Texto bíblico propuesto para la “Oración del Año 2000”



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Texto bíblico propuesto para la “Oración del Año 2000”


Bendito sea Dios... que nos ha bendecido en Cristo“

(Efesios 1,3-14)

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo,para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor.eligiéndonos de antemano, por pura iniciativa suya, para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos agració en el Hijo amado. En Él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad, según el benévolo designio que en Él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. En Él también hemos sido hechos herederos habiendo sido elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para que fuéramos alabanza de su gloria, nosotros, que ya antes esperábamos en Cristo.

En él también vosotros, después de haber escuchado la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación y de haber creído también en él, habéis recibido el sello del Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria”.



A todos los que organizan la “Oración por la unidad de los cristianos”

Adaptar los textos


Estos textos son propuestos, partiendo del supuesto que, cada vez que sea posible, se procure adaptarlos a la realidad concreta de los distintos lugares y países. De esta manera, deberán ser tenidas en cuenta las prácticas litúrgicas y devociones locales, así como el contexto socio-cultural. Tal adaptación debería normalmente comportar una colaboración ecuménica.

En muchos países se han puesto ya en marcha estructuras ecuménicas que permiten este género de colaboración. Esperamos que la necesidad de adaptar la “Oración” a la realidad local pueda estimular la creación de esas mismas estructuras allí donde todavía no existen.




Utilizar los textos


de la “Oración por la unidad de los cristianos”

Para las Iglesias y las comunidades cristianas que celebran juntas la “Oración” en una sola ceremonia, este folleto propone un modelo de Celebración ecuménica de la Palabra de Dios.

Las Iglesias y Comunidades cristianas pueden igualmente servirse para sus celebraciones de las oraciones o de otros textos de la Celebración ecuménica de la Palabra de Dios, de los textos propuestos para el Octavario y de la selección de oraciones recogidas en el apéndice de este folleto.

Las Iglesias y Comunidades cristianas que celebran la “Oración por la unidad de los cristianos” cada día de la semana, pueden encontrar sugerencias en los textos propuestos para el Octavario.

Si se desean realizar estudios bíblicos sobre el tema, se pueden igualmente tomar como referencia los textos y las reflexiones bíblicas propuestos para el Octavario. Los comentarios de cada uno de los días pueden terminar con una plegaria de intercesión.

Para las personas que deseen orar en privado, los textos contenidos en este folleto pueden alimentar sus oraciones y recordarles también que ellas están en comunión con todos aquellos que, a través del mundo, rezan por una mayor unidad visible de la Iglesia de Cristo.



Buscar la unidad durante todo el año

Tradicionalmente, la “Oración por la unidad de los cristianos” continúa siendo ampliamente celebrada en todo el hemisferio norte del 18 al 25 de enero. Sin embargo, en diferentes países un número creciente de cristianos utilizan el folleto en privado durante el mes de enero y se vuelven a encontrar para importantes celebraciones en los días que preceden a Pentecostés, en una época en que el clima es más favorable.

En el hemisferio sur, en que el mes de enero cae dentro de las vacaciones de verano, se prefiere adoptar igualmente una fecha en torno a Pentecostés, o bien uno o dos meses más tarde.

No obstante, la búsqueda de la unidad de los cristianos no se limita a una semana al año. Les animamos, pues, a encontrar otras ocasiones a lo largo del año, para expresar el grado de comunión que han alcanzado ya las Iglesias y para orar juntos, con vistas a llegar a la plena unidad querida por Cristo.




Preparación de la “Oración por la unidad de los cristianos del año 2000”


Los textos de la “Oración por la unidad de los cristianos 2000” han sido preparados por un grupo internacional nombrado por la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de Iglesias y el Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. Este grupo compuesto por trece personas se reunió en el santuario franciscano de “La Verna” (Italia central) en el mes de octubre de 1998. Fue huésped de la Diócesis de Arezzo y de la Asociación “Rondine - Ciudadela de la paz” a quienes fue confiada la organización concreta de la reunión. Los participantes en la reunión desean expresar su profunda gratitud a estos dos organismos por su calurosa acogida y su preciosa colaboración.

El proyecto del texto de este año ha sido preparado por un grupo ecuménico local compuesto por miembros de cuatro “familias” de Iglesias pertenecientes al Consejo de Iglesias del Medio Oriente: ortodoxos, orientales ortodoxos, católicos y reformados. El Arzobispo Paul Matar, Presidente de la Comisión ecuménica de la Asamblea de Patriarcas y de Obispos católicos del Líbano, ha coordinado personalmente el trabajo de este grupo ecuménico local.





Introducción para el año 2000

Bendito sea Dios... que nos ha bendecido en Cristo”



(Efesios 1, 3)

Son muchos los que piensan que el 2000 es un año especial, y no sencillamente otro año que pasa, igual en todo a los años ya pasados. Los cristianos proclamamos su importancia particular debida únicamente al hecho que ha dado el sentido verdadero al resto de la historia humana. Con estupor y en alabanza contemplamos el misterio de la encarnación, la llegada en la carne humana, igual a la nuestra, de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo. Los cristianos celebramos juntos este año de gracia, de varios modos, según las tradiciones propias. Algunos de nosotros consideran el 2000 como un año jubilar, durante el cual serán perdonados los pecados; un tiempo también de peregrinaciones, que pueden comportar signos de arrepentimiento y de renovación interior. Fijándonos en los dos mil años pasados de la historia cristiana, surge en nosotros la alegría por los dones de gracia que hemos recibido de Dios, pero también sentimos arrepentimiento por nuestra respuesta a estos dones, ya que a menudo ella ha quedado marcada por la debilidad y el pecado. Aguardamos la llegada del nuevo milenio con la esperanza de ser más abiertos al Espíritu y más fieles a Cristo, para que todos los pueblos puedan conocer y alabar su santo nombre.

