Un mono, tonto -dijo Dennis. ¿Acaso no has visto nunca un mono?



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EL MONO


Cuando Hal Shelburn lo vio, cuando vio que su hijo Dennis lo sacaba de una maltrecha caja de cartón que había ido a parar al fondo de uno de los aleros de la buhardilla, el horror y el desaliento le invadieron con tal fuerza que a punto estuvo de soltar un grito. Se llevó una mano a la boca, como para rechazarlo, y... y lo arregló fingiendo que tosía en el puño. Ni Terry ni Dennis le prestaron atención; Petey, en cambio, se dio la vuelta y le miró con fugaz curiosidad.

—Mirad qué hermoso —exclamó Dennis con respe­to, un sentimiento que el propio Hal rara vez conseguía despertar ya en el muchacho. Dennis tenía doce años.

—¿Qué es? —quiso saber Petey, que miró otra vez a su padre antes de que los ojos se le fuesen de nuevo hacia el objeto que había hallado su hermano mayor—. ¿Qué es, papá?

—Un mono, tonto —dijo Dennis—. ¿Acaso no has visto nunca un mono?

—No le llames tonto a tu hermano —intervino Te­rry al momento. Estaba examinando una caja de corti­nas. La que tenía en las manos estaba cubierta de hon­gos y la soltó enseguida—. ¡Aj!

—¿Puedo quedármelo, papá? —preguntó Petey, que tenía nueve años.

—¿Cómo, quedártelo? —gritó Dermis—. Soy yo quien lo ha encontrado.

—Niños, por favor —dijo Terry—. Me está entran­do dolor de cabeza.

Hal apenas les oía. El mono que su hijo mayor tenía en las manos le miraba con ojos de apagado brillo y le sonreía con su vieja, conocida mueca. La misma que le había perseguido en sueños en su niñez, que no dejó de acosarle hasta sus...

Afuera corrió una ráfaga de aire helado y dos labios inmateriales hicieron sonar un breve silbo en el viejo, herrumbroso canalón del tejado. Petey se arrimó a su padre y los ojos se le fueron inquietos hacia el tosco techo del desván, donde eran visibles las cabezas de los clavos.

—¿Qué ha sido eso, papá? —indagó el niño cuando el silbido se apagó con un ronroneo gutural.

—El viento —repuso Hal, los ojos todavía fijos en el mono. Los platillos que éste tenía en las manos, seme­jantes a medias lunas de latón a la mortecina luz de la única bombilla, estaban inmóviles, separados por una distancia de quizá un palmo y medio. De forma maqui­nal, Hal añadió—: El viento sabe silbar, pero no llevar una tonada —y, dándose cuenta de que había repetido un dicho del tío Will, sintió un profundo estremeci­miento.

El sonido se repitió. El viento, alzándose del lago Cristal, llegaba en largas rachas zumbantes y se colaba por el canalón. Ligeras corrientes de frío aire de oc­tubre rozaron el rostro de Hal... Santo Dios, aquella buhardilla se parecía tanto al desván de la casa de Hartford, que era como retroceder treinta años, volver a la niñez.

«No quiero pensar en eso.»

Pero, como es natural, no lograba pensar en otra cosa.

«Fue en el camaranchón donde encontré ese conde­nado mono, en la misma caja.»

Terry se había alejado, agachada a causa de la in­clinación del techo, para examinar el contenido de un cajón de madera lleno de cachivaches.

—No me gusta —determinó Petey, y buscó la mano de su padres—. Que se lo quede Dennis si quiere. ¿Nos vamos, papá?

—¿Qué, cobarde, preocupado por los fantasmas? —apostrofó su hermano.

—Dennis, esa boca —le reprendió Terry distraída­mente. Acababa de encontrar una taza de delgadísima porcelana, de dibujo chino—. Esto es bonito. Es...

Hal vio que Dennis había encontrado la llave que, situada en la espalda del mono, servía para darle cuer­da. El terror se abatió sobre él con alas negras.

—¡ Deja eso!

Lo dijo con más viveza de lo que se proponía, y, an­tes de pensar en lo que hacía, le había arrancado el mono a Dennis de las manos. El niño se volvió hacia él y le miró sobresaltado. También Terry ladeó la cabeza, para mirarle, y Petey alzó hacia él los ojos. Siguió un instante de silencio, durante el cual el viento repitió su silbido, esa vez muy bajo, como una invitación desagra­dable.

