Solas gozos y sombras de una manera de vivir Temas de hoy. Índice



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Carmen Alborch
SolaS
Gozos y sombras de una manera de vivir
Temas de hoy.


Índice

VIVIR SOLA NO ES ESTAR SOLA. APUNTES PARA UNA REFLEXIÓN


SOLEDAD Y SOLEDADES

Pero, ¿qué es la soledad?

No hay plenitud sin relación

La soledad y el amor

La soledad y la familia
LA SOLEDAD Y LAS MUJERES

Un fenómeno llamado celibato

Más de un modelo de mujer sola

Más allá de la tradición

Eva y María

Voces de mujeres españolas

Luces y sombras del siglo XX

De Virginia Woolf a la rive gauche

La garçonne: falda corta y pelo corto

De la conquista de derechos al hogar, dulce hogar

Rompiendo estereotipos
SOLAS Y SOLOS. UNA NUEVA CATEGORÍA SOCIAL

En la frontera de un cambio cultural

Llaneras solitarias

El Príncipe y la Bella Durmiente

El espejo cultural

Feminismos y reacción

Las tentaciones o deslizamientos
LAS TRANSICIONES

Los orígenes de la ruptura

Las abandonadas

La separación de mutuo acuerdo, sin víctimas ni verdugos

¿Por qué nos divorciamos los españoles?

¿Qué hacer durante la difícil transición?

El trabajo como rito de tránsito

La amistad entre mujeres: un buen antídoto


EL MAPA EMOCIONAL Y LAS REGLAS DEL JUEGO

La mirada interior

¿Qué pasa con los sentimientos?

¿Cuál es el origen del problema?

Abrir nuestras mentes

Juventud, belleza y autoestima

Las reglas del juego

El dilema de la femineidad. Las actitudes

La sexualidad de las mujeres solas

Del amor para toda la vida a las relaciones alternativas La maternidad. El dilema de tener o no tener hijos


LOS ESPACIOS

Miedo a los números

La esfera pública
LA TAREA DE LA SOLEDAD

CONTRACUBIERTA



A mi querida madre, a mi hermana Tita, mujeres admirables que saben de la soledad y la generosidad.


Vivir sola no es estar sola.

Apuntes para una reflexión

Vivir sola no es lo mismo que estar sola, ni sentirse sola ni ser una persona solitaria. El libro que la lectora o el lector tiene ante sí versa sobre las múltiples formas y manifestaciones de la soledad y, esencialmente, en qué medida su presencia afecta específicamente a las mujeres.

En este punto creo necesario aclarar que quien esto escribe, mujer orgullosamente sola, se siente, en cambio, venturosa y cálidamente acompañada, y ni por asomo se considera una persona solitaria. En primer lugar, por la compañía y la presencia de una familia maravillosa que supone para mí un sostén esencial en mi vida, y por personas muy próximas que me quieren y aportan ese imprescindible apoyo afectivo sin el cual la existencia acaso no merecería demasiado la pena. En este sentido, pues, me considero una persona afortunada, por contar con esa cobertura de afectos con la que me siento espiritualmente colmada.

Sin embargo, más allá de mi propia peripecia personal, la soledad me ha atraído desde hace tiempo como asunto y objeto de estudio referido a las mujeres, especialmente a las de mi propia generación, algunas de las cuales acaso la hayan padecido de una forma más inclemente y rigurosa.

Pienso que las mujeres que podríamos llamar de la «cosecha el 68» hemos vivido inmersas en serias contradicciones derivadas de la educación y del momento histórico que nos tocó vivir.

La educación sentimental recibida era, obviamente, la que manaba de la cultura dominante de la clase dominante. Es decir, la mujer como ser destinado al papel de esposa y madre, a veces adornada con un título universitario que sería sin duda de valiosa ayuda para la consecución de tal fin.

Pero, también, al margen de la cultura oficial, sabíamos de la insatisfacción y el sufrimiento de las mujeres, asistíamos como testigos a constantes pruebas de resignación y sumisión, escuchábamos sus quejas —como susurros—, sus propias frustraciones, a pesar de haber alcanzado el supuestamente envidiable estatus de mujer feliz y definitivamente casada.

La discriminación de las mujeres alcanzaba, en los años sesenta, las altas cotas por todos conocidas, y tal discriminación se prolongaba incluso en los ámbitos universitarios donde las carreras «para chicas» contrastaban con las «de los chicos».

La universidad que conocí, a pesar de todo, fue una privilegiada burbuja de libertad, que permitía lecturas, viajes y debates que ensanchaban nuestros horizontes intelectuales de una forma que le estaba vedada a muchos ciudadanos de a pie.

