Un crimen en mi pueblo



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OBRA DRAMÁTICA

7° BÁSICO

Un crimen en mi pueblo

(ADAPTACIÓN)

Autor: Armando Moock


NOMBRE ALUMNO(A):


CURSO:

FECHA:


UN CRIMEN EN MI PUEBLO”

(1936)

Comedia policial en un acto

ARMANDO MOOCK

Palabras preliminares
Muchos títulos de las obras del dramaturgo Armando Moock (1894-1942) son representativos de los temas que le interesaba abordar: Cuando venga el amor, estoy solo y la quiero, Álzame en tus brazos. Es decir, el retrato de personajes comunes que buscan el afecto y el encuentro con los otros. Asimismo, muchas de sus obras abundan en el criollismo descriptivo de escenas campesinas o urbanas, el diseño de costumbres y tonos de la vida de unos personajes de clase media.

El conjunto de sus creaciones muestra su modernidad y su vigencia, básicamente por adelantarse en describir sicologías más profundas y no puramente pintoresquistas, en diseñar personajes que rompen con una rutina establecida, que se arriesgan a una aventura individual —triunfen o fracasen—, que se liberan de prejuicios y que proponen una nueva imagen del ser humano, más auténtica y más noble, tal como lo desearían las generaciones venideras.



Un crimen en mi pueblo es una comedia simple, festiva, destinada a provocar la risa en el espectador. Aquí, el personaje clave es el sargento Peñaloza, ya que su dinamismo, picardía, torpeza y lenguaje característico lo convierten en un inolvidable protagonista. Ágilmente, él conduce la acción para desentrañar el curioso asesinato de Damián, el patrón, aunque sus afanes de éxito y su atropellamiento lo llevan a conclusiones absurdas y divertidas. A pesar de su carácter gracioso, Un crimen en mi pueblo no deja de lado las permanentes preocupaciones de Moock, como la lealtad amorosa en la pareja, la exaltación de un comportamiento afectivo correcto y la condenación hacia las conductas torvas.

PERSONAJES
Doña Cucha

Rosaura

El Lechuza

Gerardo

Sargento Peñaloza

Carabinero Filidor

Carabinero Peña

Charo

Chueco Mena

Adela

Damián


"UN CRIMEN EN MI PUEBLO"

ACTO ÚNICO


La escena representa el escritorio de un hacendado en un pueblito del sur de Chile. Al foro izquierda, una ventana que da a un patio. En lateral izquierda, una puerta que da a la pesebrera. En lateral derecha, dos puertas en primero y segundo término; esta última da a la calle, y la primera, a habitaciones interiores. En las paredes algunos grabados en colores recortados de revistas y representando escenas patrióticas y dos anuncios; uno de ellos del salitre y el otro de una marca de máquinas trilladoras. Junto a la ventana una mesa escritorio, con su sillón; algunas sillas dispersas por la habitación, y en un rincón, herramientas y aperos de montar. Un bracero con lumbre bajo la mesa.
Las ocho horas de una mañana neblinosa de invierno. El teatro completamente a oscuras; antes de levantarse el telón suena un tiro, y a poco, voces de doña Cucha.

Voz de doña Cucha. –¡Socorro! ¡Socorro! ¡Auxilio! (Se levanta el telón y aparece en escena doña Cucha que desatinada grita por puertas y ventanas la noticia).
Doña Cucha. –¡Socorro! ¡Han matado al patrón! ¡Han matado a don Damián! ¡Socorro! (En efecto, recostado en el sillón, el sombrero de anchas alas puesto, aparece don Damián, inmóvil. A un extremo de la mesa, un revólver. Uno de los batientes de la ventana abierto y un cristal perforado por una bala). ¡Misiá Rosaura, socorro! ¡Don Gerardo! ¡Socorro!...

Rosaura. –(Que entra a medio vestir, en babuchas y salto de cama. Es la esposa de Damián. Mujer joven). ¿Qué ocurre, doña Cucha?
Doña Cucha. (Mostrando al escritorio). ¡El patrón, misiá Rosaura!
Rosaura. –¡Dios mío! ¡Damián!
Doña Cucha. –Lo han matado... ahí el vidrio... por la ventana...
Rosaura. –¿Quién? ¡Dios mío! Pronto, Cucha... Un médico... Avisen al retén... ¡Gerardo! (Va a la puerta a llamar).
Doña Cucha. –¡Sí, en seguida! (Inicia el mutis en el momento que entra El Lechuza, uno de los mozos).
El Lechuza. –¿Qué le pasa, doña...?
Rosaura. –Corre a llamar al Sargento Peñaloza...
Doña Cucha. –¡... y al doctor que han matado al patrón!...
El Lechuza. –¡Dios m'y ampare! (Se persigna). ¡Al tirito! (Mutis El Lechuza).
Rosaura. –¡Corre! Llame a la Adela, doña Cucha...
Doña Cucha. –Está en misa...
Rosaura. –¡Válgame Dios! ¡Y cómo ha podido ser, esto! ¿Quién? (Yendo a la puerta segundo término derecha). ¡Gerardo! ¡Gerardo!
Gerardo. –(A medio vestir y abrigado en un poncho). ¿Qué pasa con Gerardo y con tanta gritería?
Rosaura. –Su papá... ¡Damián!...
Gerardo. –¿Qué le pasa al viejo?
Rosaura. –(Echándose a llorar). ¡Que lo han matado, Damián! ¡Mire!
Gerardo. –¿Quién? ¿Cuándo?... ¿Cómo?...
Rosaura. –Un tiro... ahí... (Tratando de acercarse). ¡Gerardo! ¡Háblame!
Gerardo. –¡Aguárdese! ¡No lo toque!... (Yendo junto al caído). Oiga don... caallero... (Pausa). ¡Es cierto, no más! ¡Cayó en su ley!...
Rosaura. –¡Dios mío, Gerardo! ¡Qué desgracia! ¡Pobre de mí!
Doña Cucha. –¡Por Diosito santo! ¡Mi patrón! (Ambas mujeres gimen).
Gerardo. –¡Güeno, güeno! ¡Tá güeno! Con griteríos no se arreglan las cosas... Que llamen a Peñaloza y al doctor...
Rosaura. –Ya fue El Lechuza a avisar... ¿Usted cree, Gerardo, que está muerto, Damián?... ¡Damián!

