Tensiones en la crítica: el testimonio



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Tensiones en la crítica: el testimonio1
María Virginia González

Universidad Nacional de La Pampa



El reconocimiento del testimonio como género se establece en América Latina en 1970, a partir de la categoría “Testimonio” en el Premio Casa de las Américas y su entrega a Miguel Barnet por Biografía de un cimarrón.2 La perplejidad que generó la instauración del premio produjo diferentes posiciones críticas a la hora de abordarlo o definirlo. Las actitudes oscilaron desde el desprestigio como forma extraliteraria o no literaria hasta su postulación como nuevo emblema de las letras latinoamericanas ya que por su medio se podía escuchar la palabra de los vencidos, especie de mensaje alternativo o voz del silenciado. En consecuencia, la extensa crítica ha girado en torno a la lucha entre lo ficcional y lo “real”, la voz del subalterno y los alcances políticos y culturales de este (supuesto) discurso del Otro. Estas cuestiones evidenciaron la conflictiva relación entre el testimonio y la institución académica; en el caso del ámbito estadounidense, se prohibió la incorporación del mismo en el curriculum universitario hasta avanzada la década de 1990.3

En la actualidad, más allá de tan extensa polémica que generó, el testimonio latinoamericano ya no es un tema central para la crítica literaria. Sin embargo, no creo que los estudios se deban centrar en cuestiones que se limiten a los intereses impuestos por un centro ordenador, por eso, me propuse indagar esta problemática como una forma de aproximación a la construcción social de los discursos. En este sentido, me resultó sugestiva la pérdida de centralidad de un género que cobró visibilidad en la década del setenta y alcanzó el clímax en la crítica de los noventa. Dejo para otro momento el análisis de los motivos que ocasionaron el eclipse del testimonio para, en este trabajo, realizar un acercamiento a su entronización en el ámbito académico; pretendo indagar los móviles que permitieron esta operación en dos tradiciones críticas en apariencia disímiles: los Cultural Studies4 angloamericanos y los pensadores de Nuestra América. Esta indagación en las tensiones de la crítica implica ahondar en los complejos cruces entre mercado, política y discurso que provocaron el auge del testimonio, y, asimismo, avizorar las perspectivas actuales del género.

Discurso y poder.



Michel Foucault en su conferencia inaugural en el Collège de France advirtió que en toda sociedad la producción del discurso “está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad” (Foucault 1970 1992:11), y agrega que la literatura es una de las regiones altamente defendidas del discurso. Este marco teórico permite comprender el debate que suscitó el testimonio en los ámbitos académicos por la doble pugna que significó: traducir las luchas de los ámbitos sociales y plantear un cuestionamiento a la estabilidad del canon occidental5.

A partir de los aportes de Foucault, considero que el discurso literario tiene su voluntad de verdad, consolidada a través de mecanismos como la aceptación de un texto como hecho literario y su posterior distribución institucional. Estos generan genera dispositivos de coacción ante aquellos textos extraños a los que se le impide el ingreso al campo, es decir, la voluntad de verdad marca un discurso como literario y así se convierte en una maquinaria destinada a excluir.6 Esto permite comprender por qué el centro del debate en torno al testimonio se relacionó directamente con su ingreso o exclusión del campo literario ya que estos ámbitos (centros culturales, la academia, las editoriales) son centros de poder. La conclusión elemental es que la ubicación jerárquica del emisor (informante/mediador/crítico) se convierte en el eje de la resolución; sin embargo, de los tres emisores, el crítico es quien se encuentra en posición de privilegio: la distancia que media entre él y la creación de su objeto de estudio le confiere un halo de objetividad, además de formar parte de los ámbitos donde se decide qué es literatura, claro que esta afirmación es relativa y es lo que de aquí en más trataré de dilucidar.7

En este sentido, el exitoso rescate del testimonio es un claro ejemplo de la complejidad de las tensiones de los estudios en/sobre Latinoamérica (Richard: 2001) y nos lleva a pensar la complejidad de las fuerzas que tensionan el escenario académico-cultural de “lo latinoamericano”.

