Sujetos sociales, modernidad y crisis



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SUJETOS SOCIALES, MODERNIDAD Y CRISIS.


Introducción.
La constitución de los sujetos sociales históricos no ocurren por voluntad ni a partir de una teoría que los defina y caracterice. Por más que requieran, para finalmente transformarse en movimientos históricos, de una permanente, cotidiana y por momentos épica lucha social y política que los dote de identidad colectiva y finalmente de poder real.
En el marco de la Modernidad, el capitalismo industrial tuvo inicialmente como sujeto creador a la burguesía emergente y luego a la clase obrera, como contraparte y nuevo sujeto creador, impulsando la lucha de clases a una agudización que tuvo como corolario casi un siglo de revoluciones y luchas proletarias, que en algún momento pusieron en riesgo la hegemonía del capital, al menos subjetivamente.
Sin embargo, ese ciclo de luchas proletarias terminó producto de sus propias contradicciones, pero sobretodo producto de las transformaciones celéricas que un capitalismo desesperado y en crisis ha venido imponiendo en su afán de sostener la ganancia y la reproducción del capital.
La desaceleración del crecimiento económico global y una profunda decadencia que va más allá del agotamiento de la sociedad industrial, alcanzando a las propias instituciones creadas en más de tres siglos de Modernidad, nos instalan en un nuevo ciclo histórico, caracterizado por la emergencia de nuevos sujetos sociales que aún no terminan de articularse como tales y cuyas potencialidades aún no se expresan como poder real y antagónico.
Lo verdaderamente importante de esta coyuntura histórica es que nos enfrentamos a la disyuntiva de dejarnos llevar al abismo de la catástrofe final de la Humanidad o iniciar un viaje hacia las fronteras de la Libertad.
Pero no nos hagamos tantas ilusiones. El viaje más posible es hacia la incertidumbre. La degradación del ecosistema planetario es casi irreversible. Sólo un cambio de civilización, a través de una revolución libertaria, podría revertir el enorme daño causado por la lógica depredadora del industrialismo.
Al parecer las utopías ya no tienen mucha cabida. A estas alturas se trata también de sobrevivir a la decadencia suicida del capitalismo. Sobrevivencia que para nosotros, como pueblo pobre y marginado, debería transformarse en una radical lucha armada y libertaria por detener la vorágine de nuestros enemigos de clase y sus fuerzas represivas.
Estas líneas apuntan a situarnos en el contexto del nuevo ciclo que se inicia, queriendo aportar una mirada que profundice los elementos de Direccionalidad Estratégica que hemos venido construyendo en los últimos años.
1.- Sujetos sociales y crisis del estado-nación.
Los modernos estados-nación surgidos a partir de la Paz de Westfalia (1648) que puso fin a la Guerra de los Treinta Años en Europa, expresan la necesidad del capitalismo emergente de redibujar el mapa geográfico, reordenando a su vez poblaciones y territorios en función de la producción industrial que iniciaba su largo camino hacia la supremacía planetaria.
El estado-nación como instrumento privilegiado de la dominación, surge entonces en medio del reordenamiento del espacio que el nuevo paradigma requiere para su funcionamiento.
Y surge dotado de soberanía, con capacidad de decisión sobre la economía, la cultura, la seguridad, el sistema político y las leyes.
Con la Revolución Francesa nace la idea de que cada estado-nación construye una identidad condensada en el concepto de Pueblo, fuente de la Soberanía y de la legitimidad del poder constituido.
El propio concepto de Democracia se articula en torno al ciudadano (el burgués) sujeto social que encarna los valores y subjetividades de la Modernidad.
Toda esta construcción está en la base de una civilización occidental de carácter racionalista, cuyo modo de producción capitalista se hace hegemónico.
El paso desde sociedades de base agraria a sociedades de base industrial se produce sobre la dinámica de una Revolución Industrial que transforma profundamente el sistema político y social.
El maquinismo industrial permite la producción a escalas no conocidas, permitiendo una mayor acumulación y resolver el problema de la demanda creciente de los mercados.
Los países que se industrializan se convierten en potencias, no sólo económicas si no también militares. Esto lleva a una competencia por nuevos mercados y lógicamente a la búsqueda de materias primas.
Los estados-nación son el instrumento de la expansión colonialista. En el mapa geopolítico aparece nítidamente un centro europeo y una periferia asiática, africana y latinoamericana.
Europa profita de la riqueza extraída de estos continentes, en una carrera que lleva al capitalismo a hacerse hegemónico a nivel mundial. El imperialismo inglés es el primero eminentemente capitalista y marca el inicio de una competencia entre estados-nación capitalistas, que sólo se resolverá con las Guerras Mundiales del siglo XX.
Con la Primera Guerra Mundial surge la URSS, marcando el inicio de revoluciones anticapitalistas que llevan al cuestionamiento de la hegemonía capitalista.
Con la Segunda Guerra Mundial el mapa geopolítico queda dividido en dos grandes bloques, que en el marco de la Guerra Fría marcan el inicio de la disputa Este-Oeste.
La pos guerra estuvo marcada por la aparición del "estado de bienestar", producto de las ideas keynesianas que reclamaban la necesidad de crear condiciones para el consumo y a la vez estabilizar lo social desde el compromiso del Estado de asegurar una mínima seguridad social y calidad de vida al conjunto de la población.
Así se aseguraba una contención ante la presión subjetiva de las ideas revolucionarias de justicia social y propiedad social de los medios de producción, que encarnaban los socialismos existentes en Europa del Este.

Obviamente, el Estado keynesiano tuvo su mayor expresión en Europa y EEUU, siendo parcial o nulo su despliegue en los países periféricos.


