Una mano en la arena · cap’Ítulo I: un día en la playa



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UNA MANO EN LA ARENA




· CAP’ÍTULO I: UN DÍA EN LA PLAYA

El sol entra por la ventana y se pasea por mi oficina. No sé qué hago aquí un día como hoy. Éste no es un tiempo para trabajar. Quiero salir a la calle. Pienso en una playa blanca y en un mar azul.

Oigo el teléfono. Voy a contestar.

- ¿Diga?


- ¿Rafael? Soy yo, Virginia.

- ¡Virginia! ¡Qué bien!

- ¿Te gusta oírme?

- Y tanto. Me gusta hablar contigo. Y hoy esperaba tu llamada.

- ¿Ah, sí?

- Sí, quiero dejar esta mesa, salir de esta oficina e irme a la calle a pasear.

- Pues vete.

- Sí, pero quiero pasear contigo.

- Pero yo tengo trabajo...

- ¿Seguro? No sabes qué bonitas están las playas en un día como hoy.

- ¿Las playas? Rafael, estamos en mayo...

- Sí, pero hace calor...

- Bueno, dame media hora para ponerme el bañador.

- Muy bien. Dentro de treinta minutos paso a buscarte a tu casa.

- Hasta luego. Espérame abajo.

- Vale. Hasta luego.

Soy un hombre de suerte. Vivo en una pequeña ciudad cerca del mar. Tengo un trabajo bien pagado. Me gusta la pesca y siempre que tengo tiempo salgo a pescar. Y tengo una novia muy guapa: alta, simpática y... rubia.

Paro el coche delante de la casa de Virginia. A los cinco minutos baja ella, con un vestido amarillo, muy corto. Tiene unas piernas muy bonitas. Y ella lo sabe.

-¡Estás más guapa que nunca! -le digo.

-Gracias -contesta ella, divertida. - ¿A dónde vamos?

-A la playa.

-¿A la playa de Las Arenas Blancas?

-¡Oh, no! Hay mucha gente en Las Arenas Blancas.

Prefiero una playa tranquila, para estar solos tú y yo.

-Pero, Rafael, no hay playas así...

-Sí. Conozco una. Se llama playa de Los Cangrejos.

-¡Ah, no, allí no quiero ir!

-¿Tienes miedo a los cangrejos?

-No. No es eso, tonto.

-Pues, ¿qué te pasa? Estás nerviosa, Virginia...

-Sí. Y no quiero ir a la playa de Los Cangrejos.

-Te digo yo que es un sitio muy tranquilo. Allí vamos a estar muy bien.


El coche sale rápido de la ciudad. Virginia no habla, sólo mira por la ventana. ¿Por qué no quiere ir a la playa de Los Cangrejos? No lo entiendo.

No he visto nunca a Virginia así. Ella siempre está contenta. Pongo la radio. ¡Qué suerte! Es su música preferida:

“Bebo el sol de tus ojos en el agua azul...”

Pero ella no parece oír, está enfadada. ¡Cómo lo siento! Este día de sol no va a ser fácil. Me paro en una gasolinera. Me bajo y ella espera sin moverse, sin mirarme.

***

Por fin llegamos a la playa de Los Cangrejos. Dejo el coche cerca del bosque de pinos y andamos un poco. Lo sabía: no hay nadie. ¡La playa para nosotros dos! Virginia sonríe. ¡Bueno!. Se quita el vestido. ¡Qué guapa está con su pequeño bañador azul! Ahora canta: “Bebo el sol de tus ojos...”



Y corre hacia el mar. Yo me quedo debajo de un pino y la miro. Nada rápido. Se va lejos, demasiado lejos. Nada muy bien, desde pequeña. A ella y a su hermano les enseñó un americano llamado Levis, como los pantalones; fue su profesor y luego se hizo amigo de la familia. Virginia siempre dice que es un segundo padre para ella.

¿Dónde está ahora Virginia? No veo su cabeza rubia. Sólo la arena blanca y el mar. ¡Uf! Por fin, ya está saliendo del agua. Corre hacia mí y se sienta.

-¿Qué tal? -le pregunto.

-Muy bien. ¿Y tú, no vas a nadar un poco?

-No. Prefiero pescar.

-¿Aquí?


-No, en esta playa no. Allí, en la isla .

-No tenemos barca .

-Tengo una. Ven.

Cojo a Virginia de la mano y andamos por la arena hacia la derecha de la playa. Por aquella parte, en el bosque, hay una casa muy pequeña y en ella encontramos mi barca. Se llama “VIERNES”

-¿Y ese nombre? -pregunta Virginia.

-Me gusta ir a pescar a una isla desierta, como Robinson Crusoe.

-¿Desierta?

-Yo he ido muchas veces y siempre he estado solo. Es muy bonita. Ven conmigo. Allí pescamos un poco y luego nos bañamos. Así, “mi” isla puede ser tuya también.

-¿Tú crees, Rafael, tu crees?