Fuimos primero «progresistas», feministas comprometidas después. Protagonizamos largas vindicaciones y luchas por el divorcio, la despenalización del aborto, el derecho a nuestro cuerpo, la independencia económica. Luchábamos por lo que creíamos justo.

Entonces aprendimos que la amistad entre mujeres podía ser un buen antídoto contra el asunto principal de este libro, el desamor y la soledad.

¿Cuántas de nosotras estamos hoy encuadradas en la categoría de mujeres solas? Y ¿por qué lo estamos las que lo estamos? Creo que mayoritariamente estamos solas porque no nos conformamos. Vivimos acompañadas mientras dura el amor, mientras se mantiene el deseo, mientras sentimos el placer de estar juntos y nos consideramos satisfactoriamente queridas, mientras perduran la complicidad y el respeto.

Desde esta perspectiva generacional brevísimamente esbozada, desde mis compromisos, mi vivencia y mi cultura, he escrito este libro, lo que no quiere decir que me haya circunscrito o limitado a mi experiencia personal. Me he apoyado en las investigaciones y los debates que han contribuido a conocer mejor la situación de las mujeres, lo que también me ha permitido constatar la buena salud del feminismo. He contrastado las opiniones de mujeres de otras generaciones y países, y me han interesado especialmente las experiencias de las jóvenes.

Porque formamos parte de la historia, no he querido eludir los aspectos históricos ni he podido evitar comenzar con una reflexión sobre la soledad.

En cualquier caso, no he pretendido realizar una investigación académica, sino una reflexión que pudiera llegar al mayor número posible de mujeres y por ello he descartado las formas más o menos habituales, más o menos académicas, de utilización de citas.

Espero que la lectora o el lector que acuda a estas páginas pueda recoger de mi esfuerzo —apasionante, por otra parte— algo que le resulte de utilidad. Con ello me daría por satisfecha y habría merecido la pena escribir este libro.

Finalmente, en el capítulo de agradecimientos quiero mencionar en primer lugar a mi familia, de la que siempre he recibido apoyo y estímulo. A mis amigos, que han seguido con interés, comprensión y paciencia la elaboración de este trabajo, a José Luis Gutiérrez, Carlos Ortega, Toni Picazo, Paca Conesa, Consuelo Cátala, Antonio Losada, a mis compañeras del Congreso Rosa Conde, Amparo Rubiales, Cristina Alberdi y Ángeles Amador, y a Laia Frías por su ayuda. Mi especial gratitud merecen la historiadora Isabel Morant, que me asesoró y animó desde el principio, y Charo Álvarez, hada buena, que me inició en el intrincado mundo de la informática.

A todas aquellas personas que directa o indirectamente han contribuido a que el trayecto resultara más llevadero. Y, por supuesto, a la editorial Temas de Hoy.

Soledad y soledades

Sobre la soledad han escrito grandes figuras de la literatura y el pensamiento, desde Aristóteles a Joseph Conrad; Jack London, Hermann Hesse, T. S. Eliot, Sigmund Frëud, Thomas Wolfe, James Joyce, Kant, Descartes, Franz Kafka, Tennessee Williams, Hegel... Friedrich Nietzsche fue acaso su más obsesivo y relevante filósofo, y quizás también una de sus más desquiciadas víctimas, por padecerla en una de sus derivaciones psicopáticas. También la sufrieron Guy de Maupassant, Tolstoi, Dostoievski, Wittgenstein, Cervantes, Strindberg o Simone Weil, para quien la soledad absoluta significaba la posesión de la verdad del mundo.

La esencia de la soledad se exterioriza o hace patente de infinitas formas, y éstas se manifiestan con gran intensidad. Su sustancia la convierte en omnipresente objeto de atención y estudio de médicos, filósofos, sociólogos, psicólogos, psicoanalistas, teólogos, predicadores o confesores, científicos sociales, antropólogos, pedagogos, maestros y educadores, demógrafos, legisladores o políticos, novelistas, pintores, músicos, ensayistas o poetas, incluso policías o detectives, acaso porque, desde siempre, ha estado presente en el origen de la más insondable angustia de la persona, en sus más hondos y negros instantes de desesperación, en las motivaciones de los crímenes más abyectos, monstruosos e inexplicables. Y también en los momentos en los que el ser humano ha alcanzado las más sublimes cumbres en la creación de belleza, en el hallazgo del arte, en el mágico relámpago, en la suprema emoción que sólo suscita el más alto y sublime goce estético. La soledad no es un virus ni una enfermedad del alma, en la medida en que todos, en mayor o menor grado, la hemos sentido, sufrido o acaso disfrutado.