Gerardo. –¿Qué no oye que le digo que no lo toque...?
Rosaura. –Pero es que no es posible, Gerardo; si no hacía ná’ que vino al escritorio...
Gerardo. –¡A ca’a uno le llega su hora! ¿Quién lo vio primero?...
Doña Cucha. –Yo; Virgen Santísima; yo, don Gerardo... (se persigna)
Gerardo. –¿Y quién jué?
Doña Cucha. –No lo vi; no vi a naide... Yo le había estao dando unos mates....
Gerardo. –¡Dando unos mates!... ¿Estaba solo el caballero?...
Doña Cucha. –¡Solita su alma! Cuando juí pa’ la cocina a prepararle otro mate, oí un tiro y el ruido del vidrio roto; pegué la carrera para acá y lo vi caío sobre la mesa, mesmamente como está ahora... ¡Virgen Santa de los Dolores!
Gerardo. –¡Güeno! ¡Güeno! ¡Vaya pa’ la cocina!... ¿Y usted? (Con mucha sorna a Rosaura). ¿Y Usted no sabe quién habrá sido?... (Mutis doña Cucha).

Rosaura. –¿Yo saber? Yo estaba en cama... Pero si supiera...
Gerardo. –En cama... ¡Ahá! No sabe na’a... no ha visto na’a...
Rosaura. –¡Nada! ¡Es espantoso!
Gerardo. –¡Ta güeno! ¡Ahá! (Da vueltas alrededor de la mesa mirando de reojo a Rosaura). En la cama, ¿no?...
Rosaura. –¿Qué me quiere decir? ¡Hable! ¡Diga! ¿Qué?
Gerardo. –¿Yo? ¿Qué voy a decir yo?... ¡Na’a, mayormente!... ¿Qué le parece a usted que quería dicir?...

Rosaura. –¿Y Ud. no oyó el tiro?
Gerardo. –¡No, pues! Es por eso que le pregunto si no sabe quién mató al caballero, su fina’o esposo...
Rosaura. – ¡Gerardo!
Gerardo. –Por mí, no se ponga nerviosa...
El Lechuza. –(Entrando). Aquí viene el sargento Peñaloza...
Rosaura. –Que pase...
El Lechuza. –El doctor no está na’ en la casa.
Gerardo. –(Yendo a recibir a Peñaloza). Pase, mi Sargento...
Voz del Sargento Peñaloza. –Despéjeme a toa la palomillá. (Entra).
Peñaloza. –Con que han mata’o a mi señor don Damián...
Rosaura. –Sí; por eso lo mandé llamar, sargento...
Peñaloza. –(En la puerta). Carabinero Filior; ¡Plánteseme en esa puerta y no me deje entrar a naide ni pa’ entro ni pa’ juera! ¿Me oye? ¡Güeno! Y al carabinero Peña que se estaque en el portón del coche con signa de darle guaraca al que se desacate. ¡No dentra ni sale naide! (El Lechuza intenta irse). ¡Alto! ¿Pa’ onde vay voh? ¿No estay oyendo que he dicho que de aquí no se menea naide?

Lechuza. –Es que yo... mi sargento, iba a buscar al doctor...
Peñaloza. –¿Y qué esperai, boquiabierto, pa’ ir a traerlo?
Lechuza. –Pa’ allá iba...
Peñaloza. –Calleuque y tráeme de un ala al doctor...
Lechuza. –Sí, mi sargento... (Mutis corriendo).
Peñaloza. –(En la puerta). Carabinero Filior; dele salida al faccioso... (Volviendo). ¡Con qué me afiambraron a mi señor don Damián!... ¡Ajá! ¿Y cómo fue?
Gerardo. –No lo sabemos...
Peñaloza. –¿Usted tampoco, doña...? (Pausa). ¡Ta güeno! No se me aflija doña, porque el que mató al fina’o se las va a tener que ver con el sargento Peñaloza. ¿Me oyen? ¡Güeno!
Gerardo. –Parece por su tono que nosotros fuéramos los asesinos...

Peñaloza. –Pa’ mi to’os son asesinos hasta que no tenga investiga’o al occiso. (Gran venia al cadáver). ¡Con qué senta’o! ¿Quién lo encontró?

Rosaura. –Doña Cucha fue...
Peñaloza. –Vamos a principiar por el principio. (Yendo a la puerta). Carabinero Filior: chíflele al Carabinero Machuca pa’ que lo releve y se viene para acá que vamos a hacer la piricias…
Rosaura. –Esto es terrible, sargento; si usted me permite yo me retiro a mi cuarto...
Peñaloza. –Para to’o va a haber tiempo mi señora doña... Asiéntese aquí...
Rosaura. –¡Es que yo!...
Gerardo. –Yo también quisiera vestirme...
Peñaloza. –¡Calleuque to’o el mundo! Aquí hablo yo solito; y ya saben que cuando el burro rebuzna los demás cierran la java... (Entra el Carabinero Filidor y se cuadra en la puerta). ¡Carabinero Filidor; ¡firme! ¡Ah! ¡Ah! Arréeme a to’os los que encuentre en la casa sin distinción de género ni edad.
Carabinero Filidor. –¡A la orden, mi sargento! (Mutis Filidor por la izquierda).

