Traducción del prólogo a la fenomenología del espíritu



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Que lo representado llegue a ser propiedad de la autoconciencia pura, esta elevación a la universalidad, en suma, sólo es un aspecto de la formación cultural, todavía no es la formación completa.- La peculiaridad del estudio en la Antigüedad, frente a la de la nueva época, consiste en que aquél era propiamente la formación integral de la conciencia natural. Probándose en cada parte de su existencia con ahínco, y filosofando sobre todo lo que acaecía, hizo de sí misma una universalidad completamente activa. En la nueva época, por contra, el individuo encuentra preparada la forma abstracta; el esfuerzo para captarla y hacerla suya consiste más en hacer aflorar el interior sin mediaciones y en producir separadamente lo universal, que en que éste surja de lo concreto y de la multiplicidad de la existencia. Por eso, la labor no consiste ahora tanto en purificar al individuo del modo sensible inmediato, convirtiéndole en sustancia pensada y pensante, sino más bien en lo contrario: en hacer real y efectivo lo universal mediante la superación de los pensamientos determinados y fijos, en espiritualizarlo. Pero es mucho más difícil hacer fluidos los pensamientos fijos que hacer fluida la existencia sensible. La razón estriba en lo que se acaba de señalar: aquellas determinaciones tienen al yo, al poder de lo negativo, o a la pura realidad efectiva, por sustancia y por elemento de su existencia; las determinaciones sensibles, por contra, tienen sólo la impotente inmediatez abstracta, o el ser en cuanto tal. Los pensamientos se hacen fluidos cuando el pensar puro, esta inmediatez interna, se reconoce como momento, o cuando la pura certeza de sí mismo abstrae de sí; no apartándose de sí, poniéndose a un lado, sino renunciando a lo fijo de su ponerse a sí mismo (tanto a lo fijo de lo puramente concreto, que es el yo mismo en oposición a un contenido separado, como a lo fijo de esas cosas separadas que, puestas en el elemento del pensar puro, participan de aquella incondicionalidad del yo). Mediante este movimiento, los pensamientos puros devienen conceptos, y sólo entonces es cuando son lo que en verdad son: automovimientos, círculos; son lo que su sustancia es, esencialidades espirituales.



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Este movimiento de esencialidades puras constituye la naturaleza de la cientificidad en general. Considerado como la estructura del contenido de la cientificidad, este movimiento es la necesidad de ese contenido y de su expansión en un Todo orgánico. El camino por el cual se alcanza el concepto del saber llega a ser por dicho movimiento un devenir igualmente necesario y completo, de modo que esta preparación deja de ser un filosofar azaroso que arranca de cualquier objeto, relación o pensamiento de la conciencia incompleta, tal como la ocasión lo brinda, o un intento de fundamentar lo verdadero a partir de determinados pensamientos mediante un ir y venir de raciocinios, deducciones y corolarios, para convertirse en un camino que abarcará, mediante el movimiento del concepto, la mundanidad completa de la conciencia en su necesidad.

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Una exposición semejante constituye además la primera parte de la ciencia, porque la existencia del espíritu, en cuanto lo primero, no es otra cosa que lo inmediato o el inicio, pero el inicio no es todavía su retorno a sí mismo. Por eso el elemento de la existencia inmediata es la determinidad, por cuyo medio esta parte de la ciencia se diferencia de las otras.- La indicación de esta diferencia lleva a examinar algunas ideas fijas que suelen surgir al respecto.



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La existencia inmediata del espíritu, la conciencia, tiene dos momentos: el del saber y el de la objetualidad negativa frente al saber. Dado que es en este elemento donde el espíritu se desenvuelve y despliega sus momentos, a éstos corresponde por tanto esa contraposición, y todos ellos surgen como figuras de la conciencia. La ciencia de este camino es la ciencia de la experiencia que hace la conciencia; se considera la sustancia, y cómo ella y su movimiento son objeto de la conciencia. La conciencia no sabe ni comprende nada que no esté en su experiencia; pues lo que hay en ésta es sólo la sustancia espiritual, y ello ciertamente en cuanto objeto de su sí-misma. En cambio, el espíritu deviene objeto, pues él es el movimiento de devenir él mismo un otro, es decir, el movimiento de devenir objeto de sí-mismo, y de asumir este ser-otro. Y precisamente se denomina experiencia a este movimiento en el que lo inmediato, lo no experimentado, es decir, lo abstracto -bien del ser sensible, bien de lo simple solamente pensado- se extraña, y luego vuelve a sí desde ese extrañamiento. De ese modo es ahora como queda expuesto en su realidad efectiva y en su verdad, y también como se convierte en posesión de la conciencia.