En el 2000 deberíamos rezar con particular fervor por la unidad de los cristianos. Los textos propuestos quieren ayudarnos a hacerlo. Los dos milenios de historia cristiana ya pasados han visto el subseguirse, entre los seguidores de Cristo, de desacuerdos profundos y perdurables, cuyas consecuencias también se constatan hoy. El Evangelio ha sido difundido hasta los extremos confines de la tierra, pero ha sido proclamado a veces con un lenguaje no exento de contrastes y de conflictos. El último siglo, sin embargo, se ha distinguido por la búsqueda de la unidad entre los cristianos, y el compromiso ecuménico de las Iglesias ha empezado a dar frutos, difíciles de imaginar en el pasado. No nos consideramos más ni enemigos ni extraños sino hermanos y hermanas en Cristo, compañeros en el peregrinaje que nos conduce al Reino de Dios.

Los textos de la Oración por la unidad de los cristianos del año 2000 han sido preparados inicialmente por un grupo del Medio Oriente, constituido con este objetivo. El mismo quedó compuesto por representantes de cuatro familias de Iglesias, pertenecientes al “Consejo de las Iglesias del Medio Oriente”, es decir: ortodoxos, ortodoxos orientales, católicos y protestantes. Conscientes de provenir de una región en la cual Cristo ha nacido y ha desarrollado su ministerio, y sin olvidar que en el año 2000 los cristianos acentuarán, sobre todo en las celebraciones, la encarnación de Cristo, los representantes del grupo han querido estructurar su proyecto sobre la base del himno con el que comienza la Carta a los Efesios (1,3-14), que habla del maravilloso plan divino de salvación, centrado en Jesús. El himno nos invita a glorificar a Dios. Está intercalado por expresiones de agradecimiento y alabanza, que bendicen a Dios por los muchos modos en los que Él nos ha bendecido en Cristo; nos enseña a glorificar a la Santísima Trinidad por el misterio de la salvación con el que hemos sido beneficiados, y del que estamos llamados a participar, puesto que incluye a todos los hombres y mujeres.

El fundamento de todas las bendiciones que hemos recibido es el don de la fe, que nos ha revelado el misterio de la voluntad de Dios, su designio de reunir en la plenitud de los tiempos a todas las cosas en Cristo (versículos 9-10). También hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales (versículo 3). En particular, hemos sido elegidos en Cristo, antes de la creación del mundo, para ser santos (versículo 4); hemos sido predestinados a ser hijos adoptivos de Dios (versículo 5); hemos sido redimidos por la sangre de Cristo y hemos recibido el perdón de nuestros pecados (versículo 7); estamos entre los que pueden poner su esperanza en Cristo y deberíamos vivir para alabanza de su gloria (versículo 12). El himno nos anima repetidamente a reflexionar sobre el hecho de que nuestra vida cristiana deriva del designio misericordioso de Dios, de su elección de amor, de modo que todo debería ser para alabanza de su gloria. Todos los cristianos somos beneficiados con estas bendiciones. Tenemos mucho en común y deberíamos ser, por ello, un incentivo para resolver todo aquello que todavía nos divide.

El himno de la Carta a los Efesios es proclamado en la celebración ecuménica de oración, propuesta en este subsidio, y en él se basan también los ocho días de la Semana. El himno nos invita a reflexionar sobre el punto central de nuestra fe: sobre todo lo que compartimos, a pesar de nuestras divisiones. Día tras día crece, en la oración, nuestra conciencia de las bendiciones que compartimos con nuestros hermanos y hermanas cristianos y, en particular, la conciencia de lo que el movimiento ecuménico nos ha hecho redescubrir. Así pues, damos gracias juntos por todo esto. Contemplando las misericordiosas bendiciones de Dios, los cristianos tenemos mucho de qué arrepentirnos. Nuestra respuesta ha sido tibia e incierta. Nos hemos complacido en nuestras divisiones y nos hemos sentido orgullosos de ellas. Incluso habiendo redescubierto lo que tenemos en común, hemos titubeado en reconocer las implicaciones que esto comporta y en hacer juntos lo que es posible realizar juntos. Al mismo tiempo, nos fijamos en el futuro con esperanza, porque la conversión es posible. El Espíritu de Dios, que hemos recibido con el sello del bautismo, actúa entre nosotros, y contribuirá a realizar en plenitud el designio glorioso de Dios. A pesar de las divisiones de las que somos conscientes, Dios no ha abandonado a su pueblo ni ha renunciado a su plan. Sabemos por experiencia que nuestros pecados son perdonados y una vez más osamos pedir a Dios en la oración que sea hecha su voluntad. Deberíamos preparar el tercer milenio con la esperanza de que las divisiones entre los cristianos serán superadas y el Evangelio de la Verdad será proclamado con mayor fidelidad, al vivirlo juntos.

“Bendito sea Dios... que nos ha bendecido en Cristo”.



Introducción a la Celebración ecuménica de la oracion

La celebración ecuménica quiere ser un reflejo del tema elegido para la Semana de oración por la unidad de los cristianos, del año 2000: “Bendito sea Dios... que nos ha bendecido en Cristo”. Quiere poner el acento en algunos aspectos de este versículo de la Carta a los Efesios: la alabanza y la acción de gracias por las bendiciones que Dios ha derramado sobre nosotros. Quiere subrayar también nuestra respuesta, para que confesemos juntos nuestros defectos en la obra por la unidad y nos empeñemos en difundir en el mundo la luz de Dios.

