentro de él un puesto considerable y [según ella creyó] podrían hacerle evolucionar [hacia posiciones revolucionarias]. Ahora bien, si no hay ruptura, destrucción de las formas [orgánicas] institucionales provenientes de la antigua fase de estabilidad, el movimiento sigue siendo un movimiento interno al capitalismo, e incluso ayuda a este último a adaptarse [a las condiciones preexistentes]>> (J. Barrot y D. Authier: Op. Cit. Cap. VI: "Relación de fuerzas antes del enfrentamiento". Lo entre corchetes nuestro)
El ejemplo de Rosa Luxemburgo, como el de Willich y Schapper en 1848 o como el de Lassalle en 1860, demuestran que los vínculos ideológicos formales con el marxismo en organizaciones reformistas socialdemócratas al estilo de los Partidos Comunistas de la IIIª Internacional tras la muerte de Lenin, en tanto y cuanto no rompen políticamente con el sistema sirven tácticamente a sus dirigentes reformistas, para que sus cada vez más estrechos vínculos con el capital global, puedan ser vistos por la militancia más radical del movimiento, a lo sumo como "desviaciones oportunistas" de una ortodoxia revolucionaria proclamada, evitando así la construcción de organizaciones verdaderamente revolucionarias alternativas. En épocas de retroceso ideológico, muchos "hombres prácticos" del movimiento se dejan seducir por las organizaciones reformistas, que ejercen sobre ellos un magnetismo tan irresistible como el voluntarismo utópico al que se entregan en momentos de alza revolucionaria. Siguiendo el mal entendido concepto de "estar con las masas", encuentran en la lucha interna contra el "oportunismo" la siempre estúpida esperanza de hacer evolucionar a esas organizaciones contrarrevolucionarias hacia posiciones revolucionarias. Sometidos al permanente divorcio entre teoría y práctica, donde la costumbre del compromiso con el enemigo de clase al interior de organizaciones contrarrevolucionarias, violenta y malogra sistemáticamente la ética de la necesaria ruptura orgánica con él, son pocos los que, como Rosa Luxemburgo, logran mantener intacta su adhesión a los principios de la FILOSOFÍA de la praxis —tal como la comprendió y asumió políticamente Gramsci hasta su muerte, aunque para no pocos ilusos vivientes ya inútilmente cuando, en pocos meses, la historia se sacude trágicamente años de comedia política, como sucedió El 25 de agosto de 1917 poco antes de finalizar la primera guerra mundial, contra la que:

<<Turín se alzó espontáneamente y la represión militar causó más de cincuenta muertos y centenares de heridos. La ciudad fue declarada zona de guerra. Los dirigentes socialistas fueron arrestados en masa y la dirección de la sección socialista quedó a cargo de un comité de doce personas del que formaba parte Gramsci. En Rusia los bolcheviques tomaron el poder el 7 de noviembre, pero durante semanas a Europa llegaban tan solo noticias confusas hasta que el 24 de noviembre la edición nacional del ¡Avanti! publicó un editorial con el título “La Revolución contra el capital” firmado por Gramsci.

También en Italia las dificultades de la guerra y el eco de la Revolución Rusa llevaron a sublevaciones espontáneas duramente reprimidas por el orden constituido; la revuelta por el pan de Turín de septiembre de 1917 desencadenó una dura reacción: 50 muertos y más de 200 heridos, declaraciones de Turín como zona de guerra y la consiguiente aplicación de la ley marcial, arrestos en cadena que golpearon no solo a los que habían participado en el levantamiento, sino también a los elementos políticos de la oposición (y en especial a todo el núcleo de la fracción socialista) con la acusación de instigación a la revolución.

Después de los arrestos efectuados en Turín, Gramsci pasó a ser el único redactor de El Grito del Pueblo, que cesó de publicarse el 19 de octubre de 1918. Terminada la guerra, Gramsci trabajó únicamente en la edición piamontesa del Avanti! desde el 5 de diciembre; pero los jóvenes socialistas turineses: Gramsci, Tasca, Togliatti y Terracini, intentaron expresar, después de la revolución rusa, nuevas exigencias en la actividad política socialista, que no sentían representadas en la Dirección Nacional:

Queríamos hacer, hacer, hacer, nos sentíamos angustiados, sin una orientación, hastiados en la ardiente vida de aquellos meses después del armisticio, cuando parecía inmediato el cataclismo de la sociedad italiana.

Escribió por sí mismo el número único del periódico de los jóvenes socialistas La Città Futura, publicado el 11 de febrero de 1917.

Fundó junto a Angelo Tasca, Palmiro Togliatti y Umberto Terracini el periódico L'Ordine Nuovo (reseña semanal de cultura socialista) en 1919 y la línea política de la revista, después de un camino incierto, se definió adoptando posiciones netamente obreras. El primero de mayo de 1919 se publicó el primer número de Orden Nuevo con Gramsci como secretario de redacción y animador de la revista.