Pero el keynesianismo fue, además, uno de los pilares de la socialdemocracia y del propio reformismo, en cuanto se planteaban "mejorar el capitalismo".
El eurocomunismo y la socialdemocracia, cumplieron así el rol de contención y domesticación de la clase obrera industrial europea, permitiendo más de dos décadas de crecimiento sostenido.
Por su parte, los viejos movimientos populares de los países periféricos, estuvieron fuertemente marcados por los llamados "estados de compromiso" (de origen keynesiano) en tanto fueron posibilitados por su lógica de "pacto social" (vía integración), aunque a la larga fue justamente esta lógica la que llevó a la crisis estructural de los sesenta y setenta que significó, en Latinoamérica, la necesidad de derrotar a esos movimientos populares a través de las dictaduras militares.
La crisis estructural de los setenta fue producto de una acumulación de desequilibrios que dieron lugar a una crisis general de sobreproducción, que devino en crisis crónica y que el viejo capitalismo aún no termina de resolver. Y no terminará de hacerlo, en la medida que su propia dinámica lo vuelve cada vez más concentrador y al mismo tiempo más marginador.
La globalización no es más que la culminación de una hegemonía construida desde hace mucho, que con la caída del Bloque Socialista gatilló la unipolarización y la consolidación del capitalismo a nivel mundial.
Dicha unipolarización no es sólo militar (EEUU y su complejo militar-tecnológico) ni sólo económica (un solo mercado mundial regulado por la OMC, el FMI, el BM), también pretende ser cultural (la cultura capitalista occidental) y la consolidación de un solo Sistema de Dominación Mundial.
En este contexto, los estados-nación pierden cada vez más protagonismo económico. Pero además pierden control sobre la cultura, la información y especialmente sobre su soberanía y seguridad nacional.
Es así como se ha venido verificando una redefinición del rol del estado en tareas de control y represión, pero mucho más claramente relacionado a un sistema globalizado.
La vieja Doctrina de Seguridad Nacional, cuyo apogeo fue durante el período de Guerra Fría, ha ido dando paso a una Doctrina de Seguridad Ciudadana (ver documento "Situación") que expresa un concepto de seguridad más localizado y enfocado al ámbito urbano y privado.
Aunque el concepto de "Seguridad Ciudadana" no es completamente nuevo, se puede decir que recién a mediados de los noventa se instala como una de las principales prioridades del "nuevo orden", de la mano del Manhattan Institute, organización americana de orientación neoconservadora que considera que la guerra contra el comunismo ha concluído y que la nueva prioridad debe ser el resguardo de las personas y su calidad de vida, bajo la premisa que el resguardo e inviolabilidad de los espacios públicos resulta esencial para la vida en la ciudad y que el desorden genera delincuencia.
Esta doctrina constituyó la base de la conocida teoría de las "ventanas rotas", elaborada por James Q. Wilson y George Kelling, que inspiró a la famosa política de Tolerancia Cero, encabezada por el alcalde de Nueva York Rudolph Giulliani.
Es evidente que el capitalismo transnacional globalizado, sólo puede existir en un ambiente "seguro y estable". Al menos en la lógica de seguridad y estabilidad del sistema: controlando y reprimiendo toda fuente potencial de conflicto.
El nuevo rol de los estados-nación aún no termina de definirse, pues se hace en un escenario de contradicciones, de avances y retrocesos, como en el caso de Europa, donde la Comunidad Europea sufre un gran traspié cuando algunos rebrotes de nacionalismo (Francia, Holanda, Inglaterra) dejan en la incertidumbre un proceso que se creía ya consolidado.

2.- Sujetos sociales y crisis de la Democracia.
¿Cual es el sentido de la Democracia en un momento histórico como el actual?

¿Es posible concebir una Democracia de carácter popular o considerarla el espacio privilegiado en la constitución de los nuevos sujetos sociales?


Desde la perspectiva de la Revolución Libertaria, dichas preguntas pierden sentido, tanto por la concepción estratégica y de realización de ésta, como por las nuevas condiciones históricas que han sepultado cualquier esperanza de Democracia, aún en su concepción popular.
Pero aún amplios sectores de la Izquierda creen en la posibilidad de acumular fuerzas vía elecciones o directamente se plantean una "estrategia de poder" dentro de la lógica democrática.
La insistencia de cierta Izquierda por participar en los procesos eleccionarios, resulta no sólo de una actitud oportunista o de la inercia de una lógica repetitiva y conservadora, sino que da cuenta de profundos equívocos históricos. Y lo peor, es que no sólo afecta a la propia Izquierda, sino sobretodo confunde y retrasa los procesos de constitución de los nuevos sujetos sociales, cuando no hipoteca la capacidad de construir pensamiento propio y autonomía estratégica.
Sin embargo, abordar el "tema de la democracia" es ineludible desde el punto de vista revolucionario. No porque pensemos que es el camino o el espacio desde donde podamos construirnos políticamente, sino porque la existencia de la democracia es el principal argumento que se esgrime a la hora de condenar el accionar de las organizaciones revolucionarias armadas.
Y esto no es menor si consideramos que la mayoría de las tradiciones filosóficas aceptan, doctrinariamente, el "derecho de los pueblos a rebelarse contra las tiranías". De lo que se deduce que bajo un régimen democrático, dicho derecho se diluye. Así por lo menos lo interpretan los exegetas del Estado de Derecho y esas tradiciones filosóficas.
Para qué decir que, históricamente, la Democracia es considerada la panacea de la convivencia pacífica, independientemente del carácter de clase que siempre tuvo, desde la Grecia clásica hasta nuestros días.
Incluso en algunos países del ex campo socialista, se adoptó la denominación "democrática" para establecer el carácter de esos regímenes políticos, por más que no fueran al estilo de las democracias occidentales. Ejemplos como el de la República Democrática Alemana (RDA) o la República Democrática Popular de Korea (RDPK), sólo demuestran hasta qué punto el concepto de Democracia se asume como el sistema político más legítimo y consensuado, independientemente del carácter de clase que tenga.
De hecho, durante la llamada Guerra Fría el argumento ideológico central que operaba en los discursos y argumentaciones era que el conflicto Este-Oeste era entre las "dictaduras totalitarias" del Este y las "democracias del mundo libre", cuyo principal paradigma era obviamente la democracia estadounidense.
En el nuevo escenario unipolar, las viejas democracias occidentales se sacan la careta y se transforman cada vez más en Sociedades de Control, dejando así al desnudo su verdadero carácter de clase (que siempre tuvieron) y dan cuenta de las nuevas condiciones del Sistema de Dominación a nivel mundial.
Y es que la sociedad posindustrial ya no requiere de crecientes masas de trabajadores. Al contrario, son cada vez más los desocupados o subocupados por el aparato productivo que engrosan las filas de los pobres y marginados.
El capitalismo ya no es sólo superexplotación. Es crecientemente marginación.
Ya no se trata sólo de disciplinar a los trabajadores. Es necesario controlar, mantener a raya a los marginados. En esa lógica, la represión directa es el método más recurrente y perfeccionado. En esa necesidad represiva, la propia "democracia representativa" requiere cambiar adecuándose a las nuevas condiciones, abandonando crecientemente las antiguas "garantías constitucionales" y los llamados "derechos cívicos", construidos a lo largo del siglo XX.
Así tenemos que la estrategia de la Fortaleza, implícitamente llevada a cabo por la Unión Europea para frenar la inmigración africana y asiática, se expresa hoy como xenofobia y neofascismo, pero también como política de inmigración. Veamos lo que ha ocurrido en Francia en estos días, o lo que ocurre en el enclave español de Melilla en el Sahara, o lo que sucede en las costas italianas respecto a los inmigrantes albanos y kosovares, o en Alemania respecto a los turcos, sólo por poner un par de ejemplos.
Y qué decir de EEUU respecto a la frontera mexicana y al control sobre los inmigrantes musulmanes o latinos. Y es sólo el comienzo.
La mano de obra barata que necesitaron para la producción industrial o para hacer los trabajos sucios o indeseados por europeos y norteamericanos, hoy ya no la requieren en la magnitud de hace unos años.
África ya es el continente olvidado. Olvidado respecto a su población que se consume en luchas fratricidas o bajo el flagelo del Sida o del cólera, mientras las empresas transnacionales terminan de saquear a uno de los continentes más ricos en materias primas.
La Sociedad del Control se globaliza para mantener a raya a la mayoría de la población pobre y marginada a favor de una minoría de privilegiados, que como en la Edad Media, construyen sus fortalezas rodeadas de fosos que los protejan de los nuevos villanos.
Y a pesar de este nuevo oscurantismo, la Sociedad del Control se percibe y quiere que la perciban como Democracia.
Hasta la invasión a Irak se transforma en "construcción democrática", con nueva Constitución y "elecciones libres".¿Por qué?... ¿es sólo un problema de legitimación?...¿ante quién?
Y es que la fuerza militar por sí sola no basta. Siempre se requiere legitimar la fuerza armada. La vuelta de tuerca siempre la dan las liturgias y ritos, ya sean religiosos, militares o cívicos. Y la cúspide de la liturgia cívica es el acto eleccionario. Un acto supuestamente libre y consensual, que permite la expresión de todas las opciones (o casi todas), donde el pueblo elige democráticamente a sus "representantes" y delega su soberanía en la casta de los políticos, hasta la próxima elección.
He aquí una de las bases de la legitimidad de toda Democracia. El pueblo, fuente de la soberanía, delega su poder, renunciando a ejercerlo directamente.
Entonces tenemos dos procesos implícitos en toda Democracia, que operan paralela y complementariamente. Por un lado, la legitimación, tanto de sus representantes como del propio sistema democrático. Y por otro, la delegación del poder del pueblo en una superestructura, que en los Estados de Derecho opera como los conocidos Tres Poderes: Ejecutivo (gobierno propiamente tal), Legislativo (el Parlamento generador de leyes) y Judicial (el que aplica las leyes).
Pero estos tres poderes lo son en tanto controlan el aparato armado del Estado. Y es que este aparato policíaco-militar es el pilar de la capacidad represiva de los estados, que siempre operan como guardianes e instrumentos de la dominación.
A eso hay que agregar el rol central que ocupan los medios de comunicación masivos, convertidos literalmente en un cuarto poder.
Y es ahí donde el "papel de la Democracia" es el de actuar, por si misma e implícitamente, como factor fundamental de la dominación ideológica, legitimando la institucionalidad del régimen político.

