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Causas de la ruina


En sus observaciones, el editor de “Las Noticias Secretas”, David Barry, se preguntó cómo a nadie en ningún momento, le había surgido la interrogante de por qué razón “los propietarios de aquellas minas tan ricas habían abandonado sus laboreos, y ahora se mostraban tan solícitos en enajenarlas; o por qué aquellos nuevos Estados cedían tan generosamente a gentes de otras naciones, tantos tesoros en unos tiempos en que se hallaban tan faltos de recursos que no se detenían en contraer grandes y repetidos empréstitos con un enorme sacrificio”. Los ingleses, añadió Barry inmediatamente después, habían sido especialmente ilusos al no tomar en cuenta que el trabajo de estas minas de América había de causar doble gasto a emprendedores extranjeros, considerando que entre ellos y las minas había un océano y la mitad de un continente de por medio; al no contemplar la dificultad que implicaba trasladar máquinas a montañas tan altas donde tampoco había combustible para hacerlas funcionar.

Los accionistas, agregó Barry, no tardaron en creerse ricos, los directores de las compañías compraron o fletaron barcos que cargaron con bombas y gran cantidad de hierro y acero, además de mineros, que nunca en su vida habían visto una veta de oro ni de plata, que nunca habían trabajado en la fundición de estos minerales y que ignoraban el arte de amalgamar estos metales. Para peor, añadía Barry, los recién llegados a las costas de América “como ha sucedido en Buenos Ayres y Chile, no saben ni hallan quien les pueda informar, donde están las minas que van a trabajar”. La crisis le pareció la consecuencia necesaria de proyectos tan ilusorios: “la esperanza mantenida por la idea de oro y plata, advirtió, desaparece como riquezas soñadas; las acciones de aquellas compañías con títulos tan altisonantes se ofrecen en el mercado con un descuento o pérdida grande, y nadie las quiere comprar, ni aun tomarlas de valde en muchos casos; los directores quedan en silencio; el dinero recibido ya está gastado; los que tienen acciones murmuran; principian las bancarrotas; gran número de individuos se declaran insolventes; el mercado entra en confusión, todos se alarman, y los negocios cesan; los directores del banco confieren, los secretarios de Estado deliberan , y llegado el día de la abertura del Parlamento dice el soberano en su discurso, Que el embarazo actual del comercio, y los males que se experimentan, se deben atribuir a causas en las que el gobierno no se puede interponer; ni se pueden remediar sino con la experiencia de los que están sufriendo; lo que en palabras menos graves de las que pertenecen a estos discursos pronunciados desde el trono quiere decir, —que la confusión actual del comercio y la ruina de tantos individuos son el efecto de especulaciones disparatadas, y que sólo se puede remediar el mal, aprendiendo los ciudadanos a no ser tontos a costa suya”.

En su diagnóstico de las causas de la ruina, confluían la ignorancia de los mineros ingleses, las quimeras alimentadas por las palabras oro y plata y la mala fe de algunos que se aprovecharon de los demás. Sin embargo, Barry consideró también que en este desastre había influido la imagen errónea que se había construido de la riqueza americana de España. Afirmó que las provincias de la América Española, a pesar de la fama de sus minerales habían sido tributarias de los demás países Europeos e incluso de China, “pagando por cada artículo que recibían —agregó— cuatro veces más de su valor real, y quedando así pobres mientras enriquecían a los demás. Sus minas eran torrentes de agua, que descendiendo rápidamente salían de su territorio y dejaban estériles sus campos, mientras que otros fructificaban con ella los suyos, y en sus producciones hallaban las verdaderas riquezas. El oro y la plata salían de Méjico y del Perú como de su centro y sin hacer demora en estos países corrían con su presurosa diligencia a otros reinos distantes a ejercitar los brazos, fomentar las fábricas, vivificar el comercio y mantener la industria, únicos medios y bases sólidas sobre las que puede cimentarse la prosperidad de una nación. Los economistas políticos prueban esto con muchas bases sólidas…que el oro ni la plata por sí solos no constituyen la riqueza de una nación…”173.

En sus observaciones Barry aludía sin nombrarlos, a varios de los autores de los libros de viajes comentados en este trabajo, que curiosamente formularon conclusiones que apuntaban en la misma dirección que las suyas. En general se trata de argumentos que este autor denominó “de economía política”. Peter Schmidtmeyer por ejemplo, advirtió que el prolongado bloqueo español del continente americano, que equivalía a “bloquear un extenso mar; mediante unos pocos barcos”, había terminado por alzarse probando ser una circunstancia favorable para los otros poderes marítimos de Europa, a juzgar por los resultados que ellos habían obtenido en Europa y América. Según este viajero suizo, los países a quienes, “se le ha impedido obtener la tierra dorada, y extraer su parte de metales preciosos, o el poder de sus antiguos poseedores, tienen una buena causa para usar el trillado pero cierto proverbio francés, a quelque chose malheur est bon (“no hay mal que por bien no venga”). La providencia parece haber permitido el descubrimiento y el uso prematuro de tan rico depósito, y haber estimulado la carrera general que en pocos años se corrió por este, en orden de mostrarle a la humanidad, tras una larga e impresionante experiencia, que un buen campo de trigo y un pasto exuberante, son más permanentemente valiosos que montañas de oro y plata”174.

