Trauma y coherencia. Reflexiones desde el constructivismo



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Trauma y coherencia.

REFLEXIONES desde el constructivismo.
Luis Cruz Villalobos

Grupo de Investigación CIRES-Chile

cires.chile@gmail.com


La vida en sí misma está en búsqueda de narrativa

porque procura descubrir un patrón que le permita lidiar

con la experiencia de caos y confusión.

Paul Ricoeur


Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.
… como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé.

Cesar Vallejo


Resumen


En el presente trabajo se realiza una aproximación al concepto de trauma psicológico y del trastorno por estrés postraumático, desde una perspectiva constructivista, que se reseña brevemente y desde la que se entregan algunos aportes hacia una comprensión del trauma, particularmente desde el concepto de sí-mismo.

Palabras Claves: trauma, trastorno por estrés postraumático (TEPT), constructivismo, sí-mismo.

Abstract

This paper is an approach to the concept of psychological trauma and posttraumatic stress disorder, from a constructivist perspective, which is reviewed and from which contributions are given some understanding, particularly since the concept of self.

Keywords: trauma, posttraumatic stress disorder (PTSD), constructivism, self.


1.- Reseña del trauma
El estudio sistemático de la respuesta humana a la adversidad, aunque tiene sus antecedentes en los escritos religiosos y filosóficos de la antigüedad, desde las disciplinas médicas y psicosociales se remonta al año 1889, cuando Pierre Janet publicó su primer texto, L'Automatisme Psychologique, abordando el tema de cómo la mente humana específicamente procesa las experiencias traumáticas. Más tarde, él sería el primero en describir de manera clara y sistemática, por ejemplo, como la disociación era la respuesta psicológica de defensa más común contra las abrumadoras experiencias traumáticas (Johnson, 2009). Sin embargo, fue principalmente Freud quien incorporó el concepto de “Trauma” en el ámbito psicológico, dándole gran centralidad en sus teorías del funcionamiento psíquico. Freud adopta de la medicina tradicional el concepto griego "Trauma" para referirse a una herida o ruptura dentro del aparato psíquico y lo considera como eje central en la etiología de las neurosis (Benyakar, 1997; Cruz Villalobos, 2012).

Vetö (2011) indica que Freud desde sus primeros planteamientos respecto a lo traumático destaca el elemento retroactivo presente en el trauma, donde el acontecimiento no desencadena sus efectos sino con posterioridad, ya que en el momento mismo en que sucede, el acontecimiento no es procesado ni incorporado en la continuidad de la experiencia, la identidad o la conciencia, al punto que se podría plantear en esta perspectiva que no hay experiencia propiamente tal del acontecimiento en tiempo presente, sino que sólo se contaría con una huella mnémica que sería fundamentalmente inconsciente. En palabras de Freud: “El recuerdo desplegara un poder que le falto totalmente al acontecimiento mismo; el recuerdo obrara como si fuera un acontecimiento actual” (Freud, 1896, en Vetö, 2011, p. 131). En esta línea, lo que resulta traumático no es la vivencia en sí sino su recuerdo revivido, la cual correspondería, según Freud, a la “realidad psíquica” (1900, en Vetö, 2011, p. 132) propiamente tal.

Desde este enfoque

El trauma sobreviene entonces cuando un acontecimiento golpea fuertemente y de manera sorpresiva (condición sine qua non) esta barrera protectora, perforándola. Esta concepción del trauma recupera, en efecto, la antigua significación medica del termino: “una herida quirúrgica, concebida de acuerdo al modelo de la ruptura de la piel o de la envoltura protectora del cuerpo…” (Leys, 2000, p. 19), pero un cuerpo no ya biológico sino histórico-social (Vetö, 2011, p.132).

Aunque el trauma fue un concepto fundante en el psicoanálisis, a lo largo de su evolución y hasta nuestros días, ha llegado a transformarse en un término no muy específico, enfrentando a los profesionales, tanto teórica como clínicamente, con una gama de posiciones y planteamientos que en muchos casos resultan contradictorias (Benyakar, 1997).

A partir de la Primera Guerra Mundial se realizaron gran número de descripciones clínicas, relacionadas con cuadros vinculados a las experiencias traumáticas vividas, especialmente por los combatientes o víctimas civiles sobrevivientes. Pero fue desde la Segunda Guerra Mundial cuando el estudio del trauma psicológico adquirió mayor centralidad en el mundo clínico.



El trauma psicológico se ha descrito como una consecuencia a la exposición a un acontecimiento abrumador e ineludible que supera la capacidad de afrontamiento de una persona. Algunos autores han planteado (Johnson, 2009) que no habrían dos personas expuestas a un mismo evento que reaccionen de la manera idéntica, pues la capacidad de la persona para hacer frente al evento traumático está asociada a un importante número de factores, tales como: su sistema de creencias; experiencias previas de trauma; crónica de las experiencias estresantes; nivel de apoyo social; la percepción de su capacidad para hacer frente a el evento; los recursos internos (los mecanismos de adaptación, etc.); la predisposición genética; y otros factores de estrés en su vida en el momento del evento.

A pesar de lo idiosincrático que puede ser la respuesta a un evento de alto estrés, podemos conceptualizar el trauma, en el sentido psicosocial, como lo encontramos en Pérez Sales (2006), quien realiza un estudio de narrativas testimoniales de personas que han experimentado la adversidad extrema, tales como la sobrevivencia a campos de concentración (Auschwitz), el genocidio (Ruanda, Camboya, Guatemala, Hiroshima) o catástrofes naturales:


Cuadro 1: Concepto de Trauma

1. Una experiencia que constituye una amenaza para la integridad física o psicológica de la persona. Asociada con frecuencia a vivencias de caos y confusión durante el hecho, fragmentación del recuerdo, absurdidad, horror, ambivalencia o desconcierto

2. Que tiene un carácter

– Inenarrable, incontable


– Incomprensible para los demás

3. Que quiebra una o más de las asunciones básicas que constituyen los referentes de seguridad del ser humano y muy especialmente las creencias de invulnerabilidad y de control sobre la propia vida.

– La confianza en los otros, en su bondad y su predisposición a la empatía
– La confianza en el carácter controlable y predecible del mundo
Fuente : Pérez Sales ( 2006, p. 50).
Según el mismo autor, una definición de las consecuencias psicológicas del hecho traumático debería tomar en consideración al menos los elementos siguientes:

Cuadro 2: Fenomenología de la respuesta a situaciones traumáticas

1. El hecho traumático se asocia a: una marca, consciente o inconsciente, pero indeleble

2. Sensación de alienación respecto a quien no ha vivido la experiencia traumática. Aislamiento

3. Repliegue emocional y afectivo

4. Cuestionamiento de uno mismo y su posición en el mundo.

– Frente a vivencias de responsabilidad personal y culpa.
– Frente a sensaciones de humillación o vergüenza o de cuestionamiento de la dignidad personal

5. Cuestionamiento de presunciones básicas sobre

– La bondad del ser humano y su carácter cercano
– La predictibilidad del mundo
– La capacidad de control sobre la propia vida

6. La necesidad de reconstruir lo ocurrido y rellenar los espacios buscando bien un sentido, bien un nuevo final

7. Que conlleva procesos personales de reformulación vital e integración de la experiencia
Fuente: Pérez Sales (2006, p. 51).
2.- Trauma, trastorno e incoherencia
2.1.- Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT)

Las respuestas a situaciones o eventos traumáticos son variadas, pero desde la perspectiva de la psicología clínica se han descubierto patrones sintomáticos característicos de individuos sometidos a eventos de adversidad extrema, que se han caracterizado como síndrome bajo el nombre de Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT).



A diferencia casi de la totalidad de los desordenes mentales presentes en los manuales psiquiátricos (en especial los DSM) el Trastorno por Estrés Postraumático requiere para su diagnóstico una especificación etiológica1 puntualmente: la exposición a un factor estresante traumático. Si una persona no ha estado expuesta a un estresante que califique de "traumático", entonces no puede asignar dicho diagnóstico, independientemente de la presencia de los síntomas propios a este desorden. Por ende, resultará fundamental cómo definamos el factor de estrés traumático y, por otro lado, trauma, en su acepción psicológica, dada la relatividad del tema para distintos individuos.

Según el DSM-III (APA, 1980), para calificar un estresor como traumático debía “evocar síntomas significativos de malestar en casi todo el mundo" (APA, 1980, p. 238). Quedaban calificados como estresores traumáticos eventos como la violación, la tortura y experimentar terremotos. Ya en la revisión del año 1987 del DSM-III, los autores incluyeron a los testigos (familiares o amigos) que habían estado expuestos a graves peligros, sin necesidad de vivenciarlos de modo directo.

Para la edición del DSM-IV, el comité para el TEPT, estimó que una excesiva rigurosidad en la definición de lo que se considera un factor de estrés traumático excluiría a muchas personas que sufrían este tipo de desorden y que requerían de un tratamiento especializado para afrontarlo. Se discutió, por tanto, si la apreciación subjetiva de un evento como traumático debía estar incluida o no en la definición de lo que consideraría como factor de estrés traumático.



Según nos relata Rosen (2004), se discutió la posibilidad de suprimir el Criterio A del todo, eliminando la referencia a un acontecimiento etiológico (el evento traumático) para el diagnóstico del trastorno. Pero dada la posibilidad de un eventual sobrediagnóstico de TEPT, con sus respectivos problemas científicos y forenses, para el DSM-IV se omitió, para referirse a un estresante traumático, que fuese “un evento que está fuera del rango habitual de la experiencia humana" (APA, 1987, p. 250), dado que no estaba claro lo que constituía "usual" en cuanto a la experiencia humana, además de lo “común” que son los eventos traumáticos (como asaltos, accidentes automovilísticos, etc.), particularmente en algunos contextos específicos. El comité del DSM-IV estableció, por tanto, que una persona expuesta a un estresor traumático sería aquella que “ha experimentado, presenciado o le han explicado un evento o eventos que involucraron la muerte real o la amenaza o lesión grave o una amenaza para la integridad física personal o de los demás ", siempre y cuando "la respuesta de la persona implique miedo intenso, impotencia u horror". De este modo un factor de estrés traumático no se define únicamente por criterios externos a la persona, considerándose, al igual que en el DSM-III, que presenciar o conocer la desgracia ajena cuenta como un trauma para el testigo o el destinatario de esta información, sin necesidad que sean familiares o amigos, en el caso del DSM-IV.

En síntesis, podemos decir que se denomina trauma psíquico tanto a un evento que amenaza profundamente el bienestar (o incluso la vida) de un individuo o de personas que han sido expuestas al relato de dicha experiencia, como a las consecuencias de ese evento en la estructura mental o vida emocional del mismo.

Pero para hablar del Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT), siguiendo los criterios más actualizados del DSM-IV-TR (APA, 2000), deben considerarse los siguientes criterios diagnósticos:

El primero (criterio A) se refiere a la delimitación del trauma, señalando que un evento traumático es definido como tal si: (a) la persona ha experimentado, presenciado o le han explicado uno o más acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o la de los demás; y (b) la persona ha respondido con temor, desesperanza u horror intensos.

Los siguientes criterios (B, C y D) se refieren a los síntomas psicológicos del TEPT, que se agrupan en tres categorías: (1) reexperimentación, (2) evitación/embotamiento afectivo y (3) aumento de la activación. Para el diagnóstico clínico de TEPT deben estar presentes uno o más de los cinco síntomas de reexperimentación, tres o más de los siete de evitación (o embotamiento afectivo) y dos o más de los cinco de hiperactivación. Los síntomas de reexperimentación (B) incluyen pesadillas y flashbacks que han sido considerados como criterios patognomónicos o característicos de éste síndrome. El segundo grupo de síntomas (criterio C) se refiere a la evitación persistente de estímulos asociados al trauma (pensamientos, actividades, sentimientos, lugares, personas u otros estímulos que motivan recuerdos del trauma) y síntomas de embotamiento emocional (tales como reducción del interés o participación en actividades significativas, sensación de desapego, incapacidad para tener sentimientos de amor o expectativas ominosas del futuro). El último grupo de síntomas, el aumento de la activación (criterio D), incluye síntomas tales como insomnio, hipervigilancia e irritabilidad. Por último, se incluyen dos criterios referidos a que los síntomas deben durar más de un mes (criterio E) y deben causar malestar clínicamente significativo en algún área de la vida (criterio F).

La distinción en los criterios diagnósticos del TEPT con los del Trastorno por Estrés Agudo hacen principal referencia a la duración de los síntomas, de tal modo que los síntomas en el TEPT deben prolongarse más de un mes, en cambio para el Estrés Agudo, deben desarrollarse durante un mínimo de dos días y un máximo de un mes, y aparecer en el primer mes que sigue al acontecimiento traumático.

Existe un grupo variable de personas en que los síntomas se cronificarían, permaneciendo sin modificación por largo tiempo después del hecho traumático, causando invalides en el desempeño adaptativo del individuo en su medio social y laboral. Por otro lado, los estudios hasta el momento no dejan claro si la respuesta inicial a los hechos traumáticos permita predecir el ajuste futuro de la persona. Además se ha observado que el TEPT es uno de los trastornos con mayor comorbilidad de los contemplados en el DSM-IV, especialmente asociándose con cuadros depresivos, obsesivo-compulsivo y de abuso de sustancias (Perez-Sales, 2006; Johnson, 2009, Mollica, 2012).
2.2.- Aproximación constructivista

El constructivismo es multifacético, y una de las formas en que puede comprenderse es considerándolo como una metateoría2 que se enmarca dentro del ámbito filosófico de la epistemología, alejándose de: a) la postura idealista, que plantea que no existe una realidad externa, por lo que el conocimiento es siempre una pura invención del sujeto, y la relación conocimiento-realidad es de simple coincidencia; como de b) la perspectiva realista, que afirma la existencia de una realidad externa, cognoscible e independiente del observador, de tal modo que el conocimiento se concibe como reflejo de la realidad, y la relación entre ambos es de correspondencia (Cf. Hessen, 2007).

La epistemología constructivista parte de la premisa de que, exista o no una realidad externa al observador, el significado de ésta es sólo accesible mediante la construcción de dimensiones de interpretación. El conocimiento se concibe como construcción, y la relación entre éste y la realidad es de adaptación entendida como viabilidad (…) el constructivismo parte de la premisa epistemológica fundamental de que tanto los individuos como los grupos de individuos construyen proactivamente modelos de atribución de significado al mundo y a sí mismos, modelos que varían ampliamente de uno a otro y que evolucionan en función de la experiencia. Estos modelos de atribución de significado no se conciben como simples "filtros" de la experiencia continua, sino como creadores activos de nuevas experiencias, que determinan lo que el individuo percibirá como "realidad" (Botella, Herrero & Pacheco, 1997, p. 4).

Desde el constructivismo, en sus diversas vertientes3, el conocimiento de la realidad se construye, dinámica y activamente, como resultado de las operaciones de observación en los distintos componentes del sistema social, donde “todo observador, con su sola presencia, modifica lo observado –efecto Heisenberg- y que ¡incluso al estudiar las modificaciones les agregamos otras!” (Arnold, 2003, s/p). Todo acto cognitivo involucra aplicación de esquemas de diferencias o distinciones que permiten generar a su vez un mundo cognitivo, donde se genera la información que le indica al sujeto lo que él es y qué es lo que lo rodea como observador, por lo cual, podemos decir que el sujeto-objeto se originan co-circunstancialmente en la realización de distinciones o diferencias, que se dan en un proceso recursivo en el individuo y que en el plano social podríamos hablar de una meta-red cognitiva configurada en un constante proceso de auto-generación de distinciones que produce a su vez nuevos planos de realidad (Oliva, 2012).

En el ámbito filosófico, sin poder calificarlo de constructivista, J. Derrida (1998) desarrolló una interesante discusión respecto al tema de la distinción o diferencia, especialmente en su conferencia titulada Différance, que es un neologismo (o neografismo para ser más específicos) surgido de la palabra francesa de sonido idéntico différence (diferencia). Derrida aprovecha el hecho de que el verbo différer signifique en francés tanto "posponer" como "diferenciar" (lo que en español podría aplicarse al término diferir), ya que las palabras y los símbolos nunca pueden resumir plenamente lo que significan y sólo pueden ser definidos (tautológicamente) mediante nuevas palabras de las que difieren, por lo cual el significado definitivo siempre es "pospuesto", quedando confinado a un mundo y experiencias que se presentan como ineludiblemente polisémicas, sujetas a variadas interpretaciones, nunca definitivas o absolutas. Tal como lo plantea Maturana, desde una perspectiva que podemos considerar constructivista: “Lo dicho, bajo ninguna circunstancia puede ser separado del que lo dice; no existe ningún método verificable para establecer un nexo entre las propias afirmaciones y una realidad independiente del observador cuya existencia uno a lo mejor da por sentada. Nadie puede reclamar un acceso privilegiado a una verdad o realidad externa” (Maturana & Pörksen, 2004, p. 9).

Autores como Piaget, Maturana, Varela y Bateson han planteado desde diversas perspectivas, integradas por el constructivismo, que al hablar de organismos vivientes estamos hablando de organismos o sistemas cognitivos, de tal modo que la cognición es comprendida de una forma mucho más amplia que la referida a los procesos mentales complejos, sino que se entiende la cognición como una modalidad de acoplamiento y emergencia relacional entre el organismo y su medio. De este modo cualquier organismo vivo es concebidos como una red de ensambles de procesos corporales, temporales y contextualmente situados, donde lo cognitivo está referido a la manera en que dicho organismo, mediante su autopoiesis, llega a ser una entidad distinta en el espacio, aunque siempre acoplada a su medio ambiente (Cf. Varela, 1996, 2000; Oliva, 2012).

Según Mahoney (2005) la perspectiva constructivista de la experiencia humana sería “aquella que enfatiza la acción creadora de significado a través del desarrollo de uno mismo en sus relaciones sociales” (p. 28). De tal modo que quedan destacados aspectos como la proactividad continua del ser humano, especialmente en lo que respecta a los procesos de ordenamiento y asignación de significados de la experiencia, los cuales sería mediados sociosimbólicamente, logrando distinguirse dos procesos en la auto-organización de la experiencia, los cuales ocurrirían simultáneamente en dos niveles: a) el nivel de la vivencia inmediata y b) el nivel de su ordenamiento lingüístico. El primer nivel sería tácito, emocional y continuo, mientras que el segundo nivel es explícito, cognitivo y discontinuo (Miró, 2005). Ambos niveles, no obstante, estarían sujetos a la estructura narrativa de la experiencia (Cf. Neimeyer y Mahoney, 1998; Gonçalves, 2002).

Dentro de la perspectiva constructivista, y como uno de sus precursores, Piaget plantea que los individuos al encontrarse en estado de necesidad en su interacción con el medio desarrollan dos procesos complementarios: a) incorporar las cosas y las personas a la actividad propia del sujeto y, por consiguiente, a “asimilar” el mundo exterior a las estructuras ya construidas, y b) reajustar éstas en función de las transformaciones sufridas, y, por consiguiente, a "acomodarlas" a los objetos externos (Piaget, 1975). Desde este punto de vista, los sujetos, tanto en términos biológicos como psicológicos y sociales tenderían a asimilar progresivamente el medio ambiente y reorganizarse a partir de esta interrelación. Para Piaget la “adaptación” del individuo viene a ser, por tanto, el equilibrio de tales asimilaciones y acomodaciones.


Diagrama 1: Adaptación cognitiva según Piaget


Fuente: Rosas & Balmaceda (2008, p. 13)



3.- Sí-mismo y trauma
A continuación realizaremos un acercamiento a la psicopatología del sí-mismo (modo en que suele llamarse al “yo” desde el constructivismo) que se da en el estrés postraumático, considerando los planteamientos hasta aquí presentados respecto a la perspectiva constructivista y, particularmente, a la función del sí-mismo (funciones yoicas, en la tradición psicopatológica) como instancia generadora de coherencia organísmica-ambiental. Para ello presentaremos, primeramente, los criterios diagnósticos actuales respecto al TEPT, que indican la sintomatología específica que abordaremos.

3.1.- Criterios diagnósticos del TEPT (APA, 2000)



A. La persona ha estado expuesta a un acontecimiento traumático en el que han existido 1 y 2:

  1. la persona ha experimentado, presenciado o le han explicado uno (o más) acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o la de los demás;

  2. la persona ha respondido con temor, desesperanza u horror intensos. Nota: En los niños estas respuestas pueden expresarse en comportamientos desestructurados o agitados.

B. El acontecimiento traumático es reexperimentado persistentemente a través de una (o más) de las siguientes formas:

  1. recuerdos del acontecimiento recurrentes e intrusos que provocan malestar y en los que se incluyen imágenes, pensamientos o percepciones. Nota: En los niños pequeños esto puede expresarse en juegos repetitivos donde aparecen temas o aspectos característicos del trauma;

  2. sueños de carácter recurrente sobre el acontecimiento, que producen malestar. Nota: En los niños puede haber sueños terroríficos de contenido irreconocible;

  3. el individuo actúa o tiene la sensación de que el acontecimiento traumático está ocurriendo (se incluye la sensación de estar reviviendo la experiencia, ilusiones, alucinaciones y episodios disociativos de flashback, incluso los que aparecen al despertarse o al intoxicarse). Nota: Los niños pequeños pueden reescenificar el acontecimiento traumático específico;

  4. malestar psicológico intenso al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático;

  5. respuestas fisiológicas al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático.

C. Evitación persistente de estímulos asociados al trauma y embotamiento de la reactividad general del individuo (ausente antes del trauma), tal y como indican tres (o más) de los siguientes síntomas:

  1. esfuerzos para evitar pensamientos, sentimientos o conversaciones sobre el suceso traumático;

  2. esfuerzos para evitar actividades, lugares o personas que motivan recuerdos del trauma;

  3. incapacidad para recordar un aspecto importante del trauma;

  4. reducción acusada del interés o la participación en actividades significativas;

  5. sensación de desapego o enajenación frente a los demás;

  6. restricción de la vida afectiva (p. ej., incapacidad para tener sentimientos de amor);

  7. sensación de un futuro desolador (p. ej., no espera obtener un empleo, casarse, formar una familia o, en definitiva, llevar una vida normal);

D. Síntomas persistentes de aumento de la activación (arousal) (ausente antes del trauma), tal y como indican dos (o más) de los siguientes síntomas:

  1. dificultades para conciliar o mantener el sueño;

  2. irritabilidad o ataques de ira;

  3. dificultades para concentrarse;

  4. hipervigilancia;

  5. respuestas exageradas de sobresalto.

E. Estas alteraciones (síntomas de los Criterios B, C y D) se prolongan más de 1 mes.

F. Estas alteraciones provocan malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.



Especificar si Agudo: si los síntomas duran menos de 3 meses. Crónico: si los síntomas duran 3 meses o más.

Especificar si: De inicio demorado: entre el acontecimiento traumático y el inicio de los síntomas han pasado como mínimo 6 meses.
3.2.- Psicopatología postraumática del sí-mismo

Siguiendo a Capponi (1992) en su clasificación detallada de la psicopatología del yo, describiremos brevemente los fenómenos que se observan en el TEPT según la literatura.


3.2.1.- Psicopatología de la dimensión realidad-irrealidad

En relación al entorno: a) la apreciación de la realidad se ve afectada por el evento traumático, que se transforma en un sesgo persistente de todo evento que se le asemeje con su respectiva evitación y activación; b) se presenta una alteración del sentido en relación al entorno con una habitual percepción de absurdo, e incluso caos, en las circunstancias y devenir vital; c) el juicio de realidad en relación al entorno también puede verse afectado por medio de la re-experimentación del evento traumático en diversos contextos.

En relación a sí mismo: a) la apreciación de sí mismo se ve afectada y distorsionada en comparación a la que se daba anterior al trauma, con predominio de las emociones de temor, horror, culpa y vergüenza respecto de sí. Pueden presentarse fenómenos tales como: despersonalización alopsíquica (sí-mismo como extraño, lejano y poco familiar); desrealización (sensación de extrañamiento ante el mundo circundante); vivencia de escisión (sentimiento de desdoblamiento como espectador de sí); vivencia de disociación (disminución o pérdida de la unidad de sí); alteración de la conciencia de identidad (errática apreciación de continuidad temporal de sí); alteración de la conciencia de límites (dificultad de objetivación de la vivencia de otro como distinta a la sí); alteración de la conciencia del existir (vivencia de vacío y absurdo vital); despersonalización somatopsíquica (sentimientos de extrañeza respecto a la propia corporalidad); b) el sentido de sí es impreciso y se dificulta drásticamente el proyectarse con sentido; c) el juicio de realidad en relación a sí mismo se puede expresar en diversos fenómenos tales como: despersonalización alopsíquica vivida con desconocimiento, negación y extrañeza de sí, que se puede vivenciar con desconcierto y gran angustia; desrealización y sentimiento de no partencia al mundo circundante, que es vivenciado como amenazante, poco familiar y angustioso. Sin embargo, la mayor parte de los fenómenos psicopatológicos que están descritos en este apartado sobre psicopatología de la dimensión realidad-irrealidad respecto de sí mismo, no característico del TEPT (salvo en casos de comorbilidad psicótica), tales como los fenómenos psicopatológicos de fabricación, robo o imposición de pensamientos, fenómenos de influencia, vivencias de escisión o pérdida de identidad extrema, difusión del pensamiento, apersonificación, transitivismo, pérdida de la conciencia del existir y vivencias delirantes y apodícticas de despersonalización.
3.2.2.- Psicopatología de la dimensión actividad-pasividad

Actividad: en el TEPT los sujetos manifiestan un alto grado de actividad, caracterizado por el estado de alerta y las conductas de evitación, sin lograr el desarrollo de alternativas que permitan la manipulación del ambiente, circunstancia o eventos de modo adaptativo, pudiendo manifestarse ciertos grados de rigidez con miras a la búsqueda del control del entorno del modo más completo posible motivado por el temor y la angustia.

Pasividad: se observa una baja capacidad para manejar estrategias efectivas para manipular el ambiente y conseguir sus fines, pueden presentarse períodos de actitud de inercia, de falta de ambición y tenacidad, lo cual puede derivar a cuadros depresivos severos, donde ser observa una marcada incapacidad para proyectarse y planificar realistamente el futuro y descubrir un propósito vital.
3.2.3.- Psicopatología de la dimensión adhesión-evitación

Adhesión: En los casos de TEPT suele manifestarse un bajo nivel de adhesión interpersonal, con una marcada dificultad para vivenciar relaciones afectivas persistentes y mantenidas, durante el trastorno.

Evitación: Se observa una actitud de evitación de la relación tanto espacializada como de compromiso afectivo, pero principalmente a nivel situacional de todo evento que se pueda asociar a la experiencia traumática, pudiendo resultar sumamente incómodos el acercamiento y contacto, la comunicación en general, y la interacción afectiva tanto de orden emocional, como de sentimientos.

Por último, la psicopatología de la dimensión dependencia-independencia que plantea Capponi (Ibíd.) no se observa de forma considerable en los casos de TEPT.


3.3.- Dimensiones operativas en el TEPT

A continuación nos referiremos, brevemente, desde la perspectiva constructivista cognitiva4, a las posibles disfunciones presentes en el TEPT en términos de las dimensiones operativas que define este modelo.

Las Dimensiones Operativas corresponden al nivel de funcionamiento del individuo en su cotidianidad en búsqueda de la estabilidad y coherencia de sí, por medio de la instalación de una significación parcial o transitoria a los contenidos de la experiencia, o bien, desarrollando complejos sintomáticos que pueden ser categorizados como algunos de los trastornos descritos por el DSM-IV, como es el caso del TEPT (Yáñez, 2005).

Conceptualmente, las dimensiones operativas pueden ser definidas como, polaridades antitéticas que expresan el funcionamiento operativo del proceso de mismidad de un sujeto, como respuesta a las presiones del medio. Consisten en opciones preferentes de desplazamiento, entre dos extremos polares de modos de funcionamiento proactivo, que permiten resolver las demandas de cambio o mantenimiento de la coherencia del sistema. La dinámica de estas categorías no es lineal o de un eje, sino que es el resultado de una circularidad dialéctica determinada por las condiciones contextuales, interpersonales e intrapersonales en las cuales un sujeto es requerido. Dichas condiciones pueden hacer que sea o no sea pertinente el desplazamiento operativo del sujeto hacia una u otra polaridad. En otras palabras, la normalidad o patología de una estrategia, estará establecida por su aporte a la mantención de la coherencia, más que por su proximidad con algunas de las categorías de las nosologías tradicionales (Yáñez, 2005, p. 186).



En términos generales5 podemos especificar que las dimensiones operativas en los casos de TEPT podrían tender a modalidades como las que describimos a continuación:

Concreción – Abstracción: particularmente esta dimensión operativa, que se refiere a los niveles de simbolización en categorías conceptuales explicativas de los contenidos de la experiencia, se manifestaría de modo inespecífico en el TEPT, pudiendo observarse casos en cualquiera de los polos o niveles medios, dependiendo de factores ajenos al cuadro o bien instalándose en alguno de las polaridades como estrategia adaptativa de búsqueda de coherencia, que puede o no ser adaptativa.

Flexibilidad – Rigidez: esta dimensión referida a la operación de las estructuras de procesamiento y conocimiento proactivo, ante las demandas de la experiencia en curso se observa afectada en el TEPT con una polarización en el extremo de rigidez, de tal modo que el sujeto cuenta con una menor gama de posibles explicaciones de los acontecimientos de la experiencia y, por ello, de menores opciones para seleccionar aquella que resulta armónica a la coherencia sistémica durante el desarrollo del trastorno.

Inclusión – Exclusión: esta dimensión se refiere a la capacidad del sistema de de conocimiento para integrar nuevos contenidos y simbolizar el material perturbador, a partir de las presiones que ejerce la experiencia en curso. En los casos de TEPT se observaría esta dimensión como la posiblemente más afectada, pues es precisamente el evento traumático un material perturbador por definición de difícil inclusión, por lo cual el contenido cognitivo se excluye con un altísimo costo energético para el individuo, pero que permite la mantención de la coherencia sistémica.

Proactividad – Reactividad: referida al estilo de enfrentamiento ante las demandas que ejerce la relación con el mundo, esta dimensión, describe el grado de persistencia y permanencia de los niveles de respuesta motor, emotivo y cognitivo, ante los desafíos o amenazas. En el TEPT se observaría una intensificación en el polo reactivo, producto de la pérdida de propositividad, fruto de la dificultad para el despliegue de competencias por parte del sujeto para encontrar significados al evento traumático y tener los suficientes recursos para resolver las demandas desbordantes.

Exposición – Evitación: esta dimensión se refiere a la actitud del sujeto frente a las perturbaciones que generan las demandas medio ambientales desbordantes que presentan altos grados de dificultad en su procesamiento, que claramente se observaría alterada en el TEPT, como otra de las dimensiones más afectadas, dado que el evento traumático es en sí una amenaza para el sistema que es resuelta por medio del escape o la evitación, lo limita las posibilidades de crecimiento del sistema, pero momentáneamente mantiene su coherencia, a un alto costo energético.
4.- Psicopatología postraumática y construcción del sí-mismo
Para finalizar este trabajo, nos detendremos brevemente en algunas consideraciones conceptuales respecto a la implicancia que tiene el trauma en la construcción del sí-mismo, desde una perspectiva constructivista.

Ante un evento traumático el individuo se ve confrontado a un proceso adaptativo (de asimilación y acomodación) que tiene una implicancia vital de sobrevivencia concreta y/o simbólica y que requiere de un grado mayor de búsqueda de coherencia que el habitual, donde el sujeto, en consideración del excedente de significado medio ambiental permanente (que se ve acrecentado con el evento traumático de modo cualitativo y/o cuantitativo), genera activamente, por medio de su capacidad cerebral ideográfica y narrativa, un proceso de integración de regularidades, es decir, un mundo habitable cognitivamente, una realidad coherente (Varela, 1996).

En esta dinámica se experimenta la necesidad de proyectar un centro o agente centralizador, como un "yo" personal (no en el sentido freudiano) o sí-mismo, que se presenta como una continua narrativa/poética interpretativa, generadora de regularidades y coherencia auto-exo-referente, configurando y dando origen a un mundo cognitivo significativo y a él mismo como unidad relacional. Este “sujeto” (sub-jectum, que subyace) que emerge puede ser analizado como un producto de las capacidades neurolingüísticas recursivas del hombre y su capacidad única para la autodescripción, la narrativa y la poética de sí (Ibíd.).

