Tiempos Violentos. Neoliberalismo, globalización



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Tiempos Violentos.

Neoliberalismo, globalización

y desigualdad en América Latina





  1. Atilio Boron – Julio Gambina – Naun Minsburg

(Compiladores)


Indice

Prólogo

I. Globalización, neoliberalismo y desigualdad: La experiencia Argentina

Naum Minsburg


Transnacionalización, crisis y el papel del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial

Julio Sevare


Globalización y la vulnerabilidad externa

Julio Gambina


La crisis y su impacto en el empleo

II. América Latina y el Mercosur ante la globalización

Aldo Ferrer


La globalización, la crisis financiera y América Latina

Emir Sader


Brasil: una historia de pactos entre elites

Ismael Bermúdez


Mercosur en la crisis internacional

III. Poder, política e ideología en la globalización

Raúl Cuello


El neoliberalismo, una ideología contraria al equilibrio social

Marcelo Lascano


Crisis Internacional y Revolución Intelectual

Fabián Bosoer y Santiago Leiras


Posguerrra fría, "neodecisionismo" y nueva fase del capitalismo

Mabel Thwaites Rey y José Castillo


Poder estatal y capital global: los límites de la lucha política

IV. Tendencias actuales del sistema capitalista

 Atilio Boron


Pensamiento único" y resignación política: los límites de una falsa coartada

Hector Valle


Las turbulencias del capitalismo a fines del siglo

Pierre Salama


Sobre las relaciones del mercado financiero y laboral en América Latina y en Asia del Norte y del Sudeste

Carlos Scavo


Políticas monetarias: auge, esclerosis e implosión

Anexo

 Pablo Caruso y Sabrina González


Cronología de los principales acontecimientos relativos al sistema monetario internacional
Prólogo

E l mundo atraviesa una época de crisis pocas veces vista en la historia. Los salvajes bombardeos sobre la población civil de Yugoslavia, a pocos centenares de kilómetros del corazón mismo de Europa, son un recordatorio tan doloroso como inevitable a la hora de prologar este libro. Europa está, una vez más, en guerra consigo misma, con sus propias entrañas, como alguna vez dijera Garcia Lorca. Y si bien pudiera objetarse que este libro no tiene por misión examinar las causas de tan terrible desenlace, no es menos cierto que la violencia inusitada de la guerra en los Balcanes no es para nada ajena a los procesos de restructuración capitalista que se sintetizan en la así llamada “globalización” y acerca de cuyos impactos sobre América latina versa el trabajo que tenemos el honor de prologar.

Sin llegar a los horrores que hoy abruman a Yugoslavia, en esta parte del mundo también vivimos “tiempos violentos”. De ahí el título de nuestro libro. Violentos por la gravedad de la crisis social que afecta al conjunto de América latina, y que se expresa en cruentos procesos de desintegración social y la fractura de las redes colectivas de solidaridad que, en un pasado no muy lejano, colaboraron eficazmente a mejorar las condiciones de existencia de grandes sectores de nuestras sociedades. Violentos por la disolución de las formas más elementales de convivencia social que alimentan el círculo vicioso de la impunidad, el crimen, la corrupción, el narcotráfico, la exclusión social y la marginación. Violentos por la sorda y molecular violencia contenida en el “darwinismo social” del mercado, con su cortejo de previsibles minorías ganadoras e igualmente previsibles y multitudinarios perdedores.

Tiempos violentos, en consecuencia, cuando una nueva y cruenta fase de acumulación originaria tiene lugar en nuestra región y mediante la cual se produce una inédita concentración de poder, riqueza e influencia social en manos de un grupo cada vez más reducido de la población, mientras que vastas mayorías nacionales son relegadas a la marginación y a la desesperanza, a la exclusión y la pobreza. Las cifras que grafican este verdadero holocausto de la globalización neoliberal son de sobra conocidas. En las páginas que siguen el lector habrá de encontrar nuevas evidencias. Basta por el momento con recordar que si a comienzos de los años cincuenta el ingreso per cápita de los países de América Latina equivalía aproximadamente al 50 % del que tenían los habitantes de los países industrializados, al iniciarse la década de los noventas esta proporción había descendido a la mitad. El abismo que separa a los países pobres de los ricos se reproduce en el seno mismo de cada una de estas sociedades, en donde la polarización parece avanzar de una manera irresistible, tanto en los capitalismos metropolitanos como en los que pertenecen a la periferia del sistema. Según datos de la UNESCO y la UNICEF cada año mueren alrededor de 16 millones de niños a causa del hambre o de enfermedades curables, buena parte de ellos en esta parte del planeta. La mera magnitud de la cifra es sobrecogedora, pero se halla invisibilizada ante los ojos de una “opinión pública” cuyas percepciones y sentimientos son modelados por las estructuras más refractarias a las tendencias democratizantes que, en este siglo, conmovieron y transformaron a todas las instituciones: los medios de comunicación de masas, gigantescos emporios privados que dominan sin contrapesos, especialmente en América Latina, la esfera pública. Estos medios reproducen incesantemente una visión conformista y optimista de la realidad, y ocultan los estragos que las políticas neoliberales están produciendo en nuestros países. En cuatro años los niños victimizados por la violencia neoliberal, violencia “institucionalizada” que se oculta tras los pliegues del mercado, igualan a los 60 millones de muertos ocasionados por la Segunda Guerra Mundial. Como bien lo observara Ernest Mandel, “cada cuatro años una guerra mundial contra los niños.”