El discurso en (y sobre) Nuestra América

El fenómeno del boom, en coincidencia con la efervescencia política y cultural generada por la Revolución Cubana a partir de 1959, generó una marcada idealización de la literatura como instrumento de liberación nacional, tanto en los escritores como en los intelectuales de América Latina y de todo el mundo. Esta conjunción de factores permitieron que lo que se producía en estas tierras tuviera presencia en los lugares más insospechados.8 Poco tiempo después, a fines de la década del sesenta, en un debate entre los intelectuales que integraban Casa de las Américas surge la necesidad de crear el Premio Testimonio como una forma de dar espacio a aquellos textos que se apartaban de las modalidades genéricas clásicas. En este momento inaugural, los pensadores latinoamericanos que integraban la revista debatieron cuestiones referidas a las características del género: fue Ángel Rama quien propuso la creación de la categoría y sostuvo que “debe mostrar la línea de la tarea y la lucha de la América Latina a través de la literatura.” (Rama, 1995) Manuel Galich, reafirma esta postura cuando expone las bases del concurso: se incluye dentro de la categoría testimonio “un libro donde se documente, de fuente directa, un aspecto de la realidad latinoamericana actual” (Galich.,1995).

La institucionalización del género es un hecho fundamental para comprender el debate en torno al testimonio ya que resulta imprescindible deslindar el espacio letrado de legitimación, la obra en su definición genérica y el proyecto social y la práctica en que se inscribe.9 Esto es primordial porque el testimonio se instituye en una práctica legitimadora de un proceso sociopolítico (la Revolución Cubana), y al mismo tiempo, el proceso se vuelve la realidad social que lo legitima, relación simbiótica imposible de eludir si queremos aproximarnos a la construcción social de los discursos. Así, el proyecto emancipatorio de la isla se pone en evidencia también en su política cultural orgánica. Para el cubano Ronaldo Menéndez, el testimonio literario de izquierda es “el tópico recuperable, donde conviven la ideología de esta praxis política y la artisticidad.” Además advierte que la referencialidad es fundante en su definición ya que se convierte en una estrategia de legitimación de un nuevo discurso nacional y, por lo tanto, adquiere la condición de “historia hegemónica” que se propone como historia alternativa legítima para el resto de Latinoamérica.10

Para comprender la recepción que tuvo el testimonio en la crítica latinoamericana, además del contexto socio-político revolucionario, es necesario considerar que, a fines de los sesenta, se produjo un giro hacia el posestructuralismo y en especial hacia un enfoque althusseriano para erigir el lugar de lo popular. Al respecto, señala George Yúdice que “la categoría analítica de clase social se vio crecientemente desplazada por una preferencia por la noción de vida cotidiana, de manera que el foco del análisis se trasladó de los modos cómo las fuerzas económicas y sociales determinan la conciencia de los grupos dominados hacia las maneras cómo, aun bajo las circunstancias más colonizadas, estos grupos retan y resisten a aquellas fuerzas.” (Yúdice 2002:1) Así, durante este período, los sectores contestatarios llevaron adelante una práctica que consistió en rechazar la política estatal, las instituciones elitistas y la estratificación social legitimadas por el conocimiento institucionalizado, y en su lugar, oponían la causa de los sectores populares. Este movimiento operó multidisciplinariamente, “abarcando la pedagogía (Freire), la economía política (el marxismo), la religión (la Teología de la Liberación), el activismo (fuertemente arraigado en comunidades eclesiales de base constituidas por trabajadores urbanos, campesinos y estudiantes), la etnografía, el periodismo, la literatura y otras prácticas culturales” (Idem: 2). En este contexto, el testimonio fue visto como una opción alternativa para romper con los parámetros impuestos por la institución literaria, y al mismo tiempo, conjugar distintos discursos culturales: “historia social, etnografía, autobiografía, literatura, análisis político y activismo.” (Idem: 2)