Alexander Caldcleugh por su parte, vaticinó que una excesiva explotación de plata podría acarrear al final, un descenso del precio del metal. “Si Chile, señaló, llegara a establecerse tanto en su gobierno como para permitir la perfecta seguridad de la propiedad, la aplicación del capital a las minas podría devolver una gran ganancia. La cantidad de metal que todavía subsiste en los Andes debe ser estupenda; pero esto debe ser tomado en cuenta, que si acaso las minas fueran debidamente trabajadas, es más que probable que la plata caiga en Europa a un precio muy bajo”175.

A comienzos de 1826, cuando la crisis financiera estaba en su apogeo, salió al público el libro Travels in Chile and La Plata Including Accounts Respecting the Geography, Geological Statistics, Government, Financial, Agriculture, Manners and Customs and the Mining Operations in Chile Collected During a Residence of Several Years in these countries, escrito por John Miers e impreso por Baldwin, Cradock And Joy. Según señaló su autor en el prefacio, la publicación de este libro había sido precipitada a causa de las circunstancias que se vivían en el mercado de Londres. Por eso Miers no habría podido revisar su trabajo, e incluso, para la fecha de su publicación, se encontraba camino de regreso en Sudamérica.

John Miers presentó a su libro como el resultado de sus observaciones hechas después de una larga permanencia en Chile entre 1819 y 1824 y tras varios viajes entre Chile y lo que entonces eran las Provincias Unidas de La Plata. Su obra es un relato minucioso y pormenorizado de los incidentes del viaje a través de los Andes —fundamentalmente en su primer volumen— y una descripción de la situación geográfica, social y política de Chile. Miers describió el comercio, la industria —entonces eminentemente manufacturera—, los recursos y la situación social y política del país; entregando además noticias sobre su administración y antecedentes acerca de su historia reciente. Para ello no sólo se basó en sus observaciones, sino que también en numerosos datos provenientes de las más diversas fuentes, incluyendo entrevistas con personeros de la época, como O’Higgins, San Martín y Ramón Freire. Miers añadió que además había pretendido entregar un relato sobre la historia natural de Chile, que no habría podido escribir por falta de tiempo, sin embargo alcanzó a confeccionar una lista de plantas chilenas con su clasificación científica y una lista más reducida de aves chilenas, que agregó al final del segundo tomo de la obra, anunciando que de ambas tenía numerosos dibujos hechos por él mismo. Estos trabajos fueron la base de sus obras posteriores “On new genera of plants from Brazil and Chile London 1842”, “Illustrations of South American Plants London 1847-1852”, “Contributions to botany (of South America) iconographic and descriptive London 1851-1861”, que según Barros Arana, fueron utilizados y recomendados por Claudio Gay y sus colaboradores, como también por Rodolfo y Federico Philippi.176

Miers permaneció en Sudamérica hasta 1838 y en esa larga estadía emprendió diversos estudios de Geología177, dedicándose particularmente al estudio de los terremotos y a otras áreas de la historia natural, principalmente la botánica. En 1839 regresó a Inglaterra e ingresó a la Sociedad Linneana, de la que llegó a ser presidente. Dos años más tarde fue admitido como miembro en la Royal Society. A su muerte, Miers había publicado casi 80 trabajos sobre plantas sudamericanas y dejó un herbario de más de 20 mil páginas que legó al Museo Británico. Según Vicuña Mackenna, Miers habría muerto rico.178



Fotografía de John Miers, tomada en 1855 y conservada en la Nacional. Portrait Gallery.

Barros Arana describió a Miers como un “hombre de cierta cultura, dotado de conocimientos especiales en botánica, curioso y observador, recogió sobre la configuración topográfica de Chile, su climatología y sus producciones todas las noticias que era posible procurarse entonces, ya en los pocos libros en que se hablaba de estas materias, ya en las conversación de las pocas personas que podían procurárselas, ya las que el mismo podía estudiar. Miers anotaba todo esto en sus viajes; tomaba por medio del dibujo vistas de los paisajes que llamaban su atención, o bosquejos de escenas de costumbres o de la vida industrial. Coleccionó muchas plantas que dibujó y clasificó, y arregló algunos mapas o planos copiándolos de otros que ya existían, y completándolos con datos recogidos por él mismo o suministrados por otras personas”179.