Este libro pretende ser una contribución a la impugnación del “pensamiento único”, ése que nos aconseja conformarnos con lo que existe, que adormece nuestra voluntad de cambio y que ciega nuestros ojos ante la búsqueda de alternativas. La continuidad misma de la vida civilizada y la preservación del estado democrático exigen imperiosamente abandonar las políticas neoliberales responsables de este verdadero holocausto social. En algunos países, especialmente Francia, la crítica al “pensamiento único” ha adquirido una fuerza considerable. No es el caso de los países de América Latina, y especialmente de la Argentina, en donde la fidelidad a las recomendaciones del Consenso de Washington hace que todo cuestionamiento al “modelo” sea equiparado a la sinrazón y la locura. Algunas críticas al actual orden de cosas fueron planteadas en un libro pionero coordinado por Naúm Minsburg y Héctor Valle: El impacto de la globalización: la encrucijada económica del siglo XXI (Buenos Aires: Letra Buena, 1994), publicado con anterioridad al “efecto tequila” y cuando en la Argentina imperaba un demencial optimismo así como en los sucesivos Encuentros por el Nuevo Pensamiento organizados por la Central de Trabajadores Argentinos. El libro que el lector ahora tiene en sus manos pretende continuar y profundizar esos esfuerzos, superando la camisa de fuerza de la “alternancia sin alternativas” que predomina en la política argentina de nuestros dias a partir de la aceptación sin discusión de la bondad del “modelo” y evidenciada en la verdadera competencia partidaria para ver quién otorga mayores y mejores garantías a sus excluyentes beneficiarios. En vez de discutir los inocultables problemas que ha suscitado el ajuste neoliberal, tales como: crecimiento escalofriante de la deuda externa y la consiguiente vulnerabilidad de la economia argentina, los desajustes fiscales, el colapso de las economías regionales, la regresividad tributaria, el empobrecimiento extremo de las clases y capas populares, la desprotección social, el auge de la violencia y la inseguridad ciudadana, la clase politica parece empeñada en preservar a todas costas un modelo que condena a las mayorías y destruye los fundamentos mismos de la vida social.

La realización de este libro -que esperamos se convierta en un estímulo y en un insumo importante para esta tan necesaria “puesta en discusión” del modelo- fue posible gracias al empeño y la desinteresada colaboración del distinguido grupo de economistas y científicos sociales que, desde una rica diversidad de perspectivas y enfoques, se dió a la tarea de analizar los más relevantes problemas que plantea la globalización y la respuesta neoliberal ofrecida por los gobiernos de la region. Queremos transmitirles, en nuestra calidad de compiladores de esta obra, nuestro más cálido reconocimiento por el precioso tiempo que le dedicaron a este proyecto y por la calidad de sus contribuciones. También queremos manifestar nuestro agradecimiento a Jorge Fraga, Coordinador de Difusión de CLACSO, quien tuvo a su cargo la totalidad de la producción editorial de este libro y lo hizo con el profesionalismo y eficiencia habituales en él. Lo mismo a Florencia Enghel, quien tuvo a su cargo la pesada tarea de revision editorial, y a Sabrina González por su paciente y eficaz colaboración con los autores y compiladores de esta obra. Finalmente, quisiéramos hacer pública nuestra deuda de gratitud con el Centro Cultural de la Cooperación que contribuyó a sufragar parte de los costos incurridos en la producción de este libro.

