Tratado elemental de magia practica



Descargar 1.8 Mb.
Página1/30
Fecha de conversión02.07.2017
Tamaño1.8 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   30
PAPUS

TRATADO ELEMENTAL

DE MAGIA PRACTICA

TEORIA • REALIZACION • ADAPTAMIENTO


Obra completa en un solo volumen

Traducción del francés por


Enediel Shaiah
S.I.

UNDECIMA EDICION





EDITORIAL KIER S.A.

Av. Santa Fe 1260


(1059) Buenos Aires – Argentina

Y no por esto ocurre que dichas artes
carezcan de valor, porque,
si ciertamente no lo tuvieran
y no pudiera hacerse, mediante su auxilio,
muchas cosas prodigiosas y perjudiciales,
las leyes divinas y humanas,
no hubiesen desplegado tanto rigor
para perseguirlas y exterminarlas.


H. C. Agrippa

INTRODUCCION



FUERTE AL IDEAL; ésta pudiera ser la divisa del siglo xrx.

Por todas partes se ha implantado, y su prosperidad es un hecho inne­gable, la manera de ver que distingue a los espíritus positivos. En el terreno de la ciencia, los estudios de los analistas dan al traste con las leyendas y las fantasías que infundieron en nuestras mentes las ideas enseñadas por la ma,. dre, ese maestro de nuestra infancia, y el materialismo triunfador se enseñorea de la Universidad. En el arte, el naturalismo todo lo avasalla, y es ahora su paladín, un hombre de indudable genio. Hasta en los dominios del amor, el espíritu positivo de la actualidad ha reemplazado casi por completo la antigua y noble manera de querer de modo que la moderna generación de positivistas trueca con gusto su física incapacidad por las pesetas de una joven cuya fami­lia negocia el asunto para poder obtener un cinco o un diez por ciento de ganancia, según lo que se establezca en el contrato de esponsales. ¿Hablare­mos de religión a la farisaica muchedumbre de nuestros curas o a esa otra de idólatras que adaptan su santurronería a los áureos relumbrones de la Iglesia y que constituyen nuestra mística grey?

No obstante, hay que decir hasta qué punto ha sido útil para la eman­cipación de la general intelectualidad, esta época tan saturada de cálculo y de racionalismo. ¡Qué adelantos tan enormes débense a ese mismo descubri­miento del Ideal que se hunde en las más subterráneas capas del ser! Poco importa entonces que el ideal, al remontarse de nuevo a su superior dominio, lleve en sí las huellas .amargas de los sufrimientos observados, porque si cosas de verdad eterna existen, lo es, sin duda posible, que el materialismo lleva dentro el germen de su destrucción.

He aquí la causa de que a fines del siglo xrx, sondeando el Dr. Charcot en Salpetriere las fases convulsivas del antiguo sibilismo, de la bruja de la Edad Media y de la convulsionaria de los tiempos modernos, dedícase a la Magia. El Dr. Luys, trasplantando en el hospital de la Caridad las dolencias de un organismo a otro, dedícase a la Magia. Igualmente Liebault v Bernheim, creando en` Nancy larvas cebrales por medio de la sugestión, dedícanse a la Magia también.

Del propio modo, el Coronel de Rochas, haciendo experimentar a dis­tancia a los sujetos todas las acciones con que se vulnere la figurilla de cera, entra en el campo de los más altos fenómenos de la magia; de idéntica suerte, magia hace el Dr. Richet al comprobar la certidumbre de determinados he­chos, y magia es lo que practica H. Pelletier, según podréis verlo en el informe redactado por el antiguo alumno de la Escuela Politécnica, Luis Lemerle, cuando reproduce las artes de los fakires de la India y consigue que bajo el influjo de su Verbo, entren en acción las cosas del mundo inanimado, como en otras épocas lo verificó Orfeo, si bien en, éste hay que admitir una autori­dad e iniciátíca suficiencia que no alcanza el antes aludido experimentador.

Y no hablemos de los fantasmas de los vivos, de las imágenes de los moribundos, de las apariciones, de lo invisible, que vienen a sacar de su embo­tamiento a los fisiólogos adormecidos y a poner enfrente del materialismo, del sensualismo y del ateísmo, el revolucionador problema del más allá y de esa clase de conocimientos que se habían relegado a la condición de meras fan­tasías de otras edades, a la condición de la Magia, digámoslo de una vez, llamando a las cosas por su nombre.