Oliva nos plantea la gran relevancia de estos procesos para la constitución de la experiencia en el ser humano al indicar que

(…) todo fenómeno biológico y cognitivo se da en una red de relaciones que imposibilita reducir el fenómeno a las partes que lo constituyen, ya que tanto el organismo como el conocimiento que genera, operan como una unidad relacional indisociable (…) toda dinámica biológica en el dominio de lo humano, se produce en el seno de redes de redes de configuraciones de distinciones, que a la vez, son productos y productoras de dinámicas cognitivas en diferentes escalas. Es fundamental enfatizar que dichas tramas no son externas, contextuales o simples mediadoras, sino que más bien constituyen, en un constante proceso auto-ecoorganizativo, las condiciones de existencia del fenómeno humano. Cabe enfatizar, que la organización auto-eco-semiopoiética no asume un acoplamiento o disyunción organismo/medio, sino que sitúa la dinámica del sujeto en una red semiótica, donde el entorno surge como una configuración relacional de distinciones que el organismo realiza en dicha red (Oliva, 2012, pp. 47-48).

Frente al trauma el organismo aparece, para un observador, como moviéndose adecuada o inadecuadamente en un medio que ha cambiado drásticamente, pudiendo hablar de diversos grados de adaptación y/o inadaptación al evento. Pero para el individuo, como organismo autopoiético complejo, sólo hay una deriva estructural continua que sigue el curso en que en cada instante se conserva el acoplamiento estructural a su medio de interacción, en continua búsqueda de organización y coherencia, en el devenir de reflexiones sobre sí, que llamamos habitualmente identidad personal, ya que en la red de interacciones en que nos movemos, mantenemos una continua recursión descriptiva que llamamos "yo", que nos permite conservar nuestra coherencia operacional lingüística y nuestra adaptación en el dominio del lenguaje, entendido como coordinación de coordinaciones conductuales consensuales con otros (Maturana & Varela, 2004).

En psicopatología el “yo” ha sido definido de una forma que podemos integrar con lo hasta aquí planteado, tal como lo presenta Capponi:

El Yo es el que comanda la vida psíquica y es el Yo la instancia psíquica fundamental que personaliza las vivencias y hace propios los actos psíquicos. Es una estructura y organización compleja, esencialmente dinámica, que integra el vivenciar y mediante el cual éste adquiere pleno sentido (1992, p. 161).


El ser humano, como sistema de cognitivo tiene una alta capacidad generativa, de tal modo que los procesos de mantenimiento y cambio pueden cumplir en él funcionalidad que les es propia y producir nuevos estados de organización, tanto personales como contextuales, “que aunque resulten inicialmente extraños al sistema, pueden pasar a formar parte integral de él, incluyéndose mediante los procesos de significación” (Yánez, 2005, p. 191).

La experiencia traumática desde esta perspectiva es, por tanto, una oportunidad potencial para que el sí-mismo, pueda desarrollar generativamente una mayor coherencia e integridad sistémica, en tanto mantención y proyección de su devenir vital hacia etapas de mayor complejidad dinámica.


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1 Aunque no en un sentido estricto, pues no corresponde a una etiología explicativa, propiamente tal.

2 “Una metateoría corresponde a una propuesta de orden epistemológico que da cuenta del conocimiento desde una perspectiva, que permite entenderlo como un contenido factible de ser vehiculado a través de una estructura simbólica tal como el lenguaje, las matemáticas o cualquier otro sistema de codificación que facilita la consensualidad de las categorías con las que nos referimos a la realidad. En otras palabras, una metateoría se puede entender como el esfuerzo de la ciencia en búsqueda de conocimiento, como señala Barrow (en Cornwell, 1997, p. 74), factible de ser “comprimido”, de tal modo que permita, a través del uso de una regla, categoría o patrón, transmitir información mediante una vía simbólica de significado” (Yáñez, 2005, p. 11).

3 Que han sido clasificadas en cuatro vertientes principales, según Arnold (2003): psicocostructivismo (“blando” y de orientación biológica), socioconstructivista (“blando” y de orientación social), bioautopoiético (“duro” o radical y de orientación biológica) y sociopoiético (“duro” y de orientación social). A estos podríamos agregar una concepción más reciente e integradora, la auto-eco-poiética (Oliva, 2012).

4 Desarrollada principalmente en el Departamento de Psicología de la Universidad de Chile (Cf. Yáñez, 2005).

5 Sólo a grueso modo, dado que la experiencia es polisémicas y la cualidad de la vivencia de los eventos traumáticos está supeditada a un gran número de factores.



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