Tiempo de tormentas, 1973-1985. La crisis económica. Los Estados Unidos



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Asunto: Tiempo de tormentas, 1973-1985. La crisis económica. Los Estados Unidos. La crisis del petróleo y sus consecuencias.

Madrid, 4 de febrero de 2014.

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El período de tormentas abierto en 1973 como continuación de la polarización existente en las sociedades occidentales, que ya en 1968 propició la revolución y la aparición de una nueva mentalidad antagónica con respecto a la anterior, tuvo como consecuencias importantes la eclosión de unos movimientos terroristas que amenazarían al mundo desarrollado y democrático 1. También en el 68 surgieron otros movimientos sociales –el ecologismo, el feminismo...– que fueron un reto para la sociedad establecida.

Después de cruzar el Canal de Suez, los tanques israelíes avanzan en territorio egipcio. Octubre 1973.

Pero la verdadera tormenta llegó con la crisis económica que frenaría la política mundial de la distensión. Producida por la Guerra del Yom Kippur, duraría hasta mediada la década de los ochenta afectando de manera especial a los países industrializados, pero sobre todo a los subdesarrollados e incluso, al final, sobre los que en principio se beneficiaron, trastocando tanto las políticas internas como las relaciones internacionales.

La distensión, de forma más pausada, se prolongó hasta final de la década de los setenta debido a las dificultades entre el legislativo y el ejecutivo norteamericanos y las aparentes ventajas logradas por los soviéticos. Pero la URSS, por sus problemas de política económica interna, inició una reedición de la guerra fría con repercusión mundial.

En 1973 se tenía la sensación de que el crecimiento anual de los países más desarrollados, que durante el período 1950 a 1970 se había mantenido entre el 3 % de Gran Bretaña hasta el 11 % de Japón, sería un proceso progresivo y lineal, pero la ciencia económica no pudo dar respuesta a la situación cambiante y menos aún se vio capaz de resolver.

La crisis del petróleo y sus consecuencias.

Refinería en Abadan. Irán. 1976.



Uno de los principales factores que explican la crisis del petróleo pudo ser la caída del dólar, una decisión tomada por el presidente Nixon que, sin previa consulta, desligó el dólar del patrón oro en agosto de 1971. Lo hizo debido a la difícil situación de la economía norteamericana por la Guerra de Vietnam. El déficit de la balanza de pagos creció en este país pero también la liquidez internacional producida por la exportación de petróleo. Las principales monedas del mundo flotaron, en un marco de creciente inestabilidad.

Una sucesión de choques a consecuencia de la elevación del precio del petróleo se venía produciendo desde la Revolución libia, pero fue la guerra del Yom Kippur y la caída del Sha de Irán la que produjo subidas espectaculares del crudo. En 1971, todavía el precio del petróleo era negociado por las grandes compañías petrolíferas, hasta siete de ellas dominaban el 80 % de la producción mundial. Pero en 1973 la OPEP decidiría su precio. A su vez el consumo mundial de petróleo y gas pasó del 37,8 % de energía, en 1950, a ser el 64,4 %, en 1972, del total. Es decir, de un tercio pasó a dos tercios cuando el consumo anual de energía se triplicaba. Por otra parte los países industrializados excepto Estados Unidos y la URSS eran consumidores pero no la producían. Gran Bretaña y Noruega comenzaron a producirla en el Mar del Norte cuando les apremió la crisis.

Un factor decisivo sería la nacionalización de las grandes compañías explotadoras. En 1971, Argelia anunció la nacionalización de su industria petrolífera, mediante Huari Bumedian, francesa en un 51 % en septiembre de 1973. Libia hizo lo propio, así como Arabia Saudí al constituir Aramco en 1979. Desde el año 1972 hubo subidas de precio en otros países productores hasta producirse el estallido. Fue el petróleo la única materia prima que influyó en la economía mundial.

