Título original: Avicenne ou la route d'Ispahan



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Título original: Avicenne ou la route d'Ispahan

Traducción: Manuel Serrat Crespo


1.ª edición: abril 1995

5.ª reimpresión: febrero 1998

© by Editions Denoël

© Ediciones B, S.A., 1995

Bailen, 84 - 08009 Barcelona (España)
Printed in Spain

ISBN: 84-406-5519-3

Depósito legal: B. 6.243-1998
Impreso por LITOGRAFÍA ROSÉS

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Avicena


o la ruta de Isfahán

Gilbert Sinoué


Este libro está dedicado al profesor Vachon, a su formidable equipo de reanimación de enfermos infecciosos del hospital Bichat, y también a todos los internos, enfermeras, enfermeros, personajes anónimos que actúan en la sombra para prolongar la vida...



Me gustaría expresar aquí mi gratitud al doctor Georges Thooris. Con su amistad, paciencia y complicidad supo guiarme a lo largo de esa ruta que conduce a Isfahán. Yo podría ser prolijo en agradecimientos, pero me limitaré a decir que es uno de los escasos hombres dignos sucesores de Hipócrates.

Durante estos dos años de escritura, él fue Alí ibn Sina, yo he desempeñado, modestamente, el papel de Jozjani.





ADVERTENCIA AL LECTOR


Esta obra se basa en un manuscrito auténtico, una especie de cuaderno de a bordo que fue redactado en lengua árabe por el discípulo de Avicena, Abú Obeid el-Jozjani, quien vivió a su lado durante veinticinco años.

Por razones prácticas, algunas notas a pie de página se han redactado, voluntariamente, en forma de «nota del traductor»; lo he hecho para diferenciarlas claramente de los comentarios personales de Jozjani.

El libro está dividido en maqamas. En la antigua lengua árabe, esta palabra servía para designar la reunión de la tribu. Más tarde, fue empleada para calificar las veladas a las que los califas omeyas y abasíes, de la primera época, invitaban a hombres piadosos para escuchar de su boca relatos edificantes. Progresivamente, el sentido fue ampliándose hasta que terminó por designar la arenga del mendigo que tuvo que expresarse con un lenguaje cuidado a medida que la cultura literaria, antaño privilegio de la corte, se extendía por el pueblo.



Aspecto político de Persia en tiempos de Avicena

En tiempos de Avicena, Persia está ocupada por los árabes desde hace casi tres siglos. Numerosas dinastías se reparten los jirones de lo que fue un imperio. Dos de ellas predominan e intentan hacerse con el poder: los samaníes y los buyíes. Pero, a contraluz, una tercera dinastía se aprovechará de sus disensiones: los gaznawíes, de ascendencia turca, que tenderá su capa sobre la mayoría del país.



Aspecto religioso

Tres facciones. Las tres brotan del islam: el chiísmo, el sunnismo y el ismaelismo. Los sunnitas se consideran ortodoxos puros y consideran a las otras ramas como herejías.

En este universo complejo vio la luz y erigió su obra inmortal uno de los más grandes espíritus universales de nuestro tiempo.


En sueños vi al Profeta. Le pregunté: ¿Qué dices sobre Ibn Sina? Me respondió: es un hombre que pretendió llegar a Dios prescindiendo de mi mediación. Por lo tanto, lo escamoteé así, con la mano. Y entonces cayó en el infierno.

MAJD EL-DIN BAGHDADI









PRIMERA MAQAMA




En nombre de Alá, el que hace misericordia,

el Misericordioso
Yo, Abú Obeid el-Jozjani, te entrego estas palabras. Me fueron confiadas por aquel que fue mi maestro, mi amigo, mi mirada durante veinticinco años: Abú Alí ibn Sina, Avicena para la gente de Occidente, príncipe de los médicos, cuya sabiduría y prudencia deslumbraron a todos los hombres, ya fueran califas, visires, príncipes, mendigos, jefes guerreros o poetas. De Samarcanda a Shiraz, de las puertas de la Ciudad-Redonda a las de las setenta y dos naciones, de la magnificencia de los palacios a los humildes burgos de Tabaristán resuena todavía la grandeza de su nombre.

Le amaba como se ama la felicidad y la justicia, como se ama, y debo confesártelo, a los amores imposibles. Cuando leas lo que sigue, sabrás qué clase de hombre era. Te unirás a mi pensamiento. Que Alá te acompañe en tu camino.