De esta manera, es evidente que la Democracia, como sistema, es funcional y parte fundamental del Sistema de Dominación. Tanto es así que en el nuevo orden mundial del capitalismo globalizado la idea de "democratizar" a todos los países, asumido con verdadero espíritu de cruzada por las principales potencias mundiales, devela de algún modo hasta que punto esto es así.


Sin embargo, los estados nación surgidos en los albores del capitalismo, como instrumentos de la necesidad de organizar poblaciones y territorios y como nuevos "depositarios" de la soberanía nacional, hoy se transforman casi exclusivamente en instrumentos del control y la represión, únicas condiciones que permiten la reproducción de la lógica del mercado global.

El Estado, "el más frío de los monstruos fríos", se vuelve un mutante de las nuevas condiciones del capitalismo transnacionalizado. Y su mutación, transforma también a los sistemas políticos, básicamente a la propia Democracia.


Por ello es que, como nunca antes, hoy se hace imprescindible desmontar, desarticular, desconstruir toda esa lógica (fuertemente instalada hasta en la propia izquierda) que ve en los procesos eleccionarios, y peor aún, en la propia democracia, un "espacio de disputa" o una oportunidad de "esclarecer a las masas" convocadas en y por la Democracia.

Pero las condiciones de un capitalismo que propició "estados de bienestar y desarrollo" de los mercados internos, con fuerte participación ciudadana, hoy ya no existen. Este es otro capitalismo, que sin la "competencia" de los socialismos y cada vez más restringido en su capacidad de extraer plusvalía, se transforma cada vez más en un capitalismo depredador y marginador.

La antigua disyuntiva de las vías para alcanzar el poder (pacíficas o armadas) queda hoy superada por la propia realidad. Tanto desde la perspectiva de que llegar al gobierno del Estado no es llegar al poder, como desde la perspectiva de que el "asalto al poder" ya no es más el asalto al aparato del Estado. A lo que hay que agregar que el nuevo orden mundial del capitalismo transnacional globalizado, no sólo desdibuja (sobre todo desde la lógica económica) si no que hasta cierto punto se hace incompatible con el concepto de Estado nacional y, fundamentalmente, con el concepto de Soberanía.
En ese sentido, las viejas democracias surgidas a partir de la revolución francesa van perdiendo los fundamentos y las fuentes originarias que las sustentan, tanto desde el punto de vista jurídico y legal, como de la legitimidad. Y este es un hecho que resiente los fundamentos de la Democracia, pero que paradójicamente, la Izquierda no termina de comprender en sus alcances de orden sistémico. Es decir, es el propio sistema democrático el que aparece cuestionado como régimen político.
Y la paradoja es que, quizás como nunca antes el sistema democrático es consensuado como el mejor sistema político para sostener la Dominación.

Por algo será.


Por ejemplo, lo que los poderosos llaman Democracia en Latinoamérica puede ser la democracia al estilo de Argentina, con un sistema político profundamente corrupto; como en Chile, con una fuerte legitimidad social y política, pero al mismo tiempo la más desigual y marginadora; una democracia al estilo Fujimori en Perú, que aparte de corrupto era altamente contrainsurgente y con rasgos fascistoides; o al estilo colombiano donde históricamente han dominado dos partidos (liberal y conservador) y que se caracteriza por sus caudillismos regionales de índole paramilitar y narcotraficante, donde participa una minoría de la población y la guerra civil dura ya mas de 40 años.
Cualquiera sea el modelo, todos son la expresión particular del tipo de democracia adecuado para mantener los privilegios que genera la explotación capitalista.
Por otro lado, cada vez queda más claro que la vieja Democracia se ha adecuado a las nuevas condiciones de la globalización del capitalismo, como pilar del Sistema de Dominación Mundial.
Insistir en que la participación democrático-electoral permite sacar una fotografía de la conciencia y organización del pueblo o seguir creyendo que los movimientos sociales sólo pueden tener expresión política en la democracia, a la larga termina entrampando. Y en la trampa de la Democracia, sólo existen los tramposos y los entrampados.
Ya no hay "estados de compromiso" o "estados de bienestar" que permitan la existencia de democracias participativas o "permisivas", si es que en Latinoamérica las hubo alguna vez, ni menos "estados soberanos" que le den algún sentido a las "luchas democráticas" que emprenden los movimientos sociales.
Planteadas así las cosas, ¿cómo pasamos de una crítica principista a una crítica en los fundamentos de la Democracia?

Tal vez un primer acercamiento podamos hacerlo desde lo que llamamos antagonismo.