El libro de Miers es una fuente imprescindible para el estudio del auge y caída de las compañías mineras. Allí acusa la irresponsabilidad de las autoridades chilenas y la falta de escrúpulos de quienes habían contado una versión falaz de la realidad americana, a pesar de haber estado en aquellos países y conocer su situación. A su juicio, el estado de las minas, la condición de sus mineros y su falta de medios, demostraban de manera manifiesta que los proyectos ingleses a gran escala eran enteramente imposibles. Todo esto, según Miers, era de sobra conocido en Londres, por quienes había estado en Chile y por quienes tenían corresponsales en América. “No obstante, personas en este país, las más informadas del verdadera situación de Chile, y de la total imposibilidad de emplear cualquier suma considerable de dinero en la minería con la menor opción de que esta sea productiva de cualquier clase de provecho, llevaron adelante propuestas para levantar inmensas sumas provenientes de la credulidad de personas menos informadas que ellas, para el pretendido propósito, de trabajar minas de oro, plata y cobre, que iban a producir inmensos beneficios”180.

Miers también describió la formación de estas compañías inglesas, citando los entusiastas prospectos del establecimiento de la Chilian Minning Association, la Anglo Chilian Minino Association y la Chilian and Peruvian Mining Association. Documentos que en su opinión contenían aseveraciones tajantes y seguras, respaldadas “por los más grandes nombres”, pero que él, en su condición de “registrador de hechos”, se encontraba en el deber de desmentir. Su libro puede considerarse, en definitiva, como un intento de desmentir las exageraciones que a su juicio habían alimentado “esperanzas engañosas, que jamás podrán realizarse”181.

A Miers le pareció que en Chile no había lugar que mereciera el nombre de distrito minero, que el campo chileno era estéril, inaccesible e incapaz de mejorarse por esfuerzos humanos, dada la escasez de agua. “Ninguna expectativa, advirtió, puede ser sostenida por cualquier persona que esté familiarizada con ese país de que la cantidad de cobre producida allí pueda aumentar demasiado. Cualquier intento de los ingleses o de la administración inglesa de trabajar las minas allí, deberá fracasar; cualquier muestra de una intención de trabajar las minas a una escala extensiva por extranjeros, causará en forma inmediata un anticipo de remuneraciones tan enorme, que podrá destruir de inmediato toda opción de ganancia, tampoco podrán procurarse un número suficiente de manos, lo que es imposible, para no decir nada de los gastos de supervisión, herramientas, y edificios, y nada del monstruoso gasto de excavar carbones en Concepción en el sur, y llevarlos a Coquimbo, en el norte de Chile”182. Miers, acusó directamente a quienes proyectaron las compañías mineras de engañar al mercado con nociones falaces acerca de la productividad de las minas chilenas. Añadiendo, que si hubieran existido tales riquezas mineras, estas, indudablemente habrían sido aprovechadas por los españoles. En Chile, agregó, no se había encontrado “ni una sola mina grande, ni tampoco una lo suficientemente grande como para atraer a los capitalistas españoles, que han arriesgado su fortuna en las minas más productivas de Perú”183. En consecuencia, le pareció evidente que cualquier intento de trabajar las minas de cobre de Chile a una escala mayor aumentaría el costo del metal y disminuirá su precio de mercado, de manera tal que implicará grandes perdidas a los capitalistas involucrados en las especulaciones. También sentenció que si cualquiera de las compañías mineras lograra hacerse cargo de todas las minas disponibles en Chile, las ganancias obtenidas no alcanzarían para cubrir los gastos de administración y menos todavía los intereses, sin tomar en cuenta las ocasionales pérdidas de capital por las compras de maquinarias, arriendo de barcos, contratación de mineros ingleses, la construcción de establecimientos, y la implementación de nuevos métodos de operación que han resultado inútiles, “por la falta de mejores y más correctas informaciones generales y estadísticas sobre el país, o de un deseo de enfrentar asuntos de mala reputación”184.

En sus acusaciones, Miers deslindó las responsabilidades entre quienes invirtieron su dinero de buena fe en estas especulaciones sin malas intenciones; aquellos que gracias a su prestigio habían podido influir en las acciones de los demás y quienes aprobaron cosas que sabían falsas. Entre estos dos últimos, los primeros debían ser particularmente cuidadosos y no prestarse a propósitos que puedan ser utilizados de manera impropia y los segundos “debieran sancionarse en la mayor medida”185.

Miers distinguió también entre los obstáculos que le oponía a la empresa inglesa la naturaleza y aquellos que podían surgir por la obra del hombre, es decir los prejuicios, los celos, las intrigas y la avaricia de los nativos. Estos últimos podían ser mucho peores que los primeros y a manera de ejemplo citó los casos de Helms y Nordenflycht, que se encontraron con la oposición de los sudamericanos y tuvieron que regresar a Europa después de incontables desventuras, a pesar de haber viajado premunidos con las credenciales del rey de España. Si algo así había ocurrido con agentes reales se preguntó Miers: “¿qué debemos esperar entonces de las compañías formadas en Londres?”186.





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