Hoy te abandono a mi maestro.

Síguele sin temor. Mantén tu mano en la suya y, sobre todo, no la sueltes nunca. Te llevará por los caminos de Persia, siguiendo las postas caravaneras, hasta el extremo de los grandes oasis de Sogdiana, hasta los lindes del Turkestán.

Síguele por la vasta meseta que compone mi país, tórrida unas veces, helada otras, por sus desérticas y saladas extensiones donde, de vez en cuando, surgirán para complacerte, en lujuriantes oasis, ciudades de belleza tan imprevista que te parecerá irreal. Las caravanas descubrirán, para ti, las gemas y las especias del país amarillo, las armaduras de Siria, los marfiles de Bizancio. En los bazares de Isfahán verás bajo tus pies las pieles, el ámbar, la miel y las esclavas blancas.

En las callejas comerciales de los zocos, las aletas de tu nariz se estremecerán con sus olores únicos y preciosos aromas. Dormirás bajo las estrellas, en los desiertos de piedra o en las laderas del Elburz, teniendo por todo decorado la cima del Demavend surcado por verticales estelas de nieve que intentan retener lo que de luz queda en el cielo.

Te acostarás entre los miserables y en el esplendor de los palacios.

Cruzarás olvidadas aldeas, de estrechas callejas y ciegas casas. Penetrarás el secreto de los poderosos, la intimidad de los serrallos, la voluptuosidad de los harenes. Verás cómo sufren por igual los príncipes y los mendigos y te convencerás así (si subsistiera una duda en tu espíritu) de que somos eternamente iguales ante el dolor. Como una yegua enloquecida, tu corazón saltará en tu pecho cuando tu amada te conceda el tesoro de su rostro desnudo a la claridad de las estrellas; pues amarás a más de una mujer, y más de una mujer te adulará. Aprenderás el desprecio ante la pequeñez de los poderosos, conocerás el respeto ante la grandeza de los pequeños.

Mira, hoy estamos ante Bujará, capital de la provincia de Jurasán, situada al norte del río Amú-Daria. Corre el verano de 998. Mi maestro apenas tiene dieciocho años...

El anciano el-Arudi yacía tendido sobre una estera de paja trenzada, con las manos unidas en su bajo vientre, el rostro carmesí, congestionado por el dolor.

—Está así desde hace varios días —susurró Salwa, su esposa. Era una kurda de piel mate, procedente de la región de Harki-Oramar.

Inclinándose hacia su marido, dijo con solicitud:

—El jeque ha venido a curarte.

La única reacción de Abú el-Hosayn fue un gemido de dolor.

Ibn Sina se arrodilló junto a él y palpó su muñeca, con la palma vuelta hacia arriba, en el lugar exacto donde las arterias rozan la piel. Cerró los ojos para concentrarse mejor y permaneció así largo rato, con los rasgos fijos y tensos; luego volvió la palma hacia abajo.

—¿Es grave? —Se inquietó Salwa.

Alí no respondió. Arremangó lentamente la camisa empapada en sudor y apartó las manos que el enfermo mantenía crispadas sobre su bajo vientre. Palpó largo rato, con precaución, la región suprapúbica; estaba hinchada como un odre.

—El-Arudi, hermano mío, ¿cuánto hace que no orinas?

—Tres, cuatro, seis días, ya no lo sé. Y no obstante, el Invencible lo sabe, no es por falta de ganas ni porque no lo haya probado.

—¿Es grave?

Esta vez la pregunta la hacía la hija de el-Arudi, que acababa de entrar discretamente en la alcoba. Tenía apenas quince años, pero poseía ya todos los florecidos misterios de la mujer. Tenía la piel muy mate, como su madre, los ojos almendrados y un rostro muy puro, enmarcado por una espesa cabellera negra que le caía hasta las caderas.

Ibn Sina le dirigió una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora y prosiguió su examen, concentrándose esta vez en la verga del hombre y examinándola en toda su longitud. Tomó de su zurrón un instrumento —un perforador de hierro templado, con un extremo triangular, aguzado, unido a un mango de madera— y algunas flores de adormidera blanca, beleño y áloe, tendiéndolas a la muchacha.

—Toma, Warda, prepárame una decocción y pon a hervir agua.

—Hijo de Sina, por compasión, alivia mi pena —gimió el kurdo acercando su mano al vestido de Ibn Sina; lo que, según la costumbre, era actitud de plegaria y signo de angustia.

