Tema 13. Transformaciones económicas y cambios sociales en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX



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TEMA 13. Transformaciones económicas y cambios sociales en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX.

13.- TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS Y CAMBIOS SOCIALES EN EL SIGLO XIX Y PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX.
13.1. TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS. PROCESO DE DESAMORTIZACIÓN Y CAMBIOS AGRARIOS. LAS PECULIARIDADES DE LA INCORPORACIÓN DE ESPAÑA A LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. MODERNIZACIÓN DE LAS INFRAESTRUCTURAS: EL IMPACTO DEL FERROCARRIL.
Entre 1833 y 1868 se produce un PROCESO DE DESAMORTIZACIÓN Y CAMBIOS AGRARIOS. Es la sustitución de la economía feudal por un sistema económico capitalista que se define por la propiedad: quien la tiene pertenece a la clase dirigente, quien no, queda relegado en la escala social. La reforma agraria liberal trajo consigo una serie de cambios legales que transformaron el campo español hacia una agricultura capitalista. Después de los siguientes cambios, la tierra pasó a ser una mercancía que podía ser vendida y comprada libremente. Es el triunfo de la economía de mercado sobre las trabas del Antiguo Régimen. La plena propiedad queda plenamente consolidada. Los cambios fueron:


  • desvinculación de las tierras.

  • abolición de los señoríos y de los derechos jurisdiccionales, que transformó a los señores en propietarios, y a los campesinos – que quedaron libres de rentas señoriales-, en arrendatarios a corto plazo o en asalariados (jornaleros).

  • medidas encaminadas a dar libertad a los propietarios: libertad de cercamiento de tierras, libertad de arrendamientos, de comercialización de las cosechas y de fijación de precios, implantando, así, el libre mercado.

  • se suprimió el diezmo, aunque a cambio el Estado sostendría a la Iglesia.

Pero la medida más importante fue la desamortización de las tierras de la Iglesia y de los concejos, ya que la enorme masa de bienes vinculados en manos de los privilegiados era la causa más importante del retraso agrario. Había que expropiar a quienes tenían bienes vinculados, poner dichos bienes a la venta y, con el importe, ir eliminando la enorme deuda acumulada (agravada por la guerra carlista); el clima anticlerical por el apoyo de los frailes al carlismo, llevó a decretar la exclaustración de los conventos y la venta de sus bienes vinculados (manos muertas).

En febrero de 1836 se publicó el decreto de desamortización de los bienes del clero regular, la llamada desamortización de Mendizábal. Al principio solo afectaba a los conventos, pero luego se incorporaron tierras de los obispados. Mendizábal no solo quería amortizar la deuda, sino convertir las tierras en propiedad privada, sujeta al mercado, y transferirlas a compradores que quedaran comprometidos con la causa cristina. El pago se hacía con títulos de deuda por su valor nominal (cuando se encontraban depreciados en el mercado), por lo que resultó un negocio redondo para los especuladores. Además, el tamaño de los lotes y la corrupción en las subastas impidió a los campesinos adquirir propiedades. Así, solo se amortizó una parte de la deuda, una enorme masa de bienes raíces pasó a manos de las clases dirigentes y no a los campesinos.

En 1855, se llevó a cabo la llamada desamortización de Madoz, por la que se ponían en venta las tierras de propios y baldíos, es decir, las tierras comunales y las de los ayuntamientos. El proceso fue mucho más rápido y se amortizó mucha más deuda; pero la tierra siguió yendo a manos de inversores y antiguos terratenientes acentuando el proceso de concentración de la propiedad de la tierra en manos oligárquicas. La desaparición de las tierras comunales y concejiles perjudicó a los campesinos, ya que habían sido una fuente de ingresos complementaria.


La eliminación de los señoríos y la desamortización no se tradujeron en innovaciones técnicas ni en un aumento de la productividad (también lastrada por un marco natural desfavorable y por una estructura de la propiedad desequilibrada), ya que los nuevos propietarios solo estaban interesados en los beneficios rápidos y en rentas seguras, y no en la inversión productiva; sólo se incrementó la producción por la puesta en cultivo de más tierras.