Pero los hechos se amontonan con lógica soberana en su brusca firmeza, y es necesario volver los ojos a esta clase de estudios. Sín embargo, la poque­dad inherente a todas las indolencias del espíritu y sus rutinas, buscan un modo de escapar a la conclusión que por su propia eficacia se impone.

Verificanse investigaciones para establecer los hechos; se escriben ventru­dos volúmenes para contener los favorables resultados de dichas investigacio­nes; se crean revistas científicas que aburren, para establecer los datos estadís­ticos de los fenómenos psicológicos, y se reúnen Congresos para buscar térmi­nos v expresiones "aceptables", que se adapten a la mezquina cerebración de los filósofos del día y a las concepciones más estrechas aún, de los "sportsmen" y las "bellezas" que componen en los cursos "chics" el perfumado auditorio de nuestros pulcros maestros de intelectualidad.

Dus caminos se pueden seguir. Conduce el uno a limitarse, a tener cui­dado de reunir los hechos sorprendentes, sin afrontar nunca las enseñanzas que de lo, mismos se desprenden. En esto consiste el nombrado método cien-tífico, que recomendaremos con especialidad a los jóvenes médicos ganosos de llegar a obtener crecidos :lanceados y el sillón de las Academias. Por distinto derrotero puede el observador remontarse a los orígenes de las ciencias ocultas, para estudiar a los antiguos conocedores de tales fenómenos y otros análogos, y saber llamar las cosas por sus verdaderos nombres. En este caso, éntrase en la Magia de un modo consciente y racional; pero entonces también se entra en la vía de los réprobos, de los apestados y de los malditos. No podemos, pues, recomendar el camino a persona alguna, porque ni conduce a la riqueza, ni a los honores oficiales, v el que le aborda, debe de antemano estar dispuesto a pasar por las tres grandes expiaciones iniciáticas: saber sufrir, saber abste­nerse y saber morir.

Sea cual fuere el destino que le aguarda, el depositario de la ocultista tradición, no debe retroceder. Hasta la fecha-presente, las enseñanzas del

esoterismo se han guardado en el seno de las confraternidades iniciáticas, que intactas las conservaron. Ya es hora de quebrantar el silencio hasta hoy nece­sario, y de relegar a su verdadero valor las pálidas copias y las falsas interpre­taciones que ciertas y risibles individualidades y determinados e ignaros expe­rimentadores tratan de difundir entre las gentes. Es necesario que el espíritu de libertad obtenga su definitiva victoria sobre el obscurantismo rel'gioso, para que sin temores puedan propalarse las enseñanzas de la magia, adaptándolas a la ciencia de nuestro tiempo. Los que saben, no pueden sorprenderse ni espantarse de que aboguemos por semejante proceder de difusión, ní que todo cuanto se diga pareaca siempre puro desatino v ensueños de locura a las masas de los hílicos, pues solamente aquéllos entenderán como deben entender los capaces de conseguir el místico adeptado. Los hechos de la magia son peli­grosos, e imitando a uno de los más grandes maestros contemporáneos, Eliphas Levy, advertimos por anticipado a los imprudentes el riesgo que corren de caer en la locura o en la muerte al dedicarse a dicha clase de estudios por mera curiosidad. Toda persona que tema los sufrimientos, que le estremezcan las privaciones o que se sienta cobarde ante la idea de morir, procederá cuer­damente dedicándose a cualquier sport antes que a la magia. Las mallas de las bailarinas serán espectáculo más propio de estas gentes que no el de las visio­nes del astral.

Existe, no obstante, una forma de experimentos mágicos a propósito para las personas pusilánimes, que aconsejaremos a cuantas quieran divertirse de­dicando de sobremesa unos momentos a los fenómenos del espiritismo. Nada tienen de difíciles y sí mucho de consoladores, y después de todo, quedan a tal distancia de la verdadera magia, que no hay que temer ningún serio acci­dente, mientras no se olvide la precaución de saber dejar las cosas en el instante oportuno.

En el histórico momento de la caída y de la transformación del mundo antiguo, los santuarios autorizaron la divulgación de una parte de sus miste­rios, y la Escuela de Alejandría, la gnosis y el cristianismo llamaron a todo ser que pensara a la sagrada comunión con el Verbo divino.