-¿Y por qué no?


· CAPÍTULO II: LA ISLA DESIERTA

El sol está muy alto y hace calor. Virginia está tumbada ; sus manos juegan con el agua. La barca poco a poco nos lleva lejos de la playa, entre las olas . Por un momento Virginia cierra los ojos. Me gusta su bonita cara morena. La beso.

-Mira, Virginia, la isla.

Ya la tenemos delante, pequeña, con su faro blanco. Llegamos a una playa.

-Esta es la playa de Las Siete Olas -le digo-. Aquí vienen los pescadores y también las mujeres que quieren tener un niño. Se lavan las manos siete veces en una noche de otoño y nueve meses más tarde tienen su hijo.

-Una historia muy bonita. Pero yo no pienso venir por aquí en otoño, sabes. Y tú, ¿qué quieres pescar?

-No sé. Entre las piedras siempre hay algo.

-De acuerdo, yo me quedo aquí para tomar el sol.

-¿Estás más contenta? -le pregunto.

-Sí.


-Ahora, dime la verdad: ¿por qué no querías ir a la playa de Los Cangrejos?

-No me gusta, nunca me ha gustado ese sitio...

-Pero, ¿tú ya conocías esa playa?

-Sí, estuve con mi hermano y con sus amigos.

-¿Con ese Paco?

-Sí, y con otros chicos peores, como el Viruelas. Pero prefiero no pensar en el tiempo pasado.

-¿Qué hacías con esa gente? ¿A dónde ibas?

-A un bar cerca de mi casa. Pero, ¿qué te pasa? Te he dicho que todo eso está olvidado.

-Ya sabes que me gusta escribir novelas policiacas. Oye, y ¿cómo era ese bar?

-Un poco raro. Muy pequeño, sin ventanas. La gente fumaba mucho allí.

-¿Cigarrillos?

-Y otras cosas.

-Ahora entiendo... Tranquila, tú y yo vamos a vivir el presente, ¿quieres?

Virginia sonríe y así está más guapa todavía. Voy a pescar. Pasan los minutos. No veo peces, no veo cangrejos por aquí. La verdad es que no soy un gran pescador. Sobre todo me gusta estar solo, cerca del mar, lejos de mi oficina y del ruido de la ciudad.

De pronto oigo un grito. Es Virginia.

-¡Virginia! ¿Qué ocurre?

Llego hasta Virginia. Está de pie, muy blanca.

-¿Qué ha pasado?

-Estaba tumbada, tomando el sol. Y con el pie he sentido algo raro en la arena.

-¿Dónde?


-Ahí, ahí.

-Vamos a ver. Seguro que es un cangrejo.

Quito un poco de arena y veo algo de color claro. No es un cangrejo. Es... es... ¡un dedo! Poco a poco, veo aparecer otro, luego otro y así hasta cinco. ¡Una mano! Una mano abierta que parece pedirme algo...

-Vámonos de aquí -dice Virginia.

-Debemos llamar a la policía.

-¿Cómo? En una isla desierta no hay teléfonos.

-Seguro que sí. Voy a buscar uno. Tú te quedas...

-¡Yo no me quedo aquí sola! -dice Virginia.- ¡Hay un muerto en la playa y quieres dejarme aquí sola!

-De acuerdo. Vámonos los dos.

-Sí. Vámonos. Es mejor volver a la ciudad y no decir nada. Dejar esa mano aquí y olvidarnos.

-¡Olvidarnos! Pero ¿cómo vamos a olvidarnos de que aquí hay un muerto? Virginia, no te entiendo. ¿Estás bien?

-Pues no, no estoy bien. Esto es peligroso.

Virginia está muy nerviosa.

-Rafael, tengo frío.

-Ven aquí conmigo.

La tomo entre mis brazos. Nuestras ropas se quedaron en la playa de Los Cangrejos, dentro del coche. Yo también tengo frío. Frío y miedo.

Nos subimos a la barca. Sin hablar, llegamos a la playa de Los Cangrejos. Andamos entre los pinos hasta la salida del bosque y allí me quedo como de piedra: ¡El coche no está!

-Y ahora no tenemos ropa..., -dice Virginia.

-¡Alguien nos roba el coche y tú sólo piensas en la ropa! Virginia, me parece que hay cosas más importantes.

-Pero es que tengo frío...

-Corre. Había un bar por aquí cerca. Vamos a llamar por teléfono desde allí.
***

Es tarde ya. El sol se baña en el mar. Corremos entre los pinos y encontramos el bar, pero está cerrado.

-¡Qué mala suerte! Seguro que sólo abre en verano.

-¿Qué hacemos ahora?

¡Mi Virginia! Nunca la he visto así. Está blanca como el papel. ¡Cómo la quiero!

-¿Hay alguien? -grito.

Llamamos una y otra vez. No contesta nadie.

-Ven, Virginia. Vamos a mirar por detrás.

El bar tiene otra puerta, de cristales . Es la puerta de la cocina. Rompo un cristal y entramos.