Fue una oportunidad perdida de realizar una reforma en profundidad de la estructura de la propiedad, que crease un buen número de medianos propietarios e incrementase la eficacia de la producción agraria. Aún así, la desamortización cumplió con alguno de sus objetivos: financiar la guerra contra el carlismo, paliar la grave situación de la Hacienda Pública, fomentar la construcción del ferrocarril, etc.


Había una gran presión sobre el campesinado: los propietarios elevaron los contratos de arrendamiento, se sucedían periódicas crisis agrarias, tanto por las malas cosechas como por las fluctuaciones del mercado mundial en el precio de los productos agrarios, la sobreproducción en algunos sectores (tríada mediterránea) hundió los precios y los jornales, la política proteccionista de los gobiernos paralizaron las exportaciones, subiendo brutalmente los precios, y castigando con ello la economía campesina. El escaso poder adquisitivo del campesinado afectó a los negocios industriales impidiendo el desarrollo de un mercado interior.
Al iniciarse el siglo XX, la agricultura española estaba estancada: injusta distribución de la propiedad, ausencia de inversiones, miseria de los campesinos y una conflictividad creciente entre la oligarquía intransigente y los trabajadores agrícolas. Todo ello es lo que se ha denominado la cuestión agraria, uno de los problemas más importantes de la primera mitad del siglo XX.
Por otra parte, hubo una clara decadencia de la cabaña ganadera, sobre todo la lanar, como consecuencia del descenso de las exportaciones de lana, de la importancia creciente del algodón, de la supresión de los privilegios de la Mesta y de las nuevas roturaciones.
A partir de mediados de siglo se asiste a un continuo crecimiento económico, debido al boom ferroviario, y al desarrollo industrial y financiero. Por lo que respecta a las PECULIARIDADES DE LA INCORPORACIÓN DE ESPAÑA A LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL, se caracteriza por su retardo o desfase con respecto a Europa occidental y por el hecho de que el país no se industrializó plenamente. Y ello por las siguientes causas:
- la geografía del país dificultaba las comunicaciones, encareciendo el transporte y no desarrollando un mercado nacional articulado. La posición marginal de España es una desventaja tanto para la adquisición de materias primas como para las exportaciones.

- la escasez de materias primas y fuentes de energía, su dispersión geográfica y su mala calidad, especialmente el carbón.

- el lento crecimiento demográfico que, junto con la escasa capacidad adquisitiva de la mayoría de la población, provoca la ausencia de un mercado interior capaz de absorber la producción industrial, además de falta de mano para dicho sector.

- la dependencia de capitales extranjeros (salvo en Cataluña y el País Vasco), ya que los capitales españoles eran rentistas, especulativos o suntuarios.

- el papel del Estado, tanto por la continua emisión de deuda pública a elevado interés, lo que absorbió mucho capital que podía haber sido invertido en la industria, como por la política proteccionista, que favoreció el inmovilismo y la falta de cambios tecnológicos.

- la pérdida de las colonias americanas, que restó mercados privilegiados y materias primas a la industria.

- por último, la desestabilización política del siglo XIX español, ya que la inversión requiere expectativas favorables acerca de la evolución política.
Pero el fenómeno económico más importante desde mediados de siglo fue LA CONSTRUCCIÓN DEL FERROCARRIL Y SU IMPACTO EN LA ECONOMÍA. En 1855 se aprobó la Ley General de Ferrocarriles, que fijaba condiciones muy favorables para la construcción de una red ferroviaria: regulaba las compañías de construcción, garantizaba las inversiones extranjeras, eximía de aranceles a los materiales necesarios para el tendido ferroviario, subvencionaba hasta un tercio del coste de construcción y permitía a las compañías financieras emitir obligaciones. Se elaboró un mapa ferroviario radial y centralizado, y se fijó un ancho de vía mayor que el europeo.

Se formaron tres grandes grupos controlados por bancos franceses -a los que se unieron algunos de los principales magnates de las finanzas españolas-, que acapararon las principales líneas previstas por la ley (4750 kms. de tendido entre 1855 y 1865). Eran años de euforia donde buena parte del ahorro nacional y de los recursos del Estado se invirtieron en el ferrocarril.

Pero la crisis financiera internacional de 1866 prácticamente paralizó la construcción. De hecho, la crisis se debió en parte al hundimiento de las sociedades ferroviarias: se había invertido mucho dinero en líneas que no siempre eran rentables, por lo que sus acciones se desplomaron, causando el pánico en la Bolsa y llevando a las empresas a la quiebra. A partir de 1876 se reanudó la construcción en un proceso lento pero que duplicó el tendido ferroviario.
El ferrocarril tuvo una repercusión económica positiva, ya que dotó a España de un sistema de transporte masivo, barato y rápido que favoreció el intercambio de personas y mercancías entre las distintas regiones, desarrollando el comercio interior. La energía del vapor también se aplicó a la navegación, dinamizando el comercio a larga distancia.

Pero también se han criticado algunas de las medidas adoptadas: primero, la estructura radial, con centro en Madrid, dificultaba la comunicación entre las zonas más industriales y dinámicas; segundo, el ancho mayor de vía obstaculizaba los intercambios con Europa; y tercero, se ha dicho que la construcción ferroviaria absorbió una buena parte de los capitales que hubieran debido invertirse en la industria, y que al permitir importar el hierro necesario sin aranceles se perdió la oportunidad de impulsar de impulsar la siderurgia española. Pero los altos hornos no estaban en condiciones de cubrir la demanda de hierro y carbón que el ferrocarril exigía. Además, no es seguro que los capitales invertidos en su construcción hubieran ido a parar a la industria.



13.2. TRANSFORMACIONES SOCIALES. CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO. DE LA SOCIEDAD ESTAMENTAL A LA SOCIEDAD DE CLASES. GÉNESIS Y DESARROLLO DEL MOVIMIENTO OBRERO EN ESPAÑA.
Por lo que respecta al CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO, la población española creció a lo largo del siglo XIX, ya que pasó de unos 11 millones de habitantes a unos 18,6 en 1900. Pero fue un crecimiento lento - inferior al de los países europeos e insuficiente para crear un mercado nacional- porque la tasa de mortalidad era muy elevada (28-29 por mil), incluyendo la mortalidad infantil, y ello por varios motivos: primero, las continuas guerras dentro y fuera del país; segundo, las enfermedades infecciosas, como el cólera, la tuberculosis y la fiebre amarilla, que afectaban a las clases populares, desnutridas y expuestas a la infección por la falta de cualquier medida higiénica y sanitaria; tercero, las crisis de subsistencias causadas por las malas cosechas debidas a una agricultura tradicional que no generaba excedentes, y sí carestías y hambrunas.

También había una elevada tasa de natalidad por: los hijos aseguraban la vejez en las familias pobres; la Iglesia impedía cualquier control de la natalidad; hasta 1853 se prohibió emigrar al exterior. A partir de ese momento se inicia una lenta corriente migratoria, protagonizada por familias campesinas, hacia el norte de África y América.


Pero fue en las décadas finales del siglo, con la proliferación y abaratamiento de los medios de transporte, cuando la emigración aumentó de forma significativa. En el interior dio lugar a un éxodo rural que explica el fuerte crecimiento de las ciudades periféricas (Sevilla, Bilbao, Valencia, Barcelona) y de Madrid, tanto por el auge industrial como por la demanda de servicios. El crecimiento urbano es constante, aunque lento. A veces el movimiento migratorio se debe más a factores de rechazo en el medio rural que a la demanda de trabajadores en las ciudades.

En las décadas finales de siglo, la tensión entre el aumento de la población y las escasas oportunidades de empleo obligó a muchos españoles a emigrar a ultramar. El principal foco de emigración fue Galicia, seguida de Asturias, Cantabria y Canarias. Esta considerable emigración exterior se dirigió principalmente a América, sobre todo a Argentina, México, Cuba y Brasil. Con el estallido de la Primera Gurerra Mundial se invierte la situación. Pero se calcula que hasta 1929 fueron más de un millón de personas las que se lanzaron a “hacer las Américas”.