Con respecto a las repercusiones que tuvo el testimonio en los círculos académicos de EEUU fue fundamental la combinación de varios factores: las repercusiones de la Revolución cubana (y Nicaragüense) para los círculos progresistas, las políticas de la representación (consignas de la nueva izquierda norteamericana en los sesenta que sostenía que ‘The personal is the political’ –lo personal es lo político)11 y el giro de la crítica hacia el campo de los Cultural Studies. Esta conjunción de factores produjo que el testimonio tuviera una recepción positiva en los ámbitos progresistas porque veían alcanzadas sus aspiraciones de aproximación a la voz de los vencidos y de solidaridad con ellos y, en algunos casos, veían una forma de cuestionar el canon literario y desenmascarar las estrategias de la historia hegemónica. De este modo, se produjo una disputa entre aquellos que lucharon por el reconocimiento de este discurso como género literario y como objeto de estudio del subalterno, y quienes los rechazaban por considerarlo literatura menor e impedían su incorporación en los programas de los estudios literarios universitarios12

Las discusiones se centraron en dos cuestiones: la presencia (o ausencia) de ficción y la posibilidad de acceder al subalterno. Ambas cuestiones están relacionadas ya que en casi todos los estudios se produce la siguiente combinación: si se habla de ficción se niega la voz del subalterno, por el contrario, si se habla de carencia, se supone la accesibilidad a la voz Otra. En esta línea las posturas fueron desde aquellos que negaban la posibilidad de escuchar al subalterno(Spivak, 1985) a posiciones menos extremistas como cuestionar esta posibilidad debido a la presencia de la mirada del mediador (Neil Larsen), hasta aquellos que para solucionar la disyuntiva introducen el término de intelectual orgánico de la clase subalterna (John Beverly, 1993).

En el ámbito académico estadounidense este debate resultó esencial, un claro ejemplo de cómo se produce esta polémica en el campo de lucha por el saber legítimo es la polémica Rigoberta Menchú-David Stoll ocurrida en 1999. El antropólogo realiza una investigación en las comunidades indígenas del interior de Guatemala y publica Rigoberta and the Story All Poor Guatemalans donde cuestiona la verdad en el relato de la indígena guatemalteca. Otra debate se genera tras el rechazo de la incorporación del texto de Rigoberta Menchú en los programas latinoamericanistas de la Universidad de Stanford. Ambas reacciones ilustran el miedo a que ciertas “verdades” penetren en la sociedad. En la postura opuesta se encuentran críticos “progresistas” como John Beverley quienes encontraron en el testimonio el espacio apropiado para el intelectual: aquel ámbito donde llevar adelante un papel conjunto y creativo con el marginal, en un espacio ideal para que se desarrolle una verdadera solidaridad entre los dos. Sin embargo, la posición de Beverley es cuestionable ya que asigna una posición de privilegio al intelectual mediador y a los críticos que luego estudian, analizan y difunden el testimonio. En esta perspectiva, el marginal sigue siendo la materia prima necesitada de un plus productivo que vendría a ser la mirada del intelectual que posibilita su entrada en el ámbito académico.13

El aspecto positivo de los estudios del testimonio en los círculos académicos de Norteamérica, desde la perspectiva de los Cultural Studies, es que han puesto en cuestionamiento certidumbres y en este sentido han realizado una contribución al análisis del mundo simbólico de los sectores subalternos. Pero dicha contribución entra en crisis cuando se contextualiza en la “metacultura operativa del mundo actual”, es decir, la generalización de la cultura occidental en el contexto de globalización, un medio solapado de afirmar las diferencias y para rearticular los intereses del campo subalterno en la época poscolonial.14 En este sentido, hay que subrayar que el testimonio ha sido entronizado desde dos perspectivas diferentes, aunque esto no signifique cierta movilidad relacionada con los lugares desde donde enuncian los intelectuales, lugares tan móviles en este mundo “globalizado”.15 Mientras se estudian en Latinoamérica, los cuestionamientos no se han centrado tanto en las cuestiones ficcionales (o no), sino que se privilegiaron las miradas respecto de su praxis transformadora. En cambio, los Cultural Studies al debatir si permite acceder (o no) a la voz de los vencidos, centran lo exótico en este ámbito y, aunque es cierto que las luchas latinoamericanas tienen sus raíces hace ya más de cinco siglos y continúan aún hoy, hay que señalar que esta mirada debe ser cuestionada permanentemente porque caemos en el juego de la apropiación cultural promovida desde centros que pugnan por acceder a la otredad a través de un texto y mediante el análisis realizado desde una cómoda oficina obtenida por méritos académicos.