Dentro hay muchas cajas . Parece una tienda. Buscamos el teléfono por todas partes. En ese momento oigo un ruido: miro detrás de mí y me encuentro con un hombre alto y gordo. Lleva una pistola en la mano.

-No me gustan los ladrones -dice.

-No somos ladrones. Sólo buscamos un teléfono -contesto yo.

-¡Fuera! ¿No ve que el bar está cerrado?

-Mire, es importante. Debemos llamar a la policía. Mi coche ha desaparecido y, además, en la isla hemos encontrado un muerto. ¿No puede dejarme...?

-No puedo y no quiero. Vaya a la gasolinera.

-¡Pero está lejos! ¡Y mi novia está cansada!

-Son sólo cinco kilómetros.

Virginia y yo andamos hacia la gasolinera cogidos de la mano. Era un día tan bonito para tomar el sol, contentos, solos ella y yo... Y, ¡qué negro me parece ahora!

Por fin llegamos a la gasolinera. Ya es de noche.

-¿Puedo llamar por teléfono, por favor?

-Sí, aquí lo tiene.

-Gracias.

Al fin puedo hablar con la policía. La verdad es que no es fácil. Ellos no me oyen bien y no entienden nada. Grito.

-Encontramos un muerto en la playa y alguien me ha robado el coche.

-¿Qué? ¿Un muerto le ha robado el coche?

Empiezo mi historia otra vez.

-Además, un hombre nos quiso matar con una pistola.

El policía piensa que he bebido demasiado. Le digo por tercera vez:

-Primero está el coche. Después el muerto. Bueno, no sé si primero está el coche o el muerto. Y luego el hombre de la pistola...

-Pero, vamos a ver, ¿quién encontró al muerto?

-Virginia y yo.

-¿Quién es Virginia?

-Mi novia.

-Díganme los dos cómo se llaman y dónde viven.

-Pero mire usted: no tenemos ropa, no tenemos coche... Estamos en una gasolinera, y el muerto se ha quedado allí, en la arena. ¿No pueden venir?

-Ahora vamos. Dígame dónde está la gasolinera.

-A cinco kilómetros de la playa de Los Cangrejos.

Esperamos sentados en un banco. El chico de la gasolinera nos deja dos chaquetas viejas. También viene con dos vasos de vino. Después de beberlo nos sentimos un poco mejor. Por lo menos tenemos más calor. Virginia cierra los ojos. Parece que se va a dormir.

-Te quiero -le digo-. Duerme tranquila.

· CAPÍTULO III: EL CADÁVER DESAPARECIDO

Son más de las doce. Por fin llega la policía.

-Buenas noches. ¿Cómo ha sido el accidente?

-Pero... yo no he hablado de accidente.

-¡Hable más alto! -me dice uno de los hombres, rubio y de ojos claros.

-Por favor, señor -dice Virginia-, estamos cansados, tenemos hambre y frío...

El chico de la gasolinera nos da un poco de pan y queso. Los policías miran las piernas de Virginia.

-Tengo que trabajar mañana a las ocho -dice Virginia-. Déjenme ir, por favor.

-Bueno, bueno, la verdad es que podemos irnos todos -dice el policía-. No sé qué estamos haciendo aquí.

-¿No vamos ahora a la isla? -pregunto yo.

-Ah, sí, ... la isla... No, imposible. Hasta mañana no podemos hacer nada. Sí, mañana usted nos va a llevar allí. Pero ahora suban al coche; los llevamos a la ciudad y nos cuentan su historia en la comisaría.

Son las seis de la mañana. Debo levantarme para ir a la comisaría otra vez. Me siento bastante mal, muy cansado. No he dormido. Cada vez que cerraba los ojos, veía una mano. Una mano muy blanca, encima de mí, la mano del muerto.

Es demasiado pronto para llamar a Virginia. Además, ella no quiere volver a la isla. Mejor, todo esto es demasiado duro para ella.

Delante de la comisaría están el policía rubio de ayer y dos hombres más. Uno de ellos tiene una pala en la mano. La deja en un coche grande. Detrás, lleva una barca.

-Lo estábamos esperando -me dice el rubio-, suba, por favor.

Está claro que este es el comisario. No sé por qué me mira así; parece enfadado. Pero yo encontré un muerto. ¿Podía hacer otra cosa que contarlo a la policía? En el coche, en la barca, vamos todos sin hablar. Yo tengo mil preguntas en la cabeza.

Por fin llegamos a la isla. Por décima vez explico donde está la mano. Pronto encontramos el lugar. Allí, la arena es de color casi marrón.

Los dos hombres empiezan a trabajar con la pala. Pero, nada. No lo entiendo. No encuentran nada. Bueno, encuentran un pez muerto y me lo dan divertidos.

-¿Es este su muerto? Señor, usted se ríe de nosotros, o bebió demasiado ayer.

-En este mismo sitio vi ayer la mano de un muerto. No le puedo decir otra cosa.

