Un joven llamado Louis escribe Enrique Elissalde I



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Un joven llamado Louis
escribe

Enrique Elissalde


I
Es como las demás casitas.

Está situada en la parte baja de la villa. Tiene techo a dos aguas, chimenea, jardín. Una pequeña escalera de pocos escalones conduce a la puerta de entrada. Casi debajo de ella está el acceso a la bodega. Un poco más adelante se encuentra la entrada al taller.

En esta casita, el miércoles 4 de enero de 1809, nació Louis Braille a las 4 de la madrugada.

El encanto de la casita está en su simplicidad. Parece hecha a imagen y semejanza de Louis Braille: humilde y sobria pero capaz de trascenderse a sí misma y a las 60 o 70 casitas que forman la villa.

El visitante enseguida se siente cómodo y a gusto. Todo está hecho a escala común, al alcance de cualquiera de nosotros. En la casa y en las cosas flota una atmósfera que identifica al que llega con el que habitó esa modesta construcción.

Casi nada cambió en Coupvray desde la época de Louis Braille. Sigue siendo una pequeña villa ubicada al Este de París, distante unos 35 kilómetros de la capital francesa.

A pesar de esta cercanía, puede afirmarse que Coupvray está mal situada o, al menos, mal comunicada. No hay una línea directa París-Coupvray.

Es preciso tomar el ferrocarril suburbano en la estación del Este de París y descender en Esbly. Esta estación se encuentra a unos dos kilómetros de Coupvray. Para cubrir esta distancia se puede tomar un taxímetro. Pero eso depende de la buena suerte del visitante.

En Esbly apenas si hay un par de taxímetros. No es extraño entonces que haya que recorrer a pie los dos kilómetros. Como la carretera es poco transitada son pocas las posibilidades de que algún generoso automovilista recoja al visitante.

Pero vale la pena hacer el trayecto a pie, disfrutar del aire limpio y de la proximidad de los viñedos que caracterizan al lugar.

En tiempos de Braille, Coupvray era más importante que Esbly. Pero el ferrocarril cambió la situación. La línea París-Meaux pasa por Esbly y no por Coupvray. La primera de ellas entonces creció mientras que la segunda se estancaba.

Coupvray pertenece al Departamento de Seine-et-Marne dentro de la circunscripción de la ciudad de Meaux.

Situada a 10 kilómetros de Coupvray, Meaux continúa siendo un centro comercial de importancia. Siempre tuvo buena comunicación con París. Hoy, a través del ferrocarril; en tiempos de Braille, a través de la diligencia que en su recorrido pasaba por Coupvray uniéndola con París.

La villa de Coupvray se extiende sobre una pequeña colina. En lo alto se encuentra la iglesia de Saint-Pierre.

En esta iglesia el domingo 8 de enero de 1809 fue bautizado el pequeño Louis. El hecho es recordado por una placa.

La iglesia es diminuta y modesta. Para visitarla hay que pedir la llave a un vecino.

Como otras cosas de la villa también la iglesia parece ser de todos. Cada cual la visita cuando lo desea: no hay horario ni párroco.

La iglesia permanece prácticamente igual que en la época de Louis Braille. Solamente en 1886 fue necesario restaurar su coro y su campanario.

El reloj, que en la infancia de Louis se encontraba en el campanario, ahora está en el Museo de la casa natal. Fue incorporado por Monsieur Taileffer -hoy fallecido- y a quien conocimos en 1977.

Entonces era el encargado del Museo. Nos contó que él pensaba que ese reloj seguramente fue visto por Louis cuando aún era vidente y que, por lo tanto, el lugar donde debía estar era el Museo. Lo pidió.

Lo obtuvo. Estrategias como éstas utilizaba a menudo este inolvidable encargado del Museo, que siempre encontró la forma -o si no la inventaba- para acrecentar el acervo a su cargo.

Hoy no se ve el reloj en el campanario. Sin embargo desde la casa natal se escucha perfectamente el repicar de las campanas.

Para llegar hasta la casa, hay que descender a la llamada parte baja de Coupvray. Se la encuentra en el extremo del camino que antiguamente se conocía como el camino de Buttes.

La construcción de la casa data de la segunda mitad del siglo XVIII. Debió ser restaurada en diferentes oportunidades.

Después de la muerte de Braille pasó a ser propiedad de sus sobrinos. Estuvo en poder de ellos hasta el año 1878. Luego se sucedieron varias ventas hasta que en 1898 fue comprada por la familia Crapart.