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La desigualdad que tiene lugar en la conciencia entre el yo y la sustancia, que es su objeto, es su diferencia, lo negativo en general. Puede considerarse como el defecto de ambos, pero es su alma, o lo que los mueve; por ello algunos en la Antigüedad28 entendieron el vacío como lo que mueve, al tomar ciertamente lo que mueve como lo negativo, pero sin llegar aún a captarlo como el sí-mismo.- Si, pues, esto negativo aparece primeramente como la desigualdad del yo respecto del objeto, es igualmente la desigualdad de la sustancia consigo misma. Lo que parece pasar fuera de ella y ser una actividad dirigida en contra suya, es su propio hacer, y ella muestra ser esencialmente sujeto. En la medida en que la sustancia haya mostrado esto plenamente, el espíritu habrá hecho su existencia igual a su esencia; es objeto de sí mismo tal y como es, y con ello se ha superado el elemento abstracto de la inmediatez y de la separación del saber y de la verdad. El ser está absolutamente mediado; es contenido sustancial, al igual e inmediatamente posesión del yo, mismidad, concepto. Con esto se cierra la fenomenología del espíritu. Lo que el espíritu se prepara en ella es el elemento del saber. En éste se despliegan ahora los momentos del espíritu en la forma de la simplicidad, que sabe de su objeto como siendo ella misma. No se escinden ya esos momentos en la contraposición del ser y del saber, sino que permanecen en la simplicidad del saber, son lo verdadero en la forma de lo verdadero, y su diversidad es solamente diversidad de contenido. Su movimiento, que se organiza en este elemento como un todo, es la lógica o filosofía especulativa.



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Pero como ese sistema de la experiencia del espíritu sólo se ocupa de la aparición del mismo, parece como si el progreso que va desde ese sistema hasta la ciencia de lo que es verdadero y está en la figura de lo verdadero, fuese algo meramente negativo, y pudiera uno quedar eximido de lo negativo en cuanto que falso, solicitando ser conducido sin más a la verdad, pues ¿para qué ocuparse de lo falso?- A la cuestión que ya se discutió más arriba de si debería comenzarse inmediatamente por la ciencia, hay que responder aquí en el sentido de indicar en general cuál es la constitución de lo negativo en cuanto que falso. Las ideas corrientes sobre esto entorpecen especialmente el acceso a la verdad. Esto dará ocasión para hablar del conocimiento matemático, que el saber afilosófico ve como el ideal que la filosofía debería esforzarse por alcanzar, aunque hasta ahora lo haya hecho en vano.

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Lo verdadero y lo falso figuran entre esos pensamientos determinados que, carentes de movimiento, pasan por esencias propias, situadas una a un lado y otra al otro, sin comunidad entre sí, aisladas y fijas. Pero en contra de eso hay que afirmar que la verdad no es una moneda acuñada que pueda entregarse una vez terminada para que así se la embolsen.29 Ni tampoco hay lo falso, como no hay lo malo. Lo malo y lo falso no son ciertamente tan malignos como el diablo, pero, como a éste, se les ha convertido incluso en sujetos particulares; en cuanto que son lo falso y lo malo, son solamente universales, pero tienen sin duda esencialidad propia el uno respecto del otro.- Lo falso, pues sólo de ello se trata aquí, sería lo otro, lo negativo de la sustancia, la cual, como contenido del saber, es lo verdadero. Pero la sustancia es ella misma esencialmente lo negativo, en parte como diferenciación y determinación del contenido, en parte como un diferenciar simple, es decir, como sí-mismo y saber en general. Ciertamente, se puede saber de una manera falsa. Que algo se sepa falsamente significa que el saber está en desigualdad con su sustancia. Pero precisamente esta desigualdad es el diferenciar en general, es un momento esencial. De esta diferenciación surgirá, en efecto, su igualdad, y esta igualdad devenida es la verdad. Pero esta igualdad no es verdad porque la desigualdad hubiera sido desechada, como la ganga respecto del metal puro, ni tampoco a la manera como se deja a un lado la herramienta respecto al recipiente terminado, sino que la desigualdad misma está aún inmediatamente presente, como lo negativo, como el sí-mismo, en lo verdadero en cuanto tal. Sin embargo, no puede por ello afirmarse que lo falso constituya un momento, ni tan siquiera una parte, de lo verdadero. En la expresión: ‘en todo lo falso hay algo verdadero’, ambos son como aceite y agua que, inmiscibles, están unidos sólo externamente. Precisamente porque su significado caracteriza el momento del pleno ser-otro, no deben emplearse esas expresiones allí donde el ser-otro ha quedado superado. Así como las expresiones ‘unidad del sujeto y del objeto’, ‘de lo finito e infinito’, ‘del ser y del pensar’, etc.30, tienen el inconveniente de que objeto y sujeto, etc., significan lo que ellos son fuera de su unidad, y en la unidad, por tanto, no están pensados como aquello que dice su expresión, así tampoco es lo falso, en tanto que falso, un momento de la verdad.



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El dogmatismo del pensamiento en el saber y en el estudio de la filosofía no es otra cosa que la opinión de que lo verdadero consiste en una proposición que es un resultado fjo, o que se puede saber de un modo inmediato. A cuestiones tales como cuándo nació César, cuántas toesas tiene un estadio, cuánto costó algo, etc., debe darse una respuesta rotunda, del mismo modo que es terminantemente verdadero que en un triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Pero la naturaleza de eso que se llama verdad en estos casos es distinta de la naturaleza de las verdades filosóficas.

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Respecto a las verdades históricas, por mencionarlas brevemente, en la medida en que se considera lo puramente histórico de las mismas, se concede fácilmente que conciernen a la existencia particular, a un contenido en lo que tiene de contingente y arbitrario, es decir, a determinaciones del mismo que no son necesarias.- Pero ni siquiera verdades tan escuetas como las de los ejemplos citados existen sin el movimiento de la autoconciencia. Para conocer una de ellas hay que comparar mucho, hay que buscar también en libros, o se ha de investigar del modo que sea; también en el caso de una intuición inmediata, lo que se tiene por algo de verdadero valor es el conocimiento de la misma junto con sus razones, aunque en realidad de lo único que se trata es del resultado.



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En lo que se refiere a las verdades matemáticas, aún menos podríamos considerar como geómetra a aquel que supiera de memoria, exteriormente, los teoremas de Euclides, sin sus demostraciones, sin saberlo interiormente, como cabría decir por contraposición. Del mismo modo, se tendría por insatisfactorio el conocimiento de que los lados de un triángulo rectángulo guardan la consabida relación, si alguien lo obtuviera midiendo muchos triángulos de este tipo. La esencialidad de la demostración, sin embargo, no posee aún en el conocimiento matemático el significado y la naturaleza de ser un momento del resultado mismo, sino que en este resultado la demostración más bien ha quedado atrás y ha desaparecido. En cuanto resultado, el teorema se ve ciertamente como algo verdadero. Pero esta circunstancia sobreañadida no afecta a su contenido, sino solamente a la relación con el sujeto; el movimiento de la demostración matemática no pertenece a lo que es su objeto, sino que es una acción externa a la cosa. Así, la naturaleza del triángulo rectángulo no se descompone ella misma tal como se expone en la construcción que se precisa para demostrar la proposición que expresa su relación; la entera producción del resultado es un camino hecho por el conocimiento, y un medio de conocer.- También en el conocimiento filosófico el devenir de la existencia en tanto que existencia es diferente del devenir de la esencia o de la naturaleza interna de la cosa. Pero, en primer lugar, el conocimiento filosófico contiene a ambas, mientras que el matemático, por contra, sólo expone el devenir de la existencia -es decir, del ser de la naturaleza de la cosa- en el conocimiento en cuanto tal. Por otra parte, el conocimiento filosófico unifica también estos dos movimientos particulares. El surgir interior o el devenir de la sustancia es pasar íntegra a lo exterior o a la existencia, ser para otro; y viceversa, el devenir de la existencia es el recogerse en la esencia. El movimiento es así el doble proceso y devenir del Todo, de manera que cada uno pone al mismo tiempo al otro, y por ello cada uno tiene también en sí a ambos como dos aspectos; ellos juntos forman el Todo, al disolverse a sí mismos y convertirse en momentos de éste.

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En el conocimiento matemático inteligir es una acción externa a la cosa; se sigue de ello que así se altera la verdadera cosa. El medio -la construcción y la demostración- contiene, pues, proposiciones verdaderas; pero en la misma medida hay que decir que el contenido es falso. En el ejemplo anterior, el triángulo se descompone, y sus partes se convierten en otras figuras que la construcción hace surgir en él. Sólo al final se reconstruye el triángulo de que propiamente se trata, que en el transcurso del procedimiento se había perdido de vista y solamente aparecía en fragmentos pertenecientes a otros conjuntos.- Por tanto, también aquí vemos introducirse la negatividad del contenido, que tendría que llamarse falsedad de éste por lo mismo que, en el movimiento del concepto, es una falsedad la desaparición de los pensamientos considerados fijos.