La política internacional multiplicó la tendencia esbozada. El 16 de octubre de 1973, en un momento en que todavía la Guerra árabe-israelí no estaba concluida, los países de la OPEP elevaron el precio del barril de petróleo de tres dólares a cinco. A su vez se estableció un sistema de embargo para los que decidieron apoyar por completo a Israel como, por ejemplo, Estados Unidos y Holanda. Sin embargo, los embargos se levantarían en el verano de 1974. También los países de la OPEP optaron por reducir la producción entre un 15 y un 20 % y, a continuación hacerlo en un 5 % al mes hasta que Israel abandonara los territorios ocupados.

La limitación de la producción basada en el agotamiento de las reservas acabó por dañar a los propios países productores y fue finalmente abandonada. Pero no se detuvo el incremento del precio del petróleo. En diciembre de 1973, los países de la OPEP elevaron el precio del barril de petróleo a casi doce dólares; se había cuadruplicado en tres meses.

Ciudad de Faw. El cuerpo de un soldado en territorio iraquí bajo control iraní. 1986.



El proceso continuó multiplicándose el precio por cinco en 1973-1974 y luego creció el 150 % en 1979-1980. La demanda creciente pero, sobre todo, la fuerte inestabilidad en la región productora que debía hacer pasar el petróleo consumido a través del cuello de botella del estrecho de Ormuz, iniciaría la revolución blanca del sha, la posterior revolución iraní y la Guerra entre Irán e Iraq y, como consecuencia, que el precio del petróleo alcanzara a fines de 1981 los 34 dólares por barril, desde 1973 se había incrementado diez veces.

El impacto del precio del petróleo fue variable según las latitudes, pero siempre grave y remodelaría la economía del planeta. Europa y Japón dependían de las importaciones de los Estados Unidos: la factura petrolífera supondría para el Viejo Continente pasar del 1,5 % del producto nacional al 5 % cuando el volumen de petróleo consumido había disminuido. La inflación que basculaba entre el 4 y el 5 % se multiplicó pasando a ser de dos dígitos: en Gran Bretaña e Italia el problema fue agudo. Las economías industrializadas tuvieron que recurrir a planes de austeridad que produjeron una disminución del consumo y una rebaja del nivel de vida.

A lo largo de 1975 el crecimiento del PIB fue negativo en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania alcanzando hasta el -1,6 % en los dos últimos, los países que crecieron fue de forma casi inapreciable, pero no les había afectado todavía la crisis. Las empresas tuvieron dificultades y aumentó el paro. A la recesión económica se le uniría la inflación de forma inesperada a lo habitual hasta el momento.

Desde 1958 la inflación había incrementado varios puntos siendo en 1972 del 5 % debido a la prioridad de crear pleno empleo, pero ahora apareció un fenómeno nuevo, la stagflation, es decir, la disminución del crecimiento más el alza de los precios. La inflación de dos dígitos hizo su aparición mientras que la producción industrial disminuía su crecimiento en un 10-20 % como mínimo. La crisis se cernía presagiando un hundimiento semejante al de los años treinta. El ritmo de crecimiento de los años cincuenta y sesenta no se produciría de nuevo, aun alejando el fantasma de la crisis.

El aspecto más manifiesto de la crisis fue el crecimiento de la tasa de paro que en los países de la OCDE, del 5 % de 1974-5 llegó al 10 % en 1980-2. Las ganancias en la productividad se redujeron a partir de 1974. Aún así todavía no se alcanzaron las tasas de paro del 20-30 % de los años treinta. A mediados de los ochenta, casi el 30 % de los puestos de trabajo industriales habían desaparecido y no se reemplazaban por otros semejantes. El progreso procuraba un doble fenómeno de industrialización del terciario y tercerización de la industria. El canciller alemán Helmut Schimdt llegó a la conclusión de que a finales de siglo Europa no tendría más lugares de trabajo que oficinas, laboratorios y salas de visitas.