Peñaloza. –Van a ver quién es Peñaloza. De aquí yo salgo pa’ Santiago con el asesino y ascendió. ¿O es que se creen que no hay más detectives que los ingleses? ¡Ah! A ver; ¿a toca’o alguien al dejunto?

Gerardo. –¡Nadie!
Rosaura. –Yo me acerqué, pero...
Gerardo. –Tuve buen cuidado de indicarle que no tocara nada...
Peñaloza. –¿Usted? ¡Ta güeno! Con usté voy a tener un palabreo, más rato...
Gerardo. –¡Cuando quiera!
Peñaloza. –¡No se me aniñe porque le pude ir mal!
Carabinero Filidor. –(En la puerta). Aquí están to’os los que encontré en la casa.

 

Peñaloza. –¡Que dentren! (A indicación de Filidor entran, doña Cucha y la Charo, una sirvientita). ¡Amontónense aquí! ¿Estos son todos?


Filidor. –To’os, mi sargento!
Gerardo. –El Lechuza fue a buscar al...
Peñaloza. –Ya sé. Falta misiá Adelita.
Charo. –Jué a misa.
Peñaloza. –¡Con qué a misa la niña! De modo y manera que... Vamos a proceder a reconstrucción... Carabinero Filior; cuádrese en la puerta. Principiemos. (Llanto de Cucha). Eje la lloradera pa’ después. Atraque para acá sin miedo. Dicen que jué udted la que descubrió el pastel...

Rosaura. –Doña Cucha me llamó...
Peñaloza. –Usted se calla. Que hable la veterana.
Doña Cucha. –Como to’as las mañanas el patrón me llamó para que le preparara mate...
Peñaloza. –¿Taba la ventana abierta?
Doña Cucha. –No me fijé.
Peñaloza. –Malo pa’ usted, siga...
Doña Cucha. – ¡Ay, Dios mío!
Peñaloza. –Adelante. ¿No notó na’ raro?
Doña Cucha. –Na’a. Le traje dos o tres mates...

Peñaloza. –¿Taba solo él? ¿No dentró naiden?
Doña Cucha. –Solo. Creo que El Lechuza dentró....
Peñaloza. –¡Que me lo traigan! (recuerda que fue a buscar al doctor) ¡Ah! ¡Ya lo agarraré!
Doña Cucha. –Yo no creo que haya sío él...
Peñaloza. – ¡No le pregunté na’a!
Doña Cucha. –El patrón estaba contando plata...
Peñaloza. –¿Contando plata? ¿a dónde está la plata?

Doña Cucha. –¡Yo no sé na’a, por Diosito!
Rosaura. –Hoy era el día de pago en el campo...
Peñaloza. –¡Aquí no encuentro ni una chaucha! ¡Carabinero Filior; tome nota; falta la plata! Móvil: ¡robo! ¡Adelante señora!
Doña Cucha. –Me fui a la cocina a prepararle otro mate...
Peñaloza. –¿Dónde estaba El Lechuza?
Doña Cucha. –Ensillando los ca’allos pa’ irse al campo con el patrón...
Peñaloza. –De modo que entre mate y mate... (Va a la ventana y señala). ¿Ahí estaba El Lechuza?

Doña Cucha. –¡Hay mismito!
Peñaloza. –El vidrio roto... el fiambre acá... ¡A’elante!
Doña Cucha. –Estaba con la tetera en la mano cuando sonó el tiro y la quebrazón; pegué la carrera para acá y vi al patrón ahí... (Rompe a llorar). No atiné más que a gritar...
Peñaloza. –¿Y el rególver?, ¿dónde estaba?
Doña Cucha. –¿El rególver? Ahí estaría...
Peñaloza. –¿Lo vio o no lo vio?
Doña Cucha. –Lo vi.
Peñaloza. –¿Y no vio arrancar a naiden?
Doña Cucha. –A naiden.
Peñaloza. –¿Al tirito vinieron to’os?
Rosaura. –Yo sentí las voces...
Peñaloza. –¿Dónde estaba usted?
Rosaura. –En la cama.
Peñaloza. –En la camita, ¿no? (tono irónico) ¿Y oyó el tiro?
Rosaura. –Oí, pero no le di importancia. Cuando me llamó doña Cucha salté de la cama y corrí..., luego vino Gerardo...

Peñaloza. –(A Gerardo). ¿Por qué demoró tanto cuando era el varón el que tenía que llegar primero, ah?
Gerardo. –Yo estaba durmiendo...
Peñaloza. –(interrumpe a Gerardo) La mona. ¡La mona de anoche!
Gerardo. –¡Así será! (insolente)
Peñaloza. –¡Así es! Usted anoche en casa de las Garzas se perdió 78.00 pesos. A mí no se me esconde na’a...
Gerardo. –¿Y qué?
Peñaloza. –Y antier perdió 23.50 a la rayuela en la puerta del almacén del turco...
Gerardo. –¿Y qué?

