Tuna incandescente



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Las máscaras de la “tuna incandescente”

(sobre La región más transparente de Carlos Fuentes)



Se espera solo lo que no puede volver a suceder, se espera la repetición de dos, tres momentos del principio, el momento antes de un beso, el momento después de un alumbramiento, sí, alguna muerte. Carlos Fuentes

En ocasiones creemos tener en claro el significado de una palabra, pero sucede que con el paso del tiempo se ha perdido parte del mismo. Recuperemos los significados de dos palabras, el adjetivo ‘incandescente’ y el verbo ‘reflejar’ para rastrear los múltiples sentidos con que pueden aparecer en La región más transparente. Si bien sabemos qué significa ‘incandescente’, cuando releemos su definición en el diccionario1 nos damos cuenta de su densidad: Incandescente es el cuerpo opaco que por efecto del calor brilla con luz propia. Del Latín, incandescens, incandescentis, que se inflama; de in, en, y candescere, forma verbal de candidus, blanco. Así, la palabra ‘incandescente’ se va cargando de palabras como ‘opacidad’, ‘cuerpo’, ‘luz’, ‘calor’, y de otros significados que también surgen en la escritura de Fuentes como sol, fuego, reflejo, ventana, espejo, máscara, transparencia, rostro, mito, ciudad.

Procedamos de la misma manera con el verbo ‘reflejar’; en este caso el diccionario completa su definición con un ejemplo: Reflejar es dejarse ver una cosa en otra. Es hacer retroceder o cambiar de dirección la luz, el calor, oponiéndoles una superficie lisa: el espejo refleja los rayos del sol; la luz se refleja en, o sobre, el espejo. Del Latín, reflectere, doblar nuevamente, de re, segunda vez, y flectere, doblar. El espesor del verbo ‘reflejar’ también se constituye a través de otras palabras, no sólo condensa ‘luz’, ‘calor’, ’transparencia’, sino también ‘espejo’. El reflejo en esta novela de Fuentes implica dualidad, coexistencia de dos elementos que se transparentan, e implica además, el espejo y el sol; tenemos la palabra en su sentido primitivo, ‘reflejar’ es ‘doblar’, ‘duplicar’. La luz, asimismo, se nos presenta como una variable de ocultamiento y transparencia a la vez, como un factor con participación especial en la construcción de máscaras. La luz en este texto no es simple iluminación, es juego de reflejos: luz en la ventana y en el espejo, y es calor: luz de sol, luz de fuego.

Las palabras ‘incandescente’ y ‘reflejar’ condensan todos estos procesos en sí mismas y el espesor de cada una de ellas se pone en escena a través de un procedimiento discursivo, la repetición. Las palabras se reflejan, se repiten o si pensamos en el origen de ‘reflejar’, podemos decir que se doblan nuevamente o se duplican.

En fin, el texto parece enseñar lo que suele olvidarse, que las palabras no orientan a un sentido recto y que no hay que contentarse solo con la definición de los diccionarios, sino que hay que usar esas definiciones para recuperar otros significados a veces perdidos. Fuentes ha dicho en su ensayo Cervantes o la crítica de la lectura que el tiempo y el uso han gastado las palabras hasta convertirlas en “monedas semánticas adelgazadas hasta la extinción”, pero que por más delgadas o insignificantes que parezcan hay detrás de ellas “ecos de una memoria ancestral, original, fundadora”2. Dar crédito al espesor de las palabras sería abrir las puertas a la totalidad del lenguaje. Precisamente mediante la asociación poética, las palabras se despliegan y se abren a la multiplicidad de significados 3.

En La región..., la repetición es una de las operatorias que pone en evidencia la densificación de las palabras: una palabra no es exactamente la misma cada vez que aparece sino que se modifica a lo largo del texto. Como ha señalado la crítica, hay en el manejo lingüístico de Fuentes una tensión entre dos polos: “por un lado, el código, los valores abstractos y generalizadores de la lengua que apuntan a la inteligibilidad del mensaje, y la desviación de ese código por otra parte”4. De esto se desprende, adoptando el punto de vista semiótico de Kristeva, que existirían leyes lógicas válidas para el lenguaje “no poético” que no sirven en un texto con valor poético. El lenguaje de La región..., aún tratándose de un relato, tiene ese valor poético y es por ello que podemos pensar en la presencia de procedimientos de la lírica. Si la repetición de palabras en el lenguaje corriente no cambia la significación del mensaje y produce más bien un efecto molesto de redundancia, todo lo contrario ocurre en esta novela; una palabra repetida no es la misma, una vez repetida es ya otra. Se trata de un fenómeno que no se percibe a nivel fonético porque es, en palabras de Kristeva, “un efecto de sentido propiamente poético y consiste en leer en la secuencia (repetida) ella misma y otra cosa”5. Fuentes repite frases y palabras, pero la secuencia “repetida” no parece nunca abrirse al mismo sentido.

Además, una palabra puede repetirse aquí con las mismas letras o con otras; es decir, puede aparecer “enmascarada”, puede aparecer debajo de otra palabra, de manera tal que ambas se funden. Mallarmé fue uno de los primeros en comprender esta condición del lenguaje poético: “las palabras se reflejan unas en otras hasta parecer que ya no tienen su propio color, sino ser nada más que las transiciones de una gama”6.

La primera de nuestras dos palabras se incluye en la construcción “Tuna incandescente”(23) que empleo en el título. Aparece al final del primer capítulo de la novela, pero aunque no esté explícitamente la podemos descubrir al comienzo del mismo debajo de otra palabra, debajo de la palabra ‘coágulo’: “Afrenta, mi parálisis desenfrenada que todas las auroras tiñe de coágulos” (21). Si seguimos indagando acerca de la palabra ‘incandescente’ encontramos que ‘incandescencia’ es la acción de un cuerpo ‘de estar ardiendo’ y que es sinónimo de ‘ignición’. Esta última palabra implica el proceso por el cual se origina la explosión que da el movimiento al embolo; ¿qué es un embolo?, es el coágulo que produce la obstrucción de un vaso. Al fin, hurgando en las palabras que pueden formar el espesor de ‘incandescente’, rastreando las transiciones de la gama de su color, encontramos en la cita anterior que con la aurora, la claridad que precede a la salida del sol, la sangre se coagula. Se instala así la relación del sol, la luz, el calor, con la sangre, el fluido vital. De modo que lo “incandescente” adopta la máscara del coágulo producido en la aurora. Entonces, las palabras ‘coagulan’, espesan, concentran otras palabras, tejen significados y se ocultan unas a otras.

En La región más transparente, la ciudad de México es la ‘tuna incandescente’ y no la podemos pensar sólo como una ciudad física y material porque se trata de una ciudad construida con palabras. No tiene una forma única, sino que, como quienes la habitan, tiene muchas caras, muchas máscaras. Esta ciudad es una y es todo. Los habitantes de México no tienen un solo rostro y sus máscaras se reflejan en la ciudad. El final del monólogo inicial de Ixca Cienfuegos en este primer capítulo, se cierra con una enumeración de las diversas formas de la ciudad, pero hacia el final de la novela se incluye otra enumeración que repite exactamente los mismos predicados de la primera y sólo intercambia la palabra ‘ciudad’ por nombres de personajes:

(…) es Gabriel puñado de alcantarillas, es Bobó de vahos, es Rosenda de todos nuestros olvidos, es Gladis García de acantilados carnívoros, es Hortensia Chacón dolor inmóvil, es Librado Ibarra de la brevedad inmensa, es Teódula Moctezuma el sol detenido, es el Tuno del letargo pícaro, soy yo de los tres ombligos, es Beto de la risa gualda, es Roberto Régules del hedor torcido, es Gervasio Pola rígido entre el aire y los gusanos, es Norma Larragoiti de barnices oscuros y pedrerías, es el Fifo de vísceras y cuerdas, es Federico Robles de la derrota violada, es Rodrigo Pola con el agua al cuello, es Rosa Morales de las calcinaciones largas, son los rostros y las voces otra vez dispersos (…) es la unidad y la dispersión (…) (508).