—Si place al Altísimo, así se hará, venerable Abú el-Hosayn.

—¿Pero qué le pasa? —interrogó Salwa uniendo y separando nerviosamente sus manos.

—La vía que permite la salida de la orina está obstruida.

—¿Y cómo es posible?

—En ciertos casos, la causa de la obstrucción puede deberse a un excesivo desarrollo de lo que nosotros llamamos la «glándula que está delante» o a la presencia de una piedrecita formada por concreción de sales minerales. La de tu esposo se debe a la segunda causa.

—Hijo de Sina, nada comprendo de tus concreciones, nada tampoco de esa «glándula que está delante». Pero sin duda hablas un lenguaje incomprensible para los mortales porque tus palabras deben de proceder de más arriba. Salvarás, pues, a mi marido.

—Si a El le place —repitió Ibn Sina con mansedumbre.

Warda había regresado, y le tendió un pocillo de arcilla donde se maceraba la decocción, así como un gran bol de agua hirviendo.

Alí levantó lentamente la cabeza del enfermo y acercó el pocillo a sus labios.

—Tienes que beber esto...

—¿Beber? Pero jeque el-rais, ¿no ves que mi vejiga parece la ubre de una vaca dispuesta a amamantar? No resistiría ni una sola gota más.

—No temas. Esta gota te aliviará.

Abú el-Hosayn bebió el líquido lamiendo como un gato, y se dejó caer de espaldas, agotado por el esfuerzo.

—Ahora démosle al medicamento tiempo para actuar.

El médico zambulló su instrumento en el agua que humeaba todavía y tomó de nuevo el pulso del enfermo. Pronto pudo advertir que los latidos de la arteria se apaciguaban, que los rasgos del paciente, dominados hasta entonces por el dolor, se relajaban. Arrodillada junto a su padre, Warda no separaba sus ojos de Alí. Había en sus pupilas toda la veneración del mundo.

—Ven, Warda, ayúdame a desnudarle.

Instantes más tarde, el-Arudi estaba como el día en que había llegado al mundo.

Alí buscó de nuevo en su zurrón y sacó un hilo bastante grueso que anudó en torno al miembro. Hecha la ligadura, tomó el perforador.

Abú el-Hosayn había cerrado los ojos, parecía dormir.

—¿Por qué has atado su miembro? —se inquietó Salwa.

—Para evitar que la piedra que hay en el canal urinario se escape regresando hacia la vejiga. Ahora necesito vuestra ayuda: tú, Salwa, y tú también, Warda, cada una por su lado, coged sus brazos.

Asegurándose por última vez de que las flores de adormidera habían insensibilizado los miembros del enfermo, levantó la verga. Con el pulgar y el índice abrió el meato e introdujo, lentamente, la acerada punta en la uretra, hasta que advirtió una resistencia.

—Creo que he encontrado la piedra. Ahora tendré que perforarla o romperla.

Hizo girar varias veces el instrumento, de izquierda a derecha primero, de derecha a izquierda luego, deteniéndose de vez en cuando como si intentara leer en el cuerpo del enfermo.

Su frente se humedecía de sudor, le había invadido cierta tensión, pero sus gestos seguían siendo de gran precisión.

—Creo que he perforado la piedra...

Con las mismas precauciones que había empleado en la intromisión, retiró el perforador. Unas gotas de orina, teñidas por filamentos sanguinolentos, brotaron del meato. Alí desanudó entonces la ligadura y el líquido brotó enseguida, en un chorro poderoso y regular. Alí comprimió el miembro. Algunos restos oscuros se mezclaron con la orina.

—Ahora todo irá bien —declaró palpando satisfecho el bajo vientre del anciano—. El globo vesical ha desaparecido y la región suprapúbica recupera su aspecto normal.

—¡Bien mereces el título de jeque el-rais, maestro de los sabios! —exclamó Salwa—. ¡Que Alá te dé mil años de vida!

—Te lo agradezco, mujer. Pero me bastaría con la mitad.

El-Arudi se movió un poco en la estera antes de sumirse otra vez en su sopor.

Ibn Sina tendió a Salwa unas semillas de adormidera.

—Cuando se ponga el sol, hazle beber una segunda decocción y agua de rosas. En su enfermedad, beber es un factor de curación.

