Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie



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Juan Eslava Galán

UNA HISTORIA

DE LA GUERRA CIVIL

QUE NO VA A GUSTAR A NADIE

Planeta

© Juan Eslava Galán, 2005


© Editorial Planeta, S. A., 2005

Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)


Ilustración del interior: archivo del autor, archivo J. A. Guerrero,

© Cornell Capa Photos by Robert Capa

© 2001/Magnum Photos
Primera edición: abril de 2005

Segunda edición: abril de 2005


Depósito Legal: B. 19.024-2005

ISBN 84-08-05883-5


Composición: Anglofort, S. A.

Impresión: A&M Gráfic, S. L.

Encuademación: Eurobinder, S. A.

Printed in Spain - Impreso en España


Prólogo

El viejo Goya lo pintó mejor que nadie: dos gañanes enterrados hasta las corvas, matándose a garrotazos. La sombra de Caín es alargada, en España. Lo fue siempre, y la guerra civil que se narra en este libro es cumplida prueba de ello. Juan Eslava Galán nos cuenta —en realidad nunca ha dejado de hacerlo— una historia trágica, violenta, retorcida en ocasiones hasta el esperpento con esos trágicos quiebros de humor negro que también, inevitable­mente, son ingredientes de nuestra ibérica olla. Una república desventurada en manos de irresponsables, de timoratos y de ase­sinos, un ejército en manos de brutos y de matarifes, un pueblo despojado e inculto, estaban condenados a empapar de sangre esta tierra. Luego, prendida la llama, la arrogancia de los privile­giados, el rencor de los humildes, la desvergüenza de los políticos, el ansia de revancha de los fuertes, la ignorancia y el odio hicieron el resto. No bastaba vencer; era necesario perseguir al adversario hasta el exterminio. Murió más gente en la represión que en los combates; en ambos lados, analfabetos presidiendo tribunales gozaron de más poder que magistrados del Supremo. Hubo valor, por supuesto. Y decencia. Y lecciones de humanidad e inteligen­cia. Pero todo eso quedó sepultado por las pavorosas dimensiones de una tragedia que todavía hoy necesita reflexión y explicacio­nes. Este libro se aventura a ello, y lo consigue con amenidad y con una extraordinaria, abundante y rigurosa documentación que —ésa es quizá su principal virtud— ni siquiera se nota. Juan lo ha escrito a su manera, como suele. Como quien no quiere la cosa. Sin darle importancia y casi sin pretenderlo. Y por supues­to, sin buenos ni malos. Las dos Españas mamaron la misma le­che. Estas páginas lo ponen de manifiesto de forma apasionante y estremecedora. Por eso se trata de una historia de la guerra civil que no le va a gustar a nadie. Ya era hora.


Arturo Pérez-Reverte

De la Real Academia Española

En la taberna de El Gorrión, a la sombra de la catedral de Jaén, Arturo Pérez-Reverte, Fito de Cózar y yo tomábamos vino añejo y queso con rosquillas.

—¿En qué andas metido ahora? —me preguntó Arturo.

—Todavía no tiene título. Es una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie.

—Ese es el título —dijo Arturo.

Gracias, maestro.


CAPÍTULO 1

Tambores de guerra

11 de julio de 1936
El periodista español Luis Bolín, cabello fino peinado hacia atrás con brillantina, ofrece gentilmente su mano a la estudiante ingle­sa de Artes Dorothy Watson para ayudarla a subir al avión. Al tiempo que la aúpa, tasa, con ojo perito, los encantos de la joven. La falda sport de la británica enfunda un trasero de, al menos, ocho palmos de latitud. Imagina Bolín los pechos valentones y grávidos que se adivinan tras la blusa marinera.

—Parece que empezamos con buen pie —murmura como para sí mientras se acomoda en su asiento.

—¿Decía? —pregunta el piloto.

—No, nada, que ya podemos despegar.

El avión, un biplano Dragon Rapide, matrícula G-ACYR, de la compañía Olley Air Services, impulsado por dos motores Gipsy Six de seis cilindros y doscientos caballos de potencia, des­pega del aeropuerto de Croydon, cercano a Londres.

Muchos años después, el historiador británico, católico, Douglas Jerold recordará las circunstancias de aquel vuelo que «contribuyó a salvar el alma de una nación».

«Luis Bolín y el ingeniero De la Cierva me citaron para al­morzar en Simpson's. (El tradicional restaurante del Strand, uno de los escasos fogones londinenses donde se mantenía la tradición de un estupendo solomillo y un irrepro­chable roast beef con patatas horneadas.)

»—Necesito un hombre y dos rubias platino para volar ma­ñana a África —dijo Bolín.

»—¿Tienen que ser realmente dos? —pregunté, y al oírlo, Bo­lín se volvió triunfante hacia De la Cierva.

»—Te dije que lo haría.

«Telefoneé a mi amigo Hugh Pollard, comandante retirado:

»—¿Podrás volar mañana a África con dos chicas? —le pre­gunté.

»Y escuché la respuesta que esperaba oír:

»—Depende de las chicas.»

Con su potente rugido de motores, el avión se interna entre las nieblas del canal de la Mancha. Lo pilota Cecil W. H. Bebb, aviador veterano de la primera guerra mundial, con un mecánico y un telegrafista. En los asientos traseros toman té de un ter­mo Luis Bolín, Hugh Pollard, su hija Diana y la amiga de ésta, Dorothy Watson, una chica liberada y moderna que no usa bol­so y guarda la pitillera y el mechero en las bragas.

Se supone que es un grupo de turistas ingleses que van a rea­lizar un viaje de placer por las islas Canarias. Bolín, amigo de Po­llard, actuará como cicerone.

En realidad, el vuelo encubre una misión secreta: suministrar al general Franco un medio de transporte rápido para trasladarse desde Las Palmas de Gran Canaria al protectorado de Marruecos. El general va a capitanear el ejército de África sublevado contra la República Española.

Aterrizan en el aeropuerto de Burdeos, donde los espera el marqués de Luca de Tena. Mientras el resto de la tripulación y los pasajeros toman café en la cantina (el radiotelegrafista una copa de coñac), Luca de Tena, Bolín y el piloto trazan el plan de vuelo.

Atardece. El Dragon Rapide despega de nuevo rumbo al sur.

Desde la cabina acristalada, Bebb contempla la sucesión de valles y cerros achicharrados por el sol, pardos eriales y alguna que otra mancha verde que contornea los escasos riachuelos, pue­blos que parecen esparcidos por el manotazo de un gigante en la atormentada orografía. Bebb, acostumbrado a la verde Inglate­rra, encuentra una belleza bravía en este desierto de tierra seca y dura que se extiende hasta los montes azules.

Así que eso es España.

«No sabía que aquello era un volcán y que yo, con aquel vue­lo, iba a encenderlo —recordaría años después—. Un volcán de fuego y de sangre.»

España. Poco más de medio millón de kilómetros cuadrados. Veinticuatro millones de habitantes, en su mayoría ignorantes de que se les viene encima una cruenta guerra civil.

El piloto del Dragon Rapide que sobrevuela los rastrojos re­cién segados de las llanuras castellanas no está muy enterado de los asuntos de los españoles. El hace su trabajo, le pagan y en paz. Años después, quizá halagado por el papel que le cupo en aque­llos hechos, se interesará por la historia reciente de España y no perderá ocasión de ilustrar sobre el tema a los periodistas que lo entrevistan: «En 1931, los republicanos ganaron las elecciones municipales en las principales ciudades de España y el rey Alfon­so XIII tiró la toalla y abandonó el país. Los republicanos se echa­ron a la calle alborozados para proclamar la Segunda República.»

La huida del rey dejaba un vacío de poder. El nuevo gobierno se impuso la tarea de modernizar España. Quería transformarla en una nación progresista y adelantada, como sus vecinas de Eu­ropa. Para conseguirlo urgía abolir los privilegios de la aristocra­cia y de los grandes terratenientes y limitar el poder del ejército y de la Iglesia. En primer lugar intentaron la reforma agraria, esen­cial en un país eminentemente agrícola: modificar la propiedad de la tierra para cultivarla racionalmente y atender a su función social empleando a cientos de miles de braceros analfabetos; en segundo lugar, la reforma de un ejército anquilosado y sobrado de mandos que había cosechado estrepitosos fracasos en la guerra de Marruecos; en tercer lugar, la reforma de la Iglesia, que mo­nopolizaba la educación, acumulaba demasiado poder social y se inmiscuía en los asuntos del Estado. En cuarto lugar debían aten­der a las regiones históricas que reclamaban descentralización y autonomía.

El plan era bueno y los avances sociales de la República no se hicieron esperar: jornadas de ocho horas, la igualdad de la mujer, educación y sanidad para todos, laboreo de tierras improduc­tivas...

Estas medidas toparon con la oposición de los colectivos afec­tados: la Iglesia, el ejército, los partidos monárquicos y las clases privilegiadas. Además, la República tuvo que afrontar la crítica de los anarquistas y los comunistas, que la tildaban de burguesa y aspiraban a una revolución social más radical. Los comunistas eran pocos, pero los anarquistas eran muy numerosos (especial­mente los del sindicato CNT y los de la combativa FAI). Unos y otros promovieron huelgas y desórdenes que debilitaron a la República.

En enero de 1936, los partidos de izquierda (excepto la anar­quista CNT) se unen en una coalición electoral, el Frente Popu­lar, con un programa bastante moderado. La derecha, por su par­te, se agrupa en torno a la CEDA (excepto el pequeño partido Falange Española). Las elecciones se celebran el 16 de febrero. Gana el Frente Popular por escaso margen (4.654.116 votos fren­te a los 4.503.524 de las derechas). Sin embargo, una Ley Electo­ral que favorece a las mayorías otorga al Frente Popular 278 esca­ños del Parlamento y a las derechas sólo 130.

Manuel Azaña, nuevo presidente de la República, designa primer ministro a Casares Quiroga, un hombre demasiado débil que no estará a la altura de las circunstancias.

Los acontecimientos se precipitan. La derecha, que tiene mal perder y desprecia la democracia —«un principio que considera­ban la antítesis política del racionalismo» (Gil Robles)— comien­za a conspirar contra el gobierno. Los sindicatos de izquierda tampoco ayudan mucho con su actitud revoltosa y malhumora­da: quieren acelerar el proceso económico social con una revolu­ción. La confrontación se radicaliza. Menudean los enfrentamientos armados con palos o con pistolas entre militantes jóve­nes de uno u otro signo, especialmente en Madrid.

En el seno del PSOE, las posturas están divididas entre el mo­derado Prieto y el más radical Largo Caballero, que aunque en su día colaboró con la Dictadura de Primo de Rivera, ahora, quizá como expiación, se niega a cooperar con un gobierno que le pa­rece excesivamente moderado.

Todo eso ocurre en España, mientras el Dragon Rapide so­brevuela una zona montañosa, cerros grises, pelados, entre los que a veces se divisa una aldea miserable de casas de adobe y el es­pejeo de un río que culebrea entre las peñas.


CAPÍTULO 2

Ruido de sables

Allá abajo el campo duerme en el sopor de su ignorancia y de su atraso, pero en las ciudades es un secreto a voces que se está pre­parando una insurrección militar capitaneada por una Junta de Generales y secundada por los militares derechistas de la Unión Militar Española (UME): «un movimiento militar que evitará la ruina y la desmembración de la patria», crecido a la sombra del líder derechista Gil-Robles.

Consciente del peligro golpista, el presidente de la República, Manuel Azaña, ha alejado de Madrid a los generales más peligro­sos: Franco, a Canarias; Goded, a las Baleares; Mola, a Pamplona. Pero esa medida no impide que la conspiración militar crezca como una tela de araña tejida diestramente por Mola.

Mola, el Director, como firma los comunicados que envía a los conspiradores.

Nadie espera la guerra, pero todos aguardan un golpe de Esta­do del ejército contra el gobierno. Es el tema de conversación fa­vorito en las tertulias de sobremesa, en los cafés y en las reboticas.

En la céntrica calle de Larios de Málaga, Antonio Villa saluda de acera a acera a su amigo y convecino el escritor británico Gerard Brenan:

—¡Buenos días, don Gerardo! —grita para que media calle pueda oírlo—. ¡Buenas noticias! ¡Dentro de dos días Calvo Sotelo será rey de España!

Calvo Sotelo, el más prestigioso y combativo líder derechista del momento.

Tiempo después, Gerard Brenan reflexiona: «Desde media­dos de junio, todo el mundo, excepto el gobierno, parecía ente­rado de que los militares planeaban una sublevación.»

Los militares africanos están soliviantados con las reformas de la «ley Azaña», que amenazan sus ascensos, sus condecoraciones, sus bandas, sus fajines adornados de borlas cortineras, sus pagas y sus privilegios.

Azaña está empeñado en reformar al ejército gendarme, que no sirve para defender al país sino para meter en cintura a los obreros, y que ha ganado sus privilegios en la desastrosa guerra de Marruecos, un matadero que sólo sirvió para enriquecer, aún más, a la oligarquía financiera y para colmar el ardor guerrero del rey y de los militares codiciosos de ascensos.

Azaña pone al ejército patas arriba: los veintiún mil oficiales se reducen a ocho mil; las dieciséis divisiones, a ocho.

La remodelación de Azaña anula muchos ascensos irregular­mente otorgados a militares africanistas durante la Dictadura de Primo de Rivera que precedió a la República. Azaña no se atreve a aplicar la reforma con todas sus consecuencias, pero, en cual­quier caso, los militares africanistas se sienten ultrajados. El ge­neral Franco escapa a la degradación hasta teniente coronel (como habría exigido la aplicación estricta de la ley), pero des­ciende quince puestos en la escala de los generales de brigada (43 generales en total).

Aliada natural de los militares golpistas es una derecha ultra-conservadora formada por monárquicos, terratenientes, oligar­quía financiera e industrial y caciques. Y aliada de todos ellos, la Iglesia, que ve amenazados sus seculares privilegios.

Los militares conjurados se reúnen en marzo para decidir quién ostentará el mando supremo. Los idóneos parecen Franco o Goded, pero es evidente que ninguno de los dos aceptará su­bordinarse al otro. Por otra parte, Franco se muestra bastante ti­bio y elusivo. El general gallego evita comprometerse francamente. En esta tesitura, los generales designan a Sanjurjo, «el héroe del Rif», un general que fracasó dos años antes en un golpe de Es­tado y desde entonces vive exiliado en Lisboa.

Los conspiradores cuentan, además, con importantes apoyos civiles provenientes de grupos de extrema derecha: los tradicionalistas, algunos católicos y el joven partido fascista Falange Es­pañola, cuyo líder, José Antonio Primo de Rivera, está encarcela­do en Alicante por tenencia ilícita de armas.

En abril, Mola envía a los conspiradores la Instrucción Re­servada Número Uno: «las circunstancias gravísimas que atra­viesa la nación (...) el gobierno prisionero de las organizaciones revolucionarias (...) situación caótica (...) sólo se puede evitar mediante acción violenta». La acción debe ser «en extremo vio­lenta (...) conquistado el poder se instaurará la dictadura mi­litar».

Tres semanas después, Mola envía la Instrucción Reservada Número Dos: la rebelión podría fracasar en Madrid; por lo tan­to, será esencial que las divisiones del Norte (Zaragoza, Burgos-Pamplona y Valladolid) envíen refuerzos lo antes posible a la ca­pital de España para socorrer a las guarniciones sublevadas. Las milicias de la trama civil se apoderarán de los pasos de Somosierra y los mantendrán abiertos para que las columnas de auxilio puedan llegar sin contratiempos a Madrid y la ocupen como Mussolini ocupó Roma unos años antes en su célebre marcha.

Cuando falta un mes para el golpe de Estado, las voluntades de los golpistas distan mucho de ser unánimes. Algunos titubean ante la perspectiva de comprometerse en un viaje sin retorno que pondrá en peligro sus carreras y sus vidas. Si el golpe fracasa pue­den acabar como Sanjurjo, malviviendo en el exilio o, peor aún, ante un pelotón de fusilamiento. Además, no están seguros de lo que harán con el poder una vez que se lo arrebaten al gobierno. ¿Acaso volver a la monarquía? Tres de los generales golpistas, Mola, Queipo y Goded, son más republicanos que monárquicos. En realidad no piensan acabar con la República sino imponer un gobierno militar provisional que reconduzca al país por la senda conservadora. Pero otros generales golpistas son monárquicos y aspiran a restaurar a Alfonso XIII en el trono.

Por esas fechas, el diputado derechista Calvo Sotelo pregunta a su correligionario Serrano Suñer, cuñado de Franco:

—¿En qué piensa tu cuñado? ¿Qué hace? ¿No se da cuenta de cuáles son las cartas?

Franco, que es (moderadamente) aficionado al naipe, sabe perfectamente cuáles son las cartas. Tanto, que está jugando con dos barajas mientras se aclara el panorama y decide de qué lado quedarse. El 23 de junio le escribe al presidente del Gobierno. Con calculada ambigüedad, el gallego se ofrece para calmar «el grave estado de inquietud» del ejército, que crece día a día debi­do a malentendidos y desencuentros con el gobierno.

Serrano Suñer, buen conocedor de Franco, le responde a Calvo Sotelo:

—Mi cuñado no hará nada que lo comprometa, estará siem­pre en la sombra porque es un cuco. Pero el alzamiento seguirá adelante con o sin Franquito.


Domingo, 5 de julio

Retama, Marruecos
Maniobras del ejército de África en el Llano Amarillo. En el ban­quete de clausura, algunos oficiales achispados van de mesa en mesa proclamando en voz alta: «¡Café! ¡Café!» Las autoridades re­publicanas presentes no saben cómo interpretar las sonrisas cóm­plices que la palabra provoca en los militares. Para los conspira­dores que están en el ajo, Café encierra las iniciales de Camaradas Arriba Falange Española.
En las salas de banderas de los cuarteles se propalan rumores. La sublevación es inminente: Navarra se rebelará el 12 de julio y África el 14. Finalmente, la sublevación se aplaza al día 17 a las cero horas.