El impacto entre los países subdesarrollados, más frágiles, sería más variado. Una parte de ellos iniciarían su proceso de industrialización: Arabia Saudí, cuyo PIB se incremento en un 250 % entre 1973-4. Pero los países productores de petróleo no se mantuvieron unidos. Libia e Irán aprovecharon la bonanza al máximo, otros, como Arabia, actuaron con prudencia de cara a los países desarrollados de Occidente. En los países pobres, carentes de petróleo, su situación se agravó todavía más, siendo dramática en África.

Durante la crisis energética los países desarrollados buscaron varios procedimientos. Los Estados Unidos propusieron una Agencia Internacional de la Energía de países consumidores de petróleo frente a los productores. La fórmula no fue aceptada por Francia, que propuso una Conferencia entre países industrializados, subdesarrollados y productores de petróleo, que tuvo lugar en París bajo dos fórmulas sucesivas.

Las sucesivas convocatorias anuales establecieron varios principios fundamentales del nuevo orden internacional y la creación de un fondo especial de ayuda al subdesarrollo por importe de 1.000 m. de dólares. Una reunión en Cancún, en 1981, pretendió establecer un marco de relaciones entre el Norte y el Sur. Pero más prácticos resultarían los acuerdos de la CEE con países de África, el Caribe y el Pacífico, denominados Lomé I (1975) y Lomé II (1979). Preveían una ayuda financiera que cuadriplicaba la prevista en el acuerdo anterior de Yaundé.

Las modestas iniciativas de diálogo entre Norte y Sur fueron eclipsadas por la reunión anual que, celebrada anualmente desde 1975, convocarían a las cuatro potencias europeas más Estados Unidos y Japón, a las que se sumó luego Canadá e incluso el presidente de la Comisión Europea. Se convertía en un instrumento permanente de consulta. Por otro lado, las negociaciones del GATT durante 1973-1979 tuvieron como consecuencia la aprobación de un acuerdo que preveía la desaparición de barreras arancelarias. Sin embargo, la crisis favoreció medidas más o menos proteccionistas durante algún tiempo.

Francia. La Bolsa de París. 1973.



Las soluciones a tan peculiar crisis tardaron tiempo en llegar. El sistema monetario basado en el dólar de Bretton Woods estaba muerto. En la Conferencia de Jamaica, en enero de 1976, se decidió reemplazarlo: a partir de este momento ya no hubo precio oficial del oro y quedaron legalizados los cambios flotantes. El capital de reserva del sistema monetario internacional quedó asegurado por los derechos especiales de giro, en los que se señalaron las nuevas paridades de las monedas. El valor de los mismos quedó definido por el conjunto de las de los países industrializados en proporciones variables. La ponderación del sistema atribuyó al dólar un peso equivalente al 30 % del total, manteniéndose así parte de la supremacía financiera de los Estados Unidos.

Otras medidas tomadas serían individuales por parte de alguna nación. En 1979, el director de la Reserva Federal norteamericana, Volcher, impulsó la decisión final de su Gobierno de atacar la inflación por el procedimiento de limitar la masa monetaria gracias a un incremento sin precedentes en las tasas de interés. De esta manera, los capitales afluyeron a Estados Unidos e hicieron subir el curso del dólar. Este hecho tuvo como consecuencia iniciar un proceso deflacionista y obligó a todos los países a optar por políticas de austeridad. Las economías desarrolladas tocaron fondo y el Tercer Mundo aumentó el peso de su carga financiera endeudándose. Pese a las consecuencias políticas la recuperación comenzó a ser una realidad a mediados de los años ochenta.

Una de las principales consecuencias de la crisis petrolífera fue el incremento de las prospecciones de nuevos campos petrolíferos. El crudo de Alaska, Mar del Norte y México entró en el mercado con un valor de 20 dólares el barril y rebajó los precios. Los nuevos yacimientos aportaron una cantidad semejante a la que se consumía. Por otro lado, los planes restrictivos del consumo tuvieron efecto, al menos parcial. Desde 1980 el consumo pudo rebajarse sucesivamente hasta un 6 %. Pero hubo una extraordinaria variación entre unos países y otros. Además con la bajada de precios se produjo un incremento del consumo.