Los obreros sintieron predilección por el semanario porque «los artículos no eran frías arquitecturas intelectuales, sino que desobstruían nuestra discusión con los mejores obreros, creaban sentimientos, voluntad, pasiones reales de la clase obrera turinesa [...] eran casi una toma de conciencia de sucesos reales.

Participó asimismo en el movimiento de los Consejos de fábrica de Turín (1919-1920). De hecho, si la democracia burguesa tiene su punto de apoyo institucional en el Parlamento, la democracia proletaria asigna a los consejos de fábrica esta posición democrática necesaria para el nacimiento del nuevo orden. De aquí surgieron las batallas por la introducción y la difusión de estos consejos, la proximidad con los sentimientos y las opiniones de los obreros, la crítica al Partido Socialista Italiano (partido para los proletarios, pero no del proletariado) completamente homologado a la lógica del poder burgués y por eso mismo incapaz de expresar una alternativa política real.

Gramsci apoyó la huelga de abril de 1920, la ocupación de las fábricas del septiembre siguiente y la frustrada huelga de abril de 1921. Además polemizó con la dirección del Partido Socialista, tanto contra los maximalistas como contra los reformistas. Indicó un programa que sacudió la explícita aprobación de Lenin al II Congreso de la III Internacional comunista, que había pedido la expulsión del partido de los reformistas y de algunos maximalistas.

La resolución de la Internacional comunista que pedía a los partidos socialistas el alejamiento de los reformistas y más en general de los gradualistas (los que pretendían la toma del poder político por la vía democrática electoral para efectuar las reformas sociales) fue desoída por el Partido Socialista Italiano. A pesar de la aprobación y el aval de Lenin a los ordinovisti en el II Congreso de la Internacional (organización a la cual el PSI había decidido adherirse en el congreso de Bolonia de octubre de 1919), los vértices del PSI estaban en manos de dirigentes formados en el viejo estado liberal, incapaces de comprender el momento crucial político-social de la posguerra. En este sentido el fracaso de muchos obreros de agosto a septiembre de 1920 (no comprendido y por tanto duramente contrariado tanto por los dirigentes del Partido Socialista Italiano como por los dirigentes de la Confederación General del Trabajo), en este sentido el aislamiento de los ordinovistas del partido, y la escisión a la izquierda preparada en un congreso de facción en noviembre de 1920 en Imola. (https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Gramsci).
Nunca se insistirá demasiado en que, a falta de un conocimiento científico de la realidad social existente, sin esta verdad políticamente asumida por los miembros de un partido, no puede haber cambio revolucionario posible. Pero también es verdad que a falta de una organización cuyos miembros cumplan con los requisitos de la teoría científica, a la postre “no suele ser la conciencia de los individuos lo que determina su existencia, sino su existencia social lo que alumbra su conciencia”. Así las cosas, es el sufrimiento cada vez más insoportable de una realidad social vigente ya caduca, lo que acaba determinando en la conciencia de las mayorías sociales explotadas y oprimidas, la necesidad de la revolución. Y en este proceso volvemos a estar ahora mismo los asalariados, bajo circunstancias en las cuales —como en el pasado—, la pequeño burguesía sedicentemente de izquierdas” y a instancias de su partido socialdemócrata se interpone disputándole a la burguesía liberal de derechas el gobierno de las instituciones estatales. Como ahora mismo en España, por ejemplo. Pero no precisamente para emancipar a los explotados del capitalismo, sino para dejar de ser ella misma pequeña. Su verdadera y más interesada lucha desde siempre ha consistido y consiste, en apropiarse de una parte proporcionalmente mayor de los medios de producción y de cambio. Éste ha sido y sigue siendo, el secreto mejor guardado de la Socialdemocracia en su actual condición de organización política.
Por tanto, quienes siendo de condición asalariada se justifiquen permaneciendo en las organizaciones reformistas y, por extensión, en las instituciones estatales burguesas militando en su nombre, lo único que consiguen es exponerse a su propia involución ideológica y corrupción política, convirtiéndose así en el más serio obstáculo de la lucha por unir la práctica política con la teoría científica revolucionaria, requisito imprescindible para encarar la formación de un bloque histórico o frente político revolucionario alternativo de poder, realmente enfrentado al capital. Esto es lo que Lenin ha querido significar cuando en 1902 sentenció diciendo que: “Sin Teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. Porque si la verdad universal de una teoría científica, no se proyecta siendo comprendida y asimilada por la conciencia social colectiva, para materializarse a instancias de una organización política revolucionaria independiente, su acción queda reducida a la nada. Como si se tratara de un ingeniero en paro, o que trabaja para realizar un proyecto que nada tiene que ver con el suyo propio al que, para su mayor desgracia, incluso desconoce. Y esto es, precisamente, lo que sucedió con la mayoría de los asalariados desde que, tras la derrota de la revolución de 1848, se dejaron conducir por la filosofía del sentido común pequeñoburgués introyectado en su inconsciente colectivo por la socialdemocracia:

<[socialdemócrata]; es decir, aspiran a enredar a los obreros en una organización de partido en la que predominen las frases democrático-sociales en general, detrás de las cuales se ocultan sus intereses específicos [de fracción clasista burguesa], y en las que, en gracia a la amada paz, no deberán manifestarse las reivindicaciones concretas del proletariado. Semejante unión les beneficiaría exclusivamente a ellos y redundaría totalmente en perjuicio del proletariado. Éste perdería toda su independencia, a tan dura costa conquistada, para volver a convertirse en apéndice de la democracia burguesa oficial. Así, pues, semejante unión debe ser rechazada con la mayor energía. Los obreros en lugar de rebajarse una vez más a servir de coro y de caja de resonancia de los demócratas burgueses, deberán esforzarse, sobre todo los de la Liga, en crear al lado de los demócratas oficiales su propia organización como partido obrero público y clandestino independiente, haciendo que cada comuna se convierta en centro y núcleo de un conjunto de sociedades obreras en que se discutan la posición y los intereses del proletariado, al margen de las influencias burguesas>> (K. Marx-F. Engels: “Circular del Comité Central a la Liga de los comunistas”. Marzo de 1850. Lo entre corchetes nuestro. Versión digitalizada. Ver en Pp. 3 y 4).
Esta misma prédica de aquellos antepasados políticos pequeñoburgueses socialdemócratas es, precisamente, la que sus actuales sucesores estatizados en la fase monopolista terminal del capitalismo, le han vuelto a sugerir a los asalariados: Que se agrupen y organicen una vez más en torno suyo, pero no para acabar definitivamente con este sistema de vida sino al contrario, tan mentirosa como presuntuosamente para seguir reformándolo. ¿Qué reformas? Como si esto fuera posible, cuando la competencia económica interburguesa ha impulsado el desarrollo científico-técnico de la fuerza productiva del trabajo social, hasta el límite absoluto de desembocar hoy día, en la automatización industrial generalizada que tiende objetivamente, sin poder evitarlo, a prescindir cada vez más del trabajo asalariado en todos los ámbitos de la producción, dejando sin sentido clasista burgués a la propiedad privada sobre los medios de producción y, por necesaria extención, a su consecuencia económica inmediata fundamental que vino sustentando al sistema: la ganancia capitalista.
Los políticos profesionales institucionalizados de todos los colores, son plenamente conscientes de que bajo el régimen capitalista de producción ha sido, es y será imposible, no sólo evitar el creciente reparto desigual de la riqueza entre las dos clases sociales universales del sistema, sino que prevalecerá entre los explotados la tendencia cada vez más exterminadora de la pobreza extrema, a raíz de la exclusión social, un fenómeno que expusimos en el último apartado de nuestro trabajo inmediatamente anterior a éste titulado: Fundamentos del comportamiento simulador en vegetales, animales irracionales y seres humanos”. Allí destacamos el sufrimiento inaudito que hoy pesa sobre los millones de hombres, mujeres y niños más desfavorecidos en todos los países. Por tanto, estos pequeñoburgueses “socialistas” degenerados por el sistema —que se han venido disputando el poder en las instituciones políticas estatales con la derecha liberal—, mienten tan cobarde como miserablemente —y lo saben—, cuando en medio de semejante desbarajuste todavía en fase terminal del capitalismo, siguen prometiendo a su clientela electoral presuntas “políticas económicas de progreso”
En las presentes condiciones terminales del capitalismo tardío bajo la “democracia representativa, los políticos profesionales, sin excepción, vienen a ser lo que José Ingenieros definió por el vocablo degeneración, un estado de conciencia enajenado que determinada minoría de sujetos pertenecientes a la clase dominante —alta y media—, adquieren a instancias de su respectiva familia educada por los medios de comunicación y, cómo no, por los aparatos ideológicos del sistema capitalista, una posición en la sociedad donde La simulación es una forma de lucha por la vida, cuyo resultado es la mejor adaptación del simulador a las condiciones del medio económico que le han determinado ser lo que son. Es decir, unos degenerados sociales. Cualificación resultante del Proceso por el cual una persona o una cosa, pasan a un estado peor al de sus orígenes, tras haber perdido progresivamente las potenciales cualidades genéricas que tenían al momento de nacer o ser creadas. Es ésta una categoría política corrupta en la que no solo están incluidos los sujetos de las clases alta y media, que se han venido disputando el ejercicio del gobierno en distintos países. También afecta a buena parte de los llamados ciudadanos de a pie, tan numerosos como pobres e ignorantes de la realidad económica y política en que vegetan, tratando de sobrevivir como individuos egoístas proclives al delito, aunque disciplinados al cumplimiento de votar periódicamente durante los comicios, para elegir a sus representantes, con la ilusoria esperanza de que atiendan a sus personales intereses:

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