Nuestra época ofrece singulares analogías con las últimas del mundo an­tiguo. El catolicismo ha ocupado en Occidente el lugar que correspondía a las viejas enseñanzas religiosas, y los fariseos no han hecho más que cambiar de nombre en el transcurso de las edades. Hoy todas las escuelas filosóficas se mueven y viven, y el catolicismo, en tanto, agoniza herido de muerte por su propio farisaísmo clerical.

Y a la vez, las más distintas doctrinas y las tradiciones más secretas surgen a la luz del día. La tradición del Oriente, representada por el budismo, en vano intentó apoderarse de la intelectualidad europea, v al instante, las escue­las depositarias de la tradición occidental, han aparecido a la vista de todos y han reivindicada el puesto que querían para sí los lsrumesos misticismos de la india (de los cuales, súbitamente quedaron én Francia sólo seis mantenedo-

res); la Cábala organizó sus enseñanzas; el Martinismo, de origen más recien­te, ha extendido su influencia y ve acudir centuplicadas a su seno las huestes de la iniciación; la gnosis reaparece en el mundo más vigorosa que nunca, y esta impensada evolución que atrae las mentes hacia el campo de la filosofía espiritualista, es tan indudable, que por doquiera surgen los aprovechados, ayunos, sí, de tradicional competencia y de saber, pero dispuestos a fabricar libros de magia, del propio modo que ayer fabricaron libros de "vulgarización científica", y que fabricarán mañana manuales de brujería. Contra ese indus­trialismo únicamente un arma puede ser eficaz, y consiste en que respecto de tales cuestiones se haga la más completa luz que fuere dable.

¡Cuántos títulos excéntricos, cuántas reputaciones cimentadas sobre auda­ces y vacías afirmaciones y sobre el más injustificado orgullo caerán deshechas cual castillo de naipes, el día que cada uno pueda darse razón del origen, transformación y adaptación de los procederes mágicos! He aquí la causa de que estos libros resulten tratados peligrosos, porque de manera precisa le ' ponen el cascabel al gato, como suele decirse.

No obstante, sin las analogías basadas sobre la ley de la evolución de la idea, ninguna de dichas doctrinas que hoy se mueven puede pretender el logro de la victoria. Todas esas oposiciones, todas esas luchas, laboran una transición, v nosotros, queriendo ayudar a que la mente humana doble su terri­ble cabo de las Tormentas, nos hemos decidido a publicar con premura el fruto de nuestros trabajos y teniendo por cosa certísima que no habremos de ver la tierra buscada, cuyo feliz arribo a puerto está reservado a las gene-raciones venideras.

Y vamos ahora a permitirnos entrar en ciertos detalles referentes a nues­tro libro.

Cerca de diez años hace que comenzamos a reunir documentos y a veri­ficar las experiencias necesarias para escribir un tratado de magia práctica que demostrase de qué manera todas las operaciones mágicas son ,puros expe­rimentos científicos ejecutados con fuerzas poco conocidas aún, pero muy análogas en sus leyes generales a las fuerzas físicas más potentes, tales como el magnetismo v la electricidad.

La preparación de semejante obra tiene que ser necesariamente asunto que implica largos años de tarea, y aun transcurrirán algunos antes de que la veamos concluida.

Sin embargo, de lo dicho, y en vista de la creciente multiplicidad de errores que vienen adjudicándose a la magia, ante la avalancha de ridículo con que cierto autor, gran artista sin duda, pero experimentador de pésimas condiciones, cubre cuanto a tales materias se refiere, v sobre todo, cediendo a las instancias insistentes de nuestros amigos. hemos formado el propósito de publicar un resumen tan condensado v científico como más nos fuese posible. que contuviese la parte práctica de la Ciencia oculta. Dicho resumen no tiene otro objeto que el de servir de introducción al magnífico Ritual de

Eliphas Leví, al que se reprocha comúnmente no ser lo bastante práctico reproche que no tiene otro origen que la falta de comprensión en que incurren muchos de sus lectores.

La primera parte de nuestra obra, consagrada a la teoría, evidencia lt aplicaciones de las hipótesis de Pitágoras y de Platón a la psicología contemporánea que recoge Fabre d'Olivet, hipótesis que de tal modo han sido defo: madas por los traductores.

