Sres miembros del Comité Nobel, Hermanos y Hermanas



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Sres miembros del Comité Nobel,
Hermanos y Hermanas,

Vengo aquí, luego de haberme sido otorgado por tan prestigiosa academia el Premio Nobel de la Paz, para compartir una reflexión sobre mi continente y nuestra lucha. Quisiera antes que todo agradecer la invitación que me fuera hecha para hablar en esta Alta Casa de Estudios. No sólo por recibir mi persona sino por la muestra de aprecio, de reconocimiento y de estímulo que esta invitación implica con respecto a unos valores y un accionar que sustento, y que es la esperanza y la fe en nuestros pueblos en su camino para lograr la justicia y el respeto por la dignidad de las personas, como condición necesaria para alcanzar una verdadera paz.

Vengo como hombre de pueblo, con humildad y firmeza a compartir con todos Ustedes acerca de esa realidad que vivo y conozco.

Al recibir el Premio Nobel de la Paz dije desde el primer momento que no lo asumía a título personal, sino en nombre de los Pueblos de América Latina y muy en especial, en nombre de los pobres, de los más pequeños y necesitados, los indígenas, los campesinos, los obreros, los jóvenes y los miles de religiosos que trabajan en los lugares más inhóspitos de nuestro continente y de todos aquellos hombres de buena voluntad que trabajan y luchan por construir una sociedad libre de dominaciones.

Quiero referirme a las angustias y Esperanzas de nuestros Pueblos Latinoamericanos, no como político o técnico sobre los problemas sociales, sino como un hombre identificado con la causa de los pueblos en la lucha cotidiana en la defensa de sus derechos y la afirmación de sus valores, y también, que comparte sus esperanzas y su fe en la liberación integral.

En las últimas décadas las Iglesias iniciaron un nuevo estilo de reflexión y accionar pastoral: de pensar la fe a partir de la interpretación del hermano que sufre, que es desposeído, del pobre.

Son los rostros de nuestros obreros, campesinos, jóvenes, viejos, indígenas, niños, imágenes del rostro de Nuestro Señor Jesu Cristo, el que nos cuestiona y nos llama al compromiso de amor a nuestros hermanos.

Los obispos latinoamericanos, reunidos en Puebla de los Angeles, en México, al abordar la realidad latinoamericana pensaron desde esta perspectiva, asumiendo como Iglesia un compromiso ineludible, la opción preferencial por los pobres.

Es desde allí donde se empieza reflexionar la vida de nuestros pueblos, surgiendo un nuevo estilo de hacer teología y de vivir la fe.

Así, se asumió una inteligencia de fe, esto es un intento de abordar y explicar la realidad conflictiva que vivimos. El pobre no será ya visto como un objeto de caridad, como una persona aislada, sino como el producto de un sistema de estructuras de injusticias, que producen marginación, miseria y hambre para nuestros pueblos.

Se fueron compartiendo experiencias y aprehendiendo a conocer esa realidad en todos sus aspectos y facetas. Para los cristianos la fe no podría estar ajena a estos problemas, la teología entonces fue pensada como una reflexión de esa fe y de la interpelación de la Palabra desde la praxis de liberación de las injusticias y del pecado, en su dimensión personal, como estructural.

Reflexión que no es un conocimiento de la verdad a medias ya que se traduce en una práctica comprometida con el Bien común y la justicia. Es una verdad que no es mero contenido abstracto, sino un hacer. Ya que la verdad sólo se la aprehende cuando se la realiza.

Y es en ese trabajo concreto donde los cristianos tenemos mucho que aportar al proceso de liberación de nuestros pueblos.

Como muchas otras personas y organismos cristianos, nosotros a través del Servicio Paz y Justicia en América Latina - del cual como Coordinador General soy circunstancial portavoz de su trabajo y objetivos - hemos tratado de animar y aportar nuestro esfuerzo en el camino de lograr una sociedad libre de dominaciones, donde se superen las estructuras de injusticias y se viva el abrazo fraterno entre los hombres y la reconciliación con Dios.

Nuestra voz quiere ser la voz de los que no tienen voz, de los que están excluidos, de los humildes y pequeños.

Nuestras manos quieren tener el lenguaje del hombre que trabaja y sumarse al esfuerzo por la construcción de un nuevo mundo solidario, fundado en el Amor, en la Justicia, en la Libertad y en la Verdad.

Nuestro análisis es una consecuencia directa de este compromiso, nuestra práctica es la prédica y la acción no-violenta evangélica. Esto es, un espíritu y un método, la fuerza participativa de lucha, al alcance de los más pequeños, que son los elegidos de nuestro Señor que los anima con su espíritu a unirse y organizarse para gestar su propia liberación. Es así, que de esta perspectiva hemos encarado nuestro trabajo en América Latina.

Quisiera entonces hablar de América Latina, esa realidad que fuera definida por el querido Papa Pablo VI como el continente de la esperanza.

Pienso así que en América Latina venimos asistiendo y padeciendo el choque entre dos modelos de desarrollo de nuestras naciones, sustentados por fuerzas y sectores sociales diversos y hasta contradictorios entre sí.

Nuestras naciones cuentan con pueblos jóvenes y que al decir de Puebla: "donde han tenido oportunidades para capacitarse y organizarse han mostrado que pueden superarse y obtener sus justas reivindicaciones." Sin embargo pese a esa capacidad creativa y también pese a la riqueza natural económica y desarrollada en nuestros países, América Latina vive la angustia de un crecimiento económico desigual, que no acompaña un desarrollo integral y participativo de los pueblos. Esto genera una realidad conflictiva, que se manifiesta de diversas maneras en todos los órdenes de nuestras sociedades.

Les hablo de situaciones como la de Bolivia donde un golpe militar desoye y oprime la voluntad soberana de un pueblo. Les hablo del Salvador donde la violencia generalizada, producto de estructuras de dominación e injusticias vigentes durante décadas, compromete hoy la posibilidad práctica de una solución pacífica.

Les hablo de Cuba y sus presos políticos que implican una trasgresión clara a los derechos humanos. Les hablo de Paraguay, Chile, Uruguay, Brasil, Guatemala, países donde no existe espacio para el orden constitucional o se lo intenta reemplazar por formas aperturistas, limitativas y engañosas que no otorgan al pueblo su auténtico derecho a ser artífices de su propio destino.

Les hablo de mi Argentina donde por causas que remiten a estructuras de injusticia, que compartimos con el resto de nuestra Patria Grande, América Latina, se ha derivado en situaciones de violencia de izquierda o de derecha que han dejado una secuela de muertos, lisiados, desaparecidos, torturados, presos y exiliados.

Esta situación angustiante e injusta es compartida por todos los sectores responsables de la vida nacional. Es sentida con dolor por los familiares de aquellos que han desaparecido y especialmente por las madres, como las madres de Plaza de Mayo cuya acción por la paz, valorada internacionalmente, conlleva el dolor de la incertidumbre sobre la suerte de sus hijos. Las Iglesias, las organizaciones gremiales, los partidos políticos y las instituciones de defensa de los derechos humanos, a las cuales pertenezco, han pedido solución a este problema por constituir una de las causas profundas que impiden el real encuentro de Argentinos.

No quiero abondar en las citadas injusticias, pues no creo que sea éste el lugar indicado para hacerlo. Hay cosas que debo tratar en mi propio país y confrontarlo con el actual gobierno.

Quiero expresar, con especial énfasis, mi total apoyo a la mediación Papal respecto al conflicto limítrofe entre la República Argentina, mi patria y la República de Chile, mis hermanos.

Sabemos, como nos marcaba Su Santidad Juan Pablo II, que no hay diferencias entre nuestros países que no puedan ser superadas pacíficamente. Y también sabemos que los únicos beneficiados en un desastre semejante serán, y ya lo están siendo, los traficantes de armamento y aquellos que se ven fortalecidos frente a la división de los pueblos latinoamericanos.

La única solución posible es la paz, pues la guerra significará no sólo un inútil derramamiento de sangre, sino además una grave violación a la dignidad de ambos pueblos, ya que los mismos están siendo meros espectadores del conflicto.

Les hablo de un continente donde viven millones de hombres que son sometidos a la violencia del hambre, de las enfermedades endémicas, del analfabetismo, de la falta de viviendas, de la persecución política y gremial.

Les hablo en resumen de América Latina, donde vivimos constantes violaciones a los derechos humanos y de los pueblos. La violencia expresada en desapariciones, prisiones, torturas, exilios, falta de libertad de prensa, etc. ... no deben verse solamente como alentados contra los derechos individuales de las personas. Debemos analizar también en todas las dimensiones de esa realidad las causas profundas estructurales que generan esas situaciones de conflicto. Por ello la lucha por la dignidad de las personas debe encararse tanto en el plano personal, como social. En todo aquello que haga al desarrollo de los derechos de los pueblos.

Pero ese mismo continente y esos mismos hombres viven además su esperanza como un desafío de hacer su propia historia. Y en esta inmensa tarea, donde humildemente me incluyo, no tenemos más que nuestras propias manos y nuestra enorme fe.

A Ustedes que han instituido un lugar donde se predica la unión entre los pueblos bajo el signo de la paz quiero traerles la imagen de esta preocupante situación.

Latinoamérica no se explica por sí misma sino que se encuentra integrada dentro de un sistema económico-político y social internacional en profunda transformación. Su imagen de violencia refleja la violencia de nuestro mundo contemporáneo, sus injusticias se encuadran dentro de un injusto sistema internacional, sistema cuyos mecanismos al decir de Juan Pablo II: "son mecanismos, que por encontrarse impregnados no de un auténtico humanismo, sino de materialismo, producen a nivel internacional ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres".

Es necesario crear las condiciones que permitan desplazar los mecanismos que aseguran la dominación de unos países sobre otros. Quiero afirmar junto a nuestros pastores latinoamericanos en Puebla que "... toda la convivencia humana tiene que fundarse en el bien común, consistente en la realización cada vez más fraterna de la común dignidad, lo cual exige no instrumentalizar a unos en favor de otros y estar dispuestos a sacrificar aún bienes particulares". Esta común dignidad implica necesariamente la existencia de libertad.

Y para nosotros la libertad es aquella capacidad inalienable que tenemos todos los hombres para disponer de nosotros mismos.

Capacidad que permite construir una comunión y una participación basada en realidades que impulsen al hombre a relacionarse plenamente con el mundo, con sus hermanos y con Dios.

Veo con preocupación que este nuevo sistema internacional, digitado por grandes corporaciones multinacionales, lejos de profundizar la participación y mejorar los canales de expresión de los sectores mayoritarios, fundamente su nueva estructuración en la restricción de la participación política, en el distanciamiento entre gobernantes y gobernados, en el sostén de los privilegios de las minorías; en definitiva en la manutención de las viejas, conocidas y caducas estructuras de injusticia.

Las reglas de juego establecidas por las potencias e impuestas al resto del mundo posibilitan el gran crimen de nuestra época: la carrera armamentista. Carrera esta, que determina la inútil inversión de sumas de dinero que podrían ser dedicadas al desarrollo de nuestras naciones. Estas potencias producen y reproducen las condiciones de injusticia y dominación. Obstaculizan de esta forma el ejercicio del pleno derecho de los pueblos a su autodeterminación y obligan a los trabajadores de todas las latitudes a luchar por los derechos sindicales y políticos tanto en América Latina como en Polonia, en África como en Asia.

Son los mismos perseguidos por luchar por la causa de los derechos humanos, de una u otra manera, en los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Especialmente quisiéramos expresar nuestra solidaridad para que recuperen prontamente su libertad, el Dr. Andrei Sakharov, Premio Nobel de la Paz 1975, y el Sr. Anatoly Chtcharansky, ambos detenidos en la Unión Soviética.

He hablado aquí de nuestra angustia por la realidad que vive América Latina y en particular me he referido a la situación en mi país, la Argentina. También he manifestado nuestra viva preocupación por los problemas que viven todos los pueblos del mundo en su incansable lucha por la defensa de sus derechos inalienables.

Quiero ahora hablarles de mi esperanza, porque es ella la que nos impulsa con fuerza a la acción y al compromiso.

Y comienzo a hablar de ella recordando a un mártir de la Paz, el Arzobispo del Salvador, Mons. Osear Romero, quien, en su obra evangelizadora, compartió el camino de su pueblo hasta dar su vida por él. Su muerte es también signo de esperanza.

Nuestra esperanza es la Buena Noticia de Cristo Jesús que en estos tiempos de Navidad golpea fuerte en la conciencia de los hombres de todas las latitudes.

Tenemos esperanza porque creemos profundamente en Dios y creemos también profundamente en los valores de la persona humana.

Tenemos esperanza porque creemos con San Pablo, que el amor nunca muere, y que el hombre, en el proceso histórico, ha ido creando enclaves de amor con la práctica activa de su solidaridad hacia la liberación integral del hombre y los pueblos.

Por eso, nuestro testimonio en el mundo no puede limitarse al ejercicio del juicio crítico de las injusticias de orden social, económico y político o a la consecuente denuncia de los pecados de los responsables.

El cristiano precisa actuar.

Actuar, no bajo el convencimiento de que, por ser cristiano, posee la llave de los secretos de los problemas sociales, o porque sabe extraer del Evangelio modelos infalibles para transformar todas las situaciones.

El cristiano debe actuar junto a todos los hombres de buena voluntad, aportando su esfuerzo humilde en la construcción de un mundo más justo y humano.

Y quiero afirmarlo con énfasis: ese mundo es posible.

El orden social que buscamos no es una utopía.

Es un mundo donde la vida política sea entendida en términos de participación activa de gobernantes y gobernados en la realización del bien común.

No creemos en el consenso por la fuerza.

Estamos acostumbrados ya a escuchar, allí donde se violan los derechos humanos, que se lo hace en nombre de intereses superiores.

Yo declaro que no existe ningún interés superior al Hombre.

Señalo mi convencimiento de la madurez de los pueblos para autogobernarse sin tutelas paternalistas.

Por eso tenemos esperanza. Porque creemos en la vocación de comunión y participación de nuestros pueblos, que día a día despiertan a su conciencia política y expresan su anhelo de cambio y democratización profunda de la sociedad. Un cambio basado en la justicia, construido en el amor y que nos traiga el tan ansiado fruto de la paz.

En esta tarea debemos comprometernos todos. Y yo quiero que mi voz sirva para sumar voces y que el clamor de justicia se haga ensordecedor.

Vivo la esperanza que seguramente comparto con muchos hombres. Confío que un día nuestro cotidiano esfuerzo tendrá su recompensa. Estamos construyendo, sirviendo al plan del Señor, aquello que el profeta Isaias nos prometiera cuando dijo:

el Señor gobernará las Naciones y enderezará a la humanidad; harán arados de sus espadas y sacarán hoces de sus lanzas. Una Nación no levantará su espada contra otra y no se adiestrarán para la guerra.

Quiero finalmente manifestarles mi más profunda gratitud a los señores miembros del Comité Nobel y a todos los aquí presentes y al pueblo de Noruega todo por haber depositado en mí tan alta distinción. Me siento emocionado y a la vez comprometido a redoblar mi esfuerzo en la lucha por la Paz.

Imploro a nuestro Señor para que con su infínita misericordia nos ilumine y guíe en el camino de la Paz y la Justicia.

Paz y bien para todos.



Muchas gracias.

SOURCE: THE NOBEL FOUNDATION 1980 


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