PERO, ¿QUÉ ES LA SOLEDAD?

¿Qué es, por tanto, la soledad, la solitud, que acredita tal presencia en la vida, el alma y el espíritu de los hombres, que los acompaña «desde la cuna hasta la sepultura y quizás incluso más allá», como dejara escrito Conrad? ¿O acaso, como intuyó Wolfe, la esencia de la tragedia no recae tanto en el conflicto o la confrontación entre contrarios, sino en el enfrentamiento del ser humano con su propia soledad?

La soledad es, antes que un concepto, un estado de ánimo, un sentimiento, además de una circunstancia personal determinada. Posee dos características fundamentales: la incomunicación —voluntaria o involuntaria, física o psicológica— y la perdurabilidad, que conduce a la ansiedad dolorosa de alguien que reclama infructuosamente el auxilio de quien alivie su sufrimiento.

Veamos, como ejemplo, unos inquietantes, hermosos y espeluznantes versos:


¿Qué veis, enfermeras, qué veis?

Pensáis cuando me estáis mirando:

una anciana decrépita y obtusa

con los ojos perdidos

que toma su comida y nunca responde.
Cuando alzáis la voz diciéndome: me gustaría que lo intentaras...

Os diré quién soy, mientras permanezco aquí sentada, inmóvil,

mientras me levanto siguiendo vuestro mandato y como, según vuestro deseo.
Soy una niña de diez años, con papá y mamá,

hermanos y hermanas que se quieren los unos a los otros.

Pronto una novia de veinte años, cuando mi corazón dio un salto

recordando las promesas que juré cumplir.

Con veinticinco tuve mis propios niños

que precisaron de mí para construir un hogar seguro y feliz.

A los cincuenta, de nuevo, nuevos niños corretean entre mis rodillas.

Pero los días oscuros se ciernen sobre mí, con la muerte de mi hombre.

Miro al futuro y me encojo con temor.

Los jóvenes de mi familia están todos muy ocupados en sus asuntos.

Y pienso en los años de amor que he conocido.
Ahora soy una mujer vieja y la naturaleza es muy cruel.

(…) El cuerpo se resiente, la gracia y el vigor se han ido...

ahora sólo hay una piedra donde antes había un corazón.

Pero debajo de esta vieja carcasa una joven adolescente aún alienta

y ahora, de nuevo, mi castigado corazón renace.
Recuerdo las penas, recuerdo el placer,

de nuevo amo y vivo otra vez,

y pienso que los años son demasiado pocos,

han pasado demasiado deprisa.

Y acepto el hecho de que nada durará.

Por tanto, abrid vuestros ojos, enfermeras, y mirad.

No soy una vieja decrépita, ¡miradme de cerca, vedme…!
Este poema, en traducción libre, fue publicado en La Gaceta del Hospital Guy, del distrito de Greenwich (Londres), el 2 de febrero de 1974. Escrito por una anciana solitaria y silenciosa, recluida en la zona geriátrica de dicho hospital, considerada hasta entonces como incapacitada para leer y escribir por sus cuidadores, el original fue hallado en su taquilla tras su muerte.

Al igual que la depresión, una de sus más conocidas consecuencias, puede ser disimulada, negada o aceptada, y hasta interpretada en muy distintas claves; puede ser dolorosa, autodestructiva, agridulce, orgullosa o desesperante, angustiosa o sencillamente devastadora, pero también creativa y enriquecedora.

Algunos estudiosos consideran que la soledad en su más embrionaria fase la percibimos las personas de forma vaga e instintiva ya en los primeros momentos de la vida, tras el abandono del claustro materno, tras la ruptura umbilical del contacto con la madre. Dicha ruptura estaría en el origen de la soledad que siempre nos acompaña y su contrafigura en el ansia de retorno al claustro materno, a la fusión con la madre, al fin de la soledad como impulso primigenio. Así, el freudiano binomio «ruptura~retorno» explicaría la inclinación de los niños por los movimientos de vaivén —de una cuna o una mecedora, o el sube y baja de un yoyó—, cadencia binaria que reproduciría la esencia del citado binomio.

Soledad y oscuridad se identifican asimismo en la mente del niño que reclama, angustiado, en medio de la noche, la voz que responda a su llanto. Si alguien responde, la oscuridad desaparece.

La exacerbación de la ruptura o separación conduce a formas enfermizas de soledad que incluso han sido vinculadas a todo el amplio catálogo de desviaciones sexuales como «pervertidos» antídotos, como formas de contacto o comunicación: la aproximación visual, para voyeurs o exhibicionistas, o la auditiva para aquel que efectúa anónimas y obscenas llamadas telefónicas.