Con este paralelismo, los habitantes se reflejan en su ciudad y viceversa; podemos pensar a los personajes también como ‘tunas incandescentes’: cuerpos que necesitan el calor del sol, que absorben luz para emitir la propia y reflejarse a sí mismos. La escritura configura la unidad y dispersión de las voces y los rostros para enfrentarnos con una ciudad que contiene una materia que aún dispersa no se disuelve ni se separa en su interior. Habría así una posibilidad de vincular, a partir de esa idea, la ciudad con el significado de la palabra ‘sol’ desde el ámbito de la química. El diccionario da, además de la definición de astro, la de líquido que contiene una materia dispersada en su masa pero cuyas moléculas no se hayan separadas y disueltas en el mismo. Esta acepción de la palabra ‘sol’ nos remite, en el texto, al sol líquido de la mitología azteca: “las flores mastican los hoyos de la luna para que el día de fiesta el sol líquido corra por las entrañas de nuestros signos”(225). Las palabras hilvanan múltiples sentidos y en la lectura atenta sería posible descubrirlos quitando las máscaras.

La segunda de nuestras dos palabras también se oculta debajo de otra, debajo de ‘espejo’. En el capítulo “Ciudad de los palacios”, el espejo es el delator de la máscara de Norma. La repetición de palabras como ‘rostro’, ‘cristal’, ‘espejo’ y ‘reflejo’ también orientan a la idea de percepción de la dualidad del mundo: todo rostro tiene su reflejo, pero no un reflejo exacto. El espejo deja ver (transparenta) la máscara que en la mirada directa pasa desapercibida. Federico puede descubrir, recordar y comparar a partir del reflejo de su esposa. La escena se construye con los dos personajes, los esposos, hablando frente al espejo, él detrás, ella adelante: Norma es el reflejo de su voluntad, lo mira a través del espejo pero no sabemos qué piensa. Federico Robles se deja ver, se transparenta en la voz narradora y en la máscara de Norma. La construcción de ella como reflejo de su marido se intensifica en la comparación con Hortensia Chacón, su amante, quien sí existe fuera de Robles; el cotejo radica en una oposición, Norma es espacio y Hortensia es tiempo.

Pero en el texto hay otras formas del espejo, por ejemplo esos momentos en los que la luz incide sobre los cristales de una ventana. Exactamente en la mitad del capítulo “El lugar del ombligo de la luna” hallamos una sucesión de escenas en las que la luz que traspasa las ventanas es la misma para todas, la luz del mediodía; es decir, las escenas están en el ombligo y el mediodía del capítulo: “el sol duro en la llaga del mediodía” (68). Además del propio reflejo, la luz en la ventana le permite ver a Robles la diversidad de la ciudad; ésta se transparenta con la luz del mediodía en su ventana. En el caso de Norma, la luz del sol en su terraza no es solo iluminación sino fuego; ella absorbe su calor y cada uno de sus poros brilla, emite luz propia. Arde, se torna incandescente y le devuelve luz al sol que se ve reflejado en ella. En Manuel Zamacona, su reflejo en la ventana impulsa su escritura; pero no escribe sobre él sino sobre México, a partir de su imagen en particular puede pensar en la imagen de México en general, es decir, parte de la pregunta por su propio origen para llegar a la pregunta por el origen de México. Manuel absorbe el calor del sol y emite una luz propia en forma de palabras concebidas en su plexo solar, en sus nervios, palabras forjadas por su sangre en el centro de sí mismo, en su corazón 7. Tenemos aquí una dilogía en la palabra ‘solar’ que nos remite tanto al astro como al sistema nervioso humano, pero ambos (el sol y el plexo solar) sostienen la idea de centro: el primero porque es sol de mediodía y el segundo porque envuelve al corazón, centro del cuerpo. Así, podríamos seguir con otros personajes.

Tanto el espejo como la ventana necesitan obligadamente de la luz para reflejar. El sol es lo que puede conceder esa luz; está siempre en el centro y además de luz es fuego. Es lo que otorga el calor para que la ciudad y sus habitantes ardan y emitan su propia luz. El sol rige el principio de dualidad, vigila el espejo en el que se reflejan la ciudad y las máscaras. Cada ser es la transparencia y es su máscara, es todo al mismo tiempo: “nombres que gotean los poros de tu única máscara, la máscara de tu anonimato: la piel del rostro sobre la piel del rostro, mil rostros una máscara” (496); por ello cada ser también es un reflejo: “Espejo del espejo del espejo, cada ser es eso: la ilusión de sí mismo, una prolongación en el cristal de un simple aquí estoy…” (161). La repetición de ‘máscara’, ‘rostro’ y ‘espejo’ intensifica la idea de superposición y duplicación. Cada ser, cada habitante de esta ciudad, México, es dual y busca el sol.

El desafío es remontarse al código perdido, diría el mismo Fuentes, a “la reserva donde circulan las palabras salvajes, las palabras del origen, las palabras iniciales” 8. No podemos escapar del mito azteca. El espejo, los reflejos y las máscaras nos conducen a la dualidad de los dioses aztecas. Dios no es uno, es la duplicación de todo, “cada Dios fue engendrado por dos parejas” y “cada sucesión de hombres, refleja el rostro sin forma de un Dios que lo persigue hasta que en la muerte se reintegra a la dualidad original” (285, 286). La ciudad y los hombres le deben su existencia al Dios múltiple y por ello los hombres también son múltiples y se reflejan en su espejo; el fundamento de las máscaras que se transparentan en los espejos y los cristales de las ventanas es la dualidad original. Cada hombre refleja y alimenta dos Dioses; ¿pero cómo alimentar a los Dioses?, según Ixca, una forma de lograrlo es hacerse uno con el sol: “ahogarás el sol con tus besos, y el sol te comerá la sangre para que seas uno con él” (289).

La ciudad, México, responde a la dualidad original en tanto reflejo de los personajes (reflejos a su vez de los dioses duales); de manera que es al mismo tiempo la ‘tuna incandescente’ y la ‘región más transparente’. Es tanto un cuerpo opaco, que no permite ver lo que hay detrás, que sólo por medio del calor puede emitir luz propia y producir reflejos, como también un cuerpo transparente, que permite ver los objetos a través de su masa. Es la ciudad dual; del mismo modo que es dual la palabra ‘incandescente’ cuya definición, evocada al comienzo, condensa lo opaco y la luz. La escritura también responde a esa dualidad original: es la transparencia y es la máscara. Fuentes construye la ciudad con palabras y, al mismo tiempo que trasluce sus significados primitivos, las “enmascara”.

Notas:
Diccionario de la lengua española. Real academia española, 2001.

Primer Diccionario General Etimológico de la Lengua Española por Roque Bárcia. Madrid Establecimiento tipográfico de Alvarez Hermanos, 1880.

2 Fuentes, Carlos. Cap. XII en Cervantes o la critica de la lectura; p.103.

3 Fuentes, Carlos. Cap. XII en Cervantes o la critica de la lectura; p.106.

4 Befumo Bosqui, Liliana y Calabrese, Elisa. “Búsqueda de lo americano en el lenguaje” en Nostalgia del futuro en la obra de C.Fuentes; p.152.

5 Kristeva, Julia. “Poesía y negatividad. II. Propiedades lógicas de las articulaciones semánticas en el interior del texto poético” en Semiótica 2; p.70-73.

6 Mallarmé. “Carta a Coppée, 5 de diciembre de 1866” en Propos sur la poésie; p75.

7 Plexo solar: Red nerviosa que rodea la arteria aorta ventral y procede especialmente del gran simpático y del nervio vago.

8 Fuentes, Carlos. Cap. XII en Cervantes o la critica de la lectura; p.109.



Bibliografía:


  • Befumo Bosqui, Liliana y Calabrese, Elisa. “Búsqueda de lo americano en el lenguaje” en Nostalgia del futuro en la obra de Carlos Fuentes. Ed. Fernando Garcia Cambeiro, BsAs., 1974.




  • Diccionario de la lengua española. Real academia española, 2001.




  • Fuentes, Carlos. Cap. XII en Cervantes o la critica de la lectura. Ed.Joaquín Mortiz, México, D.F., 1976.




  • Fuentes, Carlos. La región más transparente. Ed. Alfaguara; México D.F., 1998.




  • Kristeva, Julia. “Poesía y negatividad. II. Propiedades lógicas de las articulaciones semánticas en el interior del texto poético” en Semiótica 2.




  • Mallarmé. “Carta a Coppée, 5 de diciembre de 1866” en Propos sur la poésie. Ed.du rocher, Mónaco, 1946.




  • Primer Diccionario General Etimológico de la Lengua Española por Roque Bárcia. Madrid Establecimiento tipográfico de Alvarez Hermanos, 1880.


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