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Tema VII


LA REFORMA GREGORIANA

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1. La reforma gregoriana:

1.1. La necesidad de reforma en la Iglesia

1.2. Personalidad reformista de Gregorio VII (1073-1085)

1. 3. La cuestión de las investiduras

1. 3. 1. Enfrentamiento entre sacerdocio e imperio:

1. 3. 2. El cisma imperial hasta la muerte de Gregorio VII



2. El pontificado en el siglo XII

2.1. La herencia gregoriana

2.2. Triunfo del papado sobre el imperio

2.3. La reforma de la Iglesia en otros pueblos



3. El cambio interno de la iglesia de Occidente

3.1. La nueva relación del papado con la cristiandad

3.2. La renovación de las fuentes del derecho

3.3. Los ideales cristianos plasmados en las cruzadas

3.4. Renacimiento de la teología medieval

3.5. El nacimiento de nuevas órdenes

La desaparición del imperio romano tardó en ser reemplazada por una forma organizada. El sistema, que se venía imponiendo desde el siglo VII y que llega a su auge en el siglo X, es el feudalismo. Fue la consecuencia de la fragmentación del mundo romano y del predominio de las tierras conquistadas sobre las ciudades antiguas. Se identifica soberanía con propiedad de la tierra, que incluía tanto a sus habitantes como a las instituciones. El poder del emperador se distribuye entre los señores feudales. El feudalismo había reducido la Iglesia al servilismo, con una secuencia de gravísimos males: se conferían cargos eclesiales a sujetos plegados al poder; se daban incluso órdenes sagradas por un día; los ministerios eran objeto de compra-venta (simonía) y el nivel moral no era ejemplar. Estos males eran un obstáculo para la evangelización.

Este sistema no lo promueve la Iglesia, sino que lo padece y se acomoda al mismo. En consecuencia la Iglesia terminó por perder su propia libertad. El problema no eran ya disputas territoriales o ambiciones de hegemonía, sino la liberación de la Iglesia de las intromisiones de manos ajenas. El centro y motor de estos procesos lo constituía el enfrentamiento entre el papa y el emperador. La lucha por la libertad de la Iglesia, como superación de los males del feudalismo, encuentra su expresión en el papa Gregorio VII, que da nombre a este período.


1. La reforma gregoriana:


En una sociedad, donde lo religioso y lo político estaban tan íntimamente unidos, era preciso una definición teórica y práctica de ambos campos. El enfrentamiento entre el poder eclesiástico y el poder laico dio lugar a la querella de las "investiduras", que se zanjó con una cierta independencia de la Iglesia respecto al poder temporal, pero también liberó otras fuerzas. La lucha por la libertad de la Iglesia, como superación de los males del feudalismo, crea un amplio movimiento de reforma.

La reforma de la Iglesia es una constante aspiración de los creyentes de todos los tiempos. Pero la forma de llevarla a cabo ha sido muy diversificada. Por eso, no conviene reducirla a conceptos estereotipados, como ortodoxia, herejía, comunión, etc.. El problema más complejo de la Iglesia en este tiempo era encauzar las aspiraciones evangélicas, que surgen como protesta contra ella misma. Esta reforma religiosa y eclesiástica, además de la libertad evangélica de la Iglesia, significó también la centralización del poder pontificio, la renovación de la vida monástica, el renacimiento del derecho civil y canónico y de la teología dialéctica.


1.1. La necesidad de reforma en la Iglesia


Los monarcas alemanes, a partir de Otón I, se apoyaban en los obispos para combatir rebeldías y ambiciones de otros señores feudales. Por eso, repartían los episcopados entre gente de confianza y familiares. El sistema se perfecciona con sus sucesores, sobre todo con Otón III 983-1002). La Iglesia era el eje de su política. De este modo los obispos son señores feudales sometidos al emperador. Ruperto (+ 1129), abad de Deutz, podía escribir: “se hacían obispos no por elección, sino por donación del rey ”. El sistema funcionaba cuando se elegían a personas honestas, pero era un arma peligrosa en manos de los que abusaban de la confianza o cuando los elegidos eran manejables y caprichosos. Por otra parte, el emperador al recibir el título de servus Christi quedaba equiparado de alguna manera con el papa. De ahí vienen las luchas de las investiduras.

La investidura era un acto jurídico por el cual el dueño o propietario de una iglesia la confiaba a título de beneficio al eclesiástico que debía servirla. No se debe olvidar que en la Edad Media muchas iglesias rurales eran de fundación privada y, por consiguiente, propiedad de su señor. Era él quien asignaba al ministro que debía servir allí. La entrega solía hacerse por medio de un símbolo, que cuando se trataba del episcopado era la donación del anillo y el báculo. Al quedar vacante una plaza el señor buscaba al más fiel o a quien le podía ofrecer más dinero. En todo caso los obispos metropolitanos hacían la consagración. Este sistema funcionaba en el sacro imperio romano germánico, pero se había extendido también por Francia.

Este conjunto de factores abría los caminos a otros males. La primera consecuencia funesta era la simonía, pues quien ambicionada un episcopado prometía de antemano cosas injustas o bien lo compraba a precio de oro. Esto llegaba a hacerse incluso notarialmente. Al entrar en la diócesis el obispo o un abad en el monasterio se endeudaban y se comprometían a pagar a su acreedor. Para compensar esta especie de contrato vendían a su vez curatos o diaconías y demás beneficios al mejor postor. La vida eclesiástica se había convertido en una forma de ganarse la vida. Se establecía así una cadena de injusticias y corrupciones, que hace decir a Ruperto de Deutz de los abades: “se solucionaba con la venta de la carne y de los huesos de los monjes”.

Otra consecuencia funesta se conoce con el nombre de nicolaitismo, que deriva de la secta aludida en el Apocalipsis 2, 15, que volvió a las prácticas paganas. Los eclesiásticos eran como funcionarios civiles, puesto que participaban en todas las tareas sociales, lo cual iba en detrimento de los deberes de su estado. A esta relajación se le da el nombre de clerogamia. Como dice Anselmo de Lucca: “Todos los sacerdotes y levitas tienen mujer”. Ante el peligro de convertir en hereditarias las iglesias, en un sínodo celebrado en Rávena en 1018 bajo Benedicto VIII, se endurecen las leyes eclesiásticas hasta el punto de reducir a esclavitud y servidumbre a los hijos e hijas de sacerdotes concubinarios. La tradición había reconocido el valor que en el reino tenía la virginidad libre, pero el clima de estos tiempos hace que la iglesia legisle sobre el celibato. La cuestión queda definitivamente zanjada en el concilio de Letrán I en 1123, donde se afirma que el matrimonio de sacerdotes, diáconos y subdiáconos es ilícito e inválido.

Las protestas del mundo cristiano contra esta situación provenían del renovado ámbito monástico llevado a cabo por Cluny, que tiene mucho que ver con este movimiento de reforma. Además, algunos concilios habían expresado con fuerza estas aspiraciones, denunciando el nepotismo, el tráfico de sentencias y la decadencia romana. También personas privadas como Pedro Damiani (1007-1072) y Humberto de Silva Cándida denunciaban la situación. Este estado de cosas era descrito con fogosidad por algunos reformadores, que tachaban al papado de “anticristo que sentándose en el trono en el templo de Dios... se muestra a los ojos del pueblo”. Así en algunos medios la reforma aparecía como un acto de rebeldía contra el papado. Era, pues, preciso que una autoridad llena de celo e inteligente canalizase estas ansias de reforma. La reforma general sólo podía venir de la cabeza y ésta tenía que ser sana y poderosa.

La elección de Nicolás II (1058-1061) produjo tales contrastes, que los reformistas vieron claro que era necesario regular el sistema, para evitar ingerencias ajenas. En 1059 se reúne en la basílica de Letrán un concilio con 112 obispos, casi exclusivamente italianos, donde, además de prohibir el concubinato y la simonía, se proclama un nuevo sistema de elección del papa. El decreto restringe el cuerpo electoral a los representantes del clero romano, es decir, a los cardenales, reservándole al emperador simplemente el “honor y la reverencia”. Se reconocía que la elección podía tener lugar fuera de Roma y la opción podía caer en “el personal de la Iglesia entera”. Este mismo sínodo prohibió por primera vez que los eclesiásticos recibieran ningún tipo de investidura por parte de los laicos. Así se abría el camino para la reforma tan deseada.


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