Los textos principales de la celebración se basan en las versículos 3-14 del primer capítulo de la Carta a los Efesios, y su estructura fue propuesta por el grupo ecuménico del Medio Oriente, que ha preparado el proyecto base. La idea desarrollada en la quinta parte de la celebración, relativa a la luz que desde el altar se difunde entre los fieles, y que ellos llevan al mundo, se inspira en la celebración oriental de la Pascua.

Las cinco partes en las que se divide la celebración no deben ser consideradas aisladamente, sino como momentos de un único conjunto.

La liturgia comienza con la procesión de los concelebrantes principales que llevan los símbolos alrededor de los cuales se estructura la celebración: la cruz, símbolo de Cristo, único fundamento de la Iglesia y manantial de nuestra salvación; la Biblia, es decir su Palabra; un gran cirio, para representar la luz que Cristo ha traído al mundo. Contrariamente al esquema que se propone en general para este tipo de celebración, ésta inicia con la confesión de la fe, por la que afirmamos la base común de la unidad que Dios nos ha dado. La doxología que sigue a dicha confesión, retoma el tema de la Semana y responde al mismo con la alabanza a la Trinidad.

En la segunda parte, reflexionando sobre los temas del himno de la Carta a los Efesios, se profundiza en el arrepentimiento y en el perdón de Dios.

La tercera parte (Liturgia de la Palabra) está centrada en este mismo himno, que también ha de inspirar el sermón u homilía.

Las intercesiones de la cuarta parte, basadas en la Liturgia de la Palabra, ofrecen ideas para la oración por las personas individuales, por la Iglesia y por el mundo en el nuevo milenio, teniendo presente particularmente la obra por la unidad entre las Iglesias.

Durante la quinta y última parte de la celebración, recitamos la Oración del Señor, conscientes de ser todos hijos de Dios. La celebración concluye con el intercambio de una vela encendida entre los que han rezado juntos, como signo del empeño común de vivir en paz unos con otros. Finalmente, juntos, somos enviados al mundo, para llevar a todos la luz de Cristo que nos ha iluminado en el aniversario que celebramos, a dos mil años de su llegada. Como signo tangible de nuestra solidaridad por los otros y del compartir nuestras riquezas, se podría efectuar una colecta a la salida de la Iglesia o en otro momento de la celebración, explicando la finalidad a la que se destina.


Desarrollo de la celebración ecumenica


Bendito sea Dios... que nos ha bendecido en Cristo”

(Efesios 1,3)

C = Celebrante

T = Todos

(A la entrada de la iglesia se distribuyen velas)

I. Introducción

Bienvenida de los participantes


(Un representante de la comunidad en la que se realiza la celebración da la bienvenida a los participantes e introduce brevemente la liturgia).

Entrada


(El celebrante y todos los que participarán activamente en la celebración ecuménica entran en procesión, llevando una cruz, una Biblia y un cirio, que colocan directamente sobre el altar (o mesa de la comunión) o junto al mismo. La procesión podrá ser acompañada por un fondo musical apto para la circunstancia).

Credo


(Rezo o canto del Credo, o una declaración solemne de fe, según los usos locales).

Doxología


T: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo.

IºC: Santa y bendita Trinidad, único Dios, ¡gloria a Ti!

Oh Padre del universo, nos has hecho conocer tu Palabra, enseñándonos tu amor y donándote a ti mismo para siempre.



T: Amén. Te adoramos, Señor.

IIºC: Santa y bendita Trinidad, único Dios, ¡gloria a Ti!

Hijo eterno del Padre, en tu amor por nosotros has querido compartir nuestra vida y vivir nuestra muerte.



T: Amén. Te adoramos, Señor.

IIIºC: Santa y bendita Trinidad, único Dios, ¡gloria a Ti!

Espíritu Santo que has preparado y llevado a cabo nuestra destino divino de incontaminado amor.



T: Amén. Te adoramos, Señor.

IVºC: Alabanza, gloria y acción de gracias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en todo tiempo y lugar, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos.

T: Amén.

Oración


C: Señor Dios, estamos reunidos aquí, nosotros que pertenecemos a distintas Iglesias, para escucharte, suplicarte y alabarte juntos. Te pedimos que fortalezcas nuestro deseo de unidad, para que el mundo crea.

T: Amén.

Canto de alabanza


(Se elija un canto que ensalce nuestra vida nueva en Cristo y que, preferiblemente, pertenezca a la tradición de las Iglesias ortodoxas o las Antiguas Iglesias de Oriente).

II. Liturgia penitencial


IºC: Señor Dios, tú nos has elegido para ser santos e inmaculados en tu presencia.

IIºC: Confesamos, sin embargo, que vivimos de un modo que, en verdad, no es el de tus discípulos. Buscamos nuestros intereses. Escuchamos más otras voces que tu Palabra. (Se podrían citar ejemplos del contexto local).

T: Señor, estamos ante ti con nuestros pecados y nuestros defectos.

IºC: Tú nos has elegido de antemano para ser hijos adoptivos por medio de Jesucristo.

IIºC: Sin embargo, reconocemos que es difícil para nosotros aceptarnos como hermanas y hermanos. Rechazamos todo intercambio de amor y respeto. Edificamos muros de división y levantamos barreras. Con las palabras y con los actos negamos que, sin distinción, has hecho de todos nosotros tus hijos, más allá de nuestras diferencias. No somos capaces de celebrar juntos ni tu cena ni el día de tu resurrección.

(Se podrían citar ejemplos del contexto locales).

T: Señor, estamos ante ti con nuestros pecados y nuestros defectos.

IºC: Señor, nos has prodigado la riqueza de tu gracia y nos has hecho conocer el Misterio de tu voluntad: hacer que todas las cosas tengan a Cristo por Cabeza, las del cielo y las de la tierra.