La segunda, o sea la realización, estudia las manifestaciones posibles d las facultades del hombre bajo la influencia de las distintas reacciones provt nientes de lo exterior. Encuéntrase aquí un esbozo de higiene intelectua que contiene una de las partes más personales de nuestras propias investig< ciones. Además, el capítulo que se refiere a la astrología, aborda ya el dom: nio puramente técnico de la Magia.

En la adaptación entramos de lleno en las enseñanzas positivamente tra dicionales. A estas cuestiones venimos encaminando nuestras experiencias, es para lo que, a fin de evidenciar del todo los hechos, emplearemos aui algunos años de pacientes estudios. La falta de tiempo nos obliga ahora atenernos a testimonios que proceden de manuscritos y de grimorios, y sobra damente nos figuramos, no hay que hacerse ilusiones, la adversa impresió1 que ha de producir la lectura de ciertas enseñanzas en el espíritu de lo hombres de nuestra época, tan bien avenidos con las teorías positivistas. Ei cambio, esos documentos son de mucha utilidad y un precioso auxilio par: el investigador, ,de ideas independientes, porque le evitan en su tarea no pe queños gastos de días y de dirtero.

De todas maneras, y puesto que tratamos de un asunto que nos es de todo personal, con la venia del lector, nos permitiremos finalizarlo aquí, procederemos a presenciar la figura de PAPUS, nombre que el autor toma de médico, daimon de la primera hora del Nuctemeron de Apollonius de Thyana Así ninguno ignorará de quién se trata, pudiendo desde ahora y según e criterio que le pareciere propio, cerrar este libro, o arrojarlo al fuego.

Nuestra carrera es la de medicina, que ejercemos en París, en cuya Facultad nos doctoramos, y nuestra particular ocupación es la de estudiar la: ciencias ocultas. Los trabajos de la primera vinieron a servir de camino quE nos condujo a la segunda, porque siendo externos de hospitales, comenzamos el estudio del hipnotismo en el de San Antonio, y lo continuamos luego en el de la Caridad, donde después de haber obtenido la medalla de bronc< de l'Assistance publique, se nos nombró jefe del laboratorio de hipnoterapia Por las noches nos dedicábamos a frecuentar ciertos centros. Cuatro años de continuada asistencia les dedicamos, y tuvimos ocasión de presenciar la pro ducción de los fenómenos psíquicos más asombrosos. Durante este período de nuestras personales investigaciones, hemos recogido las notas de mayor impor tancia relativas al desarrollo de los hechos mágicos en centros del magnetismo y del espiritualismo moderno. A la vez, establecimos relaciones con las Socie dades ocultas de Europa y del Oriente. No hay que incluir entre ellas a lo Sociedad Teosófica, tan falta de tradición, como incapaz de ofrecer una ense

ñanza sintética, de cuyo seno por cierto que se apresuraron a salir los escri­tores franceses en dispersión general. Nosotros nos vimos obligados a pedir nuestra propia expulsión de tal ambiente, con el objeto de que nuestros pro-pósitos llegasen a oídos de todos los que pertenecían a la Sociedad, dado que buscábase tenerlos secretos en virtud de particulares razones. Confesaremos públicamente, que el pequeño número de experiencias dignas de este nom­bre, que tuvimos ocasión de experimentar y comprobar, nos fueron transmi­tidas por un centro oriental, al que pertenecemos, ocupando entre sus indi­viduos el grado de la última categoría iniciática. Pero todas estas cosas han de interesar bien poco al lector. Baste saber, pues, que nuestra profesión de médico le presta alguna garantía en lo referente a nuestra suficiencia en estu­dios fisiológicos y que, por lo demás, damos siempre por fiadores de nuestras palabras, nuestro título de carrera y nuestros libros publicados, los únicos de que disponemos para oponerlos a las perversas insinuaciones y a las calumnias en que constantemente se ha envuelto nuestra obra de realización.

Nada diremos de las numerosas imperfecciones que puedan observarse en este Resumen, el cual no es otra cosa, en cierto modo, que cl prefacio de un libro más completo y más voluminoso que se publicará dividido en fascículos y con el título de TRATADO METÓDICO DE MAGIA PRÁCTICA. Este trabajo será, si llegamos a terminado, una enciclopedia mágica y contendrá la reproducción in extenso de obras, manuscritos y grimorios que se distinguen por su extraordinaria rareza.