Peñaloza. – La rucia Elvira anda con vestí’o y zapatos nuevos...
Gerardo. –¿Y qué?
Peñaloza. –¿Y de dónde saca taaaanta plata digo yo? Usted no hace na’a; el dejunto no era nada de generoso, y con usted no estaba naíta de contento...
Rosaura. –Pero solía darle sus pesos... por algo es su hijo...
Peñaloza. –¡Con qué solía darle; ¿Ah? ¿Dónde está la plata que estaba contando el dejunto? ¿dónde?
Gerardo. –No irá a suponer que yo...
Peñaloza. –(interrumpiendo a Gerardo) ¡Yo no supongo y ni no supongo na’a! ¡pregunto y observo!
Gerardo. –Averigüe, entonces.
Peñaloza. –¿De quién es este rególver?
Gerardo. –¡Mío no es!
Doña Cucha. –Ni del patrón tampoco era...
Peñaloza. –¿No es del occiso? ¡Ahá!
Rosaura. –El revólver de Damián lo tengo yo escondido.
Peñaloza. –¿Lo tiene usted escondío?
Rosaura. –Sí. El pobre Damián era tan arrebatado de genio que yo tuve miedo...
Peñaloza. –¡Ya las voy parando!...
Doña Cucha. –Yo mesma le aconsejé a la patrona que le escondiera el arma.
Peñaloza. –¿Por qué?
Rosaura. –Porque hace unos días, y por segunda vez, tuvo una agarrada con el Chueco Mena porque se le había perdió una vaca; se fueron de palabras, el Chueco lo amenazó y él también...
Peñaloza. –¡Ahí está la madre del cordero! ¡Y no empezaron por ahí! ¡El Chueco canalla lo amenazó! (aparte) Ganas le tenía yo a ese ¡Aquí me las va a pagar to’as! (Corre a la puerta) Carabinero Peña! Chíflele al carabinero Rojas pa’ que al tiro me lo busque y me traiga, esté donde esté y ande donde ande, al Chueco Mena. Si se desacata: guásquenlo.
Voz Peña. –¡A la orden, mi sargento!
Peñaloza. –(Volviendo) Tan seguros que él arma no es del de junto?
Todos a una. –¡Seguros!
Peñaloza. –(Después de mirar el revólver sobre la mesa saca su pañuelo). Lo voy a agarrar con el pañuelo por si tiene los de’os del criminal y pa’ que no se despinten. Se lo voy a mandar a don Waldo para el eusamen... (Lo huele) Huele a tiro fresco! (Lo abre) Falta un tiro!... ¿De quién es este regolver? (Silencio)
Gerardo. –¿Será del Chueco, digo yo?
Peñaloza. –¿Y el arma del dejunto dónde está, señora doña?
Rosaura. –En el fondo de mi baúl, en la pieza. ¿Quiere que lo vaya a traer?
Charo. –Yo iré, misiá Rosaura
Peñaloza. –No. Naide sale de aquí. Carabinero Filior: vaya a la pieza de la patrona y traiga el arma.
Filidor. –A la orden, mi sargento. (Inicia el mutis)
Peñaloza. –Carabinero Filior: el regolver nada más… (Mutis Filidor) 
Voz de Peña. –¡Sargento Peñaloza!
Peñaloza. –Huija!
Voz de Peña. –El Lechuza a la vista.
Peñaloza. –¡Que pase! (Entra el Lechuza) ¿Dónde está el doctor?
El Lechuza. –Dicen en la casa, que se fue anoche pal’ fundo a cazar perdices.
Peñaloza. –Viejo de moleera ¡La única vez que se le presenta la oportunidad de no matar a naiden... y me amuela! ¿Y qué hacemos ahora pa’ saber cómo ha muerto el dejunto? Yo no le veo na’a el agujero... A ver Lechuza, ándate de un salto...

El Lechuza. –¿Adónde mi sargento?
Peñaloza. –A falta del doctor... tráete al futre dentista.
Gerardo. –¿Para la autopsia?
Peñaloza. –¡Pa’ eso mismo!
Gerardo. –¡Qué va a saber el dentista!
Peñaloza. –Y usted qué sabe ¡Se han visto casos peores!
El Lechuza. –Al tirito... (Inicia el mutis)
Peñaloza. –¡Alto!
El Lechuza. –¿Yo? ¿Pa’ qué?
Peñaloza. –Tú soy el único que estuvo con el dejunto... ¿Conocí este regolver?
El Lechuza. –¿Yo? ¿Pa’ qué?
Peñaloza. –¿Dónde estabai cuando lo balearon?
El Lechuza. –Yo no vi na’a. Estaba por ensillar pa’ irme al campo con el patrón...
Peñaloza. –¿A qué entraste aquí?
El Lechuza. –A traerle una carta al patrón.
Peñaloza. –¡Una carta!, ¿y dónde está la carta?
El Lechuza. – ¡Yo que sé! La abrió delante ‘e mí y leyéndola echaba lumbre por los ojos y dijo...
Peñaloza. –¿Qué dijo?
El Lechuza. –dijo...
Peñaloza. –¿Qué dijo?
El Lechuza. –dijo... (dudando y de forma nerviosa) no sé si debo...
Peñaloza. –¡Debe!
El Lechuza. –Dijo... no mentó a naide... dijo...
Peñaloza. – ¿Vay a hablar?
El Lechuza. –Dijo... lo mismo que usté diría si yo le tirara una patá!
Peñaloza. –¡Atrévete!
El Lechuza. –¡Yo no!
Peñaloza. –¡Ya sé lo que dijo!... Con razón...
El Lechuza. –Me mandó a ensillar...
Peñaloza. –Tráete al dentista pa’ la autosia.
El Lechuza. –¡Sí, mi sargento! (Mutis el Lechuza).
Peñaloza. –Hay que buscar la carta.
Voz Carabinero Peña. –¡Sargento Peñaloza!
Peñaloza. – ¡Huija!
Voz Carabinero Peña – ¡El Lechuza a la vista!
Peñaloza. –No seai pesa’o y déjalo salir!
Carabinero Filidor. –(Que entra) Aquí está el regolver, mi sargento Peñaloza (empuñándolo con la mano).
Peñaloza. –¡Shuuu que soi baboso! ¿Cuándo vay a aprender? ¿No viste que yo lo agarré con el pañuelo pa’ que no se borraran los dedos?