Aparte de influir en el aumento del paro la crisis tuvo otras consecuencias sociales. Hizo aparición un nuevo escenario que se convirtió en el centro de gravedad económico, mientras la industria tradicional declinaba en espera de su reconversión, desde el Mediterráneo al Atlántico. Las nuevas industrias de comunicación y la informática surgieron como relevo de las tradicionales. Por otro lado, la crisis económica contribuyó también a hacer aparecer la del Estado de bienestar.

Londres. Bolsa de trabajo en Brixton. 1976.

Los límites de éste empezaron a percibirse cuando las Haciendas públicas sufrieron la crisis. La reducción de las desigualdades dejó de ser el objeto esencial de cualquier política social o de que pudiera cumplirse a partir de los presupuestos públicos. Al hacerse patente la dificultad para el Estado de aplicar dichas políticas, al llevarse a cabo, aparecieron riesgos de corporativismo y de clientelismo.

Finalmente la crisis económica tuvo también repercusiones de carácter político. En Europa el crecimiento había aportado largas secuencias de continuidad política. Ahora se produjo una sensación generalizada de ruptura y crisis también en lo político: en Alemania, por ejemplo, actuaba la banda Baader-Meinhof durante los setenta y en 1977 caía asesinado el presidente de los patronos. En Italia, en 1978 apareció asesinado Aldo Moro. Dichos acontecimientos que dejaron, alguna vez, marcas en las democracias fue relacionado con la evolución de la izquierda.

G.B. Inglaterra. Londres. Punks de Londres. El club Roxy. 1976.

La crisis económica y la oleada de terrorismo, derivación del espíritu subversivo del 68, presagiaba una crisis insuperable por los sistemas democráticos occidentales. Pero la realidad demostraría lo contrario, es decir, la fórmula democrática acabó por expansionarse, pues sobre todo, la crisis económica acabó con muchos regímenes dictatoriales desde mediados de los setenta. Incluso inició el descenso de las economías de los países de Europa del Este y, como consecuencia, contribuiría a la crisis del comunismo.

Fue el llamado Eurocomunismo la novedad ideológica que pareció cercana a representar una alternativa a las políticas de mediada la década de los setenta. Hasta entonces la URSS y los partidos comunistas europeos se mantuvieron sin fisura ni problemas, a pesar de las críticas intelectuales a la invasión de Hungría, en 1956. La de Checoslovaquia, en 1968, produjo mucha mayor insatisfacción y, por lo tanto, conatos de disidencia en el seno de los partidos comunistas europeos.

La URSS quiso mantener su estrecha relación con los partidos hermanos como hasta el momento, pero ya no fue posible. Una reunión de los partidos comunistas europeos en Berlín, en junio de 1976, demostró que, salvo el Partido Portugués, los demás de la Europa Occidental estaban a años luz de los que ejercían el poder en la Europa Oriental. Para ellos resultaba inaceptable el internacionalismo proletario, que equivalía a servir a los intereses de la política soviética, como el respeto al socialismo realmente existente o, más aún, la función dirigente del PCUS.

El político italiano Enrico Berlinguer en el mitin político durante la campaña del francés Georges Marchais. 1976.



De los partidos comunistas que se independizaron decididamente, el italiano incluso dio la sensación de alcanzar el poder y la denominación eurocomunista nacería allí. Participando del pensamiento de Grasci y la flexibilidad de Togliatti, Enrico Berlinguer, su director, tras la elecciones de 1976, dinamizó el anquilosado sistema democrático de su país. El PCI aceptaba entonces el Mercado Común e incluso la pertenencia de Italia a la OTAN; se aplicaba la etiqueta democrática y consideraba incluso un compromiso histórico con la Democracia Cristiana que le llevaría a compartir el poder con ella.