Digamos también que el presente tratado elemental, compuesto con una parte de las notas que venimos reuniendo en el transcurso de bastantes años de labor, ha sido redactado en el término de seis meses, a ratos perdidos de nuestras ocupaciones habituales y en los distintos puntos adonde éstas nos llevaron. Así, los primeros capítulos de la Teoría hicímoslos estando en el campo, en los alrededores de París. La Realización fué escrita en la Biblioteca Nacional, tan llena de manuscritos y de libros curiosos que tratan de estas cuestiones y, por último, la adaptación, fué comenzada en Bruselas, continua-da en París y terminada en Cannes durante un frío mes de enero.

Por dichas razones, acudimos a la benevolencia del lector, asegurándole en nuestro apoyo, que no hemos perdonado manera de traer al presente volu­men todo lo relativo a las materias de que se ocupa, cuestiones, ciertamente, bien poco conocidas entre muchos de nuestros contemporáneos.

PAPUS.

PRIMERA PARTE

T E O R I A

CAPITULO I
DEFINICION DE LA MAGIA

¿No es cierto que todos conocéis la historia del huevo de Colón? No es necesario, por consiguiente, que os la refiera.

El histórico hecho prueba bien a las claras que por regla general no hav nada más difícil que hallar las cosas más sencillas, y eso es lo que sucede con la magia, que si resulta tan inaccesible y trabajosa de comprender (nos referimos a los que tomen su estudio con la seriedad debida), consiste indu­dablemente en las complicaciones que el estudiante se crea al embrollarse en los comienzos de su trabajo. Entre los que nos leen, pasamos por ser autor muy propicio a usar, y aun a abusar, de las imágenes y comparaciones. Sea ello un defecto o una buena cualidad, confesamos que constituye en nosotros una costumbre inveterada, de la que no pensamos prescindir en esta obra, de la propia manera que tampoco hemos prescindido en las anteriores. Por lo tanto, nada nos parece mejor que dar principio al presente volumen sobre la Magia con una pregunta, quizá algo impertinente.

¿Os habéis fijado en un coche cuando marcha por las calles? ¿Y a qué conduce lo que preguntáis?, nos diréis. Sencillamente a deciros lo que sigue:

Si os habéis fijado seriamente. ya estáis en camino de conocer sin demora la Mecánica, la Filosofía, la Fisiología, y sobre todo, la Magia; ved cómo.

Si mi pregunta, y más aún la respuesta, os parecen absurdas, consiste no en ellas, sino en vosotros, en que no sabéis mirar. No quiere esto decir que no veáis, sino que no sabéis ver, cosa muy distinta. Estaréis acostumbra-dos a recibir las sensaciones pasivamente; pero carecéis de la costumbre de razonarlas, de inquirir las relaciones de las cosas, aun las más elementales en apariencia. Sócrates, viendo pasar un día por las calles de Atenas un hom­bre cargado de leños, vió la artística manera en que iban reunidos. Se apro­ximó al hombre, se puso a hablarle e hizo de él un Jenofonte. Era que Só­crates veía con su cerebro antes y más que con los ojos.

Si queréis dedicaros al estudio de la Magia, comenzad por comprender bien que todo lo que tengáis a vuestro alrededor, que todas las cosas que impresionen a vuestros sentidos físicos, el mundo visible, en suma, carece d valor, si no se lo considera como un conjunto de expresiones de un grosero lenguaje que representa las leyes y las ideas desprendidas de la sensación,

cuando haya sido, no sólo filtrada por los órganos que las reciben, sino tam­bién digerida por el cerebro adonde llegan.

Lo que os debe interesar en el hombre, si es que pensáis razonablemente, no son sus ropas, lo exterior de él, sino su carácter, o sea lo interno. El traje, y más que nada el modo de vestirse, pueden, sí, decirnos algo respecto de las condiciones del dueño; pero esos indicios no pasan de ser reflejos p imágenes más o menos fieles de su naturaleza íntima.

Los fenómenos físicos que impresionan a nuestros órganos de la percep­ción, tampoco son otra cosa que meros reflejos y el ropaje que cubre princi­pios muy superiores: LAS IDEAS. El bronce que tengo a la vista, es la envoltura con que el escultor viste, la que el arte le ha inspirado; esta silla contiene del propio modo la material traducción del pensamiento creador de quien la ha construido; y en la naturaleza toda, un árbol, un insecto, una flor, son traducciones en forma material, de un lenguaje ideal en el verdadero sentido de la palabra.

