Traducción del prólogo a la fenomenología del espíritu



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Pero si la necesidad del concepto excluye la marcha deslavazada de la charla raciocinante, así como la rígida marcha de la pompa científica, ya se recordó arriba que su puesto no debe ser ocupado por la falta de método del presentimiento y del entusiasmo, como tampoco por la arbitrariedad del discurso profético,32 que no sólo desprecia aquella cientificidad, sino la cientificidad en general.



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Después de haber elevado a su significado absoluto la triplicidad kantiana,33 reencontrada todavía sólo por medio del instinto, todavía muerta, todavía incomprendida, y quedando al mismo tiempo con ello establecida la forma conforme a verdad en su contenido conforme a verdad, surgiendo el concepto de ciencia, no hay que tener, ni mucho menos, el uso de esta forma por algo científico. Mediante este uso, la vemos rebajada a un esquema sin vida, a algo propiamente fantasmal, y vemos rebajada la organización científica a un cuadro sinóptico.- Este formalismo, del que ya se habló arriba en general, y cuyo proceder vamos a detallar aquí, cree haber comprendido y expresado la naturaleza y la vida de una figura cuando le ha atribuido como predicado una determinación del esquema, ya sea la subjetividad o la objetividad, o también el magnetismo, la electricidad, etc.,34 la contracción o la expansión, el Este o el Oeste y similares, lo que podría multiplicarse hasta el infinito, porque de esta manera toda determinación o figura puede volverse a utilizar como forma o momento del esquema para otras, y cada una puede prestar agradecidamente a otra el mismo servicio: un círculo de reciprocidad por medio del cual no se experimenta lo que es la cosa misma, ni la una ni la otra. Al proceder así, se toman de un lado determinaciones sensibles de la intuición vulgar que, desde luego, han de significar algo distinto de lo que dicen, y, de otro, se emplea lo significante en sí, las determinaciones puras del pensamiento tales como sujeto, objeto, sustancia, causa, lo universal, etc., precisamente de un modo tan descuidado y acrítico como en la vida corriente, como al hablar de fortalecer y debilitar, 35 de la expansión y de la contracción, de modo que esa metafísica resulta tan acientífica como estas representaciones sensibles.