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Pero la deficiencia peculiar de este conocimiento afecta tanto al conocer mismo como a su materia en general.- Por lo que al conocimiento se refiere, en primer lugar no se ve la necesidad de la construcción. Ésta no surge del concepto del teorema, sino que viene impuesta, y hay que obedecer ciegamente esa prescripción de trazar precisamente tales líneas de entre infinitas otras que pudieran trazarse, sin saber nada más, a no ser el tener la buena fe de que ello será adecuado para el desarrollo de la prueba. Esta adecuación al fin se pone de manifiesto con posterioridad, por ello es puramente externa, porque sólo se revela más tarde, en la demostración.- Asimismo, sigue ésta un camino que comienza en algún punto del que no se sabe aún en qué relación se encuentra respecto al resultado que se debe obtener. En su transcurso, recoge unas determinaciones y relaciones, y deja de lado otras, sin que pueda colegirse inmediatamente en virtud de qué necesidad; una finalidad exterior rige este movimiento.

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La evidencia de este conocimiento deficiente, que enorgullece a la matemática y la hace pavonearse también frente a la filosofía, descansa solamente en la pobreza de su finalidad y en la deficiencia de su materia, y es por ello de una clase tal, que la filosofía tiene que repudiarla.- Su finalidad o concepto es la cantidad. Esta es precisamente la relación inesencial y carente de concepto. Por eso el movimiento del saber discurre en la superficie, no toca a la cosa misma, no toca a la esencia o al concepto y, en consecuencia, no es ningún comprender.- La materia sobre la que la matemática proporciona ese gozoso tesoro de verdades es el espacio y el Uno. El espacio es la existencia en la que el concepto inscribe sus diferencias como en un elemento vacío y muerto, donde se encuentran asimismo inmóviles y sin vida. Lo real y efectivo no es algo espacial, tal como se lo considera en la matemática; ni la concreta intuición sensible, ni la filosofía, se ocupan de una irrealidad tal como la de los objetos de la matemática. En semejante elemento irreal lo único que se da, por tanto, son verdades irreales e inefectivas, es decir, proposiciones fijadas, muertas; se puede terminar en cada una de ellas: la siguiente comienza para sí de nuevo, sin que la primera se siga moviendo ella misma hacia la otra, y sin que de este modo surja una conexión necesaria por la naturaleza misma de la cosa.- Además, a causa de ese principio (el Uno) y ese elemento (el espacio) -y en esto consiste lo formal de la evidencia matemática- el saber discurre por la línea de la igualdad. Pues lo muerto, dado que no se mueve a sí mismo, no llega a las diferencias de la esencia, ni a la contraposición o desigualdad esencial, y por ello tampoco a la transición de lo contrapuesto a lo contrapuesto, no llega al movimiento cualitativo, inmanente, al automovimiento. Porque la única diferencia que la matemática considera es la cantidad, la diferencia inesencial. Que la cantidad sea el concepto que escinde el espacio en sus dimensiones y determina las conexiones de las mismas y en las mismas, de eso abstrae la matemática; no considera, por ejemplo, la relación de la línea con la superficie; y cuando compara el diámetro del círculo con la circunferencia, choca con su inconmensurabilidad, esto es, con una relación del concepto, con un infinito, que escapa a su determinación.



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La matemática inmanente, llamada matemática pura, tampoco contrapone el tiempo en cuanto tiempo al espacio, como segundo tema a considerar. Es cierto que la matemática aplicada trata del tiempo, como del movimiento y de otras cosas reales, pero toma de la experiencia las proposiciones sintéticas, esto es, las proposiciones de sus relaciones, proposiciones que están determinadas por su concepto, y sólo aplica sus fórmulas bajo esos supuestos. El que las llamadas demostraciones de estas proposiciones, que tanto abundan en la matemática aplicada, como la del equilibrio de la palanca, la de la relación entre el espacio y el tiempo en el movimiento de caída, etc.31, sean ofrecidas y aceptadas como demostraciones, es a su vez una demostración de cuán grande es la necesidad de demostración para el conocimiento, porque allí donde no la tiene atiende también a la vacía apariencia de la misma, obteniendo así una satisfacción. Una crítica de aquellas demostraciones sería tan notable como instructiva para, en parte, limpiar la matemática de este falso adorno y, en parte, para mostrar sus límites, y con ello la necesidad de otro saber.- En cuanto al tiempo, del que podría pensarse que, en simetría con el espacio, constituiría la materia de la otra parte de la matemática pura, es el concepto existente mismo. El principio de la cantidad, de la diferencia carente de concepto, y el principio de la igualdad, de la unidad abstracta inanimada, son incapaces de ocuparse de esa pura inquietud de la vida y de la absoluta diferenciación que supone el tiempo. Por tanto, esta negatividad, solamente en cuanto que paralizada, es decir, en cuanto que el Uno, se convierte en la segunda materia de este conocimiento, el cual, siendo un obrar externo, degrada a materia lo que se mueve a sí mismo, para así tener en ella un contenido indiferenciado, externo, sin vida.

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La filosofía, por contra, no considera la determinación inesencial, sino que la considera en tanto que es esencial; su elemento y contenido no es lo abstracto, o lo irreal e inefectivo, sino lo real y efectivo, lo que se pone a sí mismo y vive en sí, la existencia en su concepto. Es el proceso que produce y recorre sus momentos, y este movimiento en su conjunto constituye lo positivo y su verdad. Por lo tanto, ésta incluye igualmente en sí lo negativo, aquello que se llamaría falso si pudiera ser considerado como algo de que pudiera abstraerse. Lo pasajero, precisamente, debe considerarse más bien como esencial, no bajo la determinación de algo fijo que recortado de lo verdadero hubiera que dejar fuera de él, no se sabe dónde, así como tampoco hay que considerar lo verdadero como lo quieto del otro lado, lo positivo muerto. Lo que aparece es el nacer y el perecer, que a su vez ni nace ni perece, sino que es en sí y constituye la realidad efectiva y el movimiento de la vida de la verdad. Lo verdadero es así el delirio báquico en el que no hay ningún miembro que no esté ebrio y, puesto que cada miembro, al apartarse, se disuelve también de modo inmediato, este delirio es también quietud transparente y simple. En el tribunal de ese movimiento, ciertamente no permanecen las figuras particulares del espíritu ni los pensamientos determinados, pero son momentos tan positivos y necesarios como negativos y pasajeros.- En el Todo del movimiento, captado como quietud, aquello que se diferencia en él y se da existencia particular está conservado como algo que recuerda, cuya existencia es el saber de sí mismo, al igual que éste es existencia inmediata.



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Podría parecer necesario decir de antemano algo más acerca del método de este movimiento o de la ciencia. Su concepto, sin embargo, está ya en lo dicho, y su auténtica exposición pertenece a la lógica, o es más bien esta misma. Pues el método no es otra cosa que levantar la estructura del Todo según su pura esencialidad. Pero en cuanto a lo que hasta ahora ha sido usual al respecto, hemos de darnos cuenta de que el sistema de las ideas corrientes sobre lo que es el método filosófico también pertenece a una formación cultural desaparecida.- Si esto sonara demasiado jactancioso o revolucionario, tono del que me sé alejado, hay que recordar que el aparato científico que nos prestó la matemática -explicaciones, divisiones, axiomas, series de teoremas, demostraciones de los mismos, postulados, consecuencias y deducciones a partir de ellos- ya está, al menos, anticuado para la propia opinión. Aunque su inutilidad no se aprecie claramente, ya se hace poco o ningún uso de él; y aunque no se lo repruebe en sí mismo, tampoco se lo aprecia. Y nosotros hemos de prejuzgar que lo excelente es lo que se abre paso en el uso y se hace querer. Pero no es difícil ver que ese modo de establecer una proposición, aducir razones a su favor, y refutar asimismo con razones la contraria, no es la forma en que puede presentarse la verdad. La verdad es el movimiento de ella en sí misma; ese método, sin embargo, es un conocimiento externo a su materia. Por eso es propio de la matemática, y hay que dejárselo a ella, la cual, como queda dicho, tiene por principio la relación aconceptual de cantidad, y por materia el espacio muerto, así como el Uno, no menos muerto. Dicho método, en un modo más libre, es decir, más mezclado con la arbitrariedad y el azar, puede también quedar para la vida corriente, para la charla o para la erudición histórica, más dadas a la curiosidad que al conocimiento, como también ocurre, más o menos, en un prólogo. En la vida corriente, la conciencia tiene por contenido noticias, experiencias, concreciones sensibles, también pensamientos, principios fundamentales, en general aquello que pasa por algo presente, o por un ser o esencia fijo y en reposo. La conciencia, en parte, discurre por este contenido, pero en parte interrumpe su trabazón por su libre albedrío sobre dicho contenido, y se comporta como si lo determinara y manejara desde fuera. Lo conduce de vuelta a cualquier cosa cierta, aunque sólo sea a la sensación del instante, y la convicción se da por satisfecha al arribar a un punto de reposo que ya le es conocido.

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