Atilio A. Boron Julio Gambina Naúm Minsburg

Buenos Aires, 13 de abril de 1999



Transnacionalización,

crisis y papel del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial
Naúm Minsburg*
Hoy el verdadero poder es otra cosa. Es financiero y

económico. Cada vez los gobiernos se convierten

en simples delegados, agentes que cumplen los

mandatos de sus superiores. Más que un gobierno

por el pueblo y para el pueblo, nos enfrentamos

a algo que podríamos llamar la fachada democrática.

¿Para que elegir dirigentes políticos sí los

financistas tienen todo el poder?”

José Saramago

Diario Clarín, 29 de enero de 1999
E l fragmento del pensamiento del escritor José Saramago Premio Nobel de Literatura, es un reflejo de la realidad. Sin embargo, consideramos que es posible e imprescindible modificar tal situación, en la que gobiernos aparentemente autistas se despreocupan totalmente del estado de indefensión y de extrema necesidad en que se encuentran sumidos grandes sectores de nuestra población. Asistimos en cambio a la utilización del formidable poder del Estado para imponer políticas que favorecen exclusivamente a los sectores del privilegio, en consonancia con las exigencias de los organismos financieros y los intereses de las corporaciones multinacionales.
Vivimos en un mundo enmarcado en un importante y dificultoso proceso de transnacionalización, sometido a la voracidad del capital financiero y de las corporaciones transnacionales. En la mayoría de los países se ha implantado un “capitalismo salvaje”. Por ello resulta imperiosa la amplia y efectiva participación de los diferentes actores sociales, que propongan, exijan e impongan un programa nacional de acción, diferente, real, posible, cuyo pilar fundamental sea el desarrollo socioeconómico con la mayor equidad.

No se debe reducir la democracia a la emisión periódica del voto. Ello no es suficiente, como está ampliamente demostrado. En infinidad de casos los representantes elegidos por la voluntad popular defraudan las expectativas y las promesas electorales, y se sumergen en un ambiente de corrupción y venalidad. Todas sus preocupaciones van dirigidas a promover medidas, abiertas o encubiertas, en exclusivo beneficio propio y de sus mandantes.

Debería existir entonces la posibilidad concreta de remover o destituir a tales delegados. La democracia es, o debería ser, el pleno ejercicio de la voluntad popular, que obviamente no consiste en facilitar la pauperización de nuestra sociedad o en profundizar el proceso de “globalizar la miseria”.

En nuestra América Latina no es posible continuar sosteniendo la situación social y económica que se soporta actualmente, que hasta el propio Banco Interamericano de Desarrollo se ha visto en la obligación de reconocer: “El desempeño de América Latina durante los noventa no ha sido satisfactorio. Aunque el crecimiento económico se ha recuperado, no ha regresado a los ritmos cercanos al 5% que eran comunes en la región en los sesenta y setenta y es muy inferior a las tasas sostenidas superiores al 7% que han sido típicas de los países del sudeste asiático. En 1996, 8 de cada cien latinoamericanos dispuestos a trabajar se encontraban sin empleo; a fines de los ochenta esa tasa estaba entre el 5 y 6%. América Latina es la región del mundo donde los ingresos se encuentran peor distribuidos, y esa situación no ha mejorado en los noventa. El número de pobres tampoco ha descendido del nivel sin precedentes cercano a los 150 millones de personas que alcanzó al comenzar la década actual”1. Como se sabe, la situación descripta se ha agudizado en los años posteriores debido a la aplicación irrestricta de las políticas neoliberales y a la crisis internacional, que se manifestara en una nueva y más aguda etapa a partir de julio de 1997.

Como señaláramos en anteriores trabajos, una condición básica para modificar tales situaciones consiste en que los propios actores rezagados puedan abrir nuevos e inéditos canales de representatividad en el procesamiento de sus demandas hasta ahora insatisfechas. Ello lleva a examinar las formas y métodos más adecuados para canalizar las iniciativas populares con el objeto de democratizar efectivamente–insistimos en ello – el sistema político y los mecanismos estatales para mejorar la asignación de recursos a la sociedad, y para reducir y eliminar al mismo tiempo la burocratización y la elevada corrupción existente.

Resulta pues imperioso que las demandas públicas encuentren el eco adecuado y puedan convertirse en eje de una amplia movilización de la sociedad para proveer el basamento sociopolítico que impulse vigorosamente, en un proceso gradual y sistemático, la transformación productiva y social con la mayor equidad posible.



¿Globalización o transnacionalización?
Desde hace varios años, diversos economistas, politólogos y asesores de grandes empresas, calificados “gurúes”, han elogiado de manera permanente a la globalización como un acontecimiento nuevo e inédito en el devenir del capitalismo, y han sostenido que es un proceso inexorable e ineluctable al cual es menester adoptar, sometiendo nuestra estructura social, económica y política para recibir los beneficios de ingresar en la abundancia y modernidad de un hipotético primer mundo.

