Una guerra que se libra, pero no se nombra



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MÉXICO: EN EL LABERINTO DE LA CONTRADICCIÓN

“UNA GUERRA QUE SE LIBRA, PERO NO SE NOMBRA”

Cristina Ávila Zesatti

xtina.avila@gmail.com

Escola de Cultura de Pau.UAB



A modo de justificación personal
Creí mi hogar apagado // y revolví la ceniza… // ¡Me quemé la mano! ”
Esta cita de un poema de Antonio Machado que yo desconocía, la leí en “Procesos de Paz y Negociación”, uno de los libros de Vicenc Fisas propuesto como bibliografía del Postgrado de Cultura de Pau.
Comienzo con ella esta presentación, pues el fragmento describe con precisión el proceso de lo que me ha ocurrido a lo largo de estos meses; un sentimiento que hoy se acentúa mientras intento con dificultad elaborar el trabajo de fin de curso. Mi tema: “La Violencia en México”.
No es el consabido temor a la página en blanco lo que hoy me paraliza. Sino precisamente la desconcertante, triste y enorme cantidad de datos sobre este tema, los que amenazan con superarme. Comprendo y acepto desde ahora que este documento adolecerá de un estricto rigor académico; mientras que la objetividad, premisa idónea en mi profesión de periodista, también se echará en falta.
Como contrapartida a esas carencias, seré veraz. Seré sincera y seré propositiva. Intentaré que sea un texto comprometido sin por ello perder la coherencia. Pero comprendo que una investigación cuyo desarrollo me ha hecho llorar y temblar, no puede ya acogerse a la disciplina del mero raciocinio, con exposición de hechos, cifras y conclusiones. Un escrito objetivo, que mide sus distancias, sería sin duda el ensayo ideal, pero en los textos universitarios el corazón no debe mezclarse y yo no he tenido más opción que darle paso y cabida al corazón y las emociones. Me duele mi país y es precisamente por ello –y a pesar de ello- que no he querido desistir en mi intento de abordar tema.
Tengo serias dudas sobre si soy una voz autorizada. Después de todo, he optado por una suerte de autoexilio. Cierto, he sufrido la violencia mexicana: he sido victima de una violación, de un atraco y un secuestro (de los llamados secuestros-express, porque sólo dura algunas horas). He padecido el miedo. Y sin embargo, no represento a la media de los millones de personas sometidas a toda clase de violencias que se viven en México, que pasan desde la violencia estructural, cultural y directa. Mi familia no ha sido sometida durante generaciones a la represión y los cacicazgos. No he sufrido la discriminación, puesto que no tengo rasgos indígenas, no hemos tenido que pedir limosna para sobrevivir y en cambio he podido acceder a la educación superior. No provengo de una familia disfuncional, ni ninguno de mis familiares ha estado ligado al mundo de las drogas o el narcotráfico. En mi entorno más cercano nadie ha muerto de manera violenta ni está recluido en la cárcel. Ninguna mujer de mi familia ha sido asesinada por el sólo hecho de ser mujer y trabajar en la frontera. No hemos emigrado del país obligados por una insostenible situación de hambre y pobreza. Nadie que yo conozca de primera mano ha muerto en el desierto en su intento de atrapar un sueño. Yo en cambio, tengo acceso a la seguridad social y mi familia siempre ha contado con un techo y un sustento medianamente digno. Lo afirmo sin lugar a dudas: en un país como México puedo considerarme una persona privilegiada, muy alejada de la realidad del mexicano promedio.
Es por eso que siento una necesidad casi moral de acercar la lupa sobre todos estos temas, todas estas violencias que se superponen las unas a las otras en una espiral con principios inexplorados y final desconocido, y que han representado la cruel existencia de varias generaciones en mi país. Acercar la lupa, pero además y sobre todo, exponer una visión de conjunto, una sucesión de detalles violentos que vistos por separado son preocupantes, pero que analizados de manera interdependiente y en panorámica, son alarmantes.
Si “complejidad y contradicción” son las palabras que mejor definen al lugar donde he nacido, en el tema de la violencia, la regla se repite de nuevo: es cierto, México no está en guerra, pero es igualmente verdadero que México no está en paz.
Busco en el diccionario la palabra Serendipia, y amén de la peculiar historia del vocablo que nos fue descubierto por Jean Paul Lederach, encuentro que así se describe al ‘modo en que se produce un descubrimiento trascendental, y que se realiza gracias a un accidente o una extraña casualidad’.
Casi por casualidad llegué a la Escola de Cultura de Pau, convencida de que este curso me ayudaría a profundizar en mis conocimientos sobre los conflictos internacionales, -como de hecho ha sucedido-. Lo que no imaginé nunca fue que este curso haría crecer en mí eso que algunos llaman “la semilla del destino”, puesto que durante años, he convivido con una voz interior que me decía que “la violencia de México no podía (o no debía) ser normal”. Y sin embargo la ensordecedora voz de la realidad cotidiana, aunado a un persistente susurro de resignación social, me hacían dudar.