La soledad es imposibilidad de comunicación, y quizá fue Dante quien, en su Divina comedia, plasmó de forma más aterradora y angustiosa este sentimiento al describir el noveno círculo del Infierno, donde los desdichados que allí llegan aparecen enterrados en hielo, condenados a la eterna soledad de su interminable y helada agonía, incapaces de establecer contacto físico con nadie porque sus gélidos ataúdes se lo impiden.

Sociológicamente, la soledad aparece como efecto del individualismo motor de las sociedades modernas occidentales, que establecen al individuo, con sus propios derechos y libertades, como objeto superior al grupo. En las sociedades comunitarias, en cambio, el sentimiento de soledad sólo surge cuando el individuo —siempre subordinado en sus derechos a los del grupo, la familia, el clan, el pueblo o la tribu— se aleja y abandona la colectividad de la que forma parte, que rechaza cualquier iniciativa emanada de la libertad individual como intrínsecamente perversa.

La soledad es, por tanto, un complejísimo fenómeno que está presente en la angustia desesperanzada del anciano recluido en un asilo, en el horror metafísico del «último filósofo» de Nietzsche o en el provinciano aburrimiento de Madame Bovary.

Estar solo no es lo mismo que sentirse solo, ni vivir solo lo mismo que estar aislado o ser solitario. Las distintas gamas de este sentimiento van desde la satisfacción a la transitoriedad, de la situación elegida a la impuesta, de lo momentáneo a lo duradero, de lo coyuntural a lo estructural, de lo superficial a lo profundo o terminal. Se suele decir que nacemos solos y morimos solos. Esto es que los dos actos supremos a los que el hombre se enfrenta, alfa y omega de su existencia, están marcados por la soledad. El hombre en solitud es «acicate» literario, filosófico o religioso.

La soledad se enfrenta a su plano más complejo y denso cuando se adentra en el terreno filosófico. Por un lado, la soledad del hombre ante la Naturaleza o ante la idea de Dios como Ser Supremo; la soledad teológica del creyente que tan sólo saciará en el encuentro con Dios. Así, por ejemplo, el ermitaño o el anacoreta no padecen soledad en la medida en que la suprema compañía del ansiado Ser nunca les abandona. Y, por otro lado, el desarraigo como forma de soledad que supone el alejamiento de la tierra que nos dio el ser y la vida —«la patria del hombre es su infancia», escribió el poeta—, presente en cada desalojo territorial de individuos, colectividades o pueblos, desde los éxodos africanos provocados por la guerra o el hambre, hasta la persecución de las naciones indias en las desoladas «reservas» durante la conquista del Oeste americano; presente en cada emigrante que desconoce la lengua y los hábitos de la tierra ajena y que sólo la entiende como hostil lugar de trabajo y residencia.

La soledad en su dimensión social nos remite a aquellos que no se sienten integrados en el sistema de normas y valores que configuran una cultura o civilización determinada. No acertó, en cambio, Karl Marx, obcecado en la concepción alienante del sistema económico, al adentrarse en el fenómeno de la soledad humana. Sería Frëud quien le refutaría arguyendo que la soledad está dentro del propio hombre, no del sistema que le sirve de estructura social y económica. La agresión contra el hombre, encerrándolo en su propia soledad, no procede del sistema, sino de la esencia más íntima del hombre mismo, y es, por lo tanto, anterior a la aparición del capitalismo.

En El lobo estepario, Hermann Hesse plasma de forma magistral la angustia de quien se debate entre dos culturas que le son igualmente extrañas y ajenas, y algo similar podemos ver en los apresurados exilios de Las uvas de la ira de Steinbeck.

Por último, hemos de referirnos a la soledad del individuo frente a los demás, en sus interrelaciones, acaso la más dolorosa, incluso físicamente, de las soledades. Creadores, artistas pintores, escultores, músicos, novelistas y poetas han plasmado o han sido movidos por ese persistente desconsuelo de quien sufre de soledad frente a sus semejantes y, también, el significado que, como estímulo, ha tenido éste para la creación de las más grandiosas y sublimes obras de arte.

Es, pues, la soledad, como hemos visto, un fenómeno complejísimo que varía en función de los seres que la sufren y la circunstancia personal, espiritual o social por la que atraviesan.


NO HAY PLENITUD SIN RELACIÓN

Nuestro destino en la vida es el logro de la felicidad, inalcanzable en términos absolutos, y su hallazgo generalmente ha de disfrutarse en compañía, por ser la persona un animal esencialmente social. Así, el prestigio personal culmina en la medida que somos capaces de proporcionar placer y satisfacción a nuestros semejantes, y nuestro éxito nunca se alcanza sin la plena confirmación de quienes nos rodean. La voz de la más prodigiosa de las divas resultaría estéril si se perdiera en los áridos y solitarios escenarios de un desierto —la más pavorosa forma de soledad—, pues precisa de los aplausos que la ratifiquen, como prueba de la irrenunciable necesidad que las personas tienen de la presencia y aquiescencia de sus semejantes.

No hay, pues, plenitud sin la relación con los otros, y de ellos buscamos el reconocimiento, la cooperación, la competencia, la imitación incluso, como antídotos contra la soledad. La existencia precisa de la mirada del otro. Nunca logramos gozar de nosotros mismos sin el concurso del otro, y hasta Crusoe precisó de la compañía de Viernes como testigo de su solitaria peripecia.

Rousseau fue el precursor en Occidente del afianzamiento del carácter social del hombre, al que, contrariando a cínicos y estoicos, no concebía sin necesidades de ningún tipo para alcanzar un estado de plenitud. Es decir, Rousseau entiende la felicidad del hombre a partir de su imperfección, de su condición de ser incompleto que precisa del auxilio y de los afectos de sus semejantes para alcanzar el equilibrio o dosis razonables de felicidad individual, aunque, para el pensador francés es clara la propia transitoriedad de la bonanza o el placer: «Mientras más aumentan sus apegos, más crecen las penas del hombre.» Al mismo tiempo, el placer solitario y no compartido deja de serlo, mientras que el sufrimiento en soledad, que opera como un poderoso catalizador, se acrecienta hasta la angustia.

Esta idea de Rousseau acerca de las imperfecciones del hombre, de su condición de ser incompleto, había sido bella y grandiosamente tratada por Platón a través del mito de los seres redondos. Según Platón, los seres humanos tenían tres géneros primigenios: masculino, femenino y andrógino; el macho, descendiente del sol, la hembra de la tierra y el andrógino de la luna. Las formas de cada individuo eran redondas, contaban con cuatro piernas y cuatro brazos, dos órganos sexuales y dos rostros distintos y opuestos, con sus respectivos pabellones auditivos en una sola cabeza sobre un cuello circular. Su gran arrogancia les había llevado a intentar una escalada al Olimpo para desafiar a los dioses, que dudaron si fulminarlos con el rayo y extirpar su linaje, al igual que hicieran con los gigantes, o modificarlos para no perder los sacrificios con que los hombres les honraban.

Zeus decidió partirlos por la mitad para debilitarlos y que se multiplicaran. Pero cada una de las dos partes sintió por primera vez la angustia de la soledad y, para superarla y no sentirse perdida, emprendió la búsqueda de la otra mitad. Así, la soledad apareció en la vida de los angustiados hombres, con los genitales en la espalda y la cabeza hacia delante. La humanidad comenzó a extinguirse en lugar de multiplicarse, y las partes, al sentirse desasistidas y aterrorizadas ante la soledad, cuando encontraban a la otra se abrazaban con tal intensidad y frenesí que no podían sobrevivir al hambre. Finalmente, Zeus reparó la tragedia cambiando el sexo de los hombres hacia delante y otorgándoles la facultad de reproducirse a través de la mujer.

Pero en lugar de explotar el potencial de su respectiva diversidad, ejecutaron por su cuenta la obra de fragmentación que Zeus había perpetrado. El trastorno de reacomodar mitades dispersas ocasionó el caos y provocó, como consecuencia de ello, la lista de infamias y vicios que nutren y estigmatizan a la humanidad desde entonces. Así, al fracasar el hombre en la nunca planteada batalla contra los dioses, optó por la vía más sencilla de dominar a las mujeres y a otros hombres más débiles.

Esta historia viene a ilustrar el origen de los humanos y su condición de seres incompletos, en busca constante de la otra mitad exacta y de su soledad.

Por su parte, Diotima enseñó a Sócrates los distintos niveles del amor, que comienzan con el amor erótico y ascienden hasta el amor puro a la belleza. Pero le habló también de otro tipo de amor: el amor público o político, un sentimiento de afinidad con todas las personas y las cosas, que tiene que ver con la soledad en la medida en que sientes que las personas forman parte de ti, y de este modo creces más que si fueras sólo un individuo. Aun partiendo de la idea de que somos individualidades completas, aunque sin duda imperfectas, parece claro, como diría Tzvetan Todorov, que vivimos en la negociación permanente, y que, en la cotidianeidad de nuestra existencia, la cooperación resulta más provechosa que los egoísmos paralelos.