Semejante idioma no es comprendido por el sabio, que no se ocupa más que del vestido de las cosas, de los fenómenos, y bastante tiene con esto. Los poetas y las mujeres comprenden mejor el aludido y misterioso lenguaje que cualquier otra persona, y consiste en que las mujeres y los poetas, instintiva-mente, conocen el amor universal. Pronto veremos por, qué la Magia es la ciencia del amor; pero entre tanto, volvamos a nuestro coche.

Un carruaje, un caballo y un cochero, abarcan toda Filosofía, toda Magia, siempre que, por supuesto, el vulgar fenómeno sea bien interpretado analó­gicamente y como ejemplo de saber mirar.

¿Habéis observado cómo si el ser inteligente, el cochero, quiere hacer marchar a su coche sin el auxilio del caballo, el coche no se mueve?

No os riáis ni me llaméis Perogrullo antes de oírme; os lo digo, porque precisamente muchas personas se figuran que la Magia es el arte de hacer caminar a los coches sin caballos que de ellos tiren, o sea, expresándonos en un lenguaje de más alta significación, el de actuar sobre la materia por la sola eficacia de la voluntad, y sin ningún agente transmisor o intermediario.

Sentado lo que precede, fijémonos bien en que en el ejemplo del coche, el cochero no puede hacer que marche el vehículo sin el concurso de una fuerza motora, que representa el caballo en el caso propuesto.

Habréis notado que el caballo es más fuerte que el cochero, lo que no impide que éste, por medio de las riendas, utilice y se enseñoree de la fuerza bruta del animal sujeto a las varas del carruaje.

Si habéis observado todas estas cosas, ya sois medio magos, y podre­mos continuar con confianza nuestros estudios, si bien y ante todo, hemos de traducir vuestras observaciones al lenguaje cerebral.

El cochero representa la inteligencia, y, más que nada, la voluntad, lo que gobierna el conjunto, o lo que es lo mismo, el PRINCIPIO DIRECTOR. El coche representa la materia, lo inerte, lo que soporta, o sea el PRINCIPIO MÓVIL.

El caballo significa la fuerza. Obediente al cochero y actuando sobre el coche, el caballo pone en movimiento al conjunto. Es, pues, el PRINCIPIO MOTOR, y al propio tiempo, el intermediario entre el coche. y el cochero y el ENLACE que une lo que soporta a lo que gobierna, es decir, la materia a la voluntad.

Si comprendéis claramente lo dicho, ya sabéis mirar un coche y estáis muy cerca de conocer lo que es la Magia.

Ciertamente, que no puede ocultarse a vuestra percepción que toda la importancia del arte de guiar el coche estriba en el de dirigir al caballo, en la manera de evitar sus atranques y sus descarríos, en hacer que produzca el máximo de esfuerzo, en caso dado, en el modo de prepararle y cuidarle para que pueda conllevar una larga carrera, etc.

Transportando estos datos de la comparación al terreno positivo de su significado, tendremos, que el cochero es la voluntad humana, el caballo la vida idéntica en sus causas y en sus efectos respecto de todas las cosas inanimadas y que la vida es el INTERMEDIARIO, el ENLACE, sin el que la voluntad no puede actuar sobre la materia, del propio modo que el cochero no actúa sobre el coche si se le priva del caballo.

Preguntad al médico lo que ocurre cuando vuestro cerebro no recibe la sangre net;esaria para ejercer sus funciones. Llegado ese instante, la vo­luntad querrá poner en movimiento al organismo; pero experimentaréis atur­dimientos y desmayos que, a poco que continúen, os privarán del sentido. La anemia equivale a la falta de dinamismo en la sangre, y si ese dinamismo, esa fuerza que la sangre aporta a todos los órganos, incluso al cerebral, lo llamamos oxígeno, calor u oxihemoglobina, no se habrá hecho otra cosa que describir su exterior;' pero denomínesela fuerza vital y entonces quedará des­crita con sus verdaderos caracteres.

Ya véis cuán útil es mirar los coches que pasan por la calle: observad cómo el caballo se convierte en la imagen de la sangre, o más bien, de la fuerza vital que actúa en nuestro organismo y fácilmente admitiréis que el coche es la figura de nuestro cuerpo, y el cochero la de nuestra voluntad.