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En lugar de expresar una tal determinidad simple de la intuición, esto es, del saber sensible en este caso, según la vida interna y el automovimiento de su existencia, se la expresa según una analogía superficial, llamando construcción a esta aplicación externa y vacía de la fórmula.- 36 Con este formalismo pasa lo que con todos. ¡Qué dura tendría que ser la cabeza a la que en un cuarto de hora no pudiera enseñársele la teoría de que existen enfermedades asténicas, esténicas, e indirectamente asténicas,37 y otros tantos tratamientos terapeúticos, y que no pudiera pasar en tan corto espacio de tiempo de especialista a médico teorético, dado que hasta hace poco bastaba para ello con semejante instrucción! Si el formalismo filosófico-natural enseña, por ejemplo, que el entendimiento es electricidad, o que el animal es nitrógeno, o también que es semejante al Sur o al Norte, etc., 38 o lo representa, sea con la crudeza aquí expresada, o entremezclando más terminología, el caso es que cabe que -ante una fuerza que junta de golpe cosas que parecen tan distantes, y ante la violencia que por esta unión padece lo sensible en reposo, y que le da así apariencia de concepto ahorrándose sin embargo lo principal, que es expresar el concepto mismo o el significado de la representación sensible- el caso es que cabe que ante esto, el inexperimentado caiga en un pasmo admirativo, reverencie en ello una profunda genialidad, se regocije en la bonanza de tales determinaciones, puesto que sustituyen el concepto abstracto por lo intuitivo, haciéndolo más simpático, y se felicite por la afinidad presentida de su alma con semejante gloriosa manera de proceder. El ardid de semejante sabiduría se aprende tan pronto, como fácilmente se ejercita; su repetición, cuando se conoce, es tan insoportable como la repetición de un juego de manos del que ya se sabe el truco. El instrumento de este formalismo monótono no es más difícil de manejar que la paleta de un pintor en la que solamente se encontraran dos colores, por ejemplo el rojo y el verde, para colorear con rojo una superficie cuando se le encargara una escena histórica, y con verde cuando se le encargara un paisaje.- Resultaría difícil decidir qué es mayor al respecto, si la complacencia con que se embadurna con tal sopa de colores lo que hay en el cielo, en la tierra, y bajo la tierra,39 o la fantasía que hay que tener para creer en la excelencia de este remedio universal; una cosa apoya a la otra. Lo que este método produce al pegar a todo lo divino y humano, a todas las figuras naturales y espirituales, un par de determinaciones del esquema general, y de este modo clasificarlo todo, es nada menos que un informe claro como la luz del sol40 acerca del organismo del universo, a saber, un cuadro sinóptico que se asemeja a un esqueleto con rotulitos pegados encima, o a las series de tarros cerrados, con sus etiquetas pegadas, en un puesto de especias. Tan claramente es lo uno como lo otro, y si en un caso se ha quitado la carne y la sangre de los huesos, y en otro está oculta en tarros la cosa -que precisamente tampoco vive-, en el cuadro sinóptico también se ha quitado u ocultado la esencia viva de la cosa.- Ya se ha señalado antes que este proceder culmina asimismo en una absoluta pintura monocolor, en la medida en que, avergonzándose de las diferencias del esquema, las hunde en la vaciedad del Absoluto, como pertenecientes a la reflexión, para producir la identidad pura, el blanco carente de forma. Esa monocromía del esquema y de sus determinaciones sin vida, y esta identidad absoluta, así como el paso de lo uno a lo otro, son un mismo entendimiento muerto, y un conocimiento igualmente externo.

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Pero lo excelente no sólo no puede escapar al destino de devenir algo desprovisto de vida y de espíritu hasta quedar desollado, y de ver que un saber sin vida y vanidoso se viste con su piel. Más bien aún hay que reconocer en este destino mismo el poder que lo excelente ejerce sobre los ánimos, cuando no sobre los espíritus, así como el progresivo desarrollo hacia la universalidad y determinidad de la forma en que consiste su perfección, y que es lo único que hace posible que esta universalidad se utilice para la superficialidad.



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La ciencia sólo debe organizarse mediante la vida propia del concepto; en la ciencia la determinidad, que desde el esquema se pega externamente a la existencia, es el alma que se mueve a sí misma del contenido cumplido. El movimiento de lo que es consiste por una parte en devenir otro, y de este modo devenir su contenido inmanente; por otra parte, lo que es vuelve a recoger en sí mismo ese despliegue o esa su existencia, es decir, hace de sí mismo un momento y se simplifica convirtiéndose en determinidad. En aquel movimiento, la negatividad es el diferenciar y el poner la existencia; en este retorno a sí, la negatividad es el devenir simplicidad determinada. De este modo, el contenido no muestra su determinidad como recibida y prescrita por otro, sino que se la da a sí mismo, y se erige, por sí mismo, en momento y lugar del Todo. El entendimiento por cuadros sinópticos guarda para sí la necesidad y el concepto del contenido, eso que constituye lo concreto, la realidad efectiva y el movimiento vivo de la cosa que él clasifica, o mejor, no lo guarda para sí, sino que no lo conoce, pues si fuese capaz de penetrar en ello, ciertamente lo mostraría. Ni siquiera cree que haga falta penetrar en ello; de lo contrario, dejaría de esquematizar, o por lo menos ya no se sabría más que como un índice de contenido; proporciona tan sólo el índice del contenido, pero no suministra el contenido mismo.- Aunque la determinidad, incluso una determinidad tal como por ejemplo el magnetismo, sea una determinidad en sí concreta, o real y efectiva, se la rebaja con todo a algo muerto, dado que es predicada sólo de otra existencia, y no se la conoce como vida inmanente de esa existencia, ni cómo tiene en ella su genuina y peculiar autoproducción y exposición. El entendimiento formalista deja a otros añadir esta cuestión fundamental.- En vez de penetrar en el contenido inmanente de la cosa, tiene siempre una visión sinóptica del Todo, y está por encima de la existencia individual de que habla, es decir, no la ve en absoluto. Pero el conocimiento científico exige más bien entregarse a la vida del objeto o, lo que es lo mismo, tener ante sí su interna necesidad, y expresarla. Profundizando así en su objeto, se olvida de aquella sinopsis, que no es sino la reflexión del saber sobre sí mismo a partir de su contenido. Sin embargo, sumergido en la materia y prosiguiendo el movimiento de ésta, el conocimiento científico retorna a sí mismo, mas no antes de que la plenitud del contenido se recoja en sí, se simplifique convirtiéndose en determinidad, se rebaje por sí mismo hasta el nivel de un aspecto de una existencia, y trascienda a su verdad superior. De este modo, el Todo simple que se ve sinópticamente a sí mismo emerge desde la riqueza en que su reflexión parecía perdida.

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Por cuanto que ante todo, como se dijo antes, la sustancia es en sí misma sujeto, todo contenido es su propia reflexión sobre sí. La permanencia o la sustancia de una existencia es la igualdad consigo misma, pues su desigualdad para consigo sería su disolución. Pero la igualdad consigo misma es la abstracción pura; ésta, sin embargo, es el pensar. Cuando digo cualidad, digo la determinidad simple; por la cualidad una existencia es diferente de otra, o es una existencia; es para sí misma, o permanece por esta simplicidad consigo misma. Pero por esto es por lo que es esencialmente pensamiento.- En ello va implicado que el ser es pensar; en ello radica la intelección que acostumbra a apartarse del habla usual, carente de concepto, acerca de la identidad del pensar y del ser.- Así pues, por cuanto que la permanencia de la existencia es la igualdad consigo misma o la abstracción pura, es su abstracción de sí misma, o es ella misma su desigualdad consigo y su disolución, su propia interioridad y recogimiento en sí, su devenir.- Por esta naturaleza de lo que es, y en tanto que lo que es tiene esta naturaleza para el saber, éste no es la actividad que maneja el contenido como algo extraño, no es la reflexión sobre sí externa al contenido; la ciencia no es aquel idealismo que en lugar del dogmatismo afirmativo apareció como un dogmatismo asegurador o el dogmatismo de la certeza de sí,41 sino que, por cuanto que el saber ve que es a su propia interioridad a donde regresa el contenido, sumerge más bien en éste su actividad, ya que esta actividad es el sí-mismo inmanente del contenido, como a la vez ha retornado a sí, pues es la pura igualdad consigo misma en el ser-otro; esta actividad del saber es, de este modo, esa astucia que, pareciendo abstenerse de actuar, contempla cómo la determinidad y su vida concreta, precisamente cuando creen favorecer su propia conservación e interés particular, resultan en lo contrario: un obrar que se disuelve a sí mismo y que se convierte en momento del Todo.



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Si más arriba se señalaba la importancia del entendimiento con respecto a la autoconciencia de la sustancia, lo que se acaba de decir hace patente su importancia con respecto a la determinación de la sustancia como ente.- La existencia es cualidad, determinidad igual a sí misma, o simplicidad determinada, pensamiento determinado; éste es el entendimiento de la existencia. Por ello es nous, tal como Anaxágoras conoció primeramente la esencia.42 Los que le siguieron43 entendieron más determinadamente la naturaleza de la existencia como eidos o idea, es decir, como universalidad determinada,44 especie. El término especie parece tal vez demasiado pobre y vulgar para las ideas, para ser lo bello, sagrado y eterno, que causan furor en esta época.45 Pero de hecho el término idea no expresa ni más ni menos que el de especie. Sin embargo, hoy vemos a menudo despreciado el término que designa un concepto con precisión, prefiriéndose otro que, aunque sólo sea porque pertenece a un idioma extraño, envuelve el concepto en niebla y resulta así más edificante.- Precisamente por cuanto la existencia está determinada como especie, es un pensamiento simple; el nous, la simplicidad, es la sustancia. Gracias a su simplicidad o igualdad consigo misma, aparece como firme y permanente. Pero esta igualdad consigo misma es asimismo negatividad; debido a esto, esa existencia firme camina hacia su disolución. Al principio la determinidad parece serlo sólo por cuanto que se refiere a algo otro, y su movimiento parece serle impuesto por un poder ajeno; pero el que ella tenga en sí misma su mismísimo ser-otro y sea automovimiento, esto está precisamente contenido en aquella simplicidad del pensar mismo; pues ésta es el pensamiento que se mueve a sí mismo y que se diferencia a sí mismo, y es la interioridad propia, el concepto puro. Así pues, entender es un devenir y, en cuanto tal devenir, es la racionalidad.

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A esta naturaleza de aquello que es -ser en su ser su concepto- se debe que en general haya necesidad lógica; sólo ella es lo racional y el ritmo del Todo orgánico, ella es saber del contenido, en la misma medida en que el contenido es concepto y esencia, o bien solamente ella es lo especulativo.- La figura concreta, moviéndose a sí misma, se convierte a sí misma en determinidad simple; con ello se eleva a forma lógica y existe en su esencialidad; su existencia concreta es sólo este movimiento, y es inmediatamente existencia lógica. Por tanto, es innecesario imponer externamente formalismo al contenido concreto; el contenido es en sí mismo un tránsito al formalismo, que, sin embargo, cesa de ser este formalismo externo porque la forma es ella misma el genuino devenir del contenido concreto.



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Esta naturaleza del método científico de no estar separado, por una parte, del contenido y, por otra, de determinar su ritmo por sí mismo tiene, como ya se ha recordado, su verdadera exposición en la filosofía especulativa.- 46 Ciertamente, lo dicho aquí expresa el concepto, pero sólo es válido como anticipo. Su verdad no se halla en esta exposición, parcialmente narrativa, y precisamente por eso tampoco queda refutada cuando se asegura en su contra que no es así, sino que las cosas son de tal o cual modo, cuando se acude alegremente al recuerdo de ideas habituales como si fueran verdades conocidas e incuestionables, o también cuando se extrae algo nuevo del cofre del interno intuir divino, dándolo por seguro.- Tal acogida suele ser, por contra, la primera reacción del saber ante algo que no le era conocido para salvar su libertad y su propia capacidad de intelección, su autoridad frente a la ajena -pues bajo esta figura aparece lo que ahora por de pronto se acoge-, también para borrar todo atisbo de vergüenza que se considera existe en el hecho de haber tenido que aprender algo. Del mismo modo que, en el caso de acoger aprobatoriamente lo desconocido, la reacción similar consiste en lo que en otro terreno eran los discursos y actos ultrarrevolucionarios.47

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Por esto, de lo que se trata en el estudio de la ciencia es de tomar sobre sí la tensión del concepto. Ella exige centrar la atención en el concepto en cuanto tal, en las determinaciones simples, p. ej. en el en-sí, el para-sí, la igualdad-consigo-mismo, etc.; pues son automovimientos puros, de tal suerte que se les podría llamar almas si su concepto no designara algo más elevado que el alma. A la costumbre de no pararse en representación alguna le resulta tan fastidioso que el concepto interrumpa esta fuga como al pensar formal, que raciocina de acá para allá entre pensamientos sin realidad efectiva. Esa costumbre hay que denominarla pensar material, una conciencia azarosa que no hace más que estar hundida en lo material y a la que por eso le resultaría extenuante destacarse limpiamente a sí misma de entre la materia, y al mismo tiempo permanecer en sí. Lo otro, el raciocinar, es por contra la libertad frente al contenido y la vanidad de creerse sobre él; a esta vanidad se le exige la tensión de renunciar a esa libertad, y que, en lugar de ser el principio que mueve arbitrariamente el contenido, hunda en él esa libertad, dejándolo moverse por su propia naturaleza, esto es, por el sí-mismo en cuanto lo suyo, y observar este movimiento. Renunciar a las propias ocurrencias en el ritmo inmanente de los conceptos, no intervenir en él a voluntad o por una sabiduría previamente adquirida, supone una continencia que es ella misma un momento esencial de la atención al concepto.



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Hay que subrayar más los dos lados del comportamiento raciocinante, por los que se le contrapone el pensar concipiente.- Por una parte, se comporta negativamente frente al contenido aprehendido, sabe refutarlo y convertirlo en nada. Aunque para él no sea así, esta intelección es lo meramente negativo, es lo último, lo que no se sobrepasa a sí mismo hacia un nuevo contenido, sino que, para volver a tener un contenido, tiene que emprenderse otra cosa en cualquier otra parte. Es la reflexión en el yo vacío, la vanidad de su saber.- Pero esta vanidad no expresa solamente que ese contenido es vano, sino que también lo es esa misma intelección, pues es lo negativo que no advierte en sí lo positivo. Puesto que esta reflexión no gana su negatividad misma como contenido, no está en general en la cosa, sino siempre por encima y más allá de ella; se imagina por esto que con afirmar la vaciedad está siempre más adelantada que una intelección rica en contenido. Por el contrario, tal como acaba de mostrarse, en el pensar concipiente lo negativo pertenece al contenido mismo y es lo positivo, tanto por ser su inmanente movimiento y determinación, como por ser el Todo de éstos. Aprehendido como resultado, lo negativo es lo que proviene de este movimiento, lo negativo determinado, y con ello, también un contenido positivo.



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Ahora bien, en vista de que tal pensar tiene un contenido, sea de representaciones o pensamientos, o de la mezcla de ambos, tiene otro lado que le dificulta el concebir. La notable naturaleza de este lado está relacionada estrechamente con la esencia de la idea antes indicada, o más bien la expresa, al aparecer la idea como el movimiento que es la aprehensión pensante.- En efecto, así como en su comportamiento negativo, del que se acaba de hablar, el pensar raciocinante mismo es el sí-mismo al que regresa el contenido, en su conocer positivo el sí-mismo es, por el contrario, un sujeto representado, al cual queda referido el contenido como accidente y predicado. Este sujeto constituye la base a la cual queda conectado el contenido, y sobre la cual discurre el movimiento en vaivén. Ocurre de otro modo en el pensar concipiente. En cuanto que el concepto es el propio sí-mismo del objeto, sí-mismo que se expone como devenir del objeto, no es el sí-mismo un sujeto en reposo, portador inmóvil de los accidentes, sino el concepto que se mueve a sí y que recoge en sí sus determinaciones. En este movimiento naufraga el sujeto inmóvil mismo, se va al fondo, ingresa en las diferencias y en el contenido, y constituye más bien la determinidad, es decir, el contenido diferenciado, así como el movimiento de éste, en vez de quedarse plantado frente a la determinidad. El suelo firme que el raciocinar tiene en el sujeto inmóvil tiembla, pues, y es sólo este movimiento mismo lo que viene a ser el objeto. El sujeto que llena su contenido cesa de sobrepasar a éste, y no puede tener además otros predicados o accidentes. Al revés, la dispersión del contenido queda por medio de ello ligada bajo el sí-mismo; el contenido no es lo universal, que, libre de un sujeto, conviniera a muchos. Por tanto el contenido ya no es, de hecho, predicado del sujeto, sino que es la sustancia, es la esencia y el concepto de eso de lo que estamos hablando. El pensamiento representativo discurre, pues esa es su naturaleza, entre accidentes y predicados, y los sobrepasa con derecho, porque no son más que precicados y accidentes. Pero en cuanto que aquello que, en la proposición, tiene la forma de predicado es la sustancia misma, tal pensar queda frenado en su discurrir. Sufre, por así decirlo, un contragolpe. Comenzando por el sujeto como si éste permaneciera yacente en la base, en el fundamento, encuentra que, en cuanto que el predicado es más bien la sustancia, el sujeto ha pasado al predicado y, con ello, está asumido; y en cuanto que así aquello que parece ser predicado ha venido a convertirse en la masa entera y autónoma, no puede el pensar vagar de aquí para allá libremente, sino que está detenido por este peso.- Pero en todo caso el sujeto está por de pronto situado en la base, en el fundamento, como el sí-mismo objetual, fijo; de aquí parte el necesario movimiento hacia la multiplicidad de determinaciones o de predicados; y aquí entra en escena, en lugar de aquel sujeto, el yo mismo que sabe, y que es el conectar de los predicados, y el sujeto que los sostiene. Pero en cuanto que aquel primer sujeto ingresa en las determinaciones mismas y es su alma, el segundo sujeto, esto es, el que sabe, se topa todavía en el predicado con aquel sujeto, con el que quiere acabar ya, al que quiere sobrepasar para regresar a sí; y en lugar de poder ser el que mueve el predicado -en cuanto raciocinar si a aquél primer sujeto hay que atribuirle este o aquel predicado-, tiene todavía más bien que ocuparse del sí-mismo del contenido, y no debe ser para sí, sino que debe ser juntamente con éste.

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Lo anterior puede expresarse formalmente así: la naturaleza del juicio o de la proposición en general, que incluye en sí la diferencia de sujeto y predicado, queda destruida por la proposición especulativa, y la proposición idéntica en que se convierte la primera contiene el contragolpe a aquella relación.- Este conflicto entre la forma de una proposición en general y la unidad del concepto que la destruye es semejante a la que en el ritmo tiene lugar entre el metro y el acento. El ritmo resulta del punto medio, que oscila entre ambos, y de la unificación de éstos. Así también, en la proposición filosófica, la identidad de sujeto y predicado no debe aniquilar la diferencia entre éstos, expresada por la forma de la proposición, sino que su unidad debe brotar como una armonía. La forma de la proposición es la aparición del sentido determinado, o el acento que distingue el cumplimiento de la proposición; pero que el predicado exprese la sustancia y que el sujeto mismo caiga en lo universal es lo que constituye la unidad en que aquel acento resuena.



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A fin de aclarar lo dicho mediante un ejemplo: en la proposición Dios es el ser, el predicado es el ser; éste tiene un significado sustancial, en el que el sujeto se fluidifica, se licúa. “Ser” no debe ser aquí el predicado, sino la esencia; parece así que Dios cesa de ser lo que por su colocación en la proposición es, a saber, el sujeto firme.- El pensar, en lugar de avanzar gracias a esta transición del sujeto al predicado, dado que el sujeto se ha perdido, se siente más bien frenado y arrojado de vuelta hacia el pensamiento del sujeto, porque lo echa de menos; o bien, dado que el predicado mismo queda proferido como un sujeto, como el ser, como la esencia que colma la naturaleza del sujeto, el pensar encuentra al sujeto inmediatamente también en el predicado; y entonces el pensar, en lugar de obtener, venido a sí en el predicado, el puesto libre del raciocinio, está aún profundamente sumido en el contenido o, al menos, se le presenta la exigencia de estar profundamente sumido en él.- Así también, cuando se dice: lo real es lo universal, lo real, como sujeto, perece entonces en su predicado. “Lo universal” no debe tener solamente el significado de predicado, como si la proposición proclamara que lo real es universal, sino que lo universal debe expresar la esencia de lo real.- El pensar pierde por tanto ese su suelo firme y objetual que tenía en el sujeto, como también es arrojado de vuelta a él en el predicado, y en éste no regresa a sí, sino al sujeto del contenido.

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