Perspectivas actuales.

Como ya se ha señalado, lo cultural es terreno de conflicto y articulación de conocimientos legítimos y contestatarios. En este sentido, la entronización del testimonio supone un enfrentamiento entre prácticas discursivas occidentales y otras prácticas que aún persisten en el continente. Y de este modo, continúa en el centro de la polémica el concepto de literatura ya que se sigue evaluando con el legado occidental.



Así, la difusión (presión) de los Cultural Studies, como meta-discurso globalizador, a América Latina ha generado respuestas de los críticos que estudian América Latina desde/en esta región, quienes han señalado que el hecho de que se hayan originado desde las universidades anglosajonas revelan “una práctica atávica de la relación saber-poder: para existir hay que ser nombrado, y la prosa en la que se es nombrado siempre es aquella del poder” (Dávalos 2002).16 Del mismo modo, Daniel Mato cuestiona este campo de estudios hecho desde las mismas universidades y reivindica una producción del saber hecha desde la historia y sus actores porque considera necesario construir producciones de verdad y de sentido que delimiten y resistan al poder central de la academia.

A partir de estas consideraciones que proponen una crítica contextuada, se puede observar que aunque la fundación genérica del testimonio nace de la práctica social, es decir, las luchas latinoamericanas, inmediatamente es apropiada por una práctica discursiva letrada que alcanza el estatuto de agenda académica a partir de insertarse en el ámbito universitario a través de investigaciones y corpus de análisis de investigadores prestigiosos (Mónica Walter, Gayatri Spivak, John Beverly, etc.)17Así, aunque no fue desde estas universidades donde se creó el género testimonio sí lo resignificaron al incorporarlo al ámbito académico que permite que el “Otro”exista.

En la actualidad, cuando la globalización pretende mostrar que todos los límites se desdibujan, que todos somos ciudadanos de este mundo global, en Nuestra América se perciben núcleos de discusión que generan movimiento y circulación de propuestas surgidas en esta región. En este sentido, considero oportuno señalar que aunque en el norte se hable de postmodernismo (aludiendo a la ruptura de los centros, y de las versiones hegemónicas) el esquema centro-periferia18 sigue vigente y lo más grave, según advirtiera el cubana Gerardo Mosquera “es propiciar esta desventaja desde el propio contexto cultural latinoamericano.”19



1NOTAS

 Esta ponencia es la continuación de “El testimonio cubano hoy”, trabajo presentado en las I Jornadas de Jóvenes investigadores realizada por la Fundación Ezequiel Martínez Estrada, Bahía Blanca, en noviembre de 2003.

2 Para justificar esta afirmación, me remito a Michel Foucault quien considera que el nombrar instituye, y al instituir se generan mecanismos de producción, circulación, control y delimitación de los discursos. (Foucault, Michel. (1970) El orden del discurso. Bs. As., Tusquets: 1992) Por eso, más allá de que antes de 1970 existieran textos con las características del testimonio (Operación Masacre (1957) de Rodolfo Walsh y A sangre fría (1966) de Truman Capote, entre las más conocidas), es la instauración del Premio Testimonio en Casa de las Américas el hecho que tuvo un papel fundamental en la consolidación del género en Latinoamérica.