Cuando la cólera nos exalta hasta el punto de perder la cabeza, la sangre sube al cerebro, es decir, desbócase el caballo y ¡pobre del cochero si no tiene los puños firmes! Entonces lo que le conviene es no abandonar las riendas, tirar de ellas con energía, sí fuere necesario, y poco a poco, reducido el animal por estas manifestaciones de poder, recobra la calma. Algo idéntico ocurre en el hombre: su cochero, o sea la voluntad, ha de influir vigorosamente sobre el sentimiento de cólera; las bridas que atan la fuerza vital a la voluntad, deben mantenerse en tensión y el ser recobrará pronto su sangre fría.

¿Qué ha necesitado el cochero para dar buena cuenta de las rebeldías de un ser cinco veces más forzudo que él? Unas tiras de correa lo suficiente-mente largas y un bocado bien puesto; he aquí todo. Más adelante veremos hasta qué punto la fuerza nerviosa, que es el medio de acción de la voluntad

sobre el organismo, tiene mucha importancia en los procederes mágicos; pero no anticipemos las cuestiones.

¿Puede llamarse mago al que conoce la constitución del hombre en cuerpo, vida y voluntad?

De seguro que eso no basta para serlo. Para ser mago no es suficiente conocer la teoría ni estar enterado de lo que dice tal o cual libro respecto de lo que se haya de hacer; es necesario practicar por sí mismo, como ocurre al cochero que adiestrándose en el manejo de caballos, cada vez más difíciles de dominar, llega a ser maestro en su oficio.

Lo que diferencia a la Magia de la Ciencia oculta en general, es que la primera es una ciencia práctica, en tanto que en la segunda predomina el elemento teórico. Pero querer dedicarse a aquélla, sin conocer el ocultismo, equivale a querer dirigir una locomotora sin haber pasado por las enseñanzas de una escuela teórica especial, y excusamos decir lo que sucedería.

Lo mismo que el sueño dorado del niño, que juega con su sable de madera, es verse hecho general sin haber pasado por el cuartel, la suprema aspiración del ignorante que oye hablar de tales cosas, consiste en poder ordenar por medio de extraños conjuros que las corrientes de los ríos cambien su marcha en opuesta dirección, que las tinieblas se vuelvan luz, todo ello para cautivar el asombro de los amigos o para seducir a una campesina del próximo poblado.

¡Y el pobre hombre se desconcierta cuando ve el fracaso en que para su mágica aventura! ¿Pero qué dirían los soldados de nuestro ejemplo si vieran que comenzaba a darles órdenes el niño del sable de madera? Antes de poder someter a las fuerzas en acción contenidas en un grano de trigo, aprended a mandar a las que actúen dentro de vosotros y acordaos de que para subir al sillón de una cátedra de la Sorbona, hay que pasar por la Escuela, por el Instituto y por la Facultad. En el caso de que el camino os parezca muy difícil, os conviene dedicaros a un oficio, para lo cual con los estudios de la escuela y unos cuantos meses de aprendizaje tenéis lo sufi­ciente.

La Magia, por el hecho de ser una ciencia práctica, requiere conoci­mientos teóricos prelimináres, lo propio que sucede en el campo de todas las ciencias de la señalada condición. Pero se puede ser mecánico, por ejem­plo, con los estudios efectuados en la Escuela de Artes v Oficios, y entonces el mecánico es ingeniero; y se puede ser mecánico pasando por el aprendizaje del taller, y entonces el mecánico es un obrero. En muchos de nuestros lugares existen obreros de la Magia que producen algunos curiosos fenómenos y cortas curaciones, porque aprendieron a ejecutar unos v otras, viendo cómo procedían los individuos de quienes las imitaron. Llámaseles generalmente brujos, y causan temores a las gentes, bien infundados por cierto.

Juntamente con esta clase de operarios existen los investigadores que han estudiado la teoría de los fenómenos producidos. Estos investigadores son los ingenieros de la Magia, y para ellos particularmente hemos escrito esta obra.

Puesto que la Magia es de carácter práctico, ¿puede considerársela como una ciencia de aplicación?