Precisamente porque entendemos nuestro proyecto no como la construcción de una alternativa sino como la expresión histórica de realizar la libertad en forma permanente y en confrontación a todo orden injusto y represivo.
Desde esa perspectiva no concebimos la sociedad desde el punto de vista de la gobernabilidad (la cracia). Más bien nos inscribimos en la acracia, y obviamente, en la tradición del pensamiento y acción libertarios.
Nuestra única concepción de Estado es el Poder Popular. Entendido éste como capacidad del pueblo pobre y marginado de ejercer el poder. Porque el poder no se posee, se ejerce. Y es ejercido directamente por el sujeto social histórico, sin intermediarios y fuertemente desinstitucionalizado, porque el verdadero poder es el que produce nuevas realidades y desata todas las fuerzas de la historia.
Con Mao decimos que salvo el poder todo es ilusión, pero también decimos que sin libertad todo es ilusión.
La Democracia (el mal llamado gobierno del pueblo) en tanto mediatiza, reemplaza y suplanta (mediante la representación) el poder directo del pueblo (su soberanía) se convierte (vía el Estado) en una caricatura de la Libertad. Así, convertida en instrumento de la dominación de las clases dominantes y en reproductora y legitimadora de los privilegios de unos pocos, la Democracia tiene un solo destino: su superación (supresión) por un nuevo orden no gobernante...ácrata y libertario.
Esa es la verdadera fuente de nuestro antagonismo.

Un segundo acercamiento, podemos hacerlo desde lo que llamamos autonomía o independencia del eje estratégico.


Lo que significa que entendemos la acumulación estratégica de fuerzas no como una acumulación lineal en función de "representar" los intereses del pueblo en la institucionalidad, ni siquiera en el sistema político, sino más bien como la expresión concreta y localizada de su propio poder.
De ahí que apelamos a la construcción del nuevo sujeto histórico (el pueblo pobre y marginado) ejerciendo su capacidad política sin la intermediación de los partidos políticos, pues allí precisamente es donde se incuba la "domesticación democrática" de los movimientos sociales y su pérdida de autonomía política y organizativa.
Así, los movimientos sociales adquieren "conciencia de si y para sí" sin la intervención de los partidos políticos ni del Estado.
La direccionalidad estratégica (la carta de navegación) es fruto, entonces, de un largo y sinuoso proceso de construcción desde la diversidad social y política del pueblo pobre y marginado, en paralelo y como condición de su propia constitución histórica.
Es en el curso del viaje que los sujetos sociales descubren y deciden sus derroteros y rutas de navegación.
En los albores de un nuevo ciclo histórico, iniciamos el largo camino de construir un nuevo movimiento revolucionario, con nuevas ideas y nuevos conceptos pero con todas las fuerzas de la historia (memoria, aprendizaje e identidad) construyendo pensamiento propio y autonomía estratégica.
Un tercer acercamiento podemos hacerlo desde el concepto de radicalidad. Entendida ésta como ruptura con la tradición progresista de la historia.
Ya no es posible pensar la historia como linealidad, en que el progreso es una sucesión de eventos que llevan inevitablemente a una mejor sociedad.
La vieja idea del progreso está en bancarrota. La humanidad está en un callejón sin salida: o revierte y deconstruye lo andado o va directo a la catástrofe.
Ya no es posible esperar que desde las luchas democráticas y menos desde las instituciones sea posible parar la inercia del mal llamado desarrollo.
La única esperanza está en que un nuevo sujeto social histórico sea capaz de producir los cambios radicales que, desde la subjetividad de lo valórico y cultural, rompa con la lógica de la acumulación, del progreso y el desarrollo que no son más que el egoísmo y el consumismo de la sociedad capitalista.
Así, la única radicalidad posible es la que se construye desde otra lógica, desde otra cultura, desde otra cosmovisión.
Por último, es ineludible hacer una reflexión histórica respecto al concepto de Modernidad y del cual la Democracia no es más que una de sus expresiones.
El nuevo ciclo histórico que comienza se caracteriza por el fin de la utopía democrática y del propio concepto de Modernidad.

La utopía democrática se instala al comienzo de la Epoca Moderna, como corolario del concepto de humanismo recreado durante el Renacimiento, como relectura de la Grecia Clásica y como respuesta al Teocentrismo de la Edad Media.


Surge el hombre (la humanidad) con su racionalidad y su capacidad de producir cambios sociales y políticos. Ya no más como criatura modelada y manejada por un Dios omnipotente y omnipresente que decide sobre la Naturaleza y el Hombre.
Los descubrimientos científicos, fundamentalmente nuestro lugar en el Cosmos, traen aparejado un cambio en la cosmovisión occidental que incide definitivamente en la aparición de una modernidad regida por la capacidad del Hombre para dominar la Naturaleza.
Pero no es cualquier Hombre, es la burguesía emergente como nuevo sujeto social y cuyo decantamiento y constitución histórica se verifica con la Revolución Francesa.
Este nuevo sujeto histórico encarna las fuerzas de un humanismo que modela un Nuevo Mundo, a caballo de la Revolución Industrial que trae consigo la instalación definitiva del Capitalismo como fenómeno económico, social y cultural.

Pero antes de que ello ocurriera (como fenómeno histórico) el cambio se produce a nivel estético y artístico (el Renacimiento propiamente tal) y sobre todo a nivel filosófico e ideológico (la Ilustración).


Como todo fenómeno histórico las revoluciones se producen cuando confluyen al menos tres variables: un sujeto histórico con capacidad de producir cambios, una ideología que la explica y le da sentido y coherencia histórica y un cambio en las condiciones de reproducción de la vida, tanto desde el punto de vista económico como cultural.
La Modernidad, como época histórica, tiene en la Revolución Industrial el eje fundamental sobre el que produce y reproduce sus condiciones de existencia.
Y todo lo que produjo y reprodujo tuvo invariablemente su signo.
Por ello es que decimos que en los fundamentos de la crisis tanto del Capitalismo como de lo que se conoció como Socialismo, subyace la crisis de la Modernidad.

Tanto el liberalismo, que dio sustento teórico al capitalismo, como el marxismo, que dio sustento teórico al socialismo, son tradiciones filosóficas que arrancan de una matriz común, base del edificio teórico y filosófico de la modernidad: el humanismo racionalista.


Desde ese punto de vista, es posible que el nuevo ciclo histórico que comienza sea la transición del cambio de época histórica, en que lo determinante no sea la crisis de esa matriz, sino más bien la crisis de las tradiciones filosóficas a las que dio origen (liberalismo y marxismo).
Y la consecuencia directa sería el fin de la posibilidad de construir alternativas.
El socialismo era la superación del capitalismo en la medida que iba más allá del capitalismo, por cuanto dependía del desarrollo de las fuerzas productivas. Sólo era posible el socialismo si se llevaba el capitalismo hasta sus últimas consecuencias.
Pero hoy, cuando la sociedad industrial está en crisis y el capitalismo busca montarse en una nueva revolución científico-tecnológica que lo saque de su entrampamiento, ¿es posible construir alternativas?
A nuestro juicio eso no es posible. Al menos no dentro del capitalismo ni dentro del aparato institucional construido en casi 300 años y del cual la Democracia es uno de sus pilares básicos.
Y si no hay alternativa, sólo nos queda el antagonismo, entendido como deconstrucción permanente. Y llevará mucho tiempo deconstruir casi 300 años de tradición democrática moderna, desde que Rousseau enunciara en su "contrato social" las bases teóricas de la Revolución Francesa.