Carabinero Filidor. –¡No tengo na’a pañuelo, mi sargento! (Peñaloza toma con su pañuelo el revólver y lo presenta). ¿Reconocen los inculpaos el rególvier del revoltoso? (Murmullos). ¿Si o no?
Rosaura. –¡Sí!
Peñaloza. –¡Está intacto! Los cinco tiros. ¡También se lo voy a mandar a don Waldo! (Al dejar el revólver en la mesa se le queda el pañuelo enredado). 
Voz Carabinero Peña. –¡Mi sargento Peñaloza!
Peñaloza. –¡Huija!
Voz Carabinero Peña. –¡Reo a la vista! ¿Lo dejo o no lo dejo?
Peñaloza. –¡Dejalo! ¡Ya me estay sacando los choros del canasto! ¡Carabinero Filior: páseme las manillas (las esposas) pa’ tenérselas listas al reo!
Carabinero Filidor. –¡A la orden, mi sargento! (Le da las esposas. Peñaloza va a la puerta derecha).
Peñaloza. –Pase pa' dentro don Mena. (Entra el Chueco Mena, un tipo mal encarado que mira de soslayo).
Chueco Mena. –Protesto contra el carabinero Rojas que me ha traído a rempujones.
Peñaloza. – ¡Sus razones habrá tenío!

Chueco Mena. –Quiero saber por qué se me detiene arbitrariamente y sin ninguna orden.
Peñaloza. – ¡No gallee tanto! ¡Lo detengo yo, que soy la autoridá máxima!
Chueco Mena. – ¿Y por qué, se puede saber?
Peñaloza. –¡Lo va a saber toíto y al tiro! ¡Mire pa’ allá!...
Chueco Mena. –¡Don Damián! (se asusta).
Peñaloza. –¡El mesmo! ¿Cachó ahora por qué lo detengo?
Chueco Mena. –¡Lo han mata’o! (Se quita el sombrero).
Peñaloza. –¡Hay cargos gravísimos y concretos que hacen suponer a la autoridá máxima, que soy yo, que usted, sabe más de algo!
Chueco Mena. –Oiga, sargento Peñaloza, asujete la lengua y fíjese en lo que dice porque le voy a aguantar bien repoco.
Peñaloza. –Amenaza y desacato. ¿Usted han oído al reo?
Chueco Mena. –¿Reo dijo?
Peñaloza. –Reo dije hasta que no conteste a satisfacción mis preguntas.
Chueco Mena. –Y yo le digo, pa’ comenzar, que no sé na’a de na’a, y que este es un abuso suyo porque me tiene pica.
Peñaloza. –¡vámonos calmando y calleuque! ¡Pica le van a tener al lindo! ¡Aquí no estamos na’a en la cancha de bolos!
Chueco Mena. –¿De qué me acusa, vamos a ver?
Peñaloza. –¿Dónde estuvo to’a la mañana usted? ¡Presénteme la coartada! ¿Ah? (Mira a todos como diciendo: ¿qué les parece el golpe?)
Chueco Mena. –En mi casa.
Peñaloza. –¡Pruébelo! ¡Y no andemos con güeltas: se le acusa de haber mata’o al dejunto!...
Chueco Mena. –¿Yo? ¡Canalla! (Se le va encima).
Carabinero Filidor. –¡Alto o disparo!
Chueco Mena. –Me tenís rabia porque te gané un partido de rayuela...
Peñaloza. –...A la mala...
Chueco Mena. –...A la güeña...
Peñaloza. – ...A la mala...
Chueco Mena. – A la güeña...
Peñaloza. –¡Silencio el reo! ¡Se te acusa de haber amenaza’o de muerte al occiso!
Chueco Mena. –¡Él también me amenazó!
Peñaloza. –Pero vos no estai na’a muerto y él sí!...
Chueco Mena. –¿Y por eso...?
Peñaloza. –¡Por eso! Tú tenís fama de malo, de matón...