¿Qué es lo que el operador ha de aplicar? La voluntad, es decir, el Principio director, el cochero de nuestro ejemplo. Pero, ¿a qué ha de aplicarla? Nunca podrá ser a la materia, porque sería proceder como procede el igno­rante, como procede el cochero que moviéndose en el pescante y dando voces intenta poner el coche en marcha antes de haber enganchado el ca­ballo. El cochero. fijémonos bien, actúa sobre el animal de tiro, y no direc­tamente sobre el carruaje. Creemos que con ésta es la tercera vez que expre­samos una verdad propia de Perogrullo, y tenemos la certidumbre de que habremos de repetirla aún varias veces en el transcurso de nuestro trabajo, porque una de las mayores conquistas que la Ciencia Oculta ha conseguido, precisamente consiste en haber llegado a distinguir y determinar que el espíritu carece de acción directa sobre la materia, y que hay un elemento intermediario, el cual es, y no el espíritu., el que directamente influye.

Por lo tanto, el operador deberá aplicar su voluntad, no a la materia, sino a lo que incesantemente la modifica, a lo que la Ciencia Oculta de-nomina el plano de formación del mundo material, o sea el plano astral.

En tiempos remotos, podía definirse la Magia diciendo que consistía en la aplicación de la voluntad a las fuerzas de la naturaleza, porque las ciencias físicas actuales pertenecieron a su dominio, y el estudiante apren­día a servirse del calor, de la luz y también de la electricidad, como lo de-muestra la historia del rabino Fedechiel que vivió en la época de San Luis.

Pero hoy en día esta definición resulta excesivamente amplia, y no responde ya tampoco a la idea que el oculista debe hacerse de lo que pueda ser la Magia práctica.

No cabe duda de que son fuerzas de la naturaleza las que ha de poner en acción el mágico, bajo el influjo de su voluntad; pero ¿qué clase de fuerzas son éstas?

No podrán ser las del mundo físico, porque como acabamos de decir, todo influjo sobre tal clase de energías pertenece a la competencia del ingeniero y no del ocultista. Mas fuera de dichas potencialidades físicas, existen otras híperfísicas, que sólo difieren de aquéllas en que están ori­ginadas por seres vivientes y no por inanimados mecanismos, y en las cuales no debe incluirse al calor, la luz y aun la electricidad aunque provengan de cuerpos vivos, pues éstas también son fuerzas de la misma especie.

En 1854 demostró Reichembach que los seres animados y ciertos cuerpos magnéticos, desprenden efluvios en la obscuridad, que distinguen los sen­sitivos. Estos efluvios constituyen para el citado autor, la prueba visible de una energía ignorada, el OO. Luego el doctor Luys por un lado, y por otro el coronelRochas, obtuvieron diversas manifestaciones de esta fuerza. Un fenómeno que hoy ya tiene en su favor el testimonio de centenares de personas que le presenciaron en diversas ocasiones, va a ponernos en camino de hallar nuestra definición.

Hay en la India ciertos individuos que durante muchos años se con­sagran al desarrollo de particulares aptitudes para el manejo de las fuerzas hiperfísitas; nos referimos a los fakires. Entre otros, realizan un experimento del cual he recogido la aseveración de las personas que lo presenciaron y que merecen por su veracidad entera fe. Lo referido por todas ellas, coincide exactamente con lo que se cuenta en las publicaciones de muchos sabios y viajeros.

Entrégase a un fakir un grano o semilla de cualquier clase, que escoge por sí mismo el observador, le proporciona éste un poco de tierra y pónese dentro la semilla, depositando todo, verbi gracia, sobre el piso comedor de la casa del testigo. El fakir, que está completamente desnudo, salvo un estrecho cendal con que cubre sus genitales, se sitúa a un metro de distancia del montón de tierra, sentado a la manera de Oriente. Fija entonces la mirada, va palideciendo su fisonomía y queda inmóvil con los brazos exten­didos hacia el grano. Un hipnotizador moderno diría que el indio está en catalepsia y puede comprobarse que su cuerpo se enfría un poco.

Durante una o dos horas, el fakir permanece quieto en su postura y mientras tanto, la semilla se convierte en planta que sale, se desarrolla y crece hasta llegar a la magnitud de un metro o metro y medio. Si continúa el experimento por espacio de tres o cuatro horas, el vegetal se cubre de flores y luego de frutos que se pueden comer.

He aquí sucintamente descrito el fenómeno del crecimiento de

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   30


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal