Tomo 3 Herodoto de Halicarnaso



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Los nueve libros de la historia

TOMO 3

Herodoto de Halicarnaso


LIBRO TERCERO

TALÍA

Expedición de Cambises al Egipto: derrota de los egipcios. Intenta Cambises conquistar Etiopía; relación de los descubridores enviados a este país y desgracias de los expedicionarios. -Búrlase Cambises de los Dioses egipcios:

sus locuras y muerte de su hermano y esposa. -Fortuna de Polícrates, el tirano de Samos, a quien atacan los Lacedemonios y Corintios. -Álzase contra Cambises el mago Esmerdis y se apodera del trono de Persia: muerte de Cambises.

-Descúbrese la impostura del mago y muere a manos de los siete conjurados. -Artificio de Darío para subir al Trono. -Contribuciones del Imperio persa. -Descripción de la India, Arabia y sus producciones. -Orestes, gobernador de Sardes, mata a Polícrates, castigo de Orestes. -Artificio del Médico Democedes para regresar a Grecia. -Darío ayuda a Silosonte para recobrar a Samos. -Rebelión de Babilonia, su asedio y conquista.

Contra el rey Amasis, pues, dirigió Cambises, hijo y sucesor de Ciro, una expedición en la cual llevaba consigo, entre otros vasallos suyos, a los Griegos de la Jonia y Eolia; el motivo de ella fue el siguiente: Cambises, por medio de un embajador enviado al rey Amasis, le pidió una hija por esposa, a cuya demanda le había inducido el consejo y solicitación de cierto Egipcio que, al lado del Persa, urdía en esto una trama, altamente resentido contra Amasis, porque tiempos atrás, cuando Ciro le pidió por medio de mensajeros que le enviara el mejor oculista de Egipto, le había escogido entre todos los médicos del país y enviado allá arrancándole del seno de su mujer y de la compañía de sus hijos muy amados. Este Egipcio, enojado contra Amasis, no cesaba de exhortar a Cambises a que pidiera una hija al rey de Egipto con la intención doble y maligna de dar a éste que sentir si la concedía, o de enemistarle cruelmente con Cambises si la negaba. El gran poder del Persa, a quien Amasis no odiaba menos que temía, no le permitía rehusarlo su hija, ni podía dársela por otra parte, comprendiendo que no la quería Cambises por esposa de primer orden, sino por amiga y concubina: en tal apuro acudió a un expediente. Vivía entonces en Egipto una princesa llamada Nietetis, de gentil talle y de belleza y donaire singular, hija del último rey Apríes, que había quedado sola y huérfana en su palacio. Ataviada de galas, y adornada con joyas de oro, y haciéndola pasar por hija suya, envióla Amasis a Persia por mujer de Cambises, el cual, saludándola algún tiempo después con el nombre de hija de Amasis, la joven princesa le respondió: «Señor, vos sin duda, burlado por Amasis, ignoráis quién sea yo. Disfrazada con este aparato real me envió como si en mi persona os diera una hija, dándoos la que lo es del infeliz Apries, a quien dio muerte Amasis, hecho jefe de los Egipcios rebeldes, ensangrentando sus manos en su propio monarca.» II. Con esta confesión de Nictetis y esta ocasión de disgusto, Cambises, hijo de Ciro, vino muy irritado sobre el Egipto. Así es como lo refieren los Persas 1; aunque los Egipcios, con la ambición de apropiarse a Cambises, dicen que fue hijo de la princesa Nictetis, hija de su rey Apríes, a quien antes la pidió Ciro, según ellos, negando la embajada de Cambises a Amasis en demanda de una hija. Pero yerran en esto, pues primeramente no pueden olvidar que en Persia, cuyas leyes y costumbres no hay quien las sepa quizá mejor que los Egipcios, no puede suceder a la corona un hijo natural existiendo otro legítimo; y en segundo lagar, siendo sin duda Cambises hijo de Casandana y nieto de Farnaspes, uno de los Aquemenidas, no podía ser hijo de una Egipcia 2.

Sin duda los Egipcios, para hacerse parientes de la casa real de Ciro, pervierten y trastornan la narración; mas pasemos adelante.

III. Otra fábula, pues por tal la tengo, corre aun sobre esta materia.

Entró, dicen, no sé qué mujer persiana a visitar las esposas de Ciro, y viendo alrededor de Casandana unos lindos niños de gentil talle y gallardo continente, pasmada y llena de admiración empezó a deshacerse en alabanza de los infantes. «Sí, señora mía, respondióle entonces Casandana, la esposa de Ciro, sí, estos son mis hijos; mas poco, sin embargo, cuenta Ciro con la madre que tan agraciados príncipes le dio:

no soy yo su querida esposa, lo es la extranjera que hizo venir del Egipto.» Así se explicaba, poseída de pasión y de celos contra Nictetis:

óyela Cambises, el mayor de sus hijos, y volviéndose hacia ella: «Pues yo, madre mía, le dice, os empeño mi palabra de que cuando mayor he de vengaros del Egipto, trastornándolo enteramente y revolviéndolo todo de arriba abajo.» Tales son las palabras que pretenden dijo Cambises, niño a la sazón de unos diez años, de las cuales se admiraron las mujeres; y que llegado después a la edad varonil, y tomada posesión del imperio, acordándose de su promesa, quiso cumplirla, emprendiendo dicha jornada contra el Egipto.

IV. Más empero contribuiría a formarla el caso siguiente: servía en la tropa extranjera de Amasis un ciudadano de Halicarnaso llamado Fanes, hombro de talento, soldado bravo y capaz en el arte de la guerra.

Enojado y resentido contra Amasis, ignoro por qué motivo, escapóse del Egipto en una nave con ánimo de pasarse a los Persas y de verse con Cambises. Siendo Fanes por una parte oficial de crédito no pequeño entre los guerreros asalariados, y estando por otra muy impuesto en las cosas del Egipto, Amasis, con gran ansia de cogerle, mandó desde luego que se le persiguiera. Envía en su seguimiento una galera y en ella el eunuco de su mayor confianza 3; pero éste, aunque logró alcanzarle y cogerle en Licia, no tuvo la habilidad de volverle a Egipto, pues Fanes supo burlarle con la astucia de embriagar a sus guardias, y escapado de sus prisiones logró presentarse a los Persas.

Llegado a la presencia de Cambises en la coyuntura más oportuna, en que resuelta ya la expedición contra el Egipto no veía el monarca medio de transitar con su tropa por un país tan falto de agua, Fanes no sólo le dio cuenta del estado actual de los negocios de Amasis, sino que lo descubrió al mismo tiempo un modo fácil de hacer el viaje, exhortándole a que por medio de embajadores pidiera al rey de los Árabes paso libre y seguro por los desiertos de su país.

V. Y, en efecto, sólo por aquel paraje que Fanes indicaba se halla entrada abierta para el Egipto. La región de los Sirios que llamamos Palestinos se extiende desde la Fenicia hasta los confines de Caditis:

desde esta ciudad, mucho menor que la de Sardes, a mi entender, siguiendo las costas del mar, empiezan los emporios y llegan hasta Jeniso, ciudad del Árabe, cuyos son asimismo dichos emporios 4. La tierra que sigue después de Jeniso es otra vez del dominio de los Sirios hasta llegar a la laguna de Serbónida, por cuyas cercanías se dilata hasta el mar el monte Casio, y, finalmente, desde esta laguna, donde dicen que Tifón se ocultó, empieza propiamente el territorio de Egipto. Ahora bien; todo el distrito que media entre la ciudad de Jeniso y el monte Casio y la laguna Serbónida, distrito no tan corto que no sea de tres días de camino, es un puro arenal sin una gota de agua.

VI. Quiero ahora indicar aquí de paso una noticia que pocos sabrán, aun de aquellos que trafican por mar en Egipto. Aunque llegan al país dos veces al año, parte de todos los puntos de la Grecia, parte también de la Fenicia, un sinnúmero de tinajas llenas de vino, ni una sola de ellas se deja ver, por decirlo así, en parte alguna del Egipto.