—Cuando pienso que eras tú, ayer, quien se inclinaba ante los adultos y que hoy, reinas como señor sobre sus canosos cráneos...

—Perdóname, querida Salwa, pero no recuerdo haberme inclinado ante nadie.

—Hijo mío, si no temiera azuzar más todavía tu orgullo, te diría que lamentablemente es cierto. Ya en tus mismos pañales mantenías un porte real. ¡Pero no importa! Todo te es perdonado, pues, como dice el Libro: «Al que devuelva la vida a un hombre, se le tendrá en cuenta como si hubiera devuelto la vida a toda la humanidad...»

Alí comenzó a ordenar su zurrón.

—Espera, tengo algo para ti —dijo la mujer.

El quiso protestar, pero ella había desaparecido ya.

Warda se levantó a su vez.

—No te lo he agradecido todavía —dijo tímidamente.

—Es inútil. Sé que todas las palabras están en el silencio de tu corazón.

La adolescente bajó la mirada como si le avergonzara comprobar, una vez más, que podía leer en ella con mucha facilidad.

—Esto es para ti.

La mujer de el-Arudi había regresado y le tendía un objeto. Era una jarmek, una pequeña bola de cristal azulado colgada de un cordel. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, ella se lo había puesto al cuello, anudándola.

—Así, ni la maledicencia de los malvados, ni los demonios, aunque sean tan temibles como el terrible dragón que mató al intrépido Rustam, tendrán poder sobre ti.

—¿Sabes?, no creo demasiado en el mal de ojo. Pero, siendo éste tu deseo, te prometo que tu presente me acompañará mientras viva.

—Créeme, hijo mío, cuando el Creador da a un solo ser el genio y la belleza de muchos miles, ese hombre deberá temer incluso el brillo del sol. Warda —continuó, sentándose a la cabecera de su esposo—, sírvele a nuestro huésped un vaso de té. Debe de estar sediento.

—No te enojes, pero es tarde y me esperan invitados en casa de mi padre.

La mujer de el-Arudi se inclinó.

—En ese caso, la paz sea contigo, hijo de Sina. Verdaderamente, eres alguien muy especial.

—Y contigo sea la paz —y volviéndose hacia Warda, preguntó—: ¿me acompañas hasta el umbral?

La muchacha asintió con conmovedora espontaneidad.
Una vez fuera, bajo los primeros rayos del ocaso, la muchacha supo, sin que fuera necesario decir la menor palabra, que también él había aguardado aquel momento.

—¿No es muy penoso tu trabajo en el hospital? —preguntó con cierta torpeza.

—La enseñanza y el trabajo tienen valor de plegaria. Iluminan el camino del Paraíso, nos protegen contra los errores del pecado, pero... —añadió muy deprisa—: a veces también el pecado tiene valor de plegaria... Warda, mis ojos...

Turbada, la muchacha entornó los párpados acercándose a él. Velada por el vestido, se adivinaba la firme curva de sus pechos que se agitaban al ritmo de su respiración, bruscamente acelerada.

Desde que la familia Sina había salido de Afshana para instalarse aquí, en Bujará, a un tiro de piedra de su casa se había sentido atraída por él. Cinco años ya... cinco años de recuerdos dulces como la miel.

—Dame el agua de tu boca... —susurró la muchacha.

Él tomó su muslo bajo la cruda lana. Ascendió lentamente hacia la curva de sus caderas y la atrajo hacia sí. Sus bocas se mezclaron con dulzura, se separaron para reunirse con mayor fervor. Sus ropas se habían convertido para ellos en una insoportable ofensa. Él habría querido fundirse en ella, derribar la delgada muralla tejida, el ultimo obstáculo que separaba sus pieles; fuera de sí, intentó separarse, pero ella le retuvo con toda la fuerza de sus quince años.

—Oh, rey mío, no te vayas, todavía no.

—Has bebido de mi boca, Warda. Y ahora soy yo quien tiene sed, una sed que abrasa mi cuerpo y consume mis labios. Tienes que guardarte, Warda. Debemos guardarnos de nuestra fiebre. Mañana... más tarde.

Pero ella quiso estrecharse contra él.

—Bebe, bebe de mí —suplicó la muchacha.

—No, alma mía. A mi cuerpo no le bastaría ya el arroyo de tus labios. Necesitaría el océano para calmar su deseo. Debemos guardarnos. Después, ya no podríamos.

Repitió:

—Mañana, más tarde...

—Pero lo quiero, corazón mío...

Él agitó la cabeza y, furtivamente, le dio un beso en la frente antes de huir deprisa.


Los invitados se habían reunido en el jardincillo de la pequeña casa de adobe, alrededor de una mesa dispuesta bajo un techo de parra.

En el lugar del anfitrión estaba Abd Allah, el padre de Alí. Tenía unos sesenta años y era de una delgadez poco común y una constitución enteca que se había acentuado con la edad. La barba muy blanca, cortada en punta, enmarcaba un rostro anguloso, y en sus ojos había una bondad natural que, al parecer, nada habría podido alterar. Había nacido en Balj, una de las cuatro capitales de la provincia de Jurasán. Había abandonado muy pronto la ciudad para dirigirse a Karmaithan, no lejos de Bujará, donde había vivido algunos años. Se había dirigido luego a una aldea cercana a Afshana, donde había conocido a la que sería su esposa. Tras el nacimiento de sus dos hijos, la familia se había instalado en Bujará. Abd Allah fue nombrado allí recaudador de impuestos, función que seguía desempeñando al servicio del soberano reinante, el segundo de los Nuh.

A su lado, estaba su hijo menor, Mahmud, de trece años.

Aunque de aspecto bastante endeble, el hermano de Ibn Sina parecía mucho mayor. Una cara redonda y sus rizados cabellos le daban, en apariencia al menos, un aspecto despierto y risueño, desprendido de las cosas.

—¿Alguien desea otra torta?

Setareh, la madre de Alí, acababa de hacer su aparición. Alta, morena, casi longilínea, vistiendo ropas de lana cruda, se movía lentamente y su rostro, apenas arrugado, exhalaba cierta nobleza. Su nombre significaba «estrella».

Ofreció un plato a los invitados.

Mahmud levantó la mano espontáneamente.

—Hermano, ¿acaso nunca te hartas? —preguntó Alí con sonrisa burlona.

—Tienes poca memoria, hijo mío —gruñó Setareh—, a su edad tú te comías toda una palma datilera, con el tronco incluido.

—Tal vez, pero yo le he sacado provecho —repuso Alí, voluntariamente superior—. Mientras que él —y señaló a su hermano con el dedo— devora sin obtener beneficio alguno. Su cintura es delgada como un cabello. Una ráfaga de viento puede levantarle.

Los invitados soltaron la carcajada al ver la ofendida cara de Mahmud.

Desde siempre, el último día del mes, la mayoría de los intelectuales de Bujará acostumbraba a reunirse en la mansión de los Sina. Aquella noche, eran cuatro.

Hosayn ibn Zayla, el alumno preferido de Ibn Sina.

Un hombre de unos sesenta años, con el rostro ensombrecido por un delgado collar de barba cenicienta, llamado Firdussi. No era un habitual de la casa. Era de Tüs, un cantón de Jurasán, y estaba de paso en la región para solucionar un asunto de intereses hipotecarios. Se le consideraba un prestigioso poeta.

Allí estaba también un músico, el-Mughanni. Pero, sobre todo, un personaje que todos consideraban aquí uno de los espíritus más dotados de su tiempo, Ibn Ahmad el-Biruni. Le llamaban ya el-ustaz, el maestro. Tenía siete años más que Alí y había abandonado su Uzbek natal para ponerse al servicio del emir Nuh, el segundo. Fue él quien salió en defensa de Mahmud.

—¡Que sólo mi uña me rasque la espalda, que sólo mi pie entre en mi alcoba! Mahmud, hijo mío, no hagas caso de esos envidiosos, que se metan en sus asuntos.

—Tienes razón, maestro el-Biruni, pero sus palabras me son tan indiferentes como mosquitos en el pico del halcón.

Y, dirigiéndose a su madre con maliciosa sonrisa, dijo:

—Mamek, ¿me das otra torta?

—Debo confesar que son deliciosas —observó el músico—. Nunca habría pensado que unas tortas sin levadura tuvieran tanto sabor. ¿De dónde procede la receta?

La madre de Ibn Sina bajó la mirada. Habríase dicho que la pregunta la turbaba.

—¡Oh, es una antigua costumbre!... Mi madre la recibió de su madre que, a su vez, la recibió de sus lejanos antepasados.

—Es curioso, de todos modos —dijo el joven Mahmud—, sólo cocinas estas tortas una vez al año. ¡Con el éxito que tienen, podrías ser más generosa!

Setareh lanzó una confusa mirada a su esposo y, para recuperar su dominio, comenzó a quemar algunas bolitas de incienso.

—¡Porque es así! y, además, deja tranquila a tu madre. Tus preguntas son tan irritantes como el zumbido de las moscas.

Algo sorprendido por la reacción de su padre, el muchacho se acurrucó cariacontecido en un rincón del diván.

—Venerable Firdussi, ¿cómo está la buena ciudad de Tüs? —preguntó el-Biruni.

Firdussi tomó algunas almendras de los numerosos platos colocados en la gran bandeja central, de cobre cincelado, antes de responder con cierto cansancio:

—El río de Harat sigue desafiando al sol y los contrafuertes de Binalud dominan, todavía, el mausoleo del amado Harum el-Rashid. La ciudad de Tüs está bien.

—¿Y las tortugas? —se apresuró a preguntar el hermano menor de Alí—. Se dice que allí algunas son tan grandes como carneros y que...

—Hijo mío —interrumpió Abd Allah—, atribuiré a la juventud la insignificancia de tu pregunta. Esta noche tenemos la suerte de tener bajo nuestro techo a uno de los mayores poetas de nuestra historia y sólo se te ocurre preguntarle noticias de su ciudad. ¡Pregúntale, mejor, sobre la colosal obra que está redactando! ¿Sabes, al menos, de lo que hablo?

Mahmud, turbado, movió la cabeza.

—De un poema, hijo mío. Pero de un poema que, por su importancia, desafía la imaginación.

Inclinándose hacia Firdussi, preguntó:

—¿De cuántos versos se compone?

—Hoy tiene treinta y cinco mil. Pero estoy sólo a la mitad.

Impresionado, Alí preguntó a su vez:

—Me han dicho que te inspirabas en el Khvatay-namak, una historia de los reyes de Persia desde los tiempos míticos. ¿Es cierto?

—Exactamente. Y la traducción de ese texto escrito en pahlavi, me plantea grandes problemas.

—¿Cuándo piensas terminar la obra?

—Lamentablemente, no antes de diez años. Habré trabajado, pues, casi treinta y cinco. ¡Pero, a fin de cuentas, sólo representa un grano de arroz comparándolo con la eternidad!

Un murmullo de admiración recorrió a la concurrencia.

—Treinta y cinco años de escritura... —murmuró el músico—. Si tuviera que hacer vibrar mi laúd durante tanto tiempo, creo que acabaría cantando solo. Me pregunto de dónde saca el hombre la energía necesaria para llevar a cabo tan prodigiosos trabajos.

Firdussi hizo un ademán evasivo.

—Del amor, hermano mío, sólo del amor. Emprendí la obra por los ojos de mi única hija. Vendiendo el texto a uno de nuestros príncipes, pensé obtener para ella una dote conveniente. Lamentablemente, la dote ha ido transformándose en herencia.

—¿Has decidido ya el título que darás al poema?

—El Shah-nameh... El Libro de los Reyes. A veces, cuando pienso en el largo camino que me aguarda, un estremecimiento de temor invade mi espíritu. Por lo tanto, cambiemos de tema: maestro el-Biruni, háblanos del emir. ¿Es cierto que su salud se deteriora cada día más?

—Es cierto. Y nadie lo comprende.

—¡Está rodeado de analfabetos, de lagartos apergaminados!

Señaló a Alí.

—Y, sin embargo, allí tenéis a quien podría arrancar a Nuh de las garras de la enfermedad. ¿A qué aguardan para venir a buscarle? Tú, maestro el-Biruni, que conoces los secretos de la corte, debes de saberlo.

—Lamentablemente, sé tanto como vosotros. No han desdeñado los consejos de sabio alguno. Cuando propuse los servicios de tu hijo, sus rostros se cerraron como si hubiera injuriado el Santo Nombre del Profeta. No comprendo su actitud.

Firdussi movió la cabeza con tristeza.

—Envidia, estupidez... Son hombres que sólo sirven para alargar su cuello, únicamente guiados por su propio interés.

—¿Y el de su paciente? Es absurdo, contraría los sagrados principios de la medicina.

—Sin duda les asusta mi juventud —dijo Alí con una sonrisa.

—¡Querrás decir que les aterroriza! —repuso el-Biruni—. Si, por desgracia para ellos, lograra salvar al soberano, la estancia en palacio de esos vejestorios con turbante disminuiría sensiblemente. Sin embargo, estoy convencido de que no es ésta la única causa de su rechazo; sin duda, debe de existir otra cosa.

—¿Está al corriente el emir de su actitud asesina?

—Nuh el segundo está casi en coma. Apenas si capta todavía los latidos de su corazón.

El-Biruni prosiguió:

—Pero no está sólo en peligro la salud del emir; también lo está su poder.

—Era previsible —dijo Abd Allah—. Desde hace algún tiempo su situación es deudora. Imploró la ayuda de los gaznawíes, esos turcos piojosos, y la obtuvo. A cambio, se vio obligado a ceder la prefectura de Jurasán a Subuktegin y a su hijo Mahmud, al que llaman ya rey de Gazna. Subuktegin murió, y Mahmud deja ya adivinar un feroz apetito.

Firdussi suspiró:

—Desde la conquista árabe y la caída de los abasíes, corremos hacia el abismo. Nuestra tierra está fragmentada. Samaníes, buyíes, ziaríes, kakuyíes, dinastías y reyezuelos que reinan en plena confusión. Y a la sombra..., el águila turca que se burla de nuestros señores y aprovecha sus divisiones. En realidad, todo esto no habría ocurrido si, para reforzar sus armadas, no hubieran comprado legiones enteras de esclavos, turcos en su mayor parte. Les permitieron instalarse impunemente en los más altos puestos, nombrándoles, a diestro y siniestro, general, escudero o mariscal de la corte, cediendo a todas sus exigencias. En conclusión, nuestros príncipes parieron un dragón que se dispone a devorarles.

—Ah... —suspiró Abd Allah echando hacia atrás la cabeza—, qué clarividente fue el Profeta cuando dijo: «Los pueblos tienen los gobiernos que merecen...»

Todos aprobaron unánimemente las palabras de su huésped. Y la discusión se centró en el incierto futuro de la región. Ibn Sina y el-Biruni eligieron aquel momento para retirarse discretamente a un rincón del patio. El aire nocturno era suave y olía intensamente a almizcle seco. Alí señaló un lugar en el firmamento.

—El velo de siete colores...

—¿Por qué dices eso?

—Según la creencia popular, el universo está compuesto por siete cielos: el primero es de piedra dura, el segundo de hierro; el tercero de cobre; el cuarto de plata; el quinto de oro; el sexto de esmeraldas, y el séptimo de rubíes.

—Es original, pero reconozcamos que no demasiado científico.

Hasta el lugar donde se hallaban, llegaban apasionadas voces, fragmentos de frases mezcladas con el tranquilizador canto de una fuente.

Con afectuoso movimiento el-Biruni posó su mano en el hombro de Alí.

—No nos entreguemos a la filosofía. Es un ejercicio que turba los humores. Dime, más bien, cuáles son tus proyectos. Me han hablado de una obra que estás escribiendo, ¿o son sólo rumores?

—Es cierto que la escritura me obsesiona. Pero no me atrevo todavía. Cuando se ha conocido a Aristóteles, Hipócrates o Ptolomeo, uno se siente muy pequeño, aunque le pese.

—No me tienes acostumbrado a tanta modestia, hijo de Sina. ¿Debo recordarte tu ingenio? A los diez años ya sabías, de memoria, los ciento catorce suras del Corán. Y no mencionaré lo que hiciste sufrir a tu infortunado preceptor.

Alí hizo un gesto de despecho.

—¿El-Natili? Era un asno. Un incompetente.

—Más de un maestro lo hubiera sido a tu lado Puedes imaginar qué molesto es para un profesor tener que enfrentarse con un alumno que no sólo asimila las materias con desconcertante facilidad, sino que además corrige sus enunciados y resuelve, mejor que él, las dificultades.

—Del divino Aristóteles sólo recordaba la puntuación y aún comprendía menos la geometría de Euclides.

—Olvidemos pues al pobre el-Natili que, por otra parte, presentó muy pronto su dimisión a tu padre. ¿Qué piensas de tu desempeño en el examen de medicina de la escuela de Yundaysabur? No me contradirás si te digo que quedo grabado en más de una memoria.

—De eso hace dos años...

—El 20 de du-l-qa’da precisamente... Sé de memoria cada detalle La sala estaba llena de gente, eran muchos los que hablan acudido de toda la región para escuchar a aquel prodigio de dieciséis años. Me han dicho que había allí médicos de todos los orígenes, judíos, cristianos, mazdeos, algunos de aquellos ancianos sabios de rostro arrugado y los rasgos apergaminados por el saber. Lo recuerdas, ¿verdad?

—Recuerdo, sobre todo, que el corazón galopaba en mi pecho.

—Y sin embargo, aquel día hablaste y los rostros se iluminaron. La exposición que hiciste sobre el estudio del pulso, la extraordinaria concisión con que describiste sus distintos aspectos, cinco más que Galeno, impresionó todos los espíritus.

—Es cosa de intuición y de percepción. Sin duda el Altísimo debió de dictarme las palabras.

—Mecanismo de la digestión, establecimiento del diagnóstico por el examen de la orina, meningitis, regímenes para los ancianos, utilidad de la traqueotomía. ¿Es también de intuición y percepción? Al tratar de la apoplejía, revolucionaste a la concurrencia afirmando que se debía a la oclusión de una vena del cerebro, lo que, al mismo tiempo, cuestionaba la teoría de Galeno. ¿Cosa de intuición y percepción, también?

—No voy a decirte que la aparente facilidad no se obtenga a fuerza de trabajo. Pero cambiemos de tema y háblame de ti. ¿Sigues pensando en abandonar Bujará?

—Nuh el segundo es un benefactor para mí. Mi primer benefactor. Pero tengo ya veinticinco años y me devora la fiebre de los viajes. Para decírtelo todo, me voy mañana.

Alí levantó las cejas.

—Sí, tienes derecho a sorprenderte. Además, eres el primero en saberlo. Me dirigiré a la corte de Gurgan, junto al emir Kabus; ha regresado del exilio. Me parece, que allí, el clima será propicio para la escritura, pues no te oculto que también yo pienso seriamente en componer una obra importante que trate, entre otras cosas, de los calendarios y las eras, de problemas matemáticos, astronómicos y meteorológicos. Después...

—Te pones pues al servicio del «cazador de codornices»... Sin embargo, tiene fama de ser un príncipe de gran crueldad.

—Tal vez sea cierto. ¿Pero pueden elegir a sus señores los hombres como tú y como yo? Somos sólo briznas de paja bajo el soplo de nuestros protectores.

—Por tu parte no lo sé, el-Biruni, pero puedo asegurarte que algunos soberanos, por generosos que sean, nunca me tendrán a su servicio: los turcos, por ejemplo. El hijo de Sina nunca doblará el espinazo ante un gaznawí.

—Todos vemos el sol donde queremos... Pero, volviendo al cazador de codornices, me gustaría señalar que su crueldad no es el único rasgo de su personalidad. Ha conseguido gran fama como sabio y poeta. Pero, pensándolo bien, ¿por qué no me acompañas a Gurgan? Kabus se sentiría, no me cabe duda, muy honrado. Además, tendrías un salario mucho más confortable que el que te pasa actualmente el hospital de Bujará.

—Tu invitación me conmueve. Pero sólo tengo dieciocho años y debo permanecer junto a mis padres. Si saliera de Jurasán, me parecería abandonarles. Pero no lo dudes, suceda lo que suceda, estés donde estés, te llevaré en el corazón.

—Lo mismo haré yo. Seguiremos en contacto, nos escribiremos mientras el Altísimo lo permita.

—¿Estáis rehaciendo el mundo, vosotros dos?

La voz perentoria de Abd Allah interrumpió a ambos jóvenes.

Alí respondió sonriente:

—No, padre, preparamos uno nuevo.

—Pues bien, dejadlo por un momento y venid a escuchar el laúd de el-Mughanni. Es, a veces, saludable distraerse de la gravedad de las cosas.

Las primeras notas animaban ya la noche. Regresaron junto al grupo y Alí fue a sentarse junto a Setareh. Espontáneamente, tomó la mano de su madre en la suya y cerro los ojos, abandonándose a la magia de la música.

La parra apenas se movía bajo la brisa ligera y a la vez preñada con los olores nocturnos. Se adivinaba el puro canto de la fuente que corría secretamente al encuentro del laúd para confundirse con él, anudarse a sus cuerdas aumentando el hechizo del momento. Entonces, tras sus cerrados párpados, Alí comenzó a soñar con el rostro angélico de Warda.




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