Pero ya sabemos que nunca hubo un verdadero contrato social, pues nunca hubo sociedad justa, ya que las consignas de Libertad, Igualdad y Fraternidad jamás fueron cumplidas por la burguesía.


A comienzos del siglo XXI, el primer paso en el camino de enfrentar al Sistema de Dominación es desertar definitivamente de la Democracia. De ahora en adelante sólo el poder del pueblo pobre y marginado, ejercido directamente, puede crear la oportunidad histórica de cambiar el curso de los acontecimientos.
3.- Sujetos sociales y crisis del Industrialismo.
Cuando se plantea que vivimos la crisis de la sociedad industrial, lo primero que habría que preguntarse es si esto significa también la crisis del propio capitalismo.
Creemos que si bien la producción industrial está en retirada y que nuevas formas de producción y trabajo aparecen y se manifiestan al interior de las nuevas economías, el eje productivo de carácter industrial aún caracteriza al núcleo de la economía capitalista mundial.
Esto es así porque aún una importante cantidad de productos y mercancías, que conforman la mayor parte de los flujos del mercado mundial, son generados industrialmente. Y este flujo de productos industriales continuarán comercializándose por mucho tiempo, aunque haya un cambio a otro tipo de economía. Porque la prevalescencia de un tipo de economía no implica la desaparición de otras. Lo determinante es cual es la predominante.
Despejado lo anterior, podemos decir que lo que hoy muchos teóricos llaman posindustrialismo no es más que la forma de llamar a un paradigma productivo que no termina de decantar.
Quizás por mucho tiempo sigan conviviendo diversos tipos de economía, sin que termine de decantar el nuevo.
Esto ya se verifica, por ejemplo, en relación a las grandes bolsas de comercio, donde en algunos momentos empresas del "tipo virtual" o ligadas al nuevo paradigma informático cotizan a niveles top, pero seguidamente caen de forma abrupta en sus cotizaciones o directamente quiebran.
Sin ir más lejos, una empresa de reciente data como Google, ligada a los servicios de búsqueda en Internet, se ha encaramado como una de las empresas de más alta cotización a la par de las más grandes empresas de tipo industrial. Pero nada ni nadie asegura que en algún momento y de manera abrupta caiga en la cotización de sus acciones. Y esto ocurre precisamente porque no es posible dimensionar objetivamente el valor nominal o efectivo de un servicio, más si este es de tipo virtual.
Lo mismo ocurre con el llamado trabajo inmaterial, que ligado a este tipo de empresas, no produce nada "material" y sin embargo requiere de mano de obra altamente calificada. Así, los llamados trabajadores inmateriales, se transforman en un nuevo sector emergente de trabajadores de elite, pero que en algunos aspectos de su trabajo muchas veces se parecen a los trabajadores por cuenta propia o eventuales o part-time. Claro, la diferencia es la calidad del ingreso y de las condiciones físicas de trabajo.
Muchos otros trabajos inmateriales o de índole "conceptual" han ido apareciendo, lenta pero progresivamente, diversificando y complejizando el mercado de trabajo.
Y es que siempre los cambios en la estructura económica llevan a los cambios en la estructura social.
Hacer una lectura de esos cambios es vital, tanto para hacer una caracterización de las nuevas economías, como para vislumbrar los nuevos sectores sociales emergentes y eventualmente los nuevos y potenciales sujetos sociales históricos que el propio capitalismo va generando.
De tal manera que para los revolucionarios este no es un ejercicio teórico, sino una necesidad ineludible en el proceso de construir la direccionalidad estratégica del proyecto histórico-cultural que denominamos Revolución Libertaria.
Desde hace tiempo que venimos hablando del nuevo sujeto social, al que hemos denominado Pueblo Pobre y Marginado. Dicho sujeto no existe como tal, si no que es la proyección de lo que hoy son los pobres y marginados del continente.
Y decimos que este nuevo sujeto social histórico viene emergiendo de las entrañas del nuevo capitalismo transnacionalizado, es decir de la nueva estructura económica que viene imponiéndose en las últimas décadas.
Allí están los trabajadores temporeros (los llamados nuevos nómades), los trabajadores por cuenta propia e informales, los eventuales y, más recientemente, los part time. Todos dan cuenta del nuevo tipo de producción. La vieja clase obrera se ha jibarizado y se ha modificado en su propia estructura. Ya no existen los cordones industriales, ni siquiera los grandes conglomerados que concentraban grandes cantidades de obreros y operarios en un espacio físico determinado. Muchas tareas hoy son "tercerizadas" o subcontratadas.
La cadena productiva ha dado paso a una producción discontinuada y globalizada, en que diferentes partes son producidas en lugares muchas veces distantes y finalmente una mercancía es el producto de esfuerzos particulares y enfocados, y ya no de un proceso ininterrumpido y centralizado.
Asimismo, las mercancías responden a requerimientos segmentados en nichos de mercado o simplemente responden a coyunturas y se discontinúan de acuerdo a las "leyes del mercado"
Es así como la vieja clase obrera industrial da paso a un nuevo tipo de trabajador, mucho más flexible en su composición, más flexible en su relación con el aparato productivo y más inestable en su relación con el mercado laboral.
Esta flexibilidad, o mejor dicho inestabilidad, se profundiza en el caso de los sectores emergentes, que sin patrones ni trabajos estables o permanentes, se mueven en un espacio de atomización y dislocación permanente, lo que dificulta su organización y la constitución y recreación de una identidad colectiva.
La individualidad prevalece por sobre la solidaridad, pues en muchos casos la competencia por un trabajo o por determinados nichos de producción termina siendo la competencia entre pobres.
Entonces, el proceso de constitución del nuevo sujeto social será una tarea altamente compleja, en que las subjetividades serán cruciales a la hora de hacerse cotidianidad y organización.
Pero el Pueblo Pobre y Marginado no está compuesto sólo por aquellos que están ligados al aparato productivo, sino también por los cesantes y desocupados que componen el ejército laboral de reserva y por todos aquellos marginados por razones étnicas, de género, minorías sexuales o simplemente por tener valores y culturas diferentes.

Todo hace que este potencial sujeto histórico sea muy diverso y con intereses múltiples, pero fuertemente unido por subjetividades y valores comunes, que en su proceso de constitución debería generar identidades nuevas y poderosas.

Asimismo, la articulación de un nuevo movimiento histórico como producto de la constitución del pueblo pobre y marginado no tiene por qué, necesariamente, ser un proceso centralizado y homogéneo, como de alguna forma lo fueron la clase obrera y los movimientos populares surgidos en el marco del viejo capitalismo industrial.
Por otra parte, está la problemática de reconocer que es lo "nuevo" o que es lo "viejo" dentro de estos parámetros.
Latinoamérica es en ese sentido una superposición permanente entre lo viejo y lo nuevo, entre lo residual y lo emergente.
Luchas como las ocurridas en Ecuador, Bolivia o Argentina, en que verdaderos alzamientos populares terminan con gobiernos "democráticos", pero en los cuales no existe direccionalidad estratégica que encauce y potencie las fuerzas desatadas, dan cuenta de que lo residual es lo predominante.

