The British School Depto de Lenguaje René Manquilepi C



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The British School Depto. de Lenguaje

René Manquilepi C.




Capítulo IX:

Vuelo hacia Abraxas”


Capítulo final adicional a la obra “Demian”,

de Hermann Hesse

Autor: Juan José Ballarín D

Curso: II ½ Bacon
Fecha de Entrega: 26 de Abril de 2007


Prólogo:
Hermann Hesse, escritor nacido en la provincia Alemana de Baden-Wurtemberg en el año 1877, fue uno de los primeros autores del Siglo XIX en escribir literatura basada, no sólo en la narrativa, sino también en obras psicológicas, sin que los textos escritos por él fueran catalogados como científicos. Su literatura, caracterizada además por la presencia de personajes tímidos y con distinta variedad de problemas psicológicos, no sólo posee una forma de escritura muy característica, sino que además se asemeja a su propia vida, ya que él, a la edad de 15 fue considerado un “joven en riesgo” al intentar cometer el suicidio, y luego ser internado en una variedad de clínicas de rehabilitación.
La obra de Hermann Hesse se ha caracterizado desde siempre por poseer un carácter triste y melancólico, lo que se basa en ciertas tragedias de su vida personal, además del contexto de producción en el cual escribió la mayoría de sus obras. Estas se basaron en las emociones del artista durante lo períodos de la Primera y Segunda Guerra Mundial, la guerra Fría, la invasión Nazi a Rusia, entre otras. Su obra, además, se basa en la presentación de vastos caracteres presentados en forma de sentimientos y emociones intercaladas con hechos y acciones cuyos significados que no se encuentran explícitos.
Si se analiza la obra “Demian”, uno de sus más célebres y prometedores libros, las evidencias de que ésta es una obra del autor Suizo de procedencia Alemana Hesse, se encuentran desde las primeras páginas. De inmediato al comenzar a leer el texto, se puede apreciar los comienzos del análisis que Emile Sinclair se realiza a si mismo con respecto a su actuar y su sentir, con el fin de encontrar su “yo” interno. Principalmente basado en los trabajos de Carl Jung, la obra “Demian” se centra precisamente en la materia del psicoanálisis y la visión personal del mundo, la cual puede tener muchas interpretaciones según las personas, y que es también lo que sucede con el texto y la infinidad de símbolos que encierra en su interior, tal y como la obra de Hesse se caracteriza en general.

Capítulo IX:

Vuelo hacia Abraxas”



Berlín, 25 de Noviembre de 1944

Querida Señora R. Sinclair:
Mi nombre es Frank Lipzeig, enfermero civil del hospital clínico y militar de la ciudad de Berlín.

Le escribo estas palabras para manifestarle mi dolor al comunicándole extraoficialmente la muerte de su hermano, el señor Emile Sinclair, por complicaciones en el tratamiento de sus heridas sufridas durante su participación en el desembarco de Normandía, el 6 de Junio de 1944.

El señor Sinclair estuvo a mí cuidado por cerca de cinco meses y medio, en los cuales desde el primer día manifestó su deseo de escribir cierta carta de despedida a un tal hombre llamado Max Demian. Fui muy cercano a el durante su estancia en este hospital, la cual es la razón por la que le escribo.

Debido a la naturaleza de sus heridas, las cuales lo paralizaron totalmente de pies a cabeza, quien escribió físicamente la carta fui yo siguiendo lo que el oralmente me dictaba, en el caso de que no reconozca la caligrafía. El señor Sinclair me pidió expresamente que, si el moría, la quemara inmediatamente, al igual que su especie de diario llamado “Demian”, al cual el se refería como “Modelo de Vida”. Sin embargo, prefiero que usted, quien es familia directa suya por lo que él confesó en su estancia a mi cuidado, tome parte del asunto, para decidir qué hará con los documentos.
Le reitero mi pesar, y le saludo atentamente,

Frank Lipzeig.
P.D.: El dicho libro y la carta como tal están en el sobre amarillo dentro de este paquete.



A Max Demian:

De tu amigo, Emile S.
Es, pues, de esta manera que termino mi historia, una historia llena de decepciones y alegrías, plagada de satisfacciones y amarguras, una historia en la cual mi lucha interminable se vio plasmada desde un principio hasta los años de mi adultez. He decidido reabrir las remembranzas de mi vida, escritas ya hace muchos años, cuando mis ahora débiles manos aún poseían las fuerzas para empuñar una pluma, porque creo que mereces saber la verdad, sobre todo en este momento en el cual nuestro encuentro se hace cada vez más cercano, inminente…
Todo se remonta a cinco años luego de tu partida, querido maestro, hermano, amigo, ángel y guía, luego de que la despiadada guerra me quitara a lo que fuera lo más significativo en mi existencia, y me diera la posibilidad de encontrarme a mi mismo junto con tu recuerdo y tus invaluables enseñanzas. Fue en aquel momento en que comencé con esta empresa, con el solo fin de mantenerte en mi memoria de la manera más fiel posible y nunca olvidar aquello que me dio vida, espíritu y alma, ya que sin ti, Pistorius ni mi amada Eva, mi vida nunca habría tenido sentido.
No soy ahora más que una masa de huesos, inservible para todo uso humano, una llama a punto de extinguirse. Me encuentro postrado sobre las blancas y suaves sábanas de mi cama en el Hospital médico de Berlín, de la misma manera en que nos despedimos abruptamente aquella mañana de Mayo, luego de la cual nunca más pude verte. Poco queda de mí, más que mi cuerpo demacrado y las diversas máquinas que lo mantienen vivo contra mi voluntad de volar, volar lejos de aquí, y verte una vez más si es esa la voluntad de quien decida nuestro destino. Sin embargo, no puedo partir sin antes completar mi tarea con la única esperanza de que tú estés viéndome desde los cielos, y también perdonándome. Me acompaña en este momento un fiel asistente del hospital, Frank Lipzeig, quien al borde de su paciencia y habiéndome demostrado una lealtad sin igual desde mi ingreso a esta institución hace ya 5 meses y 17 días sólo comparable con la tuya, me ha ayudado a escribir lo último que queda dentro de mi cabeza, con la única promesa de destruir tanto este documento como el diario que ya nombré, y que estoy a punto de describir, ya que mi único afán es que llegue a tus ojos, y a nadie más.
Fue pues, cinco años luego de tu muerte, que comencé mi trabajo de recopilación y ordenamiento de pensamientos y emociones que en variadas ocasiones afloraron, dejándome muchas veces triste y solitario, y otras acompañándome en momentos de alegría al recordar tu rostro. Aquellas largas caminatas en mi ciudad natal, las clases de catecismo en las cuales disfrutaba de sólo verte sentado frente a mi, y tu nuca emanaba ese fresco perfumea jabón, las sesiones de pensamiento con Pistorius, al que nunca conociste, pero al que adoré tanto como a ti, mi familia, y todo lo que alguna vez significó para esta alma descarriada algo en la vida.
Fue pues entonces esta mi dedicación por cerca de un año y siete meses exactamente, en los cuales volví a mi ciudad natal, centrando mi vida en este nuevo propósito. Volví a ver con un corazón lleno de júbilo a aquellos de mi familia a los cuales hace mucho tiempo no había mirado con ojos de bien y sinceridad, mi padre y mi madre, siempre serenos e incondicionales al demostrar u apoyo y amor hacia mi, mis amadas hermanas, ya casadas y con alguno que otro sobrino travieso corriendo por los pasillos de nuestra antigua casa al ir de visita, Lina, la criada, ya entrada en años, aunque aún sirviendo fielmente a sus patrones de toda la vida, todo sentía como en hogar nuevo y dulce. Así pasaron aquellos meses, luego de los cuales concluí con mi homenaje a tu memoria, mi diario de experiencias llamado “Demian”, y con lo cual cumplí la primera etapa de mi misión. Por mucho tiempo tu memoria permaneció tan vívida dentro de mi cabeza y de mi corazón, y me guió tal y como tu lo habías hecho sin saberlo, o tal vez sabiéndolo, no lo se realmente ni puedo decirlo en este momento, en conjunto con las sabias palabras de Pistorius, también incluidas en mi nueva especie de manual de vida.
Poco a poco, luego de acabado mi trabajo y pasada la euforia de ver mi ardua tarea completada, el tiempo pasó, teniendo yo cada día la costumbre y necesidad de leer alguno de tus sabios pensamientos, los cuales me mantenían cercano a ti y creaban en mi cabeza cada día más tu imagen vigilante desde los cielos. Me prometí a mi mismo no defraudarte y esforzarme al máximo por vivir mi vida lo más cerca posible al camino espiritualmente correcto que tanto mi corazón como el tuyo me señalaban.
Durante este período volví a vivir, constantemente con mi diario y tu memoria a mi lado, guardianes de todas mis acciones. Fuiste en este período de mi vida mi ángel de la guardia, quien me impulsó a buscar dentro de mi mi identidad perdida y mi seguridad marchita. Mi vida volvió a tener un sentido gracias a tu recuerdo, y al poco tiempo logré completar mis estudios universitarios puestos a un lado por la guerra que dio fin a tu vida, y logré obtener un trabajo en una fábrica local. Gracias a este nuevo sustento económico logré mudarme de la casa de mis padres para finalmente probar la vida de un hombre responsablemente independiente. Tuve una novia durante este tiempo, con la cual estuve cerca de casarme, llamada Vivian Nauseen, pero eso es harina de otro costal y corresponde a años posteriores a esta etapa de luz.
Así fue entonces que mi vida por fin se volvió común en un mundo europeo azotado por la violencia. Era ya un hombre promedio intentando subsistir por si mismo para el año 1937, en una Alemania azotada por la primera guerra mundial y con aires de una segunda a manos del creciente régimen Nazi. Sin embargo, me aferré a tu memoria, la que me mantuvo en el carril de lo correcto, de aquel “Lado Luminoso de la Vida” tan añorado en años pasados, y que no quería perder así como así, ya que significaría además perderte a ti, siempre expectante y esperándome, hasta el día de mi llegada a ti, cada vez más cercano…Recuerdo cada día, al despertar, mi “Manual de Vida” abierto sobre mi mesa de noche; Lo primero en mi agenda era pues, leer algún pasaje al azar para recordarte cada vez más, a ti, que me guiaste toda mi vida, fuiste mi obsesión y mi dependencia absoluta.
Sin embargo mi buena fortuna, como ha ocurrido en el común de mi vida a excepción de mis maravillosos años de infancia, cuando mis mayores problemas los representaban un abusivo llamado Franz Kromer (a quien debes recordar, por cierto) y unas cuantas monedas, no duró demasiado. Poco a poco, Alemania fue cayendo más y más hacia un régimen de guerras y enfrentamientos armados mientras se acercaba la Segunda Guerra Mundial. Lo mismo ocurrió a lo largo y ancho de la localidad en la cual yo vivía, lo que transformó nuestras vidas en un caos. Las fábricas comenzaron a cerrar, la gente comenzó a huir a países del norte por el terror a las tropas del Eje tanto como a las Aliadas y su avance dentro de Rusia, y las pocas que se mantenían abiertas, como fue el caso de la que me empleaba como capataz, comenzaron a explotar a sus trabajadores más y más para satisfacer la gran demanda, convirtiendo los horarios de trabajo en una mera formalidad. Fue en este período de mi vida que me distancié de ti, cada vez más, volviendo a caer en el mundo sombrío. Ya los extenuantes horarios me tenían exhausto, por lo que suspendí mi lectura diaria del Manual de Vida, olvidando poco a poco tus enseñanzas y perdiendo la noción de la senda correcta que tu me mostrabas. Reincidí al alcohol y al cigarrillo debido a la tristeza y depresión que me influía la guerra próxima y a las arduas y constantes jornadas de trabajo, cada vez más inhumanas, y mis días y noches se desvanecían entre antros de perdición y días interminables de labor en las sudorosas dependencias de nuestra estancia de fabricación, que ya no era usada para crear automóviles como en los mejores años de Alemania, sino que ahora se había convertido en una de las principales fabricantes de cascos y armas para los soldados del Eje Alemán. Poco a poco, ya no fui el hombre pensativo, jovial de antes, sino ya algo más sombrío, algo casi fuera de lo humano, algo viciado desde dentro, me había convertido en un ejemplar del lado oscuro. Perdí mi identidad, la que tanto trabajo me había tomado encontrar.