Ha valido la pena remover las cenizas. Leer a detalle la información sobre la violencia en México efectivamente me ha vuelto a lastimar, pero cuando hay dolor, no hay indiferencia y cuando hay indignación hay una semilla. Ésa es la lección. Al menos he descubierto que aún me quedan energías y motivos para trabajar por un hogar al que creía devastado, tanto adentro como afuera.


Hoy que soy capaz de mirar de otra manera al mundo y especialmente a mi país, comprendo que efectivamente, los mexicanos “hemos normalizado lo anormal” como un mecanismo (poco eficaz) para evitar el sufrimiento. Estudiar las guerras desde la perspectiva de la paz, me ha devuelto la confianza en esa voz, la que me dice que tanto interna como externamente, es posible caminar el camino de la paz cuando la voluntad y la imaginación se imponen al conformismo y a la violencia.
Y para terminar la justificación de tantas emociones encontradas, presentes en este trabajo, cierro con otro párrafo del mismo poema de Machado, a modo de ilustrar la metamorfosis que en mí se ha producido durante este curso de Paz, la misma que espero, un día le ocurra a México:
Tras el vivir y el soñar // está lo que más importa: Despertar “

(…) pobre México: tan lejos de Dios y



tan cerca de Estados Unidos”

Porfirio Díaz
1.- INTRODUCCIÓN. La (in) definición de México.
Aunque a nivel nacional no existe una cifra unificada, se calcula que en México muere un promedio de 14 mil personas en hechos violentos, (asesinatos, secuestros, ejecuciones extra-judiciales, enfrentamientos entre narcotraficantes, etc.) y cuyas víctimas pertenecen en un 90 % a la población civil, mientras que el 10% restante pertenece a corporaciones policíacas y militares. Esta media actual, ha ido en aumento a partir de la década de 1990, aunque los hechos de violencia directa en México siempre han sido una constante a lo largo de su historia.
En su libro Procesos de Paz y Negociación, Vicenc Fisas afirma que: “Un parámetro tradicional para clasificar la guerra es cuantificando el número de víctimas a lo largo de un año y a lo largo de su historia”. Asimismo, define como conflicto armado a “todo enfrentamiento protagonizado por grupos de diversa índole que con armas u otros medios de destrucción, provocan más de cien víctimas en un año a través de actos intencionados –sea cual fuere su justificación” 1
Si nos ceñimos con precisión textual a las premisas anteriores, podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que “México es un país que está en guerra”. Más aún, podríamos afirmar que el ‘conflicto armado interno’ se prolonga después de varias décadas de su historia reciente y que en todo caso, este conflicto sólo ha mutado en cuanto a la naturaleza de sus protagonistas. Diferentes máscaras en la representación de una misma tragedia. Las víctimas y las reivindicaciones en cambio, son las mismas desde tiempos incluso anteriores a la historia más reciente: población civil, indígenas y los sectores más vulnerables de las zonas marginadas.
Pero no es tan sencillo. Definir a México nunca ha sido una tarea fácil. México es un país que cabe en muchas definiciones aún cuando esas definiciones se contradigan entre sí. Tautologías y negaciones repetidas ad-infinitum, hacen de este país un particular objeto de estudio; tan particular y complejo, que hasta la fecha nadie puede aseverar casi nada sobre él sin apresurarse a acotar una ‘aclaración’ sobre la afirmación reciente.