Alguien se ha llevado el muerto por la noche, pero ellos no me creen.

-Ya, ya lo sabemos. Y su coche ha desaparecido, robado, claro. Y en el bar un hombre lo quería matar, ¿verdad? -sonríe el comisario.

Yo no contesto.

-Vamos a ese bar -dice ahora el otro policía.

Otra vez nos subimos a la barca y volvemos a la playa de Los Cangrejos. Llegamos al bar.

-Tuve que romper los cristales de la puerta... -empiezo a explicar.

Pero estamos delante de la cocina. No hay cristales rotos y la puerta está medio abierta. El comisario sonríe. Prefiero no hablar. Entramos. Ellos pasean por el bar, la cocina, y no encuentran a nadie.

-Ayer había muchas cajas en la cocina -les digo.

-Claro, y hoy han desaparecido... -dice el otro policía-. ¿Y que había en esas cajas? -me pregunta después.

-No lo sé.

-Bueno, creo que ya nos hemos reído bastante. ¿No le parece? -me grita casi el comisario-. No somos tontos, sabe. Y sobre todo, no queremos perder más tiempo.

-Sí, vámonos -dice el otro policía.

Salimos. Delante de la puerta de la cocina veo las huellas de un camión pero no digo nada. ¿Para qué?

Subimos al coche y volvemos con mucha prisa. Paramos delante de la comisaría.

-¿Puedo irme? -pregunto al comisario.

-Sí, claro -me contesta-. Pero ¿no piensa salir de la ciudad, verdad?

-No, señor comisario. Adiós, señor comisario.

Por fin entro en mi casa. Voy a tomar algo para dormir. Sí, quiero dormir horas y horas para olvidar todo esto.

Antes de tumbarme en la cama llamo a Virginia por teléfono, a su oficina.

-No está -me contesta un señor-. Desde ayer no la he visto.

¡Qué raro! Ella dijo a la policía: “Mañana tengo que trabajar”. Llamo a su casa. No contesta nadie. ¿Dónde puede estar?

Empiezo a pensar como los policías: el coche, el muerto, el hombre de la pistola... y Virginia, no son verdad.

Sólo son cosas mías, cosas de novelas policíacas.

· CAPÍTULO IV: OTRAS PERSONAS EN PELIGRO

Oigo un ruido. Abro los ojos y miro el reloj. Son las doce de la noche. ¡Cuánto he dormido!

Otra vez: ¡ring... ring...! Es el teléfono... Me siento mal. Salgo de la cama.

-¿Sí? ¿Dígame?

Oigo una voz conocida.

-Hola, buenas noches. Soy yo.

-¡Virginia! ¿Dónde estás? ¿En casa?

-No, en casa no. Pero, tranquilo. Todo va bien.

-Te he llamado esta macana a la oficina.

-Ya lo sé. ¿Qué tal estás?

-Un poco dormido.

-...y un poco raro, ¿no?

-¡Claro! Entiéndeme: tú desapareciste y yo... sin saber nada... Tenía miedo por ti, Virginia. Y lo tengo ahora.

-No pienses en mí, yo estoy bien. Pero hay otras personas en peligro -me dice.

-¿Qué quieres decir? Virginia, de verdad, quiero verte. ¿Donde estás?

-No puedo hablar ahora pero...


En ese momento oigo un pequeño ruido en el teléfono. La llamada se ha cortado. Sin saber muy bien por qué, escribo en un papel las palabras de Virginia:

HAY OTRAS PERSONAS EN PELIGRO.

Otras personas... ¿Quiénes son? Espero cerca del teléfono. ¿Por qué no llama Virginia otra vez?

Salgo a la calle. Quiero volver a la playa de Los Cangrejos, entrar otra vez en ese bar. Voy a tomar un taxi. En media hora estoy allí.

-Espéreme, por favor -le digo al hombre del taxi.- Va a ser poco tiempo.

Paseo debajo de los pinos. La noche me parece más negra que nunca. No veo el bar, no veo nada. Cojo mi linterna : ya sé donde estoy; cerca de aquí nos sentamos ayer Virginia y yo. ¿Y eso que es? Aquí, a mis pies he encontrado algo. ¡Sí, son las gafas de sol de Virginia! ¡Sus gafas de color verde! Pero... ayer no las llevaba, estoy seguro.

Meto las gafas en mi chaqueta y ando hacia el bar. La puerta de la cocina está abierta todavía. Y delante, las huellas del camión. Entro sin hacer ruido.

Busco. Busco por toda la cocina: no hay cajas, no hay nada. Paso a la parte del bar. Nada. Me parece todo imposible. Pero no puedo irme así. Una vez más, miro por todas partes las esquinas y allí, en el suelo, encuentro una cosa: un pequeño paquete. No puedo creerlo, ¿cómo no lo vi antes?

Abro el paquete: está lleno de un polvo blanco. ¿Droga ? No estoy seguro, claro, pero eso parece. Me llevo el paquete. Por fin, algo interesante.