Han afirmado además la imposibilidad de sustraerse a la adhesión a la tendencia a la globalización, a la cual atribuyen el impedimento de modificar las reglas de la política económica impuesta por el neoliberalismo en nuestro país, vigentes principalmente a partir del denominado “Consenso de Washington” (1989).

La globalización era, y es todavía, uno de los más grandes argumentos para llevar adelante una política económica cuyo objetivo cardinal es la concentración del patrimonio nacional en un pequeño número de grandes empresas altamente diversificadas, nacionales y extranjeras, mientras se ahonda la pauperización de grandes sectores de nuestra población.

Corresponde realizar algunas reflexiones. En primer lugar señalemos que el proceso de globalización no es un acontecimiento nuevo. El sistema capitalista se ha ido “globalizando” a partir del descubrimiento y colonización de América. Dicha mundialización ha avanzado de manera paulatina e inexorable a medida que se “mundializaba” el propio sistema, con las naturales fluctuaciones de todo proceso. Se debe aclarar que el capitalismo lleva implícita entre otras consecuencias, por su propia naturaleza, la concentración, la inequidad de la distribución del producto social, y su expansión hacia otros países.

“Según Hobson, la estructura plutocrática de la sociedad capitalista, en vista de que la demanda interior se ve frenada por los ingresos de la gran masa, mantenidos constantemente bajos, conduce crónicamente a una acumulación excesiva de capital por invertir. Por esta razón los capitalistas, para evitar el dilema del beneficio decreciente, se ven obligados a buscar lucrativas posibilidades de inversión en territorios ultramarinos, en vez de hacerlo en los mercados interiores demasiado limitados.” 2

Complementado lo señalado anteriormente, digamos que “las inversiones en el exterior, respondían a la necesidad objetiva de canalizar el excedente relativo de ahorro de las metrópolis hacia terceros países, con el propósito de obtener materias primas y alimentos baratos, con lo cual poder expandir la producción de sus empresas (pagando menores salarios a sus trabajadores, tratando de obtener la maximización de sus beneficios). Al mismo tiempo, el capital invertido debía obtener un elevado beneficio superior al que se obtenía en las plazas financieras locales, y crear además las condiciones necesarias para que las naciones receptoras de la inversión se constituyeran en mercados demandantes de los artículos manufacturados exportados por las naciones más industrializadas.”3

Las potencias europeas comenzaron a poner énfasis en la exportación de capitales, gran parte bajo la forma de empréstitos y para la instalación de empresas, y también los que serían destinados a la especulación financiera. El conjunto de dichos capitales sería con posterioridad de mayor significación que la exportación de bienes y servicios, por las ganancias extraordinarias y las enormes posibilidades que generaban y continúan generando.

Recordemos de acuerdo con los datos proporcionados por el Fondo Monetario Internacional el valor total del comercio internacional de bienes y servicios ha sido para 1998 de 6,725 billones de dólares de EE.UU., mientras que las inversiones (tanto directas como de cartera) realizadas por las corporaciones industriales, financieras o bancarias, y el capital financiero especulativo propiamente dicho, han adquirido un volumen varias veces superior al comercio mundial.

En otros trabajos hemos señalado algunos de los aspectos que han contribuido a profundizar el proceso de globalización. Dichos factores pueden resumirse brevemente en:

1. La colosal y sistemática expansión mundial de las Corporaciones Transnacionales (C.Ts.) productoras de bienes y servicios, como también la de las poderosas corporaciones bancarias, mediante sus inversiones de capital, las adquisiciones y fusiones que se realizan entre poderosas corporaciones, y el acaparamiento de los adelantos tecnológicos en casi todos los países del mundo, lo cual les ha posibilitado un enorme poderío económico, financiero, comercial y también político, de una magnitud tan colosal como jamás se había conocido anteriormente.

2. La creciente expansión del capital financiero y especulativo.

3. El continuo avance del desarrollo tecnológico producido en todos los sectores económicos y especialmente en la informática y en las comunicaciones.

4. El incremento del intercambio comercial mundial, caracterizado por una inútil y despiadada competencia donde impera el “vale todo” (desde un cerrado proteccionismo con barreras arancelarias, para-arancelarias, “ecológicas”, hasta subsidios abiertos y encubiertos), y una muy cruenta disputa por el dominio de los mercados.