El 29 de marzo de 1952 esta familia vendió la casa a la Asociación Amigos de Louis Braille. Desde entonces la casa se transformó en Museo.

Como la Asociación Amigos de Louis Braille no estaba en condiciones económicas para continuar esta obra, el Museo pasó a ser administrado por el Comité Louis Braille del Consejo Mundial para la Promoción Social de los Ciegos.

En 1984 al fusionarse este Consejo con la Federación Internacional de Ciegos, dando origen a la Unión Mundial de Ciegos, el Comité y el Museo pasaron a formar parte de la flamante Unión.

El 8 de diciembre de 1966 el Estado francés inscribió a la casa natal de Louis Braille en el inventario de los monumentos históricos.

Bajo la inteligente y bien documentada supervisión de Jean Roblin, la casa ha sido restaurada para devolverle su fisonomía original. Esta tarea aún continúa pese a las serias dificultades económicas con que se tropieza.

En Coupvray uno experimenta la sensación de estar, al mismo tiempo, en un Museo y en una acogedora, íntima casa. Sucede, que la restauración, y ambientación, no se limitan a lo arquitectónico. Aquí y allá, objetos y utensilios se combinan hábilmente con libros, máquinas y otros elementos que recrean un clima familiar y de época.

Al entrar en lo que se conoce como la sala principal, uno se introduce en la vida y las costumbres de los Braille. Allí se desarrollaba prácticamente todo el acontecer diario de la familia.

Un cortinado separa de la sala principal, la cama de matrimonio donde nació Louis Braille.

La sala contiene un rústico mobiliario que da la idea de la vida humilde de los Braille: una mesa de madera rodeada por largos bancos también de madera, y con una hermosa jarra de vino en su centro; los cacharros de cocinar; un horno; una estufa de leña; un lugar para lavar.

En las habitaciones del piso superior, hay una que tiene un valor muy especial. Es la que utilizó Louis Braille cuando la tuberculosis recrudecía y lo obligaba a retirarse del Instituto de París en busca de reposo. Aunque la habitación pertenece al piso superior, está a nivel del jardín ya que el terreno no es plano.

Recorriendo esta habitación y el jardín, uno recuerda el testimonio que, según el folleto de la Asociación Valentin Haüy, dejó el propio Braille al escribir: «Con frecuencia, a mi regreso de paseos, me sentaba en un otero; allí, regleta y papel en mano, me ocupaba en hacer mis combinaciones con los puntos». («Louis Braille, vida y obra». Folleto de la Asociación Valentin Haüy, 1952).

La casa se completa con el granero y con el taller del padre de Louis.

Hoy toda la casa es un museo dedicado a la exhibición de libros y distintos aparatos.

Entre ellos, el que quizás causa más impacto, es el rafígrafo ideado por Faucoult con Braille, para escribir con caracteres visuales y comunicarse así con los videntes.

El taller de talabartería, por su parte, constituye una unidad con la casa. En él se encuentra la mesa de trabajo de Simón René, el padre de Louis, así como herramientas y trozos de cuero.

Fue en este sitio donde el pequeño Louis se clavó en su ojo derecho una de las leznas que empleaba su padre. Entonces tenía tres años y medio de edad. No se sabe con exactitud si estaba jugando, si estaba imitando a su padre, o bien, qué es lo que hacía. Lo cierto es que, pese a la inmediata atención que le prestaron, perdió su ojo derecho. Como en ese entonces no se conocía el recurso de extraer el ojo enfermo, el otro también se contagió de la infección. Así fue como a los cinco años de edad Louis ya era totalmente ciego.

II

La familia Braille fue una familia tradicionalmente dedicada a la talabartería.

Simón, el abuelo de Louis, fue el primer talabartero de la familia. Se instaló en Coupvray hacia el 1740.

Pero la tradición puede extenderse más atrás aún, hasta mediados del siglo XVII.

Porque en ese entonces se había establecido en Coupvray el Sr. Auville, padre de la esposa del abuelo Simón. De este modo, por la línea de la abuela, la tradición de talabarteros se remonta hasta una generación anterior a la del abuelo Simón.

Auville fue sustituido como talabartero de Coupvray por su yerno: Simón Braille.

Del matrimonio Braille-Auville el 6 de setiembre de 1764 nace Simón René, el padre de Louis. Él continuó la tradición familiar y fue el talabartero de la pequeña villa.

El 5 de noviembre de 1792, Simón Braille se casó con Monique Barón, cinco años menor que él.