El tiempo al fin había logrando corromperme, y mi cabeza y corazón decidieron que ya era tiempo de volar con mis alas propias, lo cual representó el abandono total a tus memorias. Desde aquel momento se comenzó a desarrollarse la gran montaña rusa de emociones a la que por mucho tiempo llamé vida, la cual no constaba de reglas, esquemas, ideales ni fe, sino que sólo de grandes subidas y también grandes caídas. Mí tal llamada existencia no era más que un monótono pasar de días y días sin objeto, pensamiento, solo monotonía vacía. Ya no luchaba contra mis malos impulsos, no me esforzaba por seguir la senda, sólo por permanecer vivo y estable en el ya torcido sistema de un país en guerra. Mi ángel de la guarda me había dejado, por mi propia culpa, y mi identidad, perdida en algún lugar de mi mente, no lograba surgir.
Los últimos meses de mi vida civil fueron vividos en total abandono y tristeza, ya lejos de tu cálida mirada y fuera de tu protección divina proveniente del cielo. No pude evitar pensar en Pistorius en repetidas ocasiones en las cuales las nubes sobre mi cabeza se despejaban y podía pensar con algo de claridad en los pocos momentos en que mi sobriedad me lo permitía; Sin embargo, desde que me enrolé en el ejército aquella vez que te perdí, nunca lo vi de nuevo. Me acerqué en muchas ocasiones a la iglesia en la que solía tocar cuando aún me encontraba en el lado luminoso luego de volver de la guerra, incluso a su apartamento de alfombras gastadas y leños en la chimenea, pero nunca más lo vi, ni supe de él. Con respecto a tu madre, ella, luego de recibir la triste noticia de tu partida, se mudó a Munich para intentar partir de cero. Nunca más respondió mis cartas ni supe de su existencia. Sólo recibí un telegrama de ella, sin dirección ni contacto posterior: “Rompe el cascarón, Sinclair, tal y como yo lo hice”. Tampoco pude nunca asimilar a lo que ella se refería al repetirme aquellas palabras que alguna vez en vida tú escribiste en una nota similar, aunque sí me llevó de nuevo a pensar en tu recuerdo.
Para el año 1940, la guerra ya era inminente, con al cercana invasión Nazi a Rusia, lo que alborotó aún más los ánimos dentro de la república alemana. Finalmente, la fábrica para la que trabajé alguna vez quebró, lo que no me dejó mayor remedio que entrar al ejército Alemán y hacerme a la idea de una guerra que seguramente tomaría mi vida. No es que le tuviera miedo a mi muerte, más bien en cierto modo la buscaba, pues ya mi vida no tenía sentido. Había perdido totalmente la esperanza de encontrarme contigo en el cielo, ya que mi fe se había terminado, al igual que mi afán por continuar mi viaje por el mundo terrenal. Fue esta una de las razones por la cual me uní al frente de batalla en Rusia, comenzando con la toma de Stalingrado. No quería terminar siendo sólo un Abel, hombre que muere por cobarde. Si iba a ser alguien, quise ser un Caín, ¿Algo más destacable acaso? ¿Sólo por el hecho de ser “diferente”? Sea como no sea, alguien debía romper el cascarón de cobardía y soledad, y si no era yo, nadie lo haría por mí.
Así sucesivamente, quitando vidas y derramando sangre en las tierras que alguna vez pisaron tus pies, continuamos con nuestra misión guerrillera. Sin embargo la muerte nunca llegaba. Tampoco contribuyó la guerra a hacerme ver la luz de tus ojos, o la mirada de Pistorius, o las facciones de mi delicada Frau Eva; Los veía a todos ustedes en cada rostro de cada hombre que liquidaba en nombre de un ideal tan falso y falto de fundamentos como lo es la guerra.
Sin embargo, nunca abandoné, no se porqué, la guerra y los pesares y oscuras cavilaciones que esta adentraba en mi alma. La idea de un suicidio estuvo siempre presente en mi mente, aunque nunca la concretara, por mi miedo a verte decepcionado, al haber caído otra vez al lado oscuro. Siempre pensé que nunca me lo perdonarías, sin embargo, tiempo después, específicamente ahora que me encuentro tan cercano a ti, recordé que tu eres mi ángel de la guardia, tal y como lo fuiste en vida, y que por más errores que uno cometa, siempre existirá la posibilidad de encontrarse arrepentido, encoger los hombros y echar a andar. Daría lo que fuera por haberme dado cuenta antes…antes de estar encerrado aquí en mi propio cuerpo, del que no puedo salir.
No conté los días que pasó nuestro batallón en el helado clima de Moscú, ni la cantidad de kilómetros que caminamos entre las distintas provincias de Francia. Tampoco tenía ningún sentido hacerlo, mi situación no iba a cambiar por más que lo pensara o deseara. La guerra me había convertido en un ser frío y desgastado, ahora más que nunca sumido en el lado oscuro de la vida. Dudé muchas veces si sería capaz de cambiar, pero ya no estaba interesado en nada. Ya leer el “Manual de Vida” no me provocaba aquella llama en el interior, tal vez debido al ambiente en el que estaba inmerso, tan despiadado y triste como mi propia alma se había vuelto.
Lo último que recuerdo fue la playa de Omaha, en Francia, el día 6 de Junio del año 1944. Preparados en la cima de los inmensos búnkeres, esperábamos la llegada de los barcos aliados a la costa. Era de mañana, en un día nebuloso y húmedo. Me recuerdo en la cima del acantilado, deseando el no estar ahí, al igual que mis camaradas, el sonido de las ametralladoras al acercarse los barcos aliados, y yo, un hombre sin pasado, identidad, conciencia ni futuro, en medio del choque de dos titanes. Recuerdo el momento exacto en el cual se divisaron los primeros barcos, los gritos de mis compañeros, mi rifle en mis manos, apuntando al blanco… momentos de espera mientras los barcos se acercaban… las gotas de sudor frío bajando por mis mejillas pálidas por el repentino miedo que invadió mi cuerpo. Recuerdo el claro instante en que los barcos tocaron la húmeda arena de las costas francesas, cómo las puertas bajaron y una lluvia de balas se disparó sobre el enemigo, que corría despavorido por salvarse. Tome mi arma, apunté a lo lejos. 1, 2, 3 muertos, 10, 15, 20 cadáveres teñían el agua de rojo. Mis ojos se cegaron por la masacre que frente a mí ocurría. Los hombres caídos me recordaron a ti, veía en las caras del enemigo tu rostro reflejado, en todas y cada una de sus caras, y lo único que quise fue verte otra vez, sentir tu apoyo desde lo alto que me diera las fuerzas para sobrevivir con vida, para encontrar la salida… De pronto, sentí un punzante dolor en el cuello, sentí mi sangre derramarse sobre mi pecho, y caí inmovilizado al suelo. No sentía mis brazos ni piernas, y mi frío se convirtió repentinamente en calor, un calor insoportable que invadía mi sangre y me hervía por dentro. Lo último que vi y oí fue a mis compañeros llamar a un médico, mis manos empapadas de mi sangre, la que poco a poco inundaba el suelo de la trinchera, de la cual se disparaban frenéticas las armas de mis camaradas…
Desperté aquí, en medio de las blancas sábanas de lino que en este instante me envuelven. Según quien me acompaña y me hace el favor de escribir, el enfermero Frank Lipzeig, me recibió luego de haber sido tratado en una clínica de emergencia en el campo de batalla de Pointe du Hoc, a algunos Kilómetros de la playa de Omaha, con 17 otros heridos. Según mi general, fui el único que sobrevivió de aquellos 17, y luego de ser estabilizado y contenida la hemorragia, fui trasladado al hospital clínico y militar de Berlín. Sólo al llegar, me enteré de mi situación: Recibí un disparo de francotirador en mi cuello, el cual impactó mi médula ósea, atravesándola y dejándome paralizado de por vida.
En estos últimos 4 meses, mi situación aún se considera muy delicada. Mi vida corre peligro en el único momento en cuatro años en el que no deseo morir. En estos últimos 5 meses y medio, se me dio la oportunidad de pensar en lo ocurrido, en las fuerzas invisibles que intervinieron en mi salvación aquel día 6 de Junio de 1944. Me enteré también de que mis padres y mi hermana soltera, la cual vivía con ellos, murieron por un bombardeo en mi pueblo natal. Ruego porque mi hermana, la cual se casó y vive actualmente en Polonia, se encuentre bien. Desde aquel día de mi llegada a Berlín, todas las mañanas, Frank me lee retazos aleatorios de lo único que me fue devuelto de mis pertenencias dejadas a su suerte en la playa de Omaha, mi diario, tu diario, “Demian”, mi Manual de Vida, el que, día tras día, me muestra nuevamente el camino. Desde aquel día estoy seguro de que tú, mi ángel de la guardia, me cuidas y no me dejas nunca de proteger, me das las fuerzas de Abrazas para romper el cascarón día a día, enfrentar la vida con valentía y ser un Caín por sobre un Abel, un hombre fuerte y determinado… Sólo debo seguir la senda demarcada por ti, aquella senda luminosa, y me encontraré a mi mismo…en ti…Abraxas…Demian…


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