En la España del siglo XIX se produce el paso DE LA SOCIEDAD ESTAMENTAL A LA SOCIEDAD DE CLASES. En el nuevo sistema liberal todos los grupos sociales pagaban impuestos, eran juzgados por las mismas leyes y tribunales (igualdad jurídica) y gozaban de los mismos derechos políticos. Las personas dejan de agruparse en estamentos y pasan a hacerlo en clases sociales, que se diferencian por su diferente grado de riqueza. La propiedad es el elemento diferenciador en la jerarquía social: los que la poseen y los que no.
De esta forma, se constituyen dos grandes grupos sociales. Por un lado, los grupos dirigentes, poseedores de alguna forma de riqueza (propiedades, rentas, capitales) urbana, industrial o agraria. Se puede decir que hay una simbiosis entre la antigua aristocracia, reconvertida en propietaria agrícola, y la nueva burguesía de hombres de negocios, banqueros, industriales, grandes comerciantes, etc, constituyendo ambas clases la nueva oligarquía. En estos grupos dirigentes hay que incluir a la Iglesia católica, que sigue manteniendo un enorme poder e influencia social. Por debajo de ellos existía una mediana y pequeña burguesía o clase media. Por otro lado, las clases populares, a las que pertenecían los pequeños artesanos, el servicio doméstico, los empleados de comercio y, sobre todo, los campesinos y el nuevo proletariado industrial. Las duras condiciones de vida de estos últimos dieron origen a nuevos movimientos sociales (obrerismo y sindicalismo) e ideologías políticas que denunciaban el capitalismo.
Dentro de los GRUPOS DIRIGENTES los aspectos más destacados de la nobleza son: ha perdido sus privilegios, pero la alta nobleza incrementó su poder económico, ya que conservó la mayoría de sus propiedades y adquirió otras nuevas provenientes de la desamortización; la pequeña nobleza se fue diluyendo entre el grupo de medianos propietarios agrarios, engrosando muchos ellos las filas del carlismo; la nobleza influía políticamente a través de las “camarillas” palaciegas de las que obtenía cargos políticos y militares, participación en negocios, etc, y mantuvo su preeminencia social, consiguiendo que la burguesía quisiera ennoblecerse; en la Restauración empieza a perder poder económico e influencia política.

Por lo que respecta al clero, el proceso de desamortización y desvinculación le privó de muchas de sus propiedades. Además, las leyes de exclaustración dieron lugar a que los conventos quedaran vacíos, y algunos de sus tesoros dispersos y dañados. Aunque disminuyese considerablemente, el clero mantuvo su poder e influencia social. La jerarquía eclesiástica (arzobispos y obispos) se podían asimilar a las clases altas, y en la época de la Restauración, el aumento del número de clérigos dedicados a la enseñanza fue considerable.

Los grupos burgueses se formaron ligados a los negocios, el comercio, la banca, el capital extranjero, la compra de la deuda pública estatal y las inversiones especulativas en Bolsa (como las del ferrocarril). Muchos de ellos se convirtieron en propietarios agrícolas rentistas. La burguesía industrial quedó restringida a Cataluña y el País Vasco, y se preocupó esencialmente de conseguir del Estado liberal medidas proteccionistas para su incipiente industria; su debilidad numérica, su escaso poder económico en comparación con las grandes fortunas terratenientes y financieras, junto con su localización periférica, dificultaron que esta burguesía desarrollase un modelo de sociedad industrial más productivo y menos rentista.
Todos los grupos dirigentes coincidían en sus intereses: eran ricos, conservadores, defensores del “orden” y partidarios de reprimir cualquier intento de protesta social. Defendían el libre mercado, pero también el proteccionismo cuando les era conveniente. Mantenían relaciones entre sí, a través de negocios comunes y conexiones familiares, y controlaban la vida política a través del sufragio restringido y la corrupción electoral, por lo que la acción de gobierno defiende siempre a estos intereses oligárquicos.
Las CLASES MEDIAS constituían un grupo bastante heterogéneo: medianos propietarios de tierras, comerciantes, pequeños fabricantes, profesionales liberales y empleados públicos. Su desarrollo está ligado al crecimiento urbano y a la expansión de la Administración y los servicios. Predominaban en los pueblos pequeños y los barrios populares urbanos. Sus ingresos eran demasiado precarios como para no pasar dificultades. Ideológicamente, había una importante diferencia entre la pequeña burguesía de las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona, que era avanzada y partidaria de reformas sociales, y la de las pequeñas ciudades, partidaria del orden y del respeto a la propiedad.
Por último, se encuentran las CLASES POPULARES. En las ciudades tenemos a los artesanos, muy importantes pese a la desaparición de los privilegios gremiales, ya que elaboraban la mayor parte de los productos manufacturados. El crecimiento urbano hizo que en las ciudades se concentraran una serie de trabajadores de servicios relacionados con las infraestructuras urbanas, pequeños funcionarios, empleados de comercio, mujeres empleadas en el trabajo doméstico, etc.
Por lo que respecta al campesinado, la concentración de la propiedad de la tierra por la reforma agraria liberal, junto con la falta de un proceso de industrialización, impidió el éxodo rural hasta 1860, por lo que predominaban los campesinos sin tierras, los contratos de explotación a corto plazo y los latifundios. El número de jornaleros, arrendatarios y pequeños propietarios había pasado de los 3,6 millones a los 5,4. Solo en Cataluña y Valencia se formó un grupo de pequeños y medianos propietarios.

Los campesinos siguieron sujetos a relaciones de tipo clientelar: el notable y el cacique tenían el poder y la influencia, y a ellos había que someterse a cambio de protección, trabajo o gestiones administrativas.

La mayoría de los campesinos no pudieron acceder a la propiedad de la tierra (“hambre de tierras”), algo que se agravaba con la pérdida de las tierras comunales. Sus condiciones de vida eran muy duras: épocas de hambre, analfabetismo, marginación social, etc. Todo ello dio lugar al al éxodo rural y al aumento de los conflictos y las revueltas en el campo, que fueron una constante en la historia de España del siglo XIX, sobre todo en Andalucía, donde el jornalerismo era mayoritario y las malas cosechas provocaban hambre y miseria. A partir de 1840 se producen manifestaciones, ocupaciones de tierras, quemas de cosechas y matanzas de ganado. Todos estos alzamientos fueron duramente reprimidos por el ejército y la Guardia Civil. Algunos campesinos optaron por el bandolerismo como respuesta individual y violenta a las desigualdades sociales.
Con la industria moderna aparece la mano de obra asalariada con unas condiciones de trabajo muy duras: salarios muy bajos, trabajo de mujeres y niños, jornada laboral de 12-14 horas, despido a la más mínima oposición, desprotección frente al paro, vejez o invalidez, etc. Además, estos obreros vivían en barrios hacinados, careciendo de servicios mínimos y expuestos a todo tipo de enfermedades infecciosas como la tuberculosis o el cólera. Es así como aparece el proletariado, y con él la GÉNESIS DEL MOVIMIENTO OBRERO.

Las primeras manifestaciones de protesta obrera tuvieron un carácter violento, clandestino y espontáneo, como las manifestaciones luditas (destrucción de máquinas a las que se responsabiliza de las pérdidas de puestos de trabajo) en Alcoy y Barcelona (fábrica Bonaplata). Poco a poco, las protestas obreras se orientaron a la mejora de las relaciones laborales y al logro del derecho de asociación. Así, el asociacionismo obrero se extendió, tanto parea crearse una protección frente al desempleo, enfermedad o muerte (Sociedades de Socorros Mutuos o Sociedades Mutualistas), como para ayudar a los obreros en huelga (cajas de resistencia).