IIºC: Confesamos, sin embargo, haber perdido de vista la riqueza y la finalidad de tu gracia, y haber olvidado la inmensidad de tu reconciliación. Olvidamos que tú eres la esperanza del mundo. Somos cómplices de las divisiones y de los odios que denigran al género humano, separando pueblos y culturas, y creando conflictos entre ellos.

(Se podrían citar ejemplos del contexto local).

T: Señor, estamos ante ti con nuestros pecados y nuestros defectos.

IºC: Señor, nos has dado tu Palabra de verdad y el don de tu Santo Espíritu.

IIºC: Confesamos, sin embargo, haber dejado poco espacio en nuestro interior y entre nosotros para tu Palabra y tu Espíritu. Intentamos sacar agua de nuestros manantiales, pero se han secado. Nos cerramos a lo que tú querrías para cambiarnos y renovarnos. Con nuestra autosuficiencia, nuestra indiferencia, nuestra pereza, sofocamos a tu Espíritu.

(Se podrían citar ejemplos del contexto local).

T: Señor, estamos ante ti con nuestros pecados y nuestros defectos; danos tu misericordia y tu gracia.

C: En la sangre de Cristo hemos sido redimidos y hemos conseguido el perdón de nuestros pecados.

T: Damos gracias a Dios. Amén.

Canto


(Gloria o Trisagion, u otro canto análogo de alabanza).

III. Liturgia de la Palabra


Lectura de la Carta a los Efesios 1,3-14.

(A esta lectura se podrían añadir uno o dos pasajes tomados del Antiguo Testamento o de los Evangelios, elegidos de entre los propuestos para cada día de la SEMANA. La homilía, sin embargo, debería tener como argumentos los versículos 3-14 del primer capítulo de la Carta a los Efesios).

Respuesta: Aleluya (cantado)

Sermón u homilía

Canto


IV. Intercesiones

IºC: Roguemos por nosotros, que estamos reunidos en este lugar.

Breve pausa de silencio


IIºC: Señor Dios, ayúdanos a cumplir tu voluntad para que podamos ser santos en tu presencia. Abre nuestros ojos para que veamos lo que somos: tus discípulos. Que podamos abrirnos a la escucha de tu Palabra. Ayúdanos a amarte por encima de todo y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Que podamos vivir juntos, en paz, para alabanza de tu gloria.

T: Kyrie eleison.

Iº C: Roguemos por las Iglesias.

Breve pausa de silencio.


IIºC: Señor Dios, ayúdanos a cumplir tu voluntad, para que los que pertenecemos a ti, seamos uno. Abre nuestros ojos para que nos aceptemos, los unos a los otros, como hermanos y hermanas. Que podamos abrir nuestros brazos a quienes son diferentes. Ayúdanos a ver la obra de tu Espíritu en las otras Iglesias y aumenta en nosotros la voluntad de trabajar juntos por la unidad, a fin de que el mundo pueda creer, para alabanza de tu gloria.

T: Kyrie eleison.

IºC: Roguemos por el mundo.

Breve pausa de silencio.


IIºC: Señor Dios, ayúdanos a cumplir tu voluntad, para que podamos reunir todas las cosas en Cristo. Abre nuestros ojos para que vean la riqueza de tu gracia; abre nuestros labios para que proclamen que la esperanza del mundo descansa en ti. Ayúdanos a edificar un mundo en el que los pueblos de distintas religiones y culturas puedan vivir juntos en paz, un mundo justo en el que ricos y pobres compartan sus bienes. Ayúdanos a usar de modo responsable los dones de tu creación, para alabanza de tu gloria.

T: Kyrie eleison.

IºC: Roguemos por el nuevo milenio.

Breve pausa de silencio.


IIºC: Señor Dios, ayúdanos a cumplir tu voluntad, para que sepamos poner nuestra esperanza en Cristo. Abre nuestros ojos, para que vean que tú nos has dado tu Santo Espíritu para renovarnos y para que nos acerquemos con confianza al futuro que nos has prometido. Ayúdanos a vivir en tu Espíritu, dispuestos a acoger las sorpresas que nos prepara. Que podamos quedar renovados, con nuestras Iglesias y con el mundo, a lo largo del camino que conduce a tu Reino, para alabanza de tu gloria.

T: Kyrie eleison.

V. Despedida

Padre Nuestro

Intercambio de un signo de paz

Propagación de la luz


C: Jesús nos dice: “Vosotros sois la luz del mundo. Resplandezca vuestra luz delante de los hombres, para que ellos vean vuestras obras buenas y den gloria al Padre suyo que está en los cielos” (Mt 5,14.16). La luz de la nueva creación, que ha resplandecido en Cristo, quiere envolvernos como llama ardiente y, por medio nuestro, difundir sus rayos en el mundo. Y para manifestar que Dios ha derramado sobre nosotros la plenitud de sus bendiciones y que nos confía la tarea de llevar su luz al mundo, encendamos ahora las velas y llevémoslas luego con nosotros, a nuestra vida de cada día.

(Como signo de querer compartir nuestras riquezas, a la salida de la iglesia se podrá organizar una colecta que será destinada a...).

(Un celebrante enciende una de las velas del candelabro puesto sobre el altar - o en proximidad del mismo - y con ella enciende las velas de los que están más cerca, para que éstos, a su vez, transmitan la llama recibida. Cuando ardan todas las velas, los que participan en la celebración se ponen de pie).

Bendición


C: Señor Dios, tú nos has dado la luz de tu vida y de tu amor:

ilumínanos en nuestro camino,

haznos arder con valentía y esperanza,

inspira nuestros pensamientos y nuestras acciones.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo,

el amor de Dios

y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

T: Amén.