Unos días antes uno de los conjurados, el general Kindelán, le preguntó a Franco si estaba dispuesto a participar en el alzamiento y sólo recibió una respuesta ambigua, sí pero no. No obstante, Mola está convencido de que Franco sé sumará a última hora, cuando compruebe que la cosa va en serio y no se queda en la pa­tochada de Sanjurjo, dos años atrás. Hay que proporcionarle los medios para que se traslade rápidamente de las Canarias a Te­man, donde deberá capitanear el ejército de África. El marqués de Luca de Tena, conspicuo derechista y dueño del diario ABC, telefonea a Luis Bolín, su corresponsal en Londres, y le enco­mienda que se procure un avión. Bolín, tras consultar el caso con el ingeniero aeronáutico De la Cierva, alquila un Dragon Rapide aparentemente para un viaje de placer por Casablanca, Canarias y Marruecos. Financia la operación el multimillonario Juan March, que desde hace tiempo sufraga a los golpistas desde su exilio de Biarritz. Alguien había profetizado: «O la República acaba con March, o March acabará con la República.»


CAPÍTULO 3

La hora de las pistolas

Domingo, 12 de julio
El Dragon Rapide aterriza en el aeródromo militar de Espinho, Lisboa. Bolín se entrevista con José Sanjurjo, el general que capi­taneará la sublevación. El militar ha madurado un programa po­lítico con el que piensa regenerar la patria: «Desaparición de los partidos políticos, barrer de las esferas nacionales todo tinglado liberal y destruir su sistema.»

El avión despega para su último vuelo del día.

El general Alfredo Kindelán recibe la respuesta de Franco a su último telegrama en el que lo instaba, una vez más, a comprome­terse con el alzamiento: «Geografía poco extensa», dice el texto. O sea, que el Franquito sigue dando largas y no se compromete con la rebelión. Hay que comunicárselo al Director. Kindelán le entrega el telegrama a Elena Medina, joven enlace de los conspi­radores. Ella se lo cose en el forro del cinturón y parte para Pam­plona.

Mientras el Dragon Rapide aterriza en el aeródromo de Casablanca anochece en Madrid. Los madrileños se reúnen en las terrazas de los puestos de agua de cebada a charlar y tomar el fresco. En la calle de Augusto Figueroa, el teniente de la Guardia de Asalto José Castillo se despide de su mujer, Consuelo Mora­les, y sale de su domicilio para dirigirse al cuartel de Pontejos, junto a la Puerta del Sol, donde instruye a las jóvenes milicias socialistas. Cuando Castillo alcanza la esquina de la calle de Fuencarral alguien dice a su espalda: «¡Ese es...!» El pistolero falangista Alfonso Gómez Cobián dispara sobre el teniente su pistola ametralladora. Herido de muerte, Castillo se agarra al transeúnte Fernando Cruz y lo arrastra en su caída. Mientras Cruz busca a tientas las gafas que ha perdido escucha murmurar a Castillo: «¡Mi mujer! ¡Llevadme con mi mujer!» En un taxi trasladan a Castillo al equipo quirúrgico de la calle de la Ternera, donde certifican su muerte. Una de las balas se le ha alojado en el corazón.

La capilla ardiente del teniente se instala en la Dirección Ge­neral de Seguridad. Al pie de féretro, la joven viuda llora descon­soladamente. No hacía ni dos meses que se habían casado.

A escasos metros, en el cuarto de banderas del cuartel de Pontejos, algunos compañeros y correligionarios del finado se conju­ran para asesinar a algún significado derechista esa misma noche. A las órdenes de Fernando Condes, capitán de la Guardia Civil que viste de paisano, sacan del garaje la camioneta número 17. El guardia Orencio Bayo la conduce a través de las calles animadas de paseantes.

La víctima designada es el líder monárquico Goicoechea, pero no lo encuentran en su casa. Entonces se dirigen al domicilio del líder derechista Gil-Robles. También está ausente.

Cuando transitan por la calle de Velázquez, uno de los guar­dias recuerda que allí cerca vive Calvo Sotelo. Aparcan la camio­neta junto a la acera, en el número 89. En el portal, una pareja de policías monta guardia.

En, el cuarto piso viven Calvo Sotelo, su mujer, Enriqueta Grondona, sus hijos, dos chicos y dos chicas de edades compren­didas entre los nueve y los catorce años, la institutriz francesa Renée Pelus, la cocinera, la doncella y un mandadero. Después de escuchar la retransmisión radiofónica de La Bohéme, Calvo Sote­lo y su esposa se han retirado a su alcoba.

El capitán Condes se identifica ante los guardias del portal.

—Sin novedad en el servicio, mi capitán —saluda el guardia más viejo.

Condes y sus acompañantes, los guardias José del Rey, Victo­riano Cuenca y otros dos de uniforme, suben al piso del político. Condes pulsa el timbre. La doncella abre la puerta.

—¿El diputado Calvo Sotelo?

—El señor está durmiendo.

—Pues despiértele. Venimos a hacer un registro de parte de la Dirección General de Seguridad.

Las criadas lo despiertan. Calvo Sotelo se pone un batín ne­gro sobre el pijama y sale al recibidor.

El capitán Condes le muestra el carnet que lo acredita como capitán de la Guardia Civil.

—¿Un registro a estas horas? —se extraña el político—. En fin, permítanme que prevenga a mi mujer para que no se alarme.

Calvo Sotelo se asoma al balcón del comedor y pregunta a los guardias de la calle si realmente es la policía la que está a su puer­ta. Los guardias se lo confirman. Ve, además, la camioneta de la Guardia de Asalto.

Los guardias registran someramente el piso.

—Tiene que acompañarnos a la Dirección General de Segu­ridad —le advierte Condes.

—Eso ya no —se resiste Calvo Sotelo—. Ningún ciudadano puede ser detenido sin una orden de la autoridad competente; pero yo, además, gozo de inmunidad parlamentaria como dipu­tado. Para detenerme es necesario que un juez pida un suplicato­rio a las Cortes y que éstas lo concedan.