En el primitivo movimiento obrero y campesino prendieron las ideas del socialismo utópico (Saint Simon, Cabet, Fourier), que pretendía crear sociedades igualitarias, con propiedad colectiva y reparto equitativo de la riqueza. En un plano más político, el primitivo obrerismo español estuvo muy ligado al republicanismo federal, al que apoyaron cuando tuvieron derecho al voto. Pero la falta de un verdadero respaldo político y la no satisfacción de una buena parte de sus reivindicaciones condujeron a que importantes sectores obreros derivasen hacia las nuevas ideologías internacionalistas (anarquismo y socialismo).
Tras el triunfo de la revolución de 1868, llegó a España un enviado de la AIT, Fanelli, que difundió los ideales anarquistas, sobre todo entre el proletariado catalán y el campesinado andaluz. Así, en el primer congreso de la Federación Regional Española (FRE) de la AIT, se adoptaron acuerdos claramente anarquistas: huelga como el arma fundamental del proletariado, apoliticismo y realización de la revolución social por la vía de la acción directa. En 1871, llegó Paul Lafargue, que impulsó las posiciones marxistas -necesidad de la conquista del poder política por la clase obrera- en sectores obreros madrileños, lo que provocó su expulsión de la FRE.

Con la Restauración, el internacionalismo fue perseguido y forzado a la clandestinidad. Esto, junto con los desacuerdos dentro de la organización anarquista, favorecieron que una parte del anarquismo optase por la acción directa, organizando grupos autónomos revolucionarios cuyo objetivo era atentar contra los pilares del capitalismo: el Estado (atentado contra Cánovas), la burguesía (bomba en el Liceo) y la Iglesia (bomba contra la procesión del Corpus). Creó la Mano Negra, asociación clandestina que actuó en Andalucía y a la que se atribuyen asesinatos, incendios, etc. Estos atentados y revueltas fueron reprimidas con una dureza indiscriminada, provocando una espiral de violencia basada en una dinámica acción/represión/acción.



Pero había otros anarquistas que no eran partidarios de la acción directa y propugnaban la revolución social como un objetivo a medio plazo a través de la fundación de organizaciones de carácter sindical: es el anarcosindicalismo, que llevó a la creación de Solidaridad Obrera y, sobre todo, la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores).
Por su parte, los marxistas madrileños decidieron fundar el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 1879, con Pablo Iglesias al frente. El partido se definía como marxista, obrerista y partidario de la revolución social, presentando un programa de reformas sociales que incluían el derecho de asociación, reunión y manifestación, el sufragio universal, la reducción de las horas de trabajo, la prohibición del trabajo infantil, etc. El PSOE tuvo mayor presencia en Madrid, País Vasco, Asturias y Málaga, y, sin embargo, tuvo un difícil desarrollo en Cataluña y en el mundo agrario. En 1888 se fundó la Unión General de Trabajadores (UGT), que en un principio no se declaró marxista pero que acabó siéndolo. Se organizó en sindicatos de oficio en cada localidad, y siempre practicó una política muy prudente en sus reivindicaciones.

13.3. TRANSFORMACIONES CULTURALES. CAMBIO EN LAS MENTALIDADES. LA EDUCACIÓN Y LA PRENSA.
La revolución liberal transformó la vida intelectual y cultural del país, ya que los cambios legales que reconocen los derechos individuales trajeron consigo una cierta libertad intelectual, sobre todo a la hora de oponerse a la represión brutal del reinado de Fernando VII y al carlismo; la literatura romántica es una buena expresión de esa amplia libertad colectiva. Sin embargo, la consolidación del régimen oligárquico y el establecimiento de regímenes represivos a partir de 1843 dieron al traste con las ilusiones de libertad. La Constitución de 1845 restableció la censura de prensa y devolvió a la Iglesia el control de las publicaciones. De ahí la literatura moralizante de aquella época.
Muchos intelectuales y periódicos se las arreglaron para sortear la censura. También tuvo especial trascendencia la aparición en la Universidad de Madrid de un grupo de profesores que defendían la libertad de pensamiento y de enseñanza: se les llamó krausistas. Muchos de ellos se opusieron al gobierno isabelino lo que terminó por desencadenar la matanza de San Daniel (1865).
Hay que tener en cuenta que la vida intelectual era asunto de unos pocos, ya que la inmensa mayoría de los españoles vivía inmersa en un ambiente cultural pobre, monótono e impregnado de religiosidad. En las zonas rurales apenas llegaban las noticias, el acceso a la cultura estaba vedado y la poca información a la que accedían procedía de la Iglesia, que dominaba toda la actividad social: misa, fiestas patronales, procesiones, etc. La mayor parte de la población era analfabeta (especialmente entre las mujeres). El reinado de Fernando VII había acabado con cualquier intento de reforma educativa de las Cortes de Cádiz. Habrá que esperar a la Ley Moyano de 1857 para que se estableciese un sistema educativo basado en tres niveles: primaria, secundaria y superior, pero la falta de colegios, institutos y universidades, restringía el acceso a los hijos de la burguesía.
El Sexenio fue también una época de libertad de prensa y de opinión. Proliferaron todo tipo de periódicos, muchos de ellos satíricos, y toda una generación de escritores realistas. Con la Restauración volvió la represión de las libertades: cierre de los periódicos de la oposición, limitación de la libertad de cátedra, etc. Sólo a partir de 1881 hubo una cierta libertad de prensa, con una oleada de publicaciones satíricas coincidiendo con el falseamiento electoral, el caciquismo y el analfabetismo de la población. La educación seguía basándose en métodos anticuados, rechazaba las novedades científicas y estaba sujeta a censura. Se permitió la expansión de los colegios religiosos y el aumento de las congregaciones.
La excepción a la regla la constituyó la Institución Libre de Enseñanza, un centro privado, laico y alternativo, fundado en 1876 por algunos profesores que habían abandonado la universidad, y dirigido por Francisco Giner de los Ríos. La institución buscaba la formación integral del individuo en plena libertad y mediante el fomento de la curiosidad científica, la ausencia de dogmas y el desarrollo del talante crítico. Rechazaba filiaciones políticas o religiosas. Por él pasaron tres generaciones de españoles que constituyeron la élite intelectual del país, científica, artística y literaria, protagonista del medio siglo siguiente.
A lo largo del siglo XIX se dieron cambios en las mentalidades. La élite social formada por los terratenientes agrarios se encontraba más cerca del prototipo rentista que del burgués industrial, emprendedor y dinámico de otros países. Así pues, se imponía el modelo social basado en el desprecio al trabajo o el ideal de vivir de la renta. También se imponía la influencia de la Iglesia católica, como ya hemos dicho anteriormente.
Pero un sector del liberalismo español defendió la conveniencia de laicizar la vida pública y poner fin al predominio de la moral católica en todos los ámbitos sociales. Además, una parte de la clase trabajadora empezó a manifestar actitudes anticlericales, asociando a la Iglesia con los grupos poderosos.
Por otra parte, el peso del dinero como definidor de la categoría social hizo que a la ostentación aristocrática se uniese la ostentación de riqueza burguesa. La burguesía deseaba mostrar en público su poder y su riqueza. Así, frente a la sociedad rural y aristocrática que celebraba su ocio entre los muros de palacios o mansiones, en la nueva sociedad industrial y urbana las diversiones pasaron a comercializarse y solo al alcance de los que las pudieran comprar, como la ópera, el teatro, los restaurantes, etc.
Las clases populares urbanas acudían a cabarets, cafés-teatro, bailes, pero sobre todo a las corridas de toros. La taberna seguía siendo el centro de reunión, pero con la influencia de las ideas internacionalistas y la alfabetización de los obreros, los ateneos, círculos obreros o casas del pueblo, pasaron a ser el lugar de formación, discusión y entretenimiento de las clases populares.


I.E.S. Ciudad de los Ángeles. Carlos Goicoechea. Hª de España


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