Procesión final hacia la salida de la iglesia

(Los celebrantes se disponen a salir en procesión, llevando la cruz, la Biblia y el cirio que han llevado al altar al principio de la celebración. Detrás de ellos sigue la asamblea. La procesión puede ser acompañada con un canto o un fondo musical que aluda al tema de la luz).



Lecturas bíblicas, comentarios y oraciones para cada día de la Semana

Primer día Bendito sea Dios, que nos ha bendecido en Cristo (Ef 1,3)

Números 6, 22-27 Vosotros bendeciréis así a los Israelitas

Salmo 103 [102], 1-5.20-22 Bendice al Señor, alma mía

1 Corintios 1, 4-9 Doy gracias continuamente a Dios por vosotros

Lucas 1, 67-79 Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo

Comentario


Quiénes somos nosotros para alabar a Dios? Nuestras palabras a menudo son superficiales y no las usamos para construir puentes, sino para levantar barreras!

Sin embargo, cuando Dios nos bendice, ¡cómo es eficaz su bendición! ¡Qué verdad y qué fuerza surgen de ella! Amor ilimitado que no espera nada en cambio! En efecto, la bendición más grande de Dios para nosotros es Cristo: el Verbo, que existe “desde el principio”, palabra poderosa de bendición derramada sobre los seres humanos. Es la palabra que no vuelve al Padre “vacía de sentido”. Es una bendición que nos hace acceder a la vida divina, que nos hace recobrar la imagen divina, y nos enriquece “con la palabra y con la ciencia”.

Así las palabras en nuestros labios quedarán nuevamente llenas de Espíritu Santo, serán palabras de bendición, no vacías de sentido, sino llenas de riqueza. Todos los cristianos hemos recibido esta bendición en Jesucristo. Con Zacarías podemos bendecir a Dios por su obra de salvación. Con Pablo damos gracias por todos los caminos que conducen hacia la unidad, y que nuestras Iglesias recorren a la espera de la llegada del Señor. Con el salmista podemos difundir con fuerza la alabanza a Dios, con la esperanza de reunir a todas los pueblos.

Cuando bendecimos a Dios, nuestra bendición puede extenderse a todos los que Dios quiere bendecir, y nuestra oración puede pedirle que vuelva su rostro sobre ellos y les dé la paz.

Al principio de cada año, es una costumbre muy extendida el intercambiarse los saludos entre amigos y parientes. Qué bendición podríamos ofrecer para el tercer milenio, para que sea más que un augurio de “feliz año nuevo” a todos los que Dios ama? Contestar a esta pregunta también nos predispondría a entrar en este tiempo nuevo y a vivirlo para alabanza de la gloria del Padre.

Oración


Bendito eres tú, nuestro Dios y Padre, que has mandado a Jesucristo para que surja en nuestra noche como la aurora de la paz, como el sol que las tinieblas no pueden ocultar!

Haz que tu luz resplandezca sobre nosotros y tu reconciliación nos conduzca al camino de tu amor. Que tu bendición nos haga participar cada vez más en el Misterio de tu alianza y nos ayude a seguir a tu Hijo, imagen perfecta de nuestra humanidad. Haz que tu bendición nos dé la fuerza de trabajar por la unidad, según tus proyectos.

Haz que nuestras palabras sean eficaces, que ellas sirvan fielmente a tu voluntad y glorifiquen tu nombre, con el Hijo y el Espíritu Santo, ahora y siempre. Amén.



Segundo día Dios nos ha elegido en Cristo para ser santos e inmaculados (Ef 1,4)

Isaías 49, 1-7 Por amor del Señor que es fiel, por el Santo de Israel que te ha elegido

Salmo 33[32], 12-22 Confío en tu santo nombre

1 Pedro 2, 9-10 Vosotros sois el pueblo que Dios se ha adquirido

Juan 17, 15-19 Por ellos me consagro

Comentario


En todo tiempo Dios llama a la humanidad a aceptar la alegría de su eterna presencia, en comunión de vida y de amor. Esto es lo que Dios quiere para la humanidad, Él que sólo es Santo. Su amor es puesto en nosotros así como nosotros ponemos en Él nuestra fe, nuestra confianza y nuestra esperanza.

Aunque la comunión en el amor divino se realizará plenamente sólo al final de los tiempos, ya desde ahora alabamos a nuestro Dios y Padre, porque Él ha inaugurado esa comunión en este tiempo que nos pertenece.

Todos los pueblos han sido elegidos en Cristo por medio de su amor. Así ha sido en el pasado, lo es hoy, y lo será en el futuro. Dios les quiere ofrecer la comunión de su amor ya en este mundo, y por ello llama continuamente a la santidad a todos los hombres y a todas las mujeres que ya ha “elegido” en Cristo.

Tal llamada ha sido dirigida en un primer momento a Israel. Hizo nacer y crecer a un pueblo, para que recibiera fuerza y santidad de su Dios y Señor. Él se ha vuelto “luz de las naciones” para que la salvación pueda extenderse “hasta los extremos confines de la tierra”.

Los cristianos profesamos que Jesús es “Cristo” - nacido de María, muerto y resucitado -, el Mesías enviado por el Padre, en quien todas las naciones han sido llamadas, la única fuente de unidad y santidad. En este tiempo de nueva y eterna alianza, los cristianos constituimos la asamblea de los pecadores santificados por la sangre de Cristo, el pueblo que Dios se ha adquirido para proclamar su alabanza.

Bendigamos junto al Padre que nos ha elegido. Demos gracias a Cristo, que ha llevado a cumplimiento el designio del Padre: darse a sí mismo para construir nuestra unidad y para que nosotros seamos santificados.