Calvo Sotelo intenta utilizar el teléfono, pero un guardia arranca el cable de un tirón.

Se terminaron las contemplaciones. Calvo Sotelo compren­de. Se deja conducir al dormitorio y se pone ropa de calle. A todo trance quiere alejar a aquella gente de su familia.

Escoltado por los guardias, el diputado sale a la calle. Antes de subir a la camioneta dice adiós con la mano a su esposa, que presencia la escena desde un balcón. Después se sienta donde le indican, en el tercer banco del vehículo, entre dos guardias.

Condes se acomoda junto al conductor y le ordena:

—¡A la Dirección General de Seguridad!

En el cruce de la calle de Ayala, el pistolero Victoriano Cuen­ca, que se ha situado detrás de Calvo Sotelo, empuña su pistola Astra del 9 largo y le descerraja un tiro en la nuca. Cae Calvo Sotelo hacia la derecha. El pistolero se inclina sobre él y le dispara una segunda bala.

—¿Eso ha sido un tiro? —inquiere el conductor.

Los otros guardan silencio.

—Ahora, al cementerio del Este —ordena Condes.

En el camposanto, los asesinos entregan el cadáver a dos vigi­lantes del cementerio.

—Lo hemos encontrado en la calle.

Mientras tanto, la familia del secuestrado está telefoneando a amigos y correligionarios para denunciar la detención del líder. En la Dirección General de Seguridad niegan haber enviado a un piquete de guardias para detenerlo.

Pasan todavía unas horas antes de que se esclarezca lo ocurri­do. Finalmente se divulga la noticia: han asesinado a Calvo Sotelo.

—Este atentado significa la guerra —comenta desolado Mar­tínez Barrio.

Sigue un largo y tenso día de conciliábulos y reuniones. El ge­neral Mola envía mensajes cifrados fijando el alzamiento para el día 17 en Marruecos y el 18 y el 19 en la Península.
CAPÍTULO 4

Alea jacta est
Martes, 14 de julio
El general Franco asiste a su clase de inglés, como todos los días, pero esta vez la profesora lo nota «diez años más viejo. Me pareció otro hombre. Era evidente que no había dormido en toda la noche».

En Madrid hace calor y no corre una brizna de aire que re­fresque el ambiente. A media mañana entierran al teniente Cas­tillo en el cementerio civil. Decenas de camaradas rodean el fére­tro puño en alto, en medio de un impresionante silencio roto solamente por los lamentos de la viuda. Por la tarde entierran a Calvo Sotelo en el cementerio católico, al otro lado de la tapia, entre gritos indignados de sus correligionarios, que abuchean a los parlamentarios presentes.

Dos Españas separadas por una tapia.
Miércoles, 15 de julio
En las Cortes se celebra un tenso debate parlamentario. «Los por­tavoces de las derechas declaran la guerra a las izquierdas» (R. de la Cierva).

Antes de que acabe esa guerra, setenta parlamentarios de dis­tinto signo habrán muerto frente a los pelotones de fusilamiento.

El diputado socialista Indalecio Prieto interroga al capitán Con­des sobre su participación en el asesinato de Calvo Sotelo. Condes la admite, «abrumado por la vergüenza, la desesperación y el des­honor», y se confiesa al borde del suicidio. Prieto le aconseja que reserve su vida para ofrecerla en la guerra civil que se avecina. Un mes más tarde, Condes moriría defendiendo los pasos de Somosierra en compañía de Victoriano Cuenca, el pistolero que dispa­ró contra Calvo Sotelo.
Jueves, 16 de julio

Santa Cruz de Tenerife. Diez de la mañana
El comandante Hugh Pollard, el amigo de Bolín llegado en el Dragon Rapide, visita al doctor Luis Gabarda en la clínica Costa.

—Galicia saluda a Francia —le dice.

Es la consigna que indica que el avión de Franco ha llegado.

A la misma hora, el general Amadeo Balmes, comandante mi­litar de Gran Canaria, muere de un balazo en el estómago al car­gar su pistola durante un ejercicio de tiro. Ésa es la explicación oficial. ¿Se ha suicidado? ¿Lo han suicidado los golpistas porque se resistía a rebelarse? «Hoy es virtualmente imposible afirmar si su muerte fue un accidente, un suicidio o un asesinato» (Paul Preston).


Anochece. El Tercer Tabor (batallón) del Quinto Grupo de Regulares de Alhucemas camina silenciosamente por el desierto. Pernoctarán en la alcazaba de Snada y en cuanto claree el día mar­charán sobre Melilla y ocuparán la estación telegráfica y telefóni­ca de Villa Sanjurjo. Es el primer acto de guerra.

Mola medita en un despacho del Gobierno Militar de Pam­plona adornado con tallas, que representan antiguos soldados de los tercios de Flandes, con barba y morrión. La sublevación está en marcha. El alzamiento es ya irreversible.



Alea jacta est.

Sin embargo, las noticias procedentes de las guarniciones de Madrid y Barcelona son descorazonadoras. Se confirma su sospe­cha: el alzamiento fracasará en las dos ciudades más importantes del país.


Viernes, 17 de julio
Mola madruga. Confirma el alzamiento mediante telegramas ci­frados a Franco, a Sanjurjo y al teniente coronel Seguí, su enlace en Melilla.

La asistencia a los funerales y entierro del general Amadeo Baimes suministra a Francisco Franco un pretexto excelente para trasladarse de Santa Cruz de Tenerife a Las Palmas, donde lo aguarda el Dragon Rapide en el aeropuerto de Gando.

La noche anterior Franco ha enviado a su familia a Las Palmas a bordo del barco correo Viera y Clavijo. Integran la expedición doña Carmen, su hija; el primo y ayudante de Franco, teniente coronel Franco Salgado-Araujo; el comandante Martínez Fuset, y cinco escoltas.

Después del entierro del general Baimes, música y crespones negros, féretro cubierto con la bandera que juró servir, Franco invierte la tarde en pasear con su esposa, doña Carmen Polo. Mientras tanto, en Melilla, los sublevados arrestan al delegado gubernativo y destituyen a los jefes leales al gobierno. Unidades rebeldes ocupan Capitanía y el resto de los edificios oficiales. Cuadrillas falangistas detienen a dirigentes del Frente Popular.


