Sofía Guajardo. La Batalla de Maipú



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Sofía Guajardo.


La Batalla de Maipú.

La fatiga y la adrenalina comenzaba a correr por las venas de todos los que estaban dentro del ejército argentino. Algunos temblaban y otros comenzaban a rezar por lo bajo intentando calmarse; el llano dejaba ver sin problema alguno al enemigo que se movía al compás de sus ganas de luchar.

San Martín no dudó en comenzar a dispararles a los contrarios; éstos no se inmutaban en lo más absoluto por lo que se dio cuenta de que lo mejor era atacar y dar un paso adelante; hizo ir a su ejército el centro y la derecha de los españoles, mientras que el Coronel Juan Gregorio de Las Heras fue a un cerro dónde se encontraba otra parte de los rivales.

Aunque se esforzaran no lograban romper la línea de los contrarios por lo que el General decidió enviar los batallones de reserva para ver si con eso lograría la victoria. A la izquierda del cerro, Las Heras y los Granaderos a Caballo tenían en sus manos a los contrincantes españoles los cuales algunos se fueron al centro y derecho del terreno para dificultar la lucha o ayudar a sus compañeros en la batalla. Sin embargo, el Coronel junto un puñado de su tropa se disipó al centro y derecho del lugar para tener más voracidad en el campo.

Algunos se retiraron del lugar debido al miedo de morir o debido a que pensaban que habían perdido todo, como lo hizo Osorio quien se retiró; su compañero José Ordóñez, en cambio, se quedó a pelear hasta la muerte como todo un luchador y organizó unas maniobras para ver si conseguía ganar; pero eso hizo que se desorganizara su grupo, también debido al estrecho del terreno.

La situación pronto fue así: los cuatro batallones españoles quedaron completamente rodeados por el ejército patriota pero, a pesar de aquello, se resistieron. Uno de los batallones, Burgos, flameando su bandera por aquellas luchas ganadas gritaban a todo pulmón y se resistían a lo que también los otros acompañantes hacían lo mismo, aunque estaba clara su inminente derrota.

Los cuatro batallones formaron un cuadro del cual intentarían defenderse a toda costa, pero las fuerzas patrias avanzaban con fiereza y sin miedo; los cazadores a caballo fueron rechazados y al unirse a la formación se convirtieron en un blanco mucho más fácil que el especulado para los demás. Así, las tropas argentinas comenzaron a disparar y a herir y a asesinar a los contrarios, quienes caían como muñecos de trapos sucios, pero no cedieron y se quedaron como todos unos soldados dispuestos a morir por su nación.

Un tiempo después, éstos comenzaron a moverse hacia atrás, hacia el caserío de Lo Espejo, pero durante el movimiento las tropas continuaban con su labor y aunque cayeran los hombres no rompieron con su formación y continuaron sin más. A pesar de todo, la artillería los perseguía y se acercaba más, y la metralla rompió sus filas pero fue inútil, ya que los contrarios continuaron su formación y se fueron retirando con lentitud del campo de batalla hostigados por todas partes sin escapatoria alguna.

Las tropas que estaban en el caserío continuaron con su formación, y una vez que llegó Bernardo O´Higgins a la batalla, uno de los batallones dieron pelea a los hombres de éste obligando a que se retirada. San Martin, quien finalmente llegó con su tropa y vio lo que estaba sucediendo no quiso que más hombres sufrieran alguna herida o la muerte; le ordenó a su gente disparar viendo caer a las tropas contrincantes.

Al final sólo quedó un puñado y los hombres de Argentina se lanzaron a los españoles en una última voluntad para conseguir la victoria que era obvio para el país. Sin más nada que dar, Ordóñez se rindió junto con algunos granaderos de Primo de Rivera. Así, el día fue de Argentina y con aquella batalla, San Martín logró lo que quería.



Un abrazo compatriota se realizó entre el General José de San Martín y Bernardo O´Higgins, dejando muy en claro y que gracias al Libertador, Chile logró tener su independencia.



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