Vuelvo despacio a la cocina. Nada. Nadie. Salgo con el paquete en la mano. Siento algo raro. Estoy solo en la noche. Pero me parece que unos ojos me miran desde una ventana.

El taxi me deja en el centro de la ciudad. No quiero volver a casa todavía. ¿Para que? ¿Dormir? Imposible. He estado en la cama todo el día. No sé como he podido.

Además, pienso todo el tiempo en Virginia. ¿Dónde está? ¿En uno de aquellos sitios raros, con aquella gente? No, no puede ser. Ella lo ha dicho: son tiempos pasados, olvidados. Pero paseo por las calles y sin querer voy hacia aquel bar, cerca de su casa.

Antes de entrar pienso: Virginia, ¿no estás ahí, verdad? Por favor, di que no, por favor. No, aquí dentro no conozco a nadie. Pero me siento mal: ¿cómo he podido venir aquí, no creer en ella? Virginia, perdóname.

Ahora me voy rápido. Corro para no pensar. Y llego a casa en pocos minutos. ¡Un policía me espera en el portal!

-¿A dónde ha ido? -me pregunta.

-A tomar una copa.

-¿Sólo?

-No quiero contestar a esa pregunta.



-¿Ah, no? Yo creo que sí me va a contestar. En la comisaría.

-¿En la comisaría? ¿Y por qué?

-Encontramos su coche. Vamos a verlo.

-¿Ahora?


-Sígame, por favor.

El policía no me deja decir más. Llegamos a la comisaría. Mi coche está delante. Sale el comisario.

-Abra el maletero , por favor -me dice.

Así lo hago. ¡Y veo una caja! Es como las cajas del bar de la playa.

-¿Nos puede decir de dónde viene esto?

-Yo sólo puedo decir que no es mía. Busquen al ladrón de mi coche y pregúntenle a él. 0 al gordo de la pistola: pueden ser la misma persona: con un poco de suerte, así sabemos también quién mató al hombre de la playa.

-A mí me parece que usted ya sabe mucho... y que habla mucho.

-Mire, yo sólo le digo que están ocurriendo cosas muy raras.

-Es posible. Y además, estoy empezando a pensar que usted está metido en ellas.

¡Metido en ellas!: antes pensaban que había bebido demasiado. Y ahora creen que soy traficante de droga o algo peor.

-¿Donde está su novia? -me pregunta ahora el comisario con voz dura.

-No lo sé. No la he visto desde ayer.

Un policía escribe mis palabras. Otro está mirando el coche, por dentro, por debajo. Ahora me va a mirar a mí, seguro.

-Lo siento. Déjeme ver sus ropas -me dice.

Empieza a buscar en mi chaqueta y encuentra las gafas de Virginia. Ahora va a encontrar el paquete con el polvo blanco, ¡con la droga! No puedo quedarme aquí. No, no quiero. Debo buscar a Virginia. Ella está en peligro. Sin pensar en nada más, empiezo a correr, a correr rápido por el centro de la calle.

Oigo sus voces: ¡Pare! ¡Vuelva! Van a disparar, seguro; pero no lo hacen. Suben a su coche para seguirme.

Yo me quedo detrás de un autobús. El coche pasa delante. No me han visto.

¿Qué puedo hacer ahora? No puedo ir a mi casa. Y con mil pesetas no tengo bastante para pagar un hotel. Sólo me queda pasar por mi oficina. Está a cinco minutos y allí siempre dejo un poco de dinero.

No sé como va a terminar todo esto. Nunca he vivido días peores.

· CAPÍTULO V: VIRGINIA APARECE Y DESAPARECE

Abro la puerta de mi oficina. Todo está tranquilo, sin un ruido. Voy hasta mi mesa y me siento. Pienso en Virginia. Virginia... Tengo miedo por ella.

Llamo por teléfono a su casa. No va a estar, seguro. Pero no sé que otra cosa puedo hacer. Espero largos minutos. ¡Y escucho su voz!

-¿Diga?


-¡Virginia! ¡Por fin te encuentro! ¿estás bien?

-¡Rafael! ¿Cómo me llamas a estas horas? ¡Son las cinco de la mañana! ¿Dónde estás?

-En mi oficina. No puedo ir a casa.

-¿Por qué?

-Me busca la policía.

-Pero, Rafael, ¿Qué has hecho?

-Nada. Escucha, quiero verte.

-¿Ahora mismo?

-Sí, no puedo quedarme aquí mucho tiempo.

-No sé si...

-Por favor, Virginia. Quiero ir otra vez a la playa de Los Cangrejos, contigo.

-¡Otra vez! ¿Por qué?

-Es importante. ¡Por favor! Te vistes y yo voy hacia tu casa. ¿De acuerdo? Espérame en tu puerta dentro de veinte minutos, con tu coche.

-Vale, vale, tranquilo. Tomo un café y bajo.