Un año más tarde, el 5 de setiembre de 1793, nació Monique Catherine Josephine, la hija mayor del matrimonio Braille. Dos hijos más tuvieron antes que naciera Louis.

En 1795: Louis-Simón y en 1798: María Celine.

Cuando su padre ya tenía 45 años de edad y su madre había llegado a los 40, nació Louis.

Fue un hijo tardío o, al menos, el benjamín de una familia formada por padres ya mayores y por hermanos también mayores (Monique Catherine, con sus 16 años, bien pudo ser, por edad, la madre del recién nacido).

Todo ello determinó un marco afectivo muy especial. Y, si en circunstancias normales, este marco es ya de por sí influyente y hasta modelador del niño, tanto más al tratarse de un niño que perdió la vista tempranamente.

Quizás la inteligencia, el don de observación, la dulzura melancólica de su carácter y hasta su personalidad introvertida, se deban en gran medida a este marco familiar.

Según André Nicolle, ya antes de perder la vista, siendo muy pequeñito, Louis mostró «una dulce disposición y una mente alerta».

Sin duda, el apoyo afectivo y el sentido común de la familia predominaron en la formación del pequeño, sin dejar de reconocer ciertos rasgos de niño consentido que padres y hermanos pudieron fomentar.

El Acta de nacimiento de Louis Braille está fechada el 5 de enero de 1809 a la hora diez de la mañana. Los testigos fueron René Coquelet (45 años de edad, almacenero) y Mathieu Simonnet (49 años, bodeguero).

Pocos días después, el domingo 8, Louis fue bautizado.

Sus padrinos, al igual que los testigos antes mencionados, fueron personas humildes, de escasos recursos y residentes de la zona tal y como la propia familia Braille-Barón. El padrino fue Louis-François-André Michel (granjero) y la madrina fue Geneviéve Boulingre (hija del granjero Henri Boulingre).

La familia Braille-Barón y sus amistades era gente humilde y sin mayor formación cultural.

Pero, más allá de ciertas actitudes sobreproteccionistas, no deja de ser destacable el sentido común que tuvieron ante la ceguera del hijo menor.

Primero, hicieron todo lo que estuvo a su alcance para evitarla. Cuando todo fue inútil, cuando Louis quedó definitivamente ciego, demostraron voluntad y entereza.

Supieron dar afecto y estímulos al pequeño. Guiados por una buena intuición actuaron con naturalidad: alentaron al niño para que aprendiera a leer; lo dejaron que fuera y viniera libremente por las casas del vecindario; no impidieron sus juegos ni sus travesuras.

El propio Simón-René enseñó a leer a su hijo. Con tachas de tapicero formaba el contorno de las letras sobre una madera o sobre un trozo de cuero. Los deditos de Louis recorrían esas formas hasta aprender letras y palabras.

Actualmente, en el taller de la casa natal, se exhiben algunas reconstrucciones de estas palabras. Por ejemplo, con tachas sobre cuero está escrito en caracteres comunes, el nombre del pequeño Louis.

Tuvo que ser, probablemente, muy importante para el niño que su propio padre se preocupara en enseñarle a leer tal como lo hacían sus hermanos. Más que el conocimiento de las letras, quizás lo valioso fue el respaldo y la comprensión que recibió.

Pero, por más preocupación y empeño que pusiera su padre, resultaba imposible darle la formación que necesitaba. Y, en un nuevo hecho que sorprende por la naturalidad y sencillez con que lo hicieron, los Braille enviaron a su hijo ciego a la escuela de la villa.

Como ya lo habían hecho sus hermanos, Louis en el año 1818 concurrió a la escuela. El maestro Antoine Bécheret se sorprendió gratamente con las condiciones intelectuales y el deseo de aprender del niño Louis. Su rendimiento fue muy bueno, a pesar de que su aprendizaje fue totalmente oral.

El maestro Bécheret tenía noticias del Instituto Real de París. Pensó que para Louis sería una buena oportunidad para sus estudios.

El problema radicaba en que la familia no tenía recursos para hacerse cargo de los gastos. Con el apoyo de la marquesa d'Orvilliers, del cercano castillo de Coupvray, se logró una beca para que el pequeño fuera a estudiar a París.

El 15 de enero de 1819 fue admitido en el Instituto pero su ingreso se produjo un mes después.

En el libro de registro de ingresos al Instituto, que abarca desde 1796 hasta el 22 de noviembre de 1822, pudimos leer la constancia de que Louis Braille fue aceptado como alumno el 15 de enero de 1819.

Este libro se exhibe en el Museo que actualmente tiene el Instituto de París en el Boulevard des Invalides.

Louis Braille figura con el número 70. Además de la fecha de su nacimiento, aparecen los nombres de su padre y su madre.

También un certificado estableciendo que la familia era de buenas costumbres y que no era indigente. Al parecer, había ciertas exigencias para ingresar al Instituto. Entre ellas, que no se tratara de un mendigo, de un desposeído o de alguien con malos modales.

Fue el 15 de febrero de 1819 cuando ingresó al Instituto que había sido fundado por Valentin Haüy en 1784.



III
La Francia del siglo XVIII vivió profundos cambios políticos, sociales, culturales.

Entre ellos figuran importantes y decisivos cambios hacia las personas ciegas.

Las nuevas corrientes filosóficas se difundían entonces por gran parte de Europa.

Pero, sobre todo, en Francia, donde se iba preparando la Revolución de 1789. Un clima de transformaciones trascendentes flotaba en París. En él se vieron envueltas muchas personalidades que, sin compartir las nuevas corrientes, participaron, quizás a pesar de ellas mismas, en los cambios que se produjeron por ejemplo a propósito de los discapacitados en general, y de las personas ciegas, en particular.

Fue en ese período que el pensador Diderot publicó su «Carta sobre los ciegos» (1749) y el investigador Condillac su «Tratado de las sensaciones» (1754).

Fue también por esos tiempos que el abate L'Épée fundó la primera escuela para sordomudos (1760) y editó un tratado sobre la misma (1774).

Fue, en fin, la época en que Valentin Haüy creó en 1784 en su propio domicilio, la primera escuela para ciegos.

Toda la sociedad se estremeció. El viejo régimen se resquebrajaba y en los más diversos planos se sucedían cambios y nuevas propuestas.

Las condiciones y condicionantes sociales resultaron favorables para que grupos marginados accedieran a la educación y al disfrute de los derechos más elementales. No fue por mero azar que, casi simultáneamente, los sordos y los ciegos tuvieran oportunidades que, hasta entonces, jamás habían tenido.

La libertad y los derechos humanos se abrían paso trabajosa, penosamente. Nacía una nueva conciencia que directa o indirectamente cambió la situación de los marginados.

Hasta entonces, la única atención que se había brindado a las personas ciegas, eran los hospicios especialmente creados para ellas, como el de los Quinze Vingt fundado en París por Luis Ix en el 1254 y que sirvió de modelo para otros hos- picios de la Europa medieval.

Si bien a lo largo de la historia -y ya de antes de Cristo- hubo personas ciegas que se destacaron en el arte, en la ciencia, en la política, lo cierto es que fueron casos aislados, individuales. Recién con Valentin Haüy y su Instituto se inició la educación sistemática y colectiva de los ciegos.

Valentin Haüy, nacido en 1745, funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores donde se desempeñaba como traductor se interesó por la suerte de las personas ciegas a partir de una dolorosa experiencia que él mismo narró en estos términos: «En setiembre de 1771, un café de la Feria de San Oviedo presentó una orquesta de diez ciegos, escogidos entre los que sólo tiene el triste y humillante recurso de mendigar su pan en la vía pública con ayuda de algún instrumento musical.

Cuántas veces los oyentes se apresuran a ofrecer una limosna a esos desventurados, lamentando no poder hacerlo por admiración sino por el deseo de que cesara su pésima música.

Habían sido disfrazados grotescamente; con túnicas y largos gorros puntiagudos. Les habían puesto sobre la nariz ridículos anteojos de cartón sin cristales. Y, colocados ante un pupitre con partituras y luces inútiles, ejecutaban un canto monótono: el cantante, los violines y el bajo repetían todos la misma melodía.

Sin duda, merced a esta última circunstancia, se pretendía justificar el insulto inferido a esos desdichados, rodeándoles de los emblemas de la más necia ignorancia, colocando detrás de su director una cola desplegada de pavo real y, sobre su cabeza, el tocado de Midas (...) El cuadro reproducido ante mis ojos, llevando una aflicción profunda a mi corazón, enardeciendo mi inteligencia. Sí -me dije- arrebatado por un noble entusiasmo, convertiré en realidad esta farsa ridícula: haré leer a los ciegos, pondré en sus manos libros impresos por ellos mismos. Trazarán los caracteres y leerán su propia escritura. Por último haré ejecutar conciertos armoniosos».

(La versión española corresponde al Curso-Seminario sobre Iniciación a la Tiflología).

25 Por cierto que, para cumplir con estos objetivos, Valentin Haüy tuvo a la vez que demos- trar la educabilidad de los ciegos y encontrar la forma de educarlos. Teoría y práctica se unieron en su mente lúcida y en su corazón que, por sobre todas las cosas, confiaba y creía en las personas ciegas.

La solución que encontró para la lectura fue reproducir las letras comunes en altorrelieve.

Creado ya su Instituto, presentó ante la Academia de Ciencias de París a sus alumnos que realizaron una demostración de lo que eran capaces de leer al tacto.

Además de la enseñanza de la lectura pronto Valentin Haüy incorporó la enseñanza de la música y de manualidades.

35 años después de estos comienzos ingresó el pequeño Louis al Instituto de París.



IV
Fue en la diligencia que unía Meaux con París, pasando por Coupvray, que Louis viajó a la capital para ingresar al Instituto.

En ese momento, el Instituto acababa de instalarse en el antiguo edificio del Seminario de San Fermín, situado en la rue de Saint Victor número 68.

Como ha sucedido, y aún sucede con algunos Institutos para Ciegos, el edificio era vetusto, lóbrego e inadecuado.

Por lo demás, su ubicación no era de las mejores: la zona tenía mala reputación. Incluso, por allí pasaba la muralla de la ciudad en la época de Felipe Augusto.

En el 1624 San Vicente de Paul había tomado posesión de ese edificio. En él, un año más tarde, fundó la Congregación de Sacerdotes de su Misión.

Desde el 1707 el edificio pasó a ser el Seminario de San Fermín. En él los la- zaritas formaban sus sacerdotes.

Durante la Revolución fue transformado en cárcel y, finalmente, en 1818 pasó a ser la nueva sede del Instituto de Ciegos.

Dufau, que llegó a ser Director del Instituto en el 1840 y que estuvo como instructor desde la instalación de este local dejó, entre otras, la siguiente descripción del Instituto: «...sus clases, sus talleres, sus dormitorios sin sol, estrechos, húmedos donde ciertas enfermedades habían tomado carta de naturaleza».

Pero, además de lóbrego y malsano, el local prontamente resultó chico para contener alumnos, profesores y aulas necesarias. El mismo año en que Louis Braille ingresó, tuvieron que alquilar nuevos locales próximos al del Seminario, para instalar la biblioteca, la imprenta y una de las clases de música.

El Instituto tenía 4 pisos.

La superficie que ocupaba era de 776 metros cuadrados. En él todo era precario: el comedor, por ejemplo, no tenía ubicación propia. Lo habían improvisado en una de las galerías que, en cada uno de sus extremos, tenía una escalera. Otro tanto ocurría con el taller de telares: funcionaba en un patio que fue cerrado para tales funciones, quitándole la luz a la planta baja.

Había baños, pero según parece, una sola vez al mes los alumnos eran bañados.

A menudo, al hablarse de este edificio y su alumnado se ha hecho referencia a la palidez y a lo demacrado que lucían la mayoría de los jóvenes. Esto parece fundamentarse en las malsanas condiciones en que vivían, según informes médicos de la década de 1820.

Pierre Henri, en su libro sobre Louis Braille, brinda la mejor y más documentada información sobre estos aspectos del edificio de San Fermín.

Sin embargo, en tan pésimas condiciones, igualmente los alumnos aprendían y hasta tomaban cariño por su Instituto.

En el folleto de la Asociación Valentin Haüy, se incluye por ejemplo, el testimonio de un alumno que, pese a su extensión vale la pena recoger aquí, por la pintura que realiza de la vida en el Instituto.

«Había en cada clase una estufa de losa -señala el alumno- cerrada con un enrejado de madera que cerraba una puerta de tela metálica. Los días de asueto reuníanse algunos de los más listos e intrépidos, iban al tragaluz de la cueva, y después de haber forzado el candado de la puerta hasta conseguir abrirla, unían por los extremos tres o cuatro cinturones, con los cuales ataban a uno de nosotros, y le bajaban así a la cueva; tomaba éste su carga de leña e inmediatamente le volvían a subir. Ya obtenido el combustible, abrían a viva fuerza la puerta de tela metálica y encendían la estufa. Si la carencia de confort, de vigilancia y de higiene, eran allí verdadaderamente lamentable, tenía en cambio, la ventaja de contribuir a que aguzásemos el ingenio.