Lo emergente aún no termina de articularse y de conformarse como movimiento histórico. Y ello ocurre precisamente porque en esos tres países, las transformaciones económicas capitalistas han sido relativamente tardías y acaso superficiales.


Es cierto que las reformas estructurales (desregulación, liberalización y privatización de empresas públicas y servicios) fueron hechas en su mayoría, pero aún no implicaron la transformación profunda de la estructura económica. O como en el caso argentino que se quedó a medio camino producto de la crisis institucional.
De alguna forma entonces el capitalismo en estos países aún se debate entre la resistencia de los viejos movimientos populares y la necesidad del propio capitalismo de consolidar sus reformas estructurales.
Asistimos a la paradoja de luchas populares que buscan conservar la vieja economía industrial de carácter nacional y estatista y un sistema que busca reformar las bases económicas que lo sustentan.
El viejo progresismo desarrollista (el populismo) se erige entonces en desactivador de conflictos, mediatizando las luchas populares y reciclándolas en sus viejas lógicas corporativas.
Aunque esto a la larga no es más que postergar la resolución de la contradicción economía nacional v/s economía global, que seguramente terminará globalizándose, pero en condiciones de estabilidad.
Es decir, mientras la resistencia residual de los viejos movimientos populares termina de diluirse o reciclarse, los populismos equilibran discurso nacional-estatista con globalización por debajo de la mesa.

Como contrapartida, aventuramos que donde el capitalismo hizo más tempranamente sus cambios estructurales (quizás el caso más paradigmático sea el de Chile) los elementos que hacen y constituyen la emergencia de los nuevos actores sociales (potenciales componentes del nuevo sujeto social histórico) aparecen más nítidos y articulados.


De hecho, es posible pensar que la aparente "ausencia" de las luchas sociales en Chile no sea más que la "demora" que conlleva la constitución de un nuevo movimiento histórico, con nuevas características y con una lógica distinta a la de los "viejos movimientos populares" tributarios del keynesianismo.
Posiblemente en más de un sentido estemos en presencia de lo "nuevo", con todo lo descentralizado, dislocado y autonomizado de la esfera de los partidos políticos (sean o no de izquierda) y en que la construcción de nuevas identidades sea un proceso abierto y todavía no decantado.
El problema más bien estaría en la caracterización de tipo "nacional" que implica hablar de la "formación económico-social chilena". Pero no hay que olvidar que justamente las reformas estructurales se hicieron (en el caso de Chile) desde un Estado fuertemente centralizado, como lo fue bajo la dictadura de Pinochet.
Seguramente, en la medida que la crisis alcance a una economía tan abierta como la chilena, esos elementos nuevos irrumpirán con una fuerza y direccionalidad muy distinta a la de países vecinos, donde las grandes energías populares terminan desgastadas y recicladas por los populismos.
Por otra parte, la crisis del capitalismo es estructural y a nivel global, lo que implica que más allá de las especifidades de cada formación económico-social (de tipo nacional), los elementos centrales de esa crisis se harán sentir en cada rincón del planeta.
Lo importante es dilucidar la forma en que se expresarán los nuevos conflictos que se avizoran en el horizonte de una crisis global, que por ser ya una crisis sistémica y de carácter crónico, parece anunciar la decadencia no sólo del industrialismo, sino de la propia Modernidad.
4.- Sujetos sociales y crisis medioambiental.
Ciertos autores sitúan a comienzos de los años 70 el inicio de la última y más profunda crisis del capitalismo, que iría más allá de una crisis del capitalismo industrial, teniendo verdaderos alcances de una crisis de civilización.
La Modernidad surge en los albores de la Revolución Industrial y marca el comienzo de la expansión del Capitalismo a nivel planetario.
Dicha expansión supone la hegemonía creciente del modo de producción capitalista. Pero además implica la emergencia de un nuevo orden mundial con la aparición del moderno estado-nación, que reordena la relación entre los habitantes y sus territorios.

La vieja economía mercantilista que ya venía expandiéndose con la integración de América al viejo mundo, abre los cauces a un comercio interoceánico que integra nuevos y crecientes recursos naturales, necesarios para alimentar el industrialismo en ciernes.


América no sólo aportó abundante oro, plata, especias y nuevos territorios. También aportó mano de obra esclava, que a través de las Encomiendas enriqueció las arcas del Imperio Español.
Posteriormente, a partir de la Independencia, fue el imperialismo inglés (que revolución industrial mediante) se transforma en el capitalismo hegemónico y más dinámico, y por tanto, con mayores requerimientos de materias primas.

Esto mismo ocurrió en Africa y en Asia, donde los ingleses desplegaron la depredación directa de recursos naturales, vía el colonialismo y la conquista armada de territorios.


Otros países europeos, como Francia, Alemania, Holanda, Italia, Portugal y España, compitieron por territorios y riquezas en una competencia intercapitalista que sólo terminó de dilucidarse con la Primera y Segunda guerras mundiales, desde donde paradójicamente surge como capitalismo hegemónico e imperialista una vieja colonia británica, los Estados Unidos.
La lógica modernista de carácter antropocéntrico plantea la racionalidad humana como dominadora y necesariamente sometedora de las fuerzas de la naturaleza.
Esta lógica es funcional al paradigma industrial que requería de crecientes cantidades de materias primas extraíbles de una naturaleza también crecientemente domesticada y puesta "al servicio del hombre".
La economía, entendida como ciencia, "racionalizó" su funcionamiento en pos de un modo de producción (el capitalismo) cuyos medios de producción requerían no sólo de masivas cantidades de mano de obra (lo que dio origen a la concentración urbana de la población) sino que también de recursos naturales renovables y no renovables.
Y esa racionalidad modernista no sólo era parte de la lógica capitalista, también fue parte de la lógica socialista.
La idea del desarrollo industrial era central en los programas quinquenales de la URSS y eso desató una competencia que llevó a superexplotar los recursos disponibles. Ni siquiera las fuerzas de Izquierda escaparon a esta lógica, pues en la medida que accedían al aparato del Estado, la industrialización aparecía como el camino milagroso que llevaría al progreso.
Esta idea del progreso económico era también trasladada al ámbito social, transformando al progresismo en la ideología dominante de las fuerzas del cambio.
Así, la civilización occidental, independientemente del sistema económico, se caracteriza por esa idea del crecimiento sin fin. El desarrollo económico si bien tiene ciclos de expansión y de contracción, siempre apunta al crecimiento, independientemente de las condicionantes que lo hacen posible.
Y una de esas condicionantes, la naturaleza, cada vez se acerca más a sus límites de agotamiento. Esa es la crisis de fondo que viene instalándose implacablemente.
Sucesivas fuentes de energía fueron agotándose o haciéndose escasos, como la leña o el carbón para la producción del vapor, y cada vez fueron reemplazadas.
Hoy el paradigma energético se basa mayoritariamente en el petróleo y los hidrocarburos, y éstos se están consumiendo a un ritmo tal que las reservas se agotarán dentro de unas décadas.
Los recursos del planeta son finitos, pero al parecer la racionalidad occidental nunca lo asumió así, pues el capital es básicamente irracional, en tanto no escatima costos, ni humanos ni naturales, para mantener el dinamismo de su base acumulativa.
Se estima que gastamos cientos de veces más rápido la energía no renovable que la energía sustentable (renovable), por lo que en unas cuantas décadas habremos llegado al límite de lo disponible en cuanto a fuentes de energía natural.

