The Economist Una visión del Capitalismo y la Democracia



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The Economist
Una visión del Capitalismo y la Democracia.

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Pensamientos radicales en nuestro Aniversario Número 160.


Un estudio sobre el capitalismo y la democracia.

28 de junio de 2003.


Pensamientos radicales en ocasión de nuestro cumpleaños.
Nuestro feliz cumpleaños N° 160 es un época triste para el capitalismo, escribe Bill Emmott, editor de The Economist.
Cuando un hombre de negocios escocés llamado James Wilson fundó The Economist hace 160 años, utilizó los medios convencionales para hacer circular un prospecto. No obstante, el prospecto en si mismo estaba muy lejos de ser convencional. Incluía una lista de dos páginas del tipo de artículo que se podía esperar de la nueva publicación y hasta un plan para las primeras trece ediciones semanales (la edición seis iba a contener un artículo sobre “El Libre Comercio y la Deuda Nacional”, la edición diez, iba a contener un artículo sobre “La Viuda Biddle y las pobres costureras de la metrópolis”). Pero el resto del documento consistía de un solo ensayo polémico de 14 páginas acerca de los beneficios económicos, sociales y políticos del libre comercio. Este equivalente del siglo XIX de uno de los trabajos actuales de The Economist comenzó con un lamento:
Es una de las reflexiones más melancólicas de la actualidad que mientras la riqueza y el capital aumentan rápidamente, mientras las ciencias y las artes hacen los milagros más sorprendentes para ayudar a la familia humana y mientras que la moralidad, la inteligencia y la civilización se extienden rápidamente; -que en este momento, los grandes intereses materiales de las clases altas y medias y la condición física de las clases obreras e industriales estén más y más marcadas por características de incertidumbre e inseguridad.
Podrían decir, plus ça change. Estas palabras tranquilamente podrían haber sido escritas hoy, especialmente considerando que el progreso económico y tecnológico parecen ser rehenes de las incertidumbres e inseguridades de la guerra, el terrorismo y otras fuerzas desestabilizantes. La solución que Wilson propugnaba y que luego fue reforzada por Walter Bagehot, su elocuente yerno quién también fue su futuro sucesor como editor, fue la libertad, especialmente la libertad de comercio. Las restricciones al comercio y a la libre empresa tendían, expresó “a levantar barreras entre las relaciones, producir celos, animosidad e insatisfacción entre los individuos y clases de este país y entre este país y los otros.” The Economist hoy, de la misma manera en que lo hacía en 1843, apoya totalmente las relaciones sin restricción y está en contra de las animosidades.
No obstante, la situación es diferente en la actualidad, diferente de una manera que le iluminaría los ojos a Wilson y produciría una producción afiebrada de su pluma. En 1843, estaba lanzando su periódico en una época de arraigado proteccionismo, simbolizado por las odiadas “leyes de cereales”, las cuales restringían las importaciones de alimentos y por lo tanto elevaban el costo de vida. Wilson y otros liberales que pensaban como él querían que terminara una mala era y que se abrieran nuevas posibilidades. De manera contrastante, hoy, en el 2003, la causa del capitalismo liberal y de la reducción de la pobreza acaban de transcurrir las mejores décadas de toda su historia.
En ambos períodos las consecuencias de una manía accionada por la tecnología ensombreció la política y la economía. Ahora es la caída que sigue al boom de la “nueva economía” de la tecnología informática y de la internet. Durante la primera década de The Economist fue la caída que siguió al boom de los ferrocarriles (una “locura absoluta a la que se arrojó el país” según las palabras de Wilson, en busca de riquezas rápidas y desafiando la economía). Pero en la década de 1840 la principal tarea, en medio de la manía, era en primer lugar intentar,, abrir las puertas de la libertad. Ahora las puertas, afortunadamente, se han abierto de par en par. La tarea consiste en mantenerlas abiertas.
Hay creciente presión para cerrarlas -o por lo menos, para evitar que se abran más. Esa presión tiene múltiples causas. Las crisis económicas en el mundo pobre han recordado a la gente que el capitalismo es inherentemente inestable. El desempleo en los países ricos ha recordado a la gente que una de las tendencias inherentes del capitalismo es crear desigualdad y también les ha recordado el efecto destructor de empleo en sus economías que tiene el éxito en enriquecerse de países pobres como China o India. Las tensiones políticas entre los Estados Unidos y Europa, como así también las existentes entre los pocos países ricos y los muchos pobres, especialmente (aunque no exclusivamente) en los países musulmanes, hacen que muchos duden de la viabilidad de una mayor integración internacional. Algunos culpan a la globalización, otros a la falta de control democrático. Aún otros confían y rezan para que la época del capitalismo liberal haya finalizado y que se intentó algo nuevo.
No se han presentado argumentos claros y coherentes para abandonar el liberalismo. No obstante el proteccionismo y las restantes formas de intervención gubernamental no exigen, necesariamente, argumentos coherentes para tener éxito. Prosperan cuando alianzas políticas ad hoc se forman entre grupos de interés que se beneficiarán de manera directa, cuando el pueblo o los políticos están enojados por algo y cuando las fuerzas y argumentos para conservar la libertad se ven debilitados, son incoherentes o impopulares. Y pueden tener éxito progresando en debilitante paso y no mediante un triunfo enorme.
Si el proteccionismo volviera a tener éxito de esta manera, sería una vergüenza para los países ricos, pero una tragedia para los más pobres, porque ahogaría sus mejores oportunidades de mejorar sus condiciones de vida y de derrotar a la pobreza. ¿Será esto posible? No es el resultado más probable, ya que, como de costumbre lo normal sería ir a los tumbos entre una cosa y otra. Pero sí constituye ahora una posibilidad plausible. Si aconteciera, el mayor culpable sería el abuso de los países ricos, tanto del capitalismo como de la democracia que coincidió y fue reforzado por el boom de la “nueva economía” de fines de la década de 1990. Porque ese extendido y escandaloso abuso del capitalismo por parte de los capitalistas amenaza con debilitar las fuerzas y argumentos que de otro forma defenderían la libertad. El peligro existe en todo el mundo desarrollado, pero donde más importa es en los Estados Unidos.
En su ensayo, Wilson puntualizó que, durante el período de preponderancia en el siglo XIX, “Las políticas de Inglaterra admiradas por todo el mundo, como camino hacia la grandeza, fueron seguidas ansiosamente por otros países en cuanto a las reglamentaciones comerciales.” Lo mismo puede decirse hoy de los Estados Unidos y no sólo en asuntos comerciales. Este estudio, como su predecesor de hace 160 años, será un ensayo polémico a favor del capitalismo pero también en contra de los abusos del capitalismo y de la democracia en el país que es considerado - especialmente por él mismo - como el camino hacia la grandeza. Pero en primer lugar señalaremos alguna observaciones más alegres, para demostrar todo lo que hay un juego.

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