LA SOLEDAD Y EL AMOR

No podemos mencionar la soledad sin referirnos al amor, aunque sea sucintamente, teniendo en cuenta además que el amor se ha considerado siempre una pieza constitutiva clave de la personalidad femenina. Se ha llegado a afirmar que la mujer está predispuesta «por naturaleza» a las pasiones del corazón, y la misma dedicación femenina en el amor, que frecuentemente ha revestido las características de incondicionalidad y omnipresencia, ha conformado una suerte de suprema realización que convierte el amor en una religión. Sin duda las mujeres hemos sido socializadas en una cultura en la que los sentimientos ocupan un lugar preeminente. Los diferentes papeles que la sociedad ha asignado a hombres y mujeres se reflejan en la concepción que unos y otras tienen acerca del amor, si bien no se trata de una ley de la naturaleza (de hecho, Dios creó a la mujer para librar a Adán de su soledad). La asimetría de los roles afectivos sigue vigente hoy, a pesar de haber alejado el amor del enclaustramiento doméstico, al menos en aquellas sociedades en las que se consagra la libre disposición de hombres y mujeres. Esta situación, que como veremos más adelante genera una serie de conflictos particulares, nos induce a pensar que deberíamos cumplir el mandato de Rimbaud de reinventar el amor, buscar un nuevo equilibrio, el amor realmente recíproco, que como decía Rougemont exige y crea la igualdad de los que se aman, de manera que el hombre testimonie su amor a una mujer tratándola como a una persona humana total, no como si fuera una meta. Este amor no se identifica con el concepto de amor~pasión. Considero, pues, obligado referirme al magnífico libro de Denis de Rougemont, El amor y Occidente, y no tanto por su brillante análisis de los orígenes y evolución del mito de Tristán e Isolda, sino por la vigencia de sus palabras en lo que al conflicto entre el amor~pasión y el matrimonio se refiere. En efecto, el autor sostiene que la pasión arruina la idea misma del matrimonio en una época en la que, precisamente, se intenta fundamentar el matrimonio en los valores de una ética de la pasión. Amar más el amor que el objeto del amor, amar la pasión por sí misma, pasión que significa sufrimiento, cosa padecida, preponderancia del destino sobre la persona libre y responsable. Es la única clase de amor que consagra Stendhal.

Todos o casi todos sueñan con el mito de Tristán e Isolda, por más borrado que esté, y ahí radica el secreto de la inquietud que atormenta hoy a muchas parejas. La pasión que se identifica con la aventura, con el cambio de vida para enriquecerla, el arriesgarnos y gozar de aquello que proporciona la ilusión de libertad y de plenitud —ilusión, verdaderamente, ya que el hombre apasionado busca ser poseído y ya que amar, en el sentido de pasión, es lo contrario a vivir, es el empobrecimiento del ser, sin más allá, impotente para amar lo presente—, lleva al surgimiento del conflicto en tanto que criados, como lo estamos, en la idea del matrimonio y, al mismo tiempo, sumergidos en esa atmósfera romántica creada por las lecturas, los espectáculos, las mil alusiones cotidianas. La pasión es la prueba suprema que hay que conocer; sólo quienes han pasado por ella han disfrutado de una vida plena.

La pasión y el matrimonio son, pues, incompatibles por esencia. Sus orígenes y finalidades se excluyen, y de su coexistencia 0nacen problemas insolubles. El amor debe triunfar sobre todos los obstáculos, se dice, pero se estrella casi siempre contra uno de ellos: la duración, base del matrimonio en tanto que institución hecha para durar. En muchos casos, como por ejemplo en los mensajes «hollywoodienses», se hace coincidir el matrimonio con el llamado amor~romance, basando el primero en el segundo. Sin embargo, el romance se alimenta de impedimentos, de breves excitaciones y de separaciones, mientras que el matrimonio está hecho de costumbre y proximidad cotidiana. El romance busca el «amor de lejos» de los trovadores; el matrimonio el amor al prójimo. Por tanto, la persona que se ha casado a raíz de un romance, una vez evaporado éste, es normal que se pregunte por qué está casada, y no menos natural resulta que, obsesionada por la propaganda universal del romance, acepte la primera ocasión para enamorarse de otro. Divorciarse para encontrar en el nuevo amor, que implica un nuevo matrimonio, una nueva promesa de felicidad: las tres ideas aluden a lo mismo, a una nueva experiencia.