¿Qué se hace, pues, preguntará alguno, de tanta tinaja trasportada? Voy a decirlo: es obligación precisa de todo Demarco o alcalde, que recoja estas tinajas en su respectiva ciudad y las mande pisar a Memfis, a cargo de cuyos habitantes corre después conducirlas llenas de agua a los desiertos áridos de la Siria 5; de suerte que las tinajas que van siempre llegando de nuevo, sacadas luego del Egipto, son trasportadas a la Siria, y allí juntadas a las viejas.

VII. Tal es la providencia que dieron los Persas apoderados apenas del Egipto, para facilitar el paso y entrada a su nueva provincia acarreando el agua al desierto del modo referido. Mas como Cambises, al emprender su conquista, no tuviese aun ese arbitrio de aprontar el agua, enviados al Árabe 6sus mensajeros conforme al aviso de su huésped Halicarnasio, obtuvo el paso libre y seguro, mediante un tratado concluido bajo la fe pública de entrambos.

VIII. Entre los Árabes, los más fieles y escrupulosos en guardar la fe prometida en los pactos solemnes que contratan, úsase la siguiente ceremonia. Entre las dos personas que quieren hacer un legítimo convenio, sea de amistad o sea de alianza, preséntase un medianero que con una piedra aguda y cortante hace una incisión en la palma de la mano de los contrayentes, en la parte más vecina al dedo pulgar; toma luego unos pedacitos del vestido de entrambos, con ellos mojados en la sangre de las manos va untando siete piedras allí prevenidas, invocando al mismo tiempo a Dioniso y a Urania, o sea a Baco y a Venus.

Concluida por el medianero esta ceremonia, entonces el que contrae el pacto de alianza o amistad presenta y recomienda a sus amigos el extranjero, o el ciudadano, si con un ciudadano lo contrae; y los amigos por su parte miran como un deber solemne guardar religiosamente el pacto convenido. Los Árabes, que no conocen más Dios que a Dioniso y a Urania 7, pretenden que su modo de cortarse el pelo, que es a la redonda, rapándose a navaja las guedejas de sus sienes, es el mismo puntualmente con que solía cortárselo Dioniso. A este dan el nombre de Urotalt, y a Urania el de Alilat.

IX. Volviendo al asunto, el Árabe, concluido ya su tratado público con los embajadores de Cambises, para servir a su aliado, toma el medio de llenar de agua unos odres hechos de pieles de camellos, y cargando con ellos a cuantas bestias pudo encontrar, adelantóse con sus recuas y esperó a Cambises en lo mas árido de los desiertos. De todas las relaciones es esta la más verosímil, pero como corre otra, aunque lo sea menos, preciso es referirla. En la Arabia hay un río llamado Corys que desemboca en el mar conocido por Erithreo. Refiérese, pues, que el rey de los Árabes, formando un acueducto hecho de pieles crudas de bueyes y de otros animales, tan largo y tendido, que desde el Corys llegase al arenal mencionado, por este canal trajo el agua hasta unos grandes aljibes que para conservarla había mandado abrir en aquellos páramos del desierto. Dicen que a pesar de la distancia de doce jornadas que hay desde el río hasta el erial, el Árabe condujo el agua a tres parajes distintos por tres canales separados.

X. En tanto que se hacían los preparativos, atrincheróse Psaménito, hijo de Amasis, cerca de la boca del Nilo que llaman Pelusia, esperando allí a Cambises, pues éste, al tiempo de invadir con sus tropas el Egipto, no encontró ya vivo a Amasis, el cual acababa de morir después de un reinado feliz de 44 años, en que jamás le sucedió desventura alguna de gran monta. Su cadáver embalsamado se depositó en la sepultura que él mismo se había hecho fabricar en un templo durante su vida. Reinando ya su hijo Psaménito en Egipto, sucedió un portento muy grande y extraordinario para los Egipcios, pues llovió en su ciudad de Tebas; donde antes jamás había llovido, ni volvió a llover después hasta nuestros días, según los mismos Tebanos aseguran 8. Es cierto que no suele verse caer una gota de agua en el alto Egipto, y sin embargo, caso extraño, vióse entonces en Tebas caer el agua hilo a hilo de los cielos.

XI. Salidos los Persas de los criales del desierto, plantaron su campo vecino al de los Egipcios para venir con ellos a las manos 9. Allí fue donde las tropas extranjeras al servicio del Egipto, en parte griegas y en parte carias, llevadas de ira y encono contra Fanes por haberse hecho adalid de un ejército enemigo de otra lengua y nación, maquinaron contra él una venganza bárbara e inhumana. Tenía Fanes unos hijos que había dejado en Egipto, y haciéndolos venir al campo los soldados mercenarios, los presentan en medio de entrambos reales a la vista de su padre, colocan después junto a ellos una gran taza, y sobre ella los van degollando uno a uno, presenciando su mismo padre el sacrificio.

Acabada de ejecutar tal carnicería en aquellas víctimas inocentes, mezclan vino y agua con la sangre humana y habiendo de ella bebido todas las guardias extranjeras, cierran con el enemigo. Empeñada y reñida fue la refriega, cayendo de una y otra parte muchos combatientes, hasta que al fin cedieron el campo los Egipcios.

XII. Hallándome en el sitio donde se dio la batalla, me hicieron los Egipcios observar una cosa que me causó mucha novedad. Vi por el suelo unos montones de huesos, separados unos de otros, que eran los restos de los combatientes caídos en la acción; y dije separados, porque según el sitio que en sus filas habían ocupado las huestes enemigas, estaban allí tendidos de una parte los huesos de los Persas, y de otra los de los Egipcios. Noté, pues, que los cráneos de los Persas eran tan frágiles y endebles que con la menor chinita que se los tire se los pasará de parte a parte; y al contrario, tan sólidas y duras las calaveras egipcias que con un guijarro que se les arroje apenas se podrá romperlas.

Dábanme de esto los Egipcios una razón a la que yo llanamente asentía, diciéndome que desde muy niño suelen raer a navaja sus cabezas, con lo cual se curten sus cráneos y se endurecen al calor del sol. Y esto mismo es sin duda el motivo por qué no encalvecen, siendo averiguado que en ningún país se ven menos calvos que en Egipto, y esta es la causa también de tener aquella gente tan dura la cabeza. Y al revés, la tienen los Persas tan débil y quebradiza, por que desde muy tiernos la defienden del sol, cubriéndosela con sus tiaras hechas de fieltro a manera de turbantes 10. Esta es la particularidad que noté en dicho campo, e idéntica es la que noté en los otros Persas, que conducidos por Aquemenes, hijo de Darío, quedaron juntamente con su jefe vencidos y muertos por Inaro el Libio, no lejos de Papremis.



XIII. Volvamos a los Egipcios derrotados, que vueltas una vez la espaldas al enemigo en la batalla, se entregaron a la fuga sin orden alguno. Encerráronse después en la plaza de Memfis, adonde Cambises les envió río arriba una nave de Mitilene, en que iba un heraldo persa encargado de convidarlos a una capitulación. Apenas la ven entrar en Memfis, cuando saliendo en tropel de la fortaleza y arrojándose sobre ella, no sólo la echan a pique, sino que despedazan a los hombres de la tripulación, y cargando con sus miembros destrozados, como si vinieran de la carnicería, entran con ellos en la plaza. Sitiados después en ella, se entregaron al Persa a discreción al cabo de algún tiempo. Pero los Libios que confinan con el Egipto, temerosos con lo que en él sucedía, sin pensar en resistir se entregaron a los Persas, imponiéndose por sí mismo cierto tributo y enviando regalos a Cambises. Los colones griegos de Barca y de Cirene, no menos amedrentados que los Libios, les imitaron en rendirse al vencedor. Diose Cambises por contento y satisfecho con los dones que recibió de los Libios; pero se mostró quejoso y aun irritado por los presentes venidos de Cirone, por ser a lo que imaginaba cortos y mezquinos. Y, en efecto, anduvieron con él escasos los Cireneos enviándole solamente 500 minas de plata, las que fue cogiendo a puñados y derramando entre las tropas por su misma mano.

XIV. Al décimo día después de rendida la plaza de Memfis, ordenó Cambises que Psaménito, rey de Egipto, que sólo seis meses había reinado, en compañía de otros Egipcios, fuera expuesto en público y sentado en los arrabales de la ciudad, para probar del siguiente modo el ánimo y carácter real de su prisionero. Una hija que Psaménito tenía, mandóla luego vestir de esclava enviándola con su cántaro por agua; y en compañía de ella, por mayor escarnio, otras doncellas escogidas entre las hijas de los señores principales vestidas con el mismo traje que la hija del rey. Fueron pasando los jóvenes y damas con grandes gritos y lloros por delante de sus padres, quienes no pudieron menos de corresponderlas gritando y llorando también al verlas tan maltratadas, abatidas y vilipendiadas; pero el rey Psaménito, al ver y conocer a la princesa su hija, no hizo más ademán de dolor que bajar sus ojos y clavarlos en tierra. Apenas habían pasado las damas con sus cántaros, cuando Cambises tenía ya prevenida otra prueba mayor, haciendo que allí mismo, a vista de su infeliz padre, pareciese también el príncipe su hijo con otros 2.000 Egipcios, todos mancebos principales, todos de la misma edad, todos con dogal al cuello y con mordazas en la boca. Iban estas tiernas víctimas al suplicio para vengar en ellas la muerte de los que en Memfis habían perecido en la nave, de Mitilene, pues tal había sido la sentencia de los jueces regios, que murieran diez de los Egipcios principales por cada uno de los que, embarcados en dicha nave, habían cruelmente fenecida. Psaménito, mirando los ilustres reos que pasaban, por más que entre ellos divisó al Príncipe, su hijo, llevado al cadalso, y a pesar de los sollozos y alaridos que daban los Egipcios sentados en torno de él, no hizo más extremo que el que acababa de hacer al ver a su hija. Pasada ya aquella cadena de condenados al suplicio, casualmente uno de los amigos de Psaménito, antes su frecuente convidado, hombre de avanzada edad, despojado al presente de todos sus bienes y reducido al estado de pordiosero, venía por entre las tropas pidiendo a todos suplicante una limosna a vista de Psaménito, el hijo de Amasis, y de los Egipcios, partícipes de su infamia y exposición en los arrabales. No bien lo ve Psaménito, cuando prorrumpe en gran llanto, y llamando por su propio nombre al amigo mendicante, empieza a desgreñarse dándose con los puños en la frente y en la cabeza. De cuanto hacia el prisionero en cada una de aquellas salidas o espectáculos, las guardias persianas que estaban por allí apostadas iban dando cuentas a Cambises. Admirado éste de lo que se le relataba por me dio de un mensajero, manda hacerle una pregunta: «Cambises, vuestro soberano, dícele el enviado, exige de vos, Psaménito, que le digáis la causa por qué al ver a vuestra hija tan maltratada y el hijo llevado al cadalso, ni gritasteis ni llorasteis, y acabando de ver al mendigo, quien según se le ha informado en nada os atañe ni pertenece, ahora por fin lloráis y gemís.» A esta pregunta que se le hacía respondió Psaménito en éstos términos: «Buen hijo de Cyro, tales son y tan extremados mis males domésticos que no hay lágrimas bastantes con qué llorarlos; pero la miseria de este mi antiguo valido y compañero es un espectáculo para mí bien lastimoso, viéndole ahora al cabo de sus días y en el linde del sepulcro, pobre pordiosero, de rico y feliz que poco antes le veía.» Esta respuesta, llevada por el mensajero, pareció sabia y acertada a Cambises; y al oírla, dicen los Egipcios que lloró Creso, que había seguido a Cambises en aquella jornada, y lloraron asimismo los Persas que se hallaban presentes en la corte de su soberano; y este mismo enternecióse por fin, de modo que dio orden en aquel mismo punto para que sacasen al hijo del rey de la cadena de los condenados a muerte, perdonándole la vida, y desde los arrabales condujesen al padre a su presencia.

XV. Los que fueron al cadalso con el perdón no hallaron ya vivo al príncipe, que entonces mismo, por primera víctima, acababa de ser decapitado. A Psaménito se le alzó en efecto del vergonzoso poste y fue en derechura presentado ante Cambises, en cuya corte, lejos de hacerle violencia alguna, se le trató desde allí en adelante con esplendor, corriendo sus alimentos a cuenta del soberano; y aun se la hubiera dado en feudo la administración del Egipto, si no se le hubiera probado que en él iba maquinando sediciones, siendo costumbre y política de los Persas el tener gran cuenta con los hijos de los reyes, soliendo reponerlos en la posesión de la corona aun cuando sus padres hayan sido traidores a la Persia. Entre otras muchas pruebas de esta costumbre, no es la menor haberlo practicado así con diferentes príncipes, con Taniras, por ejemplo, hijo de Inaro el Libio 11, el cual recobró de ellos el dominio que había tenido su padre; y también con Pausiris, que recibió de manos de los mismos el Estado de su padre Amirteo, y esto cuando quizá no ha habido hasta ahora quien mayores males hayan causado a los Persas que Inaro y Amirteo. Pero el daño es tuvo en que no dejando Psaménito de conspirar contra su soberano, le fue forzoso llevar por ello su castigo; pues habiendo llegado a noticia de Cambises que había sido convencido de intentar la sublevación de los Egipcios, Psaménito se dio a sí mismo una muerte repentina, bebiendo la sangre de un toro:

tal fue el fin de este rey.

XVI. De Merilfis partió Cambises para Sais con ánimo resuelto de hacer lo siguiente: Apenas entró en el palacio del difunto Amasis, cuando sin más dilación mandó sacar su cadáver de la sepultura, y obedecido con toda prontitud ordena allí mismo que azoten al muerto, que le arranquen las barbas y cabellos, que le puncen con púas de hierro, y que no le ahorren ningún género de suplicio. Cansados ya los ejecutores de tanta y tan bárbara inhumanidad, a la que resistía y daba lugar el cadáver embalsamado, sin que por esto se disolviera la momia, y no satisfecho todavía Cambises, dio la orden impía y sacrílega de que el muerto fuera entregado al fuego, elemento que veneran los Persas por dios.

En efecto, ninguna de las dos naciones persa y egipcia tienen la costumbre de quemar a sus difuntos; la primera por la razón indicada, diciendo ellos que no es conforme a razón cebar a un dios con la carne cadavérica de un hombre; la segunda por tener creído que el fuego es un viviente animado y fiero, que traga cuanto se le pone delante, y sofocado de tanto comer muere de hartura, juntamente con lo que acaba de devorar 12. Por lo mismo guárdanse bien los Egipcios de echar cadáver alguno a las fieras o a cualesquiera otros animales, antes bien los adoban y embalsaman al fin de impedir que, enterrados, los coman los gusanos. Se ve, pues, que lo que obró Cambises con Amasis era contra el uso de entrambas naciones. Verdad es que si hemos de creer a los Egipcios, no fue Amasis quien tal padeció, sino cierto Egipcio de su misma edad, a quien atormentaron los Persas creyendo atormentar a aquél; lo que, según cuentan, sucedió en estos términos: Viviendo aun Amasis, supo por aviso de un oráculo lo que le esperaba después de su muerte; prevenido, pues, quiso abrigarse antes de la tempestad, y para evitar la calamidad venidera, mandó que aquel hombre muerto que después fue azotado por Cambises fuese depositado en la misma entrada de su sepulcro, dando juntamente orden a su hijo de que su propio cuerpo fuese retirado en un rincón el más oculto del monumento. Pero a decir verdad, estos encargos de Amasis y su oculta sepultura, y el otro cadáver puesto a la entrada, no me parecen sino temerarias invenciones con que los vanos Egipcios se pavonean.

XVII. Vengado ya Cambises de su difunto enemigo, formó el designio de emprender a un tiempo mismo tres expediciones militares, una contra los Carchedonios o Cartagineses, otra contra los Amonios, y la tercera contra los Etíopes Macrobios, pueblos que habitan en la Libia sobre las costas del mar Meridional 13. Tomado acuerda, le pareció enviar contra los Carcheldonios sus armadas navales, contra los Amonios parte de su tropa escogida, y contra los Etíopes unos exploradores que de antemano se informasen del estado de la Etiopía, y procurasen averiguar particularmente si era verdad que existiese allí la mesa del sol, de que se hablaba; y para que mejor pudiesen hacerlo quiso que de su parte presentasen sus regalos al rey de los Etíopes.

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