Por ejemplo: La economía mexicana ocupa el 12º puesto en el ranking mundial. El producto interno bruto del 2004 ascendió a 685.000 millones de dólares, superando con ello al PIB de España y Brasil.2 Un país con potencial, como lo define con frecuencia la prensa internacional. Contradicción: en este gigante de 110 millones de habitantes, el 8º más poblado del mundo, 40 millones presentan problemas de desnutrición por pobreza extrema.
Un país particular, inexplicable para muchos, en definitiva inabarcable, que sin embargo, jamás ha permitido que nadie lo defina desde fuera. La capacidad de autodefinición del mexicano es quizá una de sus grandes fuerzas. Para muestra un botón: sobre el tema de la economía y la pobreza, un exquisito dato gubernamental afirma que “entre el año 2002 y 2004, más de 3.5 millones de personas dejaron de ser ‘extremadamente pobres’.3 Y para rizar el rizo, una segunda autodefinición mexicana que no surge del gobierno sino de investigadores mexicanos, que nos explican que en ese periodo, los 3.5 millones de personas dejaron la pobreza extrema puesto que incrementaron sus ingresos mensuales en 5 dólares más con respecto al 2001.
Los datos económicos de México son siempre un testimonio que evidencia el grado de violencia estructural que subyace y persiste en este país latinoamericano desde épocas incluso anteriores al periodo de su llamada “Revolución” (1910-hasta finales de la década de los años veintes).
Debido a esta serie de contradicciones e indefiniciones que se repiten hasta la saciedad, México no está clasificado como un país en cuyo territorio se libre una guerra en términos de parámetros establecidos. En este trabajo, sin embargo, intentaré demostrar que el país modelo de la región latinoamericana, es presa de una serie de conflictos superpuestos, la mayoría de ellos con evidentes signos de violencia directa y con profundas raíces de violencia estructural y cultural.
En la actualidad, efectivamente no existe uno o varios grupos armados con reivindicaciones sociales o políticas organizadas que se enfrenten abierta y directamente a las fuerzas gubernamentales. –Aunque estos grupos han existido, y han sido liquidados sistemática y eficazmente- como se verá más adelante.
Quizá por ello –para desconsuelo de las víctimas y contento de los agresores- México no cabe dentro de la lista de países sumidos en una “guerra formal”. Y sin embargo, la “informalidad” de sus diversas y muy contundentes violencias, y el hecho de no aparecer en las listas negras internacionales, no libera a la población del miedo y mucho menos aún, la redime de sus efectos mortales.

Si somos víctimas del pasado, sólo podemos rebelarnos contra él



o aceptarlo como un destino y resentirnos

de quienes nos lo impusieron”

Sam Keen
2.- Una breve historia de contradicciones

Al igual que otros Estados de Latinoamérica, México es una nación joven, cuya democracia está plagada de fallos desde su nacimiento mismo. De hecho, la Revolución Mexicana estalla precisamente por una serie de reivindicaciones que a la fecha, casi un siglo después, siguen tan vigentes como insatisfechas para los mismos sectores que la encabezaron en su momento.


Así nos da cuenta de ello el diccionario digital:

La lucha armada se origina tras el fraude electoral perpetrado en 1910 por el General Porfirio Díaz, quién se había mantenido de manera casi ininterrumpida en la presidencia de México durante más de 30 años. La presidencia de Díaz se había caracterizado por impulsar la industrialización y pacificación del país a costa de la sobreexplotación de las clases campesina y obrera, concentrando la riqueza, el poder político y el acceso a la educación en un puñado de familias poseedoras de grandes latifundios y en algunas empresas de origen extranjero, principalmente francesas, británicas y estadounidenses.