—Es que probablemente esté roto —añadió Hal. «Solía estar roto... salvo cuando se le antojaba no estarlo.»

—Bien, pero no hace falta dar tirones.

—Dennis, cállate.

El niño parpadeó y, por un instante, pareció inquie­to. Hacía tiempo que su padre no le hablaba con tanta dureza. No lo había hecho desde hacia dos años, al perder su empleo en la National Aerodyne de Califor­nia y trasladarse a Texas. Decidió dejar las cosas como estaban... por el momento. Volvió a la caja de cartón v siguió revolviendo en ella; pero todo lo demás eran trastos viejos. Juguetes rotos, que perdían los muelles y el serrín.

El silbido del viento, de pronto más recio, se había convertido en aullido. El desván comenzó a crujir sua­vemente, con un ruido como de pisadas.

—¿Nos vamos, papá? —pidió Petey, cuidando de que sólo su padre le oyera.

—Si —repuso Hal—. Vamos. Terry.

—Todavía no he terminado de...

—Te he dicho que nos íbamos. Fue ella quien esa ve/ le miró sobresaltada. Habían alquilado dos habitaciones contiguas en un motel. A las diez de esa noche los niños dormían en su cuarto y Terry en la habitación del matrimonio. En el coche, volviendo de la casa de Casco, se había tomado dos Valiums, para impedir que los nervios le produje­ran una migraña. Últimamente tomaba mucho Valium. Había empezado con eso por la época en que la Natio­nal Aerodyne despidió a Hal. En los últimos dos años, él había estado trabajando en la Texas Instruments; el empleo le reportaba cuatro mil dólares menos por año, pero era un empleo. Le dijo a Terry que habían tenido suerte, y ella se mostró de acuerdo. Montones de técni­cos en informática estaban en ese momento en el paro, señaló él, y ella se mostró de acuerdo. Los alojamien­tos que la nueva empresa tenía en Arnette para los em­pleados, comentó Hal, no tenían nada que envidiarle a la casa de Fresno, y ella se mostró de acuerdo. Pero él pensó que toda aquella aquiescencia era mentira.

Y además estaba perdiendo a Dennis. Se daba cuen­ta de que el niño se le escapaba, se sustraía prematura­mente a su influencia. Hasta la vista, Dennis. Adiós, des­conocido. Muy agradable haber compartido contigo este trayecto de tren. Terry le había expresado su sospecha de que el niño estaba fumando marihuana. A veces per­cibía el olor. Tienes que hablar con él, Hal. Y en esa ocasión fue él quien se mostró de acuerdo. Sin embar­go, aún no había hablado con Dennis.

Dormidos los niños, dormida Terry, Hal entró en el cuarto de baño, cerró con llave, se sentó en la taza del retrete, que tenía bajada la tapa, y se quedó mirando al mono.

Detestaba su tacto, aquella sedosa piel color casta­ño, raída en algunos puntos. Y detestaba su sonrisa. «Ese mono sonríe exactamente como un negro», le ha­bía dicho tío Will en cierta ocasión. Pero no sonríe ni como un negó ni como ser humano alguno. Su sonrisa era toda dientes, y si uno le daba cuerda al mono, los labios se movían y los dientes parecían crecer hasta convertirse en los de un vampiro. Los labios se movían y los platillos entrechocaban ruidosamente. Odioso mono, odioso mono de cuerda, odioso, odioso...

Lo dejó caer. Tenía trémulas las manos, y lo dejó caer.

La llave golpeó el embaldosado al dar con el suelo con un ruido que pareció estrepitoso en el silencio. El mono se le quedó mirando con sus turbios ojos amba­rinos, ojos de muñeco llenos de estúpido júbilo, los platillos a punto de unirse, como si se dispusiera a atacar una marcha para alguna charanga infernal. En la parte inferior tenía marcado: made in hong kong.

—No puedes estar aquí —susurró—. Te tiré al pozo cuando tenía nueve años.

El mono le obsequió su sonrisa.

Afuera, en la oscuridad, una negra ráfaga de viento sacudió el motel.
Bill, el hermano de Hal, y Colette, su esposa, se reu­nieron con ellos al día siguiente en casa de tía Ida.

—¿Nunca se te ha ocurrido pensar que la muerte de un pariente es una forma aborrecible de estrechar lazos familiares? —le preguntó Bill con una insinuada son­risa.

Le habían puesto Bill por el tío Will. Bill y Will, los campeones del rodeo, solía decir el tío, revolviéndole el pelo al chiquillo. Era otro de sus dichos: como el de que el viento sabe silbar, pero no llevar una tonada. El tío Will había muerto seis años atrás, y tía Ida había continuado viviendo en la casa, sola, hasta la semana anterior, cuando se la llevó una apoplejía. Fue muy re­pentino, dijo Bill al telefonear a Hal para participarle la noticia. Como si le constara aquello, como si le cons­tara a alguien. Tía Ida había muerto sola.

—Sí —respondió Hal—, se me ha ocurrido pensarlo. Recorrieron juntos la casa, el hogar en que habían pasado su adolescencia. El padre, un marino mercante, había desaparecido así, sin más, como borrado de la faz de la tierra, cuando ellos eran muy pequeños. Bill aseguraba acordarse de él vagamente, pero Hal no guardaba de su padre el menor recuerdo. La madre había muerto cuando Bill contaba diez años y Hal ocho. Tía Ida fue a buscarlos a Hartford y se los trajo en un autobús de la línea Greyhound. Y en aquella casa ha­bían crecido, y de ella salieron para ingresar en la uni­versidad. Era el hogar que añoraban. Bill se había quedado en Maine, y ejercía el derecho en Portland, donde disponía de una buena clientela.

Hal vio que Petey se había alejado hacia el lado este de la finca, donde crecían las zarzamoras en endiablada maraña.

—Petey, no te acerques ahí —le gritó. El niño se volvió con expresión inquisitiva. Hal sin­tió una oleada del elemental amor que Petey le inspira­ba y pensó nuevamente en el mono...

—¿Por qué, papá?

La respuesta se la dio Bill.

—El viejo pozo queda por ese lado. Que me aspen si sé dónde. Pero tu padre tiene razón, Petey: no con­viene andar por ahí. Te podrías hacer mucho daño con las zarzas. ¿No es eso, Hal?

—Eso mismo —respondió él maquinalmente. Petey se apartó de allí, sin tan siquiera girar la ca­beza, y echó a caminar, terraplén abajo, hacia la playita donde Dennis jugaba a hacer cabrillas. Hal tuvo la sen­sación de que un nudo se le aflojaba en el pecho.

Si Bill había olvidado dónde se encontraba el viejo pozo, Hal se encaminó hacia allí sin vacilar, a la caída de la tarde, abriéndose paso con el hombro entre los zarzales que se le prendían en la chaqueta de franela y le buscaban los ojos. Llegado a su punto de destino, se detuvo, respirando afanosamente, y clavó los ojos en las podridas, alabeadas tablas que cubrían la boca. Tras un breve debate interior, se arrodilló —las rodillas le chasquearon con un doble estampido— y apartó dos de los maderos.

Desde el fondo de aquella garganta húmeda, forrada de piedras, le miró, muy grandes los ojos, contraída la boca, el rostro de un ahogado. Se le escapó un ge­mido. No sonó muy fuerte, salvo en su corazón. Allí había sido estruendoso.

La cara que flotaba en el agua oscura era la suya.

No era, como creyó durante un instante, la del mono.

Estaba temblando. Temblando todo él. «Lo tiré al pozo. Dios mío, no permitas que pierda la razón. Lo tiré, lo tiré al pozo.»

El pozo se había secado el verano en que murió Johnny McCabe, cuando Bill y Hal llevaban un año vi­viendo con los tíos. Tío Will pidió un préstamo en el banco, para hacer excavar un pozo artesiano, y las zar­zas rodearon el otro, el viejo. El pozo seco.

Sólo que el agua volvió. Como había vuelto el mono. Esa vez le fue imposible contener el recuerdo. Sen­tado allí, impotente, Hal dejó que se acercase y trató de deslizarse con él como quien, subido en una tabla de surf en una ola gigantesca, trata de avanzar con ella, sabiendo que si cae resultará aplastado, en la esperanza de que la onda se disuelva.

Se había internado allí con el mono a finales de aquel verano. El olor de las moras, que ya habían brota­do, era intenso, sofocante. Nadie se acercaba a recolec­tarlas, excepto tía Ida, que a veces, orillando el zar­zal, recogía en el delantal el equivalente de un cuenco. Así pues, en el interior, las moras habían madurado en exceso, y algunas, pudriéndose, rezumaban un sustan­cia blanca y espesa, como pus, y abajo, entre la alta hierba, los grillos repetían enloquecedoramente su can­to infinito: criii-cri-cri...

Las espinas se le clavaban, le punteaban de sangre las mejillas y los brazos desnudos. No hizo esfuerzo al­guno por evitar su aguijonazo. Le dominaba un terror ciego... tan ciego, que estuvo a un paso de caer sobre la podrida tablazón que cubría la boca del pozo, a un paso, quizá, de caer a su cenagoso tondo, diez metros más abajo. Lanzó al aire los brazos, buscando equili­brio, y nuevas espinas se le hincaron en ellos. Era ése el recuerdo que le había movido a llamar a Petey con viveza.

Eso sucedía el día que murió Johnny McCabe, su mejor amigo, subiendo los peldaños que daban acceso a la casa elevada que tenía en un árbol del patio trase­ro. Habían pasado allí largas horas aquel verano, ju­gando a piratas que avizoraban imaginarios galeones en el lago y, quitando los tapabocas a los cañones y arri­zando las rastreras (¿qué sería eso?), se preparaban para el abordaje. Subía Johnny a la casa del árbol como hiciera antes un millar de veces, cuando el peldaño que tocaba a la trampilla se le quedó en las manos, y Johnny cayó de una altura de diez metros y se desnucó, y todo por culpa del mono, del odioso, del maldito mono. Cuando sonó el teléfono, cuando tía Ida abrió muy grande la boca para luego formar con ella una O de horror ante la noticia que le daba su amiga Milly, la del final de la calle, y cuando le dijo: «Sal al porche, Hal, que he de anunciarte algo muy triste», él, enfermo de espanto, pensó: «¡El mono! ¿Qué habrá hecho esta vez el mono?»

El día que arrojó el mono al pozo, no vio su cara atrapada en el fondo: sólo los adoquines que lo empe­draban, y el fango, húmedo y pestilente. Se volvió hacia el muñeco, que yacía en la hierba hirsuta, entre la ma­raña de zarzamoras, los platillos inmóviles, los dientes asomando enormes por los labios entreabiertos, la piel cubierta de clapas y raídos, vidriosos los amarillentos

ojos, y siseó:

—Te odio. Al empuñar su cuerpo asqueroso, sintió el crujido de la velluda piel. Y cuando lo alzó ante sí, el mono le sonrió en la cara.

—¡Anda, atrévete! —le retó, rompiendo a llorar por primera vez aquel día. Y lo zarandeó. Los platillos tem­blaron ligerísimamente. El mono estropeaba todo lo bueno. Todo—. ¡ Adelante, toca! ¡ Toca!

El mono se limitaba a sonreír.

—¡ Vamos, haz sonar los platillos! —gritó con voz histérica—. ¡Cobarde, gallina, hazlos sonar! ¿A que nO, A QUE NO TE ATREVES?

Aquellos ojos pardos... Aquella desbocada sonrisa de júbilo.

Entonces, loco de pesar y de miedo, lo arrojó al pozo. Lo vio dar una vuelta en su caída, en una acroba­cia simiesca, y el sol arrancó un último destello a sus platillos. Cayó al fondo con un golpe sordo que debió disparar su mecanismo, pues los platillos se pusieron a entrechocar de pronto. Su golpeteo metálico, sostenido, maquinal se elevó reverberante y agónico en la pétrea garganta del pozo muerto: yang-yang-yang-yang...

Se llevó las manos a la boca, y por un instante le pareció verlo allí abajo, quizá producto sólo de la ima­ginación, tendido en el fango, los ojos clavados en la circunferencia de su carita de niño asomada al borde del pozo (como para no olvidarla jamás), los labios dilatándose y contrayéndose en su sonrisa dentada, los platillos entrechocando, convertido en un falso mono de cuerda.

«Yang-yang-yang-yang, ¿quién ha muerto? Yang-yang-yang-yang, ¿será Johnny McCabe, volando en el aire claro de las vacaciones estivales, ejecutando su pro­pio salto mortal, muy abiertos los ojos, con el rajado peldaño todavía en las manos, camino del suelo, que gol­pea con un único, amargo chasquido, y donde le escapa la sangre por la nariz, por la boca, por los ojos tan abiertos? ¿Es ése Johny, Hal? ¿O eres tú?»

Gimiendo, Hal, cubrió con las tablas el agujero. Se había clavado astillas en los dedos, sin que le importara, sin que ni tan siquiera se diese cuenta de ello hasta más tarde. Y aun con eso, aun tapado por las tablas, se­guía oyéndolo, ahora asordinado, y en cierto modo to­davía peor precisamente por eso: estaba allí abajo, en la pétrea oscuridad, entrechocando los platillos, sacudien­do su repulsivo cuerpo, mientras el sonido ascendía como los que se perciben en sueños.



Yang-yang-yang-yang. ¿Quién ha muerto esta vez?

Salió impetuosamente del zarzal, luchando con la maraña de sus tallos. Las púas le abrieron en la cara nuevos arañazos que sangraban profusamente, y se le prendieron bardanas en los dobladillos de los téjanos, y cayó una vez cuan largo era, con los oídos zumbándo­le todavía, como si el mono le hubiera seguido. Tío Will le encontró más tarde en el garaje, sentando en un vie­jo neumático y llorando, y pensó que las lágrimas se debían a la muerte de su amigo. Y así era, pero también había llorado de tardío terror.

Al mono lo había tirado al pozo por la tarde. Al ano­checer, conforme el crepúsculo se deslizaba por un es­pejeante manto de niebla baja, un coche que circulaba muy de prisa para tan poca visibilidad, atropello en la carretera al gato rabón de tía Ida y siguió su camino sin detenerse. Encontraron tripas por todas partes, y Bill vomitó; pero Hal se limitó a volver la cara, pálida e inmóvil, oyendo los sollozos de tía Ida (aquello, su­mado a la noticia de lo ocurrido al chico de los Mc­Cabe, le había causado una crisis de llanto semihistéri-co que a tío Will le costó casi dos horas calmar) como si llegasen de una distancia de kilómetros. Tenía el corazón exultante de un frío gozo. No le había tocado a él el turno, sino al gato rabón de tía Ida; no a él ni a su hermano Bill ni a su tío Will (los dos campeones del rodeo). Y, entretanto, el mono había desaparecido. Es­taba en el fondo del pozo. Y un viejo gato rabón con garrapatas en las orejas, no resultaba un precio dema­siado alto. Con eso, si el mono quería tocar sus ende­moniados platillos, que lo hiciera. Le oirían los escara­bajos, los oscuros bichos y las sabandijas que anidaban en la garganta empedrada del pozo. Se pudriría allí abajo; sus malditos resortes, sus ruedas y sus muelles se oxidarían en el fondo del pozo. Se quedaría allí, en el fango. Las arañas le tejerían un sudario.

Pero... había vuelto.

Como hiciera aquel día, Hal volvió a tapar el pozo. Lo hizo despacio, creyendo oír el espectro de un eco de los platillos del mono: «Yang-yang-yang-yang. ¿Quién va a morir, Hal? ¿Será Terry? ¿Será Dennis? ¿O acaso Petey, Hal? Él es tu predilecto, ¿verdad? ¿Va a morir él? Yang-yang-yang...».
—¡ Suelta eso!

Con una mueca dolorida, Petey dejó caer el mono y, por un instante de pesadilla, Hal pensó que era cosa hecha: que el golpe dispararía su mecanismo y los pla­tillos comenzarían a entrechocar.

—Papá, me has asustado.

—Lo siento. Es que... no quiero que juegues con este mono.

Los otros se habían ido al cine, y él pensó que lle­garía antes que ellos al motel. Pero, sin percatarse de ello, se había quedado en la antigua casa más de la cuenta: los viejos, odiosos recuerdos parecían evolu­cionar en el ámbito de un tiempo propio y eterno.

Terry estaba sentada junto a Dennis, frente a la te­levisión, viendo Los Beverly ricos. La abstraída concen­tración con que miraba la gastada cinta hablaba de una reciente toma de Valium. Dennis estaba leyendo una revista de rock que tenía en la tapa el emblema del Cul­ture Club. Y Petey, sentado a la turca en la alfombra, había estado trasteando con el mono.

—Total, si tampoco funciona... —dijo el pequeño. «Lo cual explica que Dennis se lo dejara», pensó Hal, y en seguida sintió vergüenza de sí mismo y enojo. Aquella invencible hostilidad hacia Dennis, que le em­bargaba con creciente frecuencia, le hacía sentirse des­pués envilecido y vulgar... además de impotente.

—No, no funciona —dijo—. Es viejo. Dámelo. Voy a tirarlo.

Tendió la mano, y Peter se lo entregó, con expresión turbada.

Dennis le dijo a su madre:

—Papá se está convirtiendo en un condenado esqui­zofrénico.

Sin siquiera darse cuenta de lo que hacia, con el mono en una mano y sonriendo como si manifestara aprobación, Hal cruzó el cuarto y levantó a Dennis de la silla, agarrándole por el cuello de la camisa. Un cru­jido marcó el desgarrón de una costura. El sobresalto de Dennis tenía algo de cómico. Rock Wave que estaba leyendo cayó al suelo.

—¡ Oye!

—Ven conmigo —dijo Hal con expresión severa, en tanto arrastraba al chico hacia la habitación contigua.



—¡ Hal! —exclamó Terry, casi con un grito. Petey se limitó a mirar con ojos como platos.

Empujó a Dennis al otro lado. Luego cerró la puerta violentamente, y con la misma violencia lanzó contra ella a Dennis. Al chico se le empezaba a ver asustado.

—Esa lengua te está creando problemas —dijo Hal,

—¡Suéltame! ¡Me has roto la camisa, so...! Hal volvió a lanzarlo contra la puerta.

—Sí —dijo—. Te está causando verdaderos proble­mas. ¿Dónde has aprendido ese lenguaje? ¿En la escue­la? ¿O en el fumadero?

Dennis se sonrojó, la cara afeada momentáneamen­te por el sentimiento de culpa.

—¡ No estaría en esa escuela de mierda si a ti no te hubieran dado la patada! —estalló.

Hal le arrojó de nuevo contra la puerta.

—A mí no me dieron la patada; me licenciaron, como sabes. Y no necesito oír majaderías tuyas al res­pecto. ¿Tienes problemas? Bienvenido al mundo, Den­nis. Pero no me los cargues todos a mí. Comes a diario y llevas tapado el culo. Tienes doce años, y con doce años, no... necesito... ninguna... de tus majaderías —puntuó las palabras tirando del chico hasta casi que­dar nariz con nariz, para luego arrojarle nuevamente hacia la puerta.

El daño era considerable, pero el miedo era mayor: su padre no le había puesto una mano encima desde el traslado a Texas, y Dennis rompió a llorar de pronto, con los estridentes, sanos, explosivos sollozos de un muchacho de corta edad.

—¡Anda, pégame! —le chilló a Hal, el rostro con­vulso, enrojecido—. ¡Pégame si quieres, ya sé el maldi­to odio que me tienes!

—Yo no te odio. Te quiero mucho, Dennis. Pero soy tu padre y tienes que respetarme, así te lo haya de enseñar a porrazos.

Como el chico tratara de desprenderse, Hal le atrajo hacia sí y le abrazó. Dennis se resistió un momento, y luego apoyó la cara en el pecho de Hal y se puso a llorar como agotado. Un llanto semejante no se lo había oído Hal a ninguno de sus dos hijos en muchos años. Dándo­se cuenta de que también él estaba exhausto, cerró los ojos.

Terry se puso a aporrear el otro lado de la puerta.

—¡ Hal, basta ya! No sé qué le estás haciendo al chico, pero ¡ basta ya!

—No le estoy matando —repuso Hal—. Déjanos, Terry.

—No se te...

—No pasa nada, mamá —la atajó Dennis, la voz amortiguada por el pecho de Hal y consciente, antes de que su madre se retirara, del perplejo silencio de ella.

Hal volvió a mirar al chico.

—Siento haberte insultado, papá —dijo Dennis a regañadientes.

—Muy bien, acepto agradecido la disculpa. Y la se­mana que viene, Dennis, cuando volvamos a casa, de­jaré pasar dos o tres días y luego registraré todos tus cajones. Si guardas allí algo que no quieres que yo vea, conviene que te deshagas de ello.

Sintiendo una nueva oleada de culpabilidad, Dennis bajó la vista y se limpió los mocos con el revés de la mano.

—¿Puedo marcharme ya? —su tono volvía a ser hu­raño.

—Claro —respondió Hal y le soltó.

«Me lo tengo que llevar de acampada esta primave­ra, los dos solos. Saldremos de pesca, como solíamos hacer con tío Will. Tengo que acercarme a él. Tengo que intentarlo.»

Se sentó en la cama del cuarto vacio y miró al mono. «Nunca volverás a estar cerca de él, Hal —parecía decir su sonrisa—. No cuentes con eso. He vuelto para ha­cerme cargo de la situación, como siempre supiste que terminaría por hacer un día.»

Apartó al mono y se cubrió los ojos con la mano.

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