Chueco Mena. –Porque no me dejo na’a atropellar...
Peñaloza. –Porque andai amenazando. ¿De quién es este rególver?
Chueco Mena. –Suyo será...
Peñaloza. –¿Mío? Si no me decís altiro y probai con coartada dónde estabai esta mañana, y si no me probai que no es tuyo el régólver, te pongo pulseras y te meto al presidio...
Chueco Mena. –¿A mí? Ya le he dicho que yo no sé na’a.
Peñaloza. –(todos). ¿Este hombre amenazó o no amenazó al fina’o?
Todos a una. –¡Lo amenazó!
Chueco Mena. –En un momento de rabia, pero yo no soy un asesino.
Peñaloza. –Hasta ahora no tenís cuartá.
Chueco Mena. –Yo estuve en mi casa.
Peñaloza. –¿Quién te ha visto?
Chueco Mena. –¡Ese rególver no es mío!
Peñaloza. –¿Cómo lo probai? Estay acusa’o por todos...
Chueco Mena. –A ti te voy a enseñar a acusar... (Se le va encima).
Peñaloza. –¡Asujételo carabinero Filior! (Lo sujetan y le ponen las esposas). ¡Ya ligaste pulseras!
Chueco Mena. –¡Y tú vas a ver quién es el Chueco Mena!
Peñaloza. –Pásemelo incomunica’o al cuartel...
Chueco Mena. –Usted no puede...
Peñaloza. –Ya ves que puedo. Y se calla el delincuente. Centinela de vista, que no hable, que ni se mueva. Carabinero Filior: páseselo al carabinero Peña, y que de ahí lo peloteen para el cuartel y a la primera que haga le meten los cinco tiros. ¡Los cinco!
Carabinero Filidor. –¡A la orden, mi sargento! ¡Pase el revoltoso! (Lo empuja. Mutis ambos).
Peñaloza. –(Aparte) ¡A ver si me volvís a gritar que me ganaste a la güena! Ahora sí que creo que me voy pa’ Santiago ascendío y con el reo... (gesto de satisfacción).
Rosaura. –Entonces, ya podríamos retirarnos...
Gerardo. –Vestirnos, siquiera, porque...
Peñaloza. –(Interrumpe a Gerardo) Que haya un reo presuntivo no quiere decir que todo esté aclara’o...
Voz Carabinero Peña. –¡Sargento Peñaloza!
Peñaloza. –¡Huija!
Voz Carabinero Peña. –Misiá Adelita. ¿La dejo o no la dejo entrar?
Peñaloza. –¡Déjala!
Doña Cucha. –¡Pobre patroncita!
Charo. –¡Pobrecita! ¡La media pena!
Gerardo. –Retirémonos, Rosaura.
Rosaura. –Sí...
Adela. –(Entrando. Velo de misa). ¿Qué sucede? ¿Qué ha ocurrido?
Peñaloza. –Pase adelante. Aquí tenemos al fina’o...
Adela. –(Corre donde él). ¡Papá! ¡Papacito!
Peñaloza. –Lo han mata’o, pero que no le dé na’a, porque al asesino le va a llegar...
Adela. –¡Asesinado! ¡Papacito mío! ¡Canallas! (Mirando a Rosaura y Gerardo. Todas las mujeres lloran y se lamentan). Asesinado, ¿oye usted?
Rosaura. –¡Qué desgracia tan grande, Adela!
Peñaloza. –No se aflija, que no le dé na’a.
Adela. –¿Asesinos! ¿Y usted no sabe quién ha sido? (con ironía)
Rosaura. –¿Yo?
Adela. –(A Gerardo). ¿Tú no sabes?
Gerardo. –¿Yo? ¡Adela! (sorprendido)
Adela. –¡Yo sí sé quién ha sido! ¡Miserables!
Rosaura. –¡Mide tus palabras, Adela!
Adela. –¡Yo sí sé, sargento, quien ha sido! ¡Quién es el infame!
Peñaloza. –¿Usted sabe?
Adela. –¡Yo sí sé! ¡Yo los acuso; los acuso a todos! (Solloza).
Rosaura. –El odio que me tienes te hace decir...
Adela. –(Interrumpe a Rosaura) ¡Sí! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Maldita! ¡Tú!...
Rosaura y Gerardo. –¡Calla!
Adela. –(A Gerardo). ¡Calla tú, mal hijo! ¡Tú, mala mujer!
Gerardo. –Los nervios te hacen decir lo que no sabes, lo que no piensas.
Adela. –¡Matar a mi padre! ¡Ustedes, Ustedes han sido!
Peñaloza. –¡Reflauta! (Soprendido)
Adela. –Yo quiero declarar, sargento... Yo quiero decirlo todo...
Doña Cucha. – ¡Misiá Adelita! (Con preocupación)
Adela. –Tú sabes Cucha que yo sé...
Doña Cucha. –Calle, señorita...
Adela. –¡No!
Peñaloza. –¡Hable!