Madrid
A las seis y media de la tarde, el coronel Hernández Saravia pe­netra en el despacho del secretario del presidente de la República, Santos Martínez Saura, en el palacio de Oriente.

—¡Santos, los militares se han sublevado en Melilla! ¡Hay que comunicárselo al presidente!

Manuel Azaña está en la quinta de El Pardo, su palacete de ve­raneo en la Casa de Campo. De pronto, al secretario lo asalta la sospecha de que puedan secuestrarlo allí. Hace días, unos cuan­tos militares sospechosos estuvieron comprobando una hipotéti­ca avería de la radio. Quizá espiaban el funcionamiento de los servicios de seguridad en el entorno presidencial. Azaña com­prende que debe trasladarse cuanto antes a Madrid. La quinta ha dejado de ser un lugar seguro para él y para su familia. Recogen a su esposa, doña Dolores, que visitaba a unos sobrinos en el Pau­lar de Guadarrama.

Atropelladamente, la familia del presidente y el servicio se trasladan a Madrid, al Palacio Real o de Oriente, que ahora se lla­ma Palacio Nacional.

Dos horas después, en el palacio, bajo los techos decorados con pinturas venecianas de Giambattista Tiepolo, el presidente Azaña se reúne con el jefe de Gobierno, Casares Quiroga, y con los líderes de los partidos políticos fieles a la República, Prieto, Largo Caballero, Martínez Barrio y otros.

—¡Te advertí del cuartelazo! —espeta Azaña a Casares—. ¡Ya lo tenemos!

Casares Quiroga calla. Quizá recuerde ahora la salida que tuvo con unos periodistas que, ya de noche, le preguntaban sobre las posibilidades de un golpe de Estado:

—¡Ustedes me aseguran que se van a levantar los militares! Muy bien, señores, que se levanten. Yo, en cambio, me voy a acostar.

El pobre Casares Quiroga no sabe qué decir. Le viene ancho aquello al personaje «torpe y a veces ciego por su timidez».

En el Campo del Moro se detienen unos autobuses munici­pales de los que desciende un destacamento de la Guardia Civil enviado para proteger al presidente. Cunde el nerviosismo entre algunos colaboradores de Azaña. Hay motivos para sospechar que el oficial al mando, el capitán Bermúdez de Castro, esté com­prometido con la insurrección.

El gobierno discute la situación sin llegar a ningún acuerdo. Las tropas de Madrid quedan acuarteladas, en tensa espera.
La noche del 17 de julio de 1936 Juan Castro, de veintiún años, labrador, duerme al raso en una era del cortijo «Macarena», a veinte kilómetros de Jaén. A eso de las tres de la madrugada se despierta, abre los ojos y ve el espectáculo increíblemente hermo­so de una lluvia de estrellas. Piensa en despertar a sus hermanos que duermen al lado, pero cuando se dispone a hacerlo las estrellas se sosiegan. Les echa un pienso a los mulos y se vuelve a dormir.

Muchos años después, ya anciano, pensará que aquella lluvia de estrellas fue premonitoria.

Franco se hospeda en el hotel Madrid de Las Palmas. A las tres y pico de la madrugada, un oficial de la vecina Comandancia le entrega el radiograma del general Mola. Es la señal. Franco se ha afeitado el bigote. Viajará de incógnito con el pasaporte diplo­mático de José Antonio Sangróniz, que no tiene bigote. Aban­dona el hotel (olvida pagar la factura) y se hace cargo del mando. Los rebeldes han ocupado los puestos clave del archipiélago. Se recibe una llamada del subsecretario de la Guerra, que Franco ig­nora. Cuando amanece, Franco envía a Melilla un radiograma: «Gloria al heroico Ejército de África. España sobre todo. Recibid saludo entusiasta de estas guarniciones que se unen a vosotros y demás compañeros Península en estos momentos heroicos. Fe ciega en el triunfo. Viva España con honor. General Franco.»

A media mañana, Franco deja a su familia y acompañantes a bordo del barco que los trasladará a Francia. Después, de paisano, embarca en un remolcador que lo lleva al aeródromo de Gando, donde aguarda el Dragon Rapide. El mecánico acaba de revisar y engrasar el motor. Listos para partir. Acompaña a Franco el gene­ral Luis Orgaz.

El piloto Bebb, halagado por su papel en esta historia, su­cumbirá a la tentación de adornarla con detalles románticos que no corresponden a la realidad.

«Vi llegar a grandes pasos decididos a un hombre joven que llevaba anudado a la cintura el fajín de jefe y cuyo rostro imberbe iba muy pronto a propalarse en millones y millones de ejempla­res por los diarios del mundo entero.

»—General Franco —me dijo tendiéndome la mano.

»Sus cabellos negros muy ensortijados, entre los cuales se mezclaban algunos hilos de plata, desbordaban el gorro tradicio­nal sobre el que estaban bordados los dos bastones, insignia de su grado.

»—En marcha para Casablanca.

»Alguien dijo:

»—¿Y el uniforme, mi General?

»—Ya lo he dicho. En marcha. No hay que perder ni un minuto.

»"Su uniforme"... ¿Qué había querido decir este hombre? No tuve tiempo para preguntármelo, pues, en efecto, mientras volá­bamos sobre las olas del Atlántico, el general se quitó el uniforme, encerró sus efectos en una maleta y, después de meter en ella tam­bién los papeles que llevaba sobre sí, la arrojó al mar. Inmedia­tamente le vi ponerse un jaique y un albornoz y arrollarse a la cabeza un turbante. Se le hubiera creído un verdadero árabe sali­do de los zocos de Marrakech.»

El Dragon Rapide reposta en Agadir y desde allí se dirige a Casablanca, donde pernocta la noche del día 18. Antes de que amanezca, en medio de una niebla algodonosa, el aeroplano des­pega, (como en la última escena de la película Casablanca), para aterrizar, ya de mañana, en el aeródromo de Tetuán. Franco le or­dena al piloto que efectúe una pasada volando bajo. Sobre la pis­ta reconoce al coronel Sáenz de Buruaga, sonriente y relajado, rodeado de legionarios. Sí, parece que el aeródromo está en manos de los rebeldes. Franco le ordena a Bebb que aterrice.