3 El testimonio de Elizabeth Burgos, Me llamo Rigoberto Menchú y así me nació la conciencia (1983) fue rechazo de la incorporación en los programas latinoamericanistas de la Universidad de Stanford hasta avanzada la década del noventa.

4 Los Cultural Studies se originan en 1964 en Birmingham, con las ideas fundadoras de Richard Hoggart , Stuart Hall y Raymond Williams. Luego estos estudios son adoptados en EEUU.

5 Considero oportuno tomar la teoría del poder de Foucault porque es fundamental para comprender debate respecto de la construcción del discurso testimonial. Sin embargo, realizo una aplicación de su teoría a otro contexto ya que el pensamiento de Foucault no está en la matriz de los Cultural Studies ni en los pensadores de Nuestra América, y tampoco la discusión en torno del canon es tributaria de su pensamiento.

6 Para Foucault (19711992), la voluntad de verdad es una de las tres formas de exclusión que afectan al discurso. Las otras dos son la palabra prohibida, y la separación de la locura. Sin embargo, es más extenso el desarrollo de la voluntad de saber porque considera que afecta a las otras dos. Foucault, Michel. op.cit.: 17-18.

7 Esta afirmación es relativa porque la situación de los críticos no es la misma en todas las regiones de nuestro continente. Además, el caso de Cuba es particular ya que el testimonio fue erigido como tal por el aparato cultural revolucionario que instaura y financia el premio Casa de las Américas y que funciona como árbitro. En este caso, los críticos aparecieron después.

8 Aunque no comparto todos los postulados del texto, en el trabajo de Carlos Rincón hay datos respecto de la difusión del macondismo en otras regiones. Rincón, Carlos. (1993)Los límites de Macondo.” En Dispositio Vol. XVIII, Nº 44, pp. 1-26.

9 Esta apreciación la comparto con el cubano (escritor y crítico) Ronaldo Menéndez. El señala esta división en “Reflexiones en torno a lo testimonial en los novísimos narradores cubanos”. Extraído de internet, en la página consultada el 19/07/03: http://www.cubaencuentro.com/pdfs/18/18rm215.pdf+cuento+testimonial+cubano&hl=es&ie=UTF-8.

10 El testimonio en Nicaragua tiene similares características.

11 La cita es de Beverley, citado en Rodríguez-Luis, Julio. (1997) El enfoque documental en la narrativa hispanoamericana. Estudio taxonómico. México, Fondo de Cultura Económica: 111-112.

12 En el primer caso se encuentran críticos como Beverley (1993-1995), Sklowdoska (1991) y Smorkaloff (1991), en el segundo, Stoll, D’Souza (1999).

13 Este sería el rol atribuido a intelectuales como Neira Samanez con Huillca, un campesino cuzqueño, Miguel Barnet con Biografía de un cimarrón, Moema Viezzer con Si me permiten hablar... Elizabeth Burgos con Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia.

Esta crítica al rol primordial que se le da al intelectual también la señala Silvia Nagy, pero se le puede cuestionar que su lugar de enunciación es, en cierta medida, el de Beverley: después de todo es una intelectual que trabaja en la Universidad de Nueva York, y la discusión con Beverley se limita al ámbito académico norteamericano, por cuestiones relativas a posiciones académico-políticas, en este caso visiones respecto de la incorporación de lo Otro. De todos modos, Nagy establece rupturas importantes con otros críticos de su país al reconocer que el testimonio es objeto de deseo de las aspiraciones estéticas e ideológicas de las élites progresistas poscoloniales. Nagy, Silvia. ¿Testimonio o ficción? Actitudes académicas, en http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v05/nagy.html