Con un solo corazón alabemos a Dios en la comunión del Espíritu y supliquémosle que haga crecer la comunión que ya existe entre nosotros, para que seamos en este mundo un signo del don extraordinario que ha sido prometido.

Oración


Señor, te alabamos con un solo corazón, porque has querido que tu Verbo se hiciera carne en el seno de la Virgen María y que en Él - primogénito de toda la creación, el primero que ha resucitado de entre los muertos y el primero de una multitud de hermanos y hermanas -, todos nosotros fuéramos salvados y llamados a compartir tu gloria, en comunión de vida y de amor.

Haz que nos amemos los unos a los otros con aquel amor que nos une eternamente a ti.

Nuestra santidad podrá acelerar así nuestra unidad en Cristo, que reina contigo y con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.



Tercer día Él nos ha elegido para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (Ef 1, 5-6)

Génesis 17, 6-8 De ti haré naciones

Salmo 89[88], 1-4 Estableceré para siempre tu descendencia

Romanos 8, 15-17 Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos

Mateo 12, 46-50 El que hace la voluntad de mi Padre... es para mí hermano,

hermana y madre


Comentario


¡Bendito sea Dios que nos cuenta entre los descendientes de Abraham y nos ha destinado a ser hijos adoptivos en Jesucristo!

Todos nosotros, cristianos, recibimos el espíritu de adopción en el bautismo en Jesucristo. Dicha elección como hijos de un mismo Padre nos transforma en coherederos con Cristo, nuestro hermano. Por el Hijo y el Espíritu Santo, Dios ha revelado su plan de salvación: compartir su herencia divina con todas las naciones del mundo, para que también ellas puedan llegar a ser miembros del mismo cuerpo, para gloria de Dios.

Hoy más que nunca, los cristianos necesitamos reconocernos como hermanos y hermanas en Cristo, e invocar juntos: “Abba, Padre”. Jesús nos recuerda quién es su hermano, hermana y madre. Son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica, los que hacen la voluntad del Padre.

En la Carta a los Romanos Pablo nos recuerda que si somos hijos también somos herederos de Dios y coherederos con Cristo, si sufrimos con Él para ser glorificados con Él. En un mundo de divisiones y conflictos, somos partícipes de los sufrimientos de Cristo que, en acto de obediencia, ha ofrecido la vida por la salvación del mundo. Al realizar la ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS al principio del tercer milenio, reconocemos nuestro pecado de división, que separa a la familia de Dios. Roguemos para que el Espíritu de Dios nos una, para dar así testimonio de la libertad que caracteriza a los hijos de Dios, que pertenecen a la única Iglesia de Cristo, “para alabanza de la gloria de Dios”.


Oración


Señor, Dios de Abraham y Padre de Jesucristo, te alabamos por habernos elegido en Cristo para ser tus hijos adoptivos.

Haznos capaces de asumir en modo más responsable nuestra libertad de hijos e hijas que te pertenecen, tratando de vivir como una sola familia.

Refuerza en nosotros la determinación a no poner límites en nuestro compromiso por remover los obstáculos en el camino hacia la unidad de los cristianos.

Envía tu Espíritu a curar nuestras divisiones y a invocar, junto a nuestro espíritu humano: “Abba, Padre”, para gloria de tu nombre, por los siglos de los siglos. Amén.





Cuarto día Por Él hemos recibido la remisión de los pecados (Ef 1,7-8)

Isaías 43, 22-25 Yo borraré tus crímenes

Salmo 103[102], 8-14 Él aleja de nosotros nuestras culpas

Hebreos 10, 12-14 Cristo ha ofrecido un sólo sacrificio por los pecados, una vez

para siempre



Mateo 6, 9-15 Si vosotros perdonarais a los hombres sus culpas, vuestro Padrecelestial os perdonará también a vosotros

Comentario


En el Antiguo Testamento se lee que Dios “aleja de nosotros nuestras culpas”: Él no quiere holocaustos de su pueblo, y dice: “por respeto a mí ya no recuerdo tus pecados…”

El perdón de nuestros pecados de parte de Dios es una de las “bendiciones en Cristo” del himno de alabanza con el que empieza la Carta a los Efesios. En la misma carta leemos también que el perdón de nuestros pecados y la redención tienen un precio: la muerte del Hijo único, Jesucristo. El perdón de Dios es incondicional. Al mismo tiempo, lo que enseña Jesús sobre la oración nos enseña claramente que nuestro Padre celestial espera que nosotros perdonemos a los otros como Él nos perdona.

No merecemos el don de Dios en su magnificencia y generosidad, pero seríamos muy ingratos si no nos libráramos del peso muerto de nuestro pecado, si no aceptáramos humildemente su perdón y no diéramos gracias a Él que nos ha perdonado. Perdón, alegría y acción de gracias se aplican también a las Iglesias, cuando ellas reconocen los errores cometidos en el pasado respecto a otras comunidades cristianas; las excomuniones deben ser quitadas y las memorias, cargadas de dolor, han de ser purificadas. ¡Este tiempo de reconciliación puede engendrar un espíritu de fraternidad y de amor cristiano!

Reconfortados e inspirados por esta comunión humana, y reconociendo el gran amor de Dios para con nosotros y la salvación que nos es dada en Cristo, cada persona y cada Iglesia pueden dedicarse con mayor diligencia a obedecer a los dos grandes mandamientos: amar a Dios y amar “al otro”, próximo o extranjero. Así, nuestra vida cristiana será un testimonio de la bondad de Dios, y Él será glorificado.