Unas horas después el general se reúne en Ceuta con el consejo de jefes para discutir la situación. A escasa distancia, en una sala del hospital O'Donell se apilan los cadáveres de los capitanes y tenien­tes fusilados por mantenerse fieles a la República. Un cabo sanita­rio les va arrancando con un bisturí las estrellas de los uniformes.

Franco y sus conmilitones coinciden en que lo más urgente es arbitrar los medios para transportar las tropas africanas a la Península, el paso del Estrecho.

En alta mar, cinco petroleros de la Texaco norteamericana, que traen gasolina para la CAMPSA, reciben la orden de alterar el rumbo y dirigirse a puertos dominados por los sublevados. La orden ha partido del dirigente de la compañía Torkid Rieber, no­ruego nacionalizado estadounidense que mantiene contactos con el millonario Juan March. Algunos directivos de la compañía ob­jetan sobre la solvencia de los rebeldes, pero Rieber los tranquili­za: «Dont worry about payment» (No se preocupen del pago).

En total, la Texaco enviará a Franco, a lo largo de la guerra, dos millones de toneladas de gasolina valoradas en seis millones de dólares.

Una guerra moderna se hace con acero y gasolina. Ya tienen la gasolina.
Sábado, 18 de julio Sevilla
Dos de la madrugada. Un telegrama cifrado de Madrid anuncia la llegada de tres aviones que repostarán y cargarán bombas en la base aérea de Tablada. La escuadrilla va a bombardear a los rebel­des de África.

Uno de los oficiales de la base, partidario de los rebeldes, el capitán Carlos Martínez Vara del Rey, entretiene la espera en el bar de oficiales. Cuando aterriza el primer avión, un DC-2 civil requisado por la República, y comienza a cargar las bombas, Vara del Rey se acerca en su coche particular, le arrebata el mosquetón a uno de los centinelas y, apoyado en el capó del automóvil, la emprende a tiros con los motores del avión. Los tripulantes de­senfundan sus pistolas y repelen la agresión. Vara del Rey, herido, se refugia en el bar de suboficiales. El comandante de la base, Martínez Estévez, lo rescata y lo arresta.

A media mañana, el general Villa Abrile, jefe de la Segunda División con sede en Sevilla, se reúne con sus jefes en el cuartel de la división para discutir los últimos acontecimientos. Villa Abrile se manifiesta leal a la República. Antes, los conspiradores, dirigi­dos por el comandante José Cuesta Monereo, han introducido al general golpista Queipo de Llano en el cuartel sin que nadie lo advierta, y lo han ocultado en la habitación de soltero del capitán Manuel González Flórez, falangista.

En la reunión, el comandante Cuesta y otros oficiales se insu­bordinan contra el general Villa Abrile y se manifiestan partida­rios de la rebelión militar. Mientras discuten con el general, el capitán González Flórez avisa a Queipo de Llano que es el mo­mento de intervenir. Queipo acude ante Villa Abrile, quien, al verlo, pregunta airado:

—Tú, ¿qué haces aquí?

Queipo, pistola en mano, destituye al general Villa Abrile y a los oficiales fieles al gobierno, decreta la ley marcial y toma el mando de las tropas.

El capitán Alfonso Ortí Meléndez-Valdés, falangista, ocupa la Maestranza de Artillería, donde se almacenan más de veinticinco mil fusiles y decenas de ametralladoras. Cuando los obreros y mi­licianos de Triana acuden en busca de las armas, los reciben a ti­ros: once muertos y docenas de heridos.

Por la tarde, las tropas sublevadas se enfrentan a la Guardia de Asalto que custodia el edificio de la Telefónica y el hotel Inglate­rra, junto al Gobierno Civil, en el centro de la ciudad. Tras cinco horas de tiroteo, en las que los rebeldes cañonean la Telefónica y el hotel Inglaterra, el gobernador republicano se rinde.

Anochece. Queipo de Llano, ya dueño de la situación, se di­rige por radio al pueblo de Sevilla. El general golpista exagera las fuerzas de las que dispone para amedrentar a los miles de milicia­nos que pululan por los barrios obreros de la capital, mucho pico y pala, muchas barricadas, pero pocos fusiles.

Queipo de Llano telefonea a la base de Tablada e insta a su jefe, Martínez Estévez, a sumarse a la rebelión. El jefe de la base, comprendiendo que Sevilla está en manos de los sublevados, opta por arrestarse él mismo y cede el mando de Tablada a su inme­diato inferior, Azaola, que está con los rebeldes.

Al día siguiente comienzan a llegar legionarios de África en el primer puente aéreo de la historia, inaugurado con dos aviones Fokker y un Dornier españoles. No son muchos, pero los sufi­cientes para reducir, en los días que siguen, a los milicianos de Triana y los barrios obreros del norte de la ciudad.

En toda España se preguntan: ¿qué hace el gobierno?

El gobierno lleva meses esperando la cuartelada, pero, a pesar de ello, se queda paralizado como el gazapo enfrentado a la fría mirada de la serpiente un segundo antes de que lo engulla.

«El Gobierno, aterrado, gira sobre sí mismo» (Martínez Ba­rrio). Las noticias de las sucesivas sublevaciones de las guarnicio­nes de las provincias caen como mazazos en Madrid.

Años más tarde Azaña recordará: «El Estado se derrumbó el 17 de julio, el ejército desapareció, las armas, o no las había o fue­ron a donde no deberían estar; la autoridad gubernativa era por todas partes trabada y combatida y desobedecida (...) el que más y el que menos engrasaba el coche para fugarse.»

Los sublevados dominan algunas capitales andaluzas (Cádiz, Jerez, Granada, Huelva y Córdoba). Las bases navales de Cádiz y El Ferrol están en manos de los rebeldes, pero Cartagena perma­nece fiel al gobierno, así como la mayor parte de la escuadra.

Un guardia de la prisión de Alicante observa que el interno José Antonio Primo de Rivera, el líder falangista, ha hecho la ma­leta y recogido sus papeles.

A media tarde, los representantes de los partidos del Frente Popular se reúnen en un despacho del Ministerio de la Guerra, tomado por oficiales de la UMRA. Se discute la conveniencia de armar a las milicias del pueblo.

El jefe del ejecutivo, Santiago Casares Quiroga, dimite aque­lla noche. Lo abruma la responsabilidad de no haber tomado me­didas más severas para evitar la insurrección. Se une a las tropas que marchan al Alto del León para cortar el paso a los subleva­dos que previsiblemente marcharán contra Madrid.

Azaña inicia las consultas para formar un nuevo gobierno. Va a ser una noche muy larga. Prieto rechaza el ofrecimiento de Aza­ña. Su aceptación complicaría la política interna del partido so­cialista, escindido en dos tendencias.

Azaña encarga al moderado Diego Martínez Barrio la forma­ción de un gobierno centrista que atempere los ánimos de las iz­quierdas y de las derechas, un gobierno que integre a cuantos par­tidos respetan la Constitución «desde las derechas republicanas a los comunistas». Con este gobierno ideado para amansar a la de­recha, Martínez Barrio se dirige a los sediciosos para que reconsi­deren su actitud. Telefonea al general Mola.

—General, me han encargado que forme gobierno y he acep­tado. Solamente me mueve una consideración: la de evitar los ho­rrores de una guerra civil. Usted, por su historial y por su posi­ción, puede contribuir a esa tarea. (...)

—Con el Frente Popular vigente, con los partidos activos, con las Cortes abiertas, no hay, no puede haber, gobierno al­guno capaz de restablecer la paz social, de garantizar el orden público y de reintegrar a España a su tranquilidad —responde el general.

—Con las Cortes abiertas y el funcionamiento normal de to­das las instituciones de la República estoy yo dispuesto a conse­guir lo que usted cree imposible. Pero el intento necesita de la obediencia de los cuerpos armados (...) espero que en este camino no me falte su concurso.

—No, no es posible, señor Martínez Barrio.

—¿Mide usted bien la responsabilidad que contrae?

—Sí, pero ya no me puedo volver atrás (...) es tarde, muy tarde.

—No insisto más. Lamento su conducta que tantos males acarrea a la patria y tan pocos laureles a su fama.

—¡Qué le vamos a hacer! Es tarde, muy tarde...

Y cuelgan.

Martínez Barrio telefonea a Largo Caballero, que le manifies­ta también que ya es tarde para componendas. Ha llegado el mo­mento de dirimir las diferencias por las armas.

El general Cabanellas, al que Martínez Barrio ruega que no se una a los sublevados, le responde: «No hay nada que hacer.»

Mientras tanto se producen manifestaciones callejeras contra el gobierno propuesto por Martínez Barrio, al que motejan de «traidor, vendido y fascista enmascarado». Martínez Barrio, de­solado, dimite. Azaña, después de una noche de intensas consul­tas y componendas, nombra nuevo jefe de gobierno a su amigo y correligionario José Giral, prestigioso químico que ha sido dipu­tado y ministro de Marina.

Bernardo Afán Martínez, escribiente del Ministerio de la Guerra y socialista, mecanografía un decreto en su máquina Underwood, grande, negra y brillante. En medio del texto se queda parado. Llama a su primo Anselmo, que es ujier, y le lee:

—«Quedan licenciadas las tropas cuyos cuadros de mando se han colocado frente a la legalidad republicana.»

Bernardo observa:

—Eso equivale a liquidar al ejército. ¿Quién defenderá a la República?

—¡Nosotros, los republicanos, echándole cojones! —asevera el primo.

Bernardo mira con aprensión la alta puerta del despacho pre­sidencial tras la que se cuece el futuro.

La situación se le ha escapado de las manos al gobierno. Una rebelión militar requiere una solución militar, pero el gobierno no se fía de la parte del ejército que permanece fiel. ¿Fiel por cuánto tiempo? Disuelve las unidades en las que algún oficial se haya puesto de parte de los rebeldes, que son casi todas, y reparte armas al pueblo para que forme sus propias milicias y defienda el orden constitucional.

El gobierno confía la defensa del orden constitucional a las milicias sindicales e izquierdistas. Sólo en Madrid setenta y dos mil fusiles van a parar a las manos del pueblo, sin control del go­bierno. Además de milicianos idealistas, comprometidos en la construcción de una sociedad más justa, se arman delincuentes y marginados sociales a los que sólo mueve el afán de venganza y la codicia de los bienes de los ricos. De pronto, miles de milicianos exaltados, sin formación militar, tienen a su disposición los me­dios para dirimir a lo vivo la lucha de clases.

Giral no sólo fía en el heroísmo del pueblo en armas. La mis­ma noche del 19 de julio envía un telegrama a Léon Blum, presi­dente francés:


Hemos sido sorprendidos por un golpe militar peligroso. Os pedi­mos que nos ayudéis inmediatamente con armas y aviones. Fraternalmente vuestro,
GlRAL
CAPÍTULO 5

Catálogo: 2012
2012 -> Los acabados, características y precios mencionados en esta documentación se refieren a la gama ofrecida en Alemania. Reservados todos los derechos de modificación y error
2012 -> República de Colombia
2012 -> Ncea spanish level 1 90911 Demonstrate understanding of a variety of Spanish texts on areas of most immediate relevance
2012 -> Índice declaración de Responsabilidad
2012 -> Arquitectura y paisaje en marruecos tánger med: Ciudad Instantánea ud aranguren + ud gallegos ets arquitectura madrid
2012 -> Instructivo para el llenado del pedimento
2012 -> Pliego de absolución de consultas proceso por competencia mayor n° cma-0020-2012-ofp/petroperu segunda convocatoria
2012 -> Responsable: Departamento de Sistemas
2012 -> Hijos del No Reconocido
2012 -> Barcelona 28-3 marzo disney on ice pasaporte a la aventura. Hasta 3 marzo. Un jardin singular. Ceramica de iznik. Siglo XVI


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