Rosaura. –Cálmate, Adela... Te engañas... Como crees que yo...
Gerardo. –¡Tú te has enloquecido!
Peñaloza. –A callar to’o el mundo y hable misiá Adelita.
Adela. –¡Sargento; hay un hombre! Esta mujer...
Rosaura. –¡Tú crees que he sido yo quien... se opuso a tu matrimonio con el hijo de la Candelaria...
Adela. –Te opusiste, pero eso no me importa...
Gerardo. –¡Calla, Adela!
Adela. –¡Corrompido! ¡Encubridor!
Gerardo. –¡Adela!
Rosaura. –¡Dios mío!
Adela. –(Por Rosaura). ¡Esa mujer tiene un hombre! ¡Engañaba a papá!
Rosaura. –¡Mientes!
Adela. –¡Sí! ¡Lo sé!, y Gerardo también lo sabía...
Gerardo. –¡Te has vuelto loca!
Rosaura. –¡Quiero hablar; explicar... esto es horrible!
Adela. –¡Sí! ¡Qué confiese!
Gerardo. –Haga callar a mi hermana, Peñaloza. Delante de los sirvientes. Atreverte...
Adela. –¡Me atrevo porque sé!
Rosaura. –Estás engañada.
Doña Cucha. –¡Misiá Adelita!
Charo. –¡Patroncita!
Peñaloza. –Custión de familia. Salgan ustedes, pa’ juera. Carabinero Filior; vigile a las sirvientas. (Salen las dos criadas).
Voz Filidor. –¡A la orden, mi sargento!
Peñaloza. –Ahora estamos en familia.
Adela. –Pregúntele quién es Juan de Dios Cruz. Que diga.
Rosaura. –Sí. Voy a decirlo. Voy a decirlo todo.
Gerardo. –Estas engañada, Adela.
Adela. –Papá sospechaba, sospechó siempre de ti...
Rosaura. –Estaba celoso, lo sé, por mi culpa y sin mi culpa. Por su memoria lo juro; yo lo quise siempre, yo lo respeté...
Adela. –¡Mientes!
Peñaloza. –Desembuche con confianza. Diga todo lo que quiera; ya estoy cateando dónde está la laucha.
Adela. (Que se marcha llorando). Que hable ella. Yo ya no tengo nada más que decir.
Peñaloza. —Ya lo ha oído usted, mi señora doña.
Gerardo. —Es absurda está situación. (Mutis Adela).
Rosaura. —Es preferible aclararlo todo de una vez.
Peñaloza. —Sí, es mucho más mejor, porque ya tengo la cabeza como cumpleaños de monos.
Rosaura. —Gerardo, déjeme hablar con el sargento.
Gerardo. —Está bien, pero le aconsejo…
Peñaloza. —(Interrumpe a Gerardo) Usted no aconseje na’a. Y váyase pa’ juera y no sea intruso. Ah: y cuidadito con moverse del cuarto de al la’o.
Gerardo. —Ya era hora de terminar esta pantomima.
Peñaloza. —¡Carabinero Filior! Vigile al reo y no le aguante ninguna conversa.
Voz de Filidor. —¡A la orden, mi sargento! (Mutis Gerardo).
Peñaloza. —Ya nos quedamos solos, mi señora doña Rosaura.
Rosaura. —(Muy ofendida y dañada) Es una pena y una vergüenza, sargento, lo que ocurre; pero es necesario decir toda la verdad para despejar las dudas.
Peñaloza. —Más mejor, porque ya estoy sospechando no sé qué cosa.
Rosaura. —Pero puede usted creer que son solo apariencias las de mi complicidad. Adela me odia porque me casé con su padre siendo yo una pobre como era.
Peñaloza. —Según tengo entendido, cuando usted contrajo nupcias con el dejunto era muy chiquilla. ¿Qué edad tenía el veudo?
Rosaura. —Muchos años más que yo y es por eso que mi madre y yo no pensábamos en este matrimonio y si no hubiera sido por la insistencia de él… y también, por qué no decirlo, porque le tomé cariño no me habría casado; y en mala hora lo hice, porque mi vida ha sido un infierno.
Peñaloza. —¡Qué lástima, tan güena moza y ahora viudita!
Rosaura. —Desde el día en que me casé, Gerardo y Adela han sido mis enemigos y me han hecho toda clase de miserias.
Peñaloza. —Pero usted debió decírselo al fina’o.
Rosaura. —¿Para qué amargarle más la vida a mi pobre viejo?
Peñaloza. —Pero Gerardo parece ser muy amigo suyo.
Rosaura. (Llorando). ¡Bien sé yo lo que me cuesta!
Peñaloza. —Es bien re sinvergüenza el gallo; pero ¿qué es eso que me dijo misiá Adela de Juan de Dios de la Cruz?
Rosaura. —Esta triste circunstancia por la que estoy pasando, con gran vergüenza me obliga a confesarle mi secreto: mi gran secreto.
Peñaloza. —Hable con confianza, que yo soy hombre como el que más y la escucho como si juera cura.