Diversos rebeldes y caudillos populares respondieron al llamado pero nunca formaron un movimiento homogéneo ni compartieron los mismos ideales. Lo mismo peleaban campesinos indígenas encabezados por Emiliano Zapata, quienes reclamaban el robo ancestral de sus tierras, que las tropas de Francisco Villa, un forajido que extendió los conflictos hasta el territorio de los Estados Unidos. Entre estos caudillos y rebeldes estuvieron también las mujeres llamadas ‘Adelitas’ o ‘soldaderas’ que participaron activamente en el conflicto armado. 4

-Permanencia en el poder.

-Fraudes electorales.

-Sobreexplotación de las clases campesina y obrera.

-Concentración de la riqueza.

-Empresas extranjeras explotando los recursos nacionales.

-Indígenas desposeídos,

-Forajidos.

-Mujeres excluidas.

-Intentos continuados de pacificación del país (o ensayos por aplacarlo)

Nada de esto ha sido erradicado. Aunque nadie (nadie) puede afirmar categóricamente que México no ha cambiado desde entonces.
La historia nos dice que finalizada la lucha, con la promulgación de la Constitución de 1917 -que aún rige en México- y una vez terminado el llamado periodo de la “lucha cristera” (conflicto religioso superpuesto a la Revolución, que no terminó en 1917 sino hasta 1930), el país inició una ‘nueva etapa’.
Después de una serie de traiciones y asesinatos continuados entre los líderes combatientes, finalmente la incipiente (y mal llamada) democracia se inicia formalmente entre los años 1929 y 1949, cuando los herederos de la lucha armada deciden consolidar la formación de un partido político cuya contradicción nominal no le restará eficacia. Y de nuevo nos encontramos frente a la singularidad a la mexicana: Se trata de un partido político, que es “revolucionario” pero que es también “institucional”. Esta organización política, con la paradoja misma por nombre, habrá de definir y cimentar a México en lo que resta del siglo XX.
Durante las primeras cuatro décadas del periodo conocido como presidencialismo, el país demostró un impresionante crecimiento económico. La estabilidad política y financiera fue el origen de lo que algunos llamaron en ese momento el “milagro mexicano”. Pero de nuevo: definir a México no es tan sencillo; pues este mismo periodo ha sido también calificado como “la dictadura perfecta”, 5 mientras que otros la llamaron simple y llanamente “la democracia del dólar”6

Efectivamente, ni a nivel internacional ni a nivel nacional pudo nunca acusarse formalmente a México de no ser un país democrático. El sufragio efectivo y la no reelección, fue un lema religiosamente respetado por el Partido Revolucionario Institucional que celebraba elecciones cada 6 años, evitando así –a su manera- que se repitiera la experiencia de la autocracia porfirista.


Pero México es un país peculiar: tendrían que pasar 40 años antes de que un candidato de oposición ganara apenas una elección estatal. 7 El partido que hizo la revolución, no dejó la silla presidencial en 71 años: un fenómeno único en el mundo. Los antiguos revolucionarios que se alzaron en armas para combatir al dictador y las injusticias sociales, no hicieron más que afinar la maquinaria de una dictadura mucho más efectiva y menos evidente, al tiempo que consolidaron una injusticia social mejor orquestada y peor aún: legitimada.
Hay quien dice que si no aprendemos una lección, estamos condenados a repetirla. Es triste reconocerlo, pero todo lo que México quiso y no pudo romper con la lucha armada revolucionaria, lo aceptó después de ella bajo un alo de muy dudosa legalidad, en un acto casi de prestidigitación política que duró 71 años de facto, pero cuya imaginería, ese arte de pintar imágenes sagradas, perdura hasta la fecha.
México aceptó que todo fuera como antes de la Revolución y aceptó que las cosas marcharan aún peor: Manipulaciones, represiones, injusticias sociales, sobre-explotación campesina y obrera, discriminación indígena, fraudes electorales, magnicidios, permanencia en el poder, violencia de género, impunidades de todo tipo, genocidios y un largo etcétera.
Con más de 7 décadas en el poder, mucho (mucho en verdad) se le puede criticar al PRI, pero una cosa es evidente: los mexicanos nos acostumbramos o nos resignamos a esta forma de hacer política, a esta arquitectura de poder perverso, al abrigo de la cual levantamos nuestros techos durante generaciones, aún a sabiendas de que los cimientos sobre los que construimos una nación, eran como los del antiguo valle del México azteca: de barro. 8
Ese es el gran triunfo del partido que torció la voluntad de un país, pero no nos engañemos: los caminos son siempre de dos vías. La existencia y permanencia del PRI es también el gran fracaso de la sociedad mexicana que se convirtió en un testigo pasivo de su propia historia.
Con tal de no enfrascarse nuevamente en una guerra civil, podría decirse que México firmó un cheque en blanco y cuando lo hizo, refrendó así una larga época de violencia estructural, difusa y continuada. Una violencia que hoy vuelve a ser directa y cruel, y que va en escalada. Una violencia en la que resulta muy difícil señalar a los culpables, porque sus orígenes son ancestrales y también porque en realidad, todos somos actualmente co-responsables.
Ésa es quizá la otra cara de la moneda en los muchos combates que vive México, pues a excepción de brotes puntuales de resistencia, lo cierto es que a lo largo de casi un siglo, la sociedad civil en sus peores momentos, ha permanecido en silencio, mientras que en sus mejores épocas ha estado completamente desarticulada, (y a veces enfrentada) disgregada en organizaciones de aquí y de allá, cada una centrada en “sus propios crímenes y en sus propios muertos” que como veremos a continuación, son muchos y por motivos muy diversos.

“…Y si el trauma nos abruma, no solamente te roerá las entrañas,



sino que estará al mando, dirigiendo tu vida o la de una nación,

llevando todo hacia unos ciclos interminables de venganza”

Johan Galtung


3.- Listas positivas y listas negativas. México: el gran presente. El gran ausente
3.1.- Las listas en las que México no está (pero sí está)
En México hay un dicho popular que reza: “Farol de la calle y oscuridad de su casa”. Sin duda, uno de los mayores aciertos de la historia mexicana ha sido el de su política exterior. México se ha apresurado a firmar todos los acuerdos internacionales en todas las materias posibles, sobre todo, aquellos que se refieren a la economía, los derechos humanos y el derecho internacional humanitario, por citar los más relevantes.9
Efectivamente, México está en todas las listas de países que apoyan el progreso en todos sus ámbitos. Pero parecería que una vez con la firma impuesta en documentos internacionales, una vez “tomada la foto”, sus declaratorias se vuelven letra muerta para los gobernantes signatarios y por ende para sus gobernados, ignorantes casi siempre de los contenidos de dichos convenios y tratados.
Y si hemos insistido en que la contradicción hace parte fundamental de su historia, hemos también de aceptar que contradicción e incoherencia suelen ir de la mano, puesto que al mismo tiempo, México es el gran ausente en otro tipo de “listados internacionales”. Listados que describen y definen muchas (cuando no todas) las características de la experiencia mexicana.
Por ejemplo, conociendo la historia y la realidad reciente de mi país, tanto a nivel económico como social y político, mucho me asombra la ausencia de su nombre en una peculiar lista: la lista de los llamados “Estados Frágiles” y que constituyen hoy en día una de las grandes preocupaciones del sistema internacional.

Pero ¿Es posible definir a México como un Estado Frágil? Algunos dirán que no, puesto que efectivamente, ‘no está en la lista’, una lista compuesta, es cierto, casi en su mayoría por Estados Africanos, 10 muchos de los cuales han sido incluso declarados ya “Estados Fallidos” – o en colapso- y que se caracterizan por carecer de legitimidad política, por su incapacidad para garantizar la seguridad y los derechos de sus ciudadanos, así como por su inhabilitación para asegurar el acceso a bienes básicos, para la mayoría de sus ciudadanos.


En realidad, como nos dice Mariano Aguirre, “América Latina suele quedar fuera de los análisis de fragilidad. Por ejemplo, la lista de Estados frágiles que ha elaborado la Evaluación Institucional y Política de Países del Banco Mundial, basada en los niveles de ingresos, incluye a una gran mayoría de Estados africanos, mientras que de América solamente menciona a Haití. Por otro lado, en una polémica lista de 60 Estados en situación de inestabilidad que incluye otras variables, elaborada por The Fund for Peace, (Washington), aparecen Haití en décimo lugar, Colombia en el puesto 14, y bastante más abajo, a partir del puesto 31, Guatemala, Paraguay, Perú, Honduras, Ecuador, y Cuba”. 11
De acuerdo al análisis que hace Aguirre, sólo pocos investigadores se han atrevido a cruzar datos y definiciones de Estados frágiles y situar su mirada en América Latina. Uno de estos estudios, denominado “Armed Actors” explora esta región con cautela para intentar explicar aún en ausencia de guerra directa, (a excepción de Colombia) el fenómeno que los investigadores Kees Koonings y Dirk Kruijt, denominan ‘Las múltiples caras de la violencia’. 12 En este ensayo, ciertamente México merece una pequeña mención de los autores, pero en general recibe la aprobación de los analistas holandeses. 13

Pero insistimos: ¿Qué define formalmente a un Estado Frágil? Su acotación no es fácil, pero en términos generales puede decirse de aquel Estado que:


-a)*-Es incapaz de controlar su territorio o gran parte de su territorio
-b)*-Es incapaz de garantizar la seguridad de los ciudadanos debido a que ha perdido el monopolio del uso de la fuerza;
-c)*-No puede mantener el orden legal interno
-d)*-No es capaz de suministrar servicios públicos a la población o crear las condiciones para tener acceso a ellos.14
Bien. Sin adentrarnos mucho en la historia, sino centrándonos exclusivamente en la realidad actual mexicana y más aún: si hacemos caso omiso al hecho de que el gobierno mexicano no tiene prácticamente potestad entre los llamados “municipios autónomos zapatistas”, 15 (en referencia al control de territorio de la definición), podemos sin embargo afirmar que México cumple con al menos 3 de las 4 características que definen a los Estados Frágiles.
Seguridad Pública:

[Inciso b) de la definición de Estados Frágiles: *-Es incapaz de garantizar la seguridad de los ciudadanos debido a que ha perdido el monopolio del uso de la fuerza;
De acuerdo con el más reciente estudio sobre la Seguridad Pública en México, realizado en Abril de 2005 16 encontramos que:
-4.2 millones de mexicanos fueron víctimas de la delincuencia.
-El 92% de los delitos fue el robo y secuestro, y en el 44% de los casos concurrieron la violencia y las armas de fuego.
-Ante el aumento de la criminalidad y de acuerdo con la encuesta de FUNDAR, el 47% de los mexicanos se sienten inseguros, y en cuanto a la modificación de hábitos por esa causa, el 23% de la población abandonó el hábito de salir de noche el 44% de la gente no porta en la calle dinero en efectivo, el 37% no usa joyas y el 27% no visita amigos y parientes que viven lejos.
Otro estudio oficial realizado por la Cámara de Diputados17 sobre el mismo rubro, no es más alentador:
-México se encuentra entre las naciones con mayores índices de homicidios en el mundo, sólo superado por Sudáfrica y Rusia.
-Por cada mil habitantes, Sudáfrica tuvo 55 asesinatos; Rusia, 22; México, 14, y Estados Unidos, 5.6.
Y los datos podrían ser más escalofriantes, sin embargo, debido a la escasa legalidad que persiste –y que analizaremos en el siguiente apartado- encontramos que según la encuesta de FUNDAR:
-Un 82% de las víctimas deciden no denunciar. Y en el fenómeno del delito NO denunciado las cifras son las siguientes: "96% de tipo sexual, 94% de robo sin violencia, 97% de fraude al consumidor, 84% de robo con violencia y 74% de lesiones y amenazas".
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