Esta política nacía de la interpretación de que, en el Chile de 1973, las fuerzas de izquierda habían sido incapaces pos sí solas de imponerse a la derecha dictatorial. El PC de España se situó en la misma posición mientras que el francés, aun aceptando la OTAN y la CEE, tras pactar electoralmente con los socialistas, dudó de caminar por dicha senda.

Fue durante los años 1975-1976 que el Eurocomunismo pareció más activo y prometedor. Se alineó con el sistema democrático ofreciéndose como una alternativa, distante del Este y del Oeste. Más que una puerta hacia el comunismo fue una salida definitiva a la hipoteca estalinista. Sin embargo, no abandonó su centralismo democrático ni, sin duda, la Revolución soviética de 1917. Los que entonces la dirigían se beneficiaron más de la actividad de movimientos pacifistas que defendían el desarme unilateral en busca de la paz mundial.

La amistad mantenida con la URSS por el Eurocomunismo, a partir del final de la década de los setenta, cuando tuvo lugar la invasión de Afganistán y se planteó la crisis interna del Estado comunista polaco, quedó en entredicho y tuvo que demostrar si lo sucedido con él había sido una táctica o una impregnación de los procedimientos democráticos.

En muchos casos, había sido lo segundo pero eso sólo se descubriría con el transcurso del tiempo. También tardaría en demostrarse que una de las consecuencias de la crisis de mediados de los setenta fue el comienzo de un proceso de democratizaciones que se inició en las dictaduras tradicionales de la Europa mediterránea. Portugal, Grecia y España que tenían una cierta tradición democrática o liberal, ahora con gobiernos gerontocráticos sufrieron procesos de transformación económica que modificó las arcaicas estructuras que habían imposibilitado la existencia de un régimen democrático estable.

España. Andalucía. Huelva. Villanueva de los Castillejos. 1973.



Más importante fue la quiebra de la legitimidad de dichos regímenes dictatoriales cuando las democracias se habían convertido ya en la ideología hegemónica gracias a los medios intelectuales, periodísticos y universitarios. Influyó en esto de un modo poderoso el cambio producido en el catolicismo a partir del Concilio Vaticano II. El hecho es que estos regímenes dictatoriales de derecha quebraron de forma muy diferente, entre 1974-1977, jugando el Ejército un papel contradictorio: positivo en el caso de Portugal y negativo en el de Grecia y España.

El proceso se inició en Portugal en abril de 1974; merece un capítulo propio. Los antecedentes próximos fueron, en el caso de Grecia, la existencia de un conflicto exterior en Chipre que obligó a un régimen nacido en 1967, con un papel del Ejército esencial al dejar el poder a la clase política tradicional. La transición a la democracia se produjo entre julio y noviembre de 1974.

Fue el comienzo de una oleada de democratizaciones. Este proceso, iniciado en el Viejo Continente, acabaría llegando posteriormente al Nuevo, donde en 1973 solo dos de cada diez países tenían instituciones democráticas y luego se extendió de nuevo, en Europa, a los países del Este y, en general, por todo el mundo.

En 1973, solo el 32 % de los seres humanos vivía en regímenes de libertad; en 1976, la proporción había descendido al 20 %, entre otros motivos como consecuencia del estado de excepción impuesto en la India. Pero ya a finales de los ochenta la tendencia favorable a la democratización se desarrollaba bastante y al final de la década produciría la crisis del comunismo. La sorpresa provino de la escasa percepción existente sobre los antecedentes. Ni siquiera en los Estados Unidos existió conciencia de esta realidad, entre otras cosas porque seguían inmersos en su crisis de polarización interna de fines de los años sesenta.



Afectuosamente, JAG.stilo.

1 Fuente principal: Javier Tusell. Manual de Historia Universal. 9. El mundo actual. Historia 16, 2001.


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