Oración


Padre que estás en el cielo, sabemos de no haber estado a la altura - ni singularmente ni como comunidades cristianas - de la esperanza que pusiste en nosotros. Hemos sido orgullosos y arrogantes, reacios a admitir que no poseemos toda la verdad.

Te pedimos perdón por estos pecados. Haz que, a la vez, podamos perdonar los pecados cometidos contra nosotros mismos, en cuanto personas individuales o comunidades, y que la acción de gracias que te dirigimos por el perdón de nuestros pecados suscite en nosotros la rápida conversión a tu verdad y a tu amor, para fortificarnos en nuestra búsqueda de la unidad a través del perdón recíproco y de la reconciliación de las comunidades cristianas.

Bendecimos tu santo nombre ahora y por siempre. Amén.



Quinto día Nos ha hecho conocer el Misterio de su voluntad, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza (Ef 1,9-10)

Proverbios 8, 22-31 El Señor ha creado la Sabiduría

Salmo 117[116] ¡Alabad al Señor, pueblos todos!

Colosenses 1, 15-20 En Él, Dios ha reconciliado consigo todas las cosas

Lucas 10, 21-24 Ha ocultado estas cosas a los eruditos y a los sabiosy las ha revelado a los pequeños

Comentario


Bendito sea Dios, que nos ha bendecido en Cristo, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad, el plan que había proyectado realizar cuando llegase la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza.

La sabiduría de Dios, que ya obraba en la creación como un gran “arquitecto”, ha sido ocultada a los eruditos y a los sabios, e incluso a “muchos profetas y reyes que desearon ver” lo que vieron los discípulos de Cristo. Sin embargo, el plan de Dios de reconciliar consigo todas las cosas por medio de Cristo, las del cielo y las de la tierra, ha sido revelado ahora a los pequeños. En el tiempo apostólico, y por medio del Espíritu, el misterio de Cristo ha sido revelado con intuiciones nuevas: todos los pueblos son llamados a participar en la misma herencia, a formar el mismo cuerpo y a ser partícipes de la promesa en Cristo Jesús a través del Evangelio (cf. Ef 3,5-6). Por eso podemos proclamar con el salmista: “alabad al Señor, todos los pueblos”.

Al alba del tercer milenio, demos gracias porque se nos ha revelado el Misterio de la voluntad de Dios: recapitular en Cristo todas las cosas en la plenitud de los tiempos. Demos gracias por el modo según el cual los cristianos y las Iglesias han crecido juntos, han actuado juntos y han encontrado la unidad recíproca, siguiendo lo que les inspiraba el movimiento ecuménico.

Como hermanos cristianos, pertenecientes a distintas tradiciones, de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, demos gracias por los signos visibles y las experiencias de reconciliación que podemos constatar entre nosotros. Demos gracias también porque nuestra reconciliación visible da a un mundo en conflicto un signo y una anticipación de la reconciliación que Dios puede suscitar entre todos, más allá de las barreras lingüísticas, culturales, étnicas, de las diferencias de sexo, edad, estado social, clase, poder, riqueza, tradición y denominación.

Tengamos firme la esperanza de que, en el Tercer milenio, por la potencia del Espíritu Santo, las Iglesias y las Comunidades eclesiales, como también todas las naciones, experimentarán de modo nuevo y más profundo la reconciliación y la paz en la justicia, “para alabanza de la gloria de Dios”.

Oración


Señor, tú eres nuestra Luz: te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por tus grandes obras. Te alabamos por la obra de la creación, por este mundo con toda su belleza y complejidad, por sus pueblos en su diversidad. Te alabamos por tu obra de salvación, por habernos dado a Jesucristo, que reúne todas las cosas en Él, para hacerlas reconciliar contigo, para tu inmensa gloria, que no tiene fin.

Concede a nosotros y a todas las Iglesias, comunidades y naciones tu don de reconciliación y de unidad.

Llena nuestros corazones de tu alabanza, Dios maravilloso.

A ti la gloria por siempre. Amén.





Sexto día Hemos sido elegidos de antemano, nosotros, que ya antes esperábamos en Cristo, para ser alabanza de su gloria (Ef 1,11-12)

Isaías 61, 1-3 El feliz anuncio a los pobres

Salmo 40[39], 1-5 He esperado, he esperado

en el Señor



Romanos 5, 1-5 La esperanza no defrauda

Mateo 15, 21-28 En verdad, grande es tu fe

Comentario


“Bendito sea Dios, que nos ha bendecido en Cristo”, dándonos la responsabilidad de ser los “primeros en haber esperado en Cristo, para ser la alabanza de su gloria”.

Los que creen en Dios, escuchan su promesa y creen en ella, es decir en el Espíritu de Dios, que está sobre su Siervo, enviado a llevar el feliz anuncio a los oprimidos y a entregarles un canto de alabanza en lugar de un corazón triste. “Nosotros esperamos, esperamos en el Señor”, que presta atención a nuestro grito. A través de Cristo, “nos jactamos en la esperanza de la gloria de Dios”, y “nos jactamos también en las tribulaciones” que, en la paciencia, nos hacen acceder a una “esperanza que no defrauda”. Con la mujer cananea de Tiro y Sidón, que los cristianos del Medio Oriente consideran como su antepasada, nosotros también seguimos esperando cada vez que nuestra fe es puesta a prueba. Nuestro Dios dirá entonces: “De veras tu fe es grande. Te suceda según lo has deseado”.

En la fe en Dios y con nuestro compromiso ecuménico, los cristianos seguimos esperando que el Señor suscite nuestra reconciliación como cristianos y como Iglesias, a pesar de todo lo que todavía nos divide. Que el Espíritu Santo, al alba del tercer milenio, nos anime a esperar el cumplimiento de la voluntad de Dios, más allá de las diferencias. Sigamos esperando que también a nosotros se nos dé “un canto de alabanza en lugar de un corazón triste”, y que cuando nuestra fe sea puesta a prueba, también nosotros podamos jactarnos, hasta de nuestras tribulaciones, con la certeza de que ellas renovarán nuestra esperanza, “para alabanza de la gloria de Dios”.

Oración


Señor, tú eres el manantial de nuestra esperanza,

te alabamos por el don de tu Espíritu, que da la vida y es dispensador de esperanza,

y nos libra de nuestros pecados, de nuestras dudas y de nuestra desesperación.

Ten piedad de nuestros miedos y de la falta de imaginación, que nos impiden progresar hacia la unidad plena.

No mereceríamos ser tratados por ti con tanta paciencia, por la obstinación y por el orgullo que nos hacen preferir nuestras divisiones en vez de nuestra unidad en Cristo.

Infúndenos el hambre y la sed de unidad visible. Que no tengamos descanso hasta poder, juntos, descansar en ti. Que quedemos insatisfechos hasta no ser uno en ti, para tu eterna gloria. Amén.





Séptimo día En Él también vosotros, después de haber escuchado el Evangelio de vuestra salvación... habéis recibido el sello del Espíritu Santo (Ef 1,13)

Joel 3, 1-2 Derramaré mi Espíritu

Salmo 13[12] He confiado en tu misericordia

1 Corintios 12, 12-13 Un solo Espíritu... un solo cuerpo

Lucas 4, 16-21 El Espíritu del Señor... me ha consagrado con la unción

Comentario


El primer capítulo de la Carta a los Efesios habla de los generosos dones que han recibido los discípulos de Jesús, el primero de entre todos, la buena noticia de la salvación.

Jesús se ha convertido en la buena noticia de la salvación para todos, ya que los actos que ha cumplido sobre la tierra se apoyan en la obediencia que ha mostrado ininterrumpidamente al Padre, en la potencia impetuosa del Espíritu Santo.

Como cristianos, hijos de un mismo Padre, herederos en la relación de parentesco que se nos ha ofrecido en Jesús, y partícipes de un mismo Espíritu, todos nosotros podemos ingresar en el nuevo milenio como testigos del Evangelio de la salvación, superando las categorías que dividen a este mundo. Cristo derriba los muros de separación; Él puede restablecer la posibilidad de comunicación cuando los contactos parecen estar comprometidos irremediablemente. A pesar de nuestras divisiones, los cristianos estamos llamados, de ahora en adelante, por la potencia del Espíritu, a recibir a Jesús por medio de la fe, y a proclamarlo, juntos, como Salvador del mundo.

Como Jesús en la sinagoga de Nazaret, el Espíritu de Dios puede darnos de nuevo la Palabra que ilumina, en el nuevo milenio, perspectivas antes desconocidas.


Oración


Señor, despliega sobre nosotros las alas de tu cariñosa compasión.

Haznos hermanos y hermanas de tu único Hijo.

No nos entregues a las dudas que nos asaltan ante lo desconocido de una nueva época. Vuelve a confortarnos con el inagotable mar de tu Santo Espíritu, para que podamos aprender a conocer a quien, con su vida, da testimonio de tu Reino, reino de gloria que tiene muchas moradas en la unidad de un reino único y santo.

A ti todo honor y toda gloria, por siempre. Amén.





Octavo día Para alabanza de la gloria de Dios (Ef 1,14)

Isaías 66,18-20 Todos los pueblos... vendrán y verán mi gloria

Salmo 146[145],1-10 Alabaré al Señor toda mi vida

Efesios 4,1-15 Un solo cuerpo, un solo Espíritu

Juan 17,4-22 Para que sean uno, para tu gloria

Comentario


Los cristianos inauguramos un nueva época y estamos llamados a rendir cuentas, en la historia, de los 2000 años de la encarnación de la buena noticia de la vida y de la salvación.

Hoy, el pasaje tomado de la Carta a los Efesios nos invita a devolverle a Dios, en la alabanza, todo lo que nos ha dado, lo que no hemos aceptado y lo que nos será dado, para que el plan salvador de Dios se realice en plenitud.

El Espíritu Santo viene en nuestra ayuda como prenda de la plenitud del tiempo, que está cerca. No estamos solos cuando actuamos en favor de los oprimidos, de los hambrientos, de los que son abatidos por las preocupaciones. Compartiendo igualmente con ellos la tierra, los cielos, el mar y todo lo que ellos contienen, alabamos la gloria de Dios y la reconocemos como cumbre de la creación y como aquello que da sentido a las cosas.

Nuestra solicitud espiritual tiene que ser ejercida “con toda humildad y mansedumbre”, para unirnos a la oración de Jesús, en el que nuestro compromiso es ofrecido como una incesante alabanza de la gloria de Dios y se presenta como manifestación creíble de nuestra única fe y del único bautismo.


Oración


Bendito seas tú, Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Quieres que todos los seres humanos lleguen juntos a la salvación, viviendo en la comunión que deriva del compartir la vida santa en Cristo.

Bendito seas tú, Padre, por haber suscitado entre los cristianos de nuestro tiempo, a través del Espíritu, el movimiento hacia la unidad que tú deseas. En tu Espíritu proclamamos juntos, a las nuevas generaciones, que tú eres el Dios de la historia y el Salvador de la creación.

Bendito seas tú, Padre, porque nos has bendecido con toda clase de bendiciones, en Cristo, confirmándonos en la fe, la esperanza y el amor.

La vida de cada uno de nosotros y nuestra comunión puedan ser alabanza de tu gloria. Amén.





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