Esta postura del intelectual supone reproducir el esquema de la división internacional del trabajo que “pone a Latinoamérica en el lugar del cuerpo, mientras el Norte es el lugar que la piensa.” Nelly Richard señala acertadamente que “el ideologema del cuerpo (materia física, realidad concreta, vivencia práctica) soporta la fantasía de una América Latina cuya autenticidad radicaría en la fuerza primordial de la experiencia vivida .siguiendo esta línea de oposiciones, la otredad latinoamericana se constituiría como reverso del concepto y de la razón fetichizada por el saber de la academia: un reverso natural que compensaría la frialdad abstractiva y reificante de la teoría del Centro (prisionera de la clausura universitaria), haciendo desbordar sobre ella, imaginariamente, el rebalse vivo de una energía prestada. América Latina sería esa fuente primaria (no mediada) de acción e imaginación, de lucha y resistencia: el afuera radical y primario (radical porque primario) del Latinoamericanismo que abastecería a la intelectualidad metropolitana con su plus de vivencia popular traducible a la lucha solidaria, a compromiso político y denuncia testimonial.” En Richard, Nelly. (1998). “Intersectando Latinoamérica con el latinoamericanismo: discurso académico y crítica cultural”. En Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta. Teorías sin disciplina (latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate.) México, Porrúa: 3.

14Término del cubano Gerardo Mosquera citado en: Hernández, Carmen. (2002) “Más allá dela exotización y la sociologización del arte latinoamericano.”En: Daniel Mato (coord..): Estudios y Otras Prácticas Intelectuales Latinoamericanas en Cultura y Poder. Caracas: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y CEAP, FACES, universidad Central de Venezuela: pp. 170.

15 Por ejemplo, la situación de intelectuales como Yúdice, Mignolo, Francoise Perus,etc.

16 Dávalos, Pablo (2002) “Entre movimientos sociales y la academia: Las prácticas intelectuales en América Latina” (Postfacio). En: Daniel Mato (coord.): Estudios y Otras Prácticas Intelectuales Latinoamericanas en Cultura y Poder. Caracas: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y CEAP, FACES, Universidad Central de Venezuela.

17También los cita Ronaldo Menéndez en su trabajo. En esta enumeración hay un intelectual que evidencia la complejidad que hoy tiene el lugar de enunciación: George Yúdice aunque es equiparado a los otros críticos, trabaja en universidades mexicanas pero la mayoría de sus publicaciones se realizan en revistas o editoriales de EEUU.

18Acuerdo con Nelly Richard cuando considera que los Estudios Culturales se han convertido en un “meta-discurso globalizador avalado por un circuito de garantías metropolitanas que reinstitucionaliza –por conducto académico –varias nuevas formas de dominio internacional.” Del mismo modo, comparto su apreciación de que la postmodernidad ha contribuido a liberar los pliegues discordantes de varios márgenes y periferias, y es también cierto que la reivindicación modernista de una multiplicación de otredades (étnicas, sociales, genérico-sexuales, etc.) ha presionado contra las fronteras de la institución cultural, obligándola a incluir voces hasta ahora subrepresentadas o desvalorizadas por la dominante occidental-metropolitana. Sin embargo, no acuerdo con su análisis respecto de la ubicación de los centros de poder: “esta proliferación de márgenes ha creado múltiples interruptores y discontinuidades en la superficie de representación del poder cultural, que accidentaron (fragmentación, disgregación) la imagen del Centro ya no es concebible como absoluto punto de dominio y control homogéneos,” y agrega que esta fragmentación modificó el esquema binario que oponía centro y periferia como localizaciones fijas y polaridades contrarias, como forma de la ideología contestataria de las teorías del subdesarrollo. En: Richard, Nelly. “Intersectando Latinoamérica con el Latinoamericanismo: discurso académico y critica cultural”. En Teorías sin disciplina (latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate). Edición de Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta. México: Miguel Ángel Porrúa, 1998. Versión electrónica: www.ensayo.rom.uga.edu/critica/teoría/castro/richard.htm

19 Gerardo Mosquera aparece citado en Hernández, Carmen. (2002) “Más allá dela exotización y la sociologización del arte latinoamericano.”En: Daniel Mato (coord..): Estudios y Otras Prácticas Intelectuales Latinoamericanas en Cultura y Poder. Caracas: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y CEAP, FACES, universidad Central de Venezuela.


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