Rosaura. —Le ruego que no me mire y que me escuche y crea que le estoy confesando toda la verdad. Un par de años antes de que me pretendiera Damián, yo estuve de novia con Juan de Dios…
Peñaloza. —¿El gallo ese que está emplea’o ahora en el Molino?
Rosaura. —El mismo. Yo era una pobre muchacha, creía en sus palabras; vivíamos solas con mi madre… Usted comprenderá… me engañó…
Peñaloza. —¡El muy cochino!
Rosaura. —Con el pretexto de negocios un día se fue para la capital y no supe más de él. Primero esperé, luego sufrí pensando en el desengaño, guardándome en secreto mi desgracia, sin poder confiárselo a nadie, ni siquiera a mi madre, que se habría muerto de pena y de vergüenza.
Peñaloza. —Lo comprendo to’o.
Rosaura. —Don Damián empezó a pretenderme; a pesar de la diferencia de edad le tomé cariño porque era como un padre para mí; al final, a pesar de que yo no quería aceptarlo, mi madre, que estaba vieja y que temía dejarme sola, me aconsejó que lo aceptara…
Peñaloza. —Hizo bien.
Rosaura. —Pero debí confesarle toda la verdad de mi pasado, la vergüenza que pesaba sobre mí. Muchas veces estuve tentada de hacerlo, pero no tuve el valor ni el coraje; tenía miedo de perderlo y miedo de causarle pena a él que era tan bueno. Adela y Gerardo me perseguían y me vigilaban. Las habladurías de la aldea tal vez habían llegado a oídos de ellos. Un día, hace ya cerca del año, Juan de la Cruz volvió; volvió y olvidándose de mi condición de mujer casada, empezó a rondarme; lo rechacé indignada, pero él, que no tenía nada que perder, con atrevimiento me cercaba. Me amenazó... yo no sabía a quién pedirle ayuda. De la amenaza pasó al atrevimiento de insinuar que le iba a decir toda la verdad a Damián. No tuve más remedio que aceptar hablar con él. Fue una noche que Damián andaba en el fundo; salí a hablarlo con la intención de convencerlo del mal que me hacía, con tan mala suerte que cuando estaba hablando con él, Gerardo, medio borracho, volvía a la casa; a pesar de que me escapé, me alcanzó a distinguir, y a la amenaza, del otro vino la amenaza de él. Para que se callara he tenido todo este tiempo que estar dándole plata que le sacaba con mentiras al pobre Damián...
Peñaloza. –Ahí está la madre del cordero; por eso que el pillo se daba tan güena vida y gastaba tanto.
Rosaura. –Y esto es todo, sargento; ya lo sabe Ud., pero yo le juro por la luz que me alumbra, por mi pobre viejo que está ahí que yo no hice nada malo.
Peñaloza. –Pero entonces, ¿ha sido el canalla de Juan de la Cruz el que lo ha mata’o?
Rosaura. –No quiero creerlo, sargento.
Peñaloza. –Al tirito lo voy a meter a la capacha.
Rosaura. –Si él hubiera sido, si hubiera sido capaz de llegar a la bellaquería de matármelo y matármelo a traición, le juro que yo, yo misma, por mis manos, lo vengaré... (Rosaura lanza un grito espantoso y es porque en este momento Damián, el que todos creían difunto, se ha puesto de pie. Peñaloza da un salto que va a parar junto a la puerta). ¡Damián!
Peñaloza. –¿Qué es esto?
Rosaura. –¡Damián!
Damián. –¡El mismo, mi Rosaura!
Peñaloza. –¡El fantasma!
Damián. –Acércate, mi Rosaura, que no estoy na’a muerto y ahora lo sé todo. (A las voces de Rosaura y el sargento entran el carabinero Filidor, Gerardo, Adela, doña Cucha y la Charo. La Charo cruza la escena cubriéndose el rostro y gritando. Doña Cucha se pone de rodillas y se golpea el pecho. El carabinero Filidor lo apunta con el revólver).
Peñaloza. –¡Carabinero Filior!
Charo. –¡Por Diosito santo, socorro!
Doña Cucha. –¡Dios me ampare! ¡Santo Dios de los ejércitos! ¡Santo, santo, santo!
Gerardo. –¡El viejo!
Adela. –¡Papá!
Peñaloza. –(Tartamudeando). ¿Pero, qué payasá es ésta? ¿Usted, no está muerto?
Carabinero Filidor. –¿Disparo o no disparo?
Damián. –¡No dispare porque antes le pego una cachetada que lo doy vuelta!
Peñaloza. –Pero, ¿cómo ha sido esto? Usted está, muerto y bien muerto. ¡Si hasta el olor le estaba sintiendo!
Damián. –¡No sea bruto, sargento!
Peñaloza. –A mí no me brutee porque aquí ¡ha habido de-sa-ca-to!
Adela. –¿No estás herido, papá?
Peñaloza. –¡Silencio! Aquí no habla nadie más que el dijunto, que nos va a explicar inmediatamente qué es lo que ha pasa’o.
Damián. –Eso es lo que yo deseo. Explicar. Ya ha oído Usted, sargento cuanto le han dicho Rosaura. Esta mañana, preocupado y molesto con todo lo que ocurría, me puse a revisar mi revólver...
Peñaloza. –¿Entonces es suyo el rególver?
Damián. –Mío lo compré hace dos días para reemplazar el que me escondió Rosaura. Se me escapó un tiro y cuando entró la Cucha se me ocurrió fingirme muerto.
Peñaloza. –¿De manera que payaseando conmigo? ¿No sabe usted que yo soy la autoridá máxima y que hace una hora que estoy buscando al criminal y sudando la gorda pa’ que el perla me bromeé?

Damián. –Disculpe, sargento; no fue esa mi intención. Diga lo que usted quiera, pero esta muerte aparente me ha servido de mucho. (Enégicamente) Adela, pídele perdón a Rosaura y yo te pido que seas su amiga...
Adela. –(Arrepentida) Si tú lo quieres, papá.
Rosaura. –¡Adela! (Se abrazan).
Damián. –(Gerardo). Y Usted, canalla estafador y sin vergüenza...
Gerardo. –Oiga usted, que...
Damián. –(Lo interrumpe muy molesto) ¡A callar! Ensille el caballo y se va para el fundo inmediatamente; ya hablaremos...
Gerardo. –Es que yo...
Damián. – ¡Fuera!

Peñaloza. –¡Sáquemelo, carabinero Filior! (Mutis Gerardo).
Damián. –Y usted, doña, Cucha, pobre vieja, vaya para la cocina y perdone el susto que le he dado.
Doña Cucha. –(Haciendo mutis y llorando). ¡Qué contenta estoy, patrón!...
Peñaloza. –¡Y yo el ridículo! ¿Con qué cara salgo pa’ juera ahora? ¿Y qué hago con el Chueco Mena que lo tengo en la capacha? ¿Qué hago con esa fiera?
Damián. –Yo lo acuso por cuatrero.
Peñaloza. –(Dándole la mano). Con su amigo. Al tiro lo meto a la cárcel. ¡Güena cosa!, ¡y yo que pensaba con esta investigación salir pa’ Santiago ascendido!
Damián. –A lo mejor le hablo de usted, al Diputado.
Peñaloza. –¿De veras? Con razón dicen que los dijuntos se acuerdan de los vivos... (Entra corriendo El Lechuza).
Lechuza. –¡Aquí viene el Dentista! (Al ver a Damián lanza un grito). ¡Ánimas! (Se desmaya).
Peñaloza. –Carabinero Filior, lleve al accidentado pa’ juera y que el dentista le saque las muelas pa’ que no pierda el viaje.
Rosaura. –¡Mi Damián!
Adela. –¡Papá! (Damián las abraza).


TELÓN


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