Aparte del culto al romance, la búsqueda de la felicidad individual que prima sobre la estabilidad social y el respeto al desarrollo psicológico que prima sobre el sentido del compromiso, la crisis del matrimonio —que antes se asentaba en tres grupos de valores: sagrados (como concepto antropológico), sociales y religiosos (como atributo del espíritu)— resulta de una pluralidad de causas profundas, entre las que se encuentran la emancipación de la mujer, la vulgarización de las ciencias humanas que lleva a un mejor conocimiento de una misma y a una mayor exigencia en la vida matrimonial, y la posibilidad de una vasta evolución de la psique moderna. De esta crisis, que no es un mero accidente, se debe intentar descifrar su mensaje y descodificar pacientemente las noticias ambiguas que nos aporta sobre nosotros mismos, sobre nuestros deseos y secretos.

Por último, Rougemont vincula el matrimonio a la fidelidad, partiendo de la idea de que elegir a una mujer es apostar, una arbitrariedad cuyas consecuencias se compromete a asumir, entendida como una construcción, una negativa constante a experimentar los propios sueños por la necesidad de actuar para el ser amado. No una disciplina impuesta ni una odiosa limitación. Una locura de sobriedad que imita bastante bien a la razón y que no es un heroísmo ni un desafío, sino una paciente y tierna aplicación. La felicidad en el matrimonio supone la ley de una vida nueva, una vida aliada con uno para siempre, ya que si estar enamorado es un estado, amar es un acto, y mientras el estado se sufre, el acto se decide. Finalmente, Rougemont define el matrimonio como esa institución que contiene la pasión ya no por la moral, sino por el amor, sin que esta alternativa suponga condenar en bloque la pasión, puesto que ello supondría suprimir uno de los polos de nuestra tensión creadora.

Como hemos visto, nuestro autor se refiere a la búsqueda de un nuevo equilibrio en la pareja, un equilibrio tenso entre las exigencias siempre simultáneas, contrarias y legítimas de la estabilidad y de la evolución, de la especie y del individuo, del cumplimiento de la persona y del absoluto. Un equilibrio para el que también resulta fundamental la igualdad de los que se aman. En esta línea, Anthony Giddens enfrenta el amor romance al amor confluente, que es un amor contingente, activo y, por consiguiente, choca con expresiones propias del amor romántico como «para siempre» o «solo y único». El amor confluente presupone la igualdad en el dar y recibir emocional, y es cuando más estrechamente se aproxima un amor particular al prototipo de la relación pura, que para el autor es la relación de igualdad sexual y emocional. Esto tiene connotaciones explosivas respecto de las formas preexistentes sobre los diversos papeles sexuales establecidos y sus relaciones de poder. La transformación de la intimidad puede tener una influencia subversiva si se la concibe como una negociación de lazos personales entre individuos iguales, como la absoluta democratización del dominio interpersonal.


LA SOLEDAD Y LA FAMILIA

Al hablar de la soledad, de la misma manera que nos referimos al amor no podemos eludir la referencia a la familia y al matrimonio; instituciones o vínculos que han ido cambiando a lo largo de los tiempos y que se han configurado de manera diferente en las distintas sociedades y culturas en función de la economía, la educación, la demografía y la política, hasta llegar a nuestros días en los que se repite la idea de la crisis de la llamada familia patriarcal en pos de un modelo de pareja más igualitaria y participativa, a la que no es ajena la creciente autonomía femenina.

Lo cierto es que hay muchos matrimonios y muchos divorcios; crecen los ejemplos de cohabitación, las parejas de hecho, las familias monoparentales, las mujeres que viven solas, las relaciones afectivas carentes de compromiso y responsabilidad, las múltiples formas convivenciales que escapan al patrón tradicional y que, en consecuencia, cuestionan la versión institucionalizada del amor eterno. Y ello sin olvidar que existen matrimonios felices como resultado de haber acertado en la apuesta, la tolerancia, el respeto y el compromiso. El matrimonio sigue siendo una opción mayoritaria en tanto que núcleo inicial de la familia, aunque, como se ha puesto de manifiesto en las encuestas realizadas recientemente en la Comunidad Europea, crece el número de hijos nacidos fuera del matrimonio.

En un primer momento, el matrimonio existe como una institución social que asegura la reproducción biológica. En consecuencia, las mujeres jóvenes, por ser las más fértiles, eran las más deseadas. Belleza, juventud y fertilidad constituyen nociones culturales que todavía permanecen unidas y que, en gran medida, tienen distintos significados para el hombre y la mujer. Pero también conviene recordar que cuando los humanos éramos nómadas y cazadores, agricultores y recolectores, la actividad sexual no aparecía unida a la reproducción. Cuando una mujer se quedaba embarazada, se entendía como la consecuencia de un poder que tenía ella sola. El hecho de generar vida en su seno era atribuido a la correspondiente diosa de la fertilidad. Esos hombres y mujeres vivían en una unidad con la naturaleza (o una naturaleza única) y no existía entonces el doble estándar de sexualidad masculina y femenina, que emergió cuando los hombres conocieron su papel en la reproducción. Dice Apolo, en Las Euménides de Esquilo, que no es la madre la que engendra el hijo, sino que ella es sólo la nodriza del germen depositado en su entraña; quien engendra es el padre, y la mujer recibe el germen como una depositaria extraña y lo conserva si así place a los dioses.

Cuando la sexualidad se carga de poder y de significación, los hombres comienzan a limitar las actividades de las mujeres para asegurar la herencia de los hijos. La mujer sujeta a los misterios de la vida, mediadora del derecho, no detentadora del mismo, desempeña una función nutricia y no participa en la conquista de la naturaleza con el hombre. Del Génesis al Código napoleónico se contempla el sometimiento de la mujer al hombre: en tanto que ofrecida al hombre para darle hijos, es parte de su propiedad de la misma manera que el fruto de un árbol lo es de su jardinero. La sexualidad de las mujeres empieza a verse como algo misterioso, complejo, difuso y peligroso. Todavía hoy, desgraciadamente, existe en algunas culturas algo más que reminiscencias, desde mutilaciones a la exigencia de la virginidad.

El matrimonio, que aparte de la Santa Madre Iglesia católica ha tenido ilustrísimos defensores, como Goethe —que veía en él la gran conquista de la cultura occidental y el fundamento sólido de toda vida personal—, Engels —que defendía la unión monogámica como la forma más racional de relación entre los sexos— o Jung, alcanza una gran popularidad en el siglo XIX, con el Romanticismo, coincidiendo con la ascensión del sentimiento amoroso. El matrimonio, institución dispensadora de respetabilidad social, política o económica, debía completar y llenar a la mujer, que sólo podía aspirar a la felicidad cumpliendo su misión de ser madre y esposa, con el consiguiente rechazo al homosexual y a la célibe. La mujer quedaba condenada a cumplir las dos únicas hipótesis de madre y esposa, negándosele una individualidad reconocida que se añadía a las cargas de su soledad y a los estigmas sociales derivados de su propia inexistencia como individuo. Sólo tenía consideración en tanto que madre, hermana, hija, esposa o amante de una individualidad masculina, ésta, sí, reconocida.

Los cambios sociales, demográficos y económicos han traído a las mujeres (y también a los hombres) una mayor libertad individual para vivir y actuar independientemente de la familia tradicional. Ahora ya no queremos sentirnos atrapados por el esquema familiar. Queremos espacio, queremos ser libres para ser lo que deseamos ser. A cambio de esa libertad puede producirse una sensación que tiene como precio el sentirse o estar solo, y que intentamos llenar sin detenernos a examinar las causas de dicho sentimiento. No existe sólo un camino y una manera de ser en esta sociedad fragmentada e individualista. Aunque, como hemos señalado, sigue vigente el modelo de familia tradicional, ésta es cada vez más democrática o menos jerarquizada. La disminución de la presión social ha dado cabida a relaciones plurales. La igualdad, la paridad, es un principio que se aplica cada vez más y que condiciona tanto las instituciones como los comportamientos. Se crean conflictos interpersonales que responden a la crisis de crecimiento de una sociedad en la que deberían ir desapareciendo los modelos basados en la subordinación en ese camino hacia una democracia más real en la que amemos sin versiones falseadas de nosotros mismos y de los demás.

Lamentablemente, el gran número de casos de malos tratos que se producen viene a demostrar, aparte de las miserias de la condición humana y la brutalidad de algunos hombres, que a la mujer se la considera propiedad del varón, propiedad que no está obligado a respetar y con la que comete bestiales excesos que llevan a la desesperación e incluso a la muerte. Dejando a un lado estos penosos sucesos, todavía nos tropezamos con un dilema derivado de la incongruencia entre nuestra creencia religiosa y cultural en un matrimonio de por vida y la realidad de la vida a fines del siglo XX. Queremos ser amados para siempre y, sin embargo, en la realidad cada vez es menos probable que nos casemos de por vida. En los países más avanzados son muchas las personas que pasan la mayor parte de sus años adultos disfrutando de distintas relaciones.

Si la complejidad y la incertidumbre son algunos de los signos de nuestro tiempo, tampoco resultan ajenos nuevos fenómenos sociales, cambios culturales y vivenciales en los que la soledad se muestra con otros perfiles. Los analizaremos más adelante, después de hacer un poco de historia; una historia llena de hermosas sorpresas cuyo conocimiento nos permitirá sentir el espíritu que se agita dentro de nuestra propia naturaleza, a través de las mujeres que habitaron su propia alma.

La soledad y las mujeres


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