Salgo de la oficina. No hay nadie en la calle. El sol todavía no ha salido y hace un poco de frío. Empiezo a andar rápido. Pronto tengo más calor.

Delante de la casa de Virginia veo su coche, pero a ella no. ¡Ah, sí! Me está esperando dentro. Me subo rápido y nos vamos. ¡Qué ruido! Nos va a oír toda la ciudad.

-Oye, Virginia, tú no volviste allí, ¿verdad?

-Pues no, claro.

-¿Y antes de ir conmigo ayer?

-Pues, no sé... Ya te lo dije... Hace tiempo... ¡cuántas preguntas!

Virginia no dice la verdad. Encontré sus gafas en la arena. Las tengo en mi chaqueta. Y sé que ella no quería ir a la playa de Los Cangrejos. Pero, ¿por qué?, ¿por qué? Me hago esta pregunta diez, veinte veces sin encontrar respuesta. No lo entiendo.

Como el otro día: Virginia y yo llegamos a la playa de Los Cangrejos sin hablar. ¡Qué cansado estoy de todo esto!

Dejamos el coche debajo de los pinos, bastante lejos del bar. Otra vez estamos allí. Otra vez la puerta de detrás. Entramos en la cocina. Parece que no hay nadie. Pero no tenemos tiempo de buscar nada. Los dos hemos oído el ruido de un coche. Nos miramos, por un momento sin saber que hacer. Virginia es más rápida que yo.

-Aquí -me dice- ¡coge esta silla y ponte aquí a este lado de la puerta! Yo me quedo con esta al otro lado.

-¡Cuidado! Nos pueden ver desde fuera.

-No, no creo.

Esperamos sin movernos. Pronto oímos que llega alguien. Una persona, nada más, me parece. Hay suerte.

Y aparece el gordo, con un paquete muy grande entre los brazos. Viene tranquilo. No ha visto nuestro coche. Pasa la puerta sin vernos. Entonces Virginia y yo, salimos muy rápido de nuestro sitio, y por detrás, dejamos caer las sillas en su cabeza. El hombre está en el suelo, como dormido. Así parece más gordo todavía. En su paquete traía comida: veo fruta y patatas por todas partes... ¡también una pistola! Sí, la tenía en la chaqueta, seguro. La cojo.

-Virginia, busca algo para atarlo.

Yo me quedo cerca del gordo con la pistola. Virginia se va hacia la parte del bar. Pronto vuelve con una cuerda en la mano.

-¡Mira, he encontrado esto!

Es un poco difícil, pero entre los dos atamos al hombre. Creo que no se va a poder mover. Ahora me siento más tranquilo. Miro a Virginia. Está blanca, con cara cansada, pero sonríe.

-Ven. Vámonos de aquí -le digo-. Ahora debemos volver a la isla y buscar aquel cuerpo.

-¡Ah, no, eso no! -contesta ella-. No quiero ver esa mano otra vez.

-Pero no te vas a quedar sola aquí...

-Ahora no hay peligro. Vete tú a la isla. Rafael, por favor, vete. Yo prefiero esperar por aquí.

-A mí me parece que...

-Vete, de verdad. No me va a pasar nada, tranquilo.

-Bueno, bueno. Pero quédate fuera y toma la pistola.

-Sí, ahora salgo. Dame un beso, Rafael.

¡Qué mujer! No tener miedo de este gordo y tenerlo de un muerto... No la entiendo. “Virginia, ten mucho cuidado” -pienso.

· CAPÍTULO VI: MUERTE, AGUA Y SOL

Corro hacia la playa. Allí, en la arena, se ha quedado mi barca. Y en menos tiempo que nunca llego a Las Siete Olas. El faro de mi isla es delgado como un paraguas.

¿Vive en él el farero, o va y viene todos los días desde la playa de Los Cangrejos? No lo he sabido nunca. Pero ahora lo voy a saber. La puerta está abierta. Nadie. Subo por una escalera estrecha. Desde una ventana veo una casa pequeña: ya está, allí vive el farero. Bajo muy rápido y voy hacia la casa. Otra puerta abierta y dentro, un hombre sentado en una silla. Está tomando su desayuno. Me mira con ojos claros como el mar. No me pregunta quién soy. Sólo me dice:

-¿Quiere comer algo?

-Pues... sí, gracias -contesto.

El hombre trae de la pequeña cocina pan, queso y café. El hombre del faro empieza a hablar:

-Conozco su barca. Lo he visto pescar en esta isla. Y sé que ha venido a hacer aquí -me dice.

-¿Cómo lo sabe? -pregunto- ¿Usted vio...?

-Desde aquí yo veo muchas cosas. Pero no quiero hablar. Yo no quiero problemas, sabe. Con nadie.

Me da una pala grande. La cojo sin decir nada.

-Vaya al viejo embarcadero y busque debajo de una gran piedra negra.

Sé que el farero no va a explicarme nada. Tomo su mano amiga. Durante unos minutos este hombre raro me ha hecho sentir un poco mejor.