Pero cuando se nos sorprendía haciendo alguna de estas o parecidas travesuras, éramos severamente castigados: en ciertas ocasiones se nos condenaba a no tomar otro alimento que pan seco durante semanas enteras, y la sala de corrección estaba constantemente ocupada por uno de nosotros».

Y continúa el testimonio de este alumno que también narró una de las actividades que, con mayor frecuencia, se citan al hablar de esta època del Instituto: «Todos los jueves íbamos de paseo al Jardín Botánico; -expresa-, andábamos de dos en dos, y para guiarnos teníamos que cogernos a una cuerda guar- necida de nudos equidistantes.

La gente decía al vernos andar de esta manera: «¡Mirad, ya pasa la cadena!». Sólo nos distinguíamos de los galeotes en que no íbamos custodiados por gendarmes».

Completando su testimonio, este alumno formuló una reflexión de especial interés: «Hoy día los ciegos no pueden formarse una idea exacta de las muchas humillaciones de este género por los cuales era preciso pasar en aquella época en que los videntes encargados de nuestra educación, ignoraban aún hasta qué punto puede llegar nuestra destreza, por lo que nos exigían cosas muy superiores a las que un ciego, por experto que sea, puede practicar».

Fue a este Instituto, con estas condiciones materiales y este clima intelectual, al que ingresó Louis Braille.

Al principio sufrió mucho por el cambio. Todo aquello poco o nada se parecía a su casa y su familia, al aire despejado de Coupvray y a la ternura de padres y hermanos.

La amistad con dos alumnos le ayudó a superar las severas dificultades iniciales: Gauthier -que se destacó como músico- y Coltat -que fue uno de los que más información dejó acerca de Louis Braille-.

Poco a poco se fue adaptando, fue aprendiendo, fue compar- tiendo estudios y juegos. Fue allí, en ese vetusto y poco adecuado Instituto, que Braille se destacó, primero, como alumno y luego como maestro.

Y, como si todo esto fuera poco, también fue en el viejo edificio de la rue Saint Victor, donde trabajó intensamente hasta dar forma definitiva a su sistema de lectura y escritura.

Esto, solamente, hubiera dado un valor único al edificio; hubiera -decimos- ya que aunque parezca increíble no existe el local donde Braille inventó su sistema...

Es una verdadera pena que en París, donde todo se conserva, restaura y valora, no se haya guardado absolutamente nada de aquel edificio. Ni siquiera hay una modesta placa en ese sitio en que fue ideado el sistema braille. Nada.

Después que en 1843 el Instituto se mudó a su actual emplazamiento en el Boulevard des Invalides, el viejo edificio del Seminario de San Fermín fue reducido a menos de la mitad debido a una remodelación urbanística. Ya en nuestro siglo, lo que aún quedaba de aquel edificio, pasó a manos del Correo y en 1935 se demolieron sus últimos vestigios. Luego se construyó la Oficina Postal número 38. De la época de Braille nada sobrevivió. En la zona apenas si quedó, tal y como en los tiempos de Louis, el campanario de la iglesia de Saint Nicolas de Chardonet.

En aquel entonces, la iglesia estaba próxima al Instituto y a ella concurría el alumnado.

Allí Louis tomó la primera comunión y más tarde fue confirmado. Tampoco de estos hechos guarda memoria la iglesia: no hay una sola inscripción que lo recuerde.

La construcción inicial de esta iglesia data de 1243.

Pero lo más antiguo que de ella se ha conservado es el campanario que procede del 1625.

En su interior se conservan algunos cuadros de interés.

Resulta una experiencia interesante recorrer su piso: ir y venir por ese gastado, desgastado piso que tantos miles de personas han recorrido a lo largo del tiempo. Nuestros zapatos descubren fácilmente ese desgaste: el piso no es totalmente recto, tiene pequeños, a veces mínimos declives.

En el exterior de la iglesia, sobre la calle de las Bernadines, se encuentra la hermosa puerta de Le Brun. Estamos en el cartier Maubert. Para llegar desde el actual Instituto, en el Boulevard des Invalides, se puede tomar el Metro. Por la Línea 10 son seis estaciones desde d'Asterlitz, hasta Boulogne Saint Claud.

Estamos en la plaza de Maubert. Recorremos la calle de los panaderos, la de los cerveceros. Admiramos el edificio de la Fonoteca Nacional.

Pero lo que más nos atrae, es esa Oficina Postal ubicada entre la rue des Ecoles y Cardinale Lemoine.

Allí estuvo el Instituto al que ingresó Louis Braille y en el cual fuera alumno y profesor, e ideara su sistema de lectura.

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