La moderna versión del proceso descripto precedentemente es lo que se ha dado en designar como globalización, y que en rigor de verdad debería denominarse como transnacionalización. Ello reflejaría de mejor manera la enorme penetración de las Corporaciones Transnacionales (C.Ts.) en la economía mundial, y se basa entre otras situaciones en la extraordinaria expansión de las inversiones de capital que tales empresas realizan en el exterior, tanto en los países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo.

El Cuadro 1 presenta una visión de la evolución de las Inversiones Extranjeras Directas (IED) de las C.Ts. productoras de bienes.

Cuadro 1

I.E.D. ACUMULADA (miles de millones de dólares)



1914 1938 1960 1975 1980 1985 1990 1995 1997

TOTAL 14,3 26,4 63,1 275,4 479,9 756,7 1736,2 2732,6 3455,5

Fuentes: W.Andreff: Las multinacionales globales, citado por Rapoport Mario en “La globalización económica, ideologías, realidad, historia” Revista Ciclos No.12; y World Investment Report 1998 (Naciones Unidas).

Como se puede apreciar en el cuadro, el crecimiento de la IED acumulada ha sido realmente exponencial, especialmente en la década actual, que de hecho prácticamente duplica el importe de 1990, alcanzando la impresionante suma de 3,455 billones de dólares a valores históricos que se han invertido en la mayoría de los países del mundo, según datos del World Investment Report 1998 de Naciones Unidas, fuente que utilizaremos a partir de esta parte de nuestro trabajo salvo indicación en contrario.

Del monto de IED señalado precedentemente 2.349 billones de dólares se encontraban invertidos en los países desarrollados, lo que ha significado el 68 % de la inversión total, mientras que los países en desarrollo recibieron 1.105 billones de dólares, el 32% del total. Corresponde efectuar una aclaración. En su concepción tradicional la IED implicaba la aportación de capitales externos para la creación de una empresa nueva en el exterior, o bien en respuesta a sus necesidades de ampliación. También se ha aceptado la inversión en bienes y equipos de capital, tecnología, marcas y patentes.

En los últimos años se ha realizado por parte de las C, Ts. un cambio de estrategia para que, sin abandonar la anterior metodología, utilicen todo su poderío para la compra o adquisición de empresas existentes, de modo tal que se pueda aprovechar la estructura vigente, utilizando especialmente el financiamiento a través de la banca local, las marcas, el conocimiento y penetración en el mercado, la tecnología, etc. Las C.Ts. han abandonado la inversión “de riesgo”, puesto que les resulta más simple, y facilita y mejora sus intereses, realizar una adquisición o fusionarse con las empresas interesantes para expandir sus actividades.

Esta situación ha llevado a que el propio F.M.I. modificara la definición de la categoría de IED. Para reunir las características requeridas, el capital de la misma debe ingresar bajo el rubro de financiamiento externo del Balance de Pagos del país receptor de la inversión. Para el FMI una operación en la que una empresa extranjera compra una firma local y para hacerlo se financia utilizando el crédito de la banca del país no entra dentro del concepto de IED.

De entre los países desarrollados, los que tenían mayor IED recibida y acumulada a finales de 1997 eran: Reino Unido 274.369; Francia 174.152; Bélgica y Luxemburgo 143.121; Alemania 137.731 (cifras en millones de dólares).

Estados Unidos es el país que mayores inversiones directas ha realizado en el exterior: en 1997 alcanzaron un importe total de 907.497 millones. A su vez, EE.UU. es el mayor receptor mundial de la IED: en 1997 tenía un monto acumulado de 720.793 millones.

Los países en vías de desarrollo de mayor IED acumulada recibida son los correspondientes a la región de Asia que en conjunto tenían 593.674 millones de dólares, de los cuales China continental alcanza a 217.341 millones, país donde las inversiones han crecido como en casi ningún otro, ya que en 1990 sólo alcanzaba los 18.568 millones.

En América Latina y el Caribe, siempre a finales de 1997, la IED acumulada alcanzaba un total de 375.414 millones de dólares, triplicando largamente los valores alcanzados en 1990. Dicho importe representó un 36 % del total de lo invertido en los países en desarrollo. Entre 1990 y 1997, el conjunto de países de la región recibió un importe de IED que alcanzó los 251.450 millones.

El principal país receptor de IED es Brasil, que en el año 1997 acumulaba un total de 126.281 millones, México alcanzaba los 86.836 millones, mientras la Argentina tenía 36.070 millones. Deben destacarse las inversiones en los “paraísos fiscales” existentes en nuestra región de los cuales sobresale por su significación las Islas Cayman que ostentan una IED total de 28.505 millones de dólares.

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