Pronto encuentro el embarcadero, y también la piedra negra. Parte de ella está bañada por el mar. Pero el agua ya está bajando. Espero. Empiezo a sentir el calor del sol.

Miro como, poco a poco, el agua se va. La piedra se queda allí en medio de la arena. ¿Por fin voy a saber la verdad?

Empiezo a trabajar con la pala. La arena está dura. Quito más y más, rápido. Y lo encuentro: primero aparece un brazo, luego la cabeza... ya tengo delante de mí el cuerpo de un hombre.

Me siento, para pensar. Sí, conozco a este hombre: lo vi en una foto; estaba con el hermano de Virginia. ¿Qué hay entre ella y esta gente? No lo sé, no lo sé. Pero tengo miedo, miedo de su pasado.

Pongo de nuevo arena sobre el cuerpo. Subo a mi barca y vuelvo a la playa de Los Cangrejos.

¡La policía! están llegando al bar el comisario de siempre y otro. ¿A quién buscan? ¿A mí? ¿Al gordo? No hay tiempo para preguntas. Tienen su pistola en la mano. Corro hacia ellos.

-¡Cuidado! -les digo- ¡Virginia está allí! - entramos a la vez los dos policías y yo.

-¡Policía! -gritan, con su pistola preparada.

-¡No disparen, por favor! ¡No disparen! -contesta desde dentro la voz de Virginia.

Enfrente de nosotros está el hombre gordo, ya sentado en el suelo pero atado todavía. Cerca, Virginia con la pistola.

-¿Quién es este hombre? -le pregunta el policía rubio.

-Un traficante de droga -contesta ella.

-Claro -digo yo-. Ya le hablamos de él el primer día.

Y le dijimos que esto estaba lleno de cajas.

-Bueno, bueno, eso es verdad -me contesta el policía. -Pero usted también tenía una caja de ésas en su coche...

-Sí, y un paquete de droga en la chaqueta. Por eso no podía quedarme. Ustedes no me iban a creer. Pero yo encontré el paquete aquí; y la caja, me la pusieron en el maletero ellos, este hombre o uno de sus amigos. Para hacerles creer a ustedes que yo era uno de ellos, o algo así.

-Llevamos a ése a la comisaría, ¿verdad, señor comisario?

-Sí, Fernández -contesta el comisario-. Pero primero quiero saber donde está la droga.

-Yo lo sé, señores -dice Virginia-, y puedo llevarlos. Está cerca, a diez kilómetros de aquí. Este me lo dijo.

Fernández se lleva al gordo del bar. Por radio el comisario pide otro coche con más hombres. Pero ahora va a venir con nosotros en el coche de Virginia. Ella va delante con el policía y yo detrás.

El coche corre rápido entre los pinos y los campos de patatas. Ya veo el pueblo. Pasamos delante de la estación; hay un tren parado. Hemos llegado.

-Es allí, en aquella casa verde -dice Virginia-. Y, mire, detrás hay un camión.

Paramos un poco antes de la casa para esperar al otro coche. Ya viene.

-Bueno, voy a la casa. Ustedes dos, quédense aquí en el coche -nos dice el comisario.

Todo pasa en menos de un minuto. El comisario llama a la puerta con su pistola en la mano. Un hombre moreno de pelo largo abre.

-Es el Viruelas -me dice Virginia.

El comisario hace entrar al Viruelas en la casa. Fuera, tres policías están preparados para disparar. Pronto el comisario los llama. Una y otra vez los policías entran y salen de la casa con cajas.

Virginia y yo hemos bajado del coche. Me coge de la mano. Me siento vivir, al fin.

Ahora, sale el Viruelas. Dos hombres lo llevan al coche de policía. Pasan delante de nosotros. En este momento mira a Virginia y, muy bajo, le dice:

-Esto, lo vas a pagar. Y tu hermano también...

Los ojos del traficante hablan de muerte. Virginia se ha quedado blanca. Otra vez siento miedo por ella, y por mí. Una vez más me vuelven a la cabeza las palabras de Virginia: HAY OTRAS PERSONAS EN PELIGRO. Jaime, el hermano de Virginia. Creo que empiezo a entender. Y no me gusta nada.

Pero el comisario de policía viene hacia nosotros. Nos da la mano.

-Hemos encontrado más de cien kilos de droga. Gracias a ustedes dos. Les pido perdón.

-Virginia lo ha hecho todo -digo yo.

-Ahora vayan a casa. Estarán cansados. Nosotros vamos a ver que nos cuenta este. Pero, por favor, vengan ustedes mañana a la comisaría para hablar de toda esta historia... y también del muerto de la isla: porque ha desaparecido pero existe, ¿no es así?

El comisario me sonríe pero su sonrisa no es como antes. Ahora sabe que me puede creer. Ahora tengo yo el problema: no sé si quiero hablar de ese Paco a la policía; no sé si debo, por Virginia.


· CAPÍTULO VII: UNA NUEVA NOVELA

VIRGINIA y yo volvemos a casa. Yo llevo el coche. Ella va a mi derecha, sin hablar. No me ha preguntado nada sobre mi viaje a la isla. Me pregunto en que piensa ahora.

-¡Qué pasó, Virginia? Dime. ¿Por que habló ese Viruelas de tu hermano? ¿Qué hizo?

-Nada. Él no hizo nada. Vamos a olvidarnos de todo ahora, y a vivir -me contesta sin mirarme.

-No, Virginia, eso no es posible. Pero ¿de qué tienes miedo? ¿No sabes que te quiero?

Por fin Virginia me mira. Y me cuenta:

-Jaime mató al hombre de la isla... a Paco... la semana pasada. Es una larga historia. Todo fue por ir con esa gente, por hacerse amigo de Paco. En febrero le hizo traer a mi hermano un poco de droga; desde no sé dónde. Jaime fue tonto; no supo decir que no. Hubo dos o tres viajes más. Pero Jaime empezó a tener miedo y me lo contó todo. El quería dejar eso; no sabía cómo.

La semana pasada, Paco lo llamó para hablar de otro viaje. Debían verse en la playa de Los Cangrejos. Fui con Él y con Levis. Ya sabes que nos quiere mucho a Jaime y a mí. Paco apareció con el Viruelas. Mi hermano explico una y otra vez que Paco era su amigo; que no iba a hablar con la policía; pero que Él no quería traer más droga; que era demasiado peligroso.

Pero nada. Paco y el Viruelas no escuchaban a Jaime. Además, no les gustó vernos a Levis y a mí. Creo que se pusieron más nerviosos. El Viruelas quiso usar su pistola; Levis fue más rápido y la pudo coger. Pero Paco también tenía un arma, me iba a disparar a mí. Entonces Jaime le dio en la cabeza con una piedra. Paco, en el suelo, no se movía; el Viruelas lo miraba. Nosotros corrimos, corrimos...

-¿Y por que no fuisteis a la policía, Virginia?

-Yo quería ir, claro. Pero Jaime tenía miedo. Levis dijo que podíamos esperar un poco. No sabíamos que Paco estaba muerto.

-¿Lo entendiste en la isla?

-Sí, claro.

-El Viruelas o el gordo lo Llevaron de la playa a la isla y luego lo hicieron desaparecer, después de oírnos hablar de ello en el bar. En fin... No es una historia muy bonita.

-¿Donde está Jaime ahora?

-Lejos de aquí, en América. Tomo un avión con Levis. Yo los llevé al aeropuerto y desde allí te llamé. Mira, Rafael, sé que no está bien. Pero. -. es mi hermano... y...

Hemos llegado. Paro el coche delante de casa de Virginia. Me da un beso . La quiero más que nunca. Y ahora no tengo miedo. Sé que puedo creer en ella. Pero ¿por qué no me habló antes?

-Virginia -le pregunto-, ¿por qué no me lo dijiste todo el primer día?

-No quería meterte en esto.

-Pero fue peor. Pensé por unos momentos que tu trabajabas para ellos. Mira.

Le doy sus gafas de sol. Virginia parece no entender.

-Sí, Virginia, las encontré en la playa de Los Cangrejos. Y yo sabia que no las tenías el otro día.

-Claro, las perdí la semana pasada... ¡Oh, Rafael, perdóname!

***


Por fin en casa. He subido con Virginia. Estamos cansados. Pero me siento mucho mejor; creo que Virginia también. Tengo hambre. Vamos a preparar algo. En la cocina Virginia sonríe y me dice:

-Ahora debemos olvidar.

-¿Olvidar, sin más? ¿Tú crees que es posible?

-Pues sí, ¿por qué no? Paco está muerto, el Viruelas y el gordo del bar están en la comisaría, Jaime y Levis en el extranjero...

-Te olvidas de algo, Virginia. Yo estuve en la isla y...

-¡... lo encontraste!

-Sí, Virginia. El cuerpo de Paco está en la isla. Ya sé dónde y el farero también lo sabe...

-¡Qué dices!

-El farero vio a los traficantes cambiarlo de sitio. Ahora debemos decirlo todo a la policía.

-Pero la policía puede...

-Es mejor Virginia, de verdad. Lo vamos a explicar todo. No va a pasar nada, además, no debes olvidar que el Viruelas va a hablar. Y piensa como va a contar las cosas.

-De acuerdo, Rafael. Mañana vamos a la comisaría a decir toda la verdad.

-¡Y nada más que la verdad!

Nos reímos. Comemos. ¡Qué bueno está todo! Ahora quiero un buen café caliente.

-¡Un café ahora! ¡No vas a poder dormir! -me dice Virginia.

-¿Quién habla de dormir? Voy a trabajar.

-¡Trabajar! Rafael, ¿estás bien de la cabeza?

-Claro, voy a escribir. Una buena novela. Se va a llamar...



¡UNA MANO EN LA ARENA!




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