Aunque la esperanza esté puesta en la energía nuclear, nada garantiza que se resuelvan problemas críticos respecto a su manejo seguro y controlado.


En todo caso, cualquier cambio de tecnología que implique el cambio de los hidrocarburos por otro tipo de energía que los reemplace en su totalidad, llevaría algunas décadas y, a lo menos en esa transición, se presentarían crisis de alcances insospechados, como guerras y conflictos.
Algo parecido ocurre respecto a los recursos hídricos. La escasez de agua ya es un problema crítico en numerosas zonas del mundo.
El agua es vital, no sólo para el consumo humano directo, sino que sobretodo para la producción de alimentos. Ya extensas zonas agrícolas tienen problemas para el riego. Además gran parte de los acuíferos están contaminados o se han degradado de tal forma que pronto colapsarán.
Por eso se dice que la próxima guerra será por el recurso agua. Aunque habría que decir que dicha guerra ya está en curso.
Se calcula que la mayor parte de las reservas están en manos de transnacionales. Sólo en Chile más del 80 por ciento de los derechos de agua están en manos de Endesa, la transnacional de origen español y controladora de gran parte de las generadoras eléctricas de Latinoamérica.
Asimismo los mayores acuíferos de sudamérica ya están en la mira de las transnacionales, como el Acuífero Guaraní o los grandes ríos como el Amazonas. De hecho en textos escolares de EEUU, la zona amazónica aparece como territorio patrimonial de la humanidad y no como parte de Brasil. Obviamente como EEUU es el gendarme mundial sólo hay un paso para que se haga cargo del control de ese patrimonio. Y esto lo legitiman desde la escuela.
Por estos días asistimos a una verdadera ofensiva por los últimos recursos naturales del planeta. Capitales de diverso origen y el propio imperialismo yanqui buscan, vía directa o indirecta, apropiarse de esos recursos. Asistimos al último gran saqueo de un capitalismo que busca resolver a cualquier precio su crisis estructural y su decadencia inevitable.

Hoy, a principios del siglo XXI, nos encontramos en una situación extrema que ha engendrado un "ecologismo intrasistémico" que nos hace creer que todos somos culpables de la contaminación y del colapso medioambiental, como si no fuera culpa del industrialismo (especialmente capitalista) que después de tres siglos de capitalismo hegemónico ha terminado por agotar los recursos del planeta e hipotecar el propio futuro de la Humanidad.


El calentamiento global del planeta es directamente efecto de la actividad industrial y del uso de tecnologías contaminantes. Y el principal responsable, los EEUU, no se hace cargo.
El Protocolo de Kioto ni siquiera ha sido firmado por la "democracia estadounidense", pues hacerlo significaría al menos cambiar tecnologías contaminantes (lo que resulta caro para la lógica depredadora capitalista) y tener que optar por un nuevo paradigma económico y energético.

Ese es el principal nudo y nada indica que haya intenciones de desatarlo, sin que implique profundos cambios al interior del capitalismo globalizado.


Y aún así, quizás sería demasiado tarde para evitar la catástrofe.
5.- El fin de las utopías?
En un mundo al borde de la catástrofe medioambiental es inevitable preguntarse si es posible pensar, siquiera, en la redención de la Humanidad por medio de la revolución social. Si es que alguna vez fue posible imaginarlo.
Las utopías fueron siempre el lugar ideal de la felicidad donde se volvía a la armonía primigenia. El regreso al paraíso perdido.
El oscurantismo medieval se basó en una cosmovisión teocéntrica que ordenaba el mundo según los designios de Dios y la fe. El mundo injusto y marginador del feudalismo era sostenido por una Iglesia que ungía a los reyes y a la nobleza gobernante.
La Modernidad racionalista y antropocéntrica produce una ruptura histórica con ese paradigma y de la mano de la Revolución Industrial instala la fe en el progreso humano, aún cuando el capitalismo (surgido de esa matriz científica) sea la propia negación del racionalismo y del humanismo, en tanto es explotador, acumulador y depredador.
Y el socialismo que suponía la superación de esas condiciones basadas en el egoísmo, no escapó a la lógica progresista de la sociedad industrial moderna.
Involucrado en una competencia sin tregua por alcanzar el desarrollo económico terminó encerrado, también, en una lógica de explotación irracional de los recursos naturales.
Hoy, en plena decadencia de la Modernidad y con un planeta prácticamente exprimido de sus principales recursos, contaminado casi irreversiblemente en pleno proceso de mutación climatológica (producto del calentamiento global o "efecto invernadero"), sobrepoblado y al borde del desastre medioambiental, ¿no quedará otro camino que el cambio hacia un paradigma de tipo ecocéntrico?
La utopía religiosa que ofrecía la salvación de las almas en un más allá donde acabarían los pesares terrenales, a condición de ser buenos y obedientes de un Dios omnipotente y omnipresente y de una Iglesia cómplice del poder de unos pocos, sucumbe ante la lógica racional de la ciencia y debe replegarse de su condición de poder terrenal.
Por su parte, la utopía humanista (tanto en su versión liberal capitalista como en su versión marxista y socialista) que prometía el Cielo en la Tierra como producto del progreso económico y social, termina cavando su propia tumba planetaria y lejos de haber cumplido sus ideales de justicia y libertad.
En este escenario, casi apocalíptico, la Revolución ya no puede seguir siendo entendida como redención de la Humanidad.
Más bien implica el desafío de quebrar (a nivel local y continental) el rumbo de la decadencia de una civilización occidental dominante y hegemónica a partir de refundar nuestra identidad latinoamericana.
El nuevo sujeto social histórico, el pueblo pobre y marginado, se constituye desde comunidades no jerarquizadas ni representadas, construye un poder ejercido directamente y sin intermediarios, y despliega desde la subjetividad de lo valórico una nueva lógica de sobrevivencia solidaria.
El futuro cercano traerá profundos conflictos sociales, guerras "preventivas" o simplemente de pillaje. La ley del más fuerte se impondrá en un mundo decadente. Los ejércitos estatales y privados serán instrumentos que utilizarán los poderosos para mantener sus privilegios.
Debemos construir, desde el pueblo pobre y marginado, los instrumentos para la lucha sin tregua. Aprendiendo a luchar y a combatir a una minoría poderosa. La lucha armada ya no será una opción si no una necesidad cada vez más urgente e inevitable.
La guerra de clases ya no será indirecta ni mediatizada por instrumentos de clase como el Estado, la Democracia o las leyes. La guerra de clases será directa y cruel como toda guerra de clases. No nos hagamos ilusiones, ya estamos en guerra y esta será larga y ya ha comenzado.
6.- La lucha armada y la revolución libertaria
La lucha armada es un componente vital de la revolución libertaria.
Si el objetivo es cambiar el curso de la historia en favor del pueblo pobre y marginado en contra de los poderosos y su sistema y aparatos de dominación, no podemos sino plantearnos una lucha antagonista y radical ciento por ciento.
Desplomar el sistema capitalista es la única vía para detener la destrucción de nuestro planeta y toda su población. Ellos son una minoría absoluta y controlan el destino de toda la humanidad. Más del 80 por ciento de las riquezas del planeta están en poder de menos del 5 por ciento de la población mundial. El 80 por ciento del poderío belico-militar, concentrado en no más de 10 países, siendo EE.UU el de mayor cuantía.
En nuestro continente, las cifras son similares, concentrándose en un par de decenas de familias (bajo el alero de un grupo económico) la mayor concentración de riqueza. En el plano militar, vemos con claridad el carácter de clase de las FF.AA latinoamericanas. La mejor muestra de la opción político-ideológica de las fuerzas armadas del continente, es la proliferación de las dictaduras militares en las décadas recién pasadas.
Dictaduras cuyo objetivo central fue proteger a las burguesías y sus intereses de clase, así como impedir el avance de las conquistas populares y principalmente de sus organizaciones de vanguardia. La política de aniquilamiento de carácter fascista aplicada en todo el continente siempre estuvo y estará principalmente bajo la conducción política de los ricos.
En Chile, por ejemplo, queda de manifiesto el carácter burgués de las fuerzas armadas con el proceso de selección de su oficialidad. De todas las del continente, es la más clasista y discriminatoria, con una formación histórica de claro corte fascista.
La historia mundial ha dejado en evidencia hacia donde siempre apuntan los fusiles del Estado. Así como en latinoamerica, los golpes militares hicieron sentir, a punta de una represión genocida, la opción y carácter de clase de las FFAA de estos países, las guerras mundiales también buscaron garantizar el interés de los poderosos en el reparto de las riquezas de nuestro planeta.
La situación actual de la Venezuela de Chávez es sólo una excepción a la regla. Sin embargo, la unidad monolítica en torno a esta opción al interior de esa fuerza armada, no está para nada garantizada. Desde nuestra perspectiva, mejor siempre desconfiar de los uniformados. Quien quiere ser militar o policía es porque en su interior aloja algún alma de gendarme. Y siempre la función del gendarme será controlar y vigilar las puertas de la libertad.
De igual forma, como veíamos anteriormente, la política de "seguridad ciudadana" y en nuestro país la recientemente creada Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) hablan por sí misma del carácter y rol policiaco y contrainsurgente del Estado.
Acá radica uno de los fundamentos que nos dicen que el tipo de lucha a escoger para enfrentar este poder inevitablemente ha derivado y derivará en un enfrentamiento de clases...en la guerra de clases que hablaba Miguel.
En este sentido, la “construcción militar” del pueblo pobre y marginado va en dirección contraria a la de los ricos. Para nosotros “lo militar” no tiene nada que ver con la construcción de una fuerza que hegemoniza y concentra poder en defensa de los demás. La concentración de poder, en cualquiera de sus formas, impajaritablemente distorsiona y corrompe. Encuba en sí misma el germen propio de las culturas dominantes y abusivas. La concentración del poder en cualquiera de sus formas entra en contradicción antagónica con la esencia de la Revolución Libertaria.
No se trata de poner en entredicho la viabilidad de este tipo de construcción militar (como ha sido en el transcurso de la historia de lucha de los pueblos y sus fuerzas revolucionarias) ni menos desconocer la importancia histórica de quienes hoy mantienen este tipo de fuerzas, como es el caso de la guerrilla colombiana, sino más bien de cuestionar que por esta vía podamos estratégicamente construir el Poder Popular, pilar vital para construir un mundo verdaderamente de todos y para todos. El poder tiene que diluirse entre todos y no concentrarse, por muy loable que sea la razón que lo quiera justificar.

Asumiendo entonces el enfrentamiento armado en contra de los ricos y su sistema como un camino absolutamente necesario si queremos realmente alcanzar la libertad, debemos permanentemente estar en disposición combativa y alerta frente al poderío represivo del Estado policiaco y contrainsurgente de la clase dominante. Así como debemos poner en práctica permanentemente nuestra voluntad de combate libertario.


La acción directa es nuestro camino escogido. Esta se va desarrollando de acuerdo a las capacidades específicas de cada quien como individuo o grupo, por lo que los grados de organización dependerán del grado de complejidad de nuestras acciones...del mismo modo, ejecutadas nuestras acciones, nos diluimos para luego, si es necesario, volver a organizarnos de acuerdo a la nueva acción libertaria a desarrollar.
Entonces el tipo de accionar, el modus operandi, la logística y demases no tienen un desarrollo lineal, ni va de menos a más ni tiene como objetivo pasar de una etapa a otra, de tal o cual plan de guerra...no hay plan ni dirección central. Hay direccionalidad estratégica en donde nos encontramos y juntamos al ritmo de nuestras acciones libertarias. Cada quien en su nave, pero todos en la misma dirección. Cada quien una conciencia, una molo o un fusil.
Lo nuestro debe ser la adecuación permanente al estado de la lucha del pueblo pobre y marginado y a las acciones de sus combatientes libertarios, tanto en el campo y en la ciudad, enmarcadas en un proceso histórico de lucha que trasciende nuestra propia existencia individual.
Los objetivos a golpear, los entendemos como todos aquellos que dañen el sistema capitalista, tanto en lo micro como en lo macro. La calidad de los golpes o el nivel de daño que estos provoquen, en esta concepción, no tienen que ver necesariamente con la cantidad de bajas de las fuerzas vivas del enemigo, sino con el valor político e ideológico que los mismos generen en la voluntad de combate de nuestros pueblos.
Por último, es fundamental entender y asumir que el despliegue de nuestro accionar (en el marco del Estado policial y contrainsurgente que vivimos) debe estar fundido con altos niveles de conspiratividad, secreto, clandestinidad y sorpresa. No nos llamemos a engaño, no es posible combatir radicalmente el sistema si estamos detectados y encuadrados.
Tendremos cada día que saber vivir lejos de los ojos y garras de la represión. Saber sumergirnos cuando nos acosen o nos descubran. Debemos construir también una cultura resistente y conspirativa que nos ayude a sobrevivir la permanente ofensiva de la represión de las clases dominantes, más aún cuando nuestras acciones dan en el corazón de nuestros enemigos de clase.
La acción directa se transforma así en la materialización de nuestras ideas libertarias, en nuestro discurso antagonista y radical...en la herramienta principal para derrumbar al sistema que históricamente nos ha negado como pueblo el derecho a la libertad y a la construcción de nuestra propio mundo.
Con Carlos y Alfredo...¡adelante con